Jesucristo: Evangelio y Misionero del Padre – Eduardo Pérez-Cotapos, ss.cc.

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Artículo publicado en la edición Nº 1.178 (ABRIL-JUNIO 2013)
Autor: Eduardo Pérez-Cotapos, ss.cc., Facultad de Teología UC
Para citar: Pérez-Cotapos, Eduardo; Jesucristo: Evangelio y Misionero del Padre, en La Revista Católica, Nº1.178, abril-junio 2013, pp. 95-105.

 

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Jesucristo: Evangelio y Misionero del Padre
Eduardo Pérez-Cotapos, SS.CC.
Docente Facultad de Teología UC

En el contexto de esta semana teológico-pastoral dedicada a reflexionar sobre «La transmisión de la fe: desafío de la Nueva Evangelización» hoy queremos poner la mirada en Jesús. Primero nos detendremos en la pregunta ¿quién es Jesús?, quién es ese Señor en quien creemos, nos confiamos y a quien queremos anunciar. Lo haremos desde una perspectiva bíblica, intentando destacar algunos de los rasgos más propios y originales del Jesús de los evangelios. Y en un segundo momento buscaremos contemplar el modo cómo Jesús anunciaba el reinado de Dios; su modo de ser evangelizador, del cual necesitamos aprender a ser mensajeros del evangelio.
¿Quién es el Señor que anunciamos?
La encarnación. Lo primero que llama la atención al leer los evangelios es que Jesús sea presentado como alguien que compartía en todo la condición de sus oyentes. Los que escriben los evangelios son creyentes, que han reconocido a Jesús como el Mesías e Hijo de Dios; son personas que se están jugando su vida por Jesús. Y por eso ponen el acento en un punto esencial de su fe: la encarnación del Hijo de Dios. El Padre nos ha amado tanto, que ha llegado al extremo de enviarnos a su Hijo para salvarnos (cf. Juan3,16). La encarnación del Hijo, en una carne semejante a la nuestra, es decir, sometido a nuestras debilidades, es una de las manifestaciones fundamentales del amor de Dios. Es decir, al hablar de encarnación no estamos hablando de una «estrategia apostólica», sino frente a un elemento esencial de la fe cristiana.
El acento puesto en la encarnación nos desafía a entender en hondura el sentido de la misión de Jesús. Hay quienes imaginan a Jesús como un juez, que viene a implantar justicia premiando a los buenos y castigando a los malos; o como un líder social, que conduce a las masas; o como un pedagogo que enseña los caminos de la fe y de la vida –de hecho en muchos lugares de los evangelios lo llaman «maestro», rabí–; otros lo han imaginado como profeta, de palabra exigente, que viene a implantar la justicia llamando a conversión a los pecadores; y tantas otras imágenes más. Es posible que cada una de ellas tenga algo de verdad, pero no apuntan a lo esencial; y eso se nota en que no son imágenes usadas por Jesús para referirse a sí mismo. Para explicarnos el sentido profundo de su misión Jesús usa una imagen muy propia: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Marcos 2,17). Él es el médico que se acerca a los enfermos, a los necesitados, a los débiles, a los pecadores; no para enrostrarles sus carencias, sino para sanarles y darles vida plena (cf. Juan 10,10). Y por lo mismo, se acerca a ellos mirándolos con cariño, con atención, con sabiduría humana y espiritual a fin de entender desde dentro su situación y así poder darles vida. La versión de este pasaje que nos ofrece el evangelista san Mateo, intercala entre ambas sentencias de la frase un recurso al Antiguo Testamento, que pone en relación esta actitud de Jesús con toda la historia de la Salvación: «Vayan, pues, a aprender qué significa Misericordia quiero, que no sacrificio» (Mateo 9,13, citando a Oseas 6,6). La encarnación de Jesús, manantial de vida para todos los sufrientes, es obra de la misericordia de Dios, de su condescendencia para con todos nosotros.
Yendo más a fondo en el tema, la carta a los Hebreos explicita razones profundas de este modo de actuar de Dios en Jesús. Y lo hace empleando el lenguaje del sacerdocio: «Teniendo, pues, un gran sumo sacerdote, que penetró los cielos –Jesús el Hijo de Dios– mantengamos nuestra profesión de fe. Pues no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, ya que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado» (Hebreos 4,14-15). Jesús puede compadecerse de nosotros, porque ha experimentado personalmente nuestra condición de vida, en todos sus matices: la alegría y el dolor de las lágrimas; los momentos de claridad personal y la oscuridad del Huerto de los Olivos y de la cruz; la experiencia de ser acogido y la de ser rechazado; la de sanar y dar vida, y la de no poder hacer milagros por la falta de fe de su propio pueblo (cf. Marcos 6,5-6). Ha experimentado el cansancio, la sed y el hambre, la fatiga y el sueño, el dolor y la muerte. E incluso experimentó la tentación, aunque a diferencia nuestra no experimentó el pecado. La misma carta a los Hebreos explicita esta hondura de la encarnación de Jesús: «Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, por los padecimientos aprendió la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para los que le obedecen» (Hebreos 5,7-9). Porque ha vivido todo lo nuestro, Jesús puede acompañarnos en todos los momentos y dimensiones de nuestra vida; incluso en los oscuros momentos de obediencia a una voluntad de Dios que no logramos entender a cabalidad.
Jesús se presenta a sí mismo como un hombre «manso y humilde de corazón» (cf. Mateo 11,29) y recurre a la figura profética del «Servidor de Yahveh» para ayudarnos a entender el sentido más hondo de su ministerio profético (cf. Isaías 52,13 – 53,12). Se presenta como el servidor de Dios, que por amor se hace cargo del pecado de su pueblo: lo carga sobre sí mismo, en vistas a expiar con su propia vida el pecado de los suyos. Como el que libremente entrega su propia vida para dar vida a sus hermanos (cf. Mateo 12,15-21). Es en este nivel que la encarnación del Señor encuentra toda su plenitud: compartiendo lo nuestro, por su entrega personal nos da vida y con su palabra y ejemplo nos muestra el camino que conduce a la vida. Es el servidor de Yahveh que nos muestra vitalmente cuál es el único camino que de verdad conduce a la vida. Por eso el evangelista Juan pone en su boca la conocida expresión: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14,6).
Para comprender rectamente a Jesús necesitamos prestar especial atención a esta dimensión de encarnación, que es obra de amor; y a la vez condición apropiada para experimentar esa compasión que es la causa de nuestra salvación: él ha pagado por nuestros pecados; ha asumido una responsabilidad solidaria por nuestras culpas, que nos salva.
Relación al Padre. Una segunda dimensión característica de la persona de Jesús es su relación al Padre. Ha venido de Él y vuelve a Él. Vive en una permanente obediencia al Padre, como insistirá tanto san Juan (cf. Juan 3,19; 8,28-29; 8,38; 12,49-50; etc.). No hace sino lo que el Padre le ha mandado hacer; no habla sino de lo que ha oído del Padre. Esta dinámica obediencial nos permite hablar de Jesús como un creyente; como el perfecto creyente.
Creer es confiarse en otro, de fiarse plenamente en un Dios reconocido como confiable. El Papa Francisco describe la fe señalando: «La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida» (Francisco, Lumen fidei 4). El Padre y el Hijo viven desde toda eternidad en una permanente comunión de amor. Partiendo de este horizonte teológico, el Papa llega a una propuesta muy interesante: «La plenitud a la que Jesús lleva a la fe tiene otro aspecto decisivo. Para la fe, Cristo no es sólo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver» (Francisco, Lumen fidei 18). Y el Papa relaciona expresamente esta experiencia de fe de Jesús con su encarnación: «Para que pudiésemos conocerlo, acogerlo y seguirlo, el Hijo de Dios ha asumido nuestra carne, y así su visión del Padre se ha realizado también al modo humano, mediante un camino y un recorrido temporal. La fe cristiana es fe en la encarnación del Verbo y en su resurrección en la carne; es fe en un Dios que se ha hecho tan cercano, que ha entrado en nuestra historia» (Francisco, Lumen fidei 18).
Los discípulos del Señor reconocieron con claridad que la referencia esencial y permanente para Jesús era su Padre. El evangelio de Juan pone el acento en esta dimensión, como uno de los rasgos centrales, como la referencia fundamental que nos permite entender en hondura la vida de Jesús: «Yo y el Padre somos uno» (Juan10,30). Los evangelios nos señalan que esta referencia esencial se expresaba privilegiadamente en momentos de intimidad con Dios, a solas, en la oración. De modo especial, antes de los grandes momentos o decisiones, nos dirá San Lucas (cf. Lucas 3,21; 5,16; 6,12; 9,18; 9,28-29; 22,41). La primera tradición teológica puso el acento en la dimensión de «obediencia» de Jesús, como uno de los rasgos que lo dignificaban. Es por obediencia a Dios que llega a la cruz: «¡Abba, Padre!, … no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Marcos14,36); «se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz; por eso Dios lo exaltó…» (Filipenses 2,8).
Este es el segundo rasgo del Señor en quien creemos, que deseo presentarles hoy: Jesús como el creyente, como quien nos enseña a creer. Jesús se confió totalmente en Dios, y así nos enseña/acompaña a finarnos de Dios de modo ilimitado. Tal como dice hermosamente la carta a los Hebreos: «Fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe» (Hebreos 12,2). Jesús nos muestra un camino para acercarnos al Padre, nos regala unos ojos para ver y un corazón para confiarnos plenamente en Dios. «Tenemos necesidad de alguien que sea fiable y experto en las cosas de Dios. Jesús, su Hijo, se presenta como aquel que nos explica a Dios (cf. Juan 1,18). La vida de Cristo –su modo de conocer al Padre, de vivir totalmente en relación con él– abre un espacio nuevo a la experiencia humana, en el que podemos entrar» (Francisco, Lumen fidei18).
Un atractivo especial. Los evangelios nos señalan con toda claridad que Jesús poseía un atractivo especial para sus contemporáneos. Actuaba y hablaba de un modo especial, enteramente distinto al de los escribas y fariseos, que en cierto sentido podían parecer más o menos similares a él. Jesús tenía una fuerza interior, que resultaba fascinante, que producía admiración en quienes entraban en contacto con él.
Para quienes lo siguieron, para sus discípulos, fue un hombre que los conmovió profundamente. El encuentro con él les cambió la vida; les rompió la «normalidad» en la que vivían hasta ese momento. Los hizo dejar todo lo que hasta entonces los afirmaba como personas y comenzar a seguirlo desde un despojo de itinerantes; más aún de seguidores de alguien cuyas razones más profundas no se alcanzan a comprender a cabalidad. No deja de ser fascinante el que con su sola palabra Jesús llame a una docena de hombre a seguirlo, y que éstos dejándolo todo lo sigan. Es de una radicalidad fascinante, incluso aceptando que en los relatos de los evangelios haya una presentación de los hechos desde un punto de vista de fe, y que embellece un poco la historia real.
Jesús goza de una autoridad que le viene desde su interior, y no de atributos exteriores. No posee «reconocimientos oficiales» de parte de algún tipo de autoridad, ni tampoco se apoya en poderes religiosos o políticos. Su fuerza está en su palabra y en la coherencia interior de su mensaje. Jesús es un hombre que sabe ver la realidad de sus contemporáneos; la mira con hondura, con esa capacidad de penetración que solo puede dar una mirada templada en el amor. Por eso es capaz de entender el corazón de los suyos, con ese lenguaje que va más allá de la simple racionalidad. Jesús tiene una mirada que entiende, y lo hace sin juzgar ni condenar. Es la mirada de un médico que busca entender la situación de la persona para darle indicaciones que le ayuden a mejorar la calidad de su vida. No le habla para «invitarlo a cambiar», sino para enseñarle a recuperar la salud.
Por estas mismas razones, la palabra de Jesús resuena como «creíble», como «convincente», porque da cuenta con verdad de la realidad que están viviendo sus interlocutores. Es una palabra que tiene fuerza porque tiene raíces en la vida concreta de las personas. Es posiblemente esta fuerza la que hace posible que los pescadores que lo escuchan dejen sus redes y se vayan tras él. Las palabras de Jesús son palabras que develan lo hondo de los corazones, que tocan esa raíz profunda en la cual se anudan nuestras grandes decisiones. Este rasgo impresionó mucho a los contemporáneos de Jesús, y los evangelios nos recogen muchos testimonios de esta admiración: «La gente se asombraba de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas» (Mateo7,28-29), «¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Marcos 4,41).
La palabra de Jesús posee la capacidad de ayudar a ver la propia realidad personal con ojos nuevos; y por lo mismo pone a cada oyente ante una disyuntiva fundamental: acoger la palabra y entrar en una vida nueva, o cerrarse a ella y mantenerse en su rutina. La palabra de Jesús llama a conversión, no porque se dedique a enrostrarles las faltas a sus oyentes, sino porque los pone ante una nueva mirada de la realidad que exige de ellos una respuesta nueva. Los evangelios señalan, en este sentido, que la palabra de Jesús pone en «crisis» a sus oyentes; los pone ante la urgencia de discernir las consecuencias de lo que están viendo y optar de acuerdo con ello. El que se condena es el que se cierra a la novedad de Jesús; y se salvan todos lo que lo acojan, cualquiera haya sido su condición previa, y aunque sea en el último momento, como el «buen ladrón» (Lucas23,39-43). «Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios. Y el juicio está en que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Juan 3,17-19; cf. 12,46-48).
Sintetizando. De Jesús se pueden decir muchas cosas más. Pero quizá sea apropiado quedarse en estas tres afirmaciones fundamentales, que nos pueden ayudar a proyectar una luz sobre rasgos de la persona de Jesús que pueden ser más interesantes para nuestra experiencia cristiana hoy:
–– Jesús encarnado, compartiendo todo lo nuestro, como manifestación plena del amor salvador de Dios. De un Dios que nos salva desde el codo a codo de nuestra vida cotidiana, y no por medio de decretos que vengan de lo alto. «Cristo ha bajado a la tierra y ha resucitado de entre los muertos; con su encarnación y resurrección, el Hijo de Dios ha abrazado todo el camino del hombre y habita en nuestros corazones mediante el Espíritu santo. La fe sabe que Dios se ha hecho muy cercano a nosotros» (Francisco, Lumen fidei 20).
–– Jesús creyente, viviendo una permanente y estrecha relación de amor con su Padre. La vida de Jesús pierde su horizonte sin esta relación transcendente hacia el Padre. Y es precisamente esta relación de confianza plena la que nos da ojos nuevos para acercarnos a Dios. «La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro» (Francisco, Lumen fidei 4).
–– Jesús atrayente, que predica y actúa de un modo tal que resulta fascinante para sus contemporáneos. Atrae porque habla con amor de la vida real; porque posee una mirada amorosa, compasiva, misericordiosa, capaz de sanar nuestras realidades cotidianas y abrirnos los ojos para mirar nuestra vida de un modo nuevo. Esta es la novedad del Evangelio.
Como es evidente, cada uno de estos tres rasgos de Jesús se pueden proyectar en nosotros, que intentamos ser sus discípulos. No hace falta insistir en eso. Y, al mismo tiempo, cada uno de estos rasgos es determinante para caracterizar el estilo del ministerio mesiánico de Jesús. Demos ahora un paso más, planteándonos la pregunta por cómo Jesús anuncia el evangelio.
De qué modo Jesús anunciaba el reinado de Dios; su modo de ser evangelizador
La cercanía del reino. Jesús anunciaba el evangelio del reinado de Dios, lo sabemos bien. Pero lo más original de su predicación estaba en anunciar la cercanía de este reinado de Dios. «El reino está cerca de ustedes» es el mensaje fundamental de Jesús (cf. Marcos 1,15); y al mismo tiempo es la consigna que dada a sus discípulos para enviarlos en misión: cuando lleguen a una casa, los reciban o nos reciban, digan «El reino de Dios está cerca de ustedes» (Lucas 10,9 y 10,11). Jesús no se dedica a describir el reino de Dios, enumerando sus características, ni tampoco se dedica a describir el modo en que este reino va a llegar. Lo que de verdad le interesa es señalar que el Reino ya está presente, y que es necesario tener ojos suficientemente nuevos y limpios para poder verlo. «Habiéndole preguntado los fariseos cuándo llegaría el Reino de Dios, les respondió: “La venida del Reino de Dios no se producirá aparatosamente, ni se dirá: ‘Véanlo aquí o allá’, porque, miren, el Reino de Dios ya está entre ustedes”» (Lucas17,20-21). El reinado de Dios ya presente es Jesús mismo, en quien Dios está actuando salvíficamente en favor de la humanidad toda. En Jesús Dios está reconciliando al mundo consigo (cf. 2 Corintios5,19). Por lo mismo, la acogida del reino se juega en la actitud que cada uno tenga frente a Jesús; a la acción de Dios hecha presente en Jesús de Nazaret.
Hacerse ojos nuevos. Anunciar el reino de Dios es para Jesús ayudar a crear ojos nuevos que permitan salir de la rutina y encontrarse con la novedad de Dios. Con esa novedad llena de vida, pero discreta y silenciosa, como la semilla que va creciendo, como la levadura que está fermentando la masa. Novedad que comienza a desplegarse en la pobreza humilde del niño de Belén, y continúa manifestándose en el carpintero de Nazaret. Para anunciar la cercanía del reino Jesús utiliza un lenguaje muy particular: las parábolas. Sencillos ejemplos tomados de la vida cotidiana, en los cuales se entrecruzan dos horizontes contrapuestos, y que invitan a ponerse en un punto de vista nuevo que permita resolver la tensión y alcanzar una recta comprensión de la realidad. En lugar de ser hijos pensando en que el padre los va retribuir estrictamente de acuerdo a los servicios que cada uno le haya prestado, es necesario reconocer que para el Padre ambos son hijos, y como tales ambos son merecedores de la plenitud de su amor; como señala la «parábola del hijo pródigo» (Lucas 15,11-32); o imaginar que al final del día va a pagar a cada trabajador de acuerdo a las horas trabajadas, y no de acuerdo a su magnanimidad, como la parábola de los «obreros de la viña» (Mateo 20,1-16); o defender que lo correcto es funcionar en un esquema de deudas que deben ser cobradas y pagadas, respetando los compromisos anteriormente contraídos, sin dejarse envolver por la novedad de la compasión y el perdón de Dios que rompe toda lógica, como la parábola del «siervo sin misericordia» (Mateo18,23-35); o continuar imaginando que de lo pequeño y cotidiano solo pueden salir cosas pequeñas e insignificantes, como apuntan las parábolas del grano de mostaza y de la levadura en la masa (Mateo13,31-33); etc. Son muchas las parábolas en las cuales alguno de los personajes, representándonos, clama «injusticia», y en otras estos mismos personajes dejan entrever que el comportamiento de Dios es insensato, propio de alguien que ha perdido la cordura. Hacen falta ojos nuevos para llegar a vislumbrar la lógica del amor de Dios, la insensata locura de su misericordia. Las parábolas son el lenguaje más propio de Jesús, usado para entreabrirnos la mirada del corazón a fin poder entrar en la lógica nueva del reino.
Una novedad en conflicto. La novedad del reinado de Dios pone a Jesús en conflicto justamente con el grupo de los «mejores» de su tiempo, de los más religiosos, con los fariseos. Ellos son quienes se han tomado la religión en serio, los que han estudiado, los que han sistematizado las leyes de Dios, y que se esfuerzan seriamente por cumplirlas. Son lo que creen ver y entender qué Dios espera de ellos, pero dramáticamente ante la novedad de la acción de Dios son los que terminan actuando como ciegos. La compasión misericordiosa y universal de Dios desbarajusta sus concepciones teológicas y los deja enteramente desconcertados. Incluso los hace entrar en conflicto frontal con Jesús; por ejemplo, en defensa de una de las más sagradas instituciones del judaísmo, como es la observancia del descanso sabático. En la polémica de las espigas arrancadas por los discípulos en un día de sábado, Jesús les responde: «Si ustedes hubiesen comprendido lo que significa Misericordia quiero, que no sacrificio, no condenarían a los que no tienen culpa» (Mateo12,7). En este tipo de polémicas estamos en el corazón del anuncio del reinado de Dios que se está haciendo presente en el ministerio mesiánico de Jesús. Y allí podemos ver como las inapropiadas imágenes de Dios y de su voluntad terminan dañando y condenando a las personas.
Misión de los discípulos. Para anunciar y hacer presente el reino de Dios, Jesús llama a discípulos para que lo acompañen: ellos serán los testigos de su acción y los colaboradores de su misión. Los discípulos, los Doce, los setenta y dos, las mujeres que lo sirven, los amigos que lo acogen en sus casas, etc., son ante todos los testigos de las maravillas de Dios. Son los que han llegado a reconocer la obra de Dios en Jesús y por eso han respondido a ella acogiendo el llamado que el Señor les ha dirigido: «ven y sígueme». La sola existencia de este grupo de discípulos es ya una manifestación del reino presente; es testimonio de que al menos un grupo ha logrado ver la obra de Dios y responder apropiadamente, por gracia de Dios. De entre sus discípulos Jesús llamó a algunos y los constituyó como grupo, los Doce, «para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar demonios» (Marcos 3,14-15). Los discípulos son ante todos testigos; creyentes que deben calibrar el valor y la hondura de su fe viviendo en intimidad con el maestro. Y solo después de esta experiencia tiene sentido su envío como mensajeros del reino, con una doble tarea: proclamarlo con la palabra y hacerlo presente venciendo todas las fuerzas del mal. Expulsando el demonio, padre de la mentira, enceguecedor, y destructor de la vida en plenitud. El anuncio de la palabra debe ir acompañada de signos concretos que desde ya vayan haciendo presente la vida nueva del reino, al menos como anticipo y pregusto. Los mensajeros del Reino son aquellos que han reconocido la novedosa acción de Dios, que han ahondado su fe compartiendo la vida con el maestro, y finalmente han sido enviados como portadores de una palabra y de un poder.
Un poder que se hace servicio. Hemos dicho que los discípulos van a anunciar el evangelio con poder. Se trata de un poder que se inscribe en la misma línea del poder de Jesús. Un poder que se hace servicio, que es la capacidad de ofrecer la propia vida por el bien y la vida de la humanidad toda. Es el poder de lavar los pies a los discípulos. El poder de ofrecer gratuitamente la propia vida (cf. Juan 10,17-18). El poder de la semilla que acepta ser enterrada para germinar y dar vida (cf. Juan 12,24-25). Este es el sentido del paradójico lenguaje de Jesús, tan ampliamente atestiguado en los evangelios: el que quiera salvar su vida la perderá, y en cambio quien entregue su vida por el evangelio la salvará. Un lenguaje que Jesús encarnó en su propia vida: entregando su vida nos dio vida plena, y él mismo fue exaltado por Dios en la resurrección. Aquí hay una hondísima propuesta antropológica, de entender la plenitud de la vida como una donación de sí mismo.
En anuncio gratuito. El reino que Jesús anuncia es una «Buena noticia», ya que todo el acento está puesto en la acción de Dios que salva a la humanidad. Es acción de Dios, no construcción nuestra. Y en cuanto acción salvífica de Dios, los mayores privilegiados por ella son los que más mal lo están pasando en este mundo: los pobres, los enfermos, los endemoniados, los pecadores. Como señala la parábola de «los dos deudores» (Lucas 7,41-43), la acción de Dios trastorna nuestra escala de valores, y los que parecían estar peor, son precisamente los que quedan mejor situados. En lenguaje del evangelio de Juan, después de sanar al ciego de nacimiento, Jesús proclama: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven se vuelvan ciegos» (Juan 9,39). Es lo que se suele llamar la opción preferencial por los pobres. Y como señaló el Papa Benedicto XVI en el discurso inaugural de Aparecida: «la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Corintios 8,9)» (Benedicto XVI Discurso inaugural de Aparecida 3). Los Fariseos no lograron entender esta dinámica de gratuidad del don de Dios; y por lo mismo, tampoco fueron capaces de madurar en la experiencia de la misericordia. Si la buena noticia anunciada no tiene su centro en la acción de Dios, no logrará ser realmente un mensaje de verdadera compasión y misericordia en favor de toda la humanidad.
En síntesis. Se pueden decir muchas más cosas del modo usado por Jesús para anunciar el evangelio; y muchos de estos elementos los conocemos bien. Para concluir no es inútil recordar que Jesús en cuanto manifestación del actuar salvífico de Dios es el mensajero y el contenido de evangelio. Y que por lo mismo «En el seguimiento de Jesucristo, aprendemos y practicamos las bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida. Hoy contemplamos a Jesucristo tal como nos lo transmiten los Evangelios para conocer lo que Él hizo y para discernir lo que nosotros debemos hacer en las actuales circunstancias.» (Aparecida139).

 

Imagen: Buen Pastor, Sebastián Correa E.

 

 

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago de Chile, editada trimestralmente desde el Seminario Pontificio Mayor.

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