San Martín de Braga: Un pastor del siglo VI – Marcelo Aguirre Durán

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Artículo publicado en la edición Nº 1.177 (ENERO- MARZO 2013)
Autor:Marcelo Aguirre Durán, Instituto de Historia, Universidad de Los Andes
Para citar: Aguirre, Marcelo; San Martín de Braga: Un Pastor del siglo VI, en La Revista Católica, Nº1.177, enero-marzo 2013, pp. 66-73.

 

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San Martín de Braga: Un pastor del siglo VI
Marcelo Aguirre Durán
Instituto de Historia
Universidad de Los Andes, Chile

 
San Martín de Braga fue un obispo y monje nacido a comienzos del siglo VI en los márgenes orientales del antiguo Imperio Romano. Al igual que su homónimo de Tours, sus orígenes se remontan a la región de Panonia (actual Hungría), lugar desde el que salió para dirigirse a Palestina y, con posterioridad, al occidente de Europa. Una vez instalado en la antigua provincia hispana de Gallaecia, fundó un monasterio en Dumio y poco tiempo después, alrededor del año 569, fue nombrado obispo de Bracara Augusta(hoy Braga, Portugal), ciudad donde permaneció hasta su muerte, acontecida probablemente en 580 (2). Destacó tanto por su erudición como por su celo pastoral. Su formación en Constantinopla y su conocimiento de los clásicos le permitieron ocupar un lugar fundamental en los concilios bracarenses de los años 561 y 572, donde él mismo redactó los cánones finales.
El ilustre san Isidoro de Sevilla, gran transmisor de la cultura grecolatina, hace referencia a san Martín reconociéndolo como el hombre más letrado de su tiempo (3). Asimismo, un autor galo-romano de la talla de Venancio Fortunato tiene solo palabras de alabanza hacia las letras del metropolitano de Braga, y el propio Gregorio de Tours da cuenta del amplio conocimiento de las lenguas griega y latina manifestado en la pluma del obispo panonio. Esta última característica puede notarse, por ejemplo, en el estilo senequista de muchos de sus escritos, ya que en ellos se puede observar el valor dado a la herencia clásica −tanto helénica como romana− y a la tradición monástica de Oriente. Todo esto, además, se logra apreciar a través de su orden intelectual y de su labor pastoral.
En este sentido, resulta especialmente importante la valorización de la labor literaria de este Padre de la Iglesia quien, a mediados del siglo VI, dejó por escrito su amplio bagaje literario y espiritual (4). De este modo, la lectura atenta de la obra del obispo de Braga conduce al lector moderno a un conjunto de tratados morales, ascéticos y catequéticos, los cuales han sido muy poco trabajados durante las últimas décadas. Estos escritos latinos constituyen un corpus de pequeños textos que proponen −en un sentido moral, doctrinal y poético− el carácter heroico de la fe cristiana frente a los acontecimientos del mundo, siempre en favor de la defensa de la ortodoxia católica (5).
Por otro lado, la figura de san Martín ha sido estudiada principalmente en relación con el proceso de conversión y abandono del arrianismo por parte del reino suevo (6), pueblo de origen germánico que se instaló en la región noroccidental de la Península Ibérica a comienzos del siglo V, y que en el año 585 fue sometido bajo el poder visigodo del arriano rey Leovigildo; de allí el apelativo de «apóstol de los suevos».
En cuanto a sus obras, la más conocida es De correctione rusticorum, un tratado catequético que propone la evangelización y enseñanza de la doctrina a los hombres sencillos de su pueblo. En esta misma línea se encuentran sus cuatro tratados morales: Pro repellenda iactantia, De superbia, Exhortatio humilitatis, De ira. Este grupo de escritos representan una riquísima fuente para comprender de manera más profunda, en el contexto del siglo VI, el ideal de vida virtuosa como modelo de vida cristiana. Junto a lo anterior, un pequeño texto titulado Formula vitae honestae (probablemente redactado a petición del rey suevo Miro) pone en evidencia el interés del autor por la ética clásica, y en él analiza las virtudes humanas y su puesta en práctica en la vida cotidiana, casi a modo de manual. Éste sería el texto que mayor admiración habría suscitado, por ejemplo, en Isidoro de Sevilla (7).
Además de la labor de escritor, resulta necesario mencionar la aportación del obispo de Braga como forjador del monacato hispano (8). Él conoció y admiró la tradición ascético-monacal surgida en el desierto de Tebaida (Egipto), la que le habría servido como un elemento más para el análisis de las virtudes cristianas y para el ideal de vida austera como ideal de la sociedad (9). Así, siguiendo la costumbre de su tiempo, fundó un monasterio masculino en las cercanías de Braga, del que fue el primer abad. En relación a este acontecimiento no hay lugar a dudas, pues las actas del X concilio de Toledo (año 656) recogen el episodio y dan noticias del foco de luz y de cultura que significó este cenobio dentro de una época de tanta confusión. Éste sería el primer caso, además, de un tipo de vida monástica creado y enraizado en la Península Ibérica (10).
Su labor política, así como su impulso para lograr la consolidación del catolicismo dentro del reino suevo, fueron de una importancia axial. Una vez que este pueblo germánico hubo abandonado la herejía arriana, la labor del obispo Martín se orientó, principalmente, a la erradicación de las costumbres populares desordenadas, y a la necesaria culturización del clero de la región. Años de heterodoxia y rastros de la entonces reciente herejía prisciliana (11) habían dejado huellas de daño moral y superstición por todo el occidente peninsular, las que habían traspasado todos los grupos sociales. En este sentido, podemos entender un posible interés por la ética senequista, pues esta se acomodaba perfectamente a su trabajo pastoral, catequético y moralizador, el que estaba enmarcado dentro de una concepción histórica que entendía y buscaba el «primado de las instituciones religiosas en el orden del mundo» (12). No en vano se puede llegar a afirmar que el único objetivo de la literatura del Bracarense era la evangelización del pueblo de la antigua Gallaecia(13).
Ahora bien, en cuanto a sus obras antes mencionadas, resulta necesario destacar la fusión que él realiza entre el pensamiento teológico y el humanismo clásico, lo que le permite dar un impulso a la cultura de su época, así como una posteridad a sus escritos. Cabe mencionar que en san Martín de Braga no encontramos un teólogo exhaustivo ni un gran tratadista, sino un hombre preocupado por la correcta formación del pueblo que le había sido encomendado. Sin embargo, su libro más teológico −De correctione rusticorum− es una admirable exposición de una visión trinitaria del mundo a través de una brevísima exposición de la historia de la salvación.
En él encontramos un recorrido por la historia sagrada, y viene a ser una suerte de manual catequético y pedagógico para el pueblo menos formado. Después de mencionar a Adán y Eva, el texto da cuenta de las consecuencias del pecado en la humanidad y presenta la figura de Noé, a quien define como el justo al que Dios reservó, junto con sus hijos, para la reparación del género humano. Una vez reconocido el mal en el mundo y la acción de los demonios en él, explica cómo los hombres cayeron en la idolatría hasta que, finalmente, fue necesaria la venida del Hijo de Dios para lograr la salvación de la humanidad. De un modo sencillo y con una cristología que recorre el símbolo de la fe, el De correctione pone por escrito todo el carácter de un pastor que habla tanto a sencillos como a cultos, con un lenguaje simple y cercano, pero no por eso degradado y trivial.
En cuanto al conjunto de su obra, en ella se aprecia una permanente llamada a la búsqueda de una mirada sobrenatural de la vida, dándose a entender que la fe en Cristo es una fe que necesariamente debe poner el acento en la resurrección y en el destino ultramundano de la Iglesia, y no en los avatares del día a día. Al respecto, san Martín escribe: si creísteis y creéis que existe la resurrección de la carne y la vida eterna en el reino de los cielos entre los ángeles de Dios, como ya os dije anteriormente, pensad mucho en estas cosas y no siempre en la miseria de este mundo (14).
En efecto, en su afán moralizador y eminentemente pastoral, el obispo de Braga pone el acento en el desordenado deseo que tiene el hombre de ser como Dios, tal como lo tuvieron Adán y Eva. En su tratado sobre la soberbia advierte a su pueblo: ¡oh, cuánta es la ceguera que hay en el apetito de la vanagloria! Nunca vio el hombre un engaño tan abierto, en el cual contrariamente se le promete la semejanza de Dios, no por obediencia para con Él, sino por desprecio (15).
Nuestro autor exhorta a los cristianos a meditar y vivir el valor del bautismo, y a reconocer el pacto hecho con Dios a través de la vida y la práctica de los Sacramentos. En este sentido, también invita a un permanente examen de conciencia sobre la propia vida y sobre su sentido trascendente: si tu ánimo es prudente, repártelo en tres tiempos: ordena el presente, prevé el futuro, recuerda el pasado. Porque quien no medita acerca del pasado, pierde la vida, y el que no reflexiona de antemano sobre el futuro, incautamente tropieza en todo (16).
Por otro lado, san Martín purifica las costumbres de su tiempo y para ello, por ejemplo, insiste en la santificación del domingo, haciendo hincapié en el hecho de que hasta los paganos tienen un día especial de culto para sus ídolos. Asimismo, con el afán de desterrar todo tipo de supersticiones propias de su tiempo, pone el acento en el valor de la Sagrada Escritura y en la confianza en la Providencia de Dios. En esta línea, e intentando dejar en claro que la adivinación iba en contra del Creador, escribe: Dios no mandó conocer las cosas futuras, sino que viviendo siempre en el temor de Dios, esperasen en Él el gobierno y el auxilio de su vida. Es propio de Dios el conocer los acontecimientos antes de que sucedan; sin embargo, los demonios engañan a los hombres vanos con diversos argumentos hasta conducirlos a la ofensa de Dios (17).
Siguiendo la tradición monástica, el modelo del uir Dei presentado en la obra martiniana aparece iluminado a partir de los ejemplos de vida de los monjes egipcios. El conocimiento de la lengua griega le permitió llevar a cabo la traducción de una parte de los Apotegmas de los Padres del desierto bajo el nombre de Sententiae patrum aegyptiorum, texto que se constituye en un testimonio del ideal monástico de abandono del mundo y de seguimiento de Cristo. De esta forma, y de acuerdo a los cánones clásicos de la tipología cristiana, las figuras del Antiguo Testamento aparecen presentadas como personificación y prefiguración del ideal de virtud cristiana: Noé es la figura de la pobreza voluntaria, Job la figura de la tribulación y de la paciencia y Daniel la figura de la discreción. Por consiguiente, si los actos de estos tres santos estuviesen en algún hombre, el Señor está con él, viviendo con él mismo, aceptándolo, y rechazando también de él toda tentación y toda tribulación que le sobrevenga del enemigo (18).
En relación a la teología del bautismo, esta resulta fundamental para la labor evangelizadora del obispo de Braga. A este sacramento se refiere en reiteradas oportunidades, y en su instrucción pastoral De correctione rusticorum da especial énfasis al valor de la pertenencia a Cristo. A través de un lenguaje sencillo y directo, el Bracarense exhorta a los fieles a considerar el pacto de renuncia al mal hecho en el bautismo. Al mismo tiempo, teniendo en cuenta la gravedad y pervivencia prolongada del arrianismo, así como su necesaria extirpación de la piedad popular, no duda en insistir en la naturaleza divina del Hijo y en el significado más prístino del sacrificio de la cruz en tanto que sacrificio redentor de la humanidad.
Su trabajo catequético es una llamada a la valoración del compromiso cristiano adquirido a través de la profesión de fe expresada en el bautismo, y representa la concreción de un esfuerzo formativo que permite atisbar, al mismo tiempo, una sociedad con prácticas populares y supersticiosas que pone en evidencia una escasa instrucción en la fe católica. Para ello, y a modo de introducción a la catequesis del domingo, escribe: no solo os ocupéis de esta vida presente y de la utilidad pasajera de este mundo, sino que penséis más en el símbolo que vosotros prometisteis creer, esto es, la resurrección de la carne y la vida eterna (19).
Por consiguiente, las enseñanzas de san Martín apuntan, en gran medida, a las bases de una formación en la humanitas clásica y en el ejercicio de las virtudes cardinales, virtudes que él considera como necesarias para la posterior búsqueda sobrenatural del espíritu de un verdadero cristiano. En otras palabras, para el metropolitano de Braga el ideal de hombre cristiano se basa, en primer lugar, en la vivencia de una vida recta y de una conducta moral ordenada según la tradición de los filósofos antiguos, tradición moral particularmente acentuada en el estoicismo pagano (20).
En definitiva, la personalidad de san Martín pone de manifiesto un celo inagotable por la formación de los fieles, tanto monjes como laicos. Con una actualidad plenamente vigente, las palabras iniciales de su Formula vitae honestae vienen a ser un resumen de su vocación de pastor y, asimismo, una invitación a la vida de virtud a partir de la voluntad humana unida a la acción de Dios (21) pues, de acuerdo a su cosmovisión de hombre clásico y cristiano (22), él entiende la santidad como el heroísmo de la Antigüedad más la acción de la Gracia divina (23): el título de este opúsculo es ‘Formula de una vida honesta’, y la razón de ponerle esta inscripción es porque no enseña aquellas cosas arduas y perfectas, que son para pocos y que las practican los afamados santos; se refiere únicamente a aquellas cosas, que sin tener un precepto de las divinas Escrituras, únicamente por la ley natural de la razón humana pueden cumplirlas incluso los laicos que viven recta y honestamente (24).
Notas
1. Profesor del Instituto de Historia de la Universidad de los Andes. Este artículo se enmarca dentro del proyecto Fondecyt n° 11110194.
2. A modo de referencia biográfica, véanse: Bodelón, S., Literatura latina de la Edad Media en España (Madrid 1989); Domínguez del Val, U., Historia de la antigua literatura latina hispano-cristiana, vol. II (Madrid 1997), 375-430.
3. San Isidoro de Sevilla, El “De viris illustribusde Isidoro de Sevilla, Codoñer, C., (ed) (Salamanca 1964), 145-146.
4. Véase: Fontán, A., «La tradición de las obras morales de Martín de Braga», en Boletín de la Universidad de Granada, n° 91 (1951).
5. Existen distintas ediciones del De correctione. Sin embargo, la edición crítica más autorizada y que recoge de manera más completa el conjunto de la obra del Bracarense es: Barlow, C. W., Martini episcopi Bracarensis opera omnia (New Haven 1950).
6. El estudio histórico más actual y panorámico sobre la conversión de los reinos bárbaros occidentales se encuentra en: Dumézil, B., Les racines chrétiennes de l’Europe: conversion et liberté dans les royaumes barbares, Ve-VIIIe siècle (París 2005).
7. Fontán, A., «San Martín de Braga: una luz en la penumbra», en Cuadernos de filología clásica, vol. XX (1986-1987), 195.
8. Una aproximación al monacato hispano pre-benedictino se puede encontrar en: Linage Conde, A., Los orígenes del monacato benedictino en la Península Ibérica (León 1973).
9. Para analizar la influencia de Séneca en el De ira del Bracarense véase: Madoz, J., «Martín de Braga. En el XIV centenario de su advenimiento a la Península (550-1950)», en Estudios eclesiásticos, n° 25 (1951), 226 ss ; Liefooghe, A., «Les idées morales de saint Martin de Braga», en Mélanges de science religieuse, n° 11 (1954).
10. Cantera Montenegro, S. et Rodríguez de la Peña, M. A., «Conciencia hispana y tradición monástica en la Vita Fructuosi», en Cuadernos de estudios gallegos, vol. LIV, n° 120 (2007), pp. 78 ss.
11. Herejía ampliamente desconocida en el ámbito doctrinal. Cercana a un tipo de gnosticismo, con orientaciones mágico-esotéricas, fue desarrollada en Hispania por Prisciliano, obispo de Ávila. Fue la primera herejía propiamente occidental. El heresiarca fue condenado a muerte en la ciudad de Tréveris, en el año 385.
12. Naldini, M., «Introduzione», en Contro le superstizione. Catechesi al popolo. De correctione rusticorum (Florencia 1991), 10.
13. Domínguez del Val, U., «Introducción», en Martín de Braga. Obras completas (Madrid 1990), 16-18; Ferreiro, A., «Martinian veneration in Gaul and Iberia: Martin of Tours and Martin of Braga», en Studia monastica, vol. 51 (2009), 19.
14. De correctione rusticorum, XVIII.
15. De superbia, V.
16. Formula vitae honestae, Prudencia.
17. De correctione rusticorum, XII.
18. Sententiae, VIII.
19. De correctione rusticorum, XVIII.
20. Liefooghe, A., «Les idées morales de saint Martin de Braga», art. cit., p. 145.
21. Cf. Fontán, A., «Martín de Braga: proyección histórica de su persona y su obra», en Humanismo romano (Barcelona 1974), 215-216.
22. Ibid., p. 192.
23. Freyburger, G. et Pernot, L., (eds), Du héros païen au saint chrétien (Paris 1997), 24.
24. Formula vitae honestae, Introducción.

 

Imagen: San Martín de Braga, miniatura del Códex Albeldensis, a. 976, Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

 

 

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