Teresa de Lisieux y Teresa de Los Andes: inspiración mística e influencia espiritual – Alexandrine de la Taille

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Artículo publicado en la edición Nº 1.194 (ABRIL- JUNIO 2017)
Autora: Alexandrine de la Taille, Instituto de Historia, Universidad de Los Andes, Chile
Para citar: de la Taille, Alexandrine; Teresa de Lisieux y Teresa de Los Andes: inspiración mística e influencia espiritual, en La Revista Católica, Nº1.194, abril-junio 2017, pp. 161-169.
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Teresa de Lisieux y Teresa de Los Andes: inspiración mística e influencia espiritual
Alexandrine de la Taille
Instituto de Historia, Universidad de Los Andes, Chile

 

Teresa de Los Andes, en el mundo Juanita Fernández Solar, primera santa chilena, nace en Santiago de Chile el 13 de julio de 1900. Proveniente de una familia de élite, se educa en un entorno social, cuyo referente cultural es Francia. Al igual que muchos de sus contemporáneos se vincula desde pequeña con el mundo francófono al recibir su educación en el colegio dirigido por las religiosas del Sagrado Corazón que habían llegado al país en 1853.
Dichas religiosas traen consigo, además de la enseñanza empapada de la cultura francesa, nuevas prácticas de piedad que en Chile son aceptadas y adoptadas por numerosas familias católicas. Juanita Fernández entra al colegio a los siete años, completando la formación recibida en el hogar, especialmente de parte de su madre. Esta educación “a la francesa” le posibilita comprender y hacerse cargo de la espiritualidad de dos religiosas francesas carmelitas: Teresa de Lisieux e Isabel de la Trinidad, quienes, hijas de su tiempo, encienden en ella las más altas aspiraciones de santidad proyectadas en el refugio del Carmelo, como una posibilidad de misión concreta desde la celda.
En este artículo proponemos una aproximación histórica a Juanita Fernández Solar, la Teresita chilena, a partir de la influencia recibida por ella del mundo católico francés, específicamente a través de la lectura de la mística carmelita de fines del siglo XIX: Teresa de Lisieux.
Juanita y la cultura francesa
Juanita permanece diez años en el colegio del Sagrado Corazón. Es la cuarta de seis hermanos (1) y sus primeros años de vida transcurren entre el campo y la ciudad. Su casa contaba con servicio doméstico y las comodidades propias de su medio social. Por lo mismo, para ella, al igual que para las primeras niñas chilenas que asistieron al colegio, no es fácil vivir bajo un régimen de internado de disciplina estricta y ordenada (2). Sin embargo, siendo adulta percibe los efectos positivos que este le produce en la formación de su carácter, su intelecto y su fe.
Estas religiosas se habían instalado en el país a mediados del siglo anterior, a cargo de la francesa Anna du Rousier. Hijas de Magdalena Sofía Barat, desenvueltas y perseverantes, siendo muy pocas, al principio, se establecieron en el país, percibiendo una pronta respuesta de la lejana sociedad chilena. Ofrecían una educación para niñas con un plan de estudios propio con una base enseñada en francés, que podía eventualmente adaptarse a las costumbres del país. Salvo excepciones, generalmente las lecciones eran en francés, lo mismo la comunicación entre las religiosas y las alumnas, con lo cual la diferencia de lenguas que parecía una dificultad, muy pronto se consideró una de las mayores ventajas de su enseñanza.
En el Chile decimonónico, así como en la Francia post revolucionaria, la educación femenina adquirió gran relevancia para la Iglesia, que reconocía a la mujer como un agente educativo de primer orden en la familia.
La escolaridad Juanita Fernández es clave para su trayectoria espiritual, al brindarle más que una simple instrucción, una “educación en la fe”. Su objetivo fundamental era convertir a las alumnas en buenas cristianas, verdaderas “hijas del Sagrado Corazón”, dejando en ellas una huella en el alma que las haría ser reconocidas para siempre como tales. Las principales fuentes que disponemos para estudiar al personaje, su diario íntimo y su correspondencia, son reveladoras de la profunda influencia que ejercieron estas religiosas en ella.
Hitos clave de su formación cristiana en el colegio son la Primera Comunión, luego de la cual comienza a recibir gracias sobrenaturales, procurando comulgar casi a diario; y su admisión como “Hija de María”, congregación a la usanza francesa que reunía en sus filas a las alumnas que personificaban el ideal del colegio, vinculándolas a los sacramentos y a los pobres, pues contemplaba el apostolado de la visita domiciliaria a los más necesitados.
Asimismo, la devoción a la Virgen María marca su vida. Propia del mundo francés es su cercanía a Nuestra Señora de Lourdes. Esta tuvo mucha fuerza en Chile, construyéndose en Santiago un santuario dedicado a ella en 1880, en un sector apartado de la ciudad con una gruta copiada a la de Massabielle. Juanita constata en su diario que desde niña tuvo una imagen que la acompañó siempre (3). Por otra parte, como un suceso importante describe su visita a la gruta con su madre a los 16 años para la celebración del 11 de febrero (4).
Lecturas carmelitas: Historia de un alma
Es este completo sustrato cultural y religioso el que ha preparado a Juanita para leer y aprehender la espiritualidad de las místicas francesas del siglo XIX, Teresa de Lisieux e Isabel de la Trinidad. Incluso lo hace paulatinamente con su formación, es decir, va creciendo con ellas y pasan a ser parte de su vida.
Menciona en su diario que, cuando a los 14 años se somete a una operación de apendicitis, en la que teme por su vida, su madre le habría rezado a la joven carmelita de Lisieux una novena por su mejoría, de la cual a esas alturas ella ya se consideraba a “muy devota” (5).
Y más tarde, no solo revela su conocimiento de la francesa, sino su particular proximidad a ella y su propia identificación:
“[La Madre Ríos] Me recomendó leer la vida de Santa Teresa y de Teresita del Niño Jesús. Yo le dije que la había leído varias veces y saco tanto provecho; pues su alma tiene algunos parecidos a la mía. Y también, porque yo, como ella, he recibido muchos beneficios de Nuestro Señor, que la hicieron que llegara muy luego a la perfección; mientras que yo le pago tan mal a Jesús” (6).
Formada en un colegio de inspiración francesa, Juanita no solo comprende lo que lee, sino que se hace cargo, haciéndose parte de la “historia efectual” de la misión carmelita del siglo que la precedió. Ella percibe en su persona a través de Teresita, cómo la carmelita logra evangelizar desde el silencio y la soledad de su celda hasta el último rincón del mundo.
Aunque la beata Isabel de la Trinidad ha sido considerada como la religiosa de su época más semejante a Juanita (7), dado que la propia santa Teresa de Los Andes se verá reflejada en ella: “su alma es parecida a la mía” (8); es clave el influjo de la futura patrona de las misiones.
La similitud entre esta última y Juanita se manifiesta desde la propia vida hasta la intimidad del alma. Llama la atención que la chilena, aunque señala los parecidos, no se atreve a identificarse totalmente con ella: “su alma tiene algunos puntos parecidos a la mía” (9). Probablemente no se sentía digna de tal concordancia, no obstante, ella siempre pensó que moriría a los 24 años como la santa de Lisieux (10).
Asumiendo que Juanita ya es devota de Teresita en 1914, no es de extrañar que su figura sea protagónica y modélica en sus escritos. La prosa de ambas es similar y también los aspectos biográficos. Desde el punto de vista histórico, además debe considerarse que la cercanía epocal fue uno de los factores que puede haberlas unido.
La audacia e incondicionalidad de los escritos de Teresita de Lisieux, casi contemporánea de Juanita y con un lenguaje acorde al suyo, indudablemente la animan para comprender su vocación al Carmelo y sentirse interpretada en su enamoramiento de Cristo. La de Teresita del Niño Jesús es una pluma “enamorada”, las palabras que dirige a Jesús, instan a la joven chilena a proyectar su porvenir:
“Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares… En una palabra, ¡que el amor es eterno…! Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío…, al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor!” (11).
Juanita Fernández no conocía ningún Carmelo ni tampoco a ninguna religiosa de la Orden, solo tuvo acceso a su carisma por las lecturas realizadas. Dicho acervo cultural y la sintonía que percibe con el alma de la santa francesa, la empujan hacia la clausura teresiana.
A sus 16 años, Juanita expresa claramente su devota cercanía a Teresa de Lisieux:
“[…] Cuando salí a la casa por el día, me encontré que la Madre Superiora del Carmen, sin conocerme, me había enviado un retrato de Teresita del Niño Jesús, con mi mamá; lo que me ha proporcionado mucho gusto. Me encomendaré a Teresita para que me sane y pueda ser Carmelita. Pero no quiero, sino que se cumpla la voluntad de Dios. El sabe mejor lo que me conviene. ¡Oh, Jesús, te amo; te adoro con toda mi alma!” (12).
Juanita se siente interpretada por ella dada la similitud de sus almas, como ya apuntáramos, y a partir de su lectura, idealiza su futuro en la clausura: “Desde entonces he comprendido que el Carmen es un cachito de cielo y que a ese Monte santo me llamaba el Señor” (13).
No obstante, a los 18 años, cuando ya ha dejado el colegio y se plantea su futuro inmediato como “esposa de Cristo”, se confunde sobre el camino a seguir. Hija de su tiempo, en que florecen las congregaciones de vida activa, se debate entre la clausura y la Sociedad del Sagrado Corazón que la ha formado. Así como solo conoce las carmelitas por sus escritos (14), sí tiene con las religiosas francesas un profundo vínculo de cariño, gratitud y admiración. Valora el sacrificio que significaba combinar la oración con la enseñanza, sin “tener ni siquiera una pobre celda, duermen de a cuatro”. Asimismo, la impresiona cómo la hija del Sagrado Corazón debía “llenarse de Dios y darlo a las almas” (15).
Finalmente, luego de profundas meditaciones para elegir un camino de vida, se resuelve por el Carmelo (16), especialmente por su anhelo de unirse para siempre a Jesús y tenerlo como única prioridad. Convencida de que lo suyo es la entrega total apartada del mundo, afirma: la vida de la carmelita “consiste en amar, contemplar y sufrir. Vive sola con su Dios. Entre ella y Él no hay criaturas, no hay mundo, no hay nada, pues su alma alcanza la plenitud del amor, se funde en la Divinidad, alcanza la contemplación del Dios Amor” (17).
El Carmelo: “el cielo en la Tierra”
Al abrazar definitivamente la vocación y su nueva vida en el Carmelo, como ella lo llama “el cielo en la tierra”; su cercanía a Teresita de Lisieux será cada vez mayor. En la misma línea que la religiosa francesa, resume en dos palabras su vida: “sufrir y amar”.
Esta doble vertiente de su paso por el Carmelo, claramente expresada en su diario y correspondencia; revela la certeza por parte de Juanita –ahora Teresa de Los Andes- de la oración, fundamento del Carmelo, como vehículo eficaz para la salvación de las almas.
La carta del 25 de marzo de1919, en que Juanita pide autorización a su padre para ingresar a dicha orden religiosa, transmite claramente esta urgencia misionera:
“A eso iré al Carmen: a asegurar mi salvación y la de todos los míos. Su hija carmelita es la que velará siempre al pie de los altares por los suyos, que se entregan a mil preocupaciones que se necesitan para vivir en el mundo […]” (18).
El Carmelo, por su esencia, siempre había sido un lugar propicio para la evangelización. Así lo manifestaba Teresa de Ávila, la reformadora de la Orden, en el siglo XVI, al ofrecer continuamente su vida por la conversión de los pecadores y la santificación de los misioneros: “daría mil vidas por salvar una sola alma entre todas las que se pierden” (19).
Siguiendo sus pasos, Teresa de Lisieux, posteriormente reconocida por el Papa Pío XI al declararla Patrona de las Misiones en 1927, demostraba con su propia vida que el ideal de la santa abulense seguía vivo. Ha señalado al respecto el Papa Benedicto XVI: “Aun viviendo en claustro, tomó tan de veras a su cargo el ser colaboradora de los misioneros que, como en un derecho de adopción, ofreció por ellos a su divino esposo Jesús sus oraciones, las penitencias voluntarias y de regla, y sobre todo los agudos dolores que le originaba su penosa enfermedad” (20).
Siguiendo el modelo entonces de ambas Teresas, la Teresa chilena se empeña en transformarse en misionera desde la humildad de su celda. Para ello, al igual que sus predecesoras ofrece sus múltiples sufrimientos y aprovecha la correspondencia como medio de apostolado. Por ejemplo, escribe a su hermano Luis:
“Sí, Lucho. La carmelita da más gloria a Dios que cualquier apóstol. Santa Teresa, con su oración, salvó más almas que San Francisco Javier; y este apostolado lo hizo desconociéndolo ella misma” (21).
Así, como la santa de Lisieux que en tiempos de Juanita aún no ha subido a los altares, pero cuya fama de santidad ha llegado muy lejos –incluso a Chile-, esta joven novicia se centra en este ideal misionero. Llama la atención cómo la lectura desde niña de la mística francesa ha calado su alma y se reconocerá siempre su influencia en sus escritos, desde el relato de la Primera Comunión, hasta las elevadas reflexiones sobre el amor esponsal.
Reconocemos en ambas carmelitas, en su afán por la misión, el valor del sufrimiento y el deseo del martirio. “Entre tanto, también puedo ser mártir en el Carmen, muriendo a mí misma en cada instante” (22). Este rasgo de su espiritualidad lo es también de su tiempo, pues si bien el siglo XIX vio incrementarse las devociones a la Virgen María, a los santos patronos y al Sagrado Corazón (23) con mayor fuerza que en los siglos anteriores, mantuvo también una religiosidad marcada por la Pasión de Cristo, propia del Barroco (24), y que puso especial énfasis en los sufrimientos físicos de Jesús por la redención de la humanidad.
El sufrimiento que ambas padecieron y agradecieron era un medio para la misión y su fin era la salvación de los hombres, especialmente de los sacerdotes. En múltiples ocasiones lo señalarían en sus escritos. Por ejemplo, Teresa de Los Andes también se inmolaba por ellos, antes de entrar al convento apuntaba: “Quiero pasar mi vida sufriendo para reparar mis pecados y los de los pecadores. Para que se santifiquen los sacerdotes” (25).
Valor de la correspondencia para evangelizar
Así como Teresa de Lisieux fue autorizada por las prioras de su monasterio para tener “hermanos espirituales” –específicamente los sacerdotes Maurice Bellière y Adolphe Roulland-, comprometiéndose a inmolarse por su santidad y con quienes mantuvo una cercana y fluida correspondencia; a Teresa de Los Andes también se le permite escribir muchas cartas durante su breve paso por el Carmelo.
A diferencia de su homónima francesa, Juanita se ha propuesto acercar al cielo a sus seres más próximos, su padre y sus hermanos Miguel y Lucho (26). Antes de ser religiosa, aproximadamente a los 16 años anotaba un diálogo con Cristo:
“En fin, me abrió su corazón y me mostró que por mis oraciones tenía escrito el nombre de mi papá. Me dijo que me resignara a no ver el fruto de ellas; mas que lo alcanzaría todo. Después me reveló su amor, pero de tal manera que lloré” (27). Meses después, entristecida apuntaría: “Tengo pena porque, a pesar de haber de haber rogado y al mismo tiempo haberme mortificado, no he obtenido que mi papá, Miguel y Lucho entraran a retiro. Pero que se haga la voluntad de Dios” (28).
Esta realidad familiar será central en sus escritos y con la correspondencia detrás de las rejas conventuales intentará persuadir a estos hombres de acercarse más a Dios. Este apostolado no se detiene solo en ellos, sino que con la misma fuerza se amplía hacia quienes ella siente más cerca de Dios, como su hermana, su madre y sus amigas, sugiriéndoles siempre un “camino de perfección”, a cada cual según su nivel de piedad. Es en estos casos cuando cita continuamente a Isabel de la Trinidad, cuya lectura recomienda, invitando especialmente a su hermana Rebeca y a sus amigas íntimas a hacer de sus almas “una casita” para albergar a Jesús (29).
Para terminar, podemos concluir que una relectura de la correspondencia y del diario íntimo de Santa Teresa de Los Andes, bajo la pregunta del lugar que ocupa Teresita de Lisieux en la espiritualidad de la primera santa chilena, evidencia la fuerza que ejerció en ella dicha religiosa. Esa cercanía que experimenta desde niña Juanita con la Patrona de las misiones es posible gracias a la formación que ha recibido en su colegio y al ambiente de la sociedad chilena que ve a Francia como el gran referente cultural.
Sin duda, la amplia circulación que tuvo en Chile a comienzos del siglo XX La historia de un alma, texto sencillo que resume la autobiografía de Teresa Martin, permitió su acceso a Juanita siendo niña. Además de las revelaciones particulares que ella reconoce en sus escritos, fue la vida de esta joven carmelita francesa, semejante a ella, la que le abrió la puerta al Carmelo. Luego de conocerla como mujer, y de comprender a través suyo el significado que tiene en su alma la radicalidad de la clausura carmelita que deja de lado el mundo para entregarse por completo a Cristo como su esposa, Teresa de Los Andes se empapará de la obra de Isabel de la Trinidad y de los padres carmelitas: Teresa de Jesús de Ávila y Juan de la Cruz. A menos de dos meses de morir, en su celda del monasterio del Espíritu Santo en Los Andes, es capaz de sintetizar el significado de su vida resumiendo su paso por la tierra y el legado de los grandes maestros de la orden:
“[…] He comprendido aquí en el Carmen mi vocación. He comprendido como nunca que había un Corazón al cual yo no conocía ni honraba. Pero Él ahora me ha iluminado. En ese Divino Corazón es donde he encontrado mi centro y mi morada. Mi vocación es el producto de su amor misericordioso” (30).
NOTAS
(1) Los hermanos Fernández Solar son: Lucía (1894-1968), Miguel (1895-1953), Luis (1898-1984), Juana (1899, falleció a las pocas horas) Juanita (1900-1920), Rebeca (1902-1942) e Ignacio (1910-1976). Detalles en Risopatrón, Ana María, Teresa de Los Andes. Teresa de Chile, op. cit.
(2) “Pero estos tristes días de felicidad vendrán a enturbiarse con esos trsites días de colegio, que han de llegar muy luego. Me desespero cuando pienso en ello”, c. 4, a su amiga Herminia Valdés Ossa, Chacabuco, 8 de febrero de 1916. Teresa de Los Andes, Obras Completas, Editorial Monte Carmelo, Burgos, 1995. De ahora en adelante: Diario (D.) o Cartas (C.), p. 215. En otra carta, dirigida a sus padres, expresa lo que sí le gusta del colegio: “Gracias por todas las bondades que he recibido de ustedes, y por haberme puesto en este colegio. Aquí me enseñan a ser buena y piadosa, y sobre todo me han preparado para hacer la Primera Comunión”. Santiago, 10 de septiembre de 1910. C. 1, OC, p. 212. “Te diré que faltan 7 días ¿no piensas? Sólo 7 días para estar en ese calabozo. Se me hiela la sangre de solo pensarlo”, A Carmen de Castro, Chacabuco, 3 de marzo de 1916, c. 5, OC, p. 217. “Estoy loca de gusto de poderte escribir sin estar custodiada por monjas que, aquneu son muy buenas, no dejan mucha libertad”. A Carmen de Castro, sin fecha… c. 9, OC, 224.
(3) “Cuando fuimos por última vez a Chacabuco, mi tía Juanita me dio una Virgen de Lourdes de loza que había tenido siempre al lado de mi cama, con tal que me tomara un remedio. Me lo tomé y me la dio. Esta es la Virgen que jamás ha dejado de consolarme y de oírme”. D. 5, OC., p. 74.
(4) D. 19, p. 112-113.
(5) “El 8 de diciembre yo me sentí morir. Desde ese día caí en cama para levantarme operada. Mi mamá principió una novena a Teresita del Niño Jesús (carmelita), porque soy muy devota de ella”, Diciembre de 1914. OC, D. 8, p. 82.
(6) OC, D. 13, p. 94
(7) Uno de los estudios más completos y novedosos al respecto es el que realiza el sacerdote Alain-Marie de Lassus, op. cit., especialmente en el capítulo “ ‘Son âme est semblable à la mienne’. Présence d’Élisabeth de la Trinité dans la vie de Thérèse des Andes”, pp. 31-47. El autor sistematiza y compara la información a partir de los escritos de ambas carmelitas. Señala que son once las menciones de Isabel de la Trinidad por parte de Juanita en su Diario y Cartas.
(8) Teresa de Los Andes, Diario 28, Obras Completas, Editorial Monte Carmelo, Burgos, 1995, p. 128 (De ahora en adelante: Diario).
(9) Diario 13, p. 94.
(10) Así lo insinúa en Diario, 10, p. 87.
(11) Teresa de Lisieux (Santa Teresita del Niño Jesús), “Manuscrito B”, Obras Completas, Monte Carmelo, Burgos, 1997, traducción Manuel Ordóñez Villarroel, p. 261.
(12) Diario 11, 91
(13) C. 14, a la Madre Angélica Teresa, 5 de septiembre de 1917, p. 235.
(14) Así lo constata ella en su correspondencia: “No conozco ningún Carmen, ni he visto ninguna carmelita”, Carta. 36 a la Madre Angélica Teresa, p. 284.
(15) Diario 47, p. 177 y ss. También hace partícipe de sus dudas al Padre José Blanch, en Carta 45, 13 de diciembre de 1918.
(16) La Orden se había establecido en Chile en 1690, Ver: A. de La Taille.
(17) Diario, 47, p. 178.
(18) Carta al papá, OC, p. 410.
(19) Camino de perfección, 1, 2) (Citar: Catherine Marin, “Lúnion apostholique de Thérèse de l’Enfant Jésus et d’Adolphe Rolland, missionnaire en Chine (1896-1897), en: Claude Langlois (dir.), Thérèse de Lisieux et les missions, Histoire et Missions Chrétiennes, Trimestriel septiembre 2010n Nº15, Karthala, Paris, p. 64-65).
(20)https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/letters/2007/documents/hf_ben-xvi_let_20070912_dias-lisieux.html Consulta: 29 de mayo de 2016)
(21) Carta a Lucho, 14 de abril de 1919, p.431.
(22) A Padre José Blanch, 28 abril 1919, OC, p 463.
(23) Martin, op. cit., pp. 221-226.
(24) Ibid., p. 232
(25) D. 34, p.148. Otra cita en esta línea: “Le mostré a la M. Izquierdo mi libreta, y le llamó la atención el fin que tenía –por la santificación de los sacerdotes- en mis acciones; pues no sabía que el fin de la carmelita es rogar por los sacerdotes, ya que ella también es sacerdote. Siempre al pie del altar ha de recibir la sangre de Jesús y derramarla por sus oraciones a todo el mundo” (D.35, p.149).
(26) Distinto al caso de Teresa de Lisieux que al principio se ofrece por el delincuente Pranzini.
(27) D. 37, p. 154.
(28) D.39, p. 159.
(29) “He leído varias veces en la vida de Isabel de la Trinidad que esta santita le había dicho a N. Señor hiciera de su alma su casita” (D. 16, p.102).
(30) Carta 162, a su madre, 18 de febrero de 1920, p. 674.

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