Pinceladas sobre el pensamiento pastoral del Cardenal Bergoglio – Mons. Víctor Manuel Fernández

0 Comments

Artículo publicado en la edición Nº 1.178 (ABRIL- JUNIO 2013)
Autor: Mons. Víctor Manuel Fernández, Rector Pontificia Universidad Católica de Argentina
Para citar: Fernández, Víctor Manuel; Pinceladas sobre el pensamiento pastoral del Cardenal Bergoglioen La Revista Católica, Nº1.178, abril-junio 2013, pp. 106-115.
DESCARGAR ARTÍCULO EN PDF

Pinceladas sobre el pensamiento pastoral del Cardenal Bergoglio
Mons. Víctor Manuel Fernández *
Rector de la Pontificia Universidad Católica de Argentina

Dado que mucho se ha dicho sobre el Papa Francisco, y en orden a aportar algo para la comprensión de sus palabras y gestos, me parece adecuado que nos detengamos a analizar el pensamiento pastoral que transmitía y aplicaba siendo arzobispo, sin pretensión de ser exhaustivos. Lo haré seleccionando cuatro perspectivas, que podrán ser completadas en ulteriores aportes.
1. Eclesiología popular y misionera
La figura que él prefiere para hablar de la Iglesia es la de Pueblo de Dios. La palabra “pueblo” es una de las que usa con gusto, porque valora al pueblo como sujeto colectivo, que debería estar en el centro de las preocupaciones de la Iglesia y de cualquier poder. No es poca cosa decir esto, cuando en algunos sectores de la sociedad y de la Iglesia el pueblo es considerado sólo como una masa llena de defectos que deben ser saneados por la acción educativa de los “sabios y prudentes”. Como arzobispo de Buenos Aires, siempre les insistía a los curas no sólo que fueran misericordiosos, sino también que supieran adaptarse a la gente, que no sostuvieran ni una moral ni unas prácticas eclesiales rígidas, que no complicaran la vida de la gente con normas bajadas autoritariamente desde arriba. “Nosotros estamos para dar al pueblo lo que el pueblo necesita”, es una convicción que expresó insistentemente. No es un populismo oportunista, sino la seguridad de que el Espíritu Santo actúa en el pueblo, y lo hace con esquemas y categorías muchas veces poco comprensibles desde los esquemas mentales de los sectores ilustrados o acomodados, que en su incomprensión suelen demostrar el mismo autoritarismo irracional que ellos critican.
La mayor parte del pueblo latinoamericano manifiesta su fe en el modo propio de la “religiosidad popular”, que no siempre coincide con las propuestas de la jerarquía eclesiástica, y que con un dinamismo original crea sus formas propias de expresión. Bergoglio hizo suya esta valoración positiva de la fe popular, entendida como resultado de la libre y misteriosa acción del Espíritu. En Buenos Aires mostró de muchas maneras esta convicción, remarcando que los agentes pastorales están al servicio de esa vida que corre por las entrañas del pueblo, que nadie es dueño de ese dinamismo y que más que aplicarle críticas y límites hay que acompañarlo y ofrecerle cauces.
Sin embargo, esto no implica ignorar que la Iglesia tiene estructuras que pueden facilitar o dificultar la transmisión del Evangelio, la comunicación de la vida, la experiencia fraterna, el crecimiento de los discípulos. Una comprensión de la Iglesia como pueblo, ignorando la dimensión estructural y los engranajes de los procedimientos de los centros de poder eclesial, sería poco realista, y en definitiva configuraría un modo más de dualismo o de monofisismo eclesial. Para el Papa Francisco, la Iglesia oficial con sus ministros y estructuras está para transparentar a Jesucristo. Por eso debe ser pobre, sencilla, generosa, alegre. Sabemos que para avanzar en el estilo de Iglesia que quiere el Papa Francisco hacen falta cambios y reformas. Sabemos que el hecho de que se haya presentado desde el primer momento, e insistentemente, como obispo de Roma, ya está indicando un modo de entender el ejercicio del papado. Es Papa en cuanto es obispo de una porción del mundo, lo cual indica un ejercicio del poder marcadamente descentralizado, que respeta procedimientos, opciones, historias y culturas locales. Esta convicción exige reformas para que pueda manifestarse en la vida concreta de la Iglesia. La primera revolución ya está desatada, y tiene que ver con el lenguaje oral y simbólico. Habla un lenguaje que todos puedan entender, no por carencia de formación ni por falta de luces, sino por una deliberada decisión de volverse accesible y de asegurar que el mensaje del Evangelio pueda llegar a todos. Su opción por una sencilla austeridad tampoco responde a un ideal estoico ni a un mero amor a la pobreza, sino a ese mismo deseo de volverse accesible, de modo que los pobres puedan estar a gusto con su pastor y sentir la Iglesia como su casa.
Su amor por una Iglesia “pobre y para los pobres” es de toda la vida. Siendo arzobispo orientó su opción por los pobres dando un especial apoyo a los curas que viven en las villas y barrios más miserables. Pero es una opción que se entiende en el marco de lo dicho antes. El pobre no es sólo objeto de un discurso, ni siquiera de una mera asistencia, y tampoco exclusivamente de una “promoción” que lo libere de sus males. La opción por los pobres es todo eso, pero más. Porque es prestarles atención y tratarlos como personas que piensan, tienen sus propios proyectos, e incluso el derecho de expresar la fe a su modo. Son sujetos, activos y creativos desde su propia cultura, no sólo objetos de un discurso, un pensamiento o una acción pastoral. De todos modos, nadie puede decir que él no haya planteado una crítica a las causas estructurales de la pobreza. Lo hizo de distintas maneras y en muchas ocasiones. Pero siempre se resistió a entender al pobre como un mero objeto de promoción o liberación planteada desde arriba o desde afuera, lo cual, para él, sería siempre una forma más de ideología de izquierda o de derecha.
Por supuesto, esto tampoco niega la necesidad de propuestas educativas que favorezcan el desarrollo de los pobres y su mayor inclusión social. La educación es uno de los temas que más desarrolló en sus escritos y discursos. Esto tampoco implica un descuido de los sectores medios y profesionales, porque el hecho es que como arzobispo recibía permanentemente en su despacho a intelectuales, profesionales de la cultura, artistas, filósofos, educadores, jueces, etc. Dialogaba con gusto y estaba siempre abierto a escuchar opiniones diversas. Dedicó mucho, muchísimo tiempo a conversar con no católicos. No es frecuente que alguien que esté lleno de compromisos dedique a los “diferentes” tanto tiempo de calidad en encuentros tan gratuitos. El año pasado se pasó varios días encerrado con un grupo de pastores, compartiendo con ellos un retiro. También se mezcló con la gente en el encuentro de grupos pentecostales (CRECES) del Luna Park. Recuerdo, además, por mencionar algo bien conocido, sus prolongadas conversaciones con el rabino Skorka y el gusto con que le confirió el doctorado honoris causa en la UCA a pesar de las críticas que esto le ocasionaba. Es un rostro abierto y dialogante de la Iglesia.
Esto no responde a un mero oportunismo, sino a un principio pastoral que siempre ha enseñado y aplicado en situaciones diversas: “la unidad es superior al conflicto”. Siempre ha dicho que el conflicto no puede ser ignorado o disimulado, sino asumido, pero que al mismo tiempo hay que evitar quedar atrapado en él, con lo cual se pierden perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad misma queda fragmentada. La contribución al bien común implica “meterse en el conflicto, sufrirlo, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso”(1).
Esta Iglesia popular y abierta muestra mejor que su naturaleza misma es ser misionera. Esto afecta también al contenido de las propuestas de la Iglesia. Puede advertirse, aun en estos primeros tiempos como Papa, que selecciona cuidadosamente los temas y se concentra en uno por vez, quedándose con lo que conviene destacar. Si bien él no es estrictamente un progresista, y siente un serio respeto por las enseñanzas tradicionales de la Iglesia y de los papas anteriores, tiene claro que hay algunas cosas más centrales y medulares (el amor, la justicia, la fraternidad…) y otras que no dejan de ser secundarias. Sin restar importancia a nada, entiende que en la predicación hay que mantener una sana proporción donde la insistencia en cosas importantes no debería opacar el brillo de las más importantes, de aquellas que más directamente reflejan al Jesús del Evangelio. Esto es esencial para una Iglesia fundamentalmente misionera.
2. El tiempo, la realidad y el poliedro.
Atrás enuncié uno de los principios pastorales que suelen iluminar sus consejos y sus opciones. Ahora mencionaré otros tres que él utiliza con frecuencia.
“El tiempo es superior al espacio”. Es un principio que le ha permitido trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos, y soportando con paciencia situaciones difíciles y adversas. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite, dando prioridad al tiempo. Darle prioridad al espacio llevaría a enloquecerse procurando tener todo resuelto en el presente, intentando tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de “iniciar procesos más que poseer espacios”. Se trata entonces de priorizar las acciones que generan procesos, y por eso mismo involucran a otras personas y grupos que las irán desarrollando, hasta que cristalicen en importantes acontecimientos históricos y pastorales. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad.
“La realidad es superior a la idea”. La idea –las elaboraciones conceptuales– está “en función de la captación, la comprensión y la conducción de la realidad”. La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces, que a lo sumo clasifican o definen, pero no convocan. Porque “lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento”. De otro modo estamos en el reino del sofisma que trampea la verdad, y “suplanta la gimnasia por la cosmética”.
“El todo es más que la suma de las partes”. No hay que obsesionarse demasiado por cuestiones particulares, limitadas, demasiado personales. Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. “Ni la esfera global que anula ni la parcialidad aislada que castra”. Por eso, el modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, sino el poliedro “que es la unión de todas las parcialidades que en la unidad conservan la originalidad de su parcialidad”. Una característica de la acción pastoral del Cardenal Bergoglio fue procurar recoger en ese poliedro lo mejor de cada uno. Aun las personas que pueden ser cuestionadas o despreciadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse. Siempre que formó equipos, ha sorprendido incluyendo personas que desde el punto de vista de la imagen o de la aprobación externa podían ser inconvenientes. Lo ha hecho porque ha mirado el todo más que las partes aisladas.
Puede advertirse a la luz de estos principios que la vida y las acciones de Bergoglio nunca han sido al azar ni con estrechez de miras.
3. Expresiones
Su lenguaje no solo es sencillo, sino original. Para llegar a la gente inventa palabras y expresiones conmovedoras, que suele usar para movilizar los corazones. Recordaré solo algunas que él suele repetir de diversas maneras y que por sí solas muestran un estilo pastoral fundado en convicciones teológicas y espirituales:
“Autorreferencial”. Indica una Iglesia que se mira el ombligo, encerrada en intrigas, internas o necesidades elitistas, en lugar de abrirse, de entregarse con alegría y de servir humildemente. Para él siempre son peores los riesgos de encerrarse en sí mismo por acentuar una identidad cerrada, que los riesgos de entrar en contacto con el mundo y la realidad.
“Reza por mí”. Lo dice siempre. Muestra la conciencia de sus límites, de que necesita la ayuda permanente de Dios y la oración de los demás. Por eso, apenas elegido, se inclinó ante el pueblo pidiendo su oración. Su mirada pastoral es marcadamente piadosa y trascendente.
“Descartables”. Expresa con crudeza cómo la sociedad deja afuera a los que sobran, ya que no entran en la lógica de la producción y del consumo. Si no tienen belleza, dinero, poder o juventud, son arrojados como basura al cesto del olvido. La Iglesia debe evitar a toda costa caer en esa trampa, y olvidarse de los descartables por sostener sus propios beneficios y privilegios.
“Humíllate”. Es lo que le dice a una persona que está haciendo mucho bien. Porque está convencido, por su formación jesuítica, de que la humildad es indispensable para que no se arruinen las mejores obras: “Humíllate, para que el Señor pueda seguir haciendo grandes cosas”. Cuando le ofrecieron el papado respondió: “Soy un pecador, pero acepto”. Por eso mismo, no le atraen las figuras de perfil demasiado alto, que tienden a deslumbrar y a colocarse en el centro de las miradas. Eso también le parece una forma de mundanidad que a la larga no tiene fecundidad alguna.
“Anímate, ten una santa audacia”. La usa para dar aliento a los que se achican o se dejan vencer por los temores. Para él nunca está todo perdido. No se echa atrás por más que intenten voltearlo con calumnias y ataques. Está seguro de que al final el bien y la verdad siempre triunfan. Yo mismo pasé por situaciones en las que habría preferido desaparecer, pero él me sostuvo con firmeza diciendo: “Ánimo. Levanta la cabeza y no dejes que te quiten tu dignidad”. Aun a las personas que se han equivocado o pecado gravemente, las alienta a no enterrarse en vida y a sacar lo mejor de sí.
“Periferias existenciales”. Invitó a los agentes pastorales a no quedarse clausurados en grupos pequeños y a llegar a las periferias, allí donde nadie va: “Salgan de las cuevas, salgan de las sacristías… Prefiero que los atropelle un auto y no que se queden encerrados”. Exhorta a salir de la comodidad personal o del círculo de personas agradables, para estar cerca de todos. Así lo hacía Jesús, que dedicaba tiempo al ciego del camino, al leproso, a la mujer pecadora.
“Pierde todo menos el fervor apostólico”. Lo dice para motivar una entrega generosa desde el corazón. Porque entiende que nadie cambia el mundo haciendo cosas por obligación. Los que han dejado huellas en la tierra siempre han tenido un fuego de fervor interior que los ha movilizado. Por eso critica la “mundanidad espiritual” de los que se aferran a prácticas externas o a la apariencia religiosa, pero vacíos de la fuerza interna del Espíritu.
“Cultura del encuentro”. Procura fomentar todo lo que acerca, une, suma, conecta a las personas y a los grupos. Es un enamorado del bien común y de la amistad social. Pero esto debe llegar a convertirse en una cultura, en un estilo de vida social, en un modo de actuar vivido con gozo y convicción, de manera que se establezcan esas redes de recíprocas ofrendas que son mucho más que una mera negociación para subsistir.
“Cuidar la fragilidad del pueblo”. Lo pide a cualquiera que tenga alguna autoridad. Nadie tiene fuerza o poder, para obtener beneficios o glorias mundanas, sino para cuidar a la gente, para sostener y promover a los más débiles. “Cuidar” en general es una palabra que lo define, y que él encuentra plasmada en la figura de San José.
“Déjate misericordear”. Es uno de sus felices neologismos. Invita a las personas que se llenan de culpas y escrúpulos a dejarse perdonar y envolver por la ternura del Padre Dios. Como dice el jesuita Ángel Rossi: “Los más frágiles encontraron en él siempre un padre, casi diría superando el límite de lo que puede ser posible, con una magnanimidad con la fragilidad humana que va a marcar el papado”.
4. Aparecida
Viajó a Aparecida esperanzado y preocupado. La V Conferencia General del Episcopado latinoamericano (2007) fue uno de los momentos en que aportó su espíritu eclesial y su preocupación por la evangelización. Muchos le decían que esta Conferencia podía resucitar el sueño de una Iglesia latinoamericana con una identidad propia y un proyecto histórico marcado por la belleza del Evangelio y el amor a los pobres. El martes 15 de mayo los obispos votaron la Comisión de obispos que se ocuparía de la redacción del documento final, y que además orientaría a la asamblea en el debate. El Cardenal Jorge Bergoglio fue elegido presidente por amplia mayoría. El día siguiente presidió la Misa, con una homilía sobre el Espíritu Santo, donde soñó con una Iglesia capaz de llegar a todas las periferias humanas. Ese tema también quedó bien presente en el Documento de Aparecida, donde la invitación a una nueva y feliz etapa misionera se destaca con claridad.
Desde el comienzo Bergoglio alentó una amplia y libre participación. No quería que se impusiera algún texto como base, sino que todos se expresaran espontáneamente, esperando que poco a poco comenzaran a surgir los consensos. En un pasillo me dijo que siempre había que actuar así, y que en todo caso el esfuerzo por orientar el trabajo para asegurar un resultado debía ponerse hacia el final. Los intercambios en las comisiones de trabajo fueron muy ricos y se respiraba mucha vitalidad.
El martes 22 de mayo tuvimos una reunión los 16 peritos, y se comentó que el nivel de trabajo había sido muy dispar. Algunas comisiones llegaron a redactar algo, otras sólo enumeraron algunos puntos. Algunas dialogaron con mucha armonía, otras discutieron todo el tiempo, y otras optaron por subdividirse en distintos grupos menores. De todos modos, no se puede decir que había tensión. Todos los días se escuchaba a los más viejos decir que ese clima de debate estaba a años luz de la Conferencia de Santo Domingo, donde el aire estaba bastante caldeado por la escasa participación y los controles de la Curia romana. Bergoglio tuvo mucho que ver con el clima positivo de Aparecida, junto con la inteligente preparación de la Conferencia hecha bajo la guía del Cardenal Errázuriz. En ese sentido, se puede decir que la V Conferencia tuvo un inmenso valor como acontecimiento eclesial.
Las cosas se fueron complicando, porque todos insistían en un texto breve, pero luego nadie quería renunciar a todo lo que se le ocurría. Siempre hace falta una gran ascesis comunitaria, para aceptar que un documento no tenga todo lo que a uno le interese destacar, sino que refleje los grandes consensos del conjunto. Para Bergoglio, más que la calidad literaria y la lógica textual, el gran desafío era dejar que todos se expresaran y se sintieran expresados de algún modo, pero al mismo tiempo producir algo que no fuera muy diluido y que tuviera contundencia en algunos grandes temas que despertaran interés y energías en los agentes pastorales. No convenía que, por dejar a todos tranquilos, quedara un documento muy light, pero tampoco que un sector se impusiera a los demás a través de artimañas de poder. Es un arte sumamente difícil que Bergoglio supo desplegar de una manera sutil, casi imperceptible, con una multitud de pequeñas acciones, con un paciente trabajo de microingeniería.
Ya en la primera semana le preocupaba que hubiera un texto sobre la religiosidad popular. Tenía un interés muy especial en este tema, donde quería que se resaltaran los aspectos positivos mucho más que los riesgos o posibles desviaciones. Pero cada vez más fue asumiendo la preocupación de los obispos brasileros por poner a la Iglesia latinoamericana en un estado permanente de misión. La pérdida de fieles indicaba que la Iglesia se había quedado muy encerrada en los templos o en pequeños grupos, y había abandonado a amplios sectores de la población. Además, su lenguaje había dejado de ser significativo para muchos. Este tema de la misión poco a poco fue desplazando a un segundo lugar el tema del discipulado, que había sido muy destacado los primeros días de la Conferencia.
La palabra que más se repite en todo el documento es “vida” (más de 600 veces). Se cumplió el objetivo de presentar la actividad evangelizadora como una oferta de vida digna y plena para la gente. El documento insiste mucho en una misión alegre y generosa, que llegue a las periferias y que ponga el acento en las verdades centrales y más bellas del Evangelio, sobre todo en la persona de Jesucristo. Invita a crecer como discípulos humildes y disponibles, amigos de los pobres y enamorados de nuestros pueblos latinoamericanos. El lenguaje y los acentos de Bergoglio están por todas partes, sin que el documento deje de ser una auténtica obra colectiva.
Al regresar a Buenos Aires se preocupó por poner a toda la Arquidiócesis en estado de misión permanente. Envió más sacerdotes a los barrios más pobres, aceptó la creación de una carpa que se iba moviendo por las plazas más concurridas para facilitar que los pobres bautizaran a sus hijos, invitó a simplificar todo para no complicar la fe de la gente y para que todos se sientan en la Iglesia como en su casa. Era una clara reorientación pastoral en clave misionera, tal como lo pide Aparecida.
Cuando la presidenta Cristina lo visitó en el Vaticano, él le entregó un ejemplar de Aparecida recomendándole que lo leyera para comprender mejor el pensamiento de los obispos latinoamericanos. En abril de 2013 envió una carta a los obispos argentinos reunidos en asamblea, donde volvió a insistir en la aplicación de Aparecida. Eso no deja de ser una exhortación para todos nosotros, en orden a recuperar Aparecida con su llamado a ser discípulos misioneros fervorosos para hacer crecer la vida digna de nuestros pueblos.
Notas
* Mons. Víctor Manuel Fernández fue ordenado Arzobispo de Tiburnia (Obispo auxiliar de Buenos Aires) el 15 de junio de 2013.
(1) Las frases o expresiones entre comillas son textuales, pero en este artículo me permito no citar fuentes, porque se trata de material inédito de origen variado recogido por mí, y en algunos casos de expresiones vertidas por el Cardenal Bergoglio en diversas reuniones. Una vez que el Arzobispado de Buenos Aires autorice el uso público de ese material, que está siendo organizado, podrá ofrecerse esta información.

Categories:

About La Revista Católica

Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *