Sobre la situación actual de los cargos de los obispos de Chile – Fernando Puig, pbro.

0 Comments

Artículo publicado en la edición Nº 1.198 (ABRIL-JUNIO 2018)
Autor: Fernando Puig, pbro., Vicedecano de la Facultad de Derecho Canónico, PUSC
Para citar: Puig, Fernando; Sobre la situación actual de los cargos de los obispos en Chile en La Revista Católica, Nº1.198, abril-junio de 2018, pp. 142-149.
DESCARGAR ARTÍCULO EN PDF

Sobre la situación actual de los cargos de los obispos en Chile
Fernando Puig, pbro.
Vicedecano de la Facultad de Derecho Canónico
Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma

 
Ya en el Antiguo Testamento el Señor asegura que no abandonará a su pueblo: «Os daré pastores, según mi corazón, que os apacienten con ciencia y experiencia» (Jer 3, 15). Jesús constituyó a sus apóstoles y a quienes les sucedieran como pastores de su rebaño. En la vida de la Iglesia, el permanecer de Jesús «hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20) se encuentra vinculado, en el Espíritu Santo, al testimonio de los apóstoles y sus sucesores, los obispos en comunión con el Obispo de Roma.
La reflexión del Concilio Vaticano II sobre episcopado ha vuelto a sacar a la luz que cada obispo en su diócesis es un vicario, un representante de Cristo. Del cumplimiento de su misión, para la que recibe una ayuda especial del Espíritu Santo, tendrá que dar cuenta a Dios.
Sobre estas bases teologales se asienta el derecho de la Iglesia sobre los obispos, que ha ido cristalizando a lo largo de la historia. En consonancia con la realidad querida por Dios, este derecho configura la posición de los obispos como una alta y grave responsabilidad, que debe desplegarse en primera persona, para la cual se requieren todas las energías de la persona. El día de su ordenación episcopal los obispos, mientras les es puesto un anillo en el dedo anular de la mano derecha, oyen estas palabras: “Recibe este anillo, signo de fidelidad, y permanece fiel a la Iglesia, esposa santa de Dios”. No en vano durante largos periodos de la historia de la Iglesia esa unión se consideraba, como el matrimonio entre hombre y mujer, indisoluble, y por lo tanto un obispo no cambiaba de diócesis. Por mucho que se hayan atenuado las razones para justificar aquella estabilidad absoluta de los obispos en sus diócesis, la comprensión del compromiso episcopal al servicio de la Iglesia a la que sirve, sigue siendo fuerte.
La alta y grave responsabilidad del obispo se traduce asimismo en fuertes garantías para su nombramiento y también para la finalización de su mandato. Uno y otro reposan en las manos del Obispo de Roma, centro de la unidad episcopal para el servicio a la Iglesia universal. Solo el Papa nombra obispos y solo a través de una acción del Papa (al margen evidentemente del caso de muerte) se concluye la misión episcopal.
Causales para la finalización del ministerio episcopal
La estabilidad de la posición episcopal, junto con la dependencia respecto del Romano Pontífice, dan lugar a un sistema jurídico de finalización del ministerio episcopal de cada obispo en el centro del cual se encuentran las causas, razones o motivos con base en los cuales el Papa actúa. Esta actuación del Papa puede revestir diversas formas.
Cuando se prueba la comisión de un delito o un gravísimo daño a los fieles en el ministerio episcopal, el Papa puede privar o remover a un obispo de su encargo. Si la iniciativa de la renuncia es del obispo, éste debe aducir razones para dejar la carga episcopal, que el Papa valorará atentamente, sobre todo en vistas a las necesidades de los fieles. Incluso en el caso en que el interesado haya llegado a la edad de la jubilación, que en la Iglesia está establecida al cumplimiento de los 75 años de edad, queda en manos del Papa prolongar el mandato o darlo por terminado. Señálese que la finalización del ministerio puede producirse por el traslado a otra diócesis o a otro servicio episcopal; en todo caso, estas medidas se reservan al Papa.
En cada caso concreto, concurrirán razones para la adopción de una u otra medida: en todas ellas, junto con legítimas necesidades personales del obispo, prevalecen las necesidades del pueblo de Dios, que necesita y merece pastores que les apacienten en el nombre del Señor.
El caso particular de Chile
El hecho de que los obispos de Chile hayan puesto sus cargos en las manos de Papa Francisco responde a estos principios. El hecho que existan pocos precedentes de una acción colectiva de esa naturaleza y de que se enmarquen en una situación eclesial compleja y dolorosa, no cambia la naturaleza de la renuncia.
Cada uno de los obispos de Chile ha puesto su cargo a disposición de la Autoridad Suprema de la Iglesia, haciendo posible la aceptación de esa renuncia por parte del Papa. Junto con el valor testimonial importante que posee una medida compartida por los hermanos en el episcopado de un país como signo de apertura de una fase de renovación eclesial, el significado jurídico se circunscribe a la disponibilidad para aclarar causas, razones o motivos que aconsejen la continuidad de cada uno en el ministerio o su terminación.
Existe una diferencia entre esta acción y la renuncia que presenta habitualmente un obispo al Papa, lo que explica por qué los obispos han evitado de hablar de “renuncia”, si bien subsiste algo común que permite aplicar a este paso el concepto canónico de renuncia, y así lo haré en estas reflexiones. En los casos ordinarios, el obispo que quiere renunciar suele hacer presente al Papa no solo su deseo inequívoco de dejar esa responsabilidad, sino también los motivos explícitos por los cuales piensa que debe terminar su misión episcopal: casi siempre se trata o de una salud muy precaria o de una objetiva dificultad para continuar su mandato.
No puede dejar de señalarse que en algunas ocasiones es la Sede Apostólica la que invita a un obispo a presentar su dimisión o renuncia, cuando existen razones para ello y no parece oportuno, casi siempre aduciendo el bien de los fieles, iniciar un procedimiento de remoción: en estos casos las razones en juego son las que justificarían una remoción, y de una remoción se trata, aunque aparezca como la aceptación de una renuncia. En tiempos recientes se han verificado pocas remociones que hayan llevado ese nombre y un cierto número remociones en forma de aceptación de renuncia voluntaria (a la que se ha sido invitado).
En el caso de los obispos de Chile no parece que la renuncia responda a motivaciones formalmente explicitadas como en los casos ordinarios. Más bien supone la manifestación de una disponibilidad de cada uno de ellos a clarificar, dentro del conjunto de causas de la crisis eclesial, aquellas que pueden o deben traducirse en la finalización del mandato de un obispo. En definitiva, se trata de ponerse voluntariamente en condiciones de aclarar las responsabilidades personales en las que se puede haber incurrido, para facilitar la apertura de la nueva fase de la vida de la Iglesia. Implícitamente hay que entender que, al menos colectivamente, asumen que en algunos casos se podrían dar las condiciones para la aceptación de la renuncia y que, en relación con todos, es conveniente una reflexión sobre la continuidad en el ministerio episcopal.
Así se trasluce de las palabras que el Papa Francisco escribió a cada uno de los obispos al término de los encuentros que tuvo en Roma: «Les agradezco la plena disponibilidad que cada uno ha manifestado para adherir y colaborar en todos aquellos cambios y resoluciones que tendremos que implementar en el corto, mediano y largo plazo, necesarias para restablecer la justicia y la comunión eclesial» (Carta, 19 de mayo de 2018). Parece claro que el Papa no se refiere exclusivamente a los cambios que pueden producirse en la titularidad de los oficios episcopales, pero no se puede ignorar que a ellos se refiere también, como una parte de las medidas de gobierno que se requieren para el fin común que se propone el episcopado chileno junto con el Obispo de Roma.
En efecto, como se lee a renglón seguido de la comunicación de la renuncia presentada, los obispos chilenos señalan: «Nos ponemos en camino, sabiendo que estos días de honesto diálogo han sido un hito dentro de un proceso de cambio profundo, conducido por el Papa Francisco. En comunión con él, queremos restablecer la justicia y contribuir a la reparación del daño causado, para reimpulsar la misión profética de la Iglesia en Chile, cuyo centro siempre debió estar en Cristo» (Declaración, 18 de mayo de 2018).
Un episcopado entero no puede renunciar
Es importante señalar que, para que el Papa acepte una renuncia al oficio episcopal, las eventuales responsabilidades que deban emerger tienen que ser personales. Es decir, en rigor, un episcopado entero no renuncia: no puede renunciar. Lo saben los mismos obispos, que han presentado cada uno por escrito su propia renuncia: a cada una de ellas, en uno u otro modo, dará respuesta el Romano Pontífice.
¿Se puede pensar que, junto con la presentación de la renuncia y la predisposición para clarificar la situación de cada uno que han efectuado todos de modo inequívoco, uno o algunos obispos hayan reconocido hechos o culpas que basten para la aceptación de la renuncia? No lo sabemos, pero tales hechos o culpas no se pueden presumir: la estabilidad de la figura episcopal, basada en el sacramento y en el encargo recibido no lo permite en tanto que no se pone que son la base justificante de la decisión pontificia.
Que las renuncias sean personales y que deban concurrir razones no implica necesariamente que siempre y en todo caso para la aceptación de la renuncia deba manifestar una culpa del obispo. En algunos casos será así, pero puede ocurrir que haya razones objetivas para dar por concluida la misión episcopal de un obispo. No existe una norma en el derecho que se refiera a esa posibilidad para los obispos, pero quizás no hace falta: el servicio episcopal presupone y se hace posible en un clima de suficiente comunión entre los componentes de la Iglesia. Si objetivamente esto se ha hecho inviable, por hechos concretos o por una serie de condiciones que no necesariamente presuponen culpas subjetivas, el bien de la Iglesia y de sus componentes, incluido el obispo, puede justificar la cesación en el cargo. En nuestro caso, se trataría de la aceptación de la renuncia por parte del Papa.
Aunque no se pueden trasladar automáticamente, por la diferencia entra la estabilidad del párroco y la del obispo (que responden a fundamentos netamente diferentes), el derecho conoce las condiciones para la legítima remoción del párroco, como indica el canon 1740 del Código de Derecho Canónico: «cuando, por cualquier causa, aun sin culpa grave del interesado, el ministerio de un párroco resulta perjudicial o al menos ineficaz, éste puede ser removido de su parroquia por el Obispo diocesano».
¿Cabe solo aceptar la renuncia o rechazarla?
En todo caso, en la situación creada en Chile se abren otras preguntas: ¿cabe solo aceptar la renuncia (y por lo tanto el obispo cesa) o rechazarla (y como consecuencia el obispo continúa en su cargo)? ¿pueden darse otras respuestas que no sean ni una ni otra?
Las expresiones utilizadas tanto por el Papa como por los obispos de Chile pueden ofrecer el marco para una respuesta acorde con los parámetros del derecho. “Reparar el daño causado” y “restablecer la justicia y la comunión”, son los fines que se encuentran en la base del esfuerzo conjunto que se ha puesto en marcha; los medios son “medidas en el corto, mediano y largo plazo”.
Importantes pautas a este propósito se encuentran en la Carta que el Papa ha escrito al “Pueblo de Dios que peregrina en Chile” con fecha 31 de mayo de 2018: «En el Pueblo de Dios no existen cristianos de primera, segunda o tercera categoría. Su participación activa no es cuestión de concesiones de buena voluntad, sino que es constitutiva de la naturaleza eclesial. Es imposible imaginar el futuro sin esta unción operante en cada uno de Ustedes que ciertamente reclama y exige renovadas formas de participación. Insto a todos los cristianos a no tener miedo de ser los protagonistas de la transformación que hoy se reclama y a impulsar y promover alternativas creativas en la búsqueda cotidiana de una Iglesia que quiere cada día poner lo importante en el centro. Invito a todos los organismos diocesanos ­­– sean del área que sean – a buscar consciente y lúcidamente espacios de comunión y participación para que la Unción del Pueblo de Dios encuentre sus mediaciones concretas para manifestarse. La renovación en la jerarquía eclesial por sí misma no genera la transformación a la que el Espíritu Santo nos impulsa. Se nos exige promover conjuntamente una transformación eclesial que nos involucre a todos».
Por lo que se refiere en concreto a los obispos, de los que nos ocupamos aquí, las posibilidades son varias.
Puede ocurrir que precisamente la aclaración de las responsabilidades traiga a la luz las pruebas de que un obispo ha causado daños o no ha sido capaz de evitarlos en el pasado y no los puede reparar en el presente o en el futuro. Apartar a ese obispo del cargo parece necesario: forma parte del restablecimiento de la justicia.
En otros casos puede ocurrir que la reparación de los daños reclame la intervención de quien no ha puesto algunos de los medios que tenía a su disposición para evitarlos. Llegar al fondo de las responsabilidades no querrá decir así necesariamente que el responsable deba ser relevado: puede ser precisamente que tenga que trabajar en la reparación de los daños, asumiendo con ese trabajo la carga de la reparación.
Puesto que el bien que se persigue es la sanación de los daños, el restablecimiento de la comunión, y al fin y al cabo el bien de los fieles, es claro que para un número consistente de medidas se requiere el empeño enérgico de los obispos. No sin razón los obispos son nombrados a tiempo indeterminado, para facilitar que los procesos pastorales puedan ser conducidos y acompañados con una amplia proyección temporal. Esos procesos, también lo que conducen a salir de las situaciones crisis, llevan tiempo.
En este punto será relevante la capacidad de cada obispo de impulsar y acompañar los cambios, y podrá ponerse en evidencia que alguno de ellos, al margen de las posibles responsabilidades por hechos del pasado, no se hallan en condiciones de hacerlo. Las razones pueden ser muchas: una de ellas es la pérdida de la confianza de los fieles o de los demás pastores. Desgraciadamente, en la actual situación tal vez lo más necesario (y lo más complejo) es la restauración de una confianza, hasta que alcance un nivel suficiente para invertir la dirección del ministerio pastoral hacia la renovación y la consolidación de la comunión.
Como señala el Papa, es improbable que este objetivo dependa exclusivamente de los cambios de obispos, incluso de un buen número de ellos. Ir al fondo de las causas de la crisis, como apuntan las palabras del Papa, no puede dejar de suponer un trabajo que implica hábitos, mentalidades y aun ideologías que han conducido a la situación actual. En este sentido, la permanencia en tareas de gobierno de quienes puedan guiar esa labor puede ser decisiva. Por esta razón, casi tan importante como aceptar las renuncias de algunos obispos puede ser el rechazo de las de algunos de ellos, para que de este modo reciban un impulso en orden a la grave tarea de la restauración de la justicia y de la comunión.
Es claro, asimismo, que junto a la aceptación o el rechazo de las renuncias, el Papa puede dar signos destinados a que estas medidas relativas a la titularidad de los oficios episcopales se enmarquen en el trabajo conjunto y probablemente de largo recorrido para sanar la situación que se ha creado. Una de ellas podría ser el rechazo de la renuncia presentada con una prórroga por un tiempo determinado, o el mismo rechazo hasta el nombramiento de un nuevo obispo, cuando el Papa lo considere oportuno o plausible.
¿Conocer las motivaciones del Papa?
¿Deberá el Papa explicitar en cada caso las motivaciones por las cuales acepta la renuncia o la rechaza?
Es esta una cuestión delicada. En la situación del conjunto de los obispos renunciatarios, ante la opinión pública no especialmente informada, todos se hallan en igual posición. Cualquiera que sea la medida que adopte en relación con un obispo, será interpretada en relación con los demás.
Una vez más, si se enmarca la cuestión de la continuidad de los obispos en el contexto del fin de la restauración de la justicia y la comunión, las respuestas pueden ser diversificadas. No hay que perder de vista que también es una cuestión de justicia que la posición de cada obispo sea clarificada: tan injusto sería absolver a un culpable como inculpar a un inocente.
Ya hemos señalado que la continuidad de algunos obispos parece imprescindible, incluso de algunos cuya conducta no haya sido intachable y sobre los que recae la responsabilidad de poner de su parte para reparar el daño.
En relación con aquellos cuyas conductas merecen el apartamiento del cargo episcopal, podría ser aplicado el derecho vigente, que en este contexto se contiene en el motu proprio de papa Francisco “Como una Madre amorosa” de 4 de junio de 2016. Al ser la primera vez que se aplican estos instrumentos jurídicos, es probable que surjan problemas interpretativos y aplicativos, pero contienen algunas garantías para los implicados que forman parte de la realización de la justicia.
En el trance presente de la Iglesia en Chile, la promesa de pastores «según mi corazón» (Jer 3,15) no excluye la humildad de los pastores mismos, el reconocimiento de sus faltas, negligencias y aun pecados. Todos los fieles, a quienes les son ofrecidos y garantizados los pastores, están llamados a una oración y a una acción decidida para que los pastores sean según el corazón del Señor, de modo que Cristo esté en el centro de la vida de la Iglesia.

Categories:

About La Revista Católica

Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

1 thought on “Sobre la situación actual de los cargos de los obispos de Chile – Fernando Puig, pbro.”

  1. P. Fco. Javier Astaburuaga Ossa dijo:

    La ruptura de la confianza en el Pueblo de Dios por los delitos cometidos por algunos obispos ( cultura del encubrimiento y del abuso) requiere de la transparencia necesaria en la explicitación de las causales por las cuales se acepta una renuncia ( mejor dicho: se le dimite del oficio).

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *