“Artesanos de la paz”: Tres comentarios a las palabras del Papa Francisco en La Araucanía

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Homilía del Santo Padre Francisco 
Santa Misa por el Progreso de los Pueblos
Aeródromo Maquehue, Temuco
Miércoles 17 de enero de 2018
Homilía publicada en la edición Nº 1.196-7 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2017 / ENERO MARZO 2018)

 

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«Mari, Mari» (Buenos días)
«Küme tünngün ta niemün» (La paz esté con ustedes) (Lc 24,36).
Doy gracias a Dios por permitirme visitar esta linda parte de nuestro continente, la Araucanía: Tierra bendecida por el Creador con la fertilidad de inmensos campos verdes, con bosques cuajados de imponentes araucarias —el quinto elogio realizado por Gabriela Mistral a esta tierra chilena—[1], sus majestuosos volcanes nevados, sus lagos y ríos llenos de vida. Este paisaje nos eleva a Dios y es fácil ver su mano en cada criatura. Multitud de generaciones de hombres y mujeres han amado y aman este suelo con celosa gratitud. Y quiero detenerme y saludar de manera especial a los miembros del pueblo Mapuche, así como también a los demás pueblos originarios que viven en estas tierras australes: rapanui (Isla de Pascua), aymara, quechua y atacameños, y tantos otros.
Esta tierra, si la miramos con ojos de turistas, nos dejará extasiados, pero luego seguiremos nuestro rumbo sin más; y acordándonos de los lindos paisajes, pero si nos acercamos a su suelo lo escucharemos cantar: «Arauco tiene una pena que no la puedo callar, son injusticias de siglos que todos ven aplicar»[2].
En este contexto de acción de gracias por esta tierra y por su gente, pero también de pena y dolor, celebramos la Eucaristía. Y lo hacemos en este aeródromo de Maquehue, en el cual tuvieron lugar graves violaciones de derechos humanos. Esta celebración la ofrecemos por todos los que sufrieron y murieron, y por los que cada día llevan sobre sus espaldas el peso de tantas injusticias. Y recordando estas cosas nos quedamos un instante en silencio ante tanto dolor y tanta injusticia. La entrega de Jesús en la cruz carga con todo el pecado y el dolor de nuestros pueblos, un dolor para ser redimido.
En el Evangelio que hemos escuchado, Jesús ruega al Padre para que «todos sean uno» (Jn 17,21). En una hora crucial de su vida se detiene a pedir por la unidad. Su corazón sabe que una de las peores amenazas que golpea y golpeará a los suyos y a la humanidad toda será la división y el enfrentamiento, el avasallamiento de unos sobre otros. ¡Cuántas lágrimas derramadas! Hoy nos queremos agarrar a esta oración de Jesús, queremos entrar con Él en este huerto de dolor, también con nuestros dolores, para pedirle al Padre con Jesús: que también nosotros seamos uno; no permitas que nos gane el enfrentamiento ni la división.
Esta unidad clamada por Jesús, es un don que hay que pedir con insistencia por el bien de nuestra tierra y de sus hijos. Y es necesario estar atentos a posibles tentaciones que pueden aparecer y «contaminar desde la raíz» este don que Dios nos quiere regalar y con el que nos invita a ser auténticos protagonistas de la historia. ¿Cuáles son esas tentaciones?
1. Los falsos sinónimos
Una de las principales tentaciones a enfrentar es confundir unidad con uniformidad. Jesús no le pide a su Padre que todos sean iguales, idénticos; ya que la unidad no nace ni nacerá de neutralizar o silenciar las diferencias. La unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación armonizadora. La riqueza de una tierra nace precisamente de que cada parte se anime a compartir su sabiduría con los demás. No es ni será una uniformidad asfixiante que nace normalmente del predominio y la fuerza del más fuerte, ni tampoco una separación que no reconozca la bondad de los demás. La unidad pedida y ofrecida por Jesús reconoce lo que cada pueblo, cada cultura está invitada a aportar en esta bendita tierra. La unidad es una diversidad reconciliada porque no tolera que en su nombre se legitimen las injusticias personales o comunitarias. Necesitamos de la riqueza que cada pueblo tenga para aportar, y dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores o culturas inferiores. Un bello «chamal» requiere de tejedores que sepan el arte de armonizar los diferentes materiales y colores; que sepan darle tiempo a cada cosa y a cada etapa. Se podrá imitar industrialmente, pero todos reconoceremos que es una prenda sintéticamente compactada. El arte de la unidad necesita y reclama auténticos artesanos que sepan armonizar las diferencias en los «talleres» de los poblados, de los caminos, de las plazas y paisajes. No es un arte de escritorio la unidad, ni tan solo de documentos, es un arte de la escucha y del reconocimiento. En eso radica su belleza y también su resistencia al paso del tiempo y de las inclemencias que tendrá que enfrentar.
La unidad que nuestros pueblos necesitan reclama que nos escuchemos, pero principalmente que nos reconozcamos, que no significa tan sólo «recibir información sobre los demás… sino recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros»[3]. Esto nos introduce en el camino de la solidaridad como forma de tejer la unidad, como forma de construir la historia; esa solidaridad que nos lleva a decir: nos necesitamos desde nuestras diferencias para que esta tierra siga siendo bella. Es la única arma que tenemos contra la «deforestación» de la esperanza. Por eso pedimos: Señor, haznos artesanos de unidad.
Otra tentación puede venir de la consideración de cuáles son las armas de la unidad.
2. Las armas de la unidad
La unidad, si quiere construirse desde el reconocimiento y la solidaridad, no puede aceptar cualquier medio para lograr este fin. Existen dos formas de violencia que más que impulsar los procesos de unidad y reconciliación terminan amenazándolos. En primer lugar, debemos estar atentos a la elaboración de «bellos» acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, sí —y necesarios—, pero que al no volverse concretos terminan «borrando con el codo, lo escrito con la mano». Esto también es violencia, ¿y por qué? porque frustra la esperanza.
En segundo lugar, es imprescindible defender que una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia y destrucción que termina cobrándose vidas humanas. No se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro, porque esto lo único que despierta es mayor violencia y división. La violencia llama a la violencia, la destrucción aumenta la fractura y separación. La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa. Por eso decimos «no a la violencia que destruye», en ninguna de sus dos formas.
Estas actitudes son como lava de volcán que todo arrasa, todo quema, dejando a su paso sólo esterilidad y desolación. Busquemos, en cambio, y no nos cansemos de buscar el diálogo para la unidad. Por eso decimos con fuerza: Señor, haznos artesanos de unidad.
Todos nosotros que, en cierta medida, somos pueblo de la tierra (Gn 2,7) estamos llamados al Buen vivir (Küme Mongen) como nos los recuerda la sabiduría ancestral del pueblo Mapuche. ¡Cuánto camino a recorrer, cuánto camino para aprender! Küme Mongen, un anhelo hondo que brota no sólo de nuestros corazones, sino que resuena como un grito, como un canto en toda la creación. Por eso hermanos, por los hijos de esta tierra, por los hijos de sus hijos digamos con Jesús al Padre: que también nosotros seamos uno; Señor, haznos artesanos de unidad.
NOTAS
[1] Gabriela Mistral, Elogios de la tierra de Chile.
[2] Violeta Parra, Arauco tiene una pena.
[3] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 246.

 

 

«Küme tünngün ta niemü», La paz esté con ustedes 
Fernando Torres M., pbro.
Sacerdote de la diócesis de Temuco
Comentario publicado en la edición Nº 1.196-7 (OCTUBRE-DICIEMBRE 2018 / ENERO-MARZO 2018)
Autor: Fernando Torres M., Sacerdote de la diócesis de Temuco
Para citar: Torres, Fernando;  «Küme tünngün ta niemün», La paz esté con ustedes, en La Revista Católica, Nº1.196-7, octubre-diciembre 2017 / enero-marzo 2018, pp. 66-67.
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Escuchar la homilía del Papa Francisco en el aeródromo de Maquehue genera diversas emociones. La impresión comienza al constatar que, en un breve discurso, se contiene un mensaje potente y sólido; además de una serie de metáforas, citas y descripciones del contexto donde ésta fue pronunciada: La Araucanía. Todo ello, me atrevo a decir, la transforman en una joya, o un pozo donde podemos seguir bebiendo por un buen tiempo.
Junto con lo anterior, en lo personal, esta homilía me hizo pensar que el Papa se tomó el tiempo estudiándola, meditándola, confeccionándola. Se trató de un mensaje, más que “cuidado”, “ofrecido”. Sin duda, quería tocarnos el corazón, y lo logró. Esto se notó en la cantidad de aplausos que se escucharon en varias oportunidades durante el desarrollo de la misma. Las palabras del Santo Padre han sido también ocasión de diálogo, y fueron acogidas en diversos y amplios sectores de la sociedad regional.
El Papa Francisco citó “Arauco tiene una pena” de Violeta Parra, y también a la nobel Gabriela Mistral, en su Quinto Elogio. Ella, por lo demás, conoció muy bien esta zona, siendo en su tiempo directora de los liceos de niñas tanto de Temuco como de Traiguén. Todo esto revela que el Papa, junto con utilizar los anteojos de “calificadísimos” protagonistas de nuestra historia, hace suyos en el mismo Magisterio Pontificio expresiones de “nuestra gente”, lo cual es imposible no relevarlo.
Por otro lado, habló del éxtasis que provoca conocer esta zona del país, la que podría permanecer en la retina con la perspectiva del turista. Con esto parece dar a entender que hubiese estado en alguna oportunidad por la región; se escuchó como si se tratara de un espacio conocido para él; una especulación de lo que pudo ser su estadía en Chile cuando estudiante.
Las metáforas del Chamal, el significado del Buen Vivir (Küme Mongen), la “deforestación de la esperanza” y, sobre todo, aquélla que nos llamaba a ser “artesanos de la unidad”, fueron un regalo estupendo, en un espacio como el nuestro, donde a veces más que ello, somos agentes de división. El Papa sabe muy bien qué es la unidad, porque la Iglesia vive buscando vivir en esa comunión, que no es “uniformidad”, pero que debe ser una motivación de cada miembro para que se pueda contemplar en el modo de ser y hacer. La unidad “no es un arte de escritorio…”, “es un arte de la escucha y del reconocimiento…”.
Junto a lo anterior, quiero valorar la expresión en torno a “los bellos acuerdos” que no se concretan, y que terminan “borrando con el codo, lo escrito con la mano”. Vistos también como “violencia, porque frustra la esperanza”, son una radiografía de muchas de nuestras soluciones, que no logran llegar siempre al fondo de los asuntos. Bien lo sabe la Región de La Araucanía, donde las heridas no logran resarcirse de la sofocación de la violencia, que como bien dijo Francisco, en ninguna forma son válidas, y más bien “termina volviendo mentirosa la causa más justa”.
El Papa no quiso dejar de decir lo que había en su mente y corazón, con la mirada de Pastor. Fue la misma motivación por la que quiso estar en La Araucanía, ya que a pesar del simpático y corregido “Maqueque”, sabía bien lo que había sucedido en ese lugar, en momentos tristes y dolorosos de nuestra Patria; y también lo mencionó. Fue una homilía que contempló los dolores que en el tiempo pueden “naturalizarse” y dejarnos indiferentes, pero que, para él y para los que creemos, no pueden ser olvidados.
Comenzó su saludo en Mapudungun, “Mari, Mari” (Buenos días), y “Küme tünngün ta niemün” (La paz esté con ustedes, Lc 24,36), dando gracias a Dios, por este bendecido “rincón de nuestro continente”. Y cerró pidiendo como en la oración sacerdotal de Jesús al Padre (Jn 17), que el Señor nos transforma a todos en “artesanos de la unidad”.

 

 

 

Artesanos de Unidad: Un mensaje trascendente en una tierra bendecida
Dra. Jessica Navarro Navarrete
Docente de la Facultad de Educación
Universidad Católica de Temuco

 

Comentario publicado en la edición Nº 1.196-7 (OCTUBRE-DICIEMBRE 2018 / ENERO-MARZO 2018)
Autora: Dra. Jessica Navarro Navarrete
Para citar: Navarro, Jessica; Artesanos de Unidad: Un mensaje trascendente en una tierra bendecida, en La Revista Católica, Nº1.196-7, octubre-diciembre 2017 / enero-marzo 2018, pp. 68-71.

 

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Sin duda alguna el viaje apostólico del Papa Francisco a nuestro país, y en especial a la región de La Araucanía, nos dejó un emotivo y potente mensaje de paz y unidad. El 17 de enero del año 2018 será una importante fecha para el pueblo católico de esta zona, en donde se recordará la visita de un verdadero pastor con olor a oveja. Aquel día, según estadísticas de Carabineros, unas trecientas mil personas, afrontando el frío y el calor del clima de Temuco, peregrinaron hacia el ex aeropuerto de Maquehue, para un encuentro de fe con el máximo líder de Iglesia Católica.
Cualquier análisis o comentario que se haga sobre el mensaje que nos dejó su santidad, no puede ignorar la presencia de Dios en sus palabras, una presencia que se hace viva y que se proclama en una comunidad llamada a saborear cada palabra y calmar la sed como lo hace el agua. En este contexto, tanto creyentes como no creyentes fueron bendecidos con una hermosa y trascendente acción de gracias, dirigida en especial al pueblo Mapuche, sin olvidar a los demás pueblos originarios que viven en nuestra patria.
La finalidad principal de su mensaje fue invitarnos explícitamente a reflexionar y a interpelarnos sobre este pueblo originario, en una homilía impregnada de cuestionamientos y desafíos tanto personales como profesionales.
En la primera parte de su homilía nos hace ver cuán afortunados somos de vivir y convivir en esta hermosa región, elogiando esta tierra bendecida por el creador. Del mismo modo, dedica esta celebración a tantas personas que sufrieron y murieron injustamente, un dolor que debe ser redimido. Y de manera particular abordó el bello y significativo mensaje entregado en el evangelio de Juan que se escuchó ese día, “para que todos sean uno” (Jn 17, 21), que sirvió de marco general para encuadrar y promover su mensaje y tarea de unidad. Desde este escenario, es clave y primordial visualizar y comprender claramente los alcances de las palabras de Francisco en su homilía como Iglesia local.
En este sentido, cada uno de nosotros; cristianos, hombres y mujeres de buena voluntad que quieran escuchar y vivenciar su mensaje de paz y unidad, tenemos el deber de hacer un verdadero discernimiento en nuestras vidas, conmovidos por la unidad clamada por Jesús. Si el cristiano no es capaz de vivir por el bien común, no ha entendido ni a Dios ni a Jesús.
Por ello, una de las frases que destacó en sus palabras fue: “El arte de la unidad necesita y reclama auténticos artesanos que sepan armonizar las diferencias en los talleres de los poblados, de los caminos, de las plazas y paisajes”.
Pero, surge la pregunta ¿cómo ser verdaderos o legítimos artesanos de unidad desde nuestros propios contextos personales y profesionales? Indudablemente no parece haber una respuesta rápida y fácil. Primero, debemos estar conscientes de los falsos sinónimos de unidad para no engañarnos como dice el Papa. Y en segundo lugar, estar conscientes de que el mensaje de Jesús es claro, “escuchar con la mente y el corazón abierto”.
A nivel profesional, desde mi rol como académica de la Facultad de Educación de la Universidad Católica de Temuco, concuerdo con lo planteado con nuestro pastor, cuando señala en su mensaje que debemos ser artesanos de unidad a partir de la cultura y contexto en el cual estamos insertos. Esta afirmación se relaciona directamente con lo planteado en la Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae cuando se devela que “los docentes cristianos están llamados a ser testigos y educado-res de una auténtica vida cristiana, que manifieste la lograda integración entre fe y cultura, entre competencia profesional y sabiduría cristiana”[1].
Pues bien, lo anterior nos invita y nos desafía a creer en la persona de nuestros estudiantes, desde su integralidad, a confiar en sus capacidades, conocimientos y habilidades, para llegar a hacer verdaderos alfareros en el ámbito educativo, y así moldear pacientemente a los futuros profesionales y profesores de Chile.
En esta lógica, un buen profesor cristiano no solo se centra en poseer una amplia gama de conocimientos en su disciplina, sino también la misión de un educador y, más aún, de un formador de formadores, va más allá de constructos teóricos. La labor del profesor en el mundo actual nos exige ser constructores, artesanos y modelos de personas, que busquen la paz y el bien de los demás, en este caso el de niños y jóvenes que claman por unidad. Esto es la auténtica humildad y servicio de quien dice estar unido a Cristo.
Ser artesanos de unidad en el contexto académico y en esta región significa, desde la docencia y la investigación, sembrar las semillas del Verbo Encarnado en quienes más lo necesitan, nuestros jóvenes, reconociéndolos y solidarizando con sus preocupaciones, penas, alegrías y sueños. Solo así la palabra de Dios habitará en nosotros. “Haced completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito” (Flp 2,2). El educador de hoy debe ser el mediador entre el mundo real y el mundo ideal. Situarse entre el mundo y el estudiante, ayudando a interpretar y comprender la cultura de sus estudiantes, fomentando e impulsando procesos de unidad y reconciliación. Estar atentos a los signos de los tiempos, los que deben iluminar la unidad de nuestros pueblos.
En consecuencia, nuestra misión es educar en la trascendencia, tal cual lo manifiesta el filósofo y teólogo Francesc Torralba cuando afirma que, desde el ámbito educativo podemos marcar o dejar huella en nuestros estudiantes, siendo la educación una oportunidad para cruzar los límites, ir más allá, abordando los temas de un modo profundo, haciéndoles ver el sentido de su existencia y cómo él puede aportar a construir un mundo mejor siendo el artesano de su propia vida, un artesano de unidad.
Desde el punto de vista personal y como mujer católica puedo expresar mi satisfacción y gozo por haber tenido la oportunidad de participar y escuchar este mensaje de amor y unidad.
Uno de los grandes problemas existenciales del hombre, como señala Antonio Bentué, es la convivencia y Francisco nos interpela y nos invita al Buen Vivir, buscar las instancias o los espacios de diálogo que tanto necesitamos en nuestra región. Escuchar no solo significa estar atentos a lo que dice el otro, sino también involucrarnos en una conversación eficaz, con todos nuestros procesos cognitivos, es decir, integrando nuestros sentimientos, emociones y pensamientos; solo así tendremos plena conciencia por el otro.
Esta visión nos permite y nos insta a que exista una verdadera “común-unión” o comunión, concretamente una unión de Cristo con nosotros y una unión de nosotros con Cristo. Es un gran desafío para todo el pueblo creyente, es Cristo el que nos une. “Y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20).
En conclusión, el Papa Francisco nos deja grandes y profundos desafíos para nuestra región y para Chile. Llegó el momento de hacer vida su mensaje: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Nuestra misión como personas y profesionales católicos, hombres y mujeres creyentes, es la encarnación y el testimonio vivo del hermoso y trascendente mensaje que nos dejó nuestro pastor. Por eso pedimos con fuerza: Señor, haznos artesanos de unidad en esta tierra bendecida.
NOTAS
1. Juan Pablo II, Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, 22.

 

 

 

 

Homilía intercultural del Papa Francisco en la Santa Misa por el Progreso de los Pueblos en Maquehue, Padre Las Casas
Juan Mansilla S. [1]
Decano de la Facultad de Educación
Universidad Católica de Temuco

 

 

Comentario publicado en la edición Nº 1.196-7 (OCTUBRE-DICIEMBRE 2018 / ENERO-MARZO 2018)
Autor: Juan Mansilla S.
Para citar: Mansilla, Juan;  Homilía intercultural del Papa Francisco en la Santa Misa por el Progreso de los Pueblos en Maquehue, Padre Las Casa, en La Revista Católica, Nº1.196-7, octubre-diciembre 2017 / enero-marzo 2018, pp. 72-77.
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Arauco, tiene una pena que no la puedo callar, son injusticias de siglos que todos ven aplicar”[2]
Llegada del Papa Francisco a Maquehue
El Papa Francisco aterrizó en el Aeropuerto Internacional La Araucanía, en Freire, a las 9 y 10 minutos de la mañana. A las 9:45 de la mañana la comitiva ingresó a Maquehue por el norte. A las 10:20 de la mañana, después de realizar el recorrido con el papamóvil, ingresó al Presbiterio, acompañado del sonido de instrumentos mapuche. El altar diseñado estaba constituido por elementos multiculturales que han configurado la historia social y cultural de La Araucanía.
La homilía
La homilía duró 14 minutos. El Papa comienza dirigiéndose a los asistentes en idioma mapuzungun diciendo “Mari-Mari”[3], inmediatamente afirma “Küme tünngün ta niemün” (La paz esté con ustedes) (Lc 24,36). El Papa Francisco en su homilía reconoce la historia reciente de la tierra en la que está “el aeródromo de Maquehue”, la cual según diversos Informes de Derechos Humanos [4] fue un espacio de prisión política y tortura durante algunos años de la dictadura de Augusto Pinochet Ugarte (1973-1990).
La homilía del Papa Francisco se articula alrededor de las siguientes ideas maestras:
1. De los falsos anónimos
Dijo el Papa Francisco: “…no se debe confundir unidad con uniformidad”, y luego agregó:
“La unidad pedida y ofrecida por Jesús reconoce lo que cada pueblo, cada cultura está invitada a aportar en esta bendita tierra. La unidad es una diversidad reconciliada porque no tolera que en su nombre se legitimen las injusticias personales o comunitarias. Necesitamos de la riqueza que cada pueblo tenga para aportar, y dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores o culturas inferiores. No es un arte de escritorio la unidad, ni tan solo de documentos, es un arte de la escucha y del reconocimiento. En eso radica su belleza y también su resistencia al paso del tiempo y de las inclemencias que tendrá que enfrentar (…)”.
El Papa en esta relevante reflexión nos recuerda la valoración a la diversidad que se visualiza claramente en el magisterio de Jesucristo, que también puede leerse desde una radical comprensión de la alteridad. En otras palabras, en una región como La Araucanía, que es el resultado de la convergencia de múltiples pueblos, la idea de lograr unidad a partir de una diversidad reconciliada es un horizonte al que no se ha llegado. En este mismo plano, la valoración de la riqueza de cada pueblo permite superar los etnocentrismos, siempre existentes en cada cultura y que cuando se materializan en prácticas discursivas y hechos, se transforman en violencia simbólica y fáctica. Filosóficamente, el mensaje hermenéutico del Papa abunda en una intencionalidad densa en intersubjetividad, la cual se constituye fenomenológicamente desde y entre nosotros.
La crítica del Papa Francisco en esta brillante reflexión se percibe con claridad cuando expresa que la unidad no es un arte de escritorio, ni se logra con documentos, sino que se logra desde la humanidad de la escucha y del reconocimiento. Este planteamiento es pertinente para La Araucanía, porque desde su existencia geopolítica hasta la actualidad se han generado parlamentos, mesas de diálogos, sociedades defensoras, comisiones especiales, leyes indígenas, firmas, acuerdos, nuevos tratos, etc. Si bien se han logrado avances, estos no son concordantes con los actos e ideologías que finalmente se practican. En este contexto, la Iglesia Católica tiene presencia anterior al Estado de Chile en estas tierras y una experiencia de diálogo que es necesario revisar porque muchos problemas actuales fueron similares ayer. Bastaría con revisar la prensa de principios del siglo XX para legitimar este juicio.
2. De las armas de la unidad
Dijo el Papa Francisco:
“La unidad, si quiere construirse desde el reconocimiento y la solidaridad, no puede aceptar cualquier medio para lograr este fin. Existen dos formas de violencia que más que impulsar los procesos de unidad y reconciliación terminan amenazándolos. En primer lugar, debemos estar atentos a la elaboración de «bellos» acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, sí –y necesarios –, pero que al no volverse concretos terminan «borrando con el codo, lo escrito con la mano». Esto también es violencia, ¿y por qué? porque frustra la esperanza”.
Estas palabras del Papa refuerzan la idea planteada anteriormente, en el sentido que existen acuerdos, pero estos no logran transformarse en realidades que demuestren esa voluntad que originó el acuerdo en sí. Una de las razones que conspiran a que esto no se logre es la idea de reconocimiento y solidaridad como plataforma para construir unidad. Si esto no existe primigeniamente, difícilmente se avanzará y colisionarán La Araucanía imaginada (por políticos, líderes, autoridades, académicos, investigadores) y La Araucanía profunda. En síntesis, el Santo Padre plantea asertivamente que el eufemismo de las bellas palabras que luego no se traducen en vida es también violencia. Entonces, se genera una tensión entre sujeción –los lugares en que somos puestos– y subjetivación –las formas de habitar esos lugares. En otras palabras, el Papa actualiza el debate respecto a la discusión de reconciliación adosada al debilitamiento de los estados-nación modernos para administrar su diversidad interior, más aún cuando los que se acabó llamando multiculturalismo neoliberal (Hale, 2005) o etnogubernamentalidad (Boccara, 2007) empezó a visualizarse, con todas sus contradicciones, como parte de un nuevo orden mundial (Gleizer y López, 2015).
El Papa concluye esta idea diciendo:
“En segundo lugar, es imprescindible defender que una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia y destrucción que termina cobrándose vidas humanas. No se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro, porque esto lo único que despierta es mayor violencia y división. La violencia llama a la violencia, la destrucción aumenta la fractura y separación. La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa. Por eso decimos «no a la violencia que destruye», en ninguna de sus dos formas”.
En este contexto el concepto fundamental es “reconocimiento”. Por reconocimiento puede entenderse la relación entre sujetos que se atribuyen mutuamente una calidad moral. Carré (2013) apunta que se trata de una experiencia en cuyo curso las conciencias humanas aprenden a limitar, en beneficio del otro, sus pretensiones de libertad individual que en principio eran unilaterales. El reconocimiento o es mutuo o no es reconocimiento. Lo opuesto al reconocimiento es la reificación e instrumentalización del otro. Con base en Honneth (2010), afirmamos que el reconocimiento se da en tres esferas: la del amor y la amistad (reconocimiento personal), la de los derechos (o reconocimiento jurídico) y la de la solidaridad y cooperación social (reconocimiento social). En la región de La Araucanía, efectivamente, aún existen temas pendientes respecto a los reconocimientos interculturales, lo que implica un cambio de prácticas de todos los actores que viven en este territorio. El Santo Padre al plantear tan claramente esta cuestión está leyendo muy bien lo que efectivamente ocurre en La Araucanía: la no comprensión y reconocimiento de otredades.
3. De la teología del Buen Vivir
La homilía del Papa Francisco culmina con una reflexión donde desarrolla una intersección entre el Génesis bíblico y la sabiduría ancestral mapuche. Así lo plantea el Santo Padre:
“Todos nosotros que, en cierta medida, somos pueblo de la tierra (Gn 2,7) estamos llamados al Buen vivir (Küme Mongen) como nos los recuerda la sabiduría ancestral del pueblo Mapuche. ¡Cuánto camino a recorrer, cuánto camino para aprender! Küme Mongen, un anhelo hondo que brota no sólo de nuestros corazones, sino que resuena como un grito, como un canto en toda la creación. Por eso hermanos, por los hijos de esta tierra, por los hijos de sus hijos digamos con Jesús al Padre: que también nosotros seamos uno; Señor, haznos artesanos de unidad (…)”.
El mogen [mongen] [5], debe ser comprendido como vida o tener vida, es un concepto totalizador mapuche que refiere a diversos niveles del mundo de la vida y de estar con vida, estar sano, lo que implica diferentes dimensiones de la salud, el sustento –mogelün–, la interacción con el otro. Asimismo, se refiere también al mundo existencial y a las condiciones de posibilidad para la vida, como se expresa en “Pelan ñi mogeaqel faw, pelan küzaw” (Augusta, 1910).
Las palabras del Papa Francisco en esta homilía demostraron los principales elementos de su esencia: su profundidad espiritual, su mirada claramente política para transformar las construcciones sociales que han devenido en realidad naturalizadas y su deseo de cambio en un mundo agobiado por el no encontrarse. El Papa en los prados de Maquehue transmitió anhelo de justicia, fe, alegría, bondad, modestia y lucidez.
REFERENCIAS
Carré, L. (2013), Le droit de la reconnaissance (París: Michalon).
de Augusta, F., Lecturas Araucanas (Valdivia: Imprenta de la Prefectura Apostólica, 1910).
Gleizer, D. y López, P., Nación y alteridad. Mestizos, indígenas y extranjeros en el proceso de formación nacional. (México D.F.: Universidad Autónoma Metropolitana, 2015).
Honneth, A., La lutte pour la reconnaissance (P. Rusch, trad.; París: Cerf., 2010).
S.S. Francisco, Santa Misa por el Progreso de los Pueblos. Homilía Del Santo Padre. Aeródromo Maquehue, Temuco. Miércoles, 17 de enero de 2018. Extraído de https://w2.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2018/documents/papa_francesco_20180117_omelia-cile-temuco.html
NOTAS
1. Doctor en Filosofía y Letras. Universidad Pontificia de Salamanca, España.
2. Estas fueron palabras pronunciadas por SS. Francisco recordando a Violeta Parra y culmina de la siguiente forma: (…) Nadie le ha puesto remedio, pudiéndolo remediar. Levántate, Huenchullán.
3. No existe acuerdo acerca del origen de esta expresión, pero como mari significa diez, se ha postulado que hace referencia a la forma de tomarse las manos, en que intervienen los 10 dedos de cada uno; o que podría ser una forma reducida de “diez veces diez te saludo”.
4. Informes Rettig (informe concluido en 1991 que concluye que 2279 personas perdieron la vida en este período, de los cuales 164 los clasifica como víctimas de la violencia política y 2115 de violaciones a los derechos humanos). Informe Valech (segundo informe presidido por Monseñor Sergio Valech, por el que Chile reconoce oficialmente un total de 40.018 víctimas, cifrando en 3065 los muertos y desaparecidos).Un caso emblemático que permite comprender la referencia del Santo Padre a las violaciones de Derechos Humanos en Maquehue es la de Hernán Henríquez Aravena, médico que en la noche del día 2 de octubre de 1973 fue ejecutado por agentes del Estado en el aeródromo Maquehue donde estaba preso. Hoy el Hospital Regional de Temuco lleva su nombre.
5. Tienen mogen aquellos elementos que propician la vida, como el sol, un río, una montaña, el viento; posibilidad de contener la vida, por ejemplo, el agua contiene vida, y por ello es vida y está viva. Además ella contiene newen.

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