Congreso Eucarístico 2018-2019: ¿Qué haría Cristo en mi lugar?

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Artículo publicado en la edición Nº 1.199 (JULIO- SEPTIEMBRE 2018)
Autor: María Cristina Ariztía Tagle, Directora de la Comisión Nacional de Animación Bíblica
Para citar: Ariztía, María Cristina; ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Congreso Eucarístico 2018-2019 en La Revista Católica, Nº1.199, julio-septiembre 2018, pp. 310-325.

 

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¿Qué haría Cristo en mi lugar?
Congreso Eucarístico 2018-2019
María Cristina Ariztía Tagle [1]

 

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En febrero de 2017 los Obispos de Chile en Visita Ad limina le manifestaron al Papa Francisco su intención de celebrar un Congreso Eucarístico durante el año 2018, cuando aún no se conocía la noticia de su visita a Chile. Se trataba de una iniciativa que venía abriéndose paso por petición de numerosos laicos, religiosos y comunidades de adoradores, que veían la necesidad de promover la renovación de la fe en Cristo, profundizando en el Misterio de la Eucaristía y en su lugar central en la vida cristiana, y que había sido aprobada en Asamblea Plenaria en el año 2016.
Habían pasado casi cuarenta años desde el último Congreso Eucarístico, la realidad sociocultural chilena había cambiando considerablemente y la Iglesia necesitaba renovarse en el anuncio del Evangelio y en el amor a la Eucaristía, ofreciendo caminos de humanización que permitieran construir en nuestro país una sociedad más justa, fraterna y solidaria que llegara a ser un hogar para todos[2].
Fue así como en el editorial del 4 de diciembre de 2017, Monseñor Santiago Silva, Obispo Castrense y presidente de la Conferencia Episcopal, anunció oficialmente la realización del XII Congreso Eucarístico Nacional 2018. A pocos días de la llegada del Papa a Chile, su visita marcaría el inicio de este tiempo de gracia para la Iglesia y para nuestro país, y su mensaje vendría a enriquecer el tiempo de preparación del Congreso, animando la reflexión eucarística a nivel de las diócesis, parroquias y comunidades, sin perder de vista los contextos sociopolíticos de nuestra realidad, y la fuerza de gracia propia de la Eucaristía, capaz de transformarnos en testigos auténticos de la Buena Noticia y en constructores de una sociedad traspasada por los valores del Reino. Así, monseñor Silva invitaba a vivir este año del Congreso Eucarístico como un «tiempo y espacio salvífico, porque es encuentro con el Salvador. Es recuperación del sentido de la vida y de la experiencia de comunidades alimentadas por la Palabra. La contemplación, si es auténtica, se transforma en «testimonio» y en «salida misionera» con el rostro impregnado del Resucitado gracias a la Mesa de la Palabra y de la Eucaristía compartida como hermanos en la fe y ciudadanos de este Chile»[3].
Durante el encuentro del Papa Francisco con los obispos chilenos en la Catedral de Santiago el martes 16 de enero de 2018, monseñor Santiago Silva Retamales, en su saludo al Santo Padre, le comunicó: «Nos hemos propuesto prolongar su visita a nuestro país y su mensaje con un Congreso Eucarístico Nacional que se vivirá en cada Iglesia particular, a partir de marzo hasta noviembre de este año. Así, contemplando a Jesús Eucaristía, buscamos proyectar los frutos de su visita pastoral, los que sintetizamos en lo que el Resucitado ofrece cuando promete a sus discípulos: Mi paz les doy (Jn 14,27)».
Entonces, se conformó una Comisión Nacional presidida por monseñor Felipe Bacarreza y monseñor René Rebolledo, que presentó una itinerario de preparación del Congreso a nivel nacional y diocesano, a través del cual se invitaba a todas las diócesis a vivir la preparación para el Congreso Nacional en forma simultánea, de acuerdo a la realidad de cada iglesia particular, considerando algunos hitos litúrgicos comunes, celebraciones y tiempos de reflexión, etapas de formación y los actos de culminación que tendrían lugar en la ciudad de Santiago.
1. ¿Qué es un Congreso Eucarístico?[4]
 
Un Congreso Eucarístico es una fiesta de la Iglesia para celebrar a Jesucristo vivo y presente en la Eucaristía, para alabarlo, bendecirlo y adorarlo, dando gracias a Dios porque ha querido quedarse con nosotros como alimento de vida en un sencillo pedazo de pan. Asimismo, es una invitación a profesar públicamente la fe y el amor a Jesucristo en el Misterio de la Eucaristía, que no solo es «el Sacramento principal que la Iglesia celebra», sino el que «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua»[5]; es el «compendio y la suma de nuestra fe»[6]. El Congreso es precedido por un tiempo de preparación que promueve la formación y reflexión en torno al Misterio Eucarístico con el fin de renovar el amor a la Eucaristía, nuestros modos de celebrar y el compromiso con el anuncio del Reino que de ella se desprende, procurando que transforme la vida personal, eclesial y social.
Existe un Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos Internacionales que alienta, entre otros objetivos, la celebración de Congresos Eucarísticos nacionales, diocesanos, interdiocesanos y parroquiales, que posiblemente incluyan una dimensión ecuménica e interreligiosa. Quien convoca un Congreso Eucarístico es el Santo Padre en caso de que este sea Internacional, una Conferencia Episcopal en el caso de que sea nacional y el obispo de una iglesia particular si se trata de una diócesis.
El Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos establece que, en la preparación del Congreso, se debe considerar la importancia de promover:
1. Un lema o frase inspiradora que anime la celebración del Congreso.
2. Un tiempo intenso de catequesis sobre la Eucaristía en cuanto Misterio Pascual de Cristo, verdadera, real y sustancialmente presente en las Sagradas Especies y vivo y operante en la Iglesia, su Cuerpo, teniendo presente la realidad pastoral de cada iglesia particular.
3. Una invitación abierta a participar más activamente en la Sagrada Liturgia, promoviendo la escucha atenta y creyente de la Palabra de Dios y fomentando el sentido fraterno y solidario de la vida comunitaria.
4. Un compromiso efectivo con el mundo que nos rodea, favoreciendo iniciativas de promoción humana integral, siguiendo el ejemplo de la comunidad cristiana primitiva de modo que la mesa eucarística se convierta en una fuerza propulsora para la construcción de una sociedad más justa, fraterna y solidaria en la espera de la venida del Señor.
La celebración del Congreso Eucarístico Internacional normalmente dura una semana culminando en la Statio Orbis, que es la celebración eucarística de clausura presidida por el Papa o por su Legado como expresión visible de la comunión de la Iglesia Universal. Los Congresos nacionales proceden del mismo modo, aunque la celebración eucarística de culminación puede contar o no con un Legado Pontificio según el Santo Padre lo estime conveniente.
Durante la semana del Congreso Eucarístico, y particularmente en el día de la Statio Orbis, se invita a todas las iglesias particulares a que se unan espiritualmente expresando la comunión de la Iglesia Universal en la única Eucaristía que hace de la Iglesia el único cuerpo de Cristo.
Para que la celebración de un Congreso Eucarístico dé frutos de conversión y de amor fecundo a Cristo que se ofrece como pan vio en la Eucaristía, es indispensable que este se inserte en el contexto de un itinerario pastoral que considere darle continuidad en las diócesis y en las parroquias. Para esto se requiere de una comprensión renovada de nuestros modos de hacer pastoral. Se trata de diseñar un itinerario pastoral que se entienda como proceso en donde el Congreso Eucarístico sea la fase culminante de una etapa, pero a la vez se abra a un camino de renovación pastoral y crecimiento espiritual personal y comunitario. En este sentido, las comisiones encargadas de preparar los Congresos deben considerar la continuidad de este constituyéndose en animadores permanentes del culto eucarístico en el sentido amplio de la palabra (celebración, adoración y vida), y mantener viva la llama, de manera que el Congreso Eucarístico no se quede solo en un hermoso recuerdo personal, sino que tenga continuidad pastoral dando lugar a un renovado impulso misionero.
2. El primer Congreso Eucarístico Internacional
Los Congresos Eucarísticos tuvieron su origen en Francia en la segunda mitad del siglo XIX. Corrían tiempos en que la irrupción de la modernidad hacía entrar en crisis el régimen de cristiandad cuestionando la existencia de Dios, el origen de la Iglesia y sus fundamentos, en donde crecía la ignorancia y la indiferencia religiosa.
En este contexto, y con la intención de promover la renovación de la fe en la persona de Jesucristo, presente realmente en el Sacramento de la Eucaristía, Emilia Tamisier (1834-1910), siguiendo la inspiración de san Pedro Julián Eymard (1811-1868), llamado “el Apóstol de la Eucaristía”, tomó la iniciativa de organizar, con la ayuda de otros laicos, sacerdotes y obispos, y con la bendición del Papa León XIII, el primer Congreso Eucarístico Internacional en Lille. Su tema fue: “La Eucaristía salva el mundo” y su objetivo era el de promover el culto eucarístico expresado particularmente en la adoración solemne y en grandes procesiones que manifestaban el triunfo de la Eucaristía. A la luz de los decretos de san Pío X sobre la comunión frecuente Sacra Tridentina Synodus (1905) y sobre la comunión de los niños Quam singularis (1910), en la preparación y celebración de los Congresos se promovían la comunión frecuente de los adultos y la primera comunión de los niños[7].
Para la preparación de este Congreso el Papa León XIII constituyó previamente un Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos Internacionales (1879), antes mencionado, cuya misión, según sus actuales estatutos, es la de “hacer conocer, amar y servir cada vez más a Nuestro Señor Jesucristo en su Misterio Eucarístico, centro de la vida de la Iglesia y de su misión para la salvación del mundo”[8]. Esta tarea se concreta a través de la promoción, organización y celebración periódica de Congresos Eucarísticos Internacionales, idealmente cada cuatro años, en un país designado por el Santo Padre y del acompañamiento de la celebración de Congresos Eucarísticos Nacionales en cada país. Para estos efectos, y para poder dar continuidad al trabajo pastoral en el campo de la promoción del culto eucarístico bajo todos sus aspectos (la Eucaristía celebrada, adorada y vivida), cada Conferencia Episcopal nombra un Delegado Nacional, que en el caso de Chile es monseñor Felipe Bacarreza, Obispo de la diócesis de Santa María de los Ángeles.
Con el Pontificado de Pío XI los Congresos Eucarísticos Internacionales comenzaron a celebrarse por turno en todos los continentes, adquiriendo una dimensión misionera y de “re-evangelización” (expresión empleada en la preparación capilar del Congreso de Manila en 1937).  Después, el Concilio Vaticano II, por medio de la Constitución Sacrocanctum Concilium en 1963, la Instrucción Eucharisticum mysterium de 1967 (Nº67) y de manera particular el Ritual Romano de sacra communione et de cultu mysterii eucaristici extra Missam  de 1973 (Nº109-112), se renovaron los criterios para la preparación y celebración de los Congresos Eucarísticos, estableciendo la importancia de estar abiertos al diálogo con los problemas del mundo contemporáneo y al diálogo ecuménico e interreligioso, especialmente en la iglesias particulares que celebran el Congreso.

 

3. Los Congresos Eucarísticos en Chile
 
El primer Congreso Eucarístico Nacional en Chile se celebró en 1905. Fue convocado y presidido por el entonces arzobispo de Santiago, monseñor Mariano Casanova. En carta enviada el 19 de mayo de 1902 al Deán junto al Cabildo Eclesiástico de Santiago, monseñor Casanova expresó su anhelo de celebrar un Congreso Eucarístico: «Con vivo anhelo hemos deseado desde tiempo atrás celebrar un Congreso Eucarístico, con la esperanza de obtener para nuestra República los óptimos frutos que ellos han producido en otras naciones cristianas, y que venga a ser como el sello divino impreso a todas las obras que para la gloria de Dios y salvación social se ha emprendido y llevado a cabo en la Arquidiócesis en el último decenio».
La iniciativa fue acogida con gran entusiasmo por el Cabildo, porque se tenía noticias de los efectos que provocaban en los fieles católicos la celebración de los Congresos Eucarísticos Internacionales. Así, el Cabildo se adhirió a la iniciativa considerando la “gloria divina y el incalculable bien que reportara a las almas”. En carta del 24 de mayo de 1902, el Cabildo responde a monseñor Casanova: «Estos Congresos (internacionales) han producido resultados trascendentales en la fe y en la piedad donde quiera que se han celebrado. El culto de la Divina Eucaristía enardece en las almas el amor a Nuestro Señor Jesucristo y a sus celestiales enseñanzas. Con estos actos públicos de adoración se despierta el sentimiento religioso en aquellos que se habían alejado de las prácticas del catolicismo y se hace sentir una feliz renovación en el alma de los fieles».
Fue así como el 20 de noviembre de 1904 se dio inicio oficialmente al Primer Congreso Eucarístico Nacional en una solemne inauguración que fue considerada, según se relata en el archivo que recoge toda la preparación y posterior realización de este, como un «verdadero acontecimiento religioso y social, cuyo recuerdo perdurará en la memoria de los católicos chilenos».
La ceremonia de clausura, realizada el domingo 27 de noviembre, se «revistió de caracteres imponentes por el piadoso entusiasmo que despertó en los fieles […] Allí estaba todo Santiago: el obrero que ha ennoblecido sus manos en el trabajo, el modesto empleado que apenas cuenta con un momento de descanso, los jóvenes estudiantes, los que han hecho de la riqueza una alta misión social, los sacerdotes, jóvenes y los ancianos, los religiosos de todas las órdenes, etc.».
Posteriormente se celebraron Congresos en diversas diócesis como La Serena, Chiloé, Valparaíso y Punta Arenas. Probablemente todavía esté fresco en la memoria de las generaciones mayores el Congreso de 1980 celebrado en Santiago con el lema “No teman. Abramos las puertas a Cristo”. Un acontecimiento que todavía hoy muchos recuerdan con gozo y alegría, e incluso cierta nostalgia. ¡Cómo no recordar los sentimientos de paz y esperanza que infundía en los hogares y en las comunidades la llegada del Cristo Peregrino, que nos invitaba a proclamar la fe en la Eucaristía y a celebrarla pidiendo al Señor que esa paz reinara en nuestro país!
En carta del 25 de mayo de 1980, los obispos de Chile, después de una larga reflexión, deciden «convocar a la Iglesia de nuestra Patria a un tiempo especialmente consagrado a la persona de Jesucristo y a celebrar solemnemente el Misterio de la Eucaristía. Y a este propósito queremos dedicar el año entero».
«Queridos hermanos, hoy les traemos una invitación. Los convocamos para celebrar, en 1980, el XI Congreso Eucarístico Nacional. En este año, Cristo nos dirige las mismas palabras que, en el Apocalipsis, se refieren a la Iglesia de Laodicea:
\”Pueblo mío, anímate y convierte tu corazón.
Mira que estoy a tu puerta y te llamo.
Si escuchas mi voz y me abres,
entraré a tu casa a cenar.
Yo contigo y tú conmigo\”. (Cf. Apoc. 3,19-20).
\”¡Hermanos y hermanas! ¡No tengan miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! ¡Abran más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo! ¡Abran a su potestad salvadora los confines de los estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo! ¡No tengan miedo! Cristo conoce lo que hay dentro del hombre»[9].
Se había planificado un nuevo Congreso Eucarístico para el año 2000, pero el Papa Juan Pablo II proclamó para ese año el Gran Jubileo del 2000, en el cual Iglesia Universal se preparaba para cruzar el umbral del tercer milenio buscando que los corazones de todos se hicieran dóciles a la acción del Espíritu Santo[10]. El Congreso pasó a ser parte del itinerario pastoral propuesto para celebrar el Gran Jubileo, quedando desapercibido. De ahí que hay consenso en considerar que el último Congreso celebrado en Chile es el de 1980. Un tiempo de mucha gracia vivida en el encuentro con el Cristo Peregrino. Así lo recuerda el Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II con motivo de su finalización: «Se clausura hoy, a la sombra de ese Santuario Mariano de Maipú, que tanto dice al corazón de todo chileno, el XI Congreso Eucarístico Nacional de Chile. El Episcopado le ha dado un lema que me es muy querido y que encierra una vibrante invitación a un comprometido programa de vida: No teman, abran las puertas a Cristo»[11].
4. El Congreso Eucarístico Nacional 2018-2019
Con la celebración del Jueves Santo de 2018 se dio inicio oficial al tiempo de preparación del Congreso Eucarístico. Este tendría cuatro etapas sucesivas de formación y catequesis, cada una acompañada de un signo profético. Se trataría además de un tiempo dedicado a embellecer nuestras celebraciones eucarísticas, preocupándose de promover una mejor acogida y mayor participación de todo el Pueblo de Dios.
Junto con el inicio oficial se dio a conocer el lema, la oración, los objetivos y los actos de culminación. Sin embargo, a poco andar nos vimos sumergidos en una profunda crisis que probablemente pasará a la historia como la crisis más profunda vivida por la Iglesia que peregrina en Chile.
¿Qué hacer con el Congreso Eucarístico ya iniciado en medio del dolor, la vergüenza y la desilusión a causa de los casos de abusos de diversas índoles cometidos por miembros de la Iglesia y de la incertidumbre a causa de la renuncia de los obispos? No fue fácil tomar una decisión. Si bien el tiempo de preparación del Congreso de alguna manera respondía al llamado del Santo Padre de “poner a la Iglesia en estado de oración”, era necesario detenerse para reflexionar a la luz de lo que estábamos viviendo tanto a nivel personal como eclesial.
El Papa en su carta del 8 de abril a los obispos de Chile tras recibir el informe de monseñor Charles Scicluna, invitaba a permanecer unidos a Cristo (Cf. Jn 15, 4), mirando su vida y sus gestos, especialmente «cuando se muestra compasivo y misericordioso con los que han errado»[12]. Y nos invita también a permanecer en estado de oración, amando en la verdad, pidiendo la sabiduría del corazón y dejándonos convertir.
Para muchos resultaba contradictorio continuar con la preparación del Congreso Eucarístico Nacional y diocesano. Sin embargo, otros, haciendo una lectura religiosa de los acontecimientos, afirmaban que era el mismo Señor quien, tomando la iniciativa, se había adelantado a los hechos regalándonos este año del Congreso para vivir el dolor y la vergüenza y para enmendar el camino recorrido cimentados en el corazón de Cristo, Camino, Verdad y Vida (Cf. Jn 14, 6).
Fue así como después de un tiempo de discernimiento, se decidió extender el tiempo de preparación, fortaleciendo la peregrinación del Santísimo en la Custodia Peregrina y la Adoración, y permaneciendo en estado de oración en la escucha de la Palabra para encontrar en Cristo el camino para responder a la carta del Papa y para renovarnos en la fe. Y, al mismo tiempo, se tomó la decisión de postergar la celebración del Congreso mismo para el año 2019.
El Congreso se transformó entonces en una instancia para poner a la Iglesia en estado de oración ubicando a Cristo en el centro, de modo de promover una conversión personal, comunitaria y eclesial que sepa siempre escuchar y acompañar a los más vulnerables; para reconocer nuestra condición de Santo Pueblo fiel de Dios ungido por el Espíritu Santo, sacando nuestro carné de mayores de edad espiritualmente hablando, y comprometiéndonos proactivamente con la tarea misionera de la Iglesia. También devino en una ocasión para buscar la forma de terminar con la cultura del abuso, el encubrimiento y el secretismo incompatible con la lógica del Evangelio y promover una cultura del cuidado y la protección que impregne nuestros modos de relacionarnos, de rezar, de pensar, de vivir la autoridad y de relacionarnos con el poder y el dinero; para asumir nuestra condición de Iglesia herida y llagada para ser capaces de comprender, conmoverse y comprometerse con la sanación de las heridas del mundo de hoy. En fin, el Congreso se transformó en una oportunidad para ser protagonistas de una transformación eclesial que nos convierta en una Iglesia Sinodal y Profética que sabe poner a Jesús en el centro y anunciar su Buena Noticia con alegría y convicción, y para promover una solidaridad que signifique reconocimiento de las víctimas de abuso de diversa índole y caminos concretos de reparación por el daño causado, haciendo justicia para luego recuperar la comunión eclesial.
La preparación del Congreso continúa con sus objetivos e itinerario inicial (que se exponen a continuación), ofreciendo espacios para que las diócesis puedan reflexionar a la luz de la carta del Papa y de su situación particular. Se trata de respetar los tiempos de cada uno en medio de esta crisis que nos afecta a todos.
5. Objetivo del Congreso Eucarístico 2018-2019
Promover el encuentro personal y comunitario con Cristo, profundizando en el Misterio Grande[13] de la Eucaristía para descubrir la íntima relación que ella tiene con la vida cristiana.
Con este objetivo se busca:
a) Centrar la vida cristiana y el quehacer pastoral de la Iglesia en el encuentro personal y comunitario con Cristo vivo y resucitado que se ofrece en la Eucaristía como alimento de vida eterna (Cf. Jn 6, 51.56).
b) Fortalecer, a través de la Eucaristía, la experiencia de “comunión” (con Cristo, con la Iglesia, con el prójimo, con nosotros mismos y con la creación) para que todos seamos uno en Cristo (Cf. Jn 17, 21-22; Ga 3,28).
c) Descubrir, en la vida de Cristo, la continuidad existente entre Eucaristía y entrega de la vida al servicio del Reino (Cf. Mc 10, 41-45; Jn 14, 9-12).
d) Renovar el modo de celebrar la Eucaristía dominical: fomentando la formación, cuidando la preparación, fortaleciendo la participación y profundizando en el ars celebrandi (Cf. 1Co 11, 23-27).
e) Fomentar el espíritu de adoración a Jesucristo realmente presente en la Eucaristía como preparación y prolongación de la celebración eucarística.
f) Recoger y proyectar el mensaje de la visita del Papa Francisco a Chile, que invita a vivir la Eucaristía en la cotidianidad de la vida.
 
6. Fundamento teológico-pastoral
 
TEMA DEL CONGRESO
La Eucaristía es la fuente del encuentro personal y comunitario con Cristo,
que transforma la vida e impulsa a salir para servir a los demás.
La Eucaristía es la “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (LG 11a), tiene un carácter central y fundamental para la existencia de los discípulos misioneros de Jesucristo y la comunión de todos los bautizados. La Iglesia celebra la Eucaristía, pero al mismo tiempo se constituye a sí misma por medio de este sacramento a través del cual Jesús nos atrae hacia sí introduciéndonos en su dinamismo de comunión con el Padre, con nosotros mismos y el prójimo (Cf. DA 251).
Profundizar en el misterio de la Eucaristía es entrar con Jesús en el corazón mismo del Padre que, por su infinita misericordia, envió a su Hijo al mundo para que en Él encontremos una vida plena de sentido (Cf. Jn 3, 16). «Es fundamental para nosotros los cristianos comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa, para vivir cada vez más plenamente nuestra relación con Dios»[14], reconociendo nuestra condición de hijos amados y enviados a servir al mundo (Cf. 1 Jn 4, 10-16). “Cristo me amó y se entregó por mí” (Ga 2, 20b) es lo que conmemoramos y actualizamos en cada Eucaristía. Se trata de una riqueza inagotable, difícil de comprender completamente por la razón humana, pero que se nos va revelando de a poco a lo largo de nuestra vida para que entremos más profundamente, en cada Eucaristía, en este gran Misterio de Amor.
La preparación y celebración de este Congreso Eucarístico es un tiempo de gracia para vivir como Pueblo de Dios que, con alegría y entusiasmo, celebra la fe y la vida en Cristo y la comparte con los hermanos más postergados de la sociedad. Este tiempo se hace realidad en un momento particular de la historia de nuestra Iglesia, la bendición recibida en la reciente visita del Papa Francisco a nuestro país. Queremos acoger su mensaje inminentemente eucarístico para ponerlo en práctica. La invitación entonces es entrar en el misterio de la Eucaristía teniendo presentes las palabras vivas y esperanzadoras del Santo Padre Francisco que, en síntesis, nos invitaron a hacer de nuestras vidas una misa prolongada[15].
Para el tiempo de preparación se contemplan cuatro etapas centradas en los que hemos llamado “pilares fundamentales” de la Eucaristía. Cada etapa tiene una ficha de trabajo que ofrece herramientas pedagógicas para reflexionar el tema propuesto a la luz de la escucha de la Palabra de Dios y de la realidad eclesial y social, un signo y una invitación a embellecer y dar realce a una celebración Eucarística en particular (www.congresoeucaristico2018.cl).
6.1 Primera etapa. Eucaristía: La alegría del encuentro con Cristo (Jn 1, 35-42)
Periodo: Desde Semana Santa hasta la Solemnidad de Pentecostés
Signo: Bendición del pan para compartir en los hogares.
Celebración que realzar: Solemnidad de Pentecostés.
Esta primera etapa se propone como un tiempo privilegiado para renovarnos en el encuentro personal y comunitario con Cristo en la Eucaristía. «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[16]. Dios ha querido relacionarse con el hombre de un modo humano, por eso envió a su Hijo para que se hiciera uno como nosotros. “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14) es el signo más evidente de que Dios quiere salir al encuentro de todas las personas en Jesús.
La Eucaristía es toda ella encuentro: con Cristo que nos conduce al Padre en el Espíritu, con nosotros mismos y con los hermanos. Somos cuerpo, comunidad, cultura, historia y posibilidad de diálogo con Dios y con los hermanos. La Eucaristía es comida en comunidad, en ella nos sentamos a la mesa con nuestros hermanos en la fe para compartir la vida con sus dolores y sufrimientos y también con sus gozos y esperanzas. Es Jesús resucitado quien preside este encuentro en la persona del sacerdote, y se nos ofrece como pan de vida en la Palabra y en los dones eucarísticos.
6.2 Segunda etapa:  El Misterio de la Eucaristía (Mc 14, 12-26).
Periodo: Desde Corpus Christi hasta la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María.
Signo: Custodia Peregrina.
Celebración que realzar: Solemnidad de la Asunción de la Virgen María.
 
Es un tiempo para profundizar en el Misterio de la Eucaristía descubriendo que ella es siempre una invitación a salir al encuentro de los demás. Se propone promover la Adoración Eucarística semanal en todas las comunidades, y que una vez al mes salga el Santísimo a conquistar lugares públicos, como calles y plazas, acercando a la gente el encuentro con Cristo.
La Eucaristía es un suceso maravilloso en el cual Jesucristo, nuestra vida, se hace presente para introducirnos en el manantial de vida que brota de su corazón traspasado, ella nos convierte en partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte y da significado pleno a nuestra existencia. Participar en la Misa «es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace presente en el altar para ser ofrecido al Padre por la salvación del mundo»[17].
6.3 Tercera etapa:  La Eucaristía se vive en la solidaridad (Jn 13, 1-20)
Periodo: Desde el día de san Alberto Hurtado (18 agosto) hasta el Día de oración por Chile (domingo 30 de septiembre).
Signo: Celebración de la Eucaristía en periferias sociales (Hogares adultos mayores, jardines infantiles, cárceles, comedores, hospitales, etc.).
Celebración que realzar: Día de Oración por Chile.
Es un tiempo para reflexionar acerca de la relación entre Eucaristía, vida y compromiso con la sociedad. La Misa se prolonga en nuestra existencia cotidiana transformándose en fuente de vida para nosotros y la sociedad entera. De ahí la necesidad de fortalecer la relación entre Eucaristía y vida cristiana que se testimonia en la solidaridad y en caridad fraterna. ¡La coherencia eucarística!
La Eucaristía revela que el Señor Jesucristo no vino para ser servido, sino para servir (Cf. Mt 20, 28; Jn 13, 1-20). La vida entera de Jesús es una vida de servicio a la causa del Reino. Recorría todas las ciudades y aldeas proclamando la Buena Noticia, expulsando los demonios y sanando a los enfermos (Cf. Mt 9, 35). Un día, al ver a la muchedumbre que lo seguía, sintió compasión de ellos porque estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Y luego, en un gesto inaudito, los invitó a sentarse, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio a los discípulos para que lo distribuyeran entre la gente (Cf. Mc 6, 30-42). Este episodio de la vida de Jesús es ya un anticipo del gesto de la última cena, de su vida entregada en la cruz y la expresión concreta de la misión que el Resucitado encarga a sus discípulos.
El relato de la última cena en el Evangelio según san Juan tiene un signo característico: el servicio. El hecho de que san Juan omita las palabras de Jesús al ofrecer el pan y el vino y ponga en su lugar un gesto de servicio como es el lavado de los pies a los discípulos, tiene un significado profundo: “Les he dado ejemplo para que ustedes hagan lo que yo he hecho con ustedes” (Cf Jn 13, 1-20), “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Cf Jn 15, 13). La conmemoración de este signo cada Jueves Santo, nos recuerda que quien come el cuerpo de Cristo y bebe su Sangre, es asociado al misterio pascual de Cristo en sentido pleno.

 

6.4 Cuarta etapa. La Eucaristía y su vinculación con la ecología integral (Mc 6, 34-44)
 
Periodo: Desde el día de san Francisco de Asís (4 de octubre) hasta miércoles 14 de noviembre).
Signo: Fiesta del banquete (invitar a las personas más postergadas de nuestra comunidad a una convivencia en el templo parroquial).
Celebración que realzar: Solemnidad de Cristo Rey del Universo.
Este momento tiene como objetivo reflexionar sobre la relación que existe entre la Eucaristía y nuestra responsabilidad como creyentes con el conjunto de la Creación. El Papa Francisco habla de una “ecología humana integral”; es una mirada amplia sobre el ser humano y su relación con todo lo creado. La Eucaristía que toma los frutos de nuestra tierra y del trabajo del hombre como signos del Cuerpo y la Sangre de Cristo, nos lleva a “salir de nosotros mismos” y a hacernos responsables no solo del “otro”, nuestro prójimo, sino también de la Creación que Dios ha puesto en nuestras manos para que llegue a ser una nueva Creación en Cristo.
7. Lema y Logo
El lema, tomado de la contraseña que el Papa Francisco diera a los jóvenes en el encuentro en el Santuario Nacional de Maipú[18], está inspirado en la vivencia de san Alberto Hurtado en relación a la Eucaristía, nos recuerda que cuando nos disponemos para entrar profundamente en el misterio de la Eucaristía, el Señor nos configura con Él y nos envía a continuar su misión en el mundo.
La frase está escrita con los colores de nuestra bandera de Chile y nos llama a centrar nuestro ser, personal y eclesial, en Cristo, para conocerlo, amarlo y servirlo, para hacer nuestros sus sentimientos (Cf. Flp 2, 5) y para convertirnos en otros “Cristos” para la Iglesia y para nuestro país, como decía san Alberto Hurtado.
La pregunta recoge la íntima relación que existe entre Eucaristía, vida y caridad cristiana. ¿Qué haría Cristo frente a las personas que sufren injusticias, pobreza y marginación? ¿Qué haría Cristo frente a las familias que llevan sobre sí agobios, conflictos y quiebres? ¿Qué haría Cristo frente a la soledad de los abuelos, la incertidumbre de los migrantes y la vulnerabilidad de los niños? En fin, ¿qué haría Cristo en las situaciones que nos toca vivir cotidianamente?
La respuesta la encontramos en la Eucaristía en donde hacemos memoria de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. ¿Qué hace Cristo? Se conmueve ante las personas que sufren, pone su vida al servicio de ellas, los sana, los perdona y les comunica su vida plena. En esto consiste la vida cristiana, en hacer lo que hace Cristo. En definitiva, se trata de ser coherentes con lo que vivimos en cada Eucaristía, nos ofrecemos con Cristo al Padre y nos disponemos para entregar la vida comprometiéndonos a trabajar por la paz, la justicia y la reconciliación en nuestras familias, comunidades, en nuestro país.
En el logo, el conjunto de la imagen expresa lo que hace Cristo por nosotros: nos da su vida para que todos podamos tenerla, y es lo que nos invita a hacer por nuestro prójimo. De este modo la imagen se transforma en una respuesta concreta a la pregunta del lema ¿Qué haría Cristo en mi lugar?
La cruz de Cristo es signo del acontecimiento que celebramos en cada Eucaristía. Jesús entregó su vida por amor al Padre y a todos nosotros: “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). La cruz es amarilla porque anuncia el gozo y alegría de la resurrección y nos conecta con la reciente visita del Papa.
El mapa de nuestro país abrazado por la cruz representa a nuestra tierra chilena, las montañas, el desierto, los valles y el mar; y a cada una de las personas que habitamos en ella: los niños, los jóvenes, los adultos y los abuelos, la familia en su totalidad, los sacerdotes y consagrados, los creyentes y no creyentes, a todos los chilenos y migrantes que llevan sobre sus espaldas, agobios, cansancios, sufrimientos y dolores que necesitan del bálsamo del amor de Cristo que sana y perdona.
Los brazos de Cristo se levantan desde a cruz para darnos nueva vida, esperanza, consuelo y paz.  Sus manos toman el pan, lo bendicen, lo parten y lo ofrecen para saciar el hambre de paz, justicia y reconciliación que todos tenemos y el anhelo de hacer de Chile un hogar para todos. Las llagas en sus manos nos recuerdan que el resucitado también sufrió y nos acompaña en nuestro dolor, Él es el pan de vida que nos invita a hacernos pan partido para los demás.
NOTAS
[1] Directora de la Comisión Nacional de Animación Bíblica de la Pastoral y miembro de la Comisión Organizadora del Congreso Eucarístico 2018-2019.
[2] Cfr. Carta Pastoral del Comité Permanente por encargo de la Asamblea Plenaria, noviembre 2017.
[3] Cfr. Conferencia Episcopal de Chile, Editoral Monseñor Santiago Silva Retamales, 4 de diciempre 2017.
Disponible en: http://www.iglesia.cl/cartas/detalle_editorial.php?idc=9
[4] Cfr. Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos Internacionales.
Ver en: http://www.vatican.va/roman_curia/pont_committees/eucharist-congr/index_sp.htm
[5] Catecismo de la Iglesia Católica, Nº1324.
[6] Ídem, Nº1327.
[7] Cfr. Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos Internacionales.
[8] Ídem.
[9] Cfr. Conferencia Episcopal de Chile, Carta de Convocatoria, 25 de mayo de 1980.
[10] Cfr. Juan Pablo II, Incarnationis mysterium, Bula de convocación del Gran Jubileo del año 2000, Roma, 29 de noviembre de 1998. Disponible en: http://www.vatican.va/jubilee_2000/docs/documents/hf_jp-ii_doc_30111998_bolla-jubilee_sp.html
[11] Juan Pablo II, Mensaje con motivo del XI Congreso Eucarístico Nacional de Chile, Roma, 24 de noviembre 1980. Disponible en
https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1980/november/documents/hf_jp_ii_spe_19801124_congresso-eucaristico.html
[12] Francisco, Carta del Santo Padre Francisco a los Señores Obispos de Chile tras el informe de S.E. Mons. Charles J. Scicluna, 8 de abril de 2018.
[13] Misterio grande, que ciertamente nos supera y pone a dura prueba la capacidad de nuestra mente de ir más allá de las apariencias” (Juan Pablo II, en un párrafo testimonial de su Encíclica Ecclesia de Eucharistia, Nº59).
[14] Francisco, Audiencia General, miércoles 8 de noviembre de 2017.
[15] Cf. Hurtado, Alberto, ¡Mi vida es una misa prolongada! en “Un fuego que enciende otros fuegos”, Centro de Estudios San Alberto Hurtado, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, 2012.
[16] Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus Caritas Est, Nº1.
[17] Francisco, Homilía en Casa de Santa Marta, 10 de febrero de 2014.
[18] Cfr. Francisco, Discurso del Santo Padre en el Encuentro con los jóvenes en el Santuario Nacional de Maipú, Santiago de Chile, 17 de enero de 2018.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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