Entrevista a la psicóloga Josefina Martínez, experta en acompañamiento a víctimas de abuso – por María Soledad Herrera

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Artículo publicado en la edición Nº 1.199 (JULIO- SEPTIEMBRE 2018)
Autor: María Soledad Herrera F., periodista
Para citar: Herrera, María Soledad; Josefina Martínez, Consejo Nacional de Prevención: “Estamos en el terreno de tratar de reparar lo irreparable, y por eso debemos ponernos al servicio de las víctimas”, en La Revista Católica, Nº1.199, julio-septiembre 2018, pp. 261-274.

 

 

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Josefina Martínez, Consejo Nacional de Prevención:
Estamos en el terreno de tratar de reparar lo irreparable, y por eso debemos ponernos al servicio de las víctimas”
por María Soledad Herrera Fernández, periodista

 

  • La psicóloga clínica describe la profundidad del daño y del dolor de quienes han sufrido abuso y encubrimiento, así como el tipo de relaciones que facilitan estos crímenes. Y advierte que estas personas muchas veces padecen más por la incomprensión y poca acogida que por el mismo abuso. Es ahí cuando “la víctima vuelve a ser víctima”, denuncia.
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Terminada la Segunda Guerra Mundial, cuando en Europa se agotó el análisis sobre los atropellos a los derechos de las personas por parte de los Estados, se dio paso a la conversación sobre los atropellos a los derechos de las personas en el ámbito privado. Lo mismo pasó en Chile alrededor de 1992, justo cuando Josefina Martínez comenzaba a ejercer como psicóloga clínica. Ya instaurada la democracia y la protección de los derechos humanos, aparecieron por primera vez con fuerza el maltrato infantil y el abuso sexual como problemas a resolver en la vida pública de nuestro país.
Desde entonces le tocó interiorizarse en el acompañamiento de personas afectadas por este sufrimiento, pero solo llegó a trabajar en el ámbito eclesial 20 años después, cuando en 2011 se formó el Consejo Nacional de Prevención de Abusos y Acompañamiento de Víctimas, más de un año después del estallido del caso Karadima. La fecha de la formación de dicho consejo demuestra que “la Iglesia ha llegado mucho más tarde que la sociedad civil a trabajar en este tema”, según esta psicóloga que, además, junto a otros laicos y consagrados, integra el Servicio de Escucha y Acogida para víctimas, instaurado por la Misión Scicluna tras investigar y develar una extendida práctica de abusos sexuales y encubrimiento en la Iglesia en Chile.
– ¿Qué factores facilitan o, por el contrario, previenen que una persona sea víctima de un depredador sexual?
Hay que ser muy cuidadosos en no estigmatizar a las personas que puedan ser víctimas. No hay que señalar ciertos rasgos que puedan hacer a una persona más “abusable”, porque la vulnerabilidad está mucho más dada por la presencia o ausencia de una red de apoyo que por las características personales. Además, algunos autores incluso señalan que la sola condición de ser niño o adolescente pone en riesgo, porque hay una asimetría de poder respecto de un adulto, y si ese adulto quiere abusar, lo logrará.
Por ejemplo, es más vulnerable una persona que ha sido sometida a una educación sumamente autoritaria, donde desde niño ha aprendido a obedecer siempre y sin cuestionar nada, donde ha aprendido que disentir o tener dudas es algo sancionado, porque no está bien. También ocurre con alguien que se ha desarrollado en ambientes relacionales muy cerrados, donde el intercambio de opiniones está prohibido porque amenaza la forma imperante de la realidad. Esas personas, como niños, adolescentes o adultos sí serán presa fácil de un abusador, porque el abusador les va a decir “la vida es así” y ellos obedecerán a esa autoridad irrestrictamente, sin ninguna capacidad crítica.
– Entonces, ¿cómo se puede reducir dicha vulnerabilidad?
Cuando trabajamos en prevención de abusos planteamos muy claramente que más que enseñarles a los niños que nadie puede tocar o mirar sus partes privadas -porque difícilmente un niño se lo podrá impedir a un adulto conocido y de confianza-, lo que hay que enseñar a los niños es a desarrollar el sentido crítico. Algunos adultos tenemos terror de esa palabra, porque igualamos sentido crítico con rebeldía, y no son lo mismo. El sentido crítico es la capacidad de pensar y de registrar nuestros malestares y sensaciones, y ese es un aprendizaje del que culturalmente privamos a los niños desde muy temprano. Por ejemplo, si un niño se cae, automáticamente le decimos “no dolió”, “no llores”, “ya pasó” o “no te enojes”, y así los vamos despojando de su capacidad de registrar sus malestares. Esta forma de educar sumada a privarlos de su capacidad de pensar, de usar su propia cabeza, de pensar críticamente, da como resultado la herramienta perfecta para hacerlos proclives a un abuso. Lo lógico sería decirles “¿Estás bien? Te caíste y lloras porque te dolió”, porque eso reconoce lo sucedido y le permite identificar sus sensaciones.
Entonces no son solo las características de la personalidad, sino además los estilos de crianza, los estilos relacionales y los estilos de autoridad a los que ha sido sometido el niño lo que lo hace más vulnerable frente a un potencial abusador.
– ¿Y qué ocurre en el caso de un adulto?
Ocurre lo mismo. Lo que ha sido más difícil de hacer entender a lo largo de estos años, es el abuso a mayores. Si a la gente le cuesta entender el abuso adolescente, mucho más les cuesta comprender el de adultos. Si respecto a los adolescentes uno escucha “bueno, pero ya tiene 17 años, ya es grandecito”, entonces respecto a los mayores el abuso todavía es considerado por muchos personeros de Iglesia y de laicos como una actividad consentida. Pero los adultos pueden ser y son víctimas de abuso. En aquellos grupos donde la autoridad o el control está concentrado en una sola persona y eso se valida como algo normal, los adultos se vuelven tremendamente vulnerables, sobre todo cuando están en una condición vital de vulnerabilidad. Por ejemplo, entramos en un escenario de abuso cuando un adulto está pasando por una crisis personal, busca ayuda y se encuentran con alguien que sí lo comprende, pero que luego erotiza los vínculos.
Si miramos los casos de abuso dentro la Iglesia, hemos sido un laicado bastante infantilizado, donde la figura del pastor se ha endiosado. No considerábamos posible que un sacerdote cometiera errores, porque nos olvidamos de la dimensión humana de esa persona. Les atribuimos características de bondad absoluta. Por eso, lo que decían y hacían no se cuestionaba, y cuando se les empezó a acusar de abuso no se podía concebir que fuera verdad. Entonces, con un laicado que todo se lo preguntaba al sacerdote, que toda decisión la sometía a su opinión y le hacía caso irrestrictamente, finalmente se terminó favoreciendo el abuso.
– ¿Entre los mayores de edad, se da más el abuso en otros planos que no son el sexual?
Sí, porque hay que tomar en cuenta que todo abuso, incluso el sexual, están bajo el gran paraguas que es el abuso de poder. Y en la Iglesia, dentro del abuso de poder, se da mucho el abuso de conciencia. El drama es que no es visto como abuso. Cuesta visibilizarlo como algo que está mal. El abuso de conciencia es robarte tu conciencia, tratar de cambiar tu conciencia por la mía, donde yo te digo lo que está bien y lo que está mal. Se da cuando otro dictamina lo que tienes que pensar, sentir y hacer, porque sabe lo que es bueno para ti y tú no: “Si tú quieres estar bien, me tienes que hacer caso”.
Por eso hoy día se hace la diferencia entre acompañamiento espiritual y dirección espiritual. Hay que preocuparse de que no sea solo un cambio de nombre o de lenguaje, sino que también sea un cambio en la práctica. Acompañar significa caminar junto a, es decir, caminar junto a ti y no delante de ti, ayudándote a pensar en el camino de vida que estás tomando. La palabra dirección comienza a ser peligrosa cuando yo como tu director espiritual siento que soy el que tiene que ir adelante y mostrar el camino, y tú tienes que ir por donde yo te digo.
– ¿Cuándo podemos afirmar que hay manipulación de conciencia?
Hay manipulación de conciencia cuando se te despoja de tu capacidad de discernir, de plantearte críticamente frente a las cosas, de tomar tus propias decisiones, cuando alguien coloniza tu mente y tu alma. Y llevado a casos extremos, como lo es el de Fernando Karadima, diciéndote cómo te tienes que vestir, con quién te tienes que juntar, con quién no puedes hablar, con quién te tienes que confesar. Esa fue una manipulación extrema en que él asumió el control completo sobre la vida de las personas.
El abuso de conciencia se da también en el plano espiritual cuando se utilizan las creencias o elementos de la religión para manipular. Por ejemplo, cuando la persona advierte “padre, creo que esto no está bien” y el sacerdote te contesta “no seas así, te está entrando el mal espíritu, el demonio te está haciendo dudar”, etc. No es pecado tener inquietudes, dudar, y hacerlo no significa estar siendo manipulado por fuerzas demoníacas. Así, hay muchas instancias en las que se da la posibilidad de abusar.
– ¿El abuso sexual solamente se comprende desde la dimensión física?
Abuso sexual es una palabra compuesta y usualmente solo nos quedamos con la palabra sexual, porque es la que más nos escandaliza. Cuántas veces uno escucha que la discusión se queda en si hubo penetración o no, como si eso fuera lo único importante en un caso de abuso. Y la verdad es que el contacto físico es solo una de las dimensiones del abuso sexual, porque de hecho hay abusos sexuales sin contacto físico, pero con insinuaciones verbales, conductas exhibicionistas, conductas voyeristas, etc. El abuso sexual no es solo que alguien se metió en tu cama, sino quién es ese alguien que se metió en tu cama.
Por eso lo más doloroso es la palabra abuso, que incluye el abuso de poder, que es la traición a la confianza al subvertir una relación que tenía que ser de guía, de cuidado y respeto, y en la que el otro pasó a ser utilizado. En el caso de los abusos en la Iglesia, si un sacerdote abusa de ti, ¿en quién más vas a poder confiar? Se daña la capacidad de confiar en el mundo, en las personas, en un Dios bueno que permite que pasen estas cosas.
Si no hemos vivido en carne propia el ser víctimas de abuso, nunca vamos a terminar de captar en toda su magnitud el sufrimiento que significa. Y yo noto que hay mucha incomprensión. Tantas veces se escucha “bueno, pero si fue una tocadita, si ni siquiera alcanzó a darle un beso, si fue una mano acá”, etc. Tenemos que dejar de ver el abuso solamente en su dimensión física. Verlo en la dimensión de abuso de poder y cuando es en la Iglesia, de traición en la confianza, de un atropello a la fe, porque a la víctima se le despoja de la fe y de su relación con la Iglesia.
– Usted dice que hay muchas instancias en las que se da la posibilidad de abusar, ¿es la Confesión una de ellas?
Hay áreas de riesgo, y si tú miras la casuística, la Confesión es parte del área de riesgo. A pesar de que en algunos colegios y parroquias hay prevencionistas de riesgos que revisan los lugares, instalan vidrios y cámaras, con eso no se está disipando en gran medida el peligro. Porque tenemos que entender que cuando estamos hablando de abusos de poder, mucho más peligrosos que los lugares son las relaciones de riesgo. Y esas relaciones de riesgo son las que tenemos que aprender a identificar.
Cuando uno se va a confesar va a pedir perdón por sus pecados y a buscar una palabra de aliento para salir adelante. Si una persona sale de un confesionario sintiéndose la peor de las peores, empequeñecida, eso no está bien. En esos casos hay que registrar lo que a uno le pasa, porque ahí hay algo que está mal.
En la Confesión también se supone que hay alguien que va a referir sus faltas y no otro que va a interrogar. Por años los chiquillos se reían y contaban de sacerdotes que preguntaban de su intimidad sexual, claramente transgrediendo espacios y buscando la excitación sexual. Eso es un abuso y, afortunadamente, hoy ya hay conciencia de que eso no es gracioso, no está bien y de que es peor si, además, besa o toca al chiquillo. Todo esto es un delito al que se suma el aprovechamiento de la posición del que se confiesa, quien contando sus pecados hace un acto de humildad y se muestra vulnerable frente al otro.
A los sacerdotes les han enseñado qué corresponde dentro del sacramento de la Reconciliación, pero no se lo han explicado a todos los jóvenes y niños. ¿Ellos saben lo que un sacerdote puede y no puede preguntar? Tienen que saber que no les pueden preguntar si se han masturbado, ni cuántas veces o si tienen relaciones con la polola. Si un joven no se está confesando de eso, no se lo pueden preguntar. ¿Un joven sabe eso o piensa que porque el sacerdote es una autoridad espiritual se lo tiene que contestar? ¿Un niño de nueve años sabe que no se puede sentar en las rodillas de nadie?
Si estudiamos cómo ocurren los abusos en nuestra Iglesia y queremos prevenir adecuadamente, los ámbitos donde hay que trabajar son la catequesis, las pastorales juveniles, el acompañamiento espiritual, etcétera, enseñando cuáles son los límites, qué se espera y qué no. De eso se trata ser un laicado más adulto.
– ¿Qué hace que una persona permanezca en una situación de abuso?
Hay muy buenas razones para que una persona no cuente o para que tenga dificultades para salir de esta situación. Si está en un grupo muy cerrado, como la Parroquia de El Bosque, por ejemplo, es muy difícil tomar conciencia, porque el mundo que rodea a la víctima es homogéneo. Allí, por ejemplo, se celebraban reuniones en la que se humillaba públicamente en un juicio de pares al que se equivocaba. A muchos no les gustaban y les aterraban, pero pensaban que tenían que ser así, aunque a ellos no les gustara, porque se hacían “por su bien”.
Cuando hay prácticas abusivas de poder, aún sin llegar a lo sexual, es muy difícil darse cuenta de ellas si no se tienen parámetros de contraste. Hay gente que sí se pudo salir de El Bosque porque alguna vez fue a una reunión con un grupo diferente, de otra congregación, por ejemplo, y vio que había formas diferentes de vivir la fe, otro tipo de sacerdotes, otro tipo de laicos, y gracias a eso pudo tomar distancia, tener parámetros de contraste y comparar. Por eso, frente a los grupos cerrados, con características de secta, en que andan todos uniformados, usan el mismo lenguaje, van a las mismas partes, uno tiene que decirse “aquí algo no anda bien”.
También es difícil tomar conciencia porque lo primero que se gana un abusador es la confianza de la víctima, no se aprovecha de un momento a otro, sino que ha preparado el terreno. Así, cuando entra en el plano de lo sexual y empieza a cometer actos abusivos, usualmente lo que pasará es que para conservar la figura del ídolo como alguien bueno, admirable o santo, el primer mecanismo de la víctima será echarse la culpa diciéndose “soy un mal pensado”, “soy yo el que tengo que estar mal”, “me estoy pasando rollos”. O más grave aún, pensando “algo malo tiene que haber en mí para que yo haya tentado a este pobre hombre que es pura bondad”.
Esta situación enfrenta a la víctima al horror y los seres humanos no siempre tenemos la capacidad de enfrentar el horror, por lo que es posible que el abusado trate de disociar el hecho que le es impensable y lo envíe a otro lado de la conciencia. Y aunque el acto se repite, la víctima probablemente no logra salir de esto y no puede ponerle nombre a lo que le está pasando. Es tan espantoso lo que le están haciendo, que es muy difícil nombrarlo, es muy difícil que alguien diga “esto es abuso sexual”. Llegar a formularlo con palabras es un gran paso. Si cuando chicos nos costaba contarle a la mamá que nos portábamos mal, hay que imaginarse lo difícil que es poder decir que están abusando de uno cuando, además, el abusador se ha encargado de confundir y manipular.
– ¿Es un modo de sacar partido y controlar a la víctima?
El abusador es muy hábil para inducir la complicidad y silenciar a la víctima. Tiene una serie de tácticas para hacer sentir a la víctima que ella es partícipe de lo que hace, que es culpable y cómplice. Le ha dicho, por ejemplo “tú me estabas mirando, así es que tú querías que yo viniera” o “esto que estamos haciendo no se lo vamos a contar a nadie”. Al usar el verbo en plural, el niño, joven o adulto se siente culpable y, además, le da una orden para silenciarlo. Ese silenciamiento también puede ser del tipo “es tu palabra contra la mía” o “si tú cuentas esto yo voy a contar el pecado que tú me dijiste”.
De verdad hay que entender los abusos sexuales prolongados, los que se perpetúan en el tiempo, como un verdadero lavado de cerebro. Es tan así que una víctima incluso puede llegar a irse sola a la pieza del abusador, sin una orden de por medio. A veces, basta con un simple y sutil gesto. Por ejemplo, si cada vez que la víctima se demora o no quiere acceder a las aproximaciones del abusador, este se pone mal genio y agresivo con los hermanos menores de la víctima, y esa niña aprende que la única manera de calmar a este hombre es sacrificándose ella misma. Entonces sufre la paradoja de no tener poder para salirse de esa situación y de tener poder para controlar la conducta del abusador.
El caso de James Hamilton es lo mismo. Cuando se habla de adultos cuesta creer que puedan ser abusados, pero lo que pasa es que él estaba “programado”, había sufrido un lavado de cerebro. James Hamilton lo ha dicho en entrevistas, que él fue capaz de rebelarse cuando estando en la Parroquia de El Bosque perdió de vista a su hijo, lo encontró en la pieza con Fernando Karadima y en ese momento él despertó y se dijo “a mi hijo no”.
– ¿Hay pistas que puedan ayudar a detectar situaciones de abuso?
No es fácil, porque los indicadores de abuso son inespecíficos y no hay ninguno que esté siempre presente y se repita en todos los casos. Lo que sí se repite es que las víctimas son culpadas por sus síntomas. Cuando aparece una víctima, al mismo tiempo se presenta gente que la critica y descalifica su testimonio con comentarios tipo “es una persona desequilibrada”, “mira cómo habla”, “yo le conozco tantas cosas”, etc., y son estigmatizadas y tratadas de locas. Estos comportamientos son mecanismos de protección social. Debemos aprender a detenernos antes de juzgar a una persona por las conductas que exhibe y preguntarnos qué dramas puede haber detrás.
Las mismas víctimas describen el camino de superación que recorren como arduo, largo, doloroso, difícil, asustador, de abismos, lleno de escollos y retrocesos. Reconocerse como víctima al ver una película, al leer un artículo de una revista, al escuchar un programa de radio, decir “eso mismo me pasó a mí y se llama abuso sexual”, hablarlo con alguien de confianza, esos son los primeros pasos del camino. Hay gatillantes que pueden empujar a tomar conciencia de que se está siendo abusado, pero en vez de esperar un gatillante, la toma de conciencia se hace mucho más fácil cuando la persona logra hablar, y cuando hay un otro que le pone un nombre a lo que vive la víctima y le hace ver que está siendo abusado.
El camino de la superación es un camino que no se puede recorrer en soledad porque siempre requiere un otro, alguien que te crea, te valide, te reconozca como víctima y como persona. Las víctimas son personas que necesitan que les reconozcan que no les creyeron, que no los escucharon, que los dejaron botados por años. Cuando piden indemnizaciones buscan reconocimiento, porque la plata pasa a ser un símbolo para admitir que con ellos no se actuó como se debía. Lamentablemente, a veces llega un momento en que es muy tarde, que cuando nos hemos demorado tanto ya casi nada basta.
– ¿Qué pasa cuando a una víctima no se le cree?
Eso es fatal. Es un segundo abuso, hay una revictimización. Yo me atrevo a decir casi sin temor a equivocarme que las víctimas de abusos sienten más dolor por lo que hacen y no hacen los terceros, que por lo que hace el mismo abusador. Las personas, en general, no esperan nada de quien abusó de ellos, pero esperan todo de los terceros: esperan de las autoridades que las protejan, esperan de los papás que las protejan. A veces, también sucede que a quienes han sido abusados sí les creen, pero no les ayudan, o los culpan o estigmatizan. Y todo eso es revictimizar, es victimización secundaria. La víctima vuelve a ser víctima.
Tenemos que comprender, entonces, que el daño del abuso no es causado solo por las acciones del abusador. Los terceros podemos sanar o aumentar el sufrimiento. Y las víctimas se enojan mucho más con los terceros que con los victimarios. Es lo que pasan con los denunciantes de Fernando Karadima respecto de monseñor Errázuriz y monseñor Ezzati.
– ¿Cómo se explica que una víctima de un miembro de la jerarquía de la Iglesia esté dispuesta acercarse a un sacerdote para hablar de su abuso?
Los sacerdotes reciben permanentemente durante la confesión develaciones de abuso, y se dan cuenta de que a esa persona no la verán nunca más, pues buscó intencionadamente a un presbítero lejano a su círculo, a alguien que no conocían. Esos sacerdotes se preguntan “¿Qué hago yo para ayudar a esa persona en cinco minutos?”.
Para empezar, es fundamental comprender que esa víctima está mencionando el asunto en confesión porque se siente culpable y está confesando un pecado. Lo primero, entonces, es que el sacerdote le libere de culpa y le explique que no tiene nada de qué confesarse, que el pecado lo ha cometido el abusador, que él o ella es la víctima. Luego pasar a agradecer la confianza, mostrarle su valentía al acercarse y ponerle el nombre de abuso a lo que le está pasando. Ojalá, además, invitarle a denunciar y ofrecerse para seguir en contacto.
Los sacerdotes son rápidos para derivar a las personas donde una sicóloga o un abogado y eso está muy bien. Pero para la víctima es gravitante que no se le deje sola. Además de la compañía profesional necesita compañía en el plano humano. La persona se tiene que sentir escuchada y saber que su contraparte entiende que su sufrimiento es hondo, que se le va a acompañar y que, si la llegan a derivar, no la están dejando sola ni se están deshaciendo de ella, sino se va a querer saber cómo le fue y seguir en contacto. Hay que estar dispuesto a no huir del dolor de acompañar a alguien. La queja de la mayoría de las víctimas es “yo conté y me dejaron solo, nunca más nadie me preguntó ni me informó de nada”.
Y, por último, tampoco se puede dejar de tener presente que hay que alentar la denuncia de abuso. Y en ese sentido es tan importante comentar que todavía hay sacerdotes, aunque cada vez menos, que muy bien intencionadamente invitan a las víctimas de abuso a guardar silencio. Lo hacen pensando que a la persona le va a doler más o va a revivir su sufrimiento al hacerlo público, o que va a afectar a su familia en vez de permitir que el tiempo sane sus heridas ¡El tiempo no cura todo! En esto el paso del tiempo no es terapéutico. Es impactante ver a una persona que sufrió abusos hace 40 años y hoy llora como si hubiera sido ayer. Pedir que no lo cuenten es coludirse con el victimario y condenar a la víctima a no sanarse. Es injusto pedirle a una víctima que se siga sacrificando por un bienestar mentiroso del entorno, a costa de ella, muriendo sin decir nada o llegando incluso a suicidarse por no poder cargar con ello.
– ¿Cómo se explica que las personas puedan callar o incluso “olvidar” por tanto tiempo el sufrimiento del abuso?
La disociación lo explica en parte, pues se trata de un mecanismo protector que tiene la mente cuando hay hechos demasiado horrorosos que la persona no está preparada para enfrentar en ese minuto. Lo que hace la mente es que los disocia, es decir, los envía fuera de la conciencia. Y hay distintos tipos de disociaciones como, por ejemplo, la víctima que dice que cuando abusaban de ella era su cuerpo el que estaba presente, pero que su mente estaba en otra parte, que estaba como desdoblada. O las víctimas que cuentan que olvidaron el abuso por mucho tiempo. Todos esos ejemplos de disociación funcionan hasta que años más tarde un evento gatilla el recuerdo.
– ¿Qué favorece que la persona pueda hablar?
Creo que para que las personas estén dispuestas a hablar, lo primero es poner el tema: en los colegios, en las parroquias, en la comunidad, en el grupo scout, en las charlas matrimoniales, en las catequesis, en todos los espacios eclesiales. Tiene que quedar el mensaje que en este lugar estos temas se hablan. Eso es romper el silencio, porque los abusadores sacan provecho del silencio. Cuando los temas se abren se permite ponerle un nombre a la vivencia de las víctimas para que reconozcan lo que les sucede y luego lo puedan contar.
Usualmente las denuncias tienen un componente muy altruista que a mí me emociona profundamente. Las personas vienen a denunciar por varios motivos, por ejemplo, para que esto no le pase nunca más a nadie, y porque si así fuera no podrían vivir con el peso de su conciencia de que por su silencio no se salven algunos. Y lo otro que mueve a la denuncia, y que no es un afán de venganza, es el poner el propio sufrimiento al servicio de otro.
También hay que hablar del tema en la Iglesia, porque el conversarlo permite a los pastores mostrar su postura pro-víctima. A veces en homilías hay sacerdotes que se lamentan de que “hay personas que quieren aprovecharse de los casos de abuso para hacer daño a la Iglesia”, y eso solo causa más daño y cierra las puertas para que las víctimas se acerquen. Esto tiene que ver con que se denuncien los atropellos y las injusticias y no con hacer daño. En la Iglesia sale mucho más natural recibir a una víctima que está sufriendo y consolarla. Pero, como dice Jorge Barudy, el indignado es aquel que está en la lucha por recuperar su dignidad. Y por eso te encuentras con mucha gente enojada, que no se le ha recibido bien en la Iglesia porque se piensa que le quieren hacer daño solo porque están indignados. Nos ha faltado humildad, porque en vez de acoger y escuchar a esta gente a la que se la quebrado la biografía, lo que hemos hecho es defendernos.
– ¿Y para sanar eso habría que pedir perdón?
Tenemos que comprender que estamos en el terreno de tratar de reparar lo irreparable, y por eso debemos ponernos al servicio de las víctimas haciendo lo posible para que puedan cicatrizar sus heridas y que estas les duelan menos. Por eso quieren que se les oiga, que se sepa la verdad, que se les reconozca, que se les pida perdón como corresponde.
Lamentablemente las palabras perdón y vergüenza ya está demasiado manoseadas. Se pide perdón por lo que uno mismo ha hecho y las palabras se dirigen a alguien: Porque no creí en su momento, porque no pensé que era tan grave, porque no supe ver lo que pasaba, porque no me di cuenta, etc. Y el pedir perdón, además, se acompaña de medidas concretas, porque si no, no sirve. Eso es lo que ha pasado con el Papa, porque pidió perdón, hay cinco obispos menos, se anunciaron medidas de corto mediano y largo plazo, pero nadie tiene idea si estamos en las de corto plazo o ya cumplimos con las de mediano plazo. Nadie tiene idea de nada, nadie conoce el itinerario, entonces las víctimas se preguntan “qué fue esto”.
Creo que en nuestra Iglesia tenemos una cultura que evita conflictos, que sobrevalora la armonía, que no permite desmarcarse y que hace sentir culpable o en pecado a quienes no están de acuerdo con la autoridad. Uno sí puede decir “yo no estoy de acuerdo con que esto se haya hecho así”, “yo no estoy de acuerdo con que se ocupe de nuevo las palabras dolor y vergüenza”. Hacer eso es muy difícil porque tenemos que estar todos de acuerdo. Y por eso nos acusan de defensa corporativa. Entonces, efectivamente, hay un excesivo cuidado por el buen nombre de la Iglesia que está cada vez más manchado y que es justamente de lo que nos acusan, de poner a la institución antes que a las personas. Hay una reacción diferente por parte de las víctimas cuando un pastor humilde dice que sí lo hicimos mal, que sí nos equivocamos, que sí se llegamos tarde. Sé que muchos que lo han hecho.
– ¿Qué tiene que hacer un sacerdote para transmitir confianza y, además, estar tranquilo frente a sus feligreses?
Es difícil ser sacerdote hoy. El camino sería fomentar la mayor participación posible del laicado, que todo sea transparente y contribuir a educar en la confianza lúcida, de la que hablan en la Fundación para la Confianza. Hay que seguir ciertas normas como, por ejemplo, que un adulto nunca esté solo con un niño y que al menos haya alguien más. Para no caer en paranoias de desconfianza, educar en cuáles son los límites de una relación sana. Por ejemplo, conversar en conjunto con los acólitos y los padres de los acólitos respecto a qué se puede hacer y qué no se puede hacer. Eso a nivel parroquial, y a nivel más macro hay que hacer lo que ha pedido el Papa a las Conferencias Episcopales, que todo agente pastoral y sacerdote tenga una formación mínima en temas de abuso y luego continuar en actualización permanente. Se entiende el cansancio y lo golpeados que están los sacerdotes hoy día, la rabia que da que la Iglesia sea conocida por los abusos y no por el bien que hace, pero el abuso es un tema que ha estado callado por demasiados años y eso tiene su precio. Mientras más se hable es mejor.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

1 thought on “Entrevista a la psicóloga Josefina Martínez, experta en acompañamiento a víctimas de abuso – por María Soledad Herrera”

  1. p. Fco. Javier Manterola C. dijo:

    Una vez más, muy bien Josefina. Muchas gracias por la publicación de esta entrevista.

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