Gaudete et Exsultate: Santidad como plenitud del Bautismo y en lógica de Encarnación – Hna. Mª Clara Greene

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Artículo publicado en la edición Nº 1.198 (ABRIL- JUNIO 2018)
Autor: Hna. María Clara Greene, Instituto Secular de Schoenstatt, Hermanas de María
Para citar: Greene, María Clara; Santidad como plenitud del Bautismo y en lógica de Encarnación, en La Revista Católica, Nº1.198, abril-junio 2018, pp. 166-173.

 

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Santidad como plenitud del Bautismo y en lógica de Encarnación 
Hna. María Clara Greene
Instituto Secular de Schoenstatt
Hermanas de María

El Santo Padre Francisco declara muy pronto cuál es su intención con la exhortación apostólica Gaudete et Exsultate: “mi humilde objetivo es hacer resonar una vez más el llamado a la santidad […] Porque a cada uno de nosotros el Señor nos eligió para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor (Ef 1,4)(GE 2). Sin pretensiones doctrinales, quiere acercar a los fieles un aspecto esencial en la vida cristiana, algo de la tensión teleológica que impulsa al bautizado a desarrollar libremente la gracia recibida como don y que impele a la comunión plena con Dios, es decir, la santidad.
El Señor nos eligió
La elección del Señor llega a nosotros como un llamado. No en vano el Concilio Vaticano II dedica un capítulo de la Constitución apostólica Lumen gentium a la “universal vocación a la Santidad en la Iglesia”. Después de que el documento abarca la pregunta por la naturaleza propia de la Iglesia (Capítulos 1-4), plantea los siguientes para abordar su finalidad. El Capítulo 5 es el primero de esta “segunda parte” y es significativo reparar que está planteado a modo de fin, de objetivo para todo el Pueblo de Dios, jerarquía y laicos. Este orden no azaroso de los capítulos en la Lumen gentium nos pone en el horizonte de lo que S.S Francisco nos quiere mostrar con la exhortación apostólica de marzo de 2018, que inicia con las palabras de Mateo: “Alegraos y regocijaos”.
Al sostener que se trata de una vocación para todo el Pueblo de Dios (Cfr. LG 9), comprendemos el llamado a la santidad como algo enraizado en el sacerdocio común de los fieles, ya que todos los que han recibido el bautismo, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo (LG 10).
La Primera carta de Pedro usada en este texto (1Pe 2, 4-10) nos inserta en este núcleo del llamado a la Santidad que, por medio de elementos propiamente cultuales, declara que el carácter sacerdotal de todo bautizado está en el ofrecer sacrificios espirituales, es decir, ofrecerse a sí mismo como la ofrenda más agradable a Dios. “Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración, y alabando juntos a Dios, ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios y den testimonio por doquiera de Cristo […]  (LG 10).
“Los exhorto, pues hermanos, por la misericordia de Dios a que se ofrezcan a ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no se acomoden al mundo presente, antes bien transfórmense mediante la renovación de su mente, de forma que puedan distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm 12, 1-2).
Si bien el texto de Pablo, tomado también en LG 10, presenta la ofrenda de los fieles en paralelo al culto del templo, se entresacan de ello los elementos claves de la vocación del sacerdocio común: no es una obligación, requiere de la aceptación de los fieles. Se refiere a ofrecerse a sí mismo, donde el templo no es de piedra, sino un templo vivo. La ofrenda es viva y santa y su fin es complacer a Dios. El culto espiritual es la ofrenda viviente, sin duda una ofrenda de calidad superior.
Este es el desarrollo de la gracia bautismal en el Pueblo santo, que se presenta como un camino hacia lo pleno, hacia lo completo, hacia lo perfecto, hacia lo que complace a Dios. Como todo camino se desarrolla, se profundiza como lo hace una relación de amistad. Tal era la relación de Moisés con Yahvé,  “y acostumbraba hablar el Señor con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (Ex 33,11). Si bien “los seguidores de Cristo, llamados por Dios, no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor, han sido hechos por el bautismo, sacramentos de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo realmente santos” (LG 40); viven esta realidad como un proceso, como un permanente camino, como una peregrinación, en la cual es necesario que “conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron” (LG 40).
Se trata de un llamado para todos, pero a la vez, a la persona particular, aquel que fue ungido en el bautismo en forma personal para ser Cristo. En este sentido la vocación a la santidad, si bien incoada en la gracia del bautismo para todos igual, hace un camino propio según la originalidad de cada hijo de Dios (Cfr. GE 11, 13, 23, 24, 32) y puede desarrollarse más o menos, en respeto a la libertad de la persona, y tanto cuanto, por medio de la colaboración humana para que acoja y haga fructificar este don gratuito de Dios.
El Santo Padre recuerda que el llamado a la Santidad no es para algunos, para quienes posean ciertas características o privilegios. Incluso, recalca, así como lo hace la Lumen gentium, que es transversal a todo estado de vida. “Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” (LG 11).
Para que fuésemos santos e irreprochables
Como condición de los bautizados, la vocación a la santidad obedece a las invitación del Señor: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48). Ya en el Levítico está la ordenanza de Yahvé : “Porque yo soy Yahvé, vuestro Dios, santificaos y sed santos, pues yo soy santo” (Lv 11,44)[1]. La Lumen gentium hace referencia a que todos los fieles están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad (LG 40). En este sentido alienta San Pedro en su primera carta: “El Dios de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria en Cristo Jesús, después de un breve padecer, los perfeccionará y afirmará” (1Pe 5,10).
¿Pero, qué acento tiene el concepto de perfección? ¿Cuál es el ideal de perfección al que está invitando el Papa Francisco?
Los santos que nos alientan y acompañan en el camino, que nos estimulan a seguir caminando hacia la meta, aquella “nube tan ingente de testigos” (Hb 12,1), está compuesta por aquellos que “quizá su vida no fue siempre perfecta, pero aún en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor” (GE 3). El llamado de Dios a su Pueblo, por medio de Abraham fue siempre en el mismo tenor: “Yo soy Dios todopoderoso, camina en mi presencia y sé perfecto” (Gn 17,1). Por lo tanto, y así lo concluye el Papa, vivir este llamado a la perfección, “necesitamos vivir humildemente en su presencia, envueltos en su gloria. (…) caminar en unión con él reconociendo su amor constante en nuestras vidas (Cfr. GE 51).
El Papa recurre a von Balthasar[2] para hacer referencia al tipo de santidad al que quiere referirse y al que quiere animar contextualizadamente en el mundo actual. Para juzgar la santidad, no hay que quedarse en los detalles. “No todo lo que dice un santo es plenamente fiel al Evangelio, no todo lo que hace es auténtico o perfecto. Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona” (GE 22).
El Papa quiere alejar el concepto de perfección de una cierta intachabilidad moral, de una especie de ausencia de concupiscencia, de perfección ética, de la ausencia de faltas o errores. Incluso previene del riesgo del gnosticismo. “Gracias a Dios, a lo largo de la historia de la Iglesia quedó muy claro que lo que mide la perfección de las personas es su grado de caridad, no la cantidad de datos y conocimientos que acumulen” (GE37). Esto comulga con lo declarado en la mencionada Constitución apostólica: “Completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamado a la plenitud cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40).
Lleva el concepto de Santidad, y en sentido paralelo, el de perfección, al horizonte de las bienaventuranzas hechas vida (Cfr. GE 65-94) y al “gran protocolo” del capítulo 25 de Mateo (Cfr. GE 95). El Papa, lleva a la fuente, al modo de Jesucristo.
Ante él por el amor
¿Cuál es, por tanto, el misterio de la perfección, a la luz del Magisterio de Francisco? Es imitar la perfección de Dios (Cfr. GE 81), en el sentido del perdón y la misericordia. Por esto lleva a la comparación del texto de Mt 5, 48 al de Lc 6, 36. El “sed perfectos” es homologado al “sed misericordiosos”, al perdonar, al no juzgar, al no condenar y, por último, al dar para que se nos dé (Cfr. GE 81). La misma teofanía del Éxodo describe la identidad de Dios con la misericordia: “Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6). La convocatoria del año de la misericordia en el Pontificado actual, tuvo esta pretensión. “Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción” (Misericordiae Vultus 6).
También así lo plantea en la exhortación del amor en la Familia. “Es una cualidad del Dios de la Alianza que convoca a su imitación también dentro de la vida familiar. […] al mismo tiempo que se alaba la moderación de Dios para dar espacio al arrepentimiento, se insiste en su poder que se manifiesta cuando actúa con misericordia. La paciencia de Dios es ejercicio de la misericordia con el pecador y manifiesta el verdadero poder” (Amoris Laetitia 91).
Es una santidad en la lógica de la encarnación, es decir, una lógica que obedece al perfeccionamiento en la misma condición de creatura, de la humanidad y que, por lo tanto, conoce procesos, conoce libertades, conoce la acogida del don de Dios como una relación. “Camina en mi presencia y sé perfecto” (Gn 17,1). Dios asocia ambos actos en la relación de Alianza, porque solo en él somos santificados (GE 51). Es la lógica de la autonomía de la creatura y, a la vez, de la dependencia del enteramente Otro, como quien perfecciona y es espejo para la naturaleza humana. No se trata de obviar la condición humana, sofocar lo propiamente humano, sino de mirarse a la luz de Cristo, el único que revela el hombre al propio hombre (GS 22) y primicia de toda la Creación (Cfr. Col 1,15); para reconocer en lo humano la posibilidad de divinización. “El cual siendo de condición divina, no codició ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo” (Flp 2,6-7). Aquel que siendo de condición divina, se decidió por la condición de esclavo, nos muestra que la lógica de la encarnación es la misma que nos posibilita la divinización de nuestra naturaleza. Pero en nuestro caso, no por condición preexistente, sino por la gracia en virtud de la Redención realizada en Cristo (Cfr.  Rm 3, 21- 24).
San Ireneo nos enseña que dentro de las funciones de la encarnación del Verbo, hay una que no sostuvieron todos los Padres de la Iglesia de los primeros siglos. Se trata de la función plenificadora de la encarnación. Para san Ireneo, la encarnación no solo realiza la revelación definitiva y la liberación del pecado, sino también, la encarnación lleva al hombre hacia la plenitud a la cual la familia humana estaba orientada desde el principio. Él sostiene que la encarnación estaba proyectada desde el principio e independientemente del pecado, con el fin de recorrer, en el Verbo hecho hombre y glorificado, el camino de plenificación del hombre.
“Así como la madre puede dar al niño un alimento perfecto, pero él no puede tomar el alimento más fuerte: así también Dios mismo pudo dar al hombre desde el principio la perfección, pero el hombre era incapaz de recibirla, porque era niño. Y por eso nuestro Señor, que recapitula en sí todas las cosas, vino a nosotros en los últimos tiempos, no como Él podía, sino como nosotros podíamos verle. Él podía venir a nosotros en su inenarrable gloria, mas nosotros éramos incapaces de soportar la magnitud de su gloria. Por eso, como a niños, Él que era el Pan perfecto del Padre, se nos dio como leche, en su venida como hombre: para que alimentados como a los pechos de su carne, y habituados con tal lactancia a comer y beber el Verbo de Dios, podamos contener en nosotros mismos el Espíritu del Padre, Pan de inmortalidad”[3].
El hombre, en su creación fue hecho «niño», pero destinado a progresar. Podemos decir, en la línea de lo que se ha sostenido en el presente artículo, que el hombre hace un camino hacia la perfección, un desarrollo. El Hijo de Dios se presenta a la humanidad hecho hombre y no en gloria, es decir, como leche, como alimento apto para niños, porque, en este proceso, el hombre primero necesita del Verbo como leche para volverse capaz del alimento perfecto. La lógica de la encarnación es la que posibilita que la humanidad conozca un progreso. El hombre no es capaz de la perfección total, de la plena santidad, no solo por el pecado, sino por su carácter inacabado, por su carácter de creatura. Por esto san Ireneo sostiene que aún sin el pecado, se requería de la encarnación, porque no se puede llegar a Dios sin Dios, ni a los hombres sin el hombre, y así solo el Hijo hecho hombre era capaz de llevar a su plenitud al hombre que había sido creado para alcanzar esa plenitud, que es la perfecta unión de la carne y el Espíritu[4]. El hombre solo llega a su plenitud por medio del Hijo encarnado y del Espíritu.
En el planteamiento de san Ireneo de la teología del intercambio, podemos ver también un fundamento para nuestro argumento. Por la encarnación, el Hijo de Dios toma las propiedades humanas para comunicar al hombre sus propiedades divinas. Se refiere sobre todo la filiación divina, que es la perfección del hombre, y que es mediada sacramentalmente por el bautismo. “¿Pues, de qué manera podíamos ser partícipes de su filiación adoptiva, si no la recibiésemos por medio del Hijo, por la comunión que viene de él, si su Verbo no hubiese entrado en comunión con nosotros hecho carne?”[5].
El sello que alcanzó la cristología de los primeros Padres, especialmente en Oriente, fue con esta marcada “divinización”. El Hijo de Dios se hace lo que es el hombre (encarnación) y el hombre llega a ser hijo de Dios (divinización). Dos formulas claves son: “El Verbo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, el que por su inmenso amor se hizo lo que nosotros somos, para que nosotros progresáramos hasta ser los que es él[6] y “Por esto el Verbo de Dios se hizo hombre, y el Hijo de Dios es Hijo del Hombre, para que el hombre, mezclándose con el Verbo y recibiendo la adopción, se hiciese hijo de Dios[7][8].
Ante Dios, estamos contenidos en el Hijo. Él representa a la humanidad entera y en la filiación mediada por el bautismo, se va produciendo el proceso de santificación del hombre, proceso que es don del amor gratuito de Dios: Ante Él por el amor. Ante él somos hijos, esa es nuestra condición creatural más propia, porque es la de Cristo, el Verbo encarnado.
El Papa Francisco elige un modo cercano y coloquial para invitar a todos a reconocer que el horizonte de la plenitud cristiana se llama Santidad, que es el modo de llevar a la perfección nuestra condición de creaturas, signadas por el don del Espíritu que nos hace capaces de Dios, nos hace amigos de Dios, nos abre al don gratuito de su amor y nos invita a ser como él, “perfectos” en la misericordia y en la caridad.
Porque a cada uno de nosotros el Señor nos eligió para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef 1,4). Esta afirmación de san Pablo, que ha acompañado el desarrollo del presente comentario, entraña los elementos constitutivos de la exhortación apostólica de SS. Francisco. Se trata de una elección del Señor, quien solo invita a lo bueno, lo bello y lo verdadero. Elección que es llamado a un desarrollo pleno de nuestra vocación bautismal: ser santos e irreprochables. Santos cómo Él es santo, es decir, santos en la perfección de la caridad, de la misericordia. Santos porque vivimos en su presencia, en comunión con él, en una fructuosa relación de amistad, que nos santifica, nos purifica y, como nos enseña la teología espiritual, nos asemeja al ser amado. Santos porque hacemos norma de vida el modo del Señor. Así estamos ante él, como hijos, no como ángeles, sino como seres encarnados, al igual que el Verbo que se hizo hombre para hacernos como él.
NOTAS
[1] Siendo el texto paralelo, tanto el Lv 11,44 como Lv 19,2 usa la palabra santidad en vez de perfección.
[2] Ver GE 22. Nota al pie: Cf. HANS U. VON BALTHASAR, “Teología y santidad”, en Communio 6 (1987), 486-493.
[3]  Adv. haer., IV,38,1
[4] Cf. Adv. haer., IV,7,4; III,22,3; V,12,22; A. ORBE, Antropología de san Ireneo (Madrid 1969) 480- 485
[5] Adv. haer., III,18,7. Cf. II,22,4; III,16,3; IV,7,2; IV,33,10.
[6] Adv. haer., V, pr. El esquema del intercambio ya está presente en Pablo, cf. 2Co 8,9.
[7] Adv. haer., III,19,1
[8] Cfr. FERNANDEZ S., Guía de Estudio curso Trinidad y Cristología, Pontificia Universidad Católica, Chile, 2013.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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