Vivir como Pueblo de Dios en camino – Eduardo Pérez-Cotapos L., ss.cc.

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Artículo publicado en la edición Nº 1.199 (JULIO- SEPTIEMBRE 2018)
Autor: Eduardo Pérez-Cotapos L., ss.cc.
Para citar: Pérez-Cotapos, Eduardo; Vivir como Pueblo de Dios en camino, en La Revista Católica, Nº1.199, julio-septiembre 2018, pp. 283-293.

 

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Vivir como Pueblo de Dios en camino
Eduardo Pérez-Cotapos L., ss.cc.

Esta Semana Teológico Pastoral ha sido convocada con el lema «Es preciso nacer de nuevo. Escuchar y acompañar para discernir». Este lenguaje de inmediato me trae a la imaginación el magisterio del Papa Francisco. Tanto el de sus grandes textos, de modo especial la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (EG), como el de los diversos textos referidos a nuestra realidad nacional, todos de este año 2018. Es un hecho inédito el que podamos contar con todos los discursos y homilías de su visita a Chile en enero pasado; con la carta a la Conferencia Episcopal de Chile, de fecha 8 de abril, invitando a los obispos a encontrarse con él en Roma; con el documentos entregado a los obispos al comenzar esa visita, del 15 de mayo, y la breve carta al finalizar la visita, del 17 de mayo; y con la importante carta «Al Pueblo de Dios que peregrina en Chile» del 31 de mayo. Sobre este telón de fondo quiero plantear mi reflexión.
La carta del 17 de mayo concluye con un párrafo que traza un amplio programa de renovación pastoral; allí el Papa señala a los obispos: «Después de estos días de oración y reflexión los envío a seguir construyendo una Iglesia profética, que sabe poner en el centro lo importante: el servicio a su Señor en el hambriento, en el preso, en el migrante, en el abusado». Este es el horizonte por el cual debemos trabajar, la meta a alcanzar, la pasión interior que debe movernos a la acción.
Pero necesitamos trabajar este horizonte en el contexto de una situación de crisis para la Iglesia chilena, crisis que conocemos bien y que el Papa Francisco en el documento del 15 de mayo nos presenta como desafío: «Las dolorosas situaciones acontecidas son indicadores de que algo en el cuerpo eclesial está mal. Debemos abordar los casos concretos y, a su vez, con la misma intensidad, ir más hondo para descubrir las dinámicas que hicieron posible que tales actitudes y males pudiesen ocurrir». En este encuentro estamos convocados para analizar aquellas dinámicas de fondo que han hecho posible la situación actual. Invitados a repensar nuestro modo de ser Iglesia, a pararnos de otro modo frente a la realidad eclesial y social, invitados a trabajar por «una nueva forma de pararnos frente a la vida, frente a los demás y frente a Dios» (Carta del 31 de mayo, nº4). Finalmente, el Papa Francisco nos invita a un proceso de honda renovación: «Con Ustedes se podrá generar la transformación necesaria que tanto se necesita. Sin Ustedes no se puede hacer nada. Exhorto a todo el Santo Pueblo fiel de Dios que vive en Chile a no tener miedo de involucrarse y caminar impulsado por el Espíritu en la búsqueda de una Iglesia cada día más sinodal, profética y esperanzadora; menos abusiva porque sabe poner a Jesús en el centro, en el hambriento, en el preso, en el migrante, en el abusado» (Carta del 31 de mayo, nº7).
En esta ponencia introductoria he sido invitado a poner el acento en el tema de la Iglesia como pueblo de Dios en camino. Y para hacerlo quiero dejarme guiar por las expresiones usadas por el Papa Francisco para referirse a los destinatarios de su carta del 31 de mayo, dirigida «Al Pueblo de Dios que peregrina en Chile». Quiero tratar cuatro dimensiones: primeramente, la idea de la Iglesia como pueblo; en segundo lugar, la pertenencia de este pueblo a Dios; en tercer lugar, la idea de un pueblo peregrino; y finalmente, el acento de que este peregrinar se realiza en Chile.
1. La Iglesia como pueblo
Una de las intuiciones eclesiológicas fundamentales del Concilio Vaticano II fue usar la categoría Pueblo de Dios para describir la identidad de la Iglesia. Una categoría netamente bíblica, pero que se encontraba en desuso. El antecedente primordial de esta categoría es la imagen del pueblo de Israel peregrinando por el desierto, siendo sacado por Dios de la esclavitud de Egipto, a fin de ser educado a vivir en libertad en el desierto y, finalmente, como pueblo nuevo de corazón libre, conducido a la tierra nueva regalada por Dios. Esta imagen sirve al Concilio para proponer un modo nuevo, y a la vez muy tradicional, de comprender la Iglesia.
La categoría de Pueblo de Dios es una categoría dinámica, que supera el riesgo de la imagen paulina de Cuerpo de Cristo, usada abundantemente en la teología contemporánea al Concilio. Como es bien conocido, en san Pablo hay dos usos de esta imagen. Un uso es sociológico y hace referencia a que la Iglesia es como un cuerpo, en el cual cada miembro tiene diversas funciones, que cada uno debe ejercer de modo armónico con los otros miembros (1Cor 12,12-30; Rom 12,3-8). Y hay otro uso de la imagen de Cuerpo de Cristo que habitualmente se llama místico, en el cual la Iglesia es el cuerpo y Cristo es la cabeza; de modo que, así como el cuerpo no puede vivir si no está unido a la cabeza, la Iglesia pierde la vida si no esta unida a Jesús (Col 1,17-18; 1,24; 2,19; Ef 1,22-23).
Ambas imágenes paulinas son interesantes, y ciertamente las hemos ocupado provechosamente en muchas reflexiones pastorales. Pero ambas imágenes tienen una posible trampa, una debilidad frente a la cual el Concilio es muy sensible. Son imágenes estáticas y establecen una jerarquía de importancia entre los diversos miembros. La mano siempre será mano y el pie siempre será pie. Y sabemos bien que es más útil la mano derecha que la izquierda; etc.
El Concilio se pone en otro horizonte, insistiendo en la categoría de Pueblo de Dios, en el cual se da una condición de radical igualdad entre todos sus miembros; igualdad que proviene del bautismo. Es una igualdad radical más importante que cualquier otra legítima distinción posterior. El Concilio describe así a la Iglesia Pueblo de Dios: «Este pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación (Rom 4,25), y teniendo ahora un nombre que está sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos. La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros (cf. Jn 13,34). Y tiene en último lugar, como fin, el dilatar más y más el reino de Dios, iniciado por el mismo Dios en la tierra, hasta que al final de los tiempos Él mismo también lo consume, cuando se manifieste Cristo, vida nuestra (cf. Col 3,4), y “la misma criatura sea libertada de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de los hijos de Dios” (Rom 8,21)»[2].
Es un pueblo en el cual todos sus miembros poseen la unción del Espíritu, como insistentemente enseña el Papa Francisco: «El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo; por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción. […] En el Pueblo de Dios no existen cristianos de primera, segunda o tercera categoría. Su participación activa no es cuestión de concesiones de buena voluntad, sino que es constitutiva de la naturaleza eclesial. Es imposible imaginar el futuro sin esta unción operante en cada uno de ustedes que ciertamente reclama y exige renovadas formas de participación. Insto a todos los cristianos a no tener miedo de ser los protagonistas de la transformación que hoy se reclama y a impulsar y promover alternativas creativas en la búsqueda cotidiana de una Iglesia que quiere cada día poner lo importante en el centro. […] Una Iglesia profética y, por tanto, esperanzadora reclama de todos una mística de ojos abiertos, cuestionadora y no adormecida. No se dejen robar la unción del Espíritu». (Carta del 31 de mayo, nº 1).
Finalmente, que nos sirva de síntesis un texto central del Concilio: «En todo tiempo y en todo pueblo es agradable a Dios quien le teme y practica la justicia (cf. Hch 10,35). Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose a Sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo, y santificándolo para Sí»[3].
Resumiendo: en la Iglesia nadie se salva solo, nadie puede considerarse superior a otros. Necesitamos poner especial atención a la tentación del espíritu de élite. Necesitamos con urgencia recordar nuestra radical igualdad entre todos y el indispensable respeto mutuo y escucha del hermano que nos debemos como creyentes. De aquí surge una espiritualidad hermosamente planteada por el Papa Francisco en la Evangelii gaudium (268-274): «El gusto espiritual de ser pueblo». Me permito recordar algunos pasajes de este texto:
«La Palabra de Dios también nos invita a reconocer que somos pueblo […] Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús, pero al mismo tiempo, una pasión por su pueblo». (EG 268)
«Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo. […] Cautivados por ese modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás. Pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad». (EG 269).
«Jesucristo no nos quiere príncipes que miran despectivamente, sino hombres y mujeres de pueblo. Ésta no es la opinión de un Papa ni una opción pastoral entre otras posibles; son indicaciones de la Palabra de Dios tan claras, directas y contundentes que no necesitan interpretaciones que les quiten fuerza interpelante. Vivámoslas sine glossa, sin comentarios. De ese modo, experimentaremos el gozo misionero de compartir la vida con el pueblo fiel a Dios tratando de encender el fuego en el corazón del mundo» (EG 271).
«Uno no vive mejor si escapa de los demás, si se esconde, si se niega a compartir, si se resiste a dar, si se encierra en la comodidad. Eso no es más que un lento suicidio». (EG 272)
«Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, […] Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres!». (EG 274)
2. La Iglesia como Pueblo de Dios
La Iglesia está fundada sobre un hecho básico para todo creyente: el encuentro personal con Jesús, que ha dado una orientación nueva y definitiva a nuestra vida, como dice la magistral afirmación de Benedicto XVI en su primera encíclica: «Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[4]. Y luego en su última audiencia pública (27 febrero 2013), el mismo Benedicto repasa su experiencia personal al respecto: «el Señor nos ha dado muchos días de sol y de brisa suave, días en los que la pesca ha sido abundante; ha habido también momentos en los que las aguas se agitaban y el viento era contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y el Señor parecía dormir. Pero siempre supe que en esa barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda».
Estas son certezas básicas de nuestra experiencia de fe: el encuentro personal con Jesús que ha reorientado nuestra vida de modo definitivo y que nos ha integrado en una comunidad de creyentes; comunidad que pertenece a Dios, y que no es obra nuestra. Por lo mismo, la comunidad eclesial alcanzará su plenitud cuando ponga a Jesús en su centro, incluso si el Señor parece dormir, y no se angustie en una defensa institucional; eso es ser «hombres de poca fe» (cf. Mc 4,40). Del mismo modo, la comunidad eclesial alcanzará hondura de fe cuando todos nos reconozcamos como humildes servidores de un único Señor, sin distinciones entre nosotros. Tal como lo propone el evangelista Mateo, tan sensible a las problemáticas eclesiológicas: «En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “consejeros”, porque solo tienen un Consejero, que es el Mesías. Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado» (Mt 23,8-12).
Una Iglesia que sabe reconocer a Jesús como su centro es una comunidad que se sabe llamada por Dios, conducida por él, cuidada y orientada por su Señor. Por lo mismo, es capaz de superar las tendencias autorreferenciales, como tan claramente expresó el Papa en el documento entregado a los obispos el 15 de mayo. Una Iglesia que acoge a Jesús como su centro recupera la alegría y el dinamismo de la fe; es capaz de una mirada cariñosa y misericordiosa sobre la realidad actual; puede constituirse como comunidad de hermanos, al modo de las primeras comunidades cristianas de Jerusalén.
El tema es bien conocido, y no insisto más. Tan solo deseo explicitar que la experiencia fundante de la unidad de la Iglesia es el encuentro personal con Jesús, no la defensa de un cuerpo doctrinal o un conjunto de normas éticas como tan nítidamente lo planteó el Papa Benedicto.
3. La Iglesia pueblo de Dios que peregrina
Este matiz es vital: no se trata de una Iglesia sedentariamente instalada en una realidad, consolidada en un espacio geográfico o cultural. Es un pueblo nómade al modo del pueblo de Israel que camina alejándose de la esclavitud de Egipto y acercándose a la libertad de la tierra nueva regalada por Dios, caminando hacia lo desconocido, y permanentemente necesitado de vencer la tentación de volver atrás, a lo conocido, aunque se trate de una situación de esclavitud.
El texto del capítulo 11 de la carta a los Hebreos es una hermosa descripción del caminar eclesial: «Por la fe, Abraham, obedeciendo al llamado de Dios, partió hacia el lugar que iba a recibir en herencia, sin saber a dónde iba. Por la fe, vivió como extranjero en la Tierra prometida, habitando en carpas, lo mismo que Isaac y Jacob, herederos con él de la misma promesa. Porque Abraham esperaba aquella ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. […] Todos ellos murieron en la fe, sin alcanzar el cumplimiento de las promesas: las vieron y las saludaron de lejos, reconociendo que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Los que hablan así demuestran claramente que buscan una patria; y si hubieran pensado en aquella de la que habían salido, habrían tenido oportunidad de regresar. Pero aspiraban a una patria mejor, nada menos que la celestial. Por eso, Dios no se avergüenza de llamarse su Dios y, de hecho, les ha preparado una Ciudad» (Hb 11,8-10.13-16).
Israel durante su peregrinación por el desierto vivió un tiempo de especial intimidad con su Señor, al punto que los profetas lo equiparan al tiempo del noviazgo de Yahveh con su pueblo (cf. Os 2,16-17; Jer 2,2). Es verdad que en el desierto se viven situaciones muy duras, pero el Señor es nube que protege del sol ardiente del mediodía; y columna radiante que ilumina las noches oscuras; el Señor hace brotar el agua de la roca y cada mañana regala el pan que viene del cielo; el pan necesario para cada día. Israel es un pueblo peregrino, enteramente centrado en la experiencia del encuentro con su Dios. Pero a la vez, los textos son claros respecto a que esa protección de Dios no impide la existencia de rebeldías y pecados en este caminar. Incluso Israel llegó al más radical de los pecados que es desesperar de la desconcertante grandeza de Dios y querer hacerse un Dios a la propia medida, un Dios fácil de manipular, un becerro de oro (cf. Ex 32,1-8).
Ser peregrino es caminar todos los días, teniendo en el corazón la pasión por alcanzar la meta anhelada. Es caminar dejándose guiar por Dios. Es caminar discerniendo permanentemente los caminos nuevos que el Señor va abriendo para nosotros. Discernir es dejarse guiar por la fuerza del Espíritu de Dios, no por nuestros sustos o fantasías. Debemos ser dóciles al mismo Espíritu que guio a la Iglesia de Hechos de los Apóstoles, conduciéndola a horizontes cada vez más amplios, e impulsándola a tomar la decisión transcendental de alejarse de sus raíces judías renunciando a la práctica de la circuncisión (cf. Hch 15,1-35) y a todas las prácticas alimentarias (cf. Hch 10,1-48). En palabras del Papa: «El Espíritu Santo sopla donde quiere y como quiere con el único fin de ayudarnos a nacer de nuevo. Lejos de dejarse encerrar en esquemas, modalidades, estructuras fijas o caducas, lejos de resignarse o “bajar la guardia” ante los acontecimientos, el Espíritu está continuamente en movimiento para ensanchar las miradas estrechas, hacer soñar al que perdió la esperanza, hacer justicia en la verdad y en la caridad, purificar del pecado y la corrupción e invitar siempre a la necesaria conversión. Sin esta mirada de fe todo lo que podamos decir y hacer caería en saco roto» (Carta del 31 mayo, nº 2).
Para poder discernir bien es indispensable escuchar a todos, porque todos los creyentes tienen la unción del Espíritu. El Papa Francisco ha sido muy claro en sus planteamientos: «El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo; por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción. Cada vez que, como Iglesia, como pastores, como consagrados, hemos olvidado esta certeza erramos el camino. Cada vez que intentamos suplantar, acallar, ningunear, ignorar o reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios en su totalidad y diferencias, construimos comunidades, planes pastorales, acentuaciones teológicas, espiritualidades, estructuras sin raíces, sin historia, sin rostros, sin memoria, sin cuerpo, en definitiva, sin vida. Desenraizarnos de la vida del pueblo de Dios nos precipita a la desolación y perversión de la naturaleza eclesial» (Carta del 31 mayo, nº 1).
Igualmente, también necesitamos dejarnos ayudar por aquellos que no pertenecen a la comunidad eclesial. En la carta del Papa Francisco hay una frase muy desafiante: «Ser “Iglesia en salida” es también dejarse ayudar e interpelar» (Carta del 31 mayo, nº 5). Es ser una Iglesia con las «puertas abiertas» (cf. EG 46-47) en la cual cualquiera pueda entrar y salir libremente. Implica correr el riesgo que entren «los de afuera», miren con otros ojos nuestra realidad eclesial y reaccionen frente a ella. El encierro autodefensivo, con las puertas bien cerradas por el miedo, es roto por fuerza nueva del Espíritu (cf Jn 20,19).
Considero que la condición más básica para poder ser un pueblo de Dios peregrino es la capacidad de escuchar con un corazón atento y dócil. Es la impresionante declaración del Siervo de Yahveh en el profeta Isaías: «El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo. El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás» (Is 50,4-5). Escuchar es difícil, sobre todo porque nos compromete con personas y situaciones que demandan una respuesta de nuestra parte. Pero una buena escucha es indispensable para cualquier discernimiento serio de la voluntad de Dios.
Necesitamos escuchar un abanico de voces que va desde la voz de Dios a la voz del propio cuerpo y de la naturaleza, pasando por todo el amplio espectro de las voces humanas. Escuchar al que quiere compartir sus alegrías y también al que quiere compartir sus dolores. Escuchar al que ha fallado y llega arrepentido y avergonzado, y también escuchar al que se siente vulnerado, víctima y atropellado en cualquier instancia. Escuchar a jóvenes y a ancianos. Para poder escuchar necesitamos crear espacios «donde no se confunda una actitud crítica y cuestionadora con traición. Esto nos tiene que impulsar como Iglesia a buscar con humildad a todos los actores que configuran la realidad social y promover instancias de diálogo y constructiva confrontación» (Carta del 31 de mayo, nº 4).
En definitiva, sin un permanente discernimiento, acompañado de una actitud de escucha seria y amplia, y con instancias en las que todos puedan expresarse, nuestro caminar como Pueblo de Dios será errático.
4. La Iglesia pueblo de Dios que peregrina en Chile
El Papa se dirige al Pueblo de Dios que peregrina en Chile, a esta pequeña porción de la humanidad y de la Iglesia, que vive en un rincón del mundo. Un país largo y estrecho, con toda clase de climas, con terremotos y volcanes. Habitado por un grupo humano que está viviendo una muy profunda transformación cultural, transformación que incluso está ensombreciendo nuestra identidad como nación. Transformación que nos está llevando a una mirada crítica de la propia historia y a formular sueños de futuro que aún no logran aglutinarse en un proyecto común. Somos un grupo humano contradictorio y cambiante, que busca caminos nuevos criticando duramente a sus instituciones, incluyendo las severas críticas a la Iglesia católica que conocemos bien.
Personalmente siento un cariño muy grande por este mi pueblo, que Dios me regaló como compañeros de camino y de humanización. Un cariño que no me hace ciego frente a nuestras incoherencias, pero que me lleva valorar como don de Dios este nuestro especial modo de ser.
La Iglesia en Chile debe estar al servicio de este pueblo chileno, acompañándolo en su crecimiento humano y espiritual. Pero debemos hacerlo con clara conciencia de que todos los errores y limitaciones que vemos en el país también están presentes en nuestra Iglesia; y quizá además tenemos algunos errores más, propios de nuestra estructura eclesial. ¡Felizmente somos parte integrante de esta porción de la humanidad!
No cabe detenernos en un análisis de nuestra realidad social y cultural. Solo quería insistir en que nos encontramos en un proceso de hondísimo cambio cultural, que a todos nos tiene bien desconcertados. No tengamos miedo, porque el Espíritu de Dios sigue actuando y de algún modo está metido en medio de esta transformación cultural. Trabajemos para ser lo más lúcidos y positivos que sea posible, tanto en nuestros aportes a toda la sociedad, como a los procesos de transformación que estamos viviendo al interior de la Iglesia.
5. A modo de conclusión
Como Iglesia chilena estamos desafiados a vivir como Pueblo de Dios en camino. Fortalezcamos nuestra unidad mediante el respeto y la escucha a todos los miembros de la comunidad eclesial, en un plano de fraterna igualdad bautismal, derribando todo muro de indiferencia que nos divida (cf. Ef 2,14). Reforcemos la pasión por tener siempre a Jesús en el centro de nuestro corazón y en el centro de las dinámicas pastorales y organizativas de la Iglesia. Con decisión y sin temores pongámonos en camino, dejándonos guiar por el Espíritu de Dios que está desplegando ante nuestros ojos nuevos horizontes culturales y humanos.
Este desafío lo recibimos en un momento doloroso y exigente para nuestra Iglesia chilena. Pero este hecho puede ser una circunstancia providencial, tal como señala el Papa Francisco en frases de una verdad espiritual muy profunda: «Aceptar los aciertos, así como los límites personales y comunitarios, lejos de ser una noticia más se vuelve el puntapié inicial de todo auténtico proceso de conversión y transformación. Nunca nos olvidemos que Jesucristo resucitado se presenta a los suyos con sus llagas. Es más, precisamente desde sus llagas es donde Tomás puede confesar la fe. Estamos invitados a no disimular, esconder o encubrir nuestras llagas. Una Iglesia llagada es capaz de comprender y conmoverse por las llagas del mundo de hoy, hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y moverse para buscar sanarlas. Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, no busca encubrir y disimular su mal, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas y tiene un nombre: Jesucristo» (Carta del 31 de mayo, nº 6).
NOTAS
[1] Esta reflexión fue presentada durante la Semana Teológico-Pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, julio de 2018.
[2] CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, 1964, Nº9.
[3] Ídem
[4] BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, 2005, Nº1.
AUTOR DE LA IMAGEN: SEBASTIÁN CORREA E.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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