Adviento 2018: “Renovarnos en la esperanza” – Francisco Ibáñez P., pbro.

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Meditación ofrecida al Clero de Santiago durante el encuentro de Adviento en el Santuario de Bellavista de la Florida, 29 de noviembre de 2018.

 

 

Adviento 2018: “Renovarnos en la esperanza”[1]
Francisco Ibáñez Poblete, pbro.
Sacerdote de la Arquidiócesis de Santiago

 

¡Qué bueno estar juntos en este mes de María, reunidos en torno a la Madre y en fraternidad, como lo hacen muchas de nuestras familias, para vivir las más grandes alegrías y también para pasar juntos los dolores! Sí, porque el dolor ha golpeado a nuestra puerta; dolor por la Iglesia que amamos y por la que queremos entregar, a ejemplo de Jesucristo, hasta la última gota de nuestra sangre.
Hace unos meses, cuando iniciaba el trabajo en la Vicaría del clero, visité el hogar sacerdotal Santo Cura de Ars y vi cómo, en medio de las dificultades de la edad o la enfermedad, algunos hermanos nuestros entregan sus últimos años de una manera distinta, en la oración. Qué conmovedor fue verlos haciendo preguntas sobre la situación actual de la Iglesia, pudiendo respirar el dolor que sienten, muchas veces impotentes porque las glorias setenteras y ochenteras no van más. Pero lo que más me impactó fue la capacidad de “ser sacerdotes”, de hablar como sacerdotes, de transmitir una identidad que “les sale por los poros” y supera las sillas de rueda, los burritos y los olvidos. Me impactó ver al “mítico” padre Pedro de la Noi, un genio de la época, cuya historia trascienden en los pasillos del Seminario hasta el día de hoy. Él, totalmente desconectado a causa del Alzheimer, sin entender, trata con delicadeza paternal a las enfermeras, les da la bendición cuando no sabe qué hacer,  pero aun entiende que empieza la misa cuando le ponen una estola.
Hay una historia simpática de don Sergio Contreras Navia. En uno de sus momentos de lucidez, el anciano obispo insistía en presidir la misa del hogar de ancianos donde se encuentra, cosa que era resistida por las religiosas ya que se perdía en la celebración. La superiora del lugar, muy posicionada de su papel le dijo con toda autoridad: «Usted va a concelebrar, pues acá la superiora soy yo». Don Sergio la miró, sin poder decir muchas palabras, miró sus manos y le dijo: «Usted es la superiora, pero yo tengo esto», mostrando su anillo episcopal. Qué maravilla, como un hombre que ha olvidado casi todo, incluso el nombre de sus signos episcopales, se resiste a dejar de cumplir con su labor sacerdotal.
¿Por qué parto con estas historias? Porque el dolor toca nuestra puerta de sacerdotes con la enfermedad y la prueba, y no nos gusta, pero el Adviento es la oportunidad que nos recuerda que «El pueblo que andaba en la oscuridad vio una gran luz» (Is 9,2), como leeremos en la primera lectura durante la misa de medianoche en Navidad.
El Adviento es una oportunidad de renovación en la esperanza, en la esperanza que “Dios no fracasa”, en que “Dios no se contradice a sí mismo” y en que “Él es fiel”. Por eso, hoy quiero hablarles desde la fraternidad, sin cátedras, invitándoles a renovarnos en la esperanza: Renovarnos en la esperanza de saber que la Palabra de Isaías es cierta, que solo íntimamente unidos a Jesucristo veremos la luz que necesitamos, y que aquellos a los cuales servimos necesitan tanto como nosotros.
Una peregrinación a Belén
Por eso la propuesta que les hago es que “Misteriosamente” hagamos una peregrinación a Belén. La invitación es a que podamos convertirnos en “pastores”, los pastores que llegaron al pesebre y encontraron la luz y el calor de Jesucristo aun en medio del hedor, la pobreza y la injusticia.
Escuchemos el relato del nacimiento de Jesús según san Lucas:
Por aquellos días Augusto César decretó que se levantara un censo en todo el Imperio romano. Este primer censo se efectuó cuando Quirino gobernaba en Siria. Así que iban todos a inscribirse, cada cual a su propio pueblo.
 
También José, que era descendiente del rey David, subió de Nazaret, ciudad de Galilea, a Judea. Fue a Belén, la Ciudad de David, para inscribirse junto con María su esposa. Ella se encontraba encinta y, mientras estaban allí, se le cumplió el tiempo. Así que dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada.
 
En esa misma región había unos pastores que pasaban la noche en el campo, turnándose para cuidar sus rebaños. Sucedió que un ángel del Señor se les apareció. La gloria del Señor los envolvió en su luz, y se llenaron de temor. Pero el ángel les dijo: «No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy les ha nacido en la Ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: Encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». (Lc 2, 1-12)

 

Tinieblas y luz, enemistad y paz, muerte y vida. Estas tensiones forman parte del marco de contradicción de Navidad. Sabemos que los símbolos buscan transmitir una profundidad que las palabras no alcanzan y es natural que la Sagrada Escritura nos muestre una gran riqueza simbólica para describir un misterio que es en sí mismo indescriptible: Dios está con nosotros, Dios se ha hecho uno de nosotros. Y eso nos invita a reconciliarnos con todas nuestras miserias, con todos nuestros dolores, con todas nuestras inconsistencias. Porque si Dios se ha hecho hombre como nosotros, entonces pertenecer a la raza humana es lo mejor que puede existir.
Qué maravilla ser hombres, que maravilla sentir, amar, llorar, crecer, envejecer. Qué maravilla ser hombres en toda la plenitud de la palabra. Por eso, el primer movimiento espiritual al que quisiera invitarles es a “dar gracias”; aun en el dolor y en tiempos de crisis, a dar gracias por estar juntos, por el ministerio que se nos ha confiado por pura misericordia. Dar gracias a Dios porque es, porque existe, porque está. Demos gracias a Dios a pesar de que ustedes y yo podemos fallar, pero Él no falla. Y esa es nuestra esperanza.
Un autor español dice que «Un hombre agradecido ya ha salvado su alma». Y la acción de gracias es el mejor remedio para la amargura existencial, que amenaza con meterse en medio nuestro, y que queremos rechazar, porque una cosa es la tristeza, pero otra es la amargura; y cristianismo y amargura son términos contradictorios y excluyentes entre sí. Dicho de otra manera, un cristiano amargado ha renunciado a la vivencia del cristianismo. Por eso, hermanos, humilde y fraternamente los invito a estar atentos al virus de la amargura, pues cuando la amargura llega a nuestra vida sacerdotal, es el momento de pedir ayuda. Sé que a muchos de nosotros nos cuesta pedir ayuda, pero nosotros mismos le decimos a la gente que pedir ayuda no tiene nada de malo. Yo les doy testimonio que, cada vez que he necesitado pedir ayuda en estos años, la he encontrado y me ha ayudado a tratar de vivir bien el regalo del ministerio.
No queremos la amargura, queremos “Ver la luz” de la que hablaba Isaías. Por eso me parece que un buen camino espiritual es peregrinar a la luz. Necesitamos movernos hacia Jesucristo, ir a Belén, no tener miedo al hedor, a las pobrezas;  porque, al fin y al cabo, Jesucristo nace en la indefensión, en la pobreza, en el mal olor. ¡No tengamos miedo, vamos a Belén!
Vamos de la amargura y la oscuridad a la luz
El pueblo que caminaba en tinieblas. Las tinieblas, en las culturas antiguas de Mesopotamia y Egipto, representaban el caos primordial donde vagaban las potencias hostiles al hombre. Al inicio del Génesis se dice: Al principio Dios creó el cielo y la tierra: La tierra no tenía forma y las tinieblas cubrían el abismo (Gn 1, 1-2a).
Este símbolo de las tinieblas es la imagen de toda situación negativa, donde nos dominan el miedo, el dolor, la rabia y el desconcierto. Más de alguna vez el pueblo santo de Dios o nosotros nos hemos sentido en tinieblas, pero tal como Israel, queremos pedirle al Señor que nos regale la experiencia de “gustar” cómo la luz se abre paso entre las tinieblas.
El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una gran luz, sobre aquellos que habitaban el país de la oscuridad ha brillado una gran luz. La doble mención de las tinieblas y de la luz nos renueva en la conciencia de la fuerza liberadora de Dios, que irrumpe en la noche, en nuestras noches, en medio de la miseria humana para hacer resplandecer todo; todo toma color y aparece la gloria, la plenitud suprema de la verdadera paz (del sentido más profundo de la palabra Shalom). Hacia esto nos conduce el camino del Adviento, a reconocer que Dios irrumpe en nuestra historia dañada, para dar nueva dignidad a los que viven en las tinieblas, a los que ya no esperan nada, a los que están sin esperanza y sin futuro.
Por eso el Adviento es renovación de la esperanza, porque es una respuesta concreta, actitudinal, a los pequeños o grandes rincones de nuestros corazones de pastores necesitados de luz. Este es un tiempo de renovación, porque es Dios quien quiere irrumpir en nuestras oscuridades, en nuestras desolaciones, en nuestras esperanzas olvidadas. Por eso, un segundo movimiento espiritual que les propongo es presentar a Dios, en sinceridad, los rincones de mi corazón sacerdotal que necesitan ser iluminados: mis desesperanzas, mis enojos, mis dolores; no como una cosa culposa, sino como una ofrenda: «Señor, esto es lo que me pasa. Ven a renovar e iluminar mi vida» y, así, estar y gozar en su presencia y de su luz renovadora. A lo mejor, a alguno le brota el deseo del sacramento de la reconciliación: ¡Bien, aproveche!
Somos pastores, vamos a Belén.
¿Cuál es la actitud para llegar al pesebre hoy? Hay un autor español llamado José Luis Martín Descalzo, que a mí me ha ayudado mucho en tiempos de dificultad. En uno de sus libros, llamado Razones para la Esperanza, habla de la actitud para llegar hasta el pesebre. Escribe:
La puerta de entrada a la Basílica de la Natividad, en la ciudad de Belén, tiene una puerta de solo un metro veinte de altura por la que solo los niños podían entrar sin agacharse. Esa entrada se remodeló así en la Edad Media para evitar que los moros pudieran penetrar en el templo a caballo, descabezando a los fieles en oración. Pero la verdad es que para mí también tiene un profundo sentido espiritual: que al portal de Belén solo se puede llegar de dos maneras: o teniendo la pureza de los niños, o la humildad de quienes se atreven a inclinarse ante Dios. Es lógico, porque si Dios se hizo pequeño para llegar hasta nosotros, ¿cómo podríamos llegar nosotros hasta Él sin volvernos también pequeños?
¡Es notable! Por eso, llegar a Belén, llegar a la Luz, implica hacerse pequeños y humildes.
Un tercer posible movimiento es examinar nuestra actitud vital delante de Dios y de los hermanos. ¿Cómo estamos viviendo ese anhelo del corazón de todo sacerdote de inclinarse frente Cristo pobre y obediente? Lo deseamos, pero a veces las preocupaciones o vernos superados nos agotan, podemos tener la tentación de perder la sensibilidad por la sobre exigencia. Por eso, con honestidad, también los invito a renovar nuestro deseo de servicio humilde. Si producto de nuestra humanidad algo no anda muy bien, pidamos al Señor que nos regale la renovación, y agradezcámosle también por las veces que, por su misericordia, hemos inclinado las rodillas de nuestro corazón delante de Cristo pobre y sufriente.
Queremos llegar a Belén y conmovernos
¿Que es Belén? Es algo muy lejano a los pesebres lindos y producidos, sino más bien es una oda al descriterio. Así lo vemos en el profeta Miqueas:
Pero tú, Belén de Éfrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti sacaré el que ha de ser jefe de Israel: su origen es antiguo, de tiempo inmemorial. Por eso el Señor los abandonará hasta que la madre dé a luz y el resto de los hermanos vuelva a los israelitas. (Miq 5, 2-3)
Belén hoy es una ciudad del dolor, llenas de policías, de sospecha, de tensión; donde no se respira la atmosfera de confianza que está llamada a transmitir, así como nosotros, que hemos perdido la confianza de la gente. Por eso, volver a Belén y ver que ahí nace Jesús, está lleno de sentido para estos tiempos.
No había sitio en la posada
La tradición popular se imagina a José de puerta en puerta, recibiendo negativa tras negativa de sus egoístas parientes. Viene a nuestra imaginación la figura del posadero que, con rostro avariento, se asoma sin compasión para decir “no hay posada”. Pero en las posadas palestinas, en realidad, siempre había sitio y a esa frase hay que darle un sentido diverso. La posada era un patio cuadrado, rodeado de altos muros. En su centro había una cisterna en torno a la cual se amontonaban bestias, burros, camellos y corderos. Pegados a los muros había unos cobertizos en los que vivían y dormían los viajeros.
Un biblista italiano dice que “En aquel amasijo de hombres y bestias revueltos se hablaba de negocios, se rezaba, se cantaba y se dormía, se comía y se efectuaban las necesidades naturales, se podía nacer y se podía morir, todo en medio de la suciedad y el hedor que aún hoy infectan los campamentos de los beduinos en Palestina”. A este patio se asomó José y comprendió enseguida que allí no «había sitio». Sitio material, sí. Jamás dirá un oriental que no hay lugar. El asunto es que el lugar del nacimiento era un poco “más pudoroso, pero igual o peor de asqueroso, por eso no había gente”.
Este dato es muy importante a la hora de hablar de esperanza: ¡Dios nace medio del dolor! Nosotros vivimos tiempos de dolor; por eso este adviento puede ser una extraordinaria oportunidad para pedir a Dios que nazca en medio del propio Belén de nuestro corazón.
Plantear las cosas no siempre es fácil. Queremos evitar la actitud del triunfalismo ingenuo, como ese que se desprende de una broma típica entre un grupo de amigos cuando nos saludamos:
¿Cómo estás?
¡De película! Sí, pero de película de terror!
O la otra broma
¿Cómo estás?
Como la Iglesia, siempre en mi mejor momento.
Entendemos lo que se quiere decir: “Dios está con nosotros”, pero se ha hecho niño frágil y necesita de nuestra respuesta, necesita nuestra colaboración en la construcción del Reino. Por eso, el Adviento nos renueva en la conciencia esperanzada de que nuestra vocación es don y tarea, que es llamada misericordiosa y respuesta misericordiada, ocupando las palabras del Papa Francisco en la catedral[2]. Pero esa respuesta misericordiada no tiene sentido sin la experiencia de ser sujetos activos de misericordia.
¿Y cuál es la certeza que la misericordia de Dios nos regala? El papa emérito Benedicto XVI, en una homilía a los obispos suizos en noviembre de 2006 invitaba a preguntarse:
¿Qué significa estos tiempos difíciles para nosotros? Ante todo tenemos una certeza: Dios no fracasa. “Fracasa” continuamente, pero en realidad no fracasa, pues de ello saca nuevas oportunidades de misericordia mayor, y su creatividad es inagotable. No fracasa porque siempre encuentra modos nuevos de llegar a los hombres y abrir más su gran casa, a fin de que se llene del todo. No fracasa porque no renuncia a pedir a los hombres que vengan a sentarse a su mesa, a tomar el alimento de los pobres, en el que se ofrece el don precioso que es él mismo. Dios tampoco fracasa hoy. Aunque muchas veces nos respondan “no”, podemos tener la seguridad de que Dios no fracasa. Toda esta historia, desde Adán, nos deja una lección: Dios no fracasa. También hoy encontrará nuevos caminos para llamar a los hombres y quiere contar con nosotros como sus mensajeros y sus servidores, a pesar de nuestra pobreza.[3]
Por eso, otro movimiento espiritual que me atrevo a proponerles es pedir una gracia en positivo: ¡Señor, ayúdame a confiar en ti! Por Dios que es difícil para algunos poder confiar. No confían porque han dañado su confianza con heridas profundas, no confían porque el “principio del contador” está metido en nuestra cultura (“No confíes en nadie). No confían porque no ven salida.
Por eso, esta cuarta propuesta posible de oración es tener un coloquio con Jesús y examinar mi confianza en él. Si nuestra confianza está decayendo, podemos pedir al Señor la gracia de volver y acrecentar la confianza en él. Podemos tener la seguridad de que Dios no fracasa, y esta es nuestra esperanza.
El niño en pañales, en un pesebre.
Para nosotros, como hombres creyentes, el niño de Belén representa el sí definitivo de Dios a la Historia. También es un sí para la creación maltratada por nosotros; un sí a los pueblos que sufren el hambre, la guerra o la opresión; un sí a los que buscan mejores oportunidades en nuestra tierra y que no siempre son bien tratados, un sí a la paz y al respeto de nuestros pueblos originarios, un sí a las personas, a nosotros, a los pobres, a todos.
El relato de Navidad que hemos leído en Lucas se encuadra en este sentido. El relato de la historia del censo al parecer no busca solo darnos un contexto histórico, más bien pareciera que busca hacer una “teología de la historia” mostrando a Jesús como “la respuesta” a todas las esperanzas del pueblo de Israel y de la humanidad. De ahí se entiende que este evangelio, al final, en el relato de Emaús, ponga en la boca de los apóstoles nuevamente la expresión de lo que el pueblo esperaba. Dicen los discípulos de Emaús: Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel, pero ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió (Lc 24, 21).
Precisamente el encuentro con el resucitado es la prueba más plena de que “Dios no fracasa”, que Dios hecho hombre da sentido a la historia de toda la humanidad.
El Adviento, entendido como una renovación de la esperanza, es ponerse en camino a Belén con José y María; no como un viaje turístico, sino en un plan más amplio, en un plan divino donde todo gemido viene escuchado, donde todo suspiro es considerado. Dios nace en un lugar pobre, en medio de una familia pobre, pues el camino de la Encarnación pasa por el camino de los pobres: Zacarías, Isabel, Simón, Ana, José, María, son los “pobres del Señor”, los que esperan en Él la salvación y no tienen la confianza puesta en los poderes de este mundo.
Fijemos nuestra mirada en los pañales y el pesebre, signos de fragilidad y pobreza. Este es el estilo de Dios, que normalmente no ofrece señales extraordinarias porque sabe que los fuegos artificiales son muy lindos, pero una vez que se terminan queda la oscuridad y el vacío. Dios es silencioso y prudente, y si nos decidimos a buscarlo, por ejemplo, en lo que Aparecida llama los “lugares de encuentro con Jesucristo”, daremos un paso importante en la búsqueda de nuestro Señor y Maestro[4]. Así, podemos dar una mirada a nuestra relación con Jesús en la Sagrada Escritura, en la liturgia (especialmente en la misa dominical), en el sacramento de la reconciliación, en la oración personal y comunitaria, en la piedad popular y en los pobres.
Quien quiera encontrarlo tendrá que aprender a reconocerlo en el grito del pobre, en el llanto de un niño, en el silencio de los sufrientes. A los pastores de Belén les dan como signos “un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Con nosotros el signo no puede ser distinto porque Dios no puede contradecirse a sí mismo.
El último movimiento espiritual que me atrevo a proponerles es examinar cómo estamos en nuestro encuentro con Jesucristo. Nosotros sacerdotes, llamados a este “oficio de amor”, no podemos sino ser “hombres profundamente amantes y de profunda intimidad con Jesucristo”. Solo al contacto con la fuente del Amor y de la Esperanza podemos ser pastores y servidores del pueblo santo. Por eso les invito a formular algunas preguntas que nos podrían ayudar:
¿Cómo va nuestro contacto con la Palabra de Dios? ¿Cómo está nuestra espiritualidad eucarística?
¿Con qué espíritu y frecuencia me acerco a recibir el “Abrazo del Padre misericordioso” en el sacramento de la confesión?
¿Cómo está mi encuentro íntimo con Jesucristo en la oración personal?
¿Cómo vivo la vida comunitaria?
¿Me renuevo con la piedad popular y las manifestaciones del Pueblo Santo al que acompaño?
¿Tengo un contacto efectivo y afectivo con los más desposeídos y vulnerados?
El Sí de Dios en Belén, pronunciado una vez y para siempre, tiene grandes implicancias. Ese Sí hace que toda creatura sea merecedora, por misericordia, de acogida y Amor (el sacerdocio es un “oficio de Amor”) y desde ese Sí, ninguna vida es indigna de ser vivida. El Sí de Dios en Belén nos recuerda que cualquiera de nosotros que esté complicado, inquieto, nostálgico, triste o enfermo, tendrá en Cristo una respuesta y una oportunidad de renovación, de respuesta a todas las interrogantes de nuestro corazón sacerdotal.
El gemido de la creación, de los pobres, de todas las personas que viven en el dolor, de la Iglesia, de nosotros, no es el gemido de un moribundo, sino que por el Sí de Dios en Belén ese gemido de dolor se transforma en el grito de una madre a punto de dar a luz. Es el grito de la Iglesia-Madre, que espera la colaboración sencilla de sus hijos para el nacimiento de un “Cielo nuevo y una tierra nueva”, de la ciudad Santa, de la Nueva Jerusalén, donde Dios secará las lágrimas de nuestros ojos y donde Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir (Ap 21,4).
Para recapitular: El Adviento es una posibilidad preciosa de renovarnos en la esperanza cristiana y ministerial. A la luz de una peregrinación espiritual a Belén, les propongo cinco posibles movimientos espirituales:
1. El primer movimiento espiritual es a “dar gracias aun en este tiempo”.
2. Un segundo movimiento es presentar a Dios, en sinceridad, los rincones de mi corazón sacerdotal que necesitan ser iluminados.
3. Un tercer posible movimiento es examinar nuestra actitud vital delante de Dios y de los hermanos: ¿Cómo estamos viviendo ese anhelo del corazón de todo sacerdote de inclinarse frente Cristo pobre y obediente?
4. La cuarta propuesta posible de oración es tener un coloquio con Jesús y examinar mi confianza en él.
5. El último movimiento espiritual que me atrevo a proponerles es examinar cómo están nuestros lugares de encuentro con Jesucristo.
Hermanos sacerdotes: ¡Cristo es nuestra esperanza! Los “Sí” de Dios tienen esa característica: Son de una vez y para siempre. El Sí de Dios en la cruz ha sellado la alianza de una vez para siempre; el “Sí” de Dios en Belén nos abre a la esperanza de la renovación. Que este tiempo de adviento sea también un tiempo de renovación del “Sí” que nosotros le hemos dicho a Dios el día de nuestra ordenación.
¡Alabado sea Jesucristo!

 

NOTAS
[1] Meditación ofrecida al Clero de Santiago durante el encuentro de Adviento en el Santuario de Bellavista de la Florida, 29 de noviembre de 2018.
[2] Francisco, Discurso en el encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristas, Catedral Metropolitana, Santiago de Chile, 16 enero de 2018:
¿Qué es lo que fortalece a Pedro como apóstol? ¿Qué nos mantiene a nosotros apóstoles? Una sola cosa: «Fuimos tratados con misericordia». «Fuimos tratados con misericordia»(1 Tm 1,12-16). «En medio de nuestros pecados, límites, miserias; en medio de nuestras múltiples caídas, Jesucristo nos vio, se acercó, nos dio su mano y nos trató con misericordia. Cada uno de nosotros podría hacer memoria, repasando todas las veces que el Señor lo vio, lo miró, se acercó y lo trató con misericordia»[3]. Los invito a que lo hagan. No estamos aquí porque seamos mejores que otros. No somos superhéroes que, desde la altura, bajan a encontrarse con los «mortales». Más bien somos enviados con la conciencia de ser hombres y mujeres perdonados. Y esa es la fuente de nuestra alegría. Somos consagrados, pastores al estilo de Jesús herido, muerto y resucitado. El consagrado –y cuando digo consagrados digo todos los que están aquí– es quien encuentra en sus heridas los signos de la Resurrección. Es quien puede ver en las heridas del mundo la fuerza de la Resurrección. Es quien, al estilo de Jesús, no va a encontrar a sus hermanos con el reproche y la condena”.
[3] Benedicto XVI, Homilía del Santo Padre durante la Misa concelebrada con los obispos de Suiza, Capilla Redemptoris Mater, 7 de noviembre de 2006.
[4] Documento de Aparecida, 246 ss.

 

IMAGEN: DETALLE DE “PUERTA DE LA MISERICORDIA” DE SEBASTIÁN CORREA E.

 

 

 

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