Claves para el diálogo teológico en tiempos de crisis según el De synodis de Hilario de Poitiers – Samuel Fernández, Pbro.

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Artículo publicado en la edición Nº 1.193 (ENERO- MARZO 2017)
Autor: Samuel Fernández E., Facultad de Teología UC
Para citar: Fernández, Samuel; Claves para el diálogo en tiempos de crisis según el De synodis de Hilario de Poitiers, en La Revista Católica, Nº1.193, enero-marzo 2017, pp. 41-51

 

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Claves para el diálogo teológico en tiempos de crisis según el De Synodis de Hilario de Poitiers [1]
Samuel Fernández E., pbro.
Facultad de Teología
Pontificia Universidad Católica de Chile

Hilario de Poitiers jugó un papel muy importante durante la «crisis arriana» del siglo IV. Su ejemplar esfuerzo por comprender la teología de sus adversarios, en un debate marcado por las descalificaciones y la intransigencia, distingue al obispo de Poitiers como teólogo eclesial particularmente dedicado a buscar el mutuo entendimiento entre las diferentes tradiciones teológicas de Oriente y Occidente. Por defender la fe de Nicea, debió partir al exilio en Frigia, en el año 356. Pero su exilio en Oriente, en vez de replegarlo en la intransigencia, lo abrió a la riqueza teológica de Oriente. En sus años de exilio, Hilario comprendió que muchos de los orientales tenían una fe ortodoxa, pero que era expresada con una terminología diferente. En este contexto, Hilario escribe el libro De Synodis (PL 10, 471-546), una obra que busca la mutua comprensión entre antiarrianos de ambas partes del Imperio que, según la perspectiva de esta obra, se miraban como adversarios sin serlo en realidad. Para este propósito, ofrece un conjunto de principios para favorecer el diálogo teológico.
1. Contexto histórico y teológico del De synodis
Hilario está situado en una coyuntura histórica muy particular, que es necesario tener en cuenta. De una afirmación del De synodis, se deduce que el obispo de Poitiers entró en la escena de la controversia arriana en el sínodo de Béziers, a inicios del año 356, y que anteriormente ni siquiera conocía la fe de Nicea (De synodis, 91). Este sínodo, convocado por el emperador Constancio II, buscaba que los obispos latinos confirmaran la condenación a Atanasio. Hilario se negó a firmar y junto con Rodanio de Tolosa fue exiliado, tal como los sínodos de Arlés (año 353) y Milán (año 355) habían hecho con Dionisio de Milán, Eusebio de Vercelli, Paulino de Tréveris y Lucífero de Cagliari.
El exilio en Frigia, que se prolongó hasta el 361, significó una notable contribución a la formación teológica de Hilario, en especial, porque le permitió entender la complejidad de la controversia teológica y liberarse de ciertos rígidos esquemas que circulaban en Occidente. El problema era el siguiente: muchos obispos de Oriente rechazaban el término «consubstancial» profesado por el Concilio de Nicea (es decir, la identidad de sustancia entre el Padre y el Hijo), porque lo entendían como una herética afirmación de la identidad personal del Padre y el Hijo (como si ambos fueran una sola persona). Los obispos de Occidente, en cambio, creían que cualquiera que rechazaba Nicea negaba la divinidad del Hijo y era arriano.
Al año siguiente del exilio de Hilario, es decir, a mediados del año 357, para lograr la unidad del Imperio, herido por las controversias teológicas, el Emperador convocó un sínodo en Sirmio (actualmente en Serbia). La asamblea episcopal redactó la Segunda fórmula de Sirmio, que prohibía el uso teológico del término sustancia (oùsía) y de sus derivados. De esta manera, se prohibía el Credo del Concilio de Nicea (año 325). La intención del emperador Constancio II era acabar con las discusiones y lograr así la ansiada unidad de la Iglesia y, por lo tanto, del Imperio. Pero, esta declaración suscitó un fuerte rechazo en Occidente y, además, un poco esperado rechazo en Oriente. De hecho, un grupo de obispos orientales, que no aceptaban el término «consubstancial» de Nicea para defender la distinción personal entre ambos y que, por ello, eran vistos como arrianos por los occidentales, consideró inaceptable esta fórmula, demostrando que no eran arrianos, sino que tenían una fe ortodoxa, pero que se expresaba con una terminología diferente a la de Nicea.
A partir del año 357 y sobre todo en el año 358, gracias a Basilio de Ancira y Jorge de Laodicea, este grupo de obispos orientales (los homeousianos), que sin ser arrianos eran tenidos por tales por los occidentales, se organizó para luchar contra los verdaderamente arrianos, que por esos tiempos tenían a la cabeza a Eudoxio, a Aecio y a Eunomio (los anomeos). En esta situación, Hilario redacta el De synodis, cuya intención es clara: quiere compartir por carta «algunas consideraciones de la recta fe», y exponerles a sus colegas occidentales el contenido de la fe de los obispos orientales, que es objeto de sospechas. En otras palabras, Hilario busca que sus colegas de Occidente, en vez de sospechar, comprendan la fe de los obispos orientales. El obispo se esfuerza por mostrarle a los occidentales que muchos obispos orientales, a veces con diferentes términos, profesan la misma fe católica.
2. Claves para el diálogo teológico en tiempos de crisis
Hilario, entonces, escribe en medio de una severa crisis teológica. Pero, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, en medio de la polémica, no pretende destacar los errores de sus adversarios, sino que, desde la perspectiva privilegiada que le había otorgado su conocimiento de la teología de los obispos orientales, busca favorecer el entendimiento entre los obispos antiarrianos de Oriente y Occidente. De hecho, ambos grupos, pertenecientes a tradiciones teológicas y a lenguajes técnicos distintos, se miraban como adversarios.
Teniendo en cuenta este propósito, es posible reconocer en el obispo de Poitiers algunas actitudes que favorecen el diálogo teológico en tiempos de crisis. Más allá de algunas actitudes más bien morales, como el equilibrio, la sinceridad y la constancia (De synodis, 4; 8; 23), Hilario insiste en otras de carácter teológico. Estas son las que se pretende exponer en las siguientes páginas.
a. Atender al contexto de las fórmulas doctrinales
Hilario reconoce que las declaraciones doctrinales de los sínodos nacen de la necesidad de refutar errores particulares. Es decir, los documentos magisteriales de los obispos responden a contextos polémicos concretos. Esta simple afirmación permite a Hilario justificar una realidad que preocupaba a muchos obispos, a saber, la multiplicación de fórmulas de fe. Mientras algunos insistían en que bastaba con el credo de Nicea, el obispo de Poitiers señala que diversos momentos y lugares, es decir, diversas situaciones concretas, habían hecho necesario que fueran escritas otras profesiones de fe (De synodis, 7; 28; 33; 63). De esta simple constatación se deduce una importante clave: para comprender el magisterio de los obispos, es necesario conocer su contexto histórico. Por ejemplo, cuando el obispo de Poitiers se propone comentar la segunda fórmula de Antioquía (341), un documento sospechoso de arrianismo para muchos occidentales, pues no contiene el término consubstancial de Nicea, recuerda que hay que tener en cuenta el propósito de texto:
«En primer lugar se debe saber que, en Antioquía, los obispos no se congregaron contra la herejía [arriana], que ha osado confesar que el Padre y el Hijo son de sustancia desemejante, sino contra la herejía que, después del santo sínodo de Nicea, quería atribuir tres nombres al Padre» (De synodis, 32).
La preocupación por el contexto doctrinal es fundamental: la ausencia del término consubstancial de Nicea, el «homoúsios», podía ser vista como una concesión al arrianismo o como una reacción contra una interpretación sabeliana de Nicea (como si al decir que el Padre y el Hijo son una única sustancia, afirmara que ambos son una sola persona). Según Hilario, entonces, el sínodo se concentró en clarificar la distinción real entre las personas y no su mutua unidad, porque quería hacerles frente a los herejes que, por insistir en la unidad, caían en el sabelianismo. De este modo, no solo es necesario prestar atención a las palabras de los documentos, sino también a su propósito.
Es tan relevante el propósito de los documentos, que Hilario llega a afirmar que las fórmulas contrarias, en cuanto a la letra, pueden ser concordantes en su contenido. Esta reflexión era exigida por un problema bien concreto: la aparente contradicción entre el sínodo de Antioquía (año 268) que, según algunos obispos orientales, había rechazado que el Hijo fuera consubstancial al Padre, y el sínodo de Nicea (año 325), que había declarado al Hijo consubstancial al Padre (De synodis, 86). Contra la herejía de Pablo de Samosata, había sido necesario insistir en la distinción entre el Padre y el Hijo y, por ello, en el año 268 se rechazó la unidad de sustancia (homoúsios), porque era utilizada por la herejía sabeliana para eliminar la distinción personal del Hijo respecto del Padre; en cambio, contra la herejía contraria, es decir, la de Arrio, era necesario insistir en la unidad entre el Padre y el Hijo y, por ello, en el año 325 se definió su unidad de sustancia (homoúsios).
b. Atender a la diferencia entre el contenido de la fe y su formulación
Hilario destaca la desproporción que se verifica entre el contenido de la fe del creyente y su expresión concreta. De hecho, a propósito de este tema, afirma: «Me faltan las palabras, no la comprensión» (De synodis, 65). Es decir, declara que cuenta con la comprensión interna de la fe, pero que carece de las palabras adecuadas para expresarla. En varias partes, el De synodis supone la diferencia entre los términos con que se expresa la fe (nomen /verbum) y el contenido de la fe (sensus /intelligentia). Esta importante distinción entre el contenido de la fe y las palabras de su formulación tiene relevantes consecuencias para el debate teológico, en especial, en tiempos de crisis. Por una parte, indica que no basta proclamar materialmente las fórmulas correctas para profesar, de hecho, la fe correcta. Así lo denuncia el obispo exiliado por defender la fe de Nicea:
«Muchos de entre los nuestros, hermanos queridísimos, confiesan de tal manera (ita) una sola sustancia (una substantia) del Padre y del Hijo que se puede ver que la confiesan más impía que piadosamente» (De synodis, 67).
Es decir, los de tendencia sabeliana afirman con Nicea la unidad entre el Hijo y el Padre, pero lo hacen de tal manera que suprimen la diversidad de personas. Y, por el contrario, los arrianos, «proclaman al Padre y al Hijo solo con los nombres, pero no en la verdad de la esencia, natural y genuina» (De synodis, 20), dado que, si el Hijo fuera una criatura, como afirmaban los arrianos, Dios no sería Padre del Hijo, sino solo su Creador, y el Hijo no sería Hijo, sino una criatura. Por otra parte, frente a las disputas acerca de la legitimidad de algunos términos técnicos, Hilario reconoce que a veces los desacuerdos radican no en el contenido de la fe, sino en su expresión verbal:
«En efecto, es vano temer un pleito referido a una palabra (verbum) allí donde la realidad misma (res ipsa), a la que se refiere la palabra (verbum), no presenta dificultad» (De synodis, 83).
Con estas palabras, nuestro autor insiste en que lo verdaderamente relevante no es la expresión verbal (verbum), sino el contenido mismo de la fe (res ipsa). Hay un tercer caso: cuando la fe es correcta sin estar vinculada a una determinada fórmula. En este caso se encontraba el propio obispo de Poitiers, hasta el año 356, en que fue exiliado:
«Renacido no hace mucho, y habiendo permanecido en el episcopado por un poco de tiempo, nunca escuché la fe Nicena sino cuando debía partir al exilio (año 356). Sin embargo, los Evangelios y los apóstoles me grabaron interiormente la comprensión del homoúsios y del homeoúsios» (De synodis, 91).
Si bien Hilario no conocía el texto del Credo niceno, de todos modos, gracias a los Evangelios y los apóstoles, adhería al contenido de él (es decir, la res ipsa). Aun sin conocer la formulación de Nicea, su fe no era algo vago y genérico, prueba de ello es que su defensa de esta fe le valió el exilio a Frigia. Finalmente, un último caso, que es el más deseable, se verifica cuando se persevera tanto en una correcta profesión de fe como en su adecuada comprensión.
Entonces, la recomendación del teólogo es que, en tiempos de crisis, la discusión teológica no debe centrarse en los términos (verba), sino en el contenido mismo de la fe (res ipsa). Esta constatación plantea un nuevo problema: si las fórmulas (verba) no aseguran la expresión del contenido de la fe (res ipsa), ¿cómo consolidar la unidad de la fe eclesial, que exige un contenido accesible a todos? Sin duda, el carácter eclesial de la fe exige formulaciones verbales, comprensibles para todos, pero ¿cómo asegurar que las fórmulas expresen, para todos, el mismo contenido de la fe eclesial? La respuesta de Hilario es simple: en tiempos de crisis, es necesario explicar las fórmulas:
«Entre estos peligros para la fe, tantos y tan grandes, se ha de moderar la brevedad de las palabras, para que no se juzgue que se dice de modo impío lo que se entiende piadosamente, y para que el discurso, con una comprensión segura e inocente, no se vuelva culpable con ocasión de los herejes» (De synodis, 69).
Con estas palabras Hilario reacciona, por una parte, contra quienes juzgan la ortodoxia solo sobre la base de la adhesión material a la letra del símbolo de Nicea, sin interesarse por su comprensión, y, por otra, contra los que expresan su fe correcta con formulaciones que favorecen a los herejes. En ambos casos, la solución es evitar la brevedad de las fórmulas, es decir, ofrecer la fórmula junto con su explicación. Naturalmente, para explicar el contenido de las fórmulas, es necesario definir también el contenido de los términos técnicos de la teología trinitaria. Antes de exponer los cánones de Ancira (358), nuestro autor declara:
«Porque frecuentemente nos es necesario el nombre de «esencia» y «sustancia», debemos conocer qué significa esencia, para que no suceda que cuando hablemos de las realidades ignoremos el contenido de las palabras» (De synodis, 12).
Nuevamente, aparece el problema de la distinción entre la palabra (verbum) y su contenido (res). La clarificación del contenido de las palabras que se utilizan en el debate teológico es una condición necesaria para un diálogo fecundo, pues permite evitar «las sospechas y los desacuerdos de palabras» (De synodis, 9).
c. Esforzarse por comprender al interlocutor
Por otra parte, la falta de claridad en el contenido de los términos de la discusión implica el riesgo de la sobre-interpretación, es decir, que el lector, yendo más allá del discurso de su interlocutor, suponga elementos que, de hecho, no están presentes en la mente de su adversario y condene sus palabras. Contra este riesgo, el obispo afirma:
«Tengo miedo, no de vosotros –el Señor conoce mi sentimiento–, sino de algunos que se tienen por demasiado sensatos y prudentes, que no entienden el precepto del bienaventurado Apóstol para ellos: ‘No sobreentendáis’» (De synodis, 6).
La reacción es contra aquellos que, aun sin haber escuchado la argumentación completa, suponen el resto de la argumentación y la rechazan. Por ello, Hilario ruega:
«Que ninguno crea que me debe juzgar por el inicio de esta carta, antes de la conclusión del texto. En efecto, sin conocer hasta el final la lógica de las afirmaciones, es injusto dictar una sentencia preconcebida» (De synodis, 6).
El autor latino, dado que ofrece una argumentación compleja y balanceada, dice que quiere evitar que alguno lo condene antes de escuchar la exposición completa (De synodis, 32). En la misma línea, el obispo latino insiste en que no se debe rechazar una afirmación por el hecho de que pueda ser mal comprendida. Como es sabido, el sínodo de Sirmio (año 357) prohibió el uso del término «substancia» alegando que muchos se sentían confundidos por el término (De synodis, 11). En su defensa del «consubstancial» de Nicea, contra los que lo rechazaban por su eventual interpretación sabeliana, reacciona contra los que decían que se debía reprobar el término «consubstancial» porque era posible que se entendiese mal. En este contexto, argumenta:
«Si tememos lo [que puede entenderse mal], entonces borremos en el Apóstol lo que ha dicho: El Mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús (1Tim 2,5), porque Fotino usa esto para fortalecer su herejía. También sucumba la carta escrita a los Filipenses, o por el fuego o por la esponja, para que en ella Marción no relea: Hallado en figura como de hombre (Flp 2,7), profesando que hay una ilusión de cuerpo, no un cuerpo. Que no se conserve el evangelio de Juan, para que Sabelio no diga: Yo y el Padre somos uno (Jn 10,30), y para que los [eunomianos] no encuentren escrito: El Padre es mayor que yo (Jn 14,28). Que dejen de existir los libros de Moisés, para que las tinieblas no sean coeternas a Dios, para que los años de Matusalén no superen el tiempo del diluvio y para que Dios, escuchando el clamor de los de Sodoma, como uno que ignora el clamor, no descienda para ver si acaso junto con el clamor se han completado los pecados, y no parezca que Dios ignoraba lo que sabía (Gn 18,21). Y dado que todo esto es mal comprendido por ellos, entonces no sea leído por nosotros. Sucumban, además, todos aquellos divinos y santos Evangelios de la salvación humana, para que no se contradigan entre sí por el contenido contrario de las afirmaciones» (De synodis, 85).
Finalmente, remata la argumentación, diciendo: «Entonces, no nos deberíamos gloriar en la cruz de Cristo, porque es escándalo para el mundo» (De synodis, 85). Y concluye, cuando una afirmación puede comprenderse mal, no hay que suprimirla, sino buscar la manera de comprenderla bien.
d. Evitar la unilateralidad
Los ambientes polémicos tienden a la polarización, a la intransigencia y, en definitiva, a la unilateralidad. Por esto, en medio de la severa crisis arriana, Hilario insiste varias veces en la necesidad de evitar las unilateralidades. Dado que en los años de la redacción del De synodis la discusión se había centrado de manera excesiva en la «consubstancialidad» entre el Padre y el Hijo, el obispo de Poitiers afirma:
«El católico que debe afirmar una sola sustancia del Padre y del Hijo, no comience por aquí, ni sostenga esto como lo más importante, como si sin esto se anulara la fe verdadera» (De synodis, 69).
Esta advertencia no es simplemente una medida política para atenuar los conflictos en medio de una crisis, sino que tiene un fundamento teológico más profundo, a saber, la complejidad de las afirmaciones centrales del cristianismo. El Evangelio nunca es unilateral, sino que es un tejido de afirmaciones en tensión en que, si se abandona una de sus dimensiones, se desfigura su fisonomía completa. Por ello, a propósito de la unilateral insistencia de algunos acerca del «consubstancial» de Nicea, en un brillante texto destaca que cada enseñanza cristiana debe ser profesada junto con otra que la equilibra:
«Pues yo no acojo que Cristo nació de María, a no ser que también acoja: En el principio existía la Palabra y la Palabra era Dios (Jn 1,1). No acogeré que Cristo tuvo hambre, a no ser que acoja: No solo de pan vive el hombre (Mt 4,4), después del ayuno de cuarenta días. No acogeré que tuvo sed, a no ser que acoja: El que beba de esta agua que yo le daré no tendrá sed jamás (Jn 4,13). No acogeré que Cristo padeció, a no ser que acoja: Esta es la hora en que el Hijo del hombre será glorificado (Jn 12,23). No acogeré que murió, a no ser que acoja que resucitó» (De synodis, 70).
Hilario concluye: «No digamos nada aislado de los misterios divinos» (De synodis, 70). Y, siempre a propósito del término «consubstancial» (oJmoouvsioV), insiste: «No entiendo por qué deba ser confesado antes del resto, como lo principal, lo más importante y aislado» (De synodis, 70). El misterio de Cristo debe ser predicado en su integridad, sin unilateralidades:
«No se debe negar, hermanos queridísimos, la única sustancia del Padre y del Hijo, pero tampoco se la debe confesar irracionalmente» (De synodis, 71).
De hecho, es posible que tres importantes herejes, como los obispos Pablo de Samosata, Marcelo de Ancira y Fotino de Sirmio, hayan sido defensores del término «consubstancial» (homoúsios), pero de modo unilateral: para negar la real distinción personal entre el Padre y el Hijo. La desequilibrada insistencia de estos herejes en dos elementos centrales de la enseñanza cristiana, a saber el monoteísmo y la divinidad del Hijo, los condujo a suprimir la distinción personal entre el Padre y el Hijo, otro elemento central del cristianismo. Por ello, casi al final de la obra, Hilario insiste en que, en el debate teológico, es necesario evitar las estrechas interpretaciones de las fórmulas, «no sea que, mientras denunciamos una herejía, nutramos otra herejía» (De synodis, 91).
3. Balance
Hilario, en su esfuerzo por mostrar a los obispos de Oriente y Occidente que sus respectivas posiciones teológicas estaban mucho más cerca de lo que ellos pensaban, desarrolla ciertas claves que favorecen la comprensión mutua. La primera es de carácter más histórico y literario: para comprender un documento es necesario conocer su contexto concreto. Esta clave de interpretación busca la intención de los documentos, es decir, su espíritu, más que su letra, y muestra el carácter histórico de las formulaciones doctrinales. La búsqueda del espíritu en la letra de los documentos, exige una sana distinción, de carácter literario, histórico y teológico, entre la formulación (verbum) y su significado (sensus). Esta distancia entre el contenido de la fe (res ipsa) y su formulación verbal (verbum) implica que, a veces, una fe deficiente puede ser sostenida con fórmulas literalmente correctas, pero comprendidas de manera errada. Naturalmente, se requiere elaborar fórmulas correctas que sean bien comprendidas, y para ello es necesario explicar tanto las fórmulas como el contenido de las palabras y, además, evitar una falsa seguridad que se apoya en la letra de las formulaciones de fe. Como consecuencia, la discusión teológica debe estar primariamente centrada en el contenido mismo de la fe (res ipsa), más que en sus expresiones verbales (verba).
Otra actitud fundamental que fomenta Hilario es la genuina preocupación por comprender al interlocutor: escuchar la argumentación completa, no sobre-interpretar, ni rechazar lo que puede comprenderse mal. Por último, el obispo de Poitiers pone en guardia contra las unilateralidades y lo hace con motivos auténticamente teológicos: la conexión entre los diferentes aspectos del cristianismo implica que una afirmación, en sí correcta, pero aislada del resto de los misterios cristianos, se vuelve inaceptable. Por ello el creyente debe evitar que, por atacar una herejía, se establezca otra herejía.
Este recorrido por el De synodis muestra a Hilario como un muy buen teólogo y como un hombre de profundo espíritu eclesial. Su obra no pretende destacar los errores de sus adversarios, sino ofrecer una reflexión que permita el entendimiento de los obispos de Occidente y los de Oriente. Su preocupación no es la de vencer en el debate, sino el fortalecimiento de la fe eclesial. Una «confesión» de Hilario que se encuentra en el inicio de la obra muestra hasta qué punto él no está centrado en sí mismo, sino en la comunidad eclesial:
«Yo, que por miedo de los vacilantes, antes me felicitaba (gratulabar) solo por mi conciencia (conscientiae tantum meae), porque estaba libre de todas estas cosas, ahora ya me regocijo (gaudeo) por la integridad de nuestra fe común» (De synodis, 2).
Es decir, reconoce que en la soledad del exilio se felicitaba solo por su conciencia, pues se había mantenido fiel a la fe de la Iglesia, pero luego, cuando se entera de la fidelidad de sus colegas de la Galia, no solo se alegra por sí mismo, sino que se regocija por «la integridad de nuestra fe común». Para Hilario, el mayor regocijo no proviene de su inocencia individual, sino de la fidelidad eclesial. Y esta afirmación se confirma a lo largo de toda la obra. En varios pasajes, el obispo desarrolla una argumentación que debió haber resultado ambigua para los nicenos intransigentes. Es decir, el obispo de Poitiers está dispuesto a correr el riesgo de ser juzgado infiel a Nicea con tal de colaborar en el desarrollo de la fe común.
NOTA
[1] La versión científica de este artículo, que es fruto del proyecto Fondecyt regular 1160201, ha sido publicado en PATH, revista de la Pontificia Academia de Teología, 2017.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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