Pablo VI en la polaridad de la existencia y del siglo XX – Andrés Ferrada Moreira, pbro.

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Artículo publicado en la edición Nº 1.199 (JULIO-SEPTIEMBRE 2018)
Autor: Andrés Ferrada Moreira, pbro.
Para citar: Ferrada, Andrés; Pablo VI en la polaridad de la existencia y del siglo XX, en La Revista Católica, Nº1.199, julio-septiembre de 2018, pp. 200-226.

 

 

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Pablo VI en la polaridad de la existencia y del siglo XX 
Andrés Ferrada Moreira, pbro.[1]

El itinerario del Papa Pablo VI trascurrió con fidelidad a Cristo y a su Iglesia en la polaridad de la existencia y, particularmente, entre las tensiones que marcaron el siglo XX. Por eso, su vida y ministerio vierten luz en el camino de seguimiento del Señor en el siglo actual, especialmente para los pastores que dedican su vida a la conducción del rebaño y a la extensión del Reino. De ahí la relevancia de su próxima canonización el 14 de octubre de 2018 y de volver a poner atención a su figura.
1. En la polaridad del don de la vida y de su regeneración bautismal
El 30 de septiembre de 1897, en la pila bautismal de la Parroquia de San Antonio de Padua de Concesio, un pueblito a ocho kilómetros de Brescia en el norte de Italia, el futuro Pablo VI fue hecho hijo en el Hijo Dios, Jesucristo, su discípulo y miembro de su cuerpo, el Pueblo Santo de la Alianza y, por lo mismo, misionero del Reino de los cielos[2]. Constan sus cinco nombres en el registro parroquial: Juan Bautista, Enrique, Antonio, María. Tres días después de su nacimiento, cuando aún su vida –y más aún en aquella época— era una apuesta que desafiaba la muerte; con sus vagidos y llantos, como todo recién nacido, experimentaba la polaridad de la existencia humana. Pero desde el instante en que fueron pronunciadas sobre él estas palabras: Ioannes Baptista… Ego te baptízo in nómine Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti y el agua fue derramada en su cabeza, fue sumergido en una polaridad aún más amplia: entre el cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad, la humanidad caída y la gloria que esperamos. En una palabra, su vida humana concreta y sujeta a los límites de este eón fue insertada definitivamente en la vida de Dios, trascendente, pero que se ha acercado, abajándose a nuestra realidad de modo sublime en el misterio de Cristo, que por el agua del Bautismo el pequeño Giovanni Bautista comenzaba a vivir y a gozar.
2. En la polaridad de una familia católica involucrada en el resurgimiento italiano
Los padres de Juan Bautista, Jorge Montini y Judit Alghisi, posibilitaron esta nueva creación, pidiendo a la Iglesia el Bautismo para su segundo hijo varón. Ellos eran personas de profunda fe, recibida de sus antepasados, pero vivida en primera persona en las circunstancias históricas del mundo al que pertenecían: la burguesía emergente, nacida con el desarrollo de la industria y vinculada a la práctica de profesiones liberales. De hecho, Jorge era abogado e hijo de un médico. Además, Judit y Jorge provenían de un grupo social del cual habían surgido muchos de los dirigentes que lideraron y/o colaboraron decisivamente en el forjamiento de la Italia moderna, libre de las potencias extranjeras. Ese ambiente tendió a alejarse de la religión y de la Iglesia. Sin embargo, los esposos Montini Alghisi fueron cristianos convencidos. Tuvieron que moverse en la encrucijada entre dos polos. Uno es la fidelidad a la causa italiana, que en 1870 había conseguido finalmente la anhelada unidad nacional de la península a costa del arrebato del poder temporal al Papa sobre los Estados Pontificios. El otro, la fidelidad a la Iglesia que, a raíz de esa “usurpación”, promovió la abstinencia de la cosa pública de sus miembros: “ni elegidos ni electores”.
Jorge y Judit consiguieron vivir en esa polaridad, conjugando su existencia familiar, profesional y política entre esos extremos. Jorge dirigió el diario católico Il cittadino de Brescia, a través del cual intentó promover algo más que iniciativas religiosas, culturales y socioeconómicas en el ámbito católico, sino también incidir en la polis. Con el paso del tiempo, sin dejar el periodismo, se abocó a la política siempre con mayor dedicación. Por ejemplo, en 1895, junto a otros dirigentes católicos, lograron establecer una alianza con los liberales moderados para derrotar a los radicales en las elecciones administrativas. En esa elección fue elegido consejero comunal y provincial. Poco tiempo después pasó a ser el líder de los católicos brescianos. En 1914 llegó a ser asesor de la municipalidad de Brescia y en 1917, presidente de la Unión electoral católica provincial y uno de los fundadores del Partido Popular en su ciudad. Finalmente, en 1919 fue elegido diputado del Parlamento Nacional, siendo confirmado en su escaño para los períodos sucesivos en las elecciones de 1921 y de 1924. En 1926, por oponerse a Mussolini, cuyo gobierno se tornaba cada vez más dictatorial, fue excluido de su cargo parlamentario, precisamente porque el Duce disolvió todos los partidos o facciones opositores.
Judit también era bresciana, aunque fue educada en Milán. Como había perdido tempranamente a sus padres, estuvo bajo la tutela legal del alcalde radical de aquella ciudad, un líder fuertemente anticlerical. Ella, no obstante, fue una católica no solo convencida, sino también fervorosa gracias a su educación religiosa con una positiva influencia francesa. La historia de su noviazgo con Jorge, verdadero drama shakespeariano, conoció la negativa absoluta del tutor a causa de la pertenencia de Jorge al bando católico. Los novios tuvieron que esperar que Judit alcanzara la mayoría de edad en 1895 para contraer el ansiado matrimonio. ¡La polaridad correrá por las venas de Juan Bautista!
Bautista tiene dos hermanos: uno mayor, Ludovico, que será abogado y político como su padre, cofundador del Partido Demócrata Cristiano en los albores de la Italia democrática después de la II Guerra Mundial; miembro de la Asamblea Constituyente entre 1946 y 1948; elegido, luego, diputado entre 1948 y 1963 y senador entre 1963 y 1968. El hermano menor es Francisco, que será médico como el abuelo. Ambos realizarán las dos formas de servicio público que ya habían desempeñado sus antepasados, en cierto modo también polares, y que estarán presentes en la vida del hermano sacerdote, alternándose la preponderancia de una u otra durante su ministerio: médico de almas, principalmente entre los jóvenes universitarios católicos (1925-1933) y como Arzobispo de Milán (1954-1963), y hombre de gobierno en su cada vez más delicado y absorbente servicio en la Secretaría de Estado (1924-1954). Su síntesis, tal vez, la alcance en su servicio como Sucesor de Pedro (1963-1978).
3. En la polaridad de la pertenencia eclesial y la participación en los avatares de la gran guerra y sus consecuencias
La salud de Juan Bautista Montini será frágil. Por eso, vivirá entre dos polos: por una parte, el refugio del hogar familiar donde, para evitar la rudeza de los internados escolares y del Seminario, encontrará tanto el calor y los cuidados de su madre, como la formación e ideario cristiano moderno, democrático y social de su padre. Por otra parte, sus estudios escolares también correrán entre dos binarios: Los estudios primarios y parte de los secundarios los realizará en el Instituto Cesare Arici, de los jesuitas, inclinados hacia la intransigencia religioso-política característica de la reacción católica frente al resurgimiento italiano (es decir, la unificación italiana, la cual implicó el despojo del poder temporal del Papa y la posterior marginación de los católicos de la cosa pública). Esa postura se verá matizada en la formación de Bautista gracias a los aires católicos más abiertos que respirará no solo en su ambiente familiar, sino también en el Oratorio (de San Felipe Neri), en el cual participará asiduamente. Allí tendrá el influjo de los padres Caresana, su confesor, y Bevilacqua. Con este último estará unido toda la vida. Como Papa, incluso, lo hará cardenal. Concluirá la secundaria, los estudios humanistas clásicos, en el Liceo Arnaldo, establecimiento público, donde respirará otro aire, precisamente el del resurgimiento italiano.
Por su frágil salud, en 1915 será también excluido del servicio militar y no irá en el frente, a diferencia de tantos jóvenes de su medio, comenzando por su hermano Ludovico. Por ese mismo motivo, el joven Montini será alumno externo del Seminario de Brescia desde octubre de 1916. Experimentará la tensión entre los sufrimientos de la guerra que marcarán el ambiente nacional e internacional y la relativa triste paz de su hogar, que cobijará su débil contextura. Sin embargo, el aparentemente débil estudiante encontrará un modo efectivo para guerrear: El 15 de junio de 1918, con un amigo, darán vida a “La Fionda”, un periódico de estudiantes, que se publicará durante casi una década, aunque sin una frecuencia del todo regular. En efecto, en ese medio, publicó varias decenas de escritos. Será como su “honda”, con la que, cual nuevo David, intentará ayudar a vencer a la máquina irracional, al Goliat de la violencia que se estaba desplegando en el cruento conflicto bélico mundial y que se desatará también cuando el fascismo se haga del poder en Italia. Algún tiempo después, el mismo Montini explicará a Pío XI el sentido de aquella iniciativa editorial:
«El periódico ‘La Fionda’ nació durante la guerra, sacando de esa hora terrible no menos para las naciones que para el alma de las jóvenes generaciones, la inspiración apasionada de una renovación espiritual […] quería expresar la voz del espíritu nuevo a los hermanos de escuela. Este humilde intento se apoyaba en un gran deseo de llevar la palabra cristiana al alma estudiantil moderna, con audaz sinceridad, pero junto con una alta y gozosa serenidad, de confortar con juvenil ardor la pureza que anida en los jóvenes, de preparar con los instrumentos elementales las conciencias de los estudiantes secundarios a los futuros deberes religiosos y civiles»[3].
4. En la polaridad del apostolado intelectual y universitario y el servicio eclesial en la Curia Romana
Será oficialmente seminarista solo seis meses: el 21 de noviembre de 1919, al revestirse de la sotana; en pocas semanas avanzará hasta el diaconado y se coronará este brevísimo itinerario con su ordenación sacerdotal el 29 de mayo de 1920 en la catedral de Brescia. Desde ese día, todos lo llamará don Bautista.
Por ese entonces, el futuro Papa abrigaba el deseo de ejercer su ministerio en el ámbito parroquial en su diócesis, pero también lo atraía otro polo: los estudios humanistas a fin de desarrollar el apostolado intelectual entre los jóvenes universitarios. De hecho, en 1919, antes de hacerse clérigo, había participado en el encuentro anual de la Federación de Universitarios Católicos de Italia (FUCI) celebrado en Montecasino. En esa tensión, su obispo lo autorizó a realizar este último proyecto. En noviembre de 1920 se inscribió en dos cursos universitarios en Roma: Filosofía en la Universidad Gregoriana, el corazón de la intelectualidad católica de la Urbe, y Letras en la Universidad de los Estudios, la famosa Sapienza –entidad pública—. Su formación seguía avanzando por derroteros polares.
Casi un año después, sin embargo, se vio forzado a interrumpir sus estudios para cambiar de rumbo. En efecto, personas influyentes hicieron que sus superiores le dieran un nuevo destino: prepararse para el servicio diplomático de la Santa Sede. Con este propósito, ingresó a la Academia para Nobles Eclesiásticos. Allí se sumergió en el estudio del Derecho Canónico y del Derecho Civil entre 1922 y 1924, graduándose en ambos y también en Filosofía. En ese tiempo, en 1923, tuvo su primera experiencia diplomática. Fue enviado a colaborar en la nunciatura en Varsovia. Pero el experimento duró muy poco.
En 1924 hubo otro cambio inesperado e impensado: fue nombrado asistente eclesiástico del Círculo Católico de Estudiantes Universitarios de Roma, una entidad vinculada con la FUCI. Por casi un año pudo entregar las primicias de sus energías sacerdotales exclusivamente a la formación cristiana de los jóvenes católicos, precisamente en ese momento, cuando en Italia se consolidaba un régimen fundado en muchos principios reñidos con el Evangelio, los cuales, no obstante, eran fácilmente tolerados y hasta compartidos por variados ambientes católicos, incluso por eclesiásticos de renombre.
Desempeñando este desafiante servicio, el 24 de octubre de 1924 será llamado a servir también en la Secretaría de Estado, comenzando la “carrera eclesiástica” que lo llevará al vértice de las decisiones de la Iglesia. Sin embargo, sorprendentemente, continuará su dedicación pastoral a los jóvenes universitarios. Montini sabrá moverse bien en esta polaridad. En efecto, en octubre de 1925 fue nombrado, además, Asistente Eclesiástico Nacional de la FUCI. Esta tarea le significó tener que viajar por toda Italia, en esos años particularmente complejos y, poco a poco, ganarse la confianza y el corazón de los dirigentes católicos universitarios. Lo logró con creces. Contribuyó decididamente a hacerles captar que el proyecto cultural del fascismo era opuesto radicalmente al cristianismo. En consecuencia, las fuerzas de la FUCI se concentrarán en la difusión del pensamiento cristiano, tanto a través de diversas publicaciones que Montini impulsará –donde aparecerán muchos escritos de su autoría—, como a través de la formación de la juventud católica, en especial de líderes, en conferencias, cursos, encuentros, etc.
5. En la polaridad entre la tolerancia y la oposición al régimen fascista
En esos años, la hostilidad por parte del régimen fascista contra las asociaciones católicas fue creciendo siempre más, llegando a niveles muy álgidos en 1931, al punto que Pío XI publicó la encíclica Non abbiamo bisogno. Con ella el Pontífice pretendía dejar en claro que la Iglesia se oponía no solo a los principios del totalitarismo que Mussolini estaba instaurando en Italia, sino también a la violencia de Estado con que lo sostenía. El joven Asesor Nacional Montini y, a la vez, oficial de Curia Romana, tenía clara conciencia de que la respuesta cristiana ante el fascismo implicaba el acuciante deber de los cristianos de reponer el Evangelio en la cultura y en el orden social. Así lo ponía de manifiesto en sus conferencias y en sus escritos, por ejemplo, en una de las cartas dirigidas a sus padres en esa época:
«Los gobiernos precedentes tenían miedo al coraje; mientras que este [el de Mussolini] tiene el coraje de mostrarse pavoroso; y la propaganda de la sospecha; es la manía de individuar adversarios; es la lógica de la revolución. El fascismo morirá de indigestión, si continua así, y será vencido por la propia prepotencia. Lo que es doloroso es que el pueblo italiano llegue así a recibir fatal educación de la volubilidad y de la aventura y que sea continuamente animado no a contenerse en el ámbito del derecho, sino a perder el control en la brutalidad repentina de los odios de parte»[4].
Sin embargo, en algunos influyentes círculos católicos, el fascismo no tenía sino adeptos, simpatizantes, quienes se opondrán a la labor de Montini en la FUCI. En mayo de 1925 se debió defender de la acusación, proveniente de altas esferas vaticanas, que sostenía que el círculo universitario que asesoraba en Roma se adscribía a la línea del Partido Popular. Además, los jesuitas no veían con buenos ojos los métodos educativos usados por la FUCI, que resultaban mucho más abiertos que los tradicionales usados por la Compañía en esa época. Finalmente, algunos jesuitas influirán contra el Asesor Nacional, quien tendrá que renunciar a su cargo en la FUCI en marzo de 1933, aunque oficialmente se haya argüido que su alejamiento se debía a que sus labores en la Secretaría de Estado, siempre crecientes, no le permitían dedicarle tiempo suficiente a esa asociación. Con todo, los años de Montini en ese ambiente sellarán su convicción y su decidida acción para brindar una formación cristiana muy seria de los dirigentes católicos no solo en los principios cristianos, sino también en las virtudes que les permitieran actuarlos en las distintas esferas sociales, incluso en ambientes hostiles. Los frutos serán muchos, por ejemplo, Aldo Moro, joven dirigente de la FUCI de don Bautista, rubricará con su sangre la densidad de la formación recibida.
El alejamiento involuntario de la FUCI fue ciertamente muy doloroso para Montini, pero sucedió al mismo tiempo que su “carrera” iba en franco ascenso, gustando el éxito. Así experimentaba la polaridad en la intimidad de su existencia. En efecto, detentaba el título de “Monseñor” desde muy poco tiempo después de haber entrado al servicio de la Secretaría de Estado en 1924 y, en julio de 1931, había sido nombrado, además, “Prelado doméstico de Su Santidad”. Ahora bien, no serán ni estos títulos ni los que vendrán lo que moverá su quehacer, sino su clara conciencia de la necesidad que tiene el mundo del Evangelio de Cristo. Esta motivación profunda de su existencia cristiana y sacerdotal encontró también corroboración en sus estudios y en sus viajes por Europa occidental y central y, sobre todo, por su querida Italia.
6. En la polaridad entre la diplomacia y el servicio a las víctimas del exterminio y de la Segunda Guerra Mundial
 
Pese a la oposición que monseñor Montini experimentó en algunos sectores de las altas esferas vaticanas, se fue ganando la confianza del nuevo Secretario de Estado, Eugenio Pacelli, que el Papa Pío XI había nombrado en 1930. De hecho, en diciembre de 1937, será nombrado Sustituto de la Secretaría de Estado, vale decir, la mano derecha del Vice-Papa, como se solía llamar al Secretario de Estado.
En esa función permanecerá hasta 1944, cuando muera el Secretario de Estado que había sucedido al cardenal Pacelli, que había sido elegido Papa en 1939 y adoptado el nombre de Pío XII. Se hubiera esperado que Montini hubiera sido nombrado Secretario de Estado en esa circunstancia. Pío XII, en cambio, lo nombró Pro-Secretario de Estado para los Asuntos Ordinarios, compartiendo las funciones del Secretario de Estado con monseñor Tardini, también nombrado Pro-Secretario, pero para los asuntos extraordinarios. Dos polos que se mantendrán por una década en la curia romana.
Durante esa década, bajo la sombra y en total fidelidad a Pío XII, monseñor Montini tendrá muchos asuntos de la más alta importancia a que abocarse. De esa época, sin embargo, sus escritos personales revelan menos que en los períodos anteriores porque, por una parte, las materias de aquellas cuestiones exigían mayor reserva y, por otra, en 1943, con distancia de unas cuantas semanas, sus padres murieron, cerrándose así la continua y nutrida comunicación epistolar con ellos, en la que habían quedado registradas muchas de sus vivencias y actividades curiales, como asimismo sus percepciones y evaluaciones de los hechos narrados o aludidos.
En esos años, monseñor Montini secundará y será testigo privilegiado de los esfuerzos de Pío XII en la prosecución de la paz y en la defensa de quienes veían sus vidas amenazadas por la guerra y por los planes de exterminio, especialmente de la Shoah del pueblo elegido, que Hitler y sus secuaces estaban llevando a cabo. Por ejemplo, el Papa encargó a Montini preocuparse personalmente de que la Iglesia diere socorro efectivo a las personas perseguidas en Roma, especialmente a los judíos. Más de cuatro mil de ellos fueron salvados por esta acción tempestiva y valiente que brotaron de esa iniciativa papal, siendo asilados en el Vaticano y en dependencias y edificios eclesiásticos, particularmente en aquellos que gozaban de la extraterritorialidad, es decir, construcciones de propiedad de la Santa Sede fuera de la Ciudad del Vaticano, pero que contaban con su misma soberanía.
El silencio oficial de Pío XII respecto a la Shoah es un asunto muy debatido desde hace unos 40 años. De hecho, el Papa Pacelli no condenó expresamente el holocausto judío; lo hizo indirectamente, por ejemplo, en su radiomensaje de Navidad de 1942, cuando, sin duda, refiriéndose a aquella masacre, afirmó: “Centenares de miles de personas, sin culpa propia y por razones de nacionalidad o estirpe, están siendo destinadas a la muerte o a un progresivo desgaste”. La valoración histórica de este modo de proceder no ha estado exenta de polémica y, muchas veces, los argumentos utilizados resultan carentes de objetividad. Pablo VI mismo desplegó esfuerzos por hacer justicia a la memoria de su venerado predecesor. Su juicio es claro al respecto. Merecería una mayor atención que la que se le ha dado, ya que proviene de un testigo ocular que tuvo una posición privilegiada para conocer el asunto. En efecto, en 1963, Rolf Hochhuth publicó una obra teatral llamada “El Vicario”. En ella se mostraba a Pío XII como un eclesiástico timorato, quien con su silencio cómplice, habría contribuido a la ejecución del holocausto. El entonces cardenal Montini alzó su voz en una carta muy fuerte dirigida a un diario inglés, lo hacía desde su calidad de colaborador estrechísimo de aquel Papa, y precisamente en la defensa del pueblo hebreo. Leerla casi en extenso ayuda también a retratar al Montini de la Secretaría de Estado en los duros años de la guerra y postguerra, así como a los polos entre los que se ha debido mover:
«Me parece un deber contribuir al claro y honesto juicio de la realidad histórica, tan deformada por la pseudorrealidad, propia del drama, haciendo notar que la figura de Pío XII que aparece en las escenas del Stellvertreter [el Vicario] no muestra exactamente, es más, traiciona su verdadero aspecto moral. Puedo decir esto porque he tenido la suerte de estar cerca de él y de servirle cada día durante su pontificado, comenzando desde 1937, cuando él era todavía secretario de Estado, hasta 1954, por lo tanto, durante todo el periodo de la guerra mundial.
La figura de Pío XII dada por Hochhuth es falsa. No es verdad que él fuera miedoso […] Bajo un aspecto débil y gentil, bajo un lenguaje siempre elegante y moderado, escondía un temple noble y viril, capaz de asumir posiciones de gran fortaleza y riesgo. No es verdad que él fuera insensible o aislado. Era, por el contrario, de ánimo fino y sensible […]  Tampoco responde a la verdad sostener que Pío XII se guiara por cálculos oportunistas de política temporal. Como sería una calumnia atribuir a su pontificado cualquier móvil de utilidad económica. Que Pío XII no haya asumido una posición de conflicto violento contra Hitler, para evitar a millones de judíos la matanza nazi, no es difícil de comprender a quien no cometa el error de Hochhuth de juzgar la posibilidad de una acción eficaz y responsable durante aquel tremendo periodo de guerra y de prepotencia nazi, del mismo modo que se hubiera hecho en circunstancias normales, o en las gratuitas e hipotéticas condiciones inventadas por la fantasía de un joven comediógrafo.
Si, como hipótesis, Pío XII hubiera hecho lo que Hochhuth le echa en cara, habría habido tales represalias y tal ruina que, terminada la guerra, el mismo Hochhuth podría haber escrito otro drama, mucho más realista e interesante que el Stellvertreter, puesto que por exhibicionismo político o por falta de clarividencia psicológica, habría tenido la culpa de haber desencadenado sobre el mundo, ya tan atormentado, una ruina y un daño más vastos, no tanto propio sino de innumerables víctimas inocentes. No se juega con estos temas y con los personajes históricos que conocemos con la fantasía creadora de artistas de teatro, no bastante dotados de discernimiento histórico y, Dios no lo quiera, de honestidad humana. Porque de otra manera, en el caso presente, el drama verdadero sería otro: el de aquel que intenta descargar sobre un papa los horribles crímenes del nazismo alemán»[5].
Estas palabras se enlazan bien con las de Golda Meir, entonces ministra de relaciones exteriores de Israel, en su telegrama de pésame al Vaticano por la muerte de Pío XII: “Cuando el martirio más espantoso golpeó a nuestro pueblo durante los diez años del terror nazi, la voz del Pontífice se elevó a favor de las víctimas. Lamentamos haber perdido un servidor de la paz”[6].
7. En la polaridad entre la sustitución de un totalitarismo por otro y la instauración de un orden político y social auténticamente democrático
Otro asunto importantísimo de colaboración entre Pacelli y Montini será el rol de la Iglesia en la reconstrucción de Europa después de la guerra, particularmente de Italia. Se trata de un campo de trabajo que requirió mucho tacto y desvelos, pues la guerra continuaba gélidamente entre dos bloques, imponiéndose en muchas partes de ese continente el peligro de la irrupción del totalitarismo marxista. En Italia, el Papa Pío XII impulsará la instauración de una constitución democrática para la naciente República, alentando a los jóvenes dirigentes católicos a participar en las distintas instancias sociales y políticas donde se estaba gestando el nuevo orden fundamental del Estado, especialmente en la Asamblea Constituyente de 1946. Así lo hicieron bajo la indiscutida dirección de Alcide de Gasperi. Muchos de esos dirigentes habían sido formados bajo el alero de la FUCI y eran amigos de monseñor Montini, entre otros: Amintore Fanfani, Giorgio La Pira y, sobre todo, Aldo Moro.
En el mismo sentido, la Iglesia impulsará a los católicos a tomar parte activa en la reconstrucción social y política en otros estados de Europa, por ejemplo, en Alemania bajo la dirección de Konrad Adenauer y en Francia con la guía de Robert Schuman.
8. En la polaridad entre la cúspide vaticana y el ministerio episcopal en la Arquidiócesis de Milán
Tan estrecha era la colaboración de monseñor Montini con Pío XII, que se hubiera esperado que en 1953 lo hubiera hecho cardenal en la segunda (y última) oportunidad en que aquel Papa creó cardenales y que, además, lo hubiera nombrado Secretario de Estado. Pero no fue así. Al año siguiente lo llamó a suceder a san Ambrosio y a san Carlos Borromeo como arzobispo de Milán, por ese entonces la diócesis más grande del mundo en cuanto a número de fieles, parroquias e instituciones católicas. Monseñor Montini pasó de la Curia Romana a una pastoral más directa sobre un pueblo cristiano que se abría a los desafíos de la Europa occidental de postguerra: industrialización, fuerte fenómeno migratorio del campo a la ciudad y gran concentración de la población urbana, secularización con amenazas de secularismo y la Guerra Fría. ¡Es claro: Montini siempre camina entre dos polos!
Al entrar en su diócesis besó la tierra inmediatamente después de atravesar sus límites. El 6 de enero de 1955, Solemnidad de la Epifanía del Señor, tomó posesión de su sede. Llovía. Sus palabras en aquella oportunidad indicaban casi proféticamente que su ministerio milanés sería agua de bendición para esa comunidad
«¿Cuál es el objeto de la función que me ha sido confiada a mí entre ustedes? Es claro para todos, pero conviene repetirlo, es [de carácter] religioso. Único es el objeto de las fatigas pastorales, administrativas, culturales y sociales: aquel de defender y difundir la religión católica […] El esfuerzo secular de quien ha construido esta magnífica Iglesia milanesa no pone fin a la continua obra que su vida reclama: conservar y acrecentar, mantener y desarrollar […] ¿Qué es lo que debemos defender y conservar? Una cosa que vale todas las cosas, que es preciosa y vital por encima de todas ellas: la fe»[7].
Para el nuevo pastor este será el polo de todo su actuar: la evangelización. Por eso había escogido como lema episcopal: “¡En el nombre del Señor!”, palabras del Salmo 118,26, con las que corean a Jesús los que venían con él en su entrada a Jerusalén: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” (cf. Mt 21,9). Este es su único norte, al punto que en sus dos primeros años de servicio pastoral ideará la realización de la “Misión de Milán” y moverá a involucrarse en ella a sus colaboradores y a todas las personas involucradas en la evangelización. El nuevo arzobispo se había dado cuenta de que la vida moderna se iba volviendo ajena a la fe y que, por lo mismo, era necesario salir al encuentro de las personas, anunciando el Evangelio en sus casas, en las plazas, en las fábricas… en todos los ambientes sociales. El modo de hacerlo no podía ser el adoctrinamiento, sino el diálogo y la amistad.
Otro foco importante de la misión pastoral de Montini en Milán será la atención a los trabajadores, a la clase obrera, muchos inmigrados de tantas partes de Italia, que engrosaban la población de la ciudad, especialmente en los nuevos barrios periféricos. Por esta insistencia pastoral, los medios de comunicación le dieron el título de “Obispo de los trabajadores”. De hecho, una de sus mayores preocupaciones fue constatar que ese mundo requería esfuerzos especiales para que la fe cristiana fuese levadura de su inclusión y contribución social. Por eso mismo, durante su pastoreo en la ciudad se construyeron muchos templos parroquiales, iglesias y centros educativos en barrios obreros; muchos otros, cuando partió de regreso a Roma, quedaron en construcción o como proyectos aprobados.
9. En la polaridad de la apertura eclesial a los nuevos tiempos y el aferrarse al pasado: el inicio del Concilio Vaticano II
En 1958 la Iglesia vio partir a Pío XII y nacer al nuevo Papa, Juan XXIII, “el párroco del mundo” y también el “Papa bueno”. Este distinguirá a Montini con su reconocimiento y amistad. Lo hará cardenal tan pronto le fue posible; lo llamará a formar parte de la comisión preparatoria del Concilio, cuya convocación había sorprendido a todo el orbe cristiano, incluso al mismo cardenal Montini. Con todo, el arzobispo de Milán experimentará el recelo y la distancia, la crítica y hasta la hostilidad de los sectores de la Curia que querían un Concilio breve, en el que se subrayara la continuidad de la Iglesia, sin o con poca apertura a su actualización y al diálogo que el mundo exigía. En cambio, Montini, ayudado por su experiencia pastoral milanesa, sin minusvalorar la Tradición, comprendía que en la encrucijada por la que atravesaba la Iglesia, ella debía navegar entre ambos polos. En su decisiva carta al Secretario de Estado de octubre de 1962, expone su pensamiento sobre el curso esencial que debería seguir el Concilio:
«1. El Concilio ecuménico Vaticano II debe estar polarizado en torno a un solo tema: la santa Iglesia… Así parecen desear los hombres de nuestro tiempo, que de nuestra religión sobretodo y a menudo solo consideran el hecho eclesiástico. La santa Iglesia debe ser el argumento unitario y comprensivo de este Concilio; y todo el inmenso material preparado debería compaginarse en torno a este, su obvio y sublime centro.
2. Entonces el Concilio debe comenzar con un pensamiento dirigido a Jesucristo, Nuestro Señor. Él debe aparecer como el principio de la Iglesia, la cual es su emanación y continuación…
3. El cual debería, siempre en su inicio, expresar un acto unánime y feliz de homenaje, de fidelidad, de amor, de obediencia al Vicario de Cristo.
4. Después el Concilio se concentra sobre “el misterio de la Iglesia”. Es decir, ordena, elabora, expresa las doctrinas sobre sí mismo, sobre el Episcopado, los Sacerdotes, los Religiosos, los Laicos, sobre las varias expresiones de la vida eclesiástica, las edades de la vida, la juventud, las mujeres, etc.
5. La segunda sección debería, en cambio, considerar la misión de la Iglesia; qué cosa realiza la Iglesia. Operari sequitur esse. Y sería bello y fácil, en mi opinión, reasumir en diversos capítulos las múltiples actividades de la Iglesia: Ecclesia docens, Ecclesia orans, (aquí se debería tratar acerca de la sagrada liturgia), Ecclesia regens (es decir, comprometida con las distintas funciones de la vida pastoral), Ecclesia patiens.
6. Finalmente sería necesaria una tercera sección, referida a las relaciones de la Iglesia con el mundo que existe en su entorno, fuera y lejano de ella. Es decir: 1) las relaciones con los hermanos separados (tratar esta cuestión al inicio del Concilio me parece que es comprometer su solución); 2) las relaciones con la sociedad civil (la paz, las relaciones con los estados, etc.); 3) las relaciones con el mundo de la cultura, de la ciencia…; 4) las relaciones con el mundo del trabajo, de la economía, etc.; 5) las relaciones con las otras religiones; 6) las relaciones con los enemigos de la Iglesia.
7. El Concilio debería terminar con la celebración de la comunión de los Santos (con alguna canonización, con alguna ceremonia propiciatoria) y se debería encontrar algún gesto de caridad (limosna u ofrecimiento por las misiones, o por el perdón, o por alguna institución, etc.), para concluir en obras buenas las tantas buenas palabras del Concilio»[8].
Principalmente, sobre esta polaridad debía versar la discusión del Concilio. Así, el Cardenal de Milán suscribía la posición de la mayoría conciliar, que encontraba su mejor formulación en la expresión del Cardenal Leo Jozef Suenens de Malinas-Bruselas: Iglesia: ¿qué dices de ti misma? y ¿qué dices al mundo?
10. En la polaridad entre proseguir el Concilio Vaticano II y la tentación de frenarlo o desnaturalizarlo
En el primer semestre de 1963, cuando se estaba preparando la segunda sesión del Concilio, la salud de Juan XXIII se iba resquebrajando rápidamente. Murió el 3 de junio. El mundo entero, particularmente los romanos, sintió su partida. El día 21 sucesivo fue elegido el cardenal Montini como Sucesor de Pedro: Pablo VI.
Al día siguiente de su elección dirigió un mensaje a toda la familia humana, engarzando el inicio de su ministerio petrino con el de sus antecesores, especialmente con el querido Papa Juan, y mostrando cuáles serían los polos de su pontificado. Tras referirse brevemente a Pío XI y a Pío XII, expresó:
«[…] queremos evocar de forma particular y con una piedad agradecida y emocionada la figura del llorado Juan XXIII, que en el período breve pero muy intenso de su ministerio ha sabido llegar al corazón de los hombres, incluso a los más alejados, por su incesante solicitud, su bondad sincera y concreta hacia los humildes, por el carácter eminentemente pastoral de su acción, cualidades estas a las que se añadía el encanto particular de los dones humanos de su gran corazón. […] La herencia que hemos recibido de las manos de nuestros predecesores nos muestra por completo la gravedad de nuestra tarea. […] La parte más importante de nuestro pontificado será ocupada por la continuación del segundo Concilio Ecuménico Vaticano. Esta será la obra principal a la que queremos consagrar todas las energías que el Señor nos ha dado para que la Iglesia Católica, que brilla en el mundo como el estandarte levantado sobre todas las naciones lejanas, pueda atraer hacia ella a todos los hombres por la majestad de su organismo, por la juventud de su espíritu, por la renovación de sus estructuras, por la multiplicidad de sus fuerzas, de modo que vengan ex omni tribu et lingua et populo et natione»[9].
11. En la polaridad entre la fidelidad a la Tradición viva de la Iglesia y la necesaria actualización en el contexto actual
Las palabras recién citadas de Pablo VI corresponden al inicio y al programa de su ministerio que decididamente emprenderá y que, por fuerza, marcará los polos de su pontificado: el desarrollo y conclusión del Vaticano II y el comienzo de su aplicación (el primer post-concilio). El primero es caracterizado por la gran esperanza que proyectó el Vaticano II en la Iglesia y en el mundo, especialmente por la apertura que significaba para la comunidad eclesial. Sin embargo, quizás esas expectativas no correspondían exactamente a las del nuevo Papa. En efecto, ejerció un rol preponderante de mediación y moderación de los extremos que se manifestaban con claridad entre los padres conciliares. Pablo VI no solo se opuso, sino también precavió con autoridad y eficacia en las decisiones conciliares tanto posiciones que rompieran con la Tradición viva de la Iglesia, como tendencias que la pretendían inmovilizar anegando en ella la frescura del Evangelio con formas y costumbres accesorias, vinculadas a coyunturas históricas ya pasadas.
Entre varios ejemplos clarísimos del ejercicio de la autoridad petrina de Pablo VI en el Vaticano II en el sentido recién mencionado, se pueden citar, por ejemplo, su decisión de reservarse el tema del celibato sacerdotal para un tratamiento pontificio posterior –lo hará en 1967 en su ponderada encíclica Sacerdotalis Coelibatus; sus intervenciones en el Esquema final sobre la Divina Revelación en puntos doctrinales neurálgicos, a saber, la “relación entre Escritura y Tradición”, la “verdad de la Escritura” y la “historicidad” de los Evangelios; la declaración de la Virgen como Madre de la Iglesia, precisamente al final del Concilio, recogiendo de alguna manera la posición minoritaria de algunos padres conciliares que habrían preferido un tratamiento de la dignidad de María santísima en un documento especial –separado de la Lumen Gentium—, pues así, según ellos, se hubieran considerado mejor los privilegios conferidos a la Virgen.
El ejemplo más nítido, no obstante, radica en la introducción de una explicación preliminar –la famosa Nota explicativa praevia— a los modos sobre el capítulo III del Esquema sobre la Iglesia, que trataba acerca de la constitución jerárquica de la Iglesia y en particular del episcopado. En efecto, por mandato expreso suyo, el 16 de noviembre de 1964, se añadió dicha nota, que estableció que el contenido de ese capítulo se debía entender según la mente y los términos expresados en aquella nota, los cuales explicaban conceptos que no eran fácilmente aceptados y comprendidos por una minoría importante del aula conciliar –fuertemente tradicional—, sobre todo, el sentido de la colegialidad episcopal. Esta intervención papal permitirá que ese capítulo y todo el Esquema fueran aprobados por una mayoría casi absoluta de los padres conciliares, convirtiéndose en la Constitución dogmática Lumen Gentium, a los pocos días, el 21 de noviembre. La colegialidad episcopal se vio concretizada, en septiembre de 1965, al inicio de la cuarta sesión conciliar, también por una intervención directa del Papa, con la promulgación del Motu Proprio Apostolica sollicitudo con el cual fue instituido el Sínodo de los Obispos, proyectándose como su función principal el servicio a la comunión y a la colegialidad de todos los obispos con el Sucesor de Pedro.
12. En la polaridad entre el centro y la periferia de la misión eclesial
Los primeros años del pontificado, Pablo VI también los vivió en otra polaridad: la tensión entre el centro y la periferia; las iglesias en los continentes, en vastas regiones y/o en los países y la Iglesia en Roma. En efecto, el Sínodo de los Obispos y otras expresiones colegiales, como asimismo los viajes papales, le permitirán al Santo Padre ampliar la mirada, complementar voces, percepciones e intereses diversos.
Los viajes de Pablo VI, además, darán a su ministerio petrino una trascendencia de gran repercusión internacional en los medios de comunicación. El primero de todos, a Tierra Santa del 4 al 6 de enero de 1964, sin duda, marcó a fuego todo su pontificado. Después de casi veinte siglos, Pedro retornaba al país del Señor: Belén, Nazaret, Tabgah, Jerusalén. Si el Concilio pretendía rejuvenecer la Iglesia en sus fuentes, especialmente en la unidad de todos los cristianos, esa peregrinación hacía presente precisamente ese deseo que anidaba en el corazón de un creciente número de pastores y de miembros del rebaño de Cristo, aunque separados en distintas confesiones cristianas. Durante ese viaje, el encuentro fraterno de Pablo VI con Atenágoras, Patriarca de Constantinopla, selló la visibilidad del compromiso ecuménico del Papa, que fue rubricado con el levantamiento mutuo de las excomuniones recíprocas que databan del rompimiento de la unidad en el año 1054. De hecho, en la Basílica de la Natividad en Belén, celebrando la Epifanía, lo expresó con claridad meridiana:
«[…] está claro a todos que no se puede eludir el problema de la unidad; hoy esta voluntad de Cristo se impone en nuestras mentes y nos inclina a emprender con sabiduría y amor todo aquello que sea factible de permitir a todos los cristianos de gozar de la gran bienaventuranza y del supremo honor de la unidad de la Iglesia […] Nos esperaremos ese feliz momento, que ha de llegar. Mientras tanto, Nos pedimos a nuestros queridísimos hermanos separados solamente lo que deseamos para nosotros mismos: que el amor de Cristo y de la Iglesia inspire todo posible movimiento hacia el acercamiento y el encuentro. Nos procuraremos que el deseo de entendimiento y unión permanezca vivo e inalterable; Nos pondremos nuestra confianza en la oración. Aun cuando ella no sea todavía común, puede ser al menos simultánea y ascender paralelamente desde nuestros corazones, como desde los de los cristianos separados, para unirse a los pies del Altísimo, del Dios de la unidad»[10].
Siguieron algunos viajes en Italia muy significativos. Sin embargo, su presencia en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York marcará un hito, pues explicitará las actitudes de la Iglesia en el mundo actual, ante sus problemas y sus desafíos: el diálogo, el apelo a la conciencia y la colaboración con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Esta aproximación dejaba atrás una posición defensiva que había sido la tónica que dominaba la relación de la Iglesia con el orbe. En el aula de aquella asamblea universal, por el contrario, sin silenciar la identidad de la Iglesia y su misión de predicar el Evangelio, Pablo VI proclamó ese modo nuevo de hacerlo en las circunstancias históricas actuales de una humanidad plural. Así, ante ese areópago mundial, rindió honor al nombre del gran apóstol de los gentiles, que había adoptado como propio:
«Este mensaje nace de nuestra experiencia histórica. Es como “experto en humanidad” que aportamos a esta Organización […] convencidos como estamos de que esta Organización representa el camino obligado de la civilización moderna y de la paz mundial.
Este edificio que levantáis […] descansa ante todo en nuestras conciencias. Sí, ha llegado el momento de la «conversión», de la transformación personal, de la renovación interior. Debemos habituarnos a pensar en el hombre en una forma nueva. En una forma nueva también la vida en común de los hombres; en una forma nueva, finalmente, los caminos de la historia y los destinos del mundo, según la palabra de san Pablo: «Y vestir el nuevo hombre, que es criado conforme a Dios en justicia y en santidad de verdad» (Ef 4,25).
[…] En una palabra: el edificio de la civilización moderna debe levantarse sobre principios espirituales, los únicos capaces no solo de sostenerlo, sino también de iluminarlo. Y esos indispensables principios de sabiduría superior no pueden descansar —así lo creemos firmemente, como sabéis— más que en la fe de Dios. ¿El Dios desconocido de que hablaba san Pablo a los atenienses en el Areópago? (Hch 17,23). ¿Desconocido de aquellos que, sin embargo, sin sospecharlo, le buscaban y le tenían cerca, como ocurre a tantos hombres en nuestro siglo? Para nosotros, en todo caso, y para todos aquellos que aceptan la inefable revelación que Cristo nos ha hecho de sí mismo, es el Dios vivo, el Padre de todos los hombres»[11].
Por ese entonces, año 1965, el pontificado de Montini parecía alcanzar cúspides insospechadas, incluso después de la honda popularidad de su antecesor, el Papa Bueno. Lo refrendaban los medios de comunicación, que no se cansaban de trasmitir, por ejemplo, su abrazo con Atenágoras; la ovación con que fue acogido por los romanos a su regreso de Tierra Santa, en un lluvioso día de invierno o la aclamación de todos los presentes en la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Su peregrinación al Congreso Eucarístico Internacional de Bombay, en India, del 2 al 5 de diciembre del año anterior, había puesto de manifiesto otra polaridad en la que se movía el Pablo VI desde hace muchos años: la tensión entre el mundo de los aventajados y el de los postergados, tanto al interior de cada sociedad, como a nivel internacional. Tenía muy presente los desafíos y las responsabilidades que competen a todas naciones en la instauración de un orden internacional justo: No solo a los pueblos desarrollados, el primer mundo, sino también para aquellos que están en camino hacia el progreso, el tercer mundo.
En efecto, por ese entonces, las naciones en vías de desarrollo, como nuestra patria, encontrarán gran apoyo para sus expectativas y proyectos concretos de progreso social y económico en la figura y enseñanzas del Pablo VI. Él mismo alentará a esos pueblos, de distintas formas, en dichos cometidos. Así lo hizo, por ejemplo, en la visita que el Presidente Eduardo Frei Montalva le hiciera en el Vaticano el martes 6 de julio de 1965:
«Nos confiamos que la capacidad de sus hombres, abiertos a las exigencias del bien común y al respeto de los valores esenciales de la persona humana, su fina sensibilidad al reclamo de lo social, la atinada aplicación de los postulados de la justicia con la promoción del bienestar de los necesitados, la sabia regulación de las transformaciones estructurales que el ritmo de los tiempos pidan o aconsejen, unido todo ello a la colaboración constructiva de todas las fuerzas de la Nación prepararán un venturoso porvenir a Chile. Son estos nuestros votos, los que os rogamos trasmitáis al querido pueblo chileno»[12].
13. En la polaridad entre las revoluciones de finales de los años 60 y la actualización eclesial promovida por el Vaticano II
Después de estos alentadores primeros años de pontificado, Pablo VI, sin embargo, fue llevado a pilotear la barca de Pedro en otra polaridad que comenzaba a hacerse notar, especialmente entre las generaciones jóvenes: la emancipación de las costumbres y todo tipo de autoridad no consensuada. Era fruto, principalmente, del cambio cultural producido en las sociedades industrializadas de Occidente y en las áreas de su influencia en el mundo. Se identifica con las revoluciones de 1968, que propugnaban el fin del orden establecido y la creación de un nuevo horizonte basado en la autodeterminación, sin referencia a lastres morales y/o religiosos del pasado. Estos impedían, según ellos, el pleno desarrollo de cada hombre y de cada mujer, como asimismo el de toda la sociedad en su conjunto: así, la revolución de la mujer que buscaba liberarse de siglos de dominación masculina; la de los universitarios que querían un mundo de igualdad y la abolición de los privilegios burgueses; la de las minorías étnicas atropelladas en sus derechos; la de los pueblos sometidos a los imperios coloniales en África, América y Asia. También las revoluciones de los pueblos latinoamericanos que luchaban contra opresiones oligárquicas, vinculadas en los últimos decenios a intereses imperialistas extranjeros.
Pablo VI comprendió con claridad que, bajo todos esos movimientos, corría el deseo de una auténtica liberación y de un desarrollo social e internacional integral, pero también nocivas ideas fuerza provenientes, en su mayoría, de ideológicas de corte materialista, las cuales no eran, en muchos casos, discernidas adecuada y oportunamente. Por esta razón, se abocó, desde su misión como Pastor universal, a dilucidar en esos mismos movimientos aquello que era conforme a la fe e, incluso, exigido por ella y aquello que se le oponía o la relegaba a un asunto simplemente privado e individual. La urgencia pastoral de esta iniciativa se le hacía cada vez más evidente, sobre todo porque percibía cómo esas revoluciones paulatinamente alcanzaban una difusión de amplitud mundial. En efecto, esto se verificará durante la década de los setenta.
14. En la polaridad entre la aplicación fiel del Concilio Vaticano II y superficiales y/o ejecuciones reductivas del mismo
Ahora bien, desde la clausura del Concilio en diciembre de 1965 hasta su muerte en 1978, Pablo VI tendrá como propósito de su pontificado la aplicación del Concilio. Por lo mismo, remarcará la continuidad con el Vaticano II, esto es, transitando entre la apertura al mundo actual, representada en lo que el Concilio en cuanto acontecimiento significó para la Iglesia, y la fidelidad a la Tradición viva, lo que el mismo Concilio había intentado hacer relucir en el presente. No obstante, no pocos minimizaron este segundo polo, teniendo por caducas y/o accesorias doctrinas, instituciones y prácticas que la Iglesia constantemente ha valorado como parte de su Tradición. Pablo VI comprendió bien y experimentó este peligro. Tal vez, por eso pudo parecer dubitativo en su conducción de la Iglesia. En efecto, a los ojos de algunos, echaba pie atrás a los avances conciliares; para otros, era innovador al punto de estar casi al borde de la ruptura con la secular catolicidad de la Iglesia.
Muchos tenían una insuficiente comprensión de la polaridad en la que transitaba Pablo VI después del Vaticano II, por ejemplo, los que percibieron una tensión entre las encíclicas Populorum Progressio, de junio de 1967, y Humanae Vitae, de julio de 1968. Mientras la primera atendería al clamor de los pueblos desheredados y postergados del tercer mundo, impulsando los procesos de liberación que se gestaban en distintas partes del orbe; la segunda, en cambio, cual paso hacia atrás, retomaría una posición tradicional sobre la vida y la familia, intentando excluir de la comunidad eclesial los movimientos de liberación e igualdad, sobre todo para las mujeres, que hacían posibles los medios modernos de control de la natalidad. Leer así ambos documentos de Pablo VI, ciertamente, no solo resulta bastante superficial, sino también descontextualiza la íntima relación polar entre ambas encíclicas.
En efecto, el Papa Montini afirma, por una parte, que para los cristianos:
«El desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre. Con gran exactitud ha subrayado un eminente experto: “Nosotros no aceptamos la separación de la economía de lo humano, el desarrollo de las civilizaciones en que está inscrito. Lo que cuenta para nosotros es el hombre, cada hombre, cada agrupación de hombres, hasta la humanidad entera” [L. J. Lebret. O. P.]»[13].
Por lo mismo, todo movimiento o planificación que busque el desarrollo, al mismo tiempo, debe promover la paz y la concordia de todos los miembros de la sociedad, sin excluir a nadie del auténtico progreso, evitando el uso de la violencia y la comisión de cualquier injusticia, sobre todo para con los más inocentes y desprotegidos.
Por otra parte, el progreso de todo ser humano y de toda la humanidad supone que la caridad reine en todas las relaciones, no solo en intenciones o palabras, sino también en las concreciones que lo expresan en la esfera personal, social e internacional. Por supuesto también, de la intimidad entre una mujer y un varón unidos en matrimonio:
«Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. Nos pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental»[14].
Por tanto, para que haya expresión de pleno y auténtico amor entre los esposos se requiere que en su intimidad, además de unidad casta, siempre haya apertura a la vida. Por lo mismo, hay opciones modernas de control de natalidad que desdibujan esta integralidad y, en razón de ello, Pablo VI indica con claridad su inmoralidad.
Con todo, por ese entonces, Pablo VI era perfectamente consciente de lo que sus enseñanzas provocarían:
«Se puede prever que estas enseñanzas no serán quizá fácilmente aceptadas por todos: son demasiadas las voces –ampliadas por los modernos medios de propaganda– que están en contraste con la Iglesia. A decir verdad, esta no se maravilla de ser, a semejanza de su divino Fundador, signo de contradicción»[15].
¿Por qué, entonces, Pablo VI insistió en estas enseñanzas? Porque en ellas está en juego la construcción de la civilización del amor, es decir, la vocación humana que aúna a todos los hombres y mujeres en un destino común, que los cristianos consideramos anticipo de la comunión perfecta en el Reino prometido. En la audiencia general del 31 de diciembre de 1975, apenas terminado el “Año Santo de Renovación y Reconciliación”, Pablo VI recalcaba a los peregrinos que ser artífices de la civilización del amor es un deber de todos y, por lo mismo, nos permite colaborar unos con otros, sin discriminaciones en razón de raza, religión, condición social; pero para los cristianos es también una misión cultual, pues “el hombre viviente es la gloria de Dios”:
«¿Acaso soñamos cuando hablamos de civilización del amor? No, no soñamos. Los ideales, si son auténticos, si son humanos, no son sueños: son deberes. Para nosotros cristianos, especialmente. Aún más ellos se hacen urgentes y fascinantes, si más son los rumores de temporales que turban los horizontes de nuestra historia. Y son energías, son esperanzas. El culto, porque se trasforman en culto, el culto del ser humano que nosotros valoramos tan grandemente, que nos lleva, cuando la volvemos a pensar la célebre, a la antigua palabra de un gran Padre de la Iglesia, San Ireneo (t 202): Gloria […] Dei vivens homo, gloria di Dio è l’uomo vivente (S. Irenaei Contra haereses, IV, 20, 7: PG 7, 1037)»[16].
La conexión íntima entre las dos encíclicas, por tanto, radica precisamente en el amor auténtico que proviene de Dios Padre y fluye a la humanidad por Cristo, en la adhesión a Él, en el amor a Él, como se lo susurraba el mismo Pablo VI al Señor al fin de su homilía de la misa de Navidad, al concluir el Año Santo de 1975:
«La sabiduría del amor fraterno, la cual ha caracterizado en virtudes y en obras, que como cristianas son justamente calificadas, el camino histórico de la santa Iglesia, explotará con nueva fecundidad, con victoriosa felicidad, con renovadora sociabilidad. No el odio, no la avaricia será su dialéctica, sino el amor, el amor generador de amor, el amor del ser humano por el ser humano, no por algún interés provisorio y equívoco, o por alguna condescendencia amarga y mal tolerada, sino por el amor a Ti; a Ti, oh Cristo descubierto en el sufrimiento y en la necesidad de todos nuestros semejantes. La civilización del amor prevalecerá en el afán de las implacables luchas sociales, y dará al mundo la anhelada trasfiguración de la humanidad finalmente cristiana. Así, así se concluye, oh Señor, este Año Santo; así oh seres humanos hermanos, retómese nuestro valiente y gozoso camino en el tiempo hacia el encuentro final, que desde ahora pone sobre nuestros labios la extrema invocación: Ven, Señor Jesús (Ap 22, 20)»[17].
15. En la polaridad entre el ministerio petrino en la Urbe y el ministerio paulino en los confines de todo el orbe
La segunda parte del pontificado del Papa Montini está también marcada por su impulso paulino, que lo llevará al contacto con los problemas acuciantes de la Iglesia y del mundo in situ, hasta los confines del mundo. Un medio privilegiado para ello serán sus numerosos viajes por Italia y el resto de sus célebres viajes internacionales:
  • A Turquía en 1967, en el cual promovió especialmente el empeño por el diálogo ecuménico.
  • En ese mismo año, a Fátima, en el cincuentenario de las apariciones de la Virgen a los pastorcitos, reafirmando la dimensión mariana de la Iglesia, que en sus documentos se esmeró en destacar: Mense Maio, Christi Matri, Signum Magnum, Marialis cultus.
  • A Uganda en 1969 y a Extremo Oriente y Oceanía en 1970, haciéndose próximo principalmente a los pueblos que, después de siglos de explotación, se les abrían las esperanzas. Si bien tanto necesitaban de la ayuda internacional, sin embargo, en ellos mismos tenían las fuerzas y capacidades de forjarse su propio destino, cultivando las riquezas culturales autóctonas y los elementos recibidos de otras culturas. La Iglesia, por su parte, si bien tiene una misión sobrenatural, posee también «un programa de orden temporal […] que es vuestro, al que pretende brindarle apoyo moral y, en la medida de lo posible, también apoyo práctico; el programa del desarrollo de los pueblos»[18].
  • A Bogotá en 1968, inaugurando en la capital colombiana la Segunda Asamblea del Episcopado Latinoamericano, que se realizó en Medellín, dándole al mismo tiempo orientaciones espirituales, pastorales y sociales precisas, recogidas sintéticamente al inicio del documento conclusivo de aquella asamblea continental: “La Iglesia ha buscado comprender este momento histórico del hombre latinoamericano a la luz de la Palabra, que es Cristo, en quien se manifiesta el misterio del hombre (Gaudium et Spes 22)”[19]. No será casualidad su apoyo decidido a los pastores que promovían, por ese entonces, una transformación social que permitiera un auténtico desarrollo de cada hombre y todos los hombres como un don Helder Camera o un Monseñor Óscar Arnulfo Romero.
  • A Australia en 1970 y a Filadelfia, Estados Unidos, en 1976, lugares exponentes del primer mundo, acercándose así también a los ambientes donde se corría el riesgo de disolver el sentido de la fe y la pertenencia a la Iglesia. Pablo VI alza la voz, afirmando: «Mientras Cristo esté con nosotros con su Eucaristía, nunca desapareceremos. Cristo es el pan de vida. Cristo es necesario, para cada ser humano, para cada comunidad, para cada acontecimiento verdaderamente social, es decir, fundado en el amor y en el sacrificio de sí mismo, para el mundo. Como el pan, Cristo es necesario»[20].
Pablo VI es Pablo en el mundo entero, pero también siempre permanece Pedro en Roma, desde donde preside en la caridad a todas las Iglesias para confirmar a sus hermanos en la fe (cf. Lc 22,31-32).
16. En la polaridad entre la vida intraeclesial y la evangelización del mundo
La Iglesia y su relación con el mundo seguirán siendo, como en los años del Concilio, elementos que también darán polaridad al resto del pontificado de Pablo VI. Así en medio de las olas que abatían sobre la barca de Pedro, casi de inmediato al finalizar el Concilio, el Papa idea la proclamación de una profesión de fe, que:
«[…] hoy su humilde Sucesor y Pastor de la Iglesia universal, en nombre de todo el pueblo de Dios, alza su voz para dar un testimonio firmísimo a la Verdad divina, que ha sido confiada a la Iglesia para que la anuncie a todas las gentes. Queremos que esta nuestra profesión de fe sea lo bastante completa y explícita para satisfacer, de modo apto, a la necesidad de luz que oprime a tantos fieles y a todos aquellos que en el mundo —sea cual fuere el grupo espiritual a que pertenezcan— buscan la Verdad»[21].
En diciembre de 1975, recogiendo los frutos de la III Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos celebrado el año anterior, Pablo VI escribió la carta magna de la evangelización en el mundo actual: la Exhortación Apostólica Evangelii Nundiandi, que en una palabra propositiva y esperanzadora reafirma que:
«Con gran gozo y consuelo hemos escuchado Nos, al final de la Asamblea de octubre de 1974, estas palabras luminosas: “Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia”; una tarea y misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa»[22].
17. En la polaridad del corazón de Pablo VI: su vida y la vida en Cristo
De lo anterior llegamos al corazón del Papa Pablo VI, su talante de cristiano y de pastor, que dice relación a esa polaridad de la vida divina, el amor de las Tres Personas Divinas, en el que vivió y maduró, desde su Bautismo y su Confirmación, alimentándose de él en la Eucaristía cotidiana y sanando sus heridas en él a través de la Confesión frecuente; ese mismo amor lo configuró a Cristo Siervo y Sacerdote en las Órdenes Sagradas y lo unió a su pasión con la Unción de los Enfermos. La multiforme acción de la gracia que fluyó de Cristo a su amigo Juan Bautista, lo transformó en Pablo, de modo que, poco a poco, siempre más, ya no era Bautista, ni Pablo VI, el que vivía, sino Cristo que vivía en su amigo (cf. Ga 2,20). Este es el centro de la vida de Pablo VI: Jesucristo: su Señor, su tesoro, su ganancia (cf. Flp 3,7).
De ahí que la polaridad de fondo de la vida de Pablo VI haya sido su amistad con Cristo: en la oración silenciosa y en ofrecimiento del dolor, en su último tiempo tantas críticas e incomprensiones de sus detractores de todo signo, incluso violentas; las numerosas defecciones sacerdotales y religiosas; las esperanzas de progreso y paz sino frustradas, fuertemente resquebrajadas por la violencia y la explotación en el mundo entero; el brutal asesinato de su amigo Aldo Moro, sin que su intercesión consiguiera su liberación; hasta su misma enfermedad. Todo ello hizo fructificar su relación con Jesucristo, compartiendo sus padecimientos, para participar también de su gloria (cf. Rm 6,8), en el claro oscuro de esta vida, en su existencia cristiana y en su ministerio sacerdotal:
«¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! Para esto me ha enviado el mismo Cristo […] Debo predicar su nombre: Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo […] Él es el centro de la historia y del universo; Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza; Él, ciertamente, vendrá de nuevo y será finalmente nuestro juez y también, como esperamos, nuestra plenitud de vida y nuestra felicidad. Yo nunca me cansaría de hablar de Él; Él es la luz, más aún, el camino, y la verdad, y la vida; Él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; Él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano […] ¡Jesucristo! Recordadlo: Él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos»[23].
NOTAS
[1] Sacerdote diocesano de la Arquidiócesis de Santiago. Licenciado en Ciencias Bíblicas por el Pontificio Instituto Bíblico y Doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma.
[2] Se sigue de cerca dos breves escritos de Nello Vian: “Le radici bresciane di G. B. Montini”, en Paul VI et la modernité dans l’Église. Actes du colloque de Rome (2-4 juin 1983): École Française de Rome, 1984. Pp. 15-31 (Publications de l’École française de Rome, 72) y “Paolo VI. Biografía”, en
https://www.inmaculadamg.org.ar/images/stories/formacion/pablo_vi/Pablo_VI_biografia_en_italiano.htm.
[3] Vian, Nello, Introducción a “Lettere ai familiari”, p. XXI – traducción del autor, extraído de ibíd., “Paolo VI. Biografia”.
[4] Vian, Nello, Le radici bresciane di G. B. Montini, pp. 28-29
[5] Extraído de una nota publicada por R. Vargas Rubio en
http://www.infocatolica.com/blog/historiaiglesia.php/1105190127-pablo-vi-y-pio-xii.
[6] Extraído de J. Ruillon, “Pío XII y los judíos: la verdad sin prejuicios”, en https://www.lanacion.com.ar/1216083-pio-xii-y-los-judios-la-verdad-sin-prejuicios.
[7] Extraído del discurso en la toma de posesión del Arzobispo Montini en el Duomo de Milán, 6 de enero de 1955. Traducción del autor del original en Giovanni Bautista Montini, Discorsi e scritti milanesi (1954-1963), Istituto Paolo VI-Studium, Brescia-Roma, 1997.
[8] Extraído de la carta del Cardenal Montini al Cardenal Cicognani, Secretario de Estado, del 18 de octubre de 1962, en https://www.inmaculadamg.org.ar/images/stories/formacion/pablo_vi/Carta_de_Montini_a_Cicognani.html.
[9] Pablo VI, Primer Mensaje del Papa Pablo VI al mundo entero, 22 de junio de 1963. Todas las citas del Papa Pablo VI incluidas en este artículo han sido extraídas de www.vatican.va.
[10] Pablo VI, Mensaje del Santo Padre al mundo desde Belén, Festividad de la Epifanía, 6 de enero de 1964
[11] Pablo VI, Discurso a los representantes de los Estados, Visita del Sumo Pontífice a la Organización de las Naciones Unidad, Nueva York, 4 de octubre de 1965.
[12] Pablo VI, Discurso durante la visita oficial del Presidente de la República de Chile, 6 de julio de 1965.
[13] Pablo VI, Carta Encíclica Populorum Progressio, 1967, Nº14.
[14] Pablo VI, Carta Encíclica Humanae Vitae, 1968, Nº12.
[15] Pablo VI, Carta Encíclica Humanae Vitae, Nº18.
[16] Pablo VI, Discurso del Santo Padre Audiencia General, 31 de diciembre de 1975.
[17] Pablo VI, Homilía del Santo Padre en Solemne rito de clausura del Año Santo en Navidad, 25 de diciembre de 1975.
[18] Pablo VI, Discurso a los parlamentarios de Uganda, en el Parlamento en Kampala, 1 de agosto de 1969.
[19] II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento de Medellín: La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio, Medellín, 1968, Nº1.
[20] Pablo VI, Homilía de la clausura del 41º Congreso Eucarístico Internacional, Filadelfia, Estados Unidos, 8 de agosto de 1976.
[21] Pablo VI, Homilía de la solemne concelebración en la conclusión del Año Santo de la Fe, 30 de junio de 1968.
[22] Pablo VI, Carta Encíclica Evangelii Nuntiandi, Nº14.
[23] Pablo VI, Homilía de la Santa Misa en el «Quezon Circle», Manila, Filipinas, Manila 29 noviembre 1970.

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