Vida sacerdotal y tibieza espiritual – José Atucha, Pbro.

0 Comments

Artículo publicado en la edición Nº 1.184 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2014)
Autor: José Atucha, Diócesis de Valparaíso
Para citar: Atucha, José; Vida sacerdotal y tibieza espiritual, en La Revista Católica, Nº1.184, octubre-diciembre 2014, pp. 334-345

 

DESCARGAR ARTÍCULO EN PDF

 

 

Vida sacerdotal y tibieza espiritual [1]
José Atucha, pbro.
Diócesis de Valparaíso

 

Introducción
La vocación al sacerdocio ministerial es un don de Dios, nadie es digno o merecedor de recibirla. Cristo “llamó a los que quiso, vinieron a él, y designó doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14). La iniciativa es de Jesús, es Él quien elige a sus discípulos (Jn 15,16), quien llama al seguimiento (Mt 9,9), y señala las condiciones del mismo (Mt 19, 21). Como todo don de Dios, la llamada al sacerdocio, debe ser acogida con humildad, amor, alegría y fidelidad. Dios no da sus dones para permanecer guardados. El sacerdote está llamado a acoger: “Heme aquí” (Ex 3,4; 1 Sam 3,4); “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38); y a vivir el carisma recibido: “te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti” (2Tim 1,7).
Junto con la libre y gratuita llamada al ministerio sacerdotal, Dios concede la gracia necesaria para vivir con fidelidad y alegría la vocación recibida. Corresponderá a cada sacerdote desde su fe, libertad y madurez responder con lo mejor de su corazón y de sus fuerzas, a la elección y misión que el Señor, por medio de la Iglesia, le confiere para ser signo transparente ante los hombres de Cristo buen pastor.
Por la misma naturaleza del sacramento recibido, y por la gracia que este confiere, todo sacerdote, aun dentro de la flaqueza humana, está capacitado y debe aspirar a la perfección. Así lo recuerda el Concilio Vaticano II: “los sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar esa perfección”[2].
Llamados a vivir y colaborar para siempre con Jesús; en la contemplación de su vida y de su entrega, “los presbíteros, consagrados por la unción del Espíritu Santo y enviados por Cristo, mortifican en sí mismos las obras de la carne y se consagran totalmente al servicio de los hombres, y así, por la santidad de que están enriquecidos en Cristo, puedan avanzar hasta el varón perfecto[3].
En orientación absolutamente opuesta de la llamada a la santidad sacerdotal, puede surgir en el camino una de las más comunes y perjudiciales dificultades al empeño de responder con generosidad al don de Dios. Nos referimos a la tibieza espiritual en la vida del sacerdote.
Precisando los conceptos
1. ¿Qué no es tibieza espiritual?
La tibieza no es igual que la aridez espiritual o la noche de los sentidos y del espíritu. Estas son enviadas por Dios para invitar a un mayor abandono en sus manos, una purificación del corazón, un crecimiento en las virtudes y una maduración de la vocación sacerdotal. La aridez espiritual es compañera de vida de casi todos los grandes sacerdotes, de los santos y de todo cristiano que busca la santidad. La tibieza, por el contrario, es una tristeza en el servicio de Cristo sacerdote, una enfermedad del amor a Dios, es un corazón cansado que ya no quiere luchar por mejorar.
La tibieza tampoco es un cansancio físico o psicológico, que puede ser fruto de una verdadera vida de entrega evangélica, y que con un apropiado descanso o cambio de actividad se puede recuperar para seguir sirviendo mejor al Reino de Dios.
La tibieza no es un estado psicológico, no es depresión, ansiedad o angustia. Todas ellas deben ser tratadas con el recurso a la gracia de Dios y de profesionales competentes en la materia y, en no pocos caso con la ayuda de terapias y fármacos.
La tibieza tampoco es la tentación, por grande y permanente que pueda ser; ni son las pruebas de la vida, los conflictos, la soledad, la sequedad o los fracasos. Todas ellas fueron vividas por Jesucristo, en cuanto hombre, y de todas ellas nos dio ejemplo y remedios para asumirlas y superarlas.
A diferencia de todas estas experiencias que pueden darse en la vida espiritual del sacerdote, a la tibieza se le abre desde dentro la puerta del corazón, en él hace su tienda, desde él brotan sus frutos de mediocridad, desamor, cansancio y tristeza espiritual. Peor aun, no se desea con prontitud renunciar a ella, sino más bien se quiere “convivir” con ella.
2. ¿Qué es la tibieza espiritual?
Es una enfermedad del espíritu, la cual al entrar en el corazón del sacerdote inicia un lento y largo proceso de infidelidad y enfriamiento progresivos de la caridad, la fe y la esperanza. Quita la alegría de la entrega, acostumbra el corazón a la mediocridad, a la ausencia de esfuerzo por una conversión evangélica, desvanece el ideal de santidad sacerdotal, descuida el discernimiento espiritual, desmotiva e impide el deseo de buscar las personas y los medios adecuados para superarla, e invita al aislamiento y distanciamiento de los demás hermanos sacerdotes. A esto se suma que quien se encuentra en estado de tibieza, por norma general, no toma fácilmente conciencia del daño que va haciendo en su vida, dejando la puerta abierta a un creciente estancamiento y retroceso en la vocación recibida.
También es característico de la tibieza espiritual el temor a decir “sí” a Dios, como donación libre de todo nuestro ser. Un “sí” que no radica tanto en un mayor esfuerzo, sino en un mayor amor. Se inicia así un dañino retroceso en la vida sacerdotal, abandonando voluntariamente la alegría de la entrega a Jesús y a los hermanos, por una vida que se conforma con lo mínimo. Ausente el fervor del primer amor, es conveniente volver a dos textos de las Sagradas Escrituras que pueden iluminar mejor esta situación: “tengo contra ti, dice el Señor, que has perdido el fervor de la primera caridad” (Ap 2,4); “¡Ojalá fueras frío o caliente! Y así, porque eres tibio, y no caliente ni frío, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3,15-16).
Veamos una breve definición de tibieza:
“No es, en cuanto tal, un pecado, ni, propiamente hablando, un acto, sino más bien un estado del espíritu, caracterizado por la debilitación progresiva del amor de Dios. De ahí un tono desvaído en la vida espiritual, la falta de cuidado en lo que refiere al trato con Dios, una situación general de decaimiento interior y, como consecuencia la caída cada vez más frecuente en pecados veniales, es decir, en la realización consciente de acciones no del todo conformes con el querer divino, pero compatibles con una orientación global, aunque genérica y difusa, del corazón hacia Dios, con quien no se desea romper, pero de cuyo amor cada vez se vive menos”[4].
3. Principales efectos de la tibieza en la vida espiritual del sacerdote
3.1 Tibieza y desorden de vida
La vida del sacerdote, como la de cualquier cristiano necesita un norte, unos ideales y unos medios para conseguirlos. Todo su ser y hacer debe estar orientado a la unión personal con Jesús, a ser signo transparente de Cristo buen pastor al servicio del Reino en los hermanos. Es de suma importancia tener una unidad de vida que dé armonía y sentido a toda la existencia, evitando la disgregación y desorientación espiritual. La misión recibida implica una vida de servicio incondicional, pues no es un trabajo o función, sino una consagración que compromete toda la existencia del sacerdote.
La existencia del presbítero debe estar tejida de interioridad y de exterioridad, buscar ese equilibrio es una tarea permanente. La tibieza rompe la armonía entre ambas e introduce un desorden general en el espíritu. La consagración y los ideales que hasta ese momento parecían claros y asumidos se vuelven un poco más oscuros y confusos. La prioridad de valores y opciones surgen con menos fuerza desde dentro, desde un discernimiento en el Señor, desde una confrontación con la Palabra o con los hermanos. La exterioridad invade la interioridad, la acción predomina sobre la reflexión y el hacer se sobrepone a una buena y debida vida de oración y formación permanente.
Para el sacerdote siempre debe ser Jesús quien haga vibrar, dar armonía y sentido pleno a su vida, pero con la llegada de la tibieza, la centralidad del Señor, de la gracia y de la oración, quedan disminuidas. Ya no es solo Jesús el primer amor del sacerdote. La persona y misión del Maestro empiezan a competir con otras personas y actividades casi de igual a igual.
Aunque en lo exterior pueda seguir habiendo un cierto orden y rutina de vida, en lo interno hay conformismo y desmotivación. Va surgiendo un gran vacío de sentido, ya no hay mayor interés por tener un itinerario claro de vida espiritual, unos proyectos de crecimiento y maduración, se vive sencillamente al día. Ahora lo que viene de afuera es lo que toma la prioridad y el timón de la existencia. De aquella clara y alegre entrega primera a Cristo y su amistad, queda una idea general y difusa, incapaz de dar armonía, orden y radicalidad a la vida.
Al respecto escribía Monseñor Carlos González: “Perder el primer amor significa entrar en la rutina y en la mediocridad. Se puede seguir dando bendiciones y sacramentos, pero si el corazón sacerdotal está vacío por dentro, se vivirá una falsedad muy grande. Al perder el sentido de Dios se pierde el sentido del pecado. Se oscurece la sensibilidad y el relativismo crece… Lo más grave es que la persona, en este caso el sacerdote, no percibe la futura tragedia que se está incubando. He visto sacerdotes sin vida interior”[5].
3.2 Tibieza y vida de oración
Leemos en el “Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros”:
“Nacidos como fruto de esta oración (la de Cristo), los presbíteros mantendrán vivo su ministerio con una vida espiritual a la que darán primacía absoluta, evitando descuidarla a causa de las diversas actividades. Para desarrollar un ministerio pastoral fructuoso, el sacerdote necesita tener una sintonía particular y profunda con Cristo, el Buen Pastor, el único protagonista principal de cada acción pastoral”[6].
La oración es el momento privilegiado para estar con el Amigo, para acoger su invitación a permanecer con él y descansar en él: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, que yo os aliviaré… y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 28-29). La oración más que un trabajo es un descanso, es una pausa reparadora: “Venid, retirémonos a un lugar desierto para que descanséis un poco” (Mc 6, 31). En ese trato de amistad (Santa Teresa), es donde el sacerdote puede hacer suya la gozosa afirmación del Apóstol San Juan: “Hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (1Jn 4, 16). La oración es fuente de alegría, paz y deseos de una mayor entrega. En la oración se cumplen las palabras de Jesús: “el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).
Uno de los inconfundibles síntomas de la tibieza lo encontramos cuando se enfría la búsqueda de la unión personal con Jesús, y crece el debilitamiento y desinterés por llevar una vida fiel de oración. Se comienza por pequeñas y reiteradas fallas. La meditación, la lectio, la liturgia, la confesión sacramental, van postergándose, reduciéndose en el tiempo, o simplemente se abandonan. Otras “prioridades” desplazan la primacía absoluta de la vida de oración. En un primer momento se acepta como algo esporádico, pero de a poco se va convirtiendo en una rutina habitual, en un estilo de vida. Aunque hay intentos de retomar esos momentos fuertes de oración, el desorden y el poco interés siguen favoreciendo el enfriamiento espiritual. Generalmente se sigue llevando un esquema básico de oración pero cada vez con menos fervor y profundidad, manteniendo más un cumplimiento externo que un culto interior en “espíritu y verdad”.
La tibieza incapacita para perseverar amando cuando se siente la ausencia de Dios. Al estar débil la vida de fe, el silencio de Dios desconcierta y asusta. El espíritu está poco templado para vivir en abandono y paz la lucha espiritual. El camino de amistad y unión con Jesús se va estancando, toda dificultad en la oración cansa y confunde, dando la sensación de sequedad y pérdida de tiempo. Cuando el corazón está tibio, se piensa que la fidelidad a la oración es equivalente al legalismo; y que la humilde perseverancia en el trato de amistad con Jesús, es un rigorismo casi vacío de sentido. Se empieza a priorizar lo útil, lo funcional, lo que da “frutos” que se pueden ver y evaluar. Poco a poco la primacía de la gracia de Dios cede lugar al voluntarismo y al activismo. Se empieza a creer, equivocadamente, que la vida espiritual radica más en las cualidades humanas e intelectuales del sacerdote que en la fiel e íntima unión al Maestro, como los sarmientos permanecen unidos a la Vid. (Jn 15).
La causa principal de la tibieza en la vida de oración se encuentra en que el sacerdote va perdiendo a Cristo en el horizonte de su vida. En ese estado, Jesús se presenta como una figura desdibujada, distante, de rasgos indefinidos y poco atrayentes. Las palabras del Maestro: “Sin Mí nada podéis hacer” (Jn 15,5b), ya no atraen ni inquietan, y menos aún mueven a entrar en oración con Él. El corazón del sacerdote se va alejando del corazón del Maestro. Se tiende a “olvidar que la primera intención de Jesús fue convocar en torno a sí a los Apóstoles, sobre todo para que “estuviesen con él” (Mc 3,14)”[7]. Este proceso de enfriamiento e infidelidad a la oración, no surge de manera abrupta, ya que si así fuese, sería fácil notarlo y corregirlo. Más bien es sutil, progresivo y muchas veces excusado y justificado. El desinterés por la oración puede darse en cualquier momento de la vida del sacerdote. No solo en la juventud o en años de sequedad. Puede venir en la madurez e, incluso, después de una vida de mucha entrega y espiritualidad.
La oración es el momento privilegiado para el discernimiento espiritual y la renovación de los ideales sacerdotales; pero tal como la tibieza invita a abandonar la oración, invita también a abandonar el discernimiento evangélico. Al quedar la oración y el discernimiento gravemente reducidos, decae también la búsqueda de Dios y de su voluntad. En este estado espiritual es fácil que aparezcan todo tipo de dudas y oscuridades, incluso en ideales y decisiones que hasta ese momento parecían claros. Se duda de si la oración es capaz de cambiar las cosas, que sea fuente de verdaderos frutos, se lee con escepticismo las palabras de Jesús en el Evangelio: “Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. (Lc 11, 9-10). E incluso se llega a dudar de la propia vocación y del sentido de la entrega en una vida sacerdotal.
El sacerdote que siente la pobreza espiritual, y la desproporción entre la consagración-misión recibida y sus limitadas fuerzas, descubrirá y encontrará siempre en la oración su fortaleza y su alegría. Es necesario que la gracia embista y transforme por entero su vida con todos sus pensamientos, afectos e intenciones. Oración y donación personal son inseparables. Para el sacerdote la oración es un compromiso radical de amor, es manifestación de su caridad pastoral y de su humilde y sincero deseo de permanente conversión. La tibieza, por el contrario, invita al sacerdote a conformase con lo superficial y con lo mínimo, debilitando la verdadera necesidad de la oración y del encuentro con Dios. Con ella brota la falsa ilusión de que ahora todo depende de sus cualidades y fuerzas humanas.
“El Maestro está ahí y te llama” (Jn 11, 28). La iniciativa es siempre del Señor, pues “Él nos amó primero” (1Jn 4, 19). La oración del sacerdote será siempre respuesta a la llamada y al amor gratuito de Jesús. Una intensa y genuina vida de oración, ayudará siempre a profundizar y recordar las palabras del Apóstol San Pablo:
“Ese es nuestro ministerio. Lo tenemos por pura misericordia de Dios. Llevamos este tesoro en vasos de barro para que todos reconozcan la fuerza soberana de Dios y no parezca como cosa nuestra” (2Cor 4, 1 y 7).
3.3 Tibieza y celo apostólico
Al introducir la tibieza un proceso de distanciamiento y enfriamiento en la amistad y el seguimiento de Jesús, la caridad pastoral, que “es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio”[8] entra inevitablemente en una profunda crisis.
El amor abnegado soporta con fortaleza la dificultad, el sacrificio, y todo sufrimiento inherente al servicio pastoral. Dice el Concilio Vaticano II: “El amor del Buen Pastor les impulsa a dar su vida por las ovejas, dispuestos aun al sacrificio supremo, a ejemplo de los sacerdotes que incluso en nuestros días no se negaron a entregar su vida”[9]. La tibieza espiritual, en sus diversos grados, despoja al sacerdote de este imprescindible espíritu de abnegación y entrega. Por ser el celo apostólico participación sacramental de la caridad pastoral de Cristo, reclama un amor de identificación con los más profundos sentimientos y opciones del Buen Pastor.
En la vida pastoral la tibieza no niega a Dios pero lo pone en un segundo lugar. Se pierde sintonía con la gran afirmación de Juan Bautista: “es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,20). La tibieza abre peligrosamente la puerta a una crisis profunda de interioridad e identidad sacerdotal. El “estar” con Jesús y el “permanecer” con él, van perdiendo profundidad y prioridad; ya no son el centro constitutivo del ser sacerdotal. Ya se otea en el horizonte el riesgo real de pasar de amigos y testigos de la muerte y resurrección de Jesús, a un cumplidor o funcionario de tareas, planificaciones y normas religiosas.
Es tan asolapada y silenciosa la presencia de la tibieza que, en una primera impresión pareciera que el celo apostólico escapa de los efectos nocivos que ella acarrea. Aparentemente la actividad pastoral se incrementa a un ritmo acelerado. ¿Qué sucede en realidad? Ante el enfriamiento de la vida interior, y de los ideales de santidad, la actividad exterior se redobla, dando comienzo a una búsqueda ansiosa y vertiginosa de supuestos sucedáneos que puedan llenar ese vacío interior. Por eso la Iglesia advierte que: “Hoy día, la caridad pastoral corre el riesgo de ser vaciada de su significado por un cierto ‘funcionalismo’. De hecho, no es raro percibir en algunos sacerdotes la influencia de una mentalidad, que equivocadamente tiende a reducir el sacerdocio ministerial a los aspectos funcionales. Esta concepción reduccionista del ministerio sacerdotal lleva el peligro de vaciar la vida de los presbíteros y, con frecuencia, llenarla de formas no conformes al propio ministerio”[10].
Pero es precisamente ahí donde la tibieza hace sentir su sutil y creciente influencia. Quita el ánimo y el empeño de donarse en el amoris officium, e introduce un proceso de replegarse y centrarse demasiado en sí mismo. Ahora todo se calcula y se mide cuidadosamente. “Si no hay un trabajo serio en la interioridad, se podrán hacer muchos planes pastorales, pero sin contenido interior todo eso será aparente y transitorio”[11]. Si la vigilancia y la oración, son necesarias a todo cristiano ¿cuánto más lo será a quien ha recibido de Dios y de la Iglesia la misión de ser solícito pastor del rebaño de Jesús?
Si el corazón del apóstol está tibio, sería casi un milagro que se compenetre y comprometa totalmente en la misión de invitar a otros a conocer y amar a Jesús, a quien el mismo sacerdote va perdiendo de vista en un proceso de enfriamiento y desinterés. Ser apóstol, según la lógica del Corazón de Cristo, reclama amistad, fidelidad y humildad. No se debe perder la conciencia de ser llamado y enviado por Jesús, de ser sacramentalmente sus representantes ante toda la comunidad.
La tibieza favorece un falso optimismo pastoral, una evangelización de poca profundidad y escasa capacidad de cambiar los corazones, pero, cuando hay poca interioridad, deja satisfecho y con la sensación de la misión cumplida. Es muy difícil iluminar la acción pastoral cuando la tibieza se hace fuerte en el espíritu del sacerdote.
La sociedad de hoy pide apóstoles con experiencias de Dios, más que teorías sobre el Evangelio. El sacerdote por medio de la caridad pastoral, está llamado a comunicar la experiencia de Dios adquirida en la contemplación. Así lo enseñó Pablo VI: “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio”[12].
4. Propuestas para salir de la tibieza espiritual
La tendencia natural de la voluntad es siempre hacia lo más fácil y placentero. El sacerdote no queda excluido de esta inclinación del hombre viejo. Por ello requiere optar diariamente por una vida más evangélica y de mayor calado espiritual. Esta libre opción requerirá en ocasiones hacerse una cierta violencia, entregándose a un estilo de vida de mayor profundidad y fidelidad al Señor.
Duc in altum” (Lc 5, 4), esas fueron las palabras del Maestro a Pedro y sus compañeros cansados y desanimados tras una larga noche de pesca infecunda. Remar mar adentro significa volver a poner toda la confianza en Jesús, en sus palabras y en su fidelidad. Volver los ojos y el corazón hacia Él, encontrar fuerza y paz en su presencia y no creer que las solas fuerzas humanas e intelectuales sean suficientes para liberarse de la tibieza interior.
Tres propuestas pueden ayudar al sacerdote a salir del estado de tibieza espiritual: Reenamorarse de Jesucristo, renovar la vida de oración y la fraternidad sacerdotal.
4.1 Reenamorarse de Jesucristo
El único y verdadero camino para salir de la tibieza espiritual es reenamorarse cada día más de Jesucristo. Despertar y acrecentar el deseo de una mayor y profunda adhesión a Jesús. Esta es la invitación que ofrece el reciente Documento de Aparecida:
“La admiración por la persona de Jesús, su llamada y su mirada de amor buscan suscitar una respuesta consciente y libre desde lo más íntimo del corazón del discípulo, una adhesión de toda la persona al saber que Cristo lo llama por su nombre”[13].
Volver a colocar a Jesús en el centro de la vida, reavivar el permanente deseo de estrechar la amistad e intimidad con el Maestro. Reordenar la existencia, las opciones y los tiempos en torno a Cristo; vivir en su presencia y amistad. A ello ayudará grandemente una vida más eucarística y contemplativa, despertando la admiración por el amor personal de Cristo hacia cada sacerdote. Cimentar la espiritualidad más en la Palabra de Dios, en su lectura prolongada y meditada. La devoción a la Madre de Jesús, y madre de cada sacerdote, es escuela probada de humilde y alegre fidelidad a la voluntad de Dios.
Para ayudar a concretizar este deseo de reenamorarse del Señor, le convendrá al sacerdote retomar una perseverante y madura vida de oración y de fraternidad sacerdotal.
4.2 Renovar la vida de oración
En teoría es bien sabido que la oración es el alma de toda vocación y de todo apostolado, pero las teorías no bastan para llenar vidas y corazones. Se requiere un convencimiento vivencial y experiencial de ello. La oración del sacerdote es una oración desde la fe, va más allá del sentir y gustar, es cosa de amor, de amistad, de encuentro personal con el Amigo y Maestro.
Para reenamorarse de Jesucristo, tiene el presbítero el gran medio de la oración. La humilde oración de cada día nunca dejará vacío el corazón del sacerdote, siempre será un medio adecuado de conversión y de permanente inspiración del Espíritu Santo. No se le debe mirar en menos, ni desconfiar de sus innumerables frutos espirituales. Es sencilla y oculta, es silenciosa, humilde y discreta, pero es la fuente de vida de todo cristiano y especialmente de aquel que está llamado a participar con una especial unción en la misión y el sacrificio redentor de Cristo.
La amistad con Cristo no puede cimentarse solo en “ratos” de oración, reclama algo más profundo del sacerdote, algo que solo se puede realizar por medio de una vida de oración, una permanente adhesión al Maestro, unión que nunca debe ser interrumpida.
Buscar la unidad de vida entre apostolado y oración, pasa por aceptar la invitación de Jesús de darnos su “agua viva” (Jn 4, 10) y su “pan de vida” (Jn 6, 35.48); por tener hambre y sed de su presencia, de sus palabras y de su gracia.
Una renovada vida de oración es la mejor forma de compartir la amistad y la misión apostólica de Jesús. Solo ella puede dar al sacerdote la permanente disposición de entregarse al punto de correr la misma suerte de Jesús.
4.3 Fraternidad sacerdotal
La fraternidad sacerdotal es otra gran ayuda para madurar en el ministerio y para sobreponerse a la tibieza espiritual. Descubrir y potenciar cada vez más la amistad entre los hermanos sacerdotes, favorece la corrección fraterna, la renovación de los ideales y la siempre oportuna ayuda de quienes viven la misma llamada y consagración.
La fraternidad sacerdotal surge espontánea cuando hay verdaderos deseos de fidelidad a Jesús. Se busca el consejo y el aliento de quienes tienen más experiencia y santidad, se abre con humildad y paz la conciencia para exponer dificultades y pruebas propias del ministerio, y se acoge con alegría y sentido sobrenatural las correcciones y estímulos que los hermanos ofrecen con sus vidas y buenos consejos.
Tal como la tibieza espiritual invita a centrarse demasiado en sí mismo y aislarse de los hermanos, la fraternidad sacerdotal ayuda a superar ese mal hábito y se presenta como un don siempre fresco que renueva, conforta y anima en el seguimiento del Señor. En ella crece la confianza y la transparencia, y se evitan muchos riesgos y tentaciones que brotan de un ministerio en solitario.
Compartir con los hermanos sacerdotes nunca será una pérdida de tiempo, al contrario, siempre ofrecerá la ocasión de madurar en la identidad de hombres consagrados a Cristo sacerdote y a la predicación de su Evangelio, y permitirá renovar y avivar cada día más el gran e inmerecido don del sacerdocio.
NOTAS
[1] Conferencia expuesta en el retiro anual de la Diócesis de Temuco, Marzo 2014.
[2] Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, n. 12.
[3] Ibíd.
[4] Illanes, J., Tratado de teología espiritual (Eunsa; Pamplona 2007), 409-410.
[5] González, C., Jesús en vasos de barro (Ediciones Marana-tha; Talca – Chile), 63.
[6] Congregación para el clero, “Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros (Roma 1994), n.38.
[7] Ibíd., n.40.
[8] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica “Pastores dabo vobis”, 1992, n.23.
[9] Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros Presbyterorum Ordinis, n. 13.
[10] Congregación para el clero, “Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros (Roma 1994), n.44.
[11] González, C., Jesús en vasos de barro (Ediciones Marana-tha; Talca – Chile), 64.
[12] Pablo VI, Discurso a los miembros del Consilium de Laicis (2 de Octubre de 1974): AAS 66 (1974), 568.
[13] V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida, n. 136.

 

Categories:

About La Revista Católica

Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.