El olor a oveja: Conocer su dolor y curar sus heridas está en la esencia de la tarea del pastor – Cardenal Luis Antonio Tagle

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ENCUENTRO “LA PROTECCIÓN DE LOS MENORES EN LA IGLESIA”

El olor a oveja:

Conocer su dolor y curar sus heridas está en la esencia de la tarea del pastor

Cardenal Luis Antogio Tagle, Arzobispo de Manila, Filipinas

Santa Sede – 21 de febrero de 2019

 

 

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El abuso de menores por parte de ministros ordenados ha causado heridas no solo a las víctimas, sino también a sus familias, al clero, a la Iglesia, a la sociedad en general, a los propios perpetradores y a los Obispos. Pero también es verdad, lo admitimos con humildad y tristeza, que los obispos hemos infligido heridas a las víctimas y, de hecho, a todo el cuerpo de Cristo. Nuestra falta de respuesta al sufrimiento de las víctimas, sí, hasta el punto de rechazarlas y encubrir el escándalo para proteger a los autores y a la institución, ha herido a nuestro pueblo, dejando una profunda herida en nuestra relación con aquellos a quienes hemos sido enviados a servir. La gente está preguntando con razón: “¿Acaso tú, que estás llamado a tener el olor de las ovejas sobre ti, en vez no has huido cuando encontraste el hedor de la inmundicia infligida a los niños y a las personas vulnerables que se suponía que debías proteger, que resultaba demasiado fuerte para soportar?”. Las heridas requieren sanación. ¿Pero en qué consiste la sanación? ¿Cómo nosotros, como Obispos que hemos sido parte de la herida, podemos promover la sanación en este contexto específico? El tema de la sanación de las heridas ha sido objeto de numerosos estudios interdisciplinarios. No puedo pretender conocer todos los hallazgos de las ciencias humanas y sociales sobre el tema, pero creo que necesitamos recuperar y mantener una fe y una perspectiva eclesial que nos guíe, como ha insistido muchas veces el Papa Francisco. Para mi presentación, invito a todos a mirar al Señor Resucitado y a aprender de Él, de sus discípulos y de su encuentro[1].
La aparición del Señor Resucitado a los discípulos y a Tomás (Juan 20,19-28)
El Evangelio de san Juan narra una aparición del Señor Resucitado a los discípulos en la tarde del primer día de la semana. Las puertas estaban cerradas con llave mientras los discípulos acobardados de miedo, se preguntaban si serían los próximos en ser crucificados. Es en este momento de total impotencia que Jesús, resucitado y aun herido, se presenta en medio de ellos. Después de saludarlos con el mensaje de la resurrección: “La paz esté con vosotros”, les mostró sus manos y su costado, marcados por heridas abiertas. Solo acercándose a sus heridas podían ser enviados a una misión de reconciliación y perdón por el poder del Espíritu Santo. Tomás no estaba con ellos en ese momento. Escuchemos ahora el relato del encuentro entre el Señor Resucitado y Tomás.
“Tomás, llamado Dídimo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás estaba con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz esté con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío»”.
Los enviados deben estar en contacto con la humanidad herida
Fíjense cómo Jesús los invita de nuevo a mirar sus heridas. Incluso insiste en que Tomás ponga su dedo en las heridas de sus manos y que meta su mano en la herida de su costado. Traten de imaginar cómo se debe haber sentido Tomás. Pero al ver las heridas del Señor Resucitado, hace la profesión suprema de fe en Jesús como Señor y Dios. Ver y tocar las heridas de Jesús es fundamental para el acto y la confesión de fe. ¿Qué podemos aprender de este encuentro íntimo? Al repetir esta acción dos veces, el evangelista deja claro que aquellos que son enviados a proclamar el núcleo de nuestra fe cristiana, la muerte y la resurrección de Cristo, solo pueden hacerlo con autenticidad si están constantemente en contacto con las heridas de la humanidad. Esa es una de las marcas de nuestro ministerio. Esto es verdad en Tomás, y es verdad en la Iglesia de todos los tiempos, especialmente en nuestro tiempo.
Monseñor Tomas Halik escribe: “Cristo viene a él y le muestra Sus heridas. Esto significa que la resurrección no es el ‘difuminarse’ o la devaluación de la cruz. Las heridas siguen siendo heridas”. Las heridas de Cristo permanecen en las heridas de nuestro mundo. Monseñor Halik añade: “Nuestro mundo está lleno de heridas. Tengo la convicción de que aquellos que cierran sus ojos a las heridas de nuestro mundo no tienen derecho a decir, ‘Señor mío y Dios mío’”. Para él, ver y tocar las heridas de Cristo en las heridas de la humanidad es una condición para la fe auténtica. Dice además: “¡No puedo creer hasta tocar las heridas, el sufrimiento del mundo, porque todas las heridas dolorosas, toda la miseria del mundo y de la humanidad son las heridas de Cristo! No tengo el derecho de confesar a Dios a menos que me tome en serio el dolor de mi prójimo. La fe que quiera cerrar los ojos ante el sufrimiento de las personas es solo una ilusión”. La fe nace y renace solo de las heridas del Señor Crucificado y Resucitado, vistas y tocadas en las heridas de la humanidad. Solo una fe herida es creíble (Halik). ¿Cómo podemos profesar la fe en Cristo cuando cerramos los ojos a todas las heridas infligidas por el abuso?
Lo que está en juego
Hermanos y hermanas, esto es lo que está en juego en este momento de crisis provocado por el abuso de los niños y nuestro mal manejo de estos crímenes. Nuestro pueblo necesita que nos acerquemos a sus heridas y reconozcamos nuestras faltas si queremos dar un testimonio auténtico y creíble de nuestra fe en la Resurrección. Esto significa que cada uno de nosotros, y nuestros hermanos y hermanas en nuestros lugares de origen, debemos asumir la responsabilidad personal de llevar la sanación a esta herida en el Cuerpo de Cristo y comprometernos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que los niños estén seguros en nuestras comunidades.
La presencia de las heridas de la crucifixión en el Señor Resucitado desafía la lógica humana. Si el mundo se hubiera encargado de hacer una representación de la resurrección, Jesús habría aparecido en la casa de Herodes o en el pórtico de Pilato y habría hecho el mayor “te lo dije” de la historia humanidad. Jesús habría manifestado su triunfo final eliminando todas las señales de dolor, injusticia y derrota. Que todo eso quede enterrado en el oscuro pasado y que nunca sea resucitado. Pero ese no es el camino de Jesucristo. La resurrección no es una victoria ilusoria. Al mostrar sus heridas a los discípulos, Jesús restaura la memoria de ellos. Roberto Goizueta comenta con razón que “las heridas del cuerpo glorificado de Cristo son el recuerdo encarnado de las relaciones que definieron su vida y su muerte”. Las heridas de Jesús son la consecuencia de su relación amorosa y compasiva con los pobres, los enfermos, los recaudadores de impuestos, las mujeres de mala reputación, las personas afectadas por la lepra, los niños ruidosos, los forasteros y los extranjeros. Las heridas de Jesús son la consecuencia de haberse dejado herir al tocar las heridas de los demás. Fue crucificado porque amaba a estas personas concretas que fueron heridas por la sociedad y la religión. Al compartir sus debilidades y heridas, se convirtió en un hermano compasivo en lugar de un juez duro.
La carta a los Hebreos 5,8-9 afirma: “Aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen”. Las heridas del Señor Resucitado recuerdan a los discípulos el amor que está dispuesto a ser herido por compasión hacia la humanidad. Sus heridas son las heridas de otros que cargó libremente. No infligió heridas a otros, pero estaba dispuesto a ser herido por su amor y comunión con ellos. Como dijo Frederick Gaiser, “El pastor sanador nunca está lejos de los peligros, nunca es inmune a los males y enfermedades de los que trata de proteger al rebaño”. Solo las heridas del amor y la compasión pueden sanar.
No tengáis miedo
Hermanos y hermanas, tenemos que dejar de lado toda vacilación para acercarnos a las heridas de nuestro pueblo por miedo a ser heridos nosotros mismos. Sí, muchas de las heridas que sufriremos son parte de la restauración de la memoria que debemos padecer, como lo hicieron esos discípulos de Jesús. Las heridas del Señor Resucitado recordaron a los discípulos la traición, su propia traición y el abandono de Jesús cuando salvaron sus propias vidas por miedo. Huyeron en el primer momento de peligro, temerosos del costo del discipulado, y en el caso de Pedro, aun negando que él conocía al Señor. Las heridas de Jesús también les recuerdan a ellos y a nosotros que las heridas son a menudo infligidas por la ceguera de la ambición y el legalismo y el mal uso del poder que condenó a una persona inocente a morir como un criminal. Las heridas de Cristo resucitado llevan el recuerdo del sufrimiento inocente, pero también llevan el recuerdo de nuestra debilidad y pecaminosidad.
Si queremos ser agentes de sanación, rechacemos cualquier tendencia que forme parte del pensamiento mundano que se niega a ver y tocar las heridas de los demás, que son las llagas de las personas heridas. Aquellos heridos por el abuso y el escándalo necesitan que seamos fuertes en la fe en este momento. El mundo necesita auténticos testigos de la resurrección de Jesús, de quienes se acercan a Sus heridas como primer acto de fe.
Roberto Goizueta afirma que la negación de las heridas y la muerte lleva a la muerte de otros y a nuestra propia muerte. Hay un gran temor hoy en día en los corazones de las personas y de hecho en nuestros propios corazones, que hace que la humanidad en nuestro tiempo evite tocar las heridas de nuestro mundo simplemente porque tenemos miedo de enfrentarnos a nuestra propia mortalidad, debilidad, pecaminosidad y vulnerabilidad. Ernest Becker observa que evitamos el dolor y el sufrimiento como recuerdo no deseado de que somos vulnerables. Nos engañan al hacernos creer que tener mucho dinero, la póliza de seguro correcta, la seguridad más estricta, el último modelo de auto y dispositivos, y la membresía en clubes de salud rejuvenecedores podría hacernos inmortales.
Lamentablemente, también eliminamos a los heridos entre nosotros, sacándolos de las calles cuando los dignatarios nos visitan o cubriendo sus chabolas con paredes pintadas. Goizueta dice conmovedoramente: “Si negamos la muerte, la infligimos. Pero también la infligimos a nosotros mismos. El miedo al dolor y a la vulnerabilidad que nos hace evadir las relaciones humanas reales, evitar ese amor verdadero que siempre implica la entrega y la vulnerabilidad frente al otro, en última instancia, mata nuestra vida interior, nuestra capacidad de sentir cualquier cosa, ni el dolor, ni la alegría, ni el amor”. El miedo a las heridas nos aísla y nos hace indiferentes a las necesidades de los demás. El miedo lleva a la gente a un comportamiento violento e irracional. El miedo motiva a la gente a defenderse incluso cuando no existen amenazas. Los que siembran miedo en los demás y en la sociedad se temen a sí mismos. En Jesús Resucitado sabemos que al ver y tocar las heridas de los que sufren, tocamos nuestras propias heridas y tocamos a Jesús. Nos convertimos en hermanos y hermanas entre nosotros. Reconocemos nuestra culpa común al infligir heridas a la humanidad y a la creación. Escuchamos el llamado a la reconciliación. Vemos la presencia paciente del Señor Resucitado en nuestro mundo roto.
Acompañamiento continuo en solidaridad
Una vez que se hace justicia, ¿cómo ayudamos a las víctimas a sanarse de los efectos del abuso?  La justicia es necesaria, pero por sí sola no sana el corazón roto del ser humano. Las emociones profundas residen en el corazón que ha sido tan profundamente herido. También debemos ser conscientes de que los sobrevivientes de las víctimas sufren un gran estrés, una mayor ansiedad y depresión, autoimagen más baja y conflictos interpersonales que surgen de la ruptura interior.  Y, trágicamente, todo esto ha llevado a algunos al suicidio.
Por lo tanto, tenemos que mostrar la mayor ternura al caminar con las víctimas mientras llevan su dolor. Por encima de todo, nunca debería sugerírseles que simplemente lo dejen pasar, disculpen el abuso y sencillamente sigan adelante. No. Lejos de eso. Pero también sabemos que cuando las víctimas llegan a un momento de perdonar a otros que les han hecho daño, se produce una sanación más profunda y llegan a un lugar de paz.  Por lo tanto, lo que debemos hacer como líderes y como Iglesia es comprometernos a caminar continuamente en solidaridad con aquellos profundamente heridos por el abuso a su propio ritmo, construyendo confianza, dando amor incondicional, y pidiendo repetidamente perdón en el pleno reconocimiento de que no merecemos ese perdón en el orden de la justicia, sino que solo podemos recibirlo cuando es otorgado como don y gracia en el proceso de sanación.
Finalmente, nos preocupa que en algunos casos los obispos y los superiores religiosos son tentados -quizás incluso a veces presionados- a elegir entre la víctima y el perpetrador.  ¿A quién se debe ayudar? Un enfoque en la justicia y el perdón nos muestra la respuesta: Nos centramos en ambos. En cuanto a las víctimas, tenemos que ayudarlas a expresar sus profundas heridas y a sanarlas. En cuanto a los perpetradores, necesitamos servir a la justicia, ayudarlos a enfrentar la verdad sin racionalización y, al mismo tiempo, no descuidar su mundo interior.
A veces, nos sentimos tentados a pensar en términos de “solo uno/o”: Nos esforzamos por hacer justicia o intentamos ofrecer perdón. Necesitamos un cambio hacia una postura de “ambos/y” mientras nos preguntamos deliberadamente: ¿Cómo podemos servir a la justicia y fomentar el perdón ante esta herida de abuso sexual? ¿Cómo podemos evitar distorsionar el perdón para no equipararlo con dejar pasar la injusticia o seguir adelante y descartar el mal?  ¿Cómo podemos mantener una visión precisa del perdón como una sorprendente misericordia de amor incondicional para aquellos que han hecho el mal, mientras que al mismo tiempo, nos esforzamos por hacer justicia? ¿Cómo podemos renovar la Iglesia por medio de una firme corrección de un mal definido y caminar con los abusados, pidiendo perdón con paciencia y repetidamente, sabiendo que dar tal don puede sanarles aún más?
Conclusión
Aprendiendo del Señor Resucitado y de sus discípulos, miramos y tocamos las heridas de las víctimas, de las familias, del clero culpable e inocente, de la Iglesia y de la sociedad. Contemplando a Jesús herido por la traición y el abuso de poder, vemos las heridas de aquellos que fueron heridos por quienes les hicieron daño y por aquellos que deberían haberlos protegido. En Él experimentamos la misericordia que preserva la justicia y celebra el gran don del perdón. Esperamos que la Iglesia sea una comunidad de justicia marcada por la comunión y la compasión, una Iglesia deseosa de emprender una misión de reconciliación con el mundo herido en el Espíritu Santo. Una vez más, el Señor Crucificado y Resucitado está en medio de nosotros en este momento, nos muestra sus heridas y proclama: “¡La paz esté con vosotros!”. Que crezcamos siempre en nuestra fe en este gran misterio.
NOTA
[1] Los estudios publicados por Roberto Goizueta, Richard Horsley, Barbara Reid, Tomas Halik, Robert Enright y el Cardenal Albert Vanhoye, por nombrar algunos autores, me han ayudado en mi propia reflexión.

 

 

IMAGEN: WWW.VATICANNEWS.VA

 

 

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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