Las mujeres y la crisis de la Iglesia en Francia: respuesta y proyección (siglos XVIII y XIX) – Alexandrine de La Taille

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Artículo publicado en la edición Nº 1.200 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2018)
Autor: Alexandrine de la Taille-Trétinville, Universidad de los Andes
Para citar: de La Taille, Alexandrine; Las mujeres y la crisis de la Iglesia en Francia: respuesta y proyección (siglos XVIII y XIX), en La Revista Católica, Nº1.200, octubre-diciembre 2018, pp. 376-385

 

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Las mujeres y la crisis de la Iglesia en Francia: respuesta y proyección (siglos XVIII y XIX)
Alexandrine de La Taille-Trétinville
Instituto de Historia – Universidad de los Andes

Una institución tan longeva como la Iglesia Católica, la única de Occidente que ha perdurado por más de dos mil años, ha vivido profundas crisis en su devenir histórico, y, una de las más profundas, fue la que debió enfrentar con el estallido de la Revolución Francesa en 1789. Dado que actualmente la Iglesia vive también un momento de gran dificultad, es pertinente preguntarse cómo y a través de quiénes la Iglesia ha logrado, no solo superar los escollos del pasado para poder continuar con su misión, sino renovarse para acometer los desafíos de los nuevos tiempos. En este artículo proponemos una aproximación histórica al rol clave que asumieron las mujeres durante el siglo XIX en Francia, a fin de recuperar un catolicismo que parecía sucumbir, por una parte y, por otra, en la proyección que tuvo incluso en nuestro país la audaz iniciativa femenina de la Contrarrevolución[1].
1. Iglesia Católica y Revolución: pervivencia y persecución
La toma de la Bastilla sorprendió a la Iglesia francesa en un momento de debilidad. Si bien luego de la Reforma Protestante, esta había experimentado una renovación gracias a la Reforma Católica[2]; los más de doscientos años transcurridos habían vuelto a erosionar la barca de Pedro. Tanto Teresa de Ávila (1515-1582) como las disposiciones del Concilio de Trento (1545-1563), habían logrado reformar la vida consagrada, especialmente la clausura femenina, dado que a fines de la Edad Media la vida monacal se había visto inmersa en una relajación de sus costumbres.
La clausura -su gran particularidad- se había prestado para muchos abusos. Esta tenía su origen en los tiempos remotos de la Iglesia y era considerada como el mejor escenario para alcanzar la perfección moral. Sin embargo, debido al deterioro en que cayó, fue necesario que el citado Concilio reglamentase estrictamente lo que en cuanto a ella concernía, exigiendo su cumplimiento. Para esto, las murallas de los conventos debían ser altas, impidiendo toda visión desde dentro hacia fuera y viceversa; las entradas, estar doblemente cerradas y las llaves mantenerse en posesión de autoridades del claustro. Los espacios que conectaban a las religiosas con el exterior tenían rejas y cortinas para evitar el contacto. Los hombres no podían entrar salvo rarísimas excepciones, ni siquiera los sacerdotes. En el caso de que se impartiera enseñanza, los lugares que podían ocupar las alumnas, también estaban absolutamente reglamentados. Todo esto era controlado por la inspección del visitador canónico, quien evaluaba la regularidad del monasterio desde el exterior[3]. En paralelo, la santa abulense, con su propia vida daba muestras de la necesidad del cambio y lo llevaba a la práctica con la reforma del Carmelo Descalzo que se materializó en diecisiete conventos durante su vida y una proliferación de los mismos más allá de la Península Ibérica, traspasando su iniciativa hasta el Nuevo Mundo al poco tiempo de su muerte[4].
Con el paso de los años, en el contexto del renacimiento de la vida conventual se llevaron a cabo nuevas iniciativas que, sin dejar de lado la clausura, pudieron ofrecer servicios concretos a la sociedad, como la ayuda a los pobres, la asistencia a los enfermos y la educación de las niñas. La Iglesia hasta el momento había sido contraria a la educación femenina, pero se vio en la necesidad de fomentarla como un medio de luchar contra el protestantismo. Cada niña era considerada una futura madre, por lo tanto, podía desempeñar un papel clave en la educación católica de sus hijos, y, a largo plazo, de la sociedad en general[5]. Así lo entendieron las nuevas congregaciones post Trento, como, por ejemplo, las ursulinas, fundadas por Santa Ángela de Merici en 1535 e instaladas en Francia a comienzos de siglo[6]; la Compañía de Marie de Notre-Dame, debida a la iniciativa de Jeanne de Lestonnac en 1607; la Congregación de Notre Dame[7], instituida por Alix Le Clerc y Pierre Fourier en 1615 y las visitandinas, fundadas por San Francisco de Sales y Jeanne de Chantal en 1610. También marcó un hito la puesta en marcha de las Hijas de la Caridad en 1633 por parte de Luisa de Marillac. Era la versión femenina de la Congregación de los sacerdotes de la Misión o lazaristas, fundada por San Vicente de Paul en 1625. Se distinguieron estas últimas, porque, junto con sus obras de caridad corporal, se dedicaron a la evangelización de los pobres, a través de las misiones y proporcionando instrucción a las niñas pequeñas[8].
Los nuevos aires de la Ilustración mermaron durante el siglo XVIII las vocaciones religiosas, y, por lo mismo, el interés de las familias por educar a sus hijas en los conventos. En la práctica, muchos miembros de la élite solo enviaban a sus hijas a los internados católicos para prepararse a su Primera Comunión, asistiendo sus hijas solo unos meses a dichos establecimientos educacionales. Como una clara muestra de los nuevos tiempos, parecía que las monjas no daban una educación adecuada en función al momento que se estaba viviendo, sino que estaban “pasadas de moda”[9].
Esta crisis conventual tan clara desde la mirada femenina, ad portas de la Revolución, era parte de un proceso mayor que afectaba a la Iglesia francesa[10]. En ese contexto, no solo las religiosas se vieron disminuidas, sino también los sacerdotes, debido a un notable aminoramiento de las vocaciones[11]. El problema de fondo radicaba, por un lado, en la penetración progresiva del espíritu de la Ilustración en la sociedad francesa, que llevaba implícita una crítica a las instituciones, especialmente a la Iglesia. Luego de la renovación tridentina, esta se había centrado en la autoridad del clero, especialmente de los obispos, en la reforma de la educación de los clérigos y en la actividad parroquial. A los ojos del pueblo se había transformado en una Iglesia elitista, que miraba con malos ojos sus manifestaciones[12].
Por otro lado, la religión de los franceses se había vuelto triste y culposa, con una visión negativa de Dios y de la naturaleza humana, fruto de la difusión de las ideas jansenistas que, a partir del siglo XVII, se propagaron por Francia. El origen de ellas se encontraba en el teólogo holandés Cornelius Jansen[13], quien, ligado a la teología de la predestinación, sostenía que la brecha entre el hombre y Dios era casi infranqueable, debido a la maldad innata del primero. Ante semejante pesimismo, en la práctica, tomó gran importancia la figura del sacerdote por su poder de absolución; no obstante, se llegó a extremos tales, en que solo después de repetidas confesiones, este podía cerciorarse del arrepentimiento del penitente y considerarlo digno de la comunión. Esta concepción tan negativa del hombre repercutió en una notable disminución de la frecuentación de los sacramentos por parte de muchos bautizados que no se sentían dignos de la gracia divina, especialmente, los varones[14].
Varios Papas rechazaron el Jansenismo, hasta que fue condenado por Clemente XI -de acuerdo con Luis XIV- en 1713, mediante la bula Unigenitus. Así, un conflicto que había comenzado en el terreno religioso, pasó al político, puesto que la postura del Sumo Pontífice pasó a identificarse con la del rey. Por su parte, quienes divergían de la Corona y de la Santa Sede, buscaron protección en el Parlamento. Se desataron entonces, en pleno siglo XVIII, debates y divergencias públicos que no hacían más que dividir al clero y a la sociedad franceses, donde los jesuitas se destacaron como enérgicos opositores al pesimismo jansenista, difundiéndose este último cada vez más. En palabras de la historiadora Phil Kilroy: «El jansenismo logró ganarse las mentes y los espíritus de gran parte del clero y de los seglares, encaminando la polémica por unos derroteros que nunca hubieran presagiado sus iniciadores. La unión de la doctrina del jansenismo con la tradición de la Iglesia francesa del galicanismo acabó siendo una poderosa coalición que desafiaba la autoridad de la familia real y del papado de finales del siglo XVIII»[15].
La toma de la Bastilla en 1789 sorprendió a la Iglesia dividida y en una crisis vocacional y doctrinal que se manifestó en la lejanía de los fieles. Estos, cada vez más alejados del cumplimiento de los preceptos, que tanto había costado al siglo anterior arraigar, incluso comenzaron a dudar de la institución, siendo esto lo más grave. De esa falta de confianza en la jerarquía eclesiástica, derivó -según el historiador francés Roger Chartier- el agotamiento de las prácticas religiosas, pues las veían como inútiles[16]. Tan pecador era el ser humano, que veían imposible confesarse y comulgar en gracia de Dios[17].
Así, el golpe de la Revolución sería aún más fuerte para la Iglesia, la más perseguida, puesto que ya se encontraba debilitada y dividida. La Asamblea Constituyente, tras decretar que el catolicismo dejaba de ser la religión del Estado, y, a los pocos meses, nacionalizar todos sus bienes, el 13 de febrero de 1790 suprimió todos los conventos de Órdenes contemplativas e incautó sus posesiones. En el caso de los religiosos, estos debían abandonar los claustros y retirarse en casas particulares; las monjas, por el momento, podían seguir residiendo en sus conventos, pero claramente se ponía fin al servicio educativo que prestaban. El golpe mortal fue la Constitución Civil del Clero del 12 de julio de 1790, que desvinculaba totalmente a la Iglesia francesa del Papa, poniéndola a merced del Estado; sus funcionarios, sacerdotes y obispos debían ser elegidos[18].
El Terror fue aún más duro con la Iglesia, desatándose violentas luchas armadas. Cabe destacar el movimiento de la Vendée desencadenado en 1794 como reacción a la muerte del rey. Esta sublevación marcó el punto más álgido y terrible del combate entre el cristianismo, que, a su vez representaba la tradición monárquica, y el carácter antirreligioso de los revolucionarios. Estos últimos lograron aniquilar la región, demostrando de esta forma su condena del fanatismo y la superstición que representaba para ellos el cristianismo[19].
Mas los revolucionarios no lograron suprimir la Iglesia Católica. Ella siguió subsistiendo de diversas formas en medio de las más terribles hostilidades. Muestra de ello fueron los sacerdotes refractarios que se quedaron en Francia, ya sea en sectores rurales como en las ciudades, ejerciendo clandestinamente su ministerio. Lo mismo, los deportados, que soportaron el exilio dando ejemplo con su vida de que mantenían en ellos viva a la Iglesia francesa. Las comunidades de monjas también participaron de este espíritu, algunas manteniendo dentro de lo posible la observancia a su Regla en absoluto secreto[20].
Oficialmente con la firma de Napoleón y Pío VII del Concordato de 1801 terminaba el cisma francés. Volvía a reconocerse la religión católica y romana como la de la “gran mayoría de los franceses”. Las dos partes fijaban una serie de disposiciones para regular el culto y reorganizar la Iglesia, entre las cuales destacaban la nueva limitación de las diócesis, el nombramiento de los obispos y párrocos y la regulación del patrimonio eclesiástico[21].
El catolicismo francés, que se había enfrentado a la Revolución en un momento de dificultad y división, después de ella daba muestras de que no solo había sobrevivido, sino que había logrado fortalecerse en esos momentos de prueba. Esta paradoja puede explicarse, en parte, debido a la fuerte influencia de las mujeres, principales baluartes de la Contrarrevolución.
Mujeres y Contrarrevolución: la novedad de la vida consagrada “activa”
La Contrarrevolución significó el renacimiento de una Iglesia católica fuerte y, además, reveló el papel que jugaron las mujeres en este fenómeno. Su aporte se materializó concretamente en la fundación de nuevas congregaciones religiosas de vida activa, destinadas a prestar servicios concretos a la sociedad, especialmente en el área de la salud y de la educación. Antecedente de ellas fueron las ya mencionadas Hijas de la Caridad y las ursulinas, quienes, antes de la Revolución habían incurrido en estos campos. Napoleón vio en el catolicismo una importante fuerza para el orden social y político[22], fue un gran impulsor del establecimiento de estas congregaciones decimonónicas, y, animado por el servicio social que prestaban, señalaba: «nada de contemplativas ociosas, sino únicamente hospitalarias y profesoras»[23].
El siglo XIX comenzaba mostrando que la vida consagrada para las mujeres no necesariamente se traducía en la clausura. Desde ahora, las religiosas podían combinar ambas dimensiones, la vida en comunidad tras los muros del convento y la caridad fuera de él. Si bien se tomaban aspectos del Antiguo Régimen, como la vida de oración; el esquema presentado por estas congregaciones tenía elementos innovadores como la existencia de una Superiora General y una Casa Madre; a diferencia de las antiguas que se traducían en comunidades independientes unas de otras. Asimismo, era novedoso el hecho de estar bajo el control del obispo o su representante. En general, se establecieron en ambientes urbanos refaccionando viejas abadías y se debieron a fuertes personalidades femeninas representadas por las fundadoras, quienes, convencidas del poder de las mujeres para devolver a Francia su espíritu religioso, no dudaron en confiar a sus seguidoras empresas de alta responsabilidad y profesionalismo[24].
Este modelo, con un claro espíritu contrarrevolucionario, tuvo una gran acogida que se reflejó cuantitativamente. Según los estudios del especialista Claude Langlois, entre 1800 y 1880 habrían surgido más de 400 órdenes de este tipo[25], muchas de las cuales tuvieron una dimensión internacional[26]. Representativas de la voluntad de reconquista espiritual de Francia y eficaces para responder a las principales necesidades de la sociedad, fueron beneficiadas por el Estado con la legislación y la ayuda material[27]. Fueron así un reflejo de la renovación del catolicismo en el que las mujeres pasaron a ser la figura central[28].
Es en este contexto que el catolicismo comenzaba a «escribirse en femenino»[29] y la educación de las niñas fue uno de los campos en donde más se destacaron las nuevas congregaciones, por el convencimiento de que la instrucción cristiana de las futuras madres incrementaría la fe en las generaciones siguientes[30].
La proyección del nuevo modelo en Chile
Las congregaciones de vida activa eran misioneras, debían llevar a los lugares más lejanos su forma de vida, a fin de alentar a otras mujeres a optar por este camino que permitía combinar la clausura del Antiguo Régimen con los servicios concretos a la sociedad. Por lo mismo, rápidamente, fueron requeridas en otros países de Europa y también en otros continentes[31]. En Chile, su presencia se hizo necesaria, especialmente en un momento en que la pobreza urbana crecía[32] y que ya se consideraba oportuno “escolarizar” a la mujer.
Fue clave el rol del Arzobispo Rafael Valentín Valdivieso (1804-1878) para conseguir que estas “vírgenes de la caridad” cruzaran el Atlántico y llegaran a Chile. Incluso lograría el prelado hacer coincidir los intereses eclesiásticos con los políticos, puesto que el gobierno apoyó la llegada de dichas congregaciones y luego su protagónico papel en la beneficencia nacional, situación que cambiaría, en parte, a fines del siglo con el advenimiento de la secularización.
Así como fueron novedosas en Europa, estas religiosas “sin rejas ni torno”[33], más aun lo fueron en Chile. Desde el siglo XVI, como en el resto de Hispanoamérica, la vida consagrada había despertado un gran interés en las mujeres chilenas. De 1567 databa el beaterio más antiguo del Reino, las “Isabelas” en Osorno que dieron vida al Monasterio de Santa Clara de Antigua Fundación en Santiago en 1604. Paulatinamente, se habían establecido en la capital del Reino bajo distintas circunstancias las Agustinas (1574), las Clarisas de la Victoria (1678), las Carmelitas de San José (1690), las Dominicas de Santa Rosa (1754) y las Carmelitas de San Rafael (1770). A excepción de los Carmelos, en general, estos conventos habían pasado a ser verdaderos “micromundos” dentro de la ciudad. Allí las monjas vivían tras los muros en una clausura, muchas veces reñida con sus propios votos, como lo han constatado las visitas pastorales de los siglos XVIII y XIX. La convivencia con mujeres seglares, como familiares, sirvientas, esclavas, donadas y educandas; permitió que los monasterios pasaran a ser importantes espacios de oración, contemplación y sociabilidad, marcados por el acceso a la cultura escrita, a las operaciones económicas, al trabajo manual y a las relaciones con el mundo. Esta figura común en América Latina, como bien lo ha constatado la historiografía, contrastó claramente con la nueva fórmula que ofrecían las religiosas de vida activa.
Dicho modelo se trasplantó a Chile gracias a la confluencia de intereses por parte de la jerarquía eclesiástica, las asociaciones laicas y el Estado[34]. A partir de 1838 comenzaron a llegar estas “religiosas modernas”, nacidas de la voluntad de reconquista espiritual propia de la Contrarrevolución, que caminaban por las calles, se trasladaban por las ciudades, socorrían a los vecinos en sus múltiples necesidades y educaban a las niñas en colegios. Pese al desconcierto inicial de los chilenos, muy pronto se expandieron por el país, ganándose su admiración cuando comenzaba a debatirse la posibilidad de separar la Iglesia del Estado. Incluso surgieron iniciativas locales.
En 1838 desembarcaron en Valparaíso las religiosas de los Sagrados Corazones de Jesús y María o Picpus, misioneras, adoratrices y educadoras. El Gobierno había solicitado la fundación a los padres de la rama masculina, en el país desde 1826. Las primeras, a cargo de Cléonisse Cormier, establecieron colegios internos y escuelas externas en Valparaíso, Santiago y La Serena que combinaban lo intelectual con lo doméstico. Al poco tiempo, en 1853 llegaron las hijas de Magdalena Sofía Barat, las mundialmente conocidas “Dames du Sacré-Cœur”, quienes se distinguían por sus prestigiosos colegios femeninos, pues habían adaptado la afamada Ratio Studiorum jesuita a las mujeres con el fin de educarlas para propagar la fe desde el hogar al resto del mundo. Encabezadas por Anna du Rousier establecieron una red de colegios bajo los estándares europeos en Santiago, Talca, Concepción, Valparaíso y Chillán; incluso fundaron en Lima y Buenos Aires. Por encargo del gobierno dirigieron la primera Escuela Normal de Preceptoras entre 1854 y 1885[35].
Para hacerse cargo de los hospitales o “morideros”, como se les llamó durante años, fueron convocadas las Hijas de la Caridad, quienes se establecieron en Santiago en 1854, por iniciativa del Obispo Valdivieso y la Junta de Beneficencia. Herederas de San Vicente de Paul y Santa Luisa de Marillac, su principal vocación era auxiliar al pobre, y se dedicaron especialmente a la salud, destacándose por su “profesionalismo”[36].
Fundada por Santa Eufrasia de Pelletier en Francia y aprobada oficialmente en 1835, el Buen Pastor de Angers, llegó en 1855 por disposición de Valdivieso. Sus representantes se instalaron en un antiguo beaterio en San Felipe, siendo su preocupación fundamental el rescate de las prostitutas, las casas de corrección de mujeres y también la educación. Debido al interés de la Junta de Beneficencia, se establecen prontamente en Santiago[37].
A fines de siglo, en 1885, gracias a la iniciativa del sacerdote José Alejo Infante y la generosidad de Juana Ross de Edwards, desembarcaron en Valparaíso las Hermanitas de los Pobres, congregación francesa fundada en 1840 por el abate Pailleur, dedicada al cuidado de ancianos pobres y enfermos; en 1894 se establecen en Santiago. Asimismo, al término de la centuria, las religiosas francesas de San José de Cluny, que se distinguían por su dedicación a los pobres, los huérfanos y los “enajenados”, se hicieron cargo de la sección mujeres de la Casa de Orates en 1895[38].
El establecimiento de las nuevas congregaciones en Chile fue un fenómeno de importante repercusión social y cultural. Fueron muchas las mujeres, y, por ende, las familias que se vincularon a esta nueva opción de vida consagrada, pues la fórmula no solo comprometía a las religiosas, sino que se abría a la participación de los laicos por las posibilidades que promovía. Así, una iniciativa femenina francesa replicada en Chile, con los consabidos elementos diferenciadores locales, demostró el poder evangelizador de la mujer. Si bien en nuestro país no transcurría una revolución, sí se abría el debate por la laicización del Estado. Por ello, el compromiso fiel de la mujer y el convencimiento de su fuerza al interior del hogar para transmitir el mensaje evangélico, permitió asentar prácticas de piedad que hasta hoy se conservan en Chile. Procesiones, ceremonias de Primera Comunión, Mes de María u otras tradiciones arraigadas hasta hoy día -tanto en las élites como los sectores populares-, son una muestra de la vigencia y del alcance transoceánico de los frutos de la reconquista espiritual decimonónica de la Contrarrevolución.
NOTAS
[1] Este artículo recoge, en parte, la investigación realizada para nuestra tesis doctoral: La sociedad del Sagrado Corazón y la escolarización femenina en Chile en el siglo XIX : Anna Du Rousier y la novedad del modelo de educación “a la francesa”, PUC, 2007, inédita. Asimismo, el libro de nuestra autoría: Educar a la francesa. Anna du Rousier y el impacto del Sagrado Corazón en la mujer chilena (1806-1880), Ediciones Universidad Católica, Santiago, 2012.
[2] Joseph Lortz, al igual que otros historiadores de la Iglesia, discute el término “Contrarreforma” y propone “Reforma Católica”. Joseph Lortz, Historia de la Iglesia en la perspectiva de la historia del pensamiento, tomo II, Edad Moderna y Contemporánea, Ediciones Cristiandad, traducción de Agustín Andreu Rodríguez, Segunda edición, Madrid, 2008.
[3] Elizabeth Rapley, A Social History of The Cloister. Daily Life in The Teaching Monasteries of The Old Regime, Canada, Mc Gill-Queen’s University Press, 2001, p. 111 y ss.
[4] Una síntesis de la reforma de Santa Teresa se encuentra en: Alexandrine de La Taille, “El Carmelo Descalzo y su legado en Chile”, Visiones develadas. Serie de la vida de Santa Teresa de Jesús, Banco BBVA, Santiago, 2009.
[5] Martine Sonnet, “La educación de una joven”, en Georges Duby y Michelle Perrot, Historia de las mujeres, t. 3: Del Renacimiento a la Edad Moderna, traducción de Marco Aurelio Galmarini, t. 3, 146.
[6] Llegaron a Avignon en 1572. Luego se fueron instalando en otros puntos de Francia: en 1599, Chabreuil, en Delfinado; en 1600, Aix; en 1602, en Arles; en 1604, Toulouse; en 1606, Burdeos. A partir de 1620 se fundaron 65 monasterios. En vísperas de la Revolución, la congregación estaba instalada en 300 ciudades; en Georges Duby y Michelle Perrot, Historia de las mujeres, t. 3: Del Renacimiento a la Edad Moderna, traducción de Marco Aurelio Galmarini, t. 3, 159.
[7] Rapley, op. cit., ofrece un interesante estudio sobre estas tres congregaciones en particular.
[8] Duby y Perrot (ed.), Historia, t. 3, op. cit., 146-147.
[9] Reynes, Geneviève, Couvents de Femmes. La vie des religieuses cloîtrées dans la France des XVIIe et XVIIIe siècles, Paris, Fayard, 1987264-265; Rapley, op. cit., p.  91-95; Fliche, y Martín, op. cit., vol. XXII, 199.
[10] Algunos historiadores como Roger Chartier se refieren a este proceso como la “laicización de Francia”, en Roger Chartier, Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII. Los orígenes culturales de la Revolución Francesa, traducción de Beatriz Lonné, Barcelona, Editorial Gedisa, 1995, 107 y ss.
[11] Chartier, op. cit., 116-117.
[12] Phil Kilroy, Magdalena Sofía Barat. Una vida, Madrid, Ediciones Encuentro, 2000, p. 14.
[13] Jansen (1585-1638) murió obispo de Ypres.
[14] Kilroy, op. cit., 14, 28-29.
[15] Kilroy, op. cit., 29; Fliche y Martín, op, cit., vol. XXIII, 18-24.
[16] Chartier, Los orígenes, 122.
[17] Kilroy, op. cit., 14.
[18] Lortz, op. cit., 348-354. Sobre la situación de la Iglesia en Francia, ver: Antonio Manuel Moral, Pío VII. Un papa frente a Napoleón, Silex, Madrid, 2007.
[19] Vicente Cárcel cita el comunicado del general F. Westermann a la Convención (documentado por Ch. L. Chassin): ‘La Vendée ha dejado de existir. Ha muerto bajo nuestros sables, con sus mujeres y sus niños. He aplastado a las mujeres con las pezuñas de mis caballos, he masacrado a las mujeres que no podrán engendrar más bandidos. No tengo que reprocharme nada por no haber hecho prisioneros. Los he exterminado a todos. Los caminos están diseminados de cadáveres. Hay tantos que en muchos lugares forman una pirámide’, en: Vicente Cárcel, Historia de la Iglesia, vol. III: La Iglesia en la época contemporánea, Madrid, Ediciones Palabra, 1999, p. 41, 76 y ss.
[20] Agustín Fliche y Víctor Martín, Historia de la Iglesia. Desde los orígenes a nuestros días, edición española dirigida por José María Javierre, Valencia, EDICEP, 1976; vol. XXIII, p. 124.
[21] Lortz, op. cit., p.  390. Un profundo análisis del Papa Pío VII y Napoleón en: Antonio Manuel Moral Roncal, op. cit.
[22] Curtis, op. cit, página sin número.
[23] Fliche, op. cit., vol. XXIII, 394-395.
[24] Uno de los estudios más profundos sobre las congregaciones decimonónicas es: Claude Langlois, Le catholicisme au féminin. Les congregations françaises à supèrieure générale au XIXème siécle, Paris, Les Editions du Cerf, 1984.
[25] Langlois, op. cit., 62-63.
[26] Langlois, op. cit., 37.
[27] Langlois, op. cit., 639.
[28] Langlois, op. cit., 214.
[29] Dicha expresión está contenida en la obra de Duby y Perrot (eds.), op. cit., t. 3. 209.
[30] Sarah A. Curtis, Educating the Faithful. Religion, Schooling and Society in Nineteenth Century France, Northern Illinois University Press, Dekalb, 2000, p. 10.
[31] Sobre el rol misionero de las nuevas congregaciones activas, ver: Elisabeth Dufourcq, Les aventurières de Dieu. Trois siècles d’histoire missionnaire française, Paris, Editions Jean-Claude Lattès, 1993.
[32] Sobre la pobreza durante el siglo XIX y su vínculo con el catolicismo, ver: Macarena Ponce de León, Gobernar la pobreza. Prácticas de caridad y beneficencia en la ciudad de Santiago 1830-1890, Editorial Universitaria, Santiago, 2011.
[33] Así se auto describían las religiosas del Sagrado Corazón cuando pactaron su llegada a Chile. Alexandrine de La Taille, Educar a la francesa, op. cit., p. 175.
[34] Sol Serrano (ed.), Vírgenes viajeras. Diarios de religiosas francesas en su ruta a Chile 1837-1874, Santiago, Ediciones Universidad Católica de Chile, 2000.
[35] Sobre las congregaciones de vida activa, ver: Agnès Brot, Guillemette de la Borie, Héroïnes de Dieu. L’épopée des religieuses missionnaires au XIXe siècle, Artège, Paris, 2016 ; M. del Carmen Pérez, Semillas y Cantares, Santiago, Pehuén, 2002; Sol Serrano (ed.), op. cit.; La provincia eclesiástica chilena, erección de sus obispados y división en parroquias, Friburgo, Imprenta de la casa editorial Pontificia de B. Herder, 1895. Sobre la Escuela Normal de Preceptoras, ver: Alexandrine de La Taille, “Las raíces católicas de las maestras chilenas. La Sociedad del Sagrado Corazón y la Primera Escuela Normal de Preceptoras”, en La Revista Católica, editada por el Seminario Pontificio Mayor, Arzobispado de Santiago, septiembre 2010.
[36] Sol Serrano, op. cit. El estudio preliminar ofrece un análisis detallado de: Los Sagrados Corazones de Jesús y María (Picpus), La Sociedad del Sagrado Corazón, El Buen Pastor de Angers y las Hijas de la Caridad.
[37] Ver Serrano, Op. cit.; A. Hernández, C.M.P., Poema heroico de amor. Apostolado gigante de la Madre María San Agustín de Jesús Fernández de Santiago Concha, Buenos Aires, 1927.
[38] Provincia Eclesiástica, op. cit., 411-514.

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