19 nuevos beatos de Argelia: Mártires de hoy, de la vida cotidiana

0 Comments

Presentamos a continuación los artículos referentes a la histórica beatificación de 19 mártires que ofrecieron sus vidas en Argelia a mediados de la década de los 90.

 

 

Beatos mártires de la comunidad trapense de Tibhirine

 

19 nuevos beatos de Argelia: Mártires de hoy, de la vida cotidiana

La radicalización de grupos islámicos en Argelia a fines de los años 80 y comienzos de los 90, acentuada por una crisis política que quiso marginar de la vida pública al Frente Islámico de Salvación, desencadenó en 1992 una guerra civil en el país norafricano. Diversas facciones guerrilleras y militares se enfrentaron en un cruento conflicto que se prolongó hasta 2002 y dejó un saldo superior a 200 mil víctimas fatales, además de miles de desaparecidos.
En medio de este panorama de violencia y muerte, la modesta presencia de la Iglesia Católica se revelaba como un signo de esperanza y fraternidad a un pueblo argelino de profunda raíz musulmana. Los sectores más pobres de la población eran quienes habían acogido con mayor beneplácito a los miembros de diversas congregaciones católicas que evangelizaban ante todo con un servicio a la promoción humana, en especial a los jóvenes y a las mujeres. Desde ahí también habían brotado fecundas experiencias de diálogo interreligioso y oración común que fortalecían el mutuo entendimiento cultural.
Sin embargo, el avance de las guerrillas y la dinámica propia de la guerra civil, que en un comienzo se limitaba solo a enfrentamientos entre diversos bandos armados, derivó pronto en despiadados ataques a civiles. Pueblos y vecindarios enteros fueron torturados y masacrados, y todo aquel que no adhiriera a un islamismo radical pasó a ser objetivo de los grupos rebeldes más extremos. Así, los cristianos fueron cercados por la violencia y muchos, como medida de prudencia, abandonaron el país. Pero no todos.
El obispo de Orán, Pierre Claverie, dominico y eminente promotor del diálogo entre cristianos y musulmanes, fue testigo privilegiado del discernimiento individual y comunitario que realizaron miembros de diversas congregaciones. Ellos, habiendo sopesado los riesgos, sintieron el llamado de Dios a permanecer como testigos del Evangelio en medio del caos y al servicio del pueblo argelino.
Así, entre 1994 y 1996, los años más difíciles para estas comunidades durante el decenio negro de Argelia, 19 religiosas y religiosos católicos de Francia, España, Bélgica y Túnez fueron martirizados de diversas maneras por grupos armados.
La aclamada película del director francés Xavier Beauvois, “De dioses y hombres”, galardonada en el Festival de Cine de Cannes de 2010, retrató el proceso de decisión comunitaria de los siete monjes trapenses de Tibhirine, secuestrados en marzo de 1996 y asesinados en mayo del mismo año. Como ellos, religiosas, sacerdotes y hasta el mismo obispo Claverie murieron producto de la violencia.
El sábado 8 de diciembre, para la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, la Iglesia Universal los reconoció como mártires de la fe y los nombró beatos. La celebración litúrgica presidida por el Prefecto para las Causas de los Santos, Cardenal Angelo Becciu, se llevo a cabo en el Santuario de Nuestra Señora de la Cruz, en la ciudad de Orán, con la particularidad histórica de ser la primera ceremonia de este tipo que se realiza en una ciudad musulmana.
En las próximas líneas ofrecemos el testimonio del sacerdote lazarista Jean Landousies, que conoció a todos los nuevos beatos; así como la descripción de un religioso que participó en el proceso de beatificación; la homilía de la celebración litúrgica que los proclamó beatos; y el mensaje que envió el Papa Francisco para dicha ocasión.

Beatas Esther Paniagua y Caridad Álvarez, misioneras agustinas

 

19 mártires, una sola causa:

El proceso de beatificación de los testigos de Argelia

Rémy Bazin[1]

Sacerdote de la Comunidad Saint-Martin

 

 

Artículo publicado en la edición Nº 1.200 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2018)
Autor: Rémy Bazin, Sacerdote de la Comunidad Saint-Martin
Para citar: Bazin, Rémy; El proceso de beatificación de los testigos de Argelia, en La Revista Católica, Nº1.200, octubre-diciembre 2018, pp. 336-341
DESCARGAR ARTÍCULO EN PDF
1. La lista y su orden
En primer lugar, hay que subrayar que la reagrupación en una sola causa de los 19 mártires de Argelia, pertenecientes a ocho congregaciones religiosas diferentes y asesinados en dos diócesis diferentes, es una decisión que se ha tomado en consulta con todos los actores implicados (obispos, congregaciones y familias). Pero reunir a varios mártires en una sola causa es también una práctica común de la Iglesia, en la medida en que se cumplan tres condiciones:
  • La causa de la persecución es la misma para todos los mártires.
  • El fallecimiento se produjo en la misma localidad o en una zona geográfica limitada.
  • El martirio ocurrió a un mismo tiempo o, al menos, en un período de tiempo relativamente corto.
Estas tres condiciones de unidad de causa, tiempo y lugar se cumplen en este caso, ya que la muerte de estos religiosos se produjo en el espacio de dos años, entre el 8 de mayo de 1994 y el 1 de agosto de 1996, ciertamente en cuatro localidades diferentes, pero en el mismo territorio de la pequeña Iglesia de Argelia. Además, ocurrieron especialmente en el mismo contexto político y religioso de la década negra que vivió la sociedad argelina, donde el surgimiento del islamismo radical impulsó un intento de eliminar del territorio argelino a todos los no musulmanes y, por lo tanto, también a los cristianos.
La Causa lleva el nombre de Monseñor Pierre Claverie, dominico, obispo de Orán, que es por tanto el primero de la lista, aunque en realidad fue el último de los 19 religiosos y religiosas en ser asesinado. Sin embargo, fue elegido como figura emblemática, por su destacada personalidad, no solo en la Iglesia de Argelia, sino también en la sociedad argelina, en particular por su compromiso con el diálogo islámico-cristiano.
Los otros 18 mártires se enumeran en orden cronológico de su muerte, pero pueden agruparse en tres grupos según el lugar de su asesinato:
  • El primer grupo incluye a los siete religiosos y religiosas asesinados en Argel, en distritos populares con fuertes raíces islamistas, donde han mantenido sus actividades entre la población local.
  • El segundo grupo está formado por los cuatro Padres Blancos, asesinados en Tizi-Ouzou, en la capital de Cabilia.
  • El tercer grupo está formado por los siete trapenses, miembros de la comunidad de Nuestra Señora del Atlas en Tibhirine, en la región de Medea, secuestrados de su monasterio y ejecutados dos meses después.
El más joven de estos 19 mártires, el Padre Christian Chessel, Padre Blanco, tenía 36 años y dos de sacerdote, y el mayor, el hermano Luc Dochier, médico de la comunidad de Tibhirine, de 82 años, 50 de los cuales pasó en Argelia.

Beato Pierre Claverie, obispo de Orán

2. La historia de la Causa
El drama de la muerte de estos 19 religiosos y su testimonio ha tenido y sigue teniendo un impacto considerable, mucho más allá de las fronteras de la Iglesia. La reputación de martirio fue inmediata y creciente. El Papa Juan Pablo II, que siguió de cerca todos los acontecimientos en Argelia, fue uno de sus primeros artífices, con la publicación de numerosos mensajes y el envío de representantes personales a los funerales, pero también con la celebración del Jubileo conmemorativo de los Testigos de la Fe del siglo XX, que tuvo lugar el 7 de mayo de 2000, en el Coliseo de Roma, donde se mencionó la figura de los mártires de Argelia. A partir de dicho momento se plantea la cuestión de su posible beatificación.
Después de un período de discernimiento por parte de todos los actores implicados, la investigación diocesana comenzó en Argel en 2007 y finalizó en 2012. Las Actas (6759 páginas, 20 volúmenes) fueron sometidas a la Congregación de las Causas de los Santos y validadas el 15 de febrero de 2013. Comenzó entonces la fase romana de la Causa, que concluyó el 16 de enero de 2018 con el voto favorable de los Cardenales y Obispos, miembros de la Congregación de las Causas de los Santos, reunidos en Asamblea Ordinaria. Finalmente, el 26 de enero, durante la audiencia concedida al Prefecto de la Congregación, Cardenal Angelo Amato, el Santo Padre aprobó la publicación del decreto de reconocimiento del martirio, abriendo así el camino para la celebración de la Beatificación.
3. Los criterios generales del martirio
Podemos distinguir entre martirio material y martirio formal. El martirio material corresponde a una muerte violenta, que puede ser instantánea o causada por la privación y el abuso como causa directa de la muerte. Pero lo que hace el martirio no es el dolor sufrido, sino la causa de ese dolor, lo que corresponde al martirio formal por parte de los perseguidores: el odium fidei. El martirio requiere que la muerte sea consecuencia del odio a la fe. Este término no debe entenderse tanto como el odio a las verdades en las que hay que creer, como el odio al comportamiento inspirado por la fe cristiana vivido en coherencia con ella.
El martirio formal por parte de los Siervos de Dios es la aceptación voluntaria de la muerte en nombre de la fe. Aceptar la muerte, por ende, significa que no es necesario tener una voluntad positiva o buscarla, sino que no basta con haberla padecido pasivamente. Aceptar voluntariamente implica haber manifestado con un acto de voluntad, de libertad y de amor que se pretende hacer de la muerte un testimonio de la unión y de la fe en Cristo.
4. Las pruebas del martirio
Todos estos elementos deben ser probados mediante testimonios o documentos.
En este caso, la prueba testimonial consiste en el interrogatorio de 123 testigos. Entre ellos, solo dos son testigos presenciales de la muerte de uno de los religiosos, todos los demás dan testimonio de la vida y la reputación de los 19 religiosos como mártires. Los testigos escuchados fueron obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y unos cincuenta laicos, entre ellos, una veintena de argelinos.
Las pruebas documentales también son abundantes. De los 1897 documentos recogidos durante la investigación diocesana, 204 fueron seleccionados para el estudio de la fase romana. Fueron elegidos entre los más significativos para atestiguar la dimensión material y formal del martirio.
a. Martirio Material
No siempre ha sido fácil reconstruir el martirio material en todos sus detalles, ya que todos los asesinatos se llevaron a cabo clandestinamente o, al menos, excepto dos, sin la presencia de testigos occidentales: once asesinatos con armas de fuego, un secuestro seguido de la muerte y un atentado con bomba. Además, no se realizaron procesos jurídicos. En el caso de los mártires de Tizi-Ouzou, no se llevó a cabo ninguna investigación judicial después de su asesinato. Excepto el Obispo Claverie, ningún documento de los tribunales o de la policía argelina pudo ser consultado, debido a la imposibilidad de acceder a dichas fuentes, o incluso de saber si existen.
A pesar de estas dificultades, sin embargo, la documentación es suficiente para establecer el martirio material en sí mismo. Las sombras que quedan se refieren a ciertas circunstancias de la muerte. Sin embargo, lo que más le importa a la Iglesia no es tanto el cómo, sino el porqué de los hechos.
b. Martirio Formal por parte de los perseguidores
A falta de poder interrogar directamente a los autores de los asesinatos, que no están todos identificados, la prueba del odium fidei por parte de los perseguidores está en el contexto, los textos de las reivindicaciones y el modus operandi de los asesinos.
El contexto. El análisis del contexto político y religioso de Argelia permite identificar a varios grupos islámicos violentos que promueven una política de purificación del territorio argelino de toda presencia considerada impura, de judíos, cristianos y malhechores, quienes desde el ultimátum de finales de 1993 habían sido directamente amenazados de muerte si no abandonaban el país. No hay que olvidar que la crisis política de Argelia en los años 90 dejó entre 100 mil y 150 mil víctimas fatales. Por lo tanto, se trata de una tragedia terrible que afectó a todo un país y que enlutó a miles de familias. No solo afectó a los cristianos, pero está claro que aquellos atacados lo fueron porque eran cristianos.
Los textos de las reivindicaciones. Los términos utilizados en los comunicados de reivindicación son inequívocos, ya sea el asesinato del hermano Henri y de la hermana Paul-Hélène y de los cuatro Padres Blancos de Tizi-Ouzou, o el recibido después del secuestro de los monjes de Tibhirine, anunciando luego su ejecución. Se les acusó de ser “cruzados”, “evangelizadores”, y se hace referencia explícita a una política de “eliminación física” y “aniquilación” cristianos.
El modus operandi de los asesinos. Las hermanas agustinas y sor Odette fueron asesinadas con un arma de fuego cuando se dirigían a misa, y las Hermanas de Nuestra Señora de los Apóstoles fueron asesinadas a tiros cuando salían. Para monseñor Farhat, Nuncio Apostólico en Argelia en ese momento, mientras que el primer atentado a una biblioteca frecuentada por muchos estudiantes de secundaria, tanto hombres como mujeres, podría sugerir que el ataque estaba dirigido contra las obras de la Iglesia, las condiciones del asesinato de las religiosas demuestran claramente que era la fe de los cristianos lo que estaba directamente en el punto de mira.
c. El Martirio Formal por parte de los Siervos de Dios
En cuanto al martirio formal por parte de los Siervos de Dios, en ausencia del testimonio de sus últimos momentos o de sus últimas palabras, se ha podido contar con sus escritos y declaraciones de otras personas.
Sus escritos nos hacen comprender el sentido que querían dar a sus vidas, la conciencia que tenían de su vocación particular en este país y del peligro que corrían por permanecer allí, así como de la perspectiva de una posible muerte violenta, aceptada en la voluntad de imitar a Cristo, por amor, hasta el final.
Las declaraciones de testigos, la gran mayoría de los cuales había compartido la vida de los Siervos de Dios, nos dan una buena visión de su personalidad humana y espiritual, y nos permiten ver cuál fue su trabajo apostólico y su integración en la sociedad argelina, así como su apego a Argelia y a su pueblo.
Escritos y testimonios permiten ilustrar tres elementos particularmente significativos para demostrar el martirio formal:
Su plena conciencia del peligro. El hermano Henri Vergès sabía que era un objetivo personal. De hecho, se le informó de que su nombre figuraba en una lista de futuras víctimas en las mezquitas fundamentalistas de Argel. Para otros, el riesgo era igual de real, especialmente después de la conmoción de los primeros asesinatos. Las reglas de precaución que adoptaron atestiguan entonces que no ignoraban el peligro ni que estaban en una actitud “suicida”.
El discernimiento, generalmente realizado a nivel comunitario, sobre la actitud a adoptar frente a la amenaza islamista. El resultado de la reflexión llevada a cabo por todas las comunidades religiosas, con sus superiores y con su obispo, monseñor Tessier, se plasmó a menudo en una declaración escrita de las razones por las que decidieron quedarse. Esta elección de la comunidad fue ratificada por la decisión personal de cada individuo, también expresada por escrito. Muchos expresan no solo la aceptación del martirio, sino también el perdón dado de antemano a los asesinos.
El ascenso espiritual experimentado por los Siervos de Dios, personal y comunitariamente. Testimonios y escritos subrayan hasta qué punto este período dramático fue también para cada uno la ocasión de un profundo cambio interior, de una mayor comunión fraterna, de pacificación, de abandono, de una ofrenda de sí mismos vivida en la oración y en la fidelidad a la Eucaristía.
Conclusión
Las pruebas documentales aportadas junto con el testimonio de los testigos constituyen, por lo tanto, una prueba convincente que muestra claramente que la locura asesina que golpeó a los 19 Siervos de Dios fue motivada por el odio a la fe cristiana, pero también por el odio a la caridad cristiana, a sus obras de apostolado, especialmente entre los jóvenes y las mujeres, así como por el odio a la esperanza cristiana, que todos y cada uno de los miembros de la Iglesia quisieron aportar al permanecer presentes junto a un pueblo que también era martirizado.
La documentación también nos permite afirmar que es en completa libertad y conciencia que cada uno de los 19 Siervos de Dios eligió permanecer en Argelia, en sus lugares cotidianos y a riesgo de sus vidas. Sin buscar el martirio, no obstante, ellos hicieron el don libre de sus vidas por amor a Dios, a la Iglesia y a Argelia.
«Que la diplomacia, la política o una mirada sin trascendencia sobre estos acontecimientos no nos prive de la voz de nuestros mártires y silencie el clamor de su grito de amor y de fe» (Dom Olivera, Abad General de la Orden Cisterciense, llamando en 1996 a no olvidar el testimonio de los mártires de Argelia).
«Los asesinos no les quitaron sus vidas: se las habían dado de antemano, al igual que los otros doce religiosos y religiosas, entre ellos nuestro hermano el obispo Pierre Claverie, asesinados en los años oscuros de Argelia. No huyeron de la violencia: la combatieron con las armas del amor, de la acogida fraterna, de la oración comunitaria» (Papa Francisco, en el prefacio del libro Thibirine, la herencia, con ocasión del 20º aniversario de la muerte de los monjes de Thibirine).
NOTA
[1] Sacerdote francés de la Comunidad Saint-Martin y oficial de la Congregación para las Causas de los Santos. Este artículo corresponde a la ponencia que realizó en el Instituto Cultural Francés Saint-Louis de Roma el 4 de diciembre de 2018. La traducción al castellano del original en francés es de la redacción de La Revista Católica.

 

 

Beatos mártires Alain, Jean, Charles y Christian, Padres Blancos

Testimonio sobre 19 vidas entregadas por Dios y Argelia

Jean Landousies, C.M.[1]

 

 

Artículo publicado en la edición Nº 1.200 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2018)
Autor: Jean Landousies, C.M.
Para citar: Landousies, Jean; Testimonio sobre 19 vidas entregadas por Dios y Argelia, en La Revista Católica, Nº1.200, octubre-diciembre 2018, pp. 342-346
DESCARGAR ARTÍCULO EN PDF
En primer lugar, quisiera agradecer la oportunidad de compartir con ustedes algunas reflexiones sobre los 19 religiosos y religiosas que serán beatificados el próximo sábado en Orán. Habiendo vivido en Argelia durante más de 20 años, como responsable de la formación permanente en las diócesis y Secretario General de la Conferencia Episcopal de África del Norte, los conocí personalmente a todos. Juntos vivimos gran parte de esos años oscuros en los que Argelia supo de tanta violencia, compartimos el mismo ideal de vida, el mismo compromiso, cada uno a su manera. ¡Y 19 de entre nosotros fueron víctimas de esta violencia! Por lo tanto, los que todavía estamos aquí tenemos que dar testimonio, no solo de los acontecimientos en sí mismos, sino sobre todo del significado de este compromiso de compartir las pruebas del pueblo argelino. Y es con esto en mi corazón que comparto estos pocos pensamientos con ustedes. Así pues, tomo la palabra con cierta emoción.
«Si alguna vez – y podría ser hoy – me convirtiera en víctima del terrorismo, que ahora pareciera querer abarcar a todos los extranjeros que viven en Argelia, me gustaría que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia recordaran que mi vida fue entregada a Dios y a este país. Que acepten que el Único Maestro de toda vida no será ajeno a esta partida brutal. Que oren por mí: ¿cómo seré hallado digno de tal ofrenda? Que sepan asociar esta muerte con tantas otras tan violentas, dejadas en la indiferencia del anonimato».
Sin duda, ustedes han reconocido el comienzo del testamento espiritual de Christian de Chergé, el Prior de Tibhirine. En realidad no es una, sino 19 vidas entregadas! ¡Vidas entregadas! Creo que eso es lo más importante. Estos religiosos y religiosas no eran dulces soñadores, y menos aún teóricos o prosélitos, realmente hicieron ofrenda de sus vidas porque creían en la fuerza del amor. Lo hicieron a sabiendas, no porque buscaban el martirio -el martirio cristiano no es algo que hay que buscar-, sino porque quisieron llegar al final de su compromiso en y con la Iglesia de Argelia. Y esta es una primera cosa que me gustaría subrayar: lo que han vivido estos religiosos y religiosas es situarse en la vida de la Iglesia de Argelia; una Iglesia del encuentro, que siempre ha querido ser dialogante y solidaria con el pueblo argelino. Un diálogo de vida, sin duda, pero de la vida en todas sus dimensiones, tanto humana como espiritual en la medida de lo posible. ¡El diálogo islámico-cristiano, con todas sus dificultades, no es solo una prioridad, sino una necesidad! Y para vivir este encuentro, esta Iglesia, según los acontecimientos, se ha ido despojando poco a poco de todo lo que no es esencial, ya sea en sus instituciones, o más aún en sus formas de hacer o de pensar. Hay tantas cosas que nos agobian y que no son necesarias para ser verdaderamente la Iglesia de Cristo, para presentar su auténtico rostro. El despejo es una condición esencial para ir realmente al encuentro de la gente. Esto es lo que la Iglesia en Argelia ha llegado a comprender y experimentar. Esto es lo que vivieron nuestros 19 hermanos y hermanas de manera radical, hasta el despojo supremo. ¡Ellos entregaron todo! Creo que han realizado plenamente, a su manera, el sueño del Papa Francisco: «Una Iglesia pobre, para los pobres».
Fue con este espíritu de despojo y de servicio que estos religiosos y religiosas vivieron su solidaridad con el pueblo argelino, sometido a una violencia inaudita. Durante años, todos ellos habían vivido relaciones de amistad, colaboración y cercanía con la gente de sus barrios en los ámbitos de la salud, la educación de los jóvenes o de las mujeres, etc. Como todos nosotros en aquella época, habían visto morir a su alrededor tantos hombres y mujeres inocentes. Y ellos también aceptaron el riesgo de correr la misma suerte, porque querían ser testigos de que más allá de las diferencias de cultura, religión y nacionalidad, una misma humanidad nos unía. Una humanidad que nosotros, los cristianos, llamamos familia de Dios. No fue del todo fácil tomar la decisión de quedarse en dicho país en medio de todos los peligros. Cada uno tomó su decisión personalmente, después de mucha reflexión en comunidad y en la Iglesia. Y quisiera subrayar aquí el valiente rol del entonces arzobispo de Argel, monseñor Henri Teissier, en el acompañamiento del discernimiento de cada persona. Y estoy muy contento de ver que hoy, a la edad de 89 años, podrá ver la beatificación de estos hermanos y hermanas! El sábado pasado el periódico La Croix, tituló refiriéndose a él: «¡El vigésimo Beato!».
Pensemos en primer lugar en el testimonio de los siete monjes de Tibhirine, secuestrados el 26 de marzo de 1996 y encontrados el 21 de mayo: Christian, Luc, Célestin, Paul, Michel, Bruno y Christophe, el más joven, a quien tuve la alegría de acompañar en parte de su preparación al sacerdocio. Esta comunidad de Nuestra Señora del Atlas, en las montañas, era importante para nosotros, la Iglesia de Argelia, como también lo era el monasterio de las Clarisas de Argel. Este monasterio se trasladó a Nîmes en 1995, por razones de seguridad, pero sigue estando muy en contacto con la Iglesia de Argelia. A menudo íbamos a estos monasterios para reponer las fuerzas, personalmente o en grupo. Pero también podemos decir que el monasterio de Tibhirine era importante ante todo para el pueblo, para las familias que lo rodeaban y con las que los monjes tenían relaciones amistosas y de trabajo. Estas familias pidieron a los monjes que no los dejaran en la angustia. ¡El hermano Luc, el médico, había traído al mundo una buena parte de la población de la región! Con el hermano Christian, el Prior, se había creado un grupo de intercambio espiritual con los musulmanes de la región, el Ribat essalam (El Vínculo de la Paz). Y también quisiera mencionar a los dos «sobrevivientes» que pudieron escapar del secuestro: el Padre Amédée, del que yo era muy cercano, ya fallecido; y el Padre Jean-Pierre, ahora en el monasterio de Nuestra Señora del Atlas, en Midelt, Marruecos, donde continuó el monasterio de Tibhirine.
Podríamos continuar con este aspecto comunitario y eclesial de las cosas. Pero, en honor a su memoria, quisiera simplemente recordar aquí los nombres y las comunidades de estos otros hermanos y hermanas, hombres y mujeres sencillos, que querían servir en silencio a sus hermanos y hermanas, servir a los pobres, a la manera de Cristo, contribuir a la construcción de la paz y la reconciliación en su nivel más sencillo:
Paul-Hélène, Hermanita de la Asunción, y Henri Vergès, hermano marista, el 8 de mayo de 1994, al servicio de los jóvenes de la Kasbah de Argel.
Caridad y Ester, 23 de octubre de 1994, misioneras españolas agustinas, al servicio de los enfermos, en Bab el Oued, Argel. ¡Allí di mis primeros pasos en Argelia en 1968!
Alain Dieulangard, Jean Chevillard, Christian Chessel, Charles Deckers, Padres Blancos, en Tizi Ouzou, Cabilia, el 27 de diciembre de 1994.
Bibiane y Angèle Marie, Hermanas de Nuestra Señora de los Apóstoles, Belcourt, Argel, al servicio de las jóvenes pobres del distrito, el 3 de septiembre de 1995.

Beata Odette Prévost, hermanita del Sagrado Corazón de Carlos de Foucauld

Odette, Petite Sœur du Sacré-Cœur du Père de Foucauld, Kouba, Argel, 10 de noviembre de 1995. La nombro con un poco más de afecto, porque habíamos trabajado juntos durante unos diez años en el Centro de Estudios Diocesanos de Argel.
Y finalmente, monseñor Pierre Claverie, dominico, obispo de Orán, con su amigo y conductor, Mohamed Bouchiki, el 1 de agosto de 1996. Es quizás significativo que esta lista tan larga termine con el asesinato de un obispo, un pastor, que muere mezclando su sangre con la de un musulmán. Con Pierre también trabajamos juntos en el Centro de Estudios Diocesanos de Argel de 1976 a 1981. Solo voy a dar una imagen de Pedro: éramos vecinos de la oficina. Y lo que nos impresionó a todos fue que su puerta estaba siempre abierta, para mostrar que él estaba siempre disponible para el que vendría.
Y mirando la lista de estos 19 religiosos y religiosas, me sorprende el hecho de que cada vez que queríamos llegar a ellos, no era solo una persona a la que se buscaba y a la que se llegaba, sino una comunidad. También puede ser un pequeño signo de la importancia de la presencia humilde y discreta de una comunidad religiosa en un barrio, ciudad o pueblo. Es verdad que en esta pequeña Iglesia de Argelia vivíamos muy cerca unos de otros, existía una verdadera fraternidad entre todos. Como resultado, hemos experimentado todas estas pruebas intensamente. Y es esta fraternidad la que queríamos compartir con nuestros hermanos y hermanas argelinos, cualesquiera que fueran los peligros del momento. Algunos pueden decir que la muerte de estos 19 fue una señal del fracaso de este hermoso proyecto. Pero, por el contrario, en el seguimiento de Cristo, creemos que su muerte es un signo de vida, como el grano de trigo que cayó al suelo y que un día brotará. ¡Cristo pasó por esto, nosotros también, cada uno a su manera, debemos pasar por ello! ¡Al beatificarlos, la Iglesia quiere mostrárselos a todos!
La muerte de estos religiosos y religiosas es el signo más revelador de su fidelidad a Dios y al pueblo argelino. Fidelidad a Dios, porque se dispusieron totalmente al seguimiento Cristo Servidor que aceptó dar su vida por todos. Fidelidad al pueblo argelino, porque estuvieron al servicio de este pueblo, en las pequeñas cosas de una vida compartida, para dar testimonio del amor y la fidelidad de Dios, gratuitamente, sin mirar atrás en los momentos difíciles. Ellos sabían que este testimonio no se realizaba en primer lugar con palabras, sino con una vida que seguía a Cristo, una vida cristiana muy sencilla. Como dije al principio, la vida y la muerte de estos hermanos y hermanas fue el testimonio de una Iglesia que ha querido permanecer fiel a Dios, por supuesto, pero también al pueblo argelino al que ella fue enviada. Una Iglesia que no busca ningún privilegio, sino que quiere ser servidora, una Iglesia entregada a Dios y al mundo. El Cardenal Duval, que era arzobispo de Argel y que murió -a la edad de 93 años- el mismo día en que se encontraron los cuerpos de los siete monjes, decía que «la Iglesia solo vive saliendo de sí misma, por así decirlo. No vive sólo por Cristo, para Cristo, en Cristo, sino que hay que añadir que vive para la humanidad, en la humanidad y por la humanidad» (Carta Pastoral «Presencia fraterna», Cuaresma, 1980). Hoy, el Papa Francisco también nos dice lo mismo, a su manera, cuando habla de una «Iglesia en salida». ¡Una Iglesia que sale de sí misma hasta dar su vida, como lo hizo Cristo!
Estos religiosos y religiosas no eran héroes. Eran hombres y mujeres sencillos y sin pretensiones que, en nombre de Cristo, querían servir al pueblo argelino, que se había convertido en su pueblo. Hombres y mujeres que han confiado en Dios y en el pueblo argelino, cualesquiera que fuesen las circunstancias, porque sabían que la confianza es una apuesta, pero que si se elimina, todas las puertas se cierran. Esto es lo que Pierre Claverie repitió a menudo: «Dios en Jesucristo hace la apuesta de la confianza».
En conclusión, yo diría que Dios pudo haber permitido que una Iglesia pequeña, quizás insignificante a los ojos humanos, atrajera la atención de toda la Iglesia para que ella también pudiera vivir esta apuesta de confianza. Gracias.
NOTA
[1] Sacerdote francés de la Congregación de la Misión (Lazaristas), jefe de la sección francófona de la Secretaría de Estado de la Santa Sede. Vivió y sirvió durante más de 20 años en la Iglesia de Argelia y conoció personalmente a cada uno de los 19 mártires beatificados el 8 de diciembre de 2018. El presente artículo es el testimonio que ofreció en el Instituto Cultural Francés Saint-Louis de Roma el 4 de diciembre de 2018 antes de tomar el vuelo a la ceremonia de beatificación. La traducción al castellano del original en francés es de la redacción de La Revista Católica.

Beato Henri Vèrges, hermano marista

Mensaje del Santo Padre Francisco con motivo de la beatificación del obispo de Orán, Mons. Pierre Claverie y 18 compañeros mártires

8 de diciembre de 2018

Queridos hermanos y hermanas:
Este sábado 8 de diciembre, la Iglesia en Argelia celebra con alegría la beatificación de diecinueve religiosos mártires. Me uno a ustedes en su acción de gracias por estas vidas totalmente entregadas por el amor a Dios, al país y a todos sus habitantes, cuya humilde vida cotidiana comparten en un espíritu de fraternidad, amistad y servicio. Reciban aquí mi aliento fraterno para que esta celebración ayude a sanar las heridas del pasado y cree una nueva dinámica de encuentro y convivencia en el seguimiento de nuestros beatos.
Estoy muy agradecido del Presidente de la República Argelina Democrática y Popular, Sr. Abdelaziz Bouteflika, y de sus colaboradores, por haber facilitado la celebración en suelo argelino la beatificación de monseñor Pierre Claverie y de sus dieciocho compañeros y compañeras, mártires del amor más grande. De este modo, deseo expresar mi afecto por el pueblo argelino, que conoció grandes sufrimientos durante la crisis social de la que fue víctima en los últimos años del siglo pasado.
Al hacer memoria de la muerte en Argelia de estas diecinueve víctimas cristianas, los católicos de Argelia y de todo el mundo quieren celebrar la fidelidad de estos mártires al proyecto de Paz que Dios inspira en todos los hombres. Al mismo tiempo, quieren acoger en sus oraciones a todos los hijos e hijas de Argelia que, como ellos, fueron víctimas de la misma violencia por haber vivido, con fidelidad y respeto por el otro, sus deberes como creyentes y ciudadanos en esta tierra bendita. También por ellos rezamos y expresamos nuestro homenaje agradecido.
La Iglesia católica en Argelia sabe que es heredera, junto con toda la nación argelina, del gran mensaje de amor ofrecido por uno de los muchos maestros espirituales de su tierra, san Agustín de Hipona. Ella desea servir a este mismo mensaje, en un momento en que todos los pueblos buscan hacer progresar su aspiración a «vivir juntos en paz».
Al beatificar a nuestros diecinueve hermanos y hermanas, la Iglesia quiere dar testimonio de su deseo de seguir trabajando por el diálogo, la concordia y la amistad. Creemos que este acontecimiento, sin precedentes en su país, será un gran signo de hermandad en el cielo argelino dirigido a todo el mundo.
Nos alegra que esta celebración pueda ser vivida en un santuario dedicado a la Virgen María, que está particularmente presente en nuestras dos tradiciones religiosas. Que la mirada maternal de la Santísima Virgen María, llena de gracia, toda bella y pura, los proteja y los guarde.
En el Vaticano, el 2 de diciembre de 2018.
                                                                                                                        Francisco

 

Beata Paul-Hélène, hermanita de la Asunción

Homilía de la misa de Beatificación de Pierre Claverie y sus 18 compañeros mártires

Cardenal Giovanni Angelo Becciu

Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos

Orán, Argelia, 8 de diciembre de 2018

¡Queridos hermanos y hermanas!
El pasaje del Apocalipsis (Ap 7,9-17), proclamado en la segunda lectura, nos presenta a la “inmensa muchedumbre” (v. 9) de los que ya han alcanzado la meta de la salvación eterna hacia la que todos estamos en camino: el reino de la esperanza, el reino de los que ven a Dios tal como es. El Apóstol Juan, en su visión rica en símbolos, los ve de pie ante el trono de Dios, “vestidos de ropas blancas”, color de la luz divina y de la gloria pascual. Pero la blancura de las vestiduras se obtiene sumergiéndolas en la sangre roja de Cristo: estos elegidos han experimentado la “”gran prueba; han lavado sus vestiduras, las han blanqueado con la sangre del Cordero” (v. 14). El esplendor se logra a través del crisol del sufrimiento, de la entrega, de la cruz. Al participar en la pasión y muerte de Jesús, el rey de los mártires, llegamos a la luz: per crucem ad lucem (a través de la cruz a la luz) es el antiguo dicho cristiano. De este modo, “lo que queda por sufrir de las pruebas de Cristo en mi propia carne, lo realizo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24), subraya san Pablo.
Estos salvados tienen en sus manos una palmera, que en el Antiguo Testamento es signo de triunfo y aclamación; el sufrimiento, el compromiso riguroso del testimonio, la renuncia a sí mismos no conducen a la muerte, sino que introducen en la gloria; no producen fracaso sino vida y felicidad. La escena del Apocalipsis muestra entonces el poderoso coro de los santos cantando a gran voz: “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono y al Cordero” (Ap 7,10).
El texto del Apocalipsis ha trazado así para nosotros el retrato del bienaventurado y del santo: pertenece solo a Dios, aparece en todas partes de la tierra y en todos los períodos de la historia, vive fielmente incluso en la prueba caminando por el camino de la cruz, llega a la meta gloriosa de la eternidad, donde vivirá eternamente en la alegría, en los cantos, en la gloria, en el remolino infinito de luz y de paz que es Dios.
En la inmensa multitud de los que han alcanzado un destino de gloria, la Iglesia desea llamar hoy por su nombre a 19 nuevos beatos, asesinados entre 1994 y 1996 en lugares y tiempos diferentes, pero en el mismo contexto turbulento. En esta tierra, aquí en Argelia, proclamaron el amor incondicional del Señor por los pobres y excluidos, dando testimonio de su pertenencia a Cristo y a la Iglesia hasta el martirio. Es hermoso pensar ahora que están entre los que han pasado “la gran prueba, han lavado sus ropas y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (v. 14). Procedentes de ocho Institutos diferentes, nuestros hermanos y hermanas vivieron en este país donde realizaron varias misiones; fueron fuertes y perseverantes en su servicio al Evangelio y a la población, a pesar del amenazante clima de violencia y opresión que los rodeaba. Leyendo sus biografías, uno se sorprende de que todos, conscientes del riesgo que corrían, decidieran valientemente quedarse allí hasta el final; en ellos se desarrolló una fuerte espiritualidad de martirio arraigada en la perspectiva de sacrificarse y ofrecer sus vidas por una sociedad de reconciliación y paz.
El Beato Pierre Claverie y sus 18 compañeros mártires llevan en ellos el sello salvífico de la Redención de Cristo. Al escribir sus nombres en el libro de los salvados y de los bienaventurados, la Iglesia quiere reconocer la ejemplaridad de sus vidas virtuosas, el heroísmo de la muerte de estos extraordinarios pacificadores y testigos de la fraternidad y, al mismo tiempo, rendir el supremo homenaje a Jesús, Redentor del hombre. En Cristo, la Iglesia desea adorar al Dios vivo, pues la gloria de Dios es el hombre que recibe de él la plenitud de la vida.
La Virgen María -cuya Inmaculada Concepción celebramos hoy- experimentó esta plenitud de vida de manera incomparable, cuando el Arcángel Gabriel le anunció que había encontrado la gracia de Dios y que por la acción del Espíritu Santo concebiría a Jesús, el Hijo del Altísimo. “Alégrate, llena de gracia: el Señor está contigo” (Lc 1,28). También hoy, al contemplar a estos nuevos beatos, estamos invitados a superar toda estrechez de miras y a alegrarnos, porque en ellos vemos resplandecer el misterio de la santidad eterna de Dios; santidad que se nos propone a través de una nueva actualización del Evangelio por parte de nuestros mártires que lo han testimoniado hasta el derramamiento de sangre. Los recordamos como fieles seguidores de Cristo que amaban la pobreza, que eran sensibles al sufrimiento y al cuidado de los abandonados, que participaban en la angustia y la aflicción de sus hermanos y hermanas. Estos testigos heroicos del amor de Jesús fueron a la raíz misma de la experiencia que el hombre hace de sus propias limitaciones: humillación, lágrimas, persecución.
Ellos se configuraron plenamente al sacrificio de Cristo que, según el profeta Isaías, se identificó con el Siervo sufriente del Señor; el que, como oímos en la primera lectura, ofreciéndose “como sacrificio de reparación, […] a causa de sus tormentos, verá la luz y justificará a las multitudes” (cf. Is 53,10b.11). Esto sucede precisamente a través de la Cruz, ya que en la muerte de Jesús, Dios se hizo definitivamente cercano a la humanidad y el hombre tomó plena conciencia de su dignidad y elevación. Por sus muertes como mártires, los nuevos beatos entraron también en la luz de Dios, y desde lo alto velan por las personas a las que han servido y amado, orando incesantemente por todos, incluso por los que los han herido. Así continúan esta misión profética de misericordia y perdón, de la que fueron testigos durante su vida terrena. Que su ejemplo inspire en todos el deseo de promover lo que el Santo Padre Francisco definió como “la cultura de la misericordia que da origen a una verdadera revolución” (cf. Carta Apostólica Misericordia et misera, n. 20). Al acoger la dinámica del perdón, admirablemente experimentada por los nuevos beatos, esperamos que Argelia pueda superar definitivamente este terrible período de violencia e infelicidad.
La trágica muerte de los beatos Pierre Claverie y de sus 18 compañeros mártires es una semilla que cayó al suelo en tiempos difíciles, fecundada por un sufrimiento que dará frutos de reconciliación y justicia. Esta es nuestra misión como cristianos: sembrar cada día las semillas de la paz evangélica, para gozar de los frutos de la justicia. Con esta beatificación queremos decir a toda Argelia lo siguiente: la Iglesia no desea otra cosa que servir al pueblo argelino, dando testimonio de su amor a todos.
En todas partes del mundo los cristianos están impulsados por el deseo de contribuir concretamente a la construcción de un futuro luminoso de esperanza a través de la sabiduría de la paz, para construir una sociedad basada en el respeto mutuo, la colaboración y el amor. Una sociedad así puede realizarse plenamente si todos se esfuerzan por desarrollar la pedagogía del perdón, si es necesario también en este país.
La comunidad cristiana en este país está esparciendo pequeñas pero significativas semillas de paz. A través de esta beatificación, puede sentirse fortalecida en su presencia en Argelia; a través de estos 19 mártires, puede fortalecerse en ella la convicción de que su preciosa presencia cerca de este pueblo se justifica por el deseo de ser luz y signo del amor de Dios para toda la población.
El testimonio luminoso de estos beatos constituye un ejemplo vivo y cercano para todos. Su vida y muerte es una llamada directa a todos los cristianos, y en particular a vosotros, hermanos y hermanas en la vida religiosa, a ser fieles a toda costa a vuestra vocación, sirviendo al Evangelio y a la Iglesia en una vida de verdadera fraternidad, en la perseverancia y en el testimonio de la opción radical de Dios.
No puedo concluir sin expresar una profunda gratitud a las Congregaciones religiosas a las que pertenecían nuestros hermanos, así como a sus familias naturales que tanto sufrieron por su pérdida, pero que ahora pueden regocijarse con toda la Iglesia al saberlos bienaventurados en el cielo. A todos nos consuela la certeza de que nuestros hermanos y hermanas mártires, con su sacrificio, intercesión y protección constantes, producirán abundantes frutos de bondad y de compartir fraterno en esta tierra.
Para ello nos dirigimos a ellos y les decimos: ¡Beato Pierre Claverie y sus 18 compañeros mártires, rueguen por nosotros!

Beatas Angèle Marie y Bibiane, Hermanas de Nuestra Señora de los Apóstoles

Categories:

About La Revista Católica

Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *