La Iglesia que ayuda y sale al encuentro: las Indulgencias – Marcelo Gidi, S.J.

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Artículo publicado en la edición Nº 1.189 (ENERO- MARZO 2016)
Autor: Marcelo Gidi, S.J.
Para citar: Gidi, Marcelo; La Iglesia que ayuda y sale al encuentro: las Indulgencias, en La Revista Católica, Nº1.189, enero-marzo 2016, pp. 30-44.

 

 

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La Iglesia que ayuda y sale al encuentro: las Indulgencias
Marcelo Gidi, S.J.
Facultad de Teología UC

Si bien en estos tiempos “modernos”, se ha perdido la conciencia de pecado y de la necesidad de la conversión, para el Papa Francisco lo anterior no significa necesariamente un impedimento para su propuesta jubilar. Por esto es que en la Bula Misericordiae vultus, con la que él convoca el Jubileo, afirma que “…he anunciado un Jubileo Extraordinario de la Misericordia como tiempo propicio para la Iglesia, para que haga más fuerte y eficaz el testimonio de los creyentes” (n.3) y “para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios” (n.5).
El Jubileo de la Misericordia, por lo tanto, es una invitación a profundizar lo que significa no solo el perdón de los pecados o el Purgatorio[1], sino la conversión y la llamada a purificar las maneras y los comportamientos que desdibujan su realidad y entorpecen su dinamismo. El Jubileo no solo es una invitación a confesarse y a expiar penas, a preocuparse del pecado y de las penas del mismo, sino también, principalmente una ocasión y una oportunidad para que el fiel se disponga e inicie decididamente un camino de verdadera conversión y de renovación profunda[2].
Este artículo quiere ofrecer algunas notas de carácter canónico-pastoral sobre la vigente normativa canónica acerca de las Indulgencias[3]. Antes de entrar en la exégesis de los cánones respectivos, para una mejor comprensión de la problemática a que se refieren, recojo en un primer momento algunos datos necesarios para comprender, luego, la actual legislación de la Iglesia en la administración de este sacramental[4].
El Pecado y sus consecuencias
Si bien por un lado, toda acción mala genera efectos en el corazón y en la vida del ser humano; por otro, todo pecado lleva consigo una perturbación del orden salvífico que Dios ha dispuesto y la destrucción de bienes tanto individuales como sociales (Is 1,2-3; Sal 105, Ez 20,27; Jn 15,14-15)[5], que en el cristiano pecador no son totalmente cancelados por los sacramentos. Esta contradicción al orden divino merece una pena, cuya finalidad no es castigar, sino la de restablecer el orden objetivo de las cosas en su perfecta integridad. La pena, entonces, que es la consecuencia del pecado para el culpable, consecuencia connatural e interna del pecado, no es un sufrimiento nuevo impuesto por Dios (“desde fuera”) para castigar al pecador, sino que es el mismo “salario del pecado” (“desde dentro”) (cf. Rm 6,21-23). Según la doctrina católica, lo que hace que el pecado sea pecado es la culpa, que es la libre opción por el mal tomada libremente contra Dios y contra el ser humano.
El pecado entraña, entonces, una doble consecuencia: lleva consigo una “pena eterna” y, además, una “pena temporal”. La primera es el alejamiento de Dios, la pérdida de la comunión con Dios que nace del pecado no perdonado; es decir el infierno. Esta pena se cancela cada vez que nos confesamos y somos admitidos nuevamente en el estado de gracia y en la comunión con Dios en la Iglesia. Pero cada pecado, incluso los veniales, provocan lo que el Catecismo de la Iglesia Católica define como un «un apego perverso a ciertos bienes» (n.1849) que merece una pena temporal, a la que se está obligado a pesar del perdón de las culpas obtenido con la confesión[6], y que exige purificación que normalmente se expiaría en el Purgatorio. La segunda pena, por lo mismo, es la situación de disgregación de la persona a causa del pecado[7]; es la consecuencia del pecado que el pecador debe sufrir en esta vida y que permanece después de la absolución. Aclaremos que esta pena no es una sanción dada por Dios para castigarnos, sino una consecuencia inherente al pecado mismo, nuestro apego desordenado al pecado, que es reparable y expiable por medio de la libre compensación del desorden mediante la satisfacción que restaura el equilibrio roto. Por lo tanto, cuando uno peca es necesario no solo restaurar la amistad con Dios, por medio de la sincera conversión y confesión para la remisión de la culpa y de la pena eterna, sino también restaurar plenamente todos los bienes destruidos o perturbados por el pecado cometido, con el fin de purificar las almas, defender la santidad y restituir a la creatura la gloria de Dios[8].
Lo anterior se debe a que los efectos del pecado, “la conversión al bien creado”, el “gustito” por seguir pecando, permanecen en el cristiano todavía después de recibida la absolución; es lo que denominamos, una cierta disposición e, incluso, un hábito al pecado[9]. ¿Quién, después de la absolución, no ha experimentado la dolorosa impotencia para transformarse verdaderamente en esa creatura nueva que desea ser? Ante esta imposibilidad, debida a las disposiciones adquiridas en el cristiano por el pecado cometido, que son las reliquias, los “restos” del pecado, es que la Iglesia intercede eficazmente en ayuda del penitente y ofrece medios prácticos para enfrentar estas consecuencias y permitir que el fiel ame a Dios con todo el corazón y con toda sus fuerzas. Medios eclesiásticos por los cuales se exhorta a hacer buenas obras que sirven a manifestar la voluntad del cristiano de comenzar una vida nueva y de retractarse de la perturbación ocasionada al orden divino por el pecado cometido que ha sido ya perdonado en su culpa y en su pena eterna. Uno de estos medios son las Indulgencias.
Jubileo e Indulgencias
El Jubileo es un Año verdaderamente Santo. El deseo de Francisco es que sea realmente un tiempo de gracia y de salvación, un tiempo más intensamente santificado por la aceptación de las gracias de la misericordia, mediante la renovación espiritual de todo el pueblo de Dios para que los cristianos sepan descubrir de nuevo en su experiencia existencial todas las riquezas inherentes a la salvación. Este tiempo fuerte, durante el cual todo cristiano está llamado a realizar más en profundidad su vocación a la reconciliación con el Padre en el Hijo, conseguirá plenamente su objetivo únicamente cuando desemboque en un nuevo compromiso por parte de cada uno y de todos al servicio de la reconciliación plena[10]. En este tiempo de gracia y misericordia todo fiel debe sentirse llamado en primer lugar a un compromiso singular con la penitencia y la conversión. En efecto, no puede darse una renovación espiritual que no pase por la expiación, bien como actitud interior y permanente del creyente y bien como ejercicio de la virtud a la cual nos invita el Apóstol a “hacerse reconciliar con Dios” (2Cor 5,20), bien sea como acceso al perdón de Dios mediante el Sacramento de la Penitencia, dejarse reconciliar con Dios. Dejarse reconciliar con y por Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia.
En esta perspectiva de gracia situamos el don de la indulgencia[11], don propio y característico del Año jubilar, que la Iglesia, en virtud del poder que le confirió Cristo, ofrece a todos aquellos que con las disposiciones indicadas cumplen las prescripciones propias del Jubileo. Como subrayaba Pablo VI en la Bula de Convocación del Año Santo del 1975, «con la indulgencia la Iglesia, sirviéndose de su potestad de ministro de la Redención operada por Cristo el Señor, comunica a los fieles la participación de esta plenitud de Cristo en la comunión de los Santos, ofreciéndoles en medida amplísima los medios para alcanzar la salvación»[12]. La Iglesia no las impone sino que las concede. Teológicamente las indulgencias constituyen una ayuda, un recurso concedido por la Iglesia con miras a completar lo que podría faltar a la satisfacción cumplida por los pecados ya perdonados[13]. El instituto de las indulgencias se comprende como una forma especial de ayuda que la Iglesia ofrece a los fieles para obtener la salvación, en cuanto son un signo e instrumento del camino de conversión personal y de acercamiento a Dios[14]. Afirma Francisco en su Bula “El Rostro de la Misericordia”, que: “No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de nuestros pecados. En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados tienen en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella (la misericordia) se transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado[15].
La existencia de las indulgencias en la Iglesia católica se apoya en dos verdades dogmáticas, de las cuales deriva directamente su disciplina. La primera es la existencia de una pena temporal que subsiste después de que la culpa ha sido perdonada. La segunda es el misterio de la comunión de los Santos. Todos los cristianos somos por la acción del Espíritu Santo miembros de un mismo cuerpo, en virtud de esta unidad todos pueden participar de los frutos de redención que pueden comunicarse (1Cor 12,12-27). La concesión de las indulgencias manifiesta la vocación primera de la Iglesia, de ser el lugar de curación del ser humano caído en el pecado, manifestando su naturaleza sacramental y su ser signo e instrumento de salvación. Es esta sacramentalidad de la Iglesia, su actividad de santificación, la que se expresa en el “tesoro de la Iglesia”, que es el valor salvífico de la redención de Cristo que se derrama sobre todos los miembros de su Iglesia: Cristo ha alcanzado la salvación para nosotros, y la Iglesia ha sido enviada a colaborar en que esta salvación.
¿Qué son las Indulgencias?
El “poder de las llaves” lleva en la Edad Media a la creación de Indulgencias[16]. Tienen su origen en la práctica de la Iglesia de distribuir los bienes espirituales que son fruto de los méritos, oraciones y buenas obras de Jesucristo y de los santos, como gracia que va unida al cumplimiento de determinadas prácticas religiosas[17]. Propagadas poco a poco en la Iglesia, se instauraron cuando los Pontífices decretaron que ciertas obras se podían tomar como penitencia general y que concedían a los fieles, verdaderamente arrepentidos y confesados y que hubieren realizado estas obras, el perdón de todos los pecados y la remisión de todas las penas temporales, por la misericordia de Dios, con la plenitud de la potestad apostólica (DH 1447-1448). Son otorgadas principalmente por los Papas y a veces por los obispos, teniendo en cuenta especiales circunstancias o necesidades de la Iglesia, y están unidas a las disposiciones que se exigen en general para poder obtener el perdón de los pecados[18].
¿Cómo entender la riqueza de la práctica de las indulgencias y su relación con la celebración del Jubileo? La Iglesia desde un principio ofreció diversos caminos para aplicar a cada fiel los frutos de la redención de Cristo y de los méritos de los santos, lo que se ha llamado el “tesoro de la Iglesia[19] y que a lo largo de la historia lo ha ido distribuyendo saludablemente a los fieles para la remisión total o parcial de la pena temporal debida a los pecados. Las indulgencias se pueden considerar como un complemento del sacramento de la penitencia, ya que remiten la pena temporal que en el hombre justificado, tras la satisfacción sacramental, permanece en el alma. La indulgencia es una ayuda de la Iglesia al esfuerzo del penitente por cancelar las consecuencias dolorosas de su pecado.
En la definición que tradicionalmente se ha hecho de la indulgencia, “la remisión o reducción de la pena temporal por los pecados actuales, que permanece después de la absolución sacramental[20], se ha mantenido, en el primer plano, la conexión de la indulgencia con el enigma del mal, expresamente con esa figura del mal que es el mal moral, es decir, del pecado. Pero también se han relacionado siempre con otro aspecto, con el misterio del bien, expresamente con el bien de la misericordia de Dios, es decir, el sacramento de la penitencia porque el mal no es la palabra definitiva sobre el hombre y la Iglesia expresa con autoridad y testimonio esto, comprometiéndose totalmente desde su dimensión constitutiva de único testigo de la salvación en la cruz de Cristo.
Con la indulgencia, la Iglesia señala el medio y la ayuda para a que el cristiano consiga el bien de una existencia enraizada en la fe. La indulgencia indica una acción particular del cristiano, realizar obras de piedad, penitencia y caridad, en su experiencia de conversión evangélica, dirigida directamente a resolver el problema del mal y a superarlo, para que haga más fuerte el bien y eficaz el testimonio de su fe[21]. En efecto, por intervención de la Iglesia, el fiel que tenga intención de ganarlas, adquiere el perdón delante de Dios de la pena temporal por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa[22]. Afirma Francisco que “Vivir entonces la indulgencia en el Año Santo significa acercarse a la misericordia del Padre con la certeza que su perdón se extiende sobre toda la vida del creyente. Indulgencia es experimentar la santidad de la Iglesia que hace participar a todos de los beneficios de la redención de Cristo, porque el perdón es extendido hasta las extremas consecuencias a la cual llega el amor de Dios[23].
La Normativa
Consultando algunos de los documentos magisteriales sobre esta materia podemos encontrar una constante validación de esta institución, sobre todo, cuando a lo largo de la historia se han cometido abusos. El Concilio de Trento condena y reprime estos abusos, pero defiende la institución de las indulgencias: se recomienda la moderación en la concesión de las indulgencias, y para quitar toda ocasión de abuso decreta “la completa abolición de todo indigno tráfico de dinero hecho para obtenerla” (DH 1835)[24]. Después del Concilio de Trento las intervenciones magisteriales se preocupan de regular, sobre todo jurídicamente, la institución de las indulgencias, a través de leyes canónicas[25]. Concluido el Concilio Vaticano II, encontramos documentos magisteriales que se preocupan de establecer y clarificar el significado teológico de las indulgencias, expresados en la reforma de Pablo VI de 1967, quien promulga el 1 de enero 1967 la constitución Indulgentiarum doctrina que pretende reformular toda la práctica de las indulgencias, de acuerdo con el espíritu y la renovación del Vaticano II[26], y la normativa sucesiva de la Penitenciaria Apostólica contenida en el Enchiridion indulgentiarum, publicado el 29 de junio de 1968[27].
Pablo VI en la Constitución Indulgentiarum doctrina, reivindica la enseñanza católica de la indulgencia por medio de la cual se reparan los daños ocasionados por los pecados y que deben cancelarse a través de un tiempo de sincera conversión. La indulgencia es definida por la Constitución como “la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados ya borrados en cuanto a la culpa, remisión que el fiel cristiano bien dispuesto obtiene en ciertas condiciones determinadas, por la acción de la Iglesia, la cual en cuanto ministro de la redención, dispensa y aplica con autoridad el tesoro de la satisfacciones de Cristo y de los santos” (Norma,1). En la indulgencia, la Iglesia, ejercicio de su munus sanctificandi y empleando su potestad de administradora de la redención de Cristo, no solamente pide, sino que con autoridad concede al fiel convenientemente dispuesto (disposiciones interiores, actitud espiritual y realización de ciertos actos prescritos por la Iglesia) el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos para la remisión de la pena temporal. Gracias a una intervención objetiva, la acción de la Iglesia, ope Ecclesiae, el fiel la obtiene de Dios, (se revaloriza la cooperación personal del fiel), gracias a la dispensación de los tesoros de Cristo y de los Santos, que la Iglesia le aplica de manera extrasacramental (la acción de la Iglesia le da valor de satisfacción a la acción del fiel)[28]. El fin que se propone la autoridad eclesiástica en la concesión de las indulgencias consiste no solo en ayudar a los fieles a lavar las penas debidas, sino también incitarlos a realizar obras de piedad, penitencia y caridad, especialmente aquellas que contribuyen al incremento de la fe y del bien común[29].
En lo que se refiere a la concesión de indulgencias conviene tener en cuenta el contenido de Enchiridion indulgentiarum 7 y 24-26. Al respecto establece Enchiridion 25 que los Ordinarios de lugar pueden, además, conceder a los fieles sobre los cuales tienen jurisdicción conforme al Derecho, si se encuentran en un lugar donde no puedan o les sea muy difícil confesarse o comulgar, dos condiciones para obtener la indulgencia, la facultad de ganar la indulgencia plenaria sin confesión y comunión actual, con la condición de que estén arrepentidos y se propongan acercarse a los referidos sacramentos tan pronto como puedan.
En relación al uso de la indulgencia plenaria, además de la exclusión de todo afecto a cualquier pecado, incluso venial, se requiere la ejecución de la obra enriquecida con indulgencia y el cumplimiento de tres condiciones, que son: la confesión sacramental, la comunión eucarística y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice. Esta solo se puede ganar una vez al día (Enchiridion 18 §1). Pero se puede ganar otra indulgencia plenaria, in articulo mortis, aunque ya se haya ganado otra en el mismo día (ibídem, § 2). Las indulgencias parciales pueden lucrarse varias veces al día (ibídem, § 1). La obra prescrita para lucrar una indulgencia plenaria aneja a una iglesia u oratorio es la visita piadosa de los mismos, y la recitación, en ellos, de la oración dominical y del símbolo de la fe (Padre Nuestro y Credo) (Enchiridion 19).
Para ganar la indulgencia plenaria se requiere el cumplimiento de la obra indulgenciada y las cuatro condiciones siguientes: disposición interior de un desapego total del pecado, incluso venial, confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Romano Pontífice. Si falta esta plena disposición o si no se cumplen las condiciones indicadas para obtener la indulgencia plenaria, –salvo que haya impedimento– la indulgencia será solo parcial (n. 20 §§1 y 4).
Cumplidas las necesarias condiciones indicadas, los fieles pueden ganar la indulgencia jubilar realizando una de las siguientes obras: Obras de piedad o religión, de misericordia o caridad, de penitencia. Las dos condiciones principales requeridas para lucrar la indulgencia plenaria son la confesión sacramental personal e íntegra y la comunión eucarística recibida dignamente. Las tres condiciones para lucrar la indulgencia plenaria se pueden cumplir varios días antes o después de realizada la obra prescrita; pero conviene que la comunión y la oración por las intenciones del Romano Pontífice se hagan en el mismo día en que se realiza tal obra (n. 20 §3)[30]. Se pueden ganar varias indulgencias plenarias con una sola confesión sacramental; pero con una sola comunión eucarística y una única oración por las intenciones del Romano Pontífice se puede ganar solo una indulgencia plenaria (n. 20 §2).
La condición de rezar por las intenciones del Romano Pontífice queda plenamente cumplida rezando un Padrenuestro y un Avemaría por sus intenciones; sin embargo, los fieles pueden recitar cualquier otra oración, según la devoción y piedad de cada uno (n. 20 § 5). La indulgencia aneja a una oración se puede ganar cualquiera sea el idioma en que esa oración se recite, con tal que sea una traducción aprobada por la autoridad eclesiástica competente (n. 22). Para ganar las indulgencias basta recitar la oración alternadamente con otra persona o acompañarla mentalmente cuando otra persona la recita (n.23). Los mudos pueden ganar las indulgencias anejas a las oraciones públicas si, encontrándose en el mismo lugar con otros fieles que rezan dichas oraciones, elevan hacia Dios su pensamiento y sentimientos piadosos. Si se trata de oraciones privadas, basta que las digan mentalmente o las manifiesten con signos o las recorran con la vista (n. 26).
El Código de Derecho Canónico de 1983 (CIC) trata la normativa de las indulgencias en la parte que se refiere al sacramento de la penitencia. Dentro del Tit. IV («Del sacramento de la Penitencia») del Lib. IV, part. I, el cap. IV («De las indulgencias»). Nos encontramos dentro del ámbito de ejercicio del munus sanctificandi de la Iglesia, que dispensa y aplica autorizadamente el tesoro de la satisfacción de Cristo y de los Santos. La conexión de las indulgencias con el sacramento de la penitencia es antigua: si bien las indulgencias se aplican fuera del ámbito de la penitencia sacramental, no están fuera del horizonte de la misma. Las indulgencias no son separables de la virtud y del Sacramento de la Penitencia, son un complemento de este sacramento, ya que remiten la pena temporal que en el hombre justificado por la satisfacción sacramental permanece en el alma. El perdón sacramental, según Indulgentiarum doctrina, remite el pecado y la culpa, juntamente con la pena eterna, pero permanece, al menos en parte, la pena temporal que se puede identificar como la inclinación al mal y en la necesidad de purificación que permanece en el corazón del pecador convertido y perdonado por la Iglesia.
El Código comienza en su primer canon con una descripción de la indulgencia, que es una transcripción literal de la primera norma de la Constitución apostólica Indulgentiarum doctrina, promulgada el 1 de enero de 1967 por el Papa Pablo VI[31], y también de la norma I del Enchiridion indulgentiarum, promulgado originalmente por Decreto de la Penitenciaria Apostólica el 29 de junio de 1968[32]. El Código de Derecho Canónico (can. 992) y el Catecismo de la Iglesia católica (n. 1471), en continuidad teológica definen la indulgencia como: «…la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos. Las indulgencias expresan y favorecen algunas dimensiones típicas de la reconciliación sacramental, debido a la conexión que existe entre el perdón de la culpa y la condonación de la pena eterna, logrados por el sacramento, y la remisión de la pena temporal por los pecados, que la Iglesia ofrece al cristiano a través de las indulgencias. En efecto, tal pena es remitida en los fieles de manera extrasacramental por mediación de la Iglesia y sin acción sacramental alguna»[33]. En este sentido las indulgencias ayudan en el camino de conversión y de penitencia del cristiano y contribuyen a purificar el corazón de la realidad de la pena temporal, con lo cual se está más cerca de Dios. En efecto, la indulgencia es la remisión de la pena, no de la culpa, ni siquiera de la venial, pues para remitir las culpas veniales se requiere algún acto por parte del pecador, que sea una detestación formal o virtual de la culpa; y tal acto solo puede ser realizado por el penitente, no por otro. Para administrarlas se requiere una causa justa, que pueda ser aprobada y aceptada por Dios, es decir, una causa final piadosa.
El canon 992 señala, además, las condiciones, requisitos, disposiciones y características que en el cristiano deben existir para que pueda beneficiarse de las indulgencias. El can. 996, por su parte, describe quién es el destinatario de las indulgencias. Trata de la capacidad de lucrar indulgencias (§1), y de las condiciones necesarias para que el sujeto capaz las lucre de hecho (§2)[34]. La persona capaz y hábil de ganar indulgencias es todo bautizado (cann.11; 96; 849), no excomulgado (can. 1331), y en estado de gracia al menos al final de las obras prescritas para ganar las indulgencias, porque la indulgencia exige el arrepentimiento y la conversión del fiel. Las disposiciones necesarias para obtener de hecho las indulgencias (§2) son tener la intención habitual, que es la que normalmente tiene todo cristiano que quiera vivir como tal, y el cumplimiento de las obras exigidas: Obra espiritual, confesión, comunión eucarística y oración por las intenciones del Papa.
De la amplia distinción de las indulgencias presentes con anterioridad a la nueva normativa, y a fin de que se haga más claro que son las obras de los fieles las que se enriquecen con indulgencias[35], el CIC 83 distingue entre la indulgencia plenaria y parcial, según liberen de la pena temporal debida a los pecados total o parcialmente, y las indulgencias para vivos y para difuntos (cann. 993-994), según beneficien a vivos, a modo de absolución, o difuntos, a modo de sufragio, (súplica e intercesión), de manera de cancelar total o parcialmente las penas temporales de los pecados ya perdonados[36]. Ahora, todo fiel puede siempre lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias. Recibe directamente la indulgencia el que hace aquello por lo que la indulgencia se concede; indirectamente se da al fiel difunto por quien se aplica el acto que es la causa de la indulgencia, que el difunto por sí mismo no puede realizar. En la indulgencia en favor de los vivos la buena obra la realiza quien recibe la indulgencia; en cambio, en la indulgencia en favor de los difuntos no son estos obviamente, sino el fiel vivo, conectado con un vínculo de caridad con ellos, quien realiza la obra. Finalmente se reconoce la distinción de las indulgencias concedidas en forma ordinaria y las indulgencias concedidas en forma de jubileo; estas últimas son siempre plenarias. Esta remisión la obtiene, por tanto, el mismo fiel vivo, pero no en el sentido de que le sean remitidas las penas propias, sino en cuanto que pone la causa mediante la cual le es concedida la facultad de aplicar por los difuntos esa remisión de la pena, cuyo valor equivalente distribuye y aplica la Iglesia del tesoro de los méritos de Cristo y de los Santos.
El can. 997 remite a las restantes prescripciones que se contienen en las leyes peculiares de la Iglesia, en lo que se refiere a la concesión y uso de las indulgencias. ¿Cuáles son estas leyes peculiares? Dichas leyes están actualmente contenidas en la Constitución apostólica Indulgentiarum doctrina de Pablo VI de 1967 y en el Enchiridion indulgentiarum, promulgado por Decreto de la Penitenciaria Apostólica de 16.VII.1999, documentos a los cuales ya nos referimos anteriormente.
Conclusión
A modo de conclusión, apoyado en el Manual de P. Adnes, señalo algunos de los beneficios que pueden tener las indulgencias para la actual experiencia cristiana en el mundo de hoy.
Primeramente, la práctica de las indulgencias mantiene en el cristiano el sentido del pecado y le recuerda que no debe, demasiado pronto, considerarse liberado de sus acciones pasadas que continúan pesando sobre él. En segundo lugar, esta práctica enseña que el cristiano es más incapaz de lo que él estima para reparar adecuadamente el mal cometido con su pecado; comprenden con las indulgencias que no pueden expiar con sus propias fuerzas el mal que han hecho. En tercer lugar, la práctica de las indulgencias, fortifica la fe del cristiano en el misterio de la Iglesia, cuerpo de Cristo y comunión de los santos, proporcionándole un sentimiento y una experiencia de que no es un “llanero” solitario en el combate contra el mal, que la Iglesia lo deja entregado a sus propias fuerzas. De este vínculo de solidaridad sobrenatural, con los tesoros de Cristo y por la comunión de los santos con todos los cristianos, las indulgencias nos proporcionan una conciencia real y existencial de la comunión de todo cristiano entre sí con la salvación. Las indulgencias nos ponen delante de la incapacidad de todo ser humano para reparar el mal de su pecado y de la solidaridad de la Iglesia que a través de su ministerio es instrumento de Dios. Finalmente, sirven en la intención de la Iglesia a promover la realización de buenas obras, útiles no solo al beneficiado, sino también a la comunidad entera, obras eminentemente santificadoras, que el fiel no realizaría de otra manera, porque el cumplimiento de la obra prescrita para ganar la indulgencia debe estar animado de disposiciones interiores.
Es comprensible entonces que el jubileo no es solo una invitación, sino también una oportunidad para que los fieles den inicio a su camino de conversión y renovación espiritual; desde este punto de vista, la indulgencia es la modalidad que la Iglesia ofrece para vivir este camino hacia la reconciliación con Dios y con nuestros hermanos. Casi se podría decir que el Jubileo es una indulgencia Plenaria: con el jubileo la Iglesia tiene por objeto promover y fomentar obras, oraciones, penitencias que ayudarán al alma para llegar con una completa apertura a la conversión y la salvación de Dios. Esta lectura de las indulgencias en el horizonte de un camino personal de conversión y de la misericordia de Dios que acompaña este camino, creo que ayuda a revalorizar esta institución eclesiástica. Sin una conversión sincera y sin una unión con Dios, de nada sirven las indulgencias porque estas no son realización de gestos maquinales sin alma. Pero, también, sin la ayuda de la indulgencia eclesiástica la acción del bien hubiera sido menos perfecta y en consecuencia el proceso de purificación y curación hubiera sido más lento, más oneroso, más laborioso.
En conclusión, podemos decir que la indulgencia jubilar es de una indulgencia plenaria que posee un valor particular como signo y medio por las especiales condiciones en las que se cumplen las prácticas penitenciales, que también son signos y medios para separarse del afecto al pecado y alcanzar la pureza de espíritu. El jubileo ofrece a los fieles ocasiones extraordinarias y las formas más estimulantes de conversión y de renovación, para lograr la plena reconciliación con Dios y con los hermanos. Con la ayuda de la Iglesia, madre de Misericordia y dispensadora de la gracia de Dios, el fiel obtiene un medio eficaz en su camino de conversión, fruto de todo Jubileo[37].
NOTAS
[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 1030 “Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo”; 1031 La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DH 1304) y de Trento (cf. DH 1820; 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura, (por ejemplo, 1 Co 3,15; 1P1,7) habla de un fuego purificador.
[2] Francisco, Misericordiae Vultus, Bula de convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, 11 abril 2015.
[3] Aunque pueden encontrarse rastros de su existencia en relación a algunas verdades contenidas en las escrituras: 2Sam 12,10,14; 1Cor 5,5; 12, 25s; 1Tim 1,20, las mismas están fundamentadas sólidamente en la Revelación: DH 1835; Mt 18,18; Ef 4,16; 1Cor 12,12-27; 2Cor 5,8; 1Tim 2,5; Col 1,24.
[4] CIC/83 can. 1166 Los sacramentales son signos sagrados, por los que, a imitación en cierto modo de los sacramentos, se significan y se obtienen por intercesión de la Iglesia unos efectos principalmente espirituales.
[5] Es “una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna” (San Agustín, Contra Faustum manichaeum, 22, 27; Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 1-2, q. 71, a. 6)
[6] Cf. Sal 31,5: “Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado”.
[7] Lo establece claramente Santo Tomás: Respondo: El pecado mortal con su conversión desordenada a los bienes creados, produce en el alma una cierta disposición e, incluso, un hábito si se repite muchas veces. Como se acaba de decir (a.4 ad 1), la culpa del pecado mortal se perdona en cuanto que por la virtud de la gracia desaparece la aversión de la mente a Dios. Pero, eliminado cuanto se refiere a la aversión, puede permanecer todavía lo que se refiere a la conversión desordenada, ya que esta puede existir sin aquélla, como antes se ha dicho (a.4 ad 1). Y, por eso, nada impide que, eliminada la culpa, permanezcan las disposiciones causadas por los actos precedentes, que se llaman secuelas del pecado. Permanecen, sin embargo, debilitadas y disminuidas, de tal manera que no dominen al hombre. Permanecen, efectivamente, en forma de disposición, y no en forma de hábito, como también permanece en el bautismo el fermento de pecado. Cfr. S. Tomas, Summa theologica, Tertia pars, quæstio 86, articulus 5, ad.1 corpus.
[8] Pablo VI, Constitución apostólica Indulgentiarum doctrina, 1 de enero 1967, n.2.
[9] Afirma Santo Tomás: Respondo: “Como ya se demostró en la Segunda Parte (1-2 q.87 a.4), en todo pecado mortal hay que considerar dos cosas: aversión al bien inmutable y conversión desordenada al bien perecedero. Pues bien, por parte de la aversión al bien inmutable, el pecado mortal tiene como consecuencia el débito de la pena eterna, porque quien pecó contra el bien eterno debe ser castigado eternamente. También por parte de la conversión al bien perecedero, en cuanto que esta conversión es desordenada, corresponde al pecado mortal el débito de alguna pena, porque del desorden de la culpa no se vuelve al orden de la justicia sin pagar alguna pena, ya que es justo que quien concedió a su voluntad más de lo debido, sufra algún castigo contra ella, con lo que se logrará una igualdad. Por lo que también en el Ap 18,7 se dice: Dadle tormentos y llantos en proporción a su jactancia y su lujo. Sin embargo, como la conversión al bien perecedero es limitada, no merece el pecado mortal, por este lado, pena eterna. De tal manera que si existe una conversión desordenada al bien perecedero sin aversión a Dios, como sucede en los pecados veniales, no merece este pecado una pena eterna, sino temporal. Así pues, cuando se perdona la culpa con la gracia, desaparece la aversión del alma a Dios, ya que por la gracia se une a él. Por consiguiente, desaparece también el débito de la pena eterna, aunque puede permanecer el débito de una pena temporal. Cfr. S. Tomás, Summa theologica, Tertia pars, quæstio 86, articulus 4, ad.1 corpus.
[10] Juan Pablo II, Bula Aperite portas Redemptori, 1983,3.
[11] A pesar de su origen bíblico prevalentemente social, en el cristianismo occidental se ha interpretado como ocasión para la liberación de los pecados personales y sus consecuencias, porque el penitente no solo debe reparar el daño hecho a sus hermanos y satisfacer la ofensa a Dios a causa de sus pecados, sino también, cancelar en esta vida la pena debida al pecado.
[12] Pablo VI, Bula Apostolorum limina, II, 23 de mayo 1974, AAS 66 (1974), 295.
[13] Adnes, P., La Penitencia, Madrid, 1981, 55.
[14] La Iglesia ha enseñado que el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, poseedor de las llaves y vicario de Jesucristo en la tierra, precisamente por el poder de las llaves, le corresponde abrir el reino de los cielos, quitando en los fieles de Cristo todo impedimento a su entrada (es decir, la culpa y la pena debida a los pecados actuales; la culpa mediante el sacramento de la penitencia, y la pena temporal, debida por los pecados actuales -conforme a la divina justicia-, mediante la indulgencia de la Iglesia) (DH 1448), Cf León X, Decreto Cum postquam, 9 noviembre 1518 (DH 1447-1449).
[15] Francisco, Misericordiae Vultus, Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia, del 11 abril 2015, 22.
[16] La práctica y la doctrina de las indulgencias aparecen en la Iglesia occidental en el siglo XI; las iglesias orientales la desconocen, y las protestantes la niegan.
[17] Cf. DH 868; “Tantum valent quantum praedicantur”, Suma Teológica, Suppl. 1.25, a.2)
[18] Flores, G., El Sacramento de la Penitencia, Madrid, 1993, 170.
[19] Cf.DH 1025-1027; 1406; S. Tomas, Suma Teológica, Suppl., q. 25-26.
[20] Clemente VI, Bula Unigenitus Dei Filius, 7 de mayo 1352, DH 1025-1027.
[21] La Iglesia, afirma Juan Pablo II, dispensadora de gracia por expresa voluntad de su Fundador, concede a todos los fieles la posibilidad de acercarse, mediante la indulgencia, al don total de la misericordia de Dios, cf. Juan Pablo II, Bula Aperite portas Redemptori, 6 de enero 1983, n.8.
[22] No debemos nunca olvidar, en el análisis de este tema, que la salvación, el perdón y la gracia son siempre dones de la misericordia de Dios y de la redención actuada por Cristo y jamás son frutos del esfuerzo personal del penitente o por el cumplimiento de algunas obras.
[23] Francisco, Misericordiae Vultus, Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia, del 11 abril 2015, 22.
[24] Concilio de Trento, Decreto sobre las indulgencias, 4 diciembre 1563 (DH 1835).
[25] En el primer Código de Derecho Canónico del año 1917, en la parte dedicada al sacramento de la penitencia, se destinan al tema un conjunto de cánones (Cann 911-947) que, en detalle, muestran la doctrina tradicional: las indulgencias consisten en la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en la culpa, que la autoridad eclesiástica entrega desde el tesoro de la Iglesia para los vivos como absolución y para los muertos como sufragio (can. 911).
[26] El Concilio Vaticano II clarificó algunos de los conceptos básicos involucrados en este proceso. Cristo, el único Salvador, dio a la Iglesia el poder de ejercer la misericordia con los cristianos pecadores. La autoridad de la Iglesia actúa este proceso vital de la administración de la gracia de Dios a través de los signos sensibles (sacramentos y sacramentales) destinados a estimular, expresar, incorporar e implementar de forma visible el ejercicio de la misericordia divina. La misión de la autoridad de la Iglesia, fundada por Cristo, es promover la conversión real de los corazones, el acceso a la vida divina y la comunión con Cristo; el compromiso personal del penitente con Cristo es de fundamental importancia: la indulgencia expresa esta conversión del pecador. El cumplimiento del jubileo por los vivos tiene el carácter de absolución, mientras que para los muertos es de intercesión.
[27] Enchiridion indulgentiarum será actualizado posteriormente a la luz de Código de 1983 (Cann. 992-997) y publicado de nuevo en mayo de 1986. Actualmente está en vigor la 4 ed. del Enchiridion indulgentiarum, de 16.VIl.1999.
[28] Adnes, P., La Penitencia, 270.
[29] Pablo VI, Constitución apostólica Indulgentiarum doctrina, 1 de enero 1967, n.8
[30] Penitenciaria Apostólica, El Don de la Indulgencia, n.5, establece que “Es conveniente, pero no necesario, que la confesión sacramental, y especialmente la sagrada Comunión y la oración por las intenciones del Papa, se hagan el mismo día en que se realiza la obra indulgenciada; pero es suficiente que estos sagrados ritos y oraciones se realicen dentro de algunos días (unos veinte) antes o después del acto indulgenciado”.
[31] Pablo VI, Constitución apostólica Indulgentiarum doctrina, 1 de enero 1967, n.1.
[32] Cfr. AAS 60 (1968), 413-419. Actualmente está en vigor la 4 ed. del Enchiridion indulgentiarum, de 16.VIl.1999.
[33] En esta noción de indulgencia está contenida de modo resumido toda la doctrina tradicional sobre las indulgencias, que está expuesta en la Const. Ap. Indulgentiarum doctrina, ya citada.
[34] Can. 996: 1. Para ser capaz de lucrar indulgencias es necesario estar bautizado, no excomulgado, y hallarse en estado de gracia por lo menos al final de las obras prescritas. 2. Sin embargo, para que el sujeto capaz las lucre debe tener al menos intención general de conseguirlas, y cumplir las obras prescritas dentro del tiempo determinado y de la manera debida, según el tenor de la concesión.
[35] Plenaria o total y parcial, personal, real, mixta y local; perpetua y temporal, de vivos y de difuntos, ordinaria y jubilar.
[36] Todo fiel puede siempre lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias, por quien se aplica el acto que es la causa de la indulgencia, que el difunto por sí mismo no puede realizar.
[37] Adnes, P., La Penitencia, 273-277.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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