Reflexión bíblica del hoy personal y eclesial: Hacia una teología del límite – Gonzalo Bravo A., pbro.

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Artículo publicado en la edición Nº 1.200 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2018)
Autor: Gonzalo Bravo Álvarez, Pontificia Universidad de Valparaíso
Para citar: Bravo, Gonzalo; Reflexión bíblica del hoy personal y eclesial: Hacia una teología del límite, en La Revista Católica, Nº1.200, octubre-diciembre 2018, pp. 362-375

 

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Reflexión bíblica del hoy personal y eclesial: Hacia una teología del límite
Gonzalo Álvarez Bravo, pbro. [1]
Profesor de la Facultd Eclesiástica de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

 

Todo lo que vemos está limitado; si ello no fuera así, no podríamos identificar las cosas que percibimos, ni menos, podríamos darnos cuenta de la sucesión del tiempo. El límite tiene que ver con el ser de las cosas en cuanto a su manifestación externa o en cuanto a la captación que de ellas puede hacer un observador. De algún modo, el ser es percibido por su límite existencial; sin ese límite su ser no podría ser captado por un observador; incluso más, el límite no solo define al ser, sino que lo pone en relación con otros.
La idea del límite podría ser vista con un matiz negativo si el observador se encuentra en la ribera del deseo de poseer todo. Es decir, cuando percibo una realidad determinada, claramente, ella no es todo; y es muy necesario que sea así. Pero no por ello su límite es una restricción, sino que al contrario, su límite es capacidad de ser identificado, de ser algo en relación con algo más, de tener posibilidad de relación con el resto y de comunión con la creación. Es desde este punto de vista –la potencialidad del límite- desde donde deseo expresar algunas pinceladas de un abordaje teológico desde el límite.
Originalmente la idea de límite tiene que ver con lo que separa una realidad de la otra; de aquí que desde un inicio expresa, más que una idea de carencia, una convicción de identidad y una posibilidad relacional que puede dar una nueva fuerza a la carencia existencial como potencia relacional. Quedarse en el concepto de límite como ‘aquello que me restringe y contiene’ no deja ver el potencial de comunión que esa misma concepción encierra. Si se me permite decirlo desde un principio de estas reflexiones, el límite es lo que hace que las cosas sean identificadas y, a la vez, lo que permite que ellas puedan ponerse en relación desde sus potencialidades y no desde sus actuales realidades. En este sentido, es adecuado sostener con J.D. Estes que los límites humanos expresan un muy buen aspecto de la creación de Dios[2].
A partir de algunos textos bíblicos trataré de mostrar de qué modo el límite es una condición de creatura y que, por ende, toda vez que no se acepta ser limitado -lo que implica ponerse en relación con- se hipoteca el potencial del ser creatura, tal como Dios ha querido. Espero en esta misma línea, proponer una reflexión sobre la dimensión eucarística de la vida cristiana a partir de la ‘limitada’ presencia de Jesús en la Hostia consagrada.
1. El límite en Gn 1
Según Gn 1,2, el estado previo a la creación no es el vacío ni es la nada, sino el abismo y la confusión (תֹ֙הוּ֙ וָבֹ֔הוּ: tōhû wābōhû). Lo que se destaca de la creación es que esta da un sustento y un orden a lo ya creado a partir de la identificación de los elementos que están ‘en confusión’. De algún modo, la separación que produce la palabra de Dios viene a hacer patente el límite de cada realidad. En este sentido es importante destacar el verbo ‘separar’ (בּדל), con sus matices de distinguir entre, segregar, singularizar. El límite aparece como un efecto de la palabra de Dios, la cual, lejos de anular la creación la hace sostenible con aquello que le distingue del resto. Desde una mirada relacional, cuando las creaturas no se perciben limitadas ‘algo’ de la acción creadora no se expresa en ellas y, a la vez, se corre el riesgo de volver a ese abismo y confusión original del cual la acción de Dios ha actuado. Puede verse la creación, entonces, como el poner límite a las cosas, como la acción divina que cada creatura puede ser identificada por lo que es respecto al resto. De este modo, es natural que toda creatura esté llamada, desde su misma configuración divina, a estar en relación con el Creador, las creaturas y lo creado.
Cuán importante es esta consecuencia lógica para las creaturas que, al son de la desarmónica música del individualismo, tienden a romper la dinámica relacional impresa en el acto creatural divino. No hay espacio para pensar que la dignidad creatural sea una cualidad ‘ad-intra’, sino que más bien, es una inestable dinámica que me llama a la ‘proexistencia’ para ser plenamente creatura. Lo que nos configura como creatura ‘de Dios’ es, precisamente, lo que nos relaciona con toda la creación.
Después de la acción creadora de Dios, que se lleva a cabo a partir de un hablar eficaz (‘dijo Dios’: 10 veces aparece esta expresión en Gn 1), podemos afirmar que el rastro del creador se deja ver en el límite de la creatura; nada se puede decir de Dios, ni Él hace nada, si no es plasmándolo en algo limitado. De este modo, la limitación, junto con ordenar la creación es, a la vez, manifestación del obrar divino, quien para sacar el desorden pone límite a las cosas. Nada más anti-natural que pensarse sin límites, sin confines ni sin referentes.
Aunque lo hemos esbozado antes, es momento de destacar la dimensión relacional que todo límite está llamado a desarrollar. El relato del Gn 1 destaca con una hermosa frase que ‘Dios vio todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno (tôb me’ōd) (Gn 1,31)’. Esta bondad inicial se refiere a todo lo que había hecho, todo lo que tiene límites y que, incluso, es tal por el límite que lo define. Para que algo sea bueno no solo debe sentirse sabedor de su límite, sino que, positivamente, ser identidad relacional que vive su dimensión existencial en la alteridad y la diversidad. El límite no confina, sino potencia encuentros con lo otro, con lo otro y con el Otro. Es un reduccionismo creatural no disponerse a vincularse con lo que está más allá de cada realidad, toda vez que toda ella es ‘muy buena’; y lo es, precisamente, por esa capacidad de revelar la acción misma de Dios. En el límite, por lo tanto, no se ve la fragilidad o la carencia, sino la fortaleza y la potencia de cada ser de ponerse en relación con el resto desde su límite, entendido este como ‘posibilidad de relación’, ‘espacio de encuentro’ y ‘lugar de comunión’.
El límite inaugura su infinito justamente desde su condición de posibilidad para disponerse a encontrarse y complementarse con el otro. Nada más lejos de la condición creatural que considerarse auto realizado e independiente del resto de la creación. En este sentido, cada persona es opción de comunión y relación con todo lo que le rodea; aunque cada ser humano sea en sí mismo un universo de sueños, saberes y esperanza, es apenas una contingencia sino descubre todo lo que está llamado a ser con lo que él no es.
Incluso, el mismo querer de Dios sobre ‘hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza y manden en los peces del mar y en las aves del cielo… (GEN 1:26 BJ3)’ (Gn 1,26) se manifiesta en la orden de que aquel se relacione con la creación ‘al modo de Dios’; es decir, se trata de una acción de vinculación con la creación, la cual se respeta y guía según el modo de Dios, jamás de forma arbitraria[3]. El verbo hebreo utilizado para expresar ese mandato es  רדה  (rādâh), tradicionalmente traducido como mandar, regir, ordenar. Pero no es eso lo que el texto hebreo señala. Lo que realmente matiza el verbo hebreo es la acción de control, de inspección y cuidado de los seres vivos. En este sentido, quien rige (rādâh) es uno que escolta, acompaña y guía a personas o creaturas vivas que confían en él hacia un cierto destino[4]. Lo que se quiere destacar es la condición de relacionalidad que hace que todo ser humano sea creado a imagen y semejanza de Dios. Desde el límite, entonces, podemos encontrarnos con la dinámica relacional más profunda y querida por Dios desde la misma creación del ser humano.
Agrego una palabra final sobre Gn 1,27, en donde se declara, a modo de conclusión, que Dios creó al hombre y la mujer. El versículo se inicia con la sentencia que Dios creó al hombre (al ser humano: הָֽאָדָם ) a imagen suya; dos veces en el mismo versículo sostiene que ‘a imagen suya Dios los creó’. Y a modo de recalcar el modo de esa imagen coloca la diversidad contenida en el ser humano: hombre y mujer. Esto también expresa un sentido de un límite a ser convertido en posibilidad de encuentro. El término זָכָר (z¹k¹r), utilizado para referirse a lo masculino, es una expresión técnica que, precisamente, destaca la oposición con el término aludido a mujer (נְקֵבָה). Nuevamente estamos frente a una realidad limitada que exige una relación de recíproca de complemento, tal como lo afirmará explícitamente el segundo relato de la creación (cf. Gn 2, 20).
El límite en Gn 1 es lo que hace que la creación provenga de la voz creadora de Dios, es la continua forma de aparecer, de ser, de estar y de ponerse en relación. Nada de cuanto existe lo está sin límites, y estos están para identificar la diversidad de cuanto ha sido creado por Dios. De algún modo todo lo creado está limitado, y esa condición es lo que permite al ser humano regir y dirigir la creación al modo de Dios.
2. El ‘límite’ en la experiencia actual de la Iglesia en Chile
Creo conveniente aplicar estas enseñanzas del límite a la situación que afecta a la credibilidad de la Iglesia chilena y, por otro parte, al desafío maravilloso del límite personal como preámbulo de la pluralidad social.
a. El límite y la credibilidad de la Iglesia.
Es algo ya sabido que la Encuesta CADEM de octubre del 2018 nos han hecho saber que la credibilidad de las tareas que lleva a cabo la Iglesia no es creída por más del 80% de la población[5]. Me imagino que quienes desaprueban el actuar de ‘la Iglesia’ no se refieren al bien que muchos miembros de ella realizan en nuestro país. Pienso en la consagración del silencio y del trabajo cotidiano de los monasterios de vida contemplativa; en la comprometida acción solidaria de tantas instituciones de asistencia y de promoción que sirven a niños, niñas, jóvenes, familias y adultos mayores; en la arriesgada tarea de comunidades que dan testimonio de la fe en Jesús resucitado en medio de la pobreza, la droga y la desesperanza. En muchos colegios, capillas, cárceles y hospitales la voz profética de personas consagradas y laicas es faro que anima y fortalece la fe de quienes han aceptado a Jesús como su salvador. Esa abnegada entrega no creo que esté dentro de lo que se desaprueba del trabajo de la Iglesia Católica.
Probablemente lo que sí se reprueba –y qué bueno que sea así- es lo que el papa Francisco denomina ‘cultura del abuso’, o sea, esa tenebrosa trastienda de poder, de poca transparencia y credibilidad, que ha permitido vulneraciones de todo tipo. Todo lo opuesto a la persona y al mensaje de Jesús y, a la luz de lo que acabamos de ver, todo lo contrario a la relación mutua que se está llamado a potenciar entre las personas.
La teología del límite podría ser un aspecto a destacar al momento de pensar en revertir tal situación. Si se considera que estamos llamados a vivir, desde nuestros límites, en relación con los otros, no se podrá justificar el actuar eclesiástico basado en razones de poder o de disposiciones de refugiarse en lo que se es a nivel institucional y comunitario. Más que nunca la palabra de Dios, viva y eficaz, puede desde el desorden y confusión actuales de muchas personas establecer la luz sobre lo que hace y es la Iglesia. Un primer momento debe centrarse en poner límites a qué se entiende por iglesia. ¿Es ella la jerarquía, consagrados y laicos, que conducen al pueblo que Dios que peregrina en Chile? ¿Está la Iglesia vinculada solo a la cúpula de poder? ¿De qué modo las diferentes realidades tienen su papel dentro del cuerpo de Cristo? Identificar es limitar, es dar a conocer los límites. Me parece urgente que se considere claramente a quién no se le cree cuando se expresa la frase: ‘la Iglesia no es creíble’. Es posible que sean pocas las personas -y es necesario identificarlas- que hacen que todo el cuerpo eclesial tenga poca credibilidad en nuestro país. En el límite puede estar el principio de la solución.
b. El límite personal y una sociedad plural
Los Obispos chilenos en su Carta pastoral ‘Humanizar y compartir con equidad el desarrollo de Chile’[6],sostenían: «El pluralismo es inmensamente positivo porque nos ayuda a convivir y nos permite asumir diversos puntos de vista, comprendiendo la complejidad de la vida y ensanchando nuestra limitada visión de ella. Ese pluralismo, hecho de respeto y no de silencios, debe ser fomentado porque nos permite buscar con otros la verdad, complementándonos. Es un modo solidario de buscar y profundizar la verdad sin relativizarla. El pluralismo agudiza nuestra razón para llegar al fundamento que hace más razonables para todos lo que proponemos como un valor, sin relativismos y sin fundamentalismos» (Nº8).
Esta visión indica un camino de salida desde las propias limitaciones para disponerse en diálogo abierto y sincero desde la diversidad y la diferencia. En ese ambiente de respeto por el otro, y también de reconocimiento del propio límite es donde las diferencias hacen crecer, madurar y encontrar soluciones a diversas problemáticas desde los propios aportes de quienes participan en el pluralismo.
Otro aspecto positivo del pluralismo tiene que ver con las exigencias que este propone a cada persona en relación: la necesidad de renovar día a día su identidad en diálogo de intimidad consigo misma en relación con los otros y con fe. Es la otra cara de la relacionalidad exterior que hace que un yo reconozca el “tú” del otro; es el “yo” que se configura con su Dios, su historia y su vida.  Para los cristianos de hoy la pluralidad nos dispone a un nuevo éxodo hacia lo más profundo de cada uno.
El reconocimiento del otro, en cuanto limitado y distinto, es una condición que debe aprovecharse para poder poner las diferencias como oportunidad de desencuentro con la tendencia actual de homogeneizarlo y estandarizarlo todo, sin respetar el individuo y sus diferencias. El mundo actual, globalizado a través de las redes sociales, está tensionado por una tendencia a lo igual; por ejemplo, los jóvenes “Facebook”, en ciertas áreas geográficas, tienen similares intereses en sus vidas privadas y en las expuestas en la red. Para ellos, utilizando la expresión de Byung-Chul Han, el infierno de lo igual[7] los aplana y los modela de tal forma que ya no resulta posible ningún anhelo de lo distinto. Sentirse cómodo con la uniformidad y encerrado en los propios límites es muy preocupante; hay que despertarse y reconocer una pluralidad abierta e inquietante que puede hacer surgir nuevas ideas de transformación y participación ciudadana. Por otro lado, los signos de participación ciudadana, la nueva cultura de la innovación social, la movilidad humana y las cercanías virtuales de la diversidad cultural, también se transforman en oportunidades de valorar lo diverso y de entablar diálogos transformadores que hacen de la pluralidad una oportunidad de respeto, salida de sí y encuentro con lo otro.
3. La teología del límite en algunos textos del Nuevo Testamento y la ‘eucaristificación’ de la vida cristiana.
La condición limitada de toda creatura, con su maravilloso poder de relación con lo creado, abre nuevos horizontes al ser humano. Estos tienen que ver con el modo en la cual Dios se hace presente en el límite de la carne de Jesús y, de modo sacramental, en su presencia real en un pan limitado consagrado. Estos dos aspectos serán esbozados a continuación.
a. La encarnación y el nacimiento de Jesús: De la eternidad al tiempo; del infinito al límite
San Juan, en su evangelio, expresa una frase que debería dejarnos perplejos cada vez que la leemos y la rezamos: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). ¿Ese Verbo que estaba junto a Dios, y que era Dios (cf. Jn 1,1) ahora ‘se hizo’ carne? ¿Cómo es posible que el eterno se haya hecho tiempo, que el Creador se haya hecho creatura y que el infinito se haya hecho límite en la carne? Al parecer estas lógicas preguntas quedan sin respuestas y, más bien, habría que sacar conclusiones de esos eventos sin tantas interrogantes sobre los procedimientos.
Si antes del hablar de Dios del Gn 1 solo hubo ‘silencio’ (cf. Sab 18,14), con su hablar se desencadena toda la creación; ahora, con la encarnación, esa Palabra creadora se hace sensible, visible y tiene límites. Esto es uno de los fundamentos del cristianismo: tantas veces lo hemos escuchado, dicho y meditado[8]. Pero esta es, precisamente, la más escandalosa verdad para un musulmán, por ejemplo, o para para Apolinar y otras personas que, en siglo II, buscaban esclarecer el actuar de Dios. Dios se hace límite, se hace lo que no es sin dejar de ser lo que es; asume ser creatura el que es Creador. Asume un límite humano el infinito divino. Si Dios se hace límite en su carne humana, ¿por qué no aceptar que estamos llamados a mirar los límites como oportunidad de relación con los otros y con Dios mismo?
Para gran parte del pueblo de Dios, el compartir la humanidad poco les dice y sorprende. Pero, para quienes son consagrados les hace ver su intimidad con la persona de Jesús de modo determinado y explícito. En ese sentido, muchas personas consagradas adquieren un estatus de ser ‘representantes de Jesús’, y de ‘encarnación del encarnado’. Quizás a muchos nos incomoda esta vinculación –‘rece por mí que está más cerca’; ‘hábleme algo lindo de su jefe’; ‘a usted Dios lo escucha más’-, pero somos presencia de Jesús en medio de donde nos movamos. Sería bueno que nos convenciéramos de que somos carne de un Dios que se ha limitado, que se hace visible con fragilidad humana que esconde la sublimidad divina. También sería conveniente hacer sentir que todo el pueblo de Dios tiene esa misma condición. Sin lugar a dudas es lo que el Papa Francisco nos ha querido decir en la carta que envió al pueblo de Dios en mayo de este año: «Aceptar los aciertos, así como los límites personales y comunitarios, lejos de ser una noticia más se vuelve el puntapié inicial de todo auténtico proceso de conversión y transformación. Nunca nos olvidemos que Jesucristo resucitado se presenta a los suyos con sus llagas. Es más, precisamente desde sus llagas es donde Tomás puede confesar la fe. Estamos invitados a no disimular, esconder o encubrir nuestras llagas»[9].
La divinidad, tal como lo sostiene el evangelio de san Juan, habita entre nosotros y se hizo carne de modo incomprensible y, casi escandaloso para algunas personas de nuestro mundo. El misterio de la Navidad nos da una pista. Navidad es fiesta de silente contradicción porque es el recuerdo del Creador que se hace creatura; es la memoria viva del Eterno que se hace tiempo; es la rememoración de la manifestación del Poderoso que, habitando en el cielo, se hace debilidad que llora en un pesebre. Navidad no tiene que ver solo con los buenos deseos –a veces no realizados- de seres humanos, sino con el regalo que significa que Dios se haga hombre, cercano, hermano. En ese pesebre, el Rey es un niño; el Mesías está en pañales y el Salvador es sostenido en brazos por una débil mujer campesina. La simplicidad y precariedad es sublime manifestación de la humildad de Dios que comparte su naturaleza humana con cada uno de nosotros.
Esa debilidad de Dios en la persona de Jesús -que sufre, llora y muere- es también una invitación a aceptar las nuestras. Aún más, la eucaristía es presencia de ‘un cuerpo entregado y una sangre derramada’; no es solo una identidad sublime sobre el altar, sino la persona de Jesús que, en sintonía con la única entrega de Cristo en la cruz, sigue dándose, entregándose, fundiéndose en cada persona que participa de la mesa de la Palabra, de la mesa de la Eucaristía, de la oración de cada día.
En Lc 2,11 se describe cómo un ángel del Señor les revela el nacimiento de Jesús a unos pastores; él les dice: «Les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lc 2,11). Lo más notable es la señal que les da: «y esto les servirá de señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). Si se me permite cierta rigidez textual, podríamos decir que el Salvador es un niño; que el Cristo está envuelto en pañales y que el Señor está acostado en un pesebre. Claramente, cualquier cristiano podría preguntarse: ¿Es creíble un Salvador que sea un niño recién nacido? ¿Es posible aceptar un Cristo, un Mesías liberador, envuelto e inmóvil en pañales? ¿Puedo aceptar como Señor a una criatura débil y acostada en un pesebre? El evangelista Lucas presenta la sublimidad de la condición divina en el límite de la condición humana; esto nos permite adentrarnos al camino de la humanidad desde nuestra debilidad. Si se me permite formular una hipótesis: lo realmente humano pasa por el límite y la precariedad. Si esto es así, todo proceso de humanización tendrá que ver con aquello que nos hace sentirnos vulnerables, con manifestar el límite humano que anuncia un infinito divino.
b. La eucaristía, el límite del infinito del amor de Dios
Todo el misterio eucarístico consiste en ver en un frágil trozo de pan consagrado al poderoso Salvador Jesucristo. Es curioso, pero nada expresa mejor la fuerza del amor de Dios que la entrega de su hijo Jesús en la cruz, cuyo sacramento se renueva en cada celebración eucarística. Ningún milagro, en los cuales se ve el poder de Dios en Jesús, es sacramento; ningún discurso de Jesús tiene la fuerza de su entrega amorosa por amor de nosotros. Solo la sangre derramada puede perdonar los pecados (Mt 26,28). Es eso lo que nos debe configurar como cristianos del siglo XXI; no es nuestra pretendida santidad formal la que nos servirá para ser discípulos y apóstoles, sino la convicción de nuestra entrega cotidiana en la vida cristiana, la cual se enlaza con el misterio de la eucaristía de la donación del cuerpo frágil de Dios hecho carne.
Si para Jesús, un poco de pan y vino son realidad sublime de su presencia divina, ¿cuánto más nuestros límites ofrecidos no serán causa de humilde relación con otros hermanos y hermanas que, experimentando sus debilidades, desean hacer eucaristía cada día a partir de su ofrecimiento diario de sus luchas y anhelos cotidianos? Para quien desee ser una persona eucarística, son, precisamente, sus límites y fragilidades, los que le pondrán en relación con el Dios que se limita y con la comunidad que busca el infinito del amor. Sí, desde lo más profundo de nuestro ser, podemos ser una precariedad que se ofrece a Dios en respuesta de amor por toda la humanidad en el seno de la Iglesia.
Por lo dicho hasta ahora, podemos ofrecer la hostia consagrada, y en ella ofrecernos a nosotros mismos desde el límite que nos impone nuestra carne, al igual que a Jesús. Me permito aludir a un párrafo de la carta Placuit Deo de la Congregación para la Doctrina de la Fe: «Gracias a los sacramentos, los cristianos pueden vivir en fidelidad a la carne de Cristo y, en consecuencia, en fidelidad al orden concreto de relaciones que Él nos ha dado. Este orden de relaciones requiere, de manera especial, el cuidado de la humanidad sufriente de todos los hombres, a través de las obras de misericordia corporales y espirituales»[10].
La vida cristiana no puede estar asociada a un poder humano, a una pretendida infalibilidad eclesiástica ni a la impecabilidad de sus miembros. Nadie cree eso hoy; lo que se nos presenta en esta etapa de la historia es ser lo que somos: limitadas creaturas amadas por Dios capaces de comunicar su mensaje de salvación con las heridas de nuestro pecado, con la gracia de su resurrección y con la convicción que son tantas las personas que nos esperan, que necesitan de esa palabra salvadora y que nos quieren normales, cercanos, humanos, plenamente cristianos.
Deseo compartir con quien esté leyendo estas reflexiones una experiencia personal, vivida en la Parroquia La Matriz del barrio Puerto de Valparaíso, en la que sirvo como párroco. En esta comunidad hay personas que delinquen, trafican y tienen modos de vida reñidas con la justicia y el buen vivir. Es este el contexto en el cual pido que se lea esta vivencia. Un día me comentaron que un conocido traficante del barrio estaba muriéndose (lo que más se trafica es pasta base; por lo tanto, no estamos hablando de un ‘acaudalado delincuente’); que no había querido ir al hospital porque tenía causas judiciales pendientes. Cuando pude llegar hasta su pieza maloliente y destartalada, recuerdo que con humildad conmovedora y con angustia vital me ordenó:
«Hábleme del Niño Dios, dígame como un Dios tan “bacán” se hizo “broca cochi” (‘cabro chico’ en la jerga porteña). Dígale a él que me perdone porque siempre fui tan pequeño que no pude dejar de aparentar ser grande, fui siempre tan débil que tuve siempre que mostrarme fuerte. Dígale que me perdone por no seguir su ejemplo».
Cuando salí de ese ambiente de muerte y desaliento sentí que lo más grande de nuestra fe tiene que ver con lo más sencillo, con que el infinito de Dios queda vinculado al límite de su carne entregada en la cruz. ¡Qué distancia con tanta pretendida consistencia ortodoxa que nos coloca en una insoportable praxis de poder y dominio! En ese momento sentí que Dios me mostraba que no es siendo elocuentes de verdades como seremos más convincentes; más bien, estamos llamados a silentes testimonios de amor que se entregan desde los límites de su propio ser. Pienso en la oración de una persona manchada por diversos pecados, la eucaristía celebrada por una persona anciana y con Parkinson, o la ofrenda de la dolorosa situación enfermiza de un presbítero que no controla esfínteres y que debe ser limpiado todos los días. Hay grandeza en la pequeñez de un corazón que se ofrece con todo lo que es, sin pretender sino ser otro Cristo que, desde su límite humano, regala el infinito divino. ¡Cómo no recordar a nuestro Salvador en ‘pañales’ en una cuna de Belén!
4. A modo de inspiración…
La teología del límite es un enfoque particular de observar la realidad cotidiana de la revelación de Dios en la historia (Gn 1), de contemplar sin retoques el misterio de la encarnación (Jn 1), de meditar sobre el modo en que nace el Hijo de Dios en medio de la humanidad (Lc 2) y de maravillarse por el infinito del amor de Dios que se hace presente en un limitado trozo de pan consagrado (Mt 26). Como es evidente, no se ha pretendido dar una enumeración textual exhaustiva, ni menos una formulación teológica taxativa; lo que se pretende es poder adentrarnos en una etapa de la historia de la vida cristiana vinculada al modo en que Dios se hace hombre, sin dejar de ser Dios y, a la vez, a la dimensión más relacional que se establece desde el límite de cada creatura.
En este sentido podemos afirmar que estamos llamados a ser lo que somos desde nuestros límites y, precisamente, a partir de ellos. Cada límite que no reconocemos, que ocultamos o disimulamos es una posibilidad menos que Dios tiene para encarnarse desde lo que somos y tenemos. No debería haber temor de eucaristizar nuestros límites, de no darle ‘carne-debilidad’ al mensaje de salvación que estamos llamados a encarnar y comunicar. No hace bien a la Iglesia, cuerpo de Cristo, estar vinculada al poder, ya que no es ese el modo con el cual Dios se hace carne en medio de nosotros; no es consistente con la Palabra Creadora la autonomía que genera el desconocer el límite humano de algunos de sus miembros, ya que Jesús nunca se avergonzó de pertenecer a la raza humana (Hb 2,11); no es compatible con la vida eucarística olvidarse de los límites y pretender ser perfectos sin relacionarse con las personas tal como son.
Jesús, Hijo de Dios, Salvador y Mesías, se dejó ver débil y limitado en Belén, perseguido en Egipto, incomprendido en Galilea, rechazado por los suyos en Cafarnaúm, dejado por sus discípulos en el monte de los Olivos, abandonado de Dios en el Calvario. Considerando estos aspectos de la vida de Jesús, ¿por qué no asumir nuestros límites a la luz de la consagración más maravillosa del amor de Dios por cada uno de nosotros? ¿Por qué no mostrar nuestra vida, tal como es y tal como la sabe Dios, en la presentación de los dones, junto con el pan y el vino que se consagrarán? Si, de verdad, aceptásemos que, tal como lo hizo en la comunidad de Corinto, «Dios ha escogido lo débil del mundo, para avergonzar a lo que es fuerte;  y lo vil y despreciado del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para anular lo que es; para que nadie se jacte delante de Dios» (1Co 1,27-29), podríamos vivir intensamente nuestra vida cristiana en la confianza absoluta, no solo de nuestra pretendida santidad personal, sino también considerando los aspectos que, aparentemente no suman en esa tarea cristiana.
El Salmo 1 contempla dos caminos para transitar en nuestra existencia. Al igual que Dt 30,15-20, se nos plantea las dos posibles formas de ofrendar (vivir) nuestra existencia eucarística (un ser para; una pro-existencia) en la potencialidad de elegir la vida o la muerte. ¡Tantas de nuestras elecciones de ayer, renovadas por el discernimiento de hoy serán las disposiciones que nos acompañarán mañana! Toda actualización de una decisión implica revisión de cómo estamos viviendo. Permítanme seguir los pasos del Salmo 1 y del texto del Dt 30,15-20. En ellos se nos habla de dos caminos: uno de muerte y otro de vida. La dinámica dual de la propuesta bíblica no da paso a lo híbrido de una vida que se vive renunciando a la propia felicidad o a una existencia insípida que nos prive del ejercicio de nuestra libertad. Dt 30,19 ordena: ¡Escoge, pues, la vida para que vivas! (Deu 30:19 LBA).
Hemos sido creados para ser santos (Lv 11,45; 1Co 1,2; Ef 1,4; 1Pe 1,15-16), para hacer discípulos (Mt 28,19) y promover caminos de santidad (2Co 1,12; 1Tes 3,11-13). Ello no depende de cuán perfectos seamos; más bien depende de cuán fiel somos a la elección vital de nuestro bautismo de transitar por caminos de vida (vida según Dios) o senderos de muerte (vida según nuestros únicos parámetros). Sería bueno renovar, hacer nuevo, nuestras rutas de libertad, de servicio y entrega. Una persona esclava de sí misma o un cristiano que no ha escogido la vida entregada (vida eucarística) por amor a Dios, es muy difícil que sea feliz donde le manden o que pueda ser libre para amar tanto al otro que se postergue a sí mismo. Muchas veces, nuestras malas acciones no tienen que ver con la maldad, sino con el egoísmo; no se relacionan con nuestras malas intenciones, sino con los límites no asumidos; no tienen su origen en un corazón perverso, sino en una voluntad que aun no se rinde ante Dios. La libertad es una conquista que requiere violencia interior, requiere lucha contra nosotros mismos… ¡Cuando creemos todo está muy bien, hay muchas cosas que están muy mal! Como dice el texto bíblico «el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos se apoderan de él»  (Mat 11:12 RVA).
Habiendo asumido nuestras limitaciones y reconocido nuestro deseo de ser libres y felices, volvemos a preguntar si ‘queremos’ ser sanos (cf. Jn 5,6). La victoria sobre nuestras esclavitudes y precariedades es salvación, aunque esta se vaya dando poco a poco. El hebreo no tiene una palabra que signifique victoria, siendo que las metáforas guerreras son tan frecuentes; cada vez que se quiera hablar de un triunfo usa un término que significa ‘salvación’ (תְּשׁוּעָה: 2Sam 19,3Sal 33,17). Cada victoria sobre nuestras enfermedades, cada deseo de salir de nuestros límites son salvación si acaso ellas nos sacan más de nuestra esfera y nos ponen en la órbita en donde el centro es Dios en la persona de Jesús, quien se limitó para vivir entre nosotros con nuestra naturaleza humana a fin que nosotros podamos ser partícipes de la naturaleza divina.
Finalmente, una idea sobre la eucaristía, desde la consideración del límite de un pan consagrado que es el pan vivo bajado del cielo. Lo importante de la Eucaristía no es solo y exclusivamente la presencia de Cristo en la hostia consagrada; parte integrante de la acción litúrgica es el ‘verdadero ofertorio’, que es Cristo que se vuelve ofrecer al Padre como ‘pan de vida’ y ‘cáliz de salvación (Plegaria II). Es importantísimo considerar que Cristo está presente en la Eucaristía en cuanto se vuelve a entregar al Padre; esa es su acción salvadora por excelencia. En la misma línea relacional podemos dar gracias por la presencia de Cristo en los Tabernáculos de nuestras iglesias. Allí hay presencia de Jesús que difunde su poder amoroso hacia todas las personas que se acercan a la adoración eucarística en cualquiera de sus formas.
Es, precisamente, en nuestra dimensión relacional eucarística en donde podemos tener otra senda para nuestra santidad. La vida eucarística es siempre abierta y difusiva. Si pudiéramos darle esos matices a lo que somos, hacemos y tenemos nos bastaría para disfrutar el consuelo y la alegría del evangelio. Cada vez que compartimos, desde nuestros límites, una oración, que acompañamos a un enfermo o visitamos la cárcel; en cada oportunidad que nos arrodillamos para pedir por alguien o, solamente para decirle al Señor ‘aquí estoy, cuenta conmigo’, hay una energía de amor que se difunde hasta los más recónditos lugares. Si nuestra vida no es relacional eucarística, corremos el riesgo de transformarla en una carrera de logros personales –o, incluso, un cúmulo de buenas obras y mejores enseñanzas- que minan todo gozo espiritual y comprometen la paz existencial.

 

NOTAS
[1] Sacerdote de la Diócesis de Valparaíso, Doctor en Teología Bíblica por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Actualmente es párroco en La Matriz de Valparaíso y docente en Facultad Eclesiástica de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.
[2] Estes, J.D., «Imperfection in Paradise: Reading Genesis 2 through the Lens of Disability and a Theology of Limits», Horizons in Biblical Theology 38 (2016) 1-21.
[3] F. García López, El Pentateuco, Introducción al estudio de la Biblia 3ª, Verbo Divino, Estella 2002, 80.
[4] En este sentido, E. Pentium, «“Holding Sway in Companionship״: Genesis 1:26 Revisited», The Greek Orthodox Theological Review 56/1-4 (2011), 224.
[5] https://www.cadem.cl/wp-content/uploads/2018/10/Track-PP-250-Octubre-S4-VF.pdf
[6] Documento disponible en: http://www.iglesia.cl/cartapastoral2012/texto.php
[7] B. Chul Han, La expulsión de lo distinto, Herder, Barcelona 2017.
[8] Al respecto ver, D.J. MacLeod, «The incarnation of the Word: John 1:14», Bibliotheca Sacra 161 (2004), 72-74.
[9] La carta completa está disponible en
http://www.iglesia.cl/documentos_sac/31052018_1142am_5b1017d532c3f.pdf
[10] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Placuit Deo a los Obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la salvación cristiana, 1 de marzo de 2018, Nº 14.
IMAGEN: SEBASTIÁN CORREA E.

 

 

 

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.