Breve comentario a la Pasión del Señor según san Juan (Jn 19,16b-42) – Andrés Ferrada M., pbro.

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Artículo publicado en la edición Nº 1.189 (ENERO- MARZO 2016)
Autor: Andrés Ferrada, pbro., Facultad de Teología UC
Para citar: Ferrada, Andrés; Breve comentario a la Pasión del Señor según san Juan (Jn 19,16b-42), en La Revista Católica, Nº1.189, enero-marzo 2016, pp. 53-71.

 

 

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Breve comentario a la Pasión del Señor según san Juan (Jn 19, 16b-42)
Andrés Ferrada M., pbro.
Facultad de Teología UC

En el Año Santo de la Misericordia, volver sobre los relatos de la pasión y resurrección del Señor nos pueden ayudar a iluminar las entrañas de misericordia del Buen Padre Dios, quien “tanto amó al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). En efecto, la pasión, muerte y resurrección del Señor constituye el núcleo esencial del Cuarto Evangelio en cuanto “evangelio”, porque proclama por escrito la Buena Noticia, para que todos sus destinatarios, tanto los del pasado como los del presente, “crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan vida en su nombre” (Jn 20,31). Este es contenido esencial del kerygma primitivo de la comunidad eclesial.
Nuestro análisis de los relatos de la Pasión del Señor según san Juan será sincrónico y se reducirá solo a una parte de la misma, aunque la fundamental[1]. Para realizarlo se usará la metodología que mejor se adapta a la naturaleza de los textos. Estos son narraciones y, por lo mismo, utilizaremos el análisis narrativo. Claro está que complementado con otras metodologías para enriquecerlo y evitar la unilateralidad. En concreto, analizaremos la trama de los relatos y luego intentaremos poner a la luz su intención narrativa. Antes, eso sí, justificaremos la unidad estudiada presentando la delimitación del texto.
1. Delimitación de la unidad literaria Jn 19,16b-42
Jn 19,16b-42 describe la crucifixión, muerte y sepultura de Jesús. Evidentemente, está íntimamente ligada al arresto y proceso de su condena (Jn 18,1-19,16a) y a los relatos de la tumba vacía y la resurrección de Jesús (Jn 20,1-29). La razón que justifica la aislación de la selección propuesta se funda en razones narrativas.
1.1 Respecto a lo narrado antes de la unidad (18,1-19,16a)
a) Los relatos del arresto y juicio de Jesús se dan por terminados con la narración de la sentencia de Pilato en el v.16a: “Entonces se lo entregó para que lo crucificaran”. La ejecución de la sentencia y sus consecuencias son relatadas en nuestra unidad.
b) De hecho, el v.16b inicia con el verbo “tomaron a Jesús” que es correlativo al del relato de la sentencia “se los entregó”, y ambos están relacionados con la misma partícula griega oun.
c) El sujeto del v.16b, con todo, no corresponde al sujeto indirecto del verbo del v.16a, los sumos sacerdotes (v.15), pues estos no crucificaron materialmente al condenado, sino soldados romanos bajo la autoridad de Pilato (v.23). Por tanto, se detecta un cambio de personajes, Pilato y los sumos sacerdotes desaparecen del plano principal, mientras que los soldados pasan a ocupar un rol más decisivo (19,23.24.32 y 34). Jesús es el personaje que permanece y su voz sigue resonando como durante el juicio (continuidad).
d) Se percibe también un cambio de lugar, se pasa del pretorio (18,28-19,16a) a la calle –el Via Crucis– hasta el Calvario, en cuyas cercanías estaba el sepulcro donde colocaron el cuerpo de Jesús (v.41).
1.2 Respecto a lo narrado después de la unidad (20,1-31):
a) Cambio notorio de tiempo registrado en 20,1: “el primer día de la semana” (domingo). El nuestro transcurre en cambio en la tarde del día de la preparación (viernes; 19,31.42).
b) Aparecen o toman protagonismo nuevos personajes: María Magdalena en 20,1; Simón Pedro y el discípulo amado en 20,2. Por su parte, desaparecen de la escena José de Arimatea y Nicodemo. Y la desaparición más notable es la del cadáver del muerto y traspasado.
c) La temática es distinta, se pasa de la muerte a la resurrección, aunque se mantiene el tono de la glorificación de Jesús.
1.3 Orgánica de la unidad
En el caso de Jn 19,16b-42 debemos detenernos a considerar si, en realidad, este pasaje forma una unidad de cierta autonomía dentro del relato de la pasión de Jesús. ¿Por qué no hacer un corte, por ejemplo, después de la muerte de Jesús (19,30)?
¿Pertenece la sepultura de Jesús a la misma unidad? Y aun más importante que los interrogantes anteriores es preguntarse si esta división responde a la intención del autor. Una respuesta exhaustiva debería encontrar elementos de forma y contenido que distingan claramente cada parte de la unidad del resto de los relatos de la pasión.
R.E. Brown propone una estructura concéntrica del material que transcribimos[2]:
Introducción (19,16b.18) La crucifixión: elevación de Jesús sobre la cruz
↓          ≠         ↑
Conclusión (19,38-42)La sepultura: descendimiento del cuerpo de Jesús de la cruz
Primer episodio (19,19-22) Inscripción: Jesús como rey Pilato rechaza la demanda de los judíos
↓          ≠         ↑
Quinto episodio (19,31-37) Brota sangre y agua (el Espíritu). Pilato cede a la demanda de los judíos
Segundo episodio (19,23-24) La túnica sin costuras: ¿Jesús como sumo sacerdote?Los verdugos se reparten las vestiduras de Jesús
↓          ≠         ↑
Cuarto episodio (19,28-30) La sed de Jesús. Entrega su espíritu. Los verdugos le dan a beber vinagre
Tercer episodio (19,25-27)La madre de Jesús y el discípulo amado Preocupación de Jesús por su madre
Se trata de una estructura concéntrica al estilo de candelabro de siete velas (menorá), típica de la forma de exposición hebrea. La correspondencia de los elementos es antitética y evidentemente el elemento central es el más importante.
El punto para dilucidar es si esta estructura tan diáfana estaba en la mente del autor, o si corresponde más bien al ingenio ordenador del intérprete moderno. Un grave inconveniente es el valor que se le da al “tercer episodio”. Ciertamente, tiene una gran importancia, pero no parece ser el clímax de la narración, sino el “cuarto episodio” donde se relata la muerte de Jesús. Para evitar repeticiones, postergaremos esta discusión para después de nuestro análisis narrativo detallado. Él pondrá a la luz la textura del relato y su unidad de acción como delimitación de Jn 19,16b-42.
2. Análisis narrativo
Subdividimos el relato en escenas, es decir, en las distintas etapas de la acción principal. En su presentación, notaremos también los distintos momentos de la acción según el «esquema clásico» del análisis narrativo: exposición del problema, principio de la acción, complicación, punto de vuelco, peripateia, anagnórisis, resolución, desenlace y conclusión.
2.1 Análisis de la trama
El presente análisis de la trama del relato persigue observar, usando los elementos del análisis narrativo[3], cómo el compositor ha entretejido sus elementos para desvelar cuál era su intención, esto es, qué quería transmitir y/o suscitar en los destinatarios del relato. Los criterios de división de escenas derivan del principio de unidad de acción, que se narra en etapas sucesivas, las cuales se captan por cambios de personajes, lugar, tiempo y temática.
a) Jn 19,16b-20: Crucifixión de Jesús
No tenemos que repetir los cambios de personajes, lugar y temática que se dan en estos versículos respecto de lo anteriormente narrado. Es evidente que la escena supone lo anterior, pues el lector sabe que la crucifixión corresponde a la ejecución de la sentencia de muerte decretada por Pilato (v.16a). Con todo, se dan muchos elementos de exposición; destacan la descripción del lugar del patíbulo, el calvario; los tres crucificados y la posición central de Jesús; el contenido del letrero sobre la cruz, “Jesús nazareno, rey de los judíos”, y su escriturización trilingüe, hebreo, latín y hebreo.
La acción narrada, el Via Crucis y la crucifixión misma son narradas bastante lacónicamente. Incluso el sujeto de la crucifixión no queda expresado, se lo infiere del contexto, se trata de los soldados que toman a Jesús y lo crucifican (v.23). En cierto sentido corresponden al punto de vuelco de todo el relato de la pasión, porque el lector sabe que Jesús está humanamente perdido, su muerte se avecina inexorablemente.
Llama la atención la importancia dada al título puesto sobre su cruz. Introduce y soluciona un problema de revelación, de hecho en la próxima escena retomará este mismo tema. ¿Quién es el condenado? El lector lo sabe, pero no los ciudadanos y peregrinos que estaban en Jerusalén por esos días. Es “Jesús de Nazaret, rey de los judíos”. Y esta identidad la pueden conocer todos, pues Pilato se ha encargado de hacerlo saber a través de su escritura trilingüe.
b) Jn 19,21-22: Intento de cambio de la inscripción sobre la cruz
Se trata de una escena concatenada a la anterior, pues la supone como exposición. Aparecen nuevos personajes, los sumos sacerdotes de los judíos (v.21), que se dirigen a Pilato para reclamar por la inscripción sobre la cruz. El lugar también cambia, pues se entiende que han acudido al Pretorio (sería ridículo pensar que Pilato estaba presente en la crucifixión).
Se trata de un breve diálogo en torno a la inscripción. El problema es tanto de resolución, cambio de la inscripción, como de revelación, quién es Jesús en realidad. Los jefes judíos quieren que se substituya el escrito por: “Aquel que dijo, yo soy el rey de los judíos”. Pilato deniega la petición (peripateia negativa) afirmando: “lo que he escrito, lo he escrito” (v.22). Esta respuesta sirve irónicamente de anagnórisis del problema de revelación: Jesús es el rey de los judíos.
La ironía la capta el lector, los magistrados judíos han alegado que ellos no tenían más rey que el césar (v.15b) y habían asustado a Pilato con una encubierta acusación de soltar a Jesús, pues en ese caso el procurador no sería amigo del césar, “pues todo el que se hace a sí mismo rey es enemigo del césar”. Pilato, por su parte, sabía perfectamente que Jesús no constituía ni siquiera una amenaza remota para el poderío romano sobre Palestina, pues lo había interrogado y Jesús declaró que su reino no era de este mundo (18,36-37). Por eso, la denegación al cambio de la inscripción para el procurador romano es una suerte de venganza contra los sumos sacerdotes que le han doblegado a causa del temor de posibles represalias de haber soltado a Jesús. Así, trata de herir la sensibilidad religiosa de sus instigadores y muestra su absoluta doblez: han pedido la muerte de Jesús afirmando la realeza del césar romano sobre ellos y no quieren que se lea que Jesús es rey de los judíos, pues de seguro que no aceptarían sino al hijo de David como rey o, incluso, solo al mismo YHWH.
El lector, por su parte, ve confirmada la identidad de Jesús como rey de los judíos por la repetición de la inscripción (vv.19 y 21). Es claro que entiende la realeza de Jesús más allá de la ironía de Pilato. El autor de estas líneas ha usado el doble sentido. Para Pilato, Jesús es un rey ilusorio o utópico; para los sumos sacerdotes es un charlatán (dice ser quien no es) y para el lector es el verdadero rey de Israel en el sentido mesiánico del término (cf. 1,49 y 12,13.15).
La trama tiene dos planos: el de los hechos narrados y el de su interpretación, que se va entretejiendo con ironía, el doble sentido y otros recursos que indican el sentido profundo de los acontecimientos.
c) Jn 19,23-24: Reparto de las vestiduras de Jesús
El cambio de momento escénico está marcado por el cambio de lugar, volvemos al calvario y reaparecen los soldados (v.23). Además, queda claro que se trata de cuatro soldados. La temática varía también, se pasa del título de Jesús al destino de sus vestiduras. Ellos se las reparten, salvo la túnica sin costuras que la echan a suertes para no estropearla (rasgarla). La escena corresponde a una mantención de la tensión narrada en la resolución del relato de la pasión. El lector ya está seguro de la muerte de Jesús en la cruz, espera solo su narración. Pero el autor aprovecha la tensión dramática para insertar este y otros elementos en vista a transmitir un mensaje claro acerca del sentido de la muerte de Jesús.
En efecto, a los hechos narrados se les añade un inciso de explicación: el cumplimiento de la Escritura, en concreto se cita Sal 22,18. Este elemento, por cierto tradicional (cf. 1Co 15; Lc 24,25-27), Jesús muere según lo preanunciado por la Escritura, esto es, es parte del designio revelado por YHWH a su pueblo. Realmente, Él es más que el rey de Israel, es el Mesías (cf. 12,13.15). Así, se agrega un elemento más de anagnórisis interpretación de la crucifixión.
Muchos autores se detienen en el sentido profundo de la túnica sin costuras. Algunos –ya desde la antigüedad con san Cipriano– le dan un sentido eclesiológico pues sería signo de la unidad la Iglesia. En efecto, una idea eclesiológica juánica fundamental es la agrupación y unidad de los creyentes (10,15-16; 11,51-52; 17,11.21-23). Se la parangona también con la red que no se rompe pese a contener 153 peces grandes (21,11). Con todo, la relación de 19,23-24 con los pasajes antes citados no es explícita y no hay nada en estos versículos que haga sugerir la unidad de los creyentes.
Otros exégetas ven en la túnica inconsútil un símbolo de Jesús como sumo sacerdote sobre la base de los datos aportados por Flavio Josefo[4] acerca de las prendas usadas por el sumo sacerdote en tiempos de Jesús y en afirmaciones neotestamentarias, sobre todo en la carta a los Hebreos, donde se presenta a Jesús como el verdadero sumo sacerdote (cf. Hb 7,26-8,2; 9,11-12). En Ap 1,13 Jesús resucitado se presenta con las vestiduras de rey y de sumo sacerdote. El recurso a esta obra juánica quizás nos dé la clave de la interpretación simbólica de la túnica sin costuras: un elemento de anagnórisis, es decir, revela que Jesús es también sacerdote. Con todo, este simbolismo es sutil y no se debe exagerar.
d) Jn 19,25-27: Última voluntad del crucificado: su madre y el discípulo
El cambio escénico es claro. Aparecen nuevos personajes, un grupo de mujeres y el discípulo amado de Jesús, a los pies de la cruz. Los soldados desaparecen de la acción narrada y el tema de las vestiduras queda atrás.
No poca discusión ha levantado la lista de mujeres nombradas en el v.25. La construcción de la frase: “…su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena”:
– Dos: Madre de Jesús, María, y su hermana, María Magdalena (= mujer de Cleofás). ¿María Magdalena sería hermana de la Virgen?
– Tres: Madre de Jesús; la hermana de ésta, María (= mujer de Cleofás); y María Magdalena. ¿La hermana de la Virgen se llamaría también María?
– Cuatro: ordenadas en dos parejas: Madre de Jesús y su hermana; María de Cleofás y María Magdalena. Es la solución más sencilla y, además, se percibe en ella una mayor armonía estética, pues el primer par de mujeres es nombrado por relaciones de parentesco con Jesús, mientras que el segundo, por sus nombres propios, con señales claras de identificación.
La lista de las mujeres a los pies de la cruz es un claro elemento de exposición en la trama (medias in res), pues el lector no había sido informado hasta ese momento del paradero de los íntimos integrantes del círculo de Jesús. Pedro y el otro discípulo (¿el discípulo amado?) habían sido los últimos en ser nombrados en la escena de las negaciones de Pedro en 18,12-18.25-27, cuando se introdujeron en el palacio del sumo sacerdote. Ante esta nueva información saltan necesariamente interrogantes en el lector, sobre todo en relación con el destino de la madre. ¿Qué pasaría con ella?, ¿Quién se haría cargo de ella?, etc.
El autor sorprende al lector, pues se reservó, sin nombrarlo, uno de los participantes en la acción narrada, el discípulo amado. Lo nombrará en el diálogo entre Jesús y su madre del v.26. Este recurso, sin duda, quiere focalizar la atención sobre él y la madre, pues de hecho, las otras mujeres quedan totalmente en segundo plano.
El diálogo de Jesús con María es presentado con dramatismo. El crucificado fija la vista en su madre y en el discípulo que amaba. Con la narración de esta mirada se llama la atención del lector y corresponde al punto de vuelco del problema sugerido con la lista de las mujeres del v.25. En efecto, el lector intuye que Jesús, si logra hablar, confiará el cuidado de su madre al discípulo, toda vez que este no había sido nombrado en la lista del v.25 y es caracterizado como amigo de Jesús.
Nuevamente, el relato sorprende al lector, pues esperaría que Jesús se dirigiera al discípulo exhortándolo a cuidar de su madre y no al revés. Jesús, en cambio, se dirige a su madre: “He aquí tu hijo” (v.26). Y solo después al discípulo: “He aquí tu madre” (v.27). Estas sentencias corresponden a la última disposición de Jesús, su testamento. Narrativamente, son una suerte de peripateia del problema aludido con la lista de mujeres al pie de la cruz. La madre de Jesús no queda desamparada, sino que se le da el papel de madre del discípulo amado y a este el de hijo.
La aceptación de ambos, quizás tan solo tácita, queda de manifiesto en el v.27b donde se asevera que el discípulo acogió a la madre de Jesús en su casa, comprendida como “bienes y propiedades” en sentido espiritual, pues naturalmente en ese momento no la llevó a su casa habitación. Se trata de una suerte de adopción mutua entre ambos personajes, aunque no en sentido técnico jurídico (cf. Sal 2,7; Tb 7,12). Corresponde al desenlace de la trama.
Llama la atención dos palabras en este relato: el apelativo que recibe la madre de Jesús en boca de su hijo, “mujer”, y la alusión a “aquella hora·”. Ambas remiten al relato de Las Bodas de Caná (2,4), donde Jesús se dirige a su madre con el mismo vocativo, “mujer”, y alega ante su materna insinuación que su “hora” aun no ha llegado. Estos detalles no pueden ser obviados. Claramente nos ponen en la línea de la interpretación profunda del acontecimiento: María, la madre de Jesús, es la “mujer” asociada a la “hora” de su Hijo y ha sido destinada a ser madre del “discípulo amado”. Es denso el mensaje cristológico y mariológico de este pasaje que deberemos en su momento comentar.
e) Jn 19,28-30: Muerte de Jesús como cumplimiento de su obra
El paso a una nueva escena queda claro del momento que todos los personajes de la escena anterior, salvo Jesús, quedan en el silencio. Solo se nombra a Jesús, el resto de los participantes quedan también el silencio (¿quién le dio a beber vinagre?). El autor quiere destacar las últimas palabras de Jesús sobre la cruz y su sentido.
El v.28 introduce nuevos elementos de exposición, la percepción de Jesús que todo estaba cumplido y su voluntad de que se cumpla la Escritura. Inmediatamente, trasmite la palabra de Jesús: “Tengo sed”, probablemente aludiendo a Sal 69,22 (¿Sal 22,16?). Evidentemente, que la alocución no se refiere solo a la sed física de Jesús, sino que tiene que ver con la aceptación de la copa de los padecimientos que se le ofrecen, que es el modo de llevar a cumplimiento su obra (cf. 4,34; 18,11).
La resolución del problema no se deja esperar, personajes innominados le ofrecen a beber vinagre en una esponja sujeta con una caña y él lo prueba (vv.29-30a). Una especie de peripateia del problema de la sed física de Jesús, el lector comprende que en algo se ha saciado su sed. Pero, inmediatamente se agrega otra palabra de Jesús: “Está cumplido” (v.30b), la cual confirma el sentido con que Jesús había expresado su ardiente sed. No tanto para saciar su necesidad material, como para que se cumpliera la Escritura (v.28). Y este es el sentido profundo de toda la escena.
La frase final del v.30 “e inclinando la cabeza, entregó el espíritu/Espíritu”. Es el desenlace de esta breve trama, pero al mismo tiempo es la peripateia de los relatos de la pasión como conjunto, pues constituye la narración de la muerte de Jesús. El fatal destino previsto ya desde el consejo de los jefes judíos después de la resurrección de Lázaro (Jn 11,47-53) y más aun después de la sentencia de Pilato (19,16a).
Llama la atención que la muerte de Jesús es narrada en sentido activo con el verbo “entregar” (cf. 10,18; 15,13). Marca la intención del relato de mostrar que Jesús muere como el que llevado a término y en obediencia la misión que el Padre le confiara (cf. 14,31; 17,4). Hasta el último instante es él el protagonista (10,17-18; 15,13).
Un interrogante de importancia se cierne sobre lo entregado por Jesús: “el espíritu”. Probablemente se trate de un juego con el valor bivalente de la expresión. Por una parte designa el aliento vital (cf. Jn 11,33; 13,21), que se corresponde con el relato tradicional de la muerte de Jesús compartido en este punto con los sinópticos (Mc 15,37 // Lc 23,46; Mt 27,50). Pero también sirva de evocación del don del Espíritu Santo, prometido por Jesús a todos los que creyeran en él. En concreto, que recibirían este don cuando él fuera glorificado (7,39). Su muerte es la hora de su glorificación y, por eso, en ella reciben el Espíritu quienes están a los pies de la cruz, en especial su madre y el discípulo amado como símbolos de la Iglesia. Este sentido es sugerente, pero tiene valor solo si se la considera en un sentido “evocativo y proléptico”, para recordar al lector el fin último para el que Jesús es exaltado en la cruz[5]. El don efectivo del Espíritu es narrado en el Cuarto Evangelio en 20,22 después de la resurrección de Jesús.
f) Jn 19,31-37: Costado traspasado de Jesús
El cambio escénico es notorio por el cambio de personajes y temática: reaparecen en el v.31 los judíos (se subentiende las autoridades hebreas) y Pilato, aunque solo en una narración y no con discursos directos, y en los vv.32-34 los soldados son nombrados explícitamente como ejecutores de las ordenes del gobernador romano. En el v.35 se reconoce el testimonio de un testigo ocular y el comentario del narrador acerca de su veracidad. La temática es distinta, aunque relacionada con la muerte de Jesús, se trata de la lanzada del costado de Jesús que produce la efusión de sangre y agua de su corazón. El hecho está interpretado en el horizonte del cumplimiento de la escritura por dos citaciones del AT en los vv.36-37.
El v.31 sirve de exposición de un nuevo problema que se entrama con la muerte de Jesús. Era el día de preparación del sábado, esto es, el viernes (coincidiendo con Mc 15,42) y ese año ocurría también que aquel sábado coincidía con el primer día de la Pascua (15 de Nisán; Lv 23,6-14). Los judíos no querían que los cuerpos de los condenados quedaran colgados de noche para no trasgredir la norma del Dt 21,22-23. Por eso, los judíos le piden a Pilato que haga acelerar la muerte de los ajusticiados, a fin de asegurar el enterramiento de sus cuerpos antes del sábado tan solemne. En concreto, que se les quebraran las piernas a los crucificados a fin de que murieran y los pudieran descolgar.
No se narra el diálogo, sino solo se remite a él. La petición se corresponde con la antecedente respecto al cambio de la inscripción del letrero sobre la cruz de Jesús (vv.21-22). Por eso, el lector se pregunta si Pilato accederá o no a ella; tal vez la deniegue. Además, el lector sabe que Jesús ya murió y que lo hizo “activamente”, entregando el espíritu. Por tanto, se pregunta también acerca del para qué de este ulterior suplicio.
La respuesta del procurador es suplida por la ejecución de su orden por parte de los soldados. El lector comprende que accedió a la petición hecha y puede valorar el contraste con la anterior petición denegada. La ejecución es narrada con mucha más detención que la petición (vv.32-34). Se relata la quebradura de las piernas de uno de los crucificados y, luego, las del otro (v.33). Cuando llega el turno de Jesús, los soldados perciben lo que el lector ya sabe: ya había muerto (v.33a). Por eso, no quiebran sus piernas (peripateia negativa; v.33b). Nuevamente, se incorpora un elemento sorpresa, pues los soldados no infligen contra Jesús el suplicio requerido por los judíos, sino que un soldado para verificar su muerte traspasa su costado con una lanza (v.34a). Es evidente que lo que quería era traspasar su corazón. Y la sorpresa se acrecienta para el lector con el efecto inmediato del procedimiento infligido: brotó sangre y agua (cf. 1Jn 5,5-8).
Naturalmente la emanación de ambos líquidos corrobora la muerte a los soldados, pero para el lector tiene además un significado simbólico. ¿Cuál significado? En el pasaje mismo el sentido de la efusión se descubre en las citas del AT de los vv.36 y 37, pues el autor dice que el traspaso del costado y la emanación de él de sangre y agua sucedió “para que se cumpliera la Escritura”. La primera cita es “no le quebraron ningún hueso” (Ex 12,46; Nm 9,12; Sal 34,20), es decir, una referencia al cordero pascual. La referencia apunta más a la no quebradura de las piernas de Jesús. El autor la interpreta como símbolo de Jesús como cordero pascual, dándole a la muerte de Jesús un sentido sacrificial. Jesús es el cordero de la Pascua definitiva, su sacrificio produce la verdadera liberación. Su sangre arrebata a los suyos del exterminio como la sangre de los corderos preservó a los israelitas en la noche de la liberación de Egipto (Ex 12). Esta interpretación es acorde con la indicación de Jesús hecha por Juan Bautista: “He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (1,29.36). Pero también, el cordero pascual no quebrantado se relaciona con el sufrimiento del justo, pero preservado por YHWH (Sal 34,19-21). La no quebradura de los pies de Jesús es signo de que Dios Padre no abandona a su Hijo, ni aun en el extremo de la cruz. Así también quedan evocados los cánticos del Siervo Sufriente: Is 50,5-6.7-8.9 (tercer cántico); 53,6-7 (cuarto cántico).
La segunda cita, “contemplarán al que traspasaron” (Za 12,10), naturalmente se refiere al traspaso del costado. Za 12,10-14 es una lamentación de Israel por un hombre que ha muerto por culpa del pueblo. Con todo, ella expresa arrepentimiento y redunda en bendición pues Dios derrama su espíritu de gracia y oración sobre los compungidos habitantes de Jerusalén. Ahora bien, el lector de nuestro pasaje capta que la contemplación del traspasado, de la sangre y agua que brotan de su costado, traen al que lo hace con fe la salvación de la conversión, tal como la contemplación del traspasado del AT trajo a muchos la compunción y arrepentimiento. Con toda seguridad a esta conclusión llega el lector de la forma final del evangelio – porque este pasaje se relaciona con otros donde el Cuarto Evangelio relaciona la exaltación de Jesús y la salvación: 3,14; 8,28; 12,32 y, sobre todo, 7,37b-38, donde se alude expresamente al agua: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva”. Y en su comentario del versículo sucesivo (7,39), el evangelista interpreta el agua como el Espíritu prometido. Por eso, el agua del costado es un signo del Espíritu Santo que el glorificado concede a los creyentes. Evidentemente que, así como en la entrega del espíritu (v.30), también aquí en sentido proléptico de su donación efectiva en al atardecer del día de la resurrección (20,22). Refuerza esta argumentación recurrir a 1Jn 5,6-8, donde el autor de la escuela juánica contrapone el ministerio del Bautista, solo con agua, con el de Jesús: “con agua y con sangre”. El bautismo de Juan no comunica el Espíritu, mientras que la muerte de Jesús sí (cf. Jn 1,31; 3,5; 16,7). En la cruz Jesús derrama su sangre que unida al agua producen paradojalmente el comienzo de la vida. La lanzada que es signo material de la muerte de Jesús, se convierte en fuente de donde fluye la vida para todos los creyentes.
La atribución tradicional a la sangre y agua brotados del costado de Jesús crucificado como signos de la Eucaristía y el Bautismo respectivamente (desde Tertuliano, pasando por Tomás de Aquino y hasta nuestros días) es relativamente fácil de probar respecto del simbolismo del agua respecto del Bautismo por todo lo ya expresado. El valor eucarístico de la sangre no es tan fácil de probar exegéticamente, aunque se relaciona con 6,53-56, en el discurso del pan de vida, donde se habla de la sangre del hijo del hombre celestial (cf. 6,62) que se da como bebida. También 1Jn 1,7 donde se dice que la sangre de Jesús limpia de todo pecado (cf. 1Jn 5,5-13; especialmente vv.6-8; 2Jn 7).
La interpretación de la emanación de sangre y agua del costado de Jesús crucificado (v.34b) como símbolo del nacimiento de la Iglesia, así como Eva del costado de Adán (Gn 2,21), fue sostenida por numerosos padres de la Iglesia (cf. san Juan Crisóstomo, Catequesis Bautismales 7,17-18; san Agustín, Tratado de san Juan 120,2) y consagrada como auténtica en el Concilio de Vienne (1312, 15º concilio ecuménico, Dz 480) contra los espiritualistas medievales que postulaban que la Iglesia comenzó a existir solo desde la aparición de sus movimientos. Esta doctrina ha sido confirmada por el Vaticano II en Lumen gentium 3. La alusión al pasaje del libro del Génesis no se constata en la lectura del pasaje del Cuarto Evangelio, salvo por una referencia más extendida de los elementos del relato de la caída del hombre y los de la pasión de Jesús; por ejemplo, el árbol prohibido se considera la antítesis del árbol de la cruz; la desobediencia de Adán y Eva, antítesis de la de la obediencia de Jesús a su Padre y de María a su Hijo.
El v.35 refuerza todo lo que hemos dicho, pues asevera que el acontecimiento proviene de un testigo ocular, cuyo testimonio es verídico (digno de crédito) y que su finalidad es suscitar la fe de los destinatarios del relato. Es, por tanto, una apelo al lector a dar crédito a que lo que lee tiene un tiene un profundo sentido, la fe en Jesús como Hijo de Dios y hombre verdadero. En efecto, no puede limitarse la fe al hecho de la muerte de Jesús, sino también se extiende a su significado, particularmente al simbolismo de la sangre y del agua.
¿Quién es este testigo? Evidentemente que se trata del discípulo amado de los vv.26-27. En 21,24 que puede ser una aclaración del v.35 se identifica el discípulo amado con el testigo presencial cuyo testimonio es auténtico. La solución es fácil, pues de ser otro el testigo referido habría que formular la hipótesis que a los pies de la cruz se habría encontrado también otro discípulo de Jesús, distinto al discípulo amado. Y en este punto debemos aplicar la navaja de Occam.
g) Jn 19,38-42: Sepultura de Jesús
El cambio de escena es claro en el v.38 por la aparición de José de Arimatea, nuevo personaje, solicitando a Pilato el cadáver de Jesús para darle sepultura. En el v.39 interviene en el sepelio, además, Nicodemo. Jesús ya no es un participante activo, solo resta su cuerpo. La temática evidentemente también cambia, en cierto sentido la sepultación es la consecuencia de la muerte. La escena es, sin duda, desde el punto de vista narrativo el desenlace de la pasión de Jesús, la directa y natural consecuencia de su muerte.
El v.38 constituye una nueva sección de exposición en medio del relato (in medias res). De hecho, el pasaje anterior exigía el relato de la sepultación del crucificado como desenlace o incluso peripateia, pues de la petición hecha por los judíos a Pilato de acelerar la muerte de los condenados (v.31), el lector esperaba que el cuerpo de Jesús fuera desprendido de la cruz y de alguna manera sepultado. Lo más lógico hubiera sido que el sepelio hubiera estado a cargo de los soldados que ejecutaron la orden de Pilato (vv.32-33) o, quizás también, de la madre de Jesús, las mujeres y el discípulo amado que se encontraban junto a la cruz (vv.25-27). El v.38 sorprende al lector con la aparición de un personaje totalmente nuevo, pues hasta entonces no había participado, ni había sido aludido en todo el Cuarto Evangelio: José de Arimatea, quien se hace cargo de la sepultura de Jesús.
José es descrito como “discípulo de Jesús en secreto por miedo a los judíos”. Nos sitúa ante uno de los goznes del evangelio: el discipulado de Jesús marcado por el “temor a los judíos”. La misma expresión se usa en otros lugares del Cuarto Evangelio. En 7,13 designa la razón por qué la gente, los habitantes de Jerusalén y los peregrinos que se encontraban en la ciudad para la fiesta de los tabernáculos (7,2) no hablaban abiertamente de Jesús, aunque no pocos lo tenían por bueno (7,12). En 9,22 es la causa de la respuesta evasiva de los padres del ciego de nacimiento de declarar ante el tribunal judío. En este último pasaje está directamente relacionada con la expulsión de la sinagoga. En 20,19 muestra por qué los discípulos de Jesús están encerrados. En todas estas recurrencias los judíos designan a los dirigentes hebreos que son particularmente hostiles contra Jesús. Sin embargo, sabemos también que el Cuarto Evangelio afirma que no todos los dirigentes eran contrarios a Jesús, no pocos creían en él, pero no lo confesaban (públicamente) a causa de los fariseos y para no ser expulsados de la sinagoga (12,42).
Aunque el v.38 nada dice de esto, la figura de José de Arimatea se explicaría bien como uno de estos últimos dirigentes, pues tuvo que ser alguien influyente como para tener acceso al gobernador romano y obtener la concesión del cuerpo y, además, tuvo que tener poderosas razones para mantener en secreto su adhesión a Jesús como las descritas en 12,42. El dato externo comprueba esta consideración pues en Mc 15,43 se lo describe como “miembro ilustre del sanedrín” (cf. también Mt 27,57; Lc 23,51).
Es sorprendente que en el momento de mayor rechazo de Jesús por las autoridades judías, quienes han conseguido ajusticiarlo en forma denigrante, aflore públicamente la piedad de este adherente secreto de Jesús y tenga la valentía (cf. Mt 27,57) de pedir a Pilato el cadáver para sepultarlo. La muerte de Jesús lo condujo a adoptar una postura de fe más resuelta, a hacerla pública en su modo de actuar.
La narración prosigue en el v.39 con la introducción de un nuevo participante, Nicodemo. Se recuerda su venida de noche donde Jesús (cap. 3), es evidente que el lector capta en esta referencia el paralelo con José de Arimatea, discípulo secreto de Jesús hasta ese momento. Se supone que el lector conoce también la defensa que Nicodemo ha hecho de la causa de Jesús en una reunión de los dirigentes hebreos (7,50) y cómo ha sido vejado en la misma, por provenir, como Jesús, de Galilea.
Nicodemo exterioriza su adhesión a Jesús llevando al lugar de la crucifixión la exagerada cantidad de 100 libras, es decir, algo más de 30 kilos, de aceite perfumado con mirra y áloe. Ello es un signo de veneración y una clara explicitación de la fe en Jesús en aquel momento de sumo rechazo por parte de las autoridades judías.
En los vv.40-41 se describe la sepultación de Jesús. El número plural de las formas verbales indica que José de Arimatea y Nicodemo son los ejecutantes de los procedimientos del entierro. En el v.40 se narra la envoltura del cuerpo en vendas enjugadas en los aromas conforme a la costumbres de los judíos.
En los vv.41-42, el sepelio en un sepulcro nuevo, “donde nadie había sido colocado”, que se ubicaba en el mismo lugar de la crucifixión, en un jardín adyacente (v.40). Se esgrime explícitamente la razón del uso de esa tumba: su cercanía al Gólgota, lo que permitía poder realizar el enterramiento con cierta celeridad, ya que era el día de la preparación, es decir, viernes (v.42). Este dato conecta esta escena con la anterior, porque está a la base de la petición de los dirigentes judíos (v.31). La sepultura nueva de Jesús servirá de testimonio de su resurrección, pues permanecerá vacía para siempre (20,1-10). De haber sido sepultado Jesús en una tumba ya usada, no habría plena certeza de que no hay resto alguno del crucificado, salvo las vendas que cubrieron su cuerpo y el sudario que cobijó su cabeza. Así, irónicamente, el día de preparación de los judíos se volvió contra los mismos judíos que querían sepultar bajo tierra a Jesús, incluso acelerando su muerte, pues en razón de esta misma preparación fue sepultado en el mismo lugar de su suplicio en aquel sepulcro nuevo, vacío, que es el gran signo de su resurrección.
La escena concluye con la sucinta descripción de la sepultura: “ellos pusieron a Jesús” (v.42b). Es la peripateia de la escena, pues es la resolución de la petición hecha por José de Arimatea del cuerpo de Jesús (v.38). Llama la atención que en el v.42 no se use la palabra “cuerpo” (cf. vv.38 y 40), sino simplemente “Jesús”.
La conclusión de la pasión es en paz y reposo, llena de veneración por Jesús y de adhesión pública por él de dos personajes importantes de Israel, contrasta la violencia y el rechazo de los dirigentes judíos contra Jesús. Es la manera como en el pasaje casi ocultamente se pone de relieve la gloria de Jesús, que irrumpirá la mañana pascual[6].
3. Intención narrativa de la trama analizada
El análisis narrativo que acabamos de hacer ilumina en su conjunto los elementos más significativos de la intencionalidad del texto, esto es, cuál es el mensaje que pretende comunicar:
a) Centralidad de Jesús
La centralidad de Jesús se capta ya en los extremos de la perícopa: es el entregado por Pilato a los soldados (o a los dirigentes judíos) en el v.16b y es el depositado en el sepulcro por José de Arimatea y Nicodemo en el v.42b. La inscripción puesta sobre la cruz que revela la identidad de Jesús como rey (vv.19.21) y el intento de cambiarla por parte de los jefes hebreos hace que se remarque mucho más la centralidad de Jesús y el lector pueda ponderar, además, el sentido de la muerte de Cristo como rey. Pero, sin duda, en las palabras que dice Jesús, entrelazadas con las citas de la Escritura que las acompañan, es donde su centralidad queda más de manifiesto en el relato. Jesús domina la escena, es su protagonista y además está consciente de que todo se realiza para que se cumplan las Escrituras (vv.28.30). Desde la cruz, las palabras que dirige a su madre y al discípulo que amaba, enfatizan su protagonismo, pues no deja cabo sin atar, incluso dispone de la suerte de los suyos. La descripción de su muerte en el v.30b reafirma todo esto, pues la expresión recalca que Jesús entrega el espíritu/Espíritu, activamente.
b) Muerte interpretada como cumplimiento de la Escritura
No solo Jesús está consciente de que su muerte cumple las Escrituras (vv.28- 30), sino que también el narrador, pues insiste en este aspecto explícitamente (vv.24; 36-37). El cumplimiento de la Escritura constituye así el principio hermenéutico con el cual se debe interpretar el pasaje. El no desgarramiento de la túnica sin costuras; la sed de Jesús en la cruz y la bebida del vinagre que le ofrecen; su misma muerte como entrega del espíritu/Espíritu; la no ruptura de sus piernas y el traspaso de su costado encuentran su sentido en los distintos pasajes del AT aludidos o citados. La muerte de Jesús tiene un sentido profundamente sacerdotal pues se entrega a sí mismo como el cordero no quebrantado y traspasado, que atrae a todos hacia Él y derrama su Espíritu y su propia sangre para el perdón de los pecados y comienzo de la liberación definitiva. Esta interpretación naturalmente resultaba más fácil para los destinatarios del Cuarto Evangelio que para nosotros. En efecto, esa interpretación les era predicada en vinculación con los textos aludidos, mientras que a nosotros, cristianos del siglo XXI, la tradición juánica nos resulta más lejana.
Se debe puntualizar que la muerte de Jesús es considerada como el cumplimiento del conjunto del Antiguo Testamento, no solo de este o aquel pasaje de la Escritura, sino de toda ella. Jesús muere afirmando “todo está cumplido” (v.30). Su vida y muerte realizan lo anunciado por Dios en la Ley, los profetas y los salmos (cf. Lc 24,25-27.44). Él es el esperado: Mesías rey, sacerdote y profeta, que obra la redención anhelada por Israel.
c) Simbolismo deliberado del relato
El pasaje contiene elementos simbólicos que a propósito han sido entretejidos en el relato y que invitan al lector a descifrarlos para entender el profundo significado de la muerte de Jesús. Es evidente que para los destinatarios originales del Cuarto Evangelio resultaba más fácil captar la simbología del pasaje que a nosotros, pues ellos estaban imbuidos en la tradición oral de la cual provenía. A nosotros nos es más difícil porque, a pesar de que hemos recibido la tradición apostólica, muchos elementos de ella se nos escapan por el paso del tiempo y por las reinterpretaciones de los mismos, que a veces nos alejan de su original frescor. Esta simbología con todo hunde sus raíces en el AT. Los elementos simbólicos más relevantes son la túnica sin costuras, la sangre y agua brotadas del costado traspasado de Jesús, la abundancia del aceite aromático y el sepulcro nuevo. En su momento hemos dado ciertas pistas para captar el significado de cada uno de estos símbolos. Todos ellos tienden a revelar el misterio de la muerte de Jesús en sus distintas connotaciones: la túnica sin costura, el sacerdocio ejercido en la cruz; la sangre, la dimensión sacrificial de la entrega de Jesús; el agua, el don del Espíritu; la abundancia del aceite, la fe en Jesús de sus enterradores; el sepulcro nuevo, la anticipación del triunfo del crucificado.
Conclusión
La Pasión del Señor, siempre unida a su resurrección, es el centro del kerygma que hemos recibido y que intentamos trasmitir con nuestra vida y con nuestras palabras: es el núcleo de la fe. No se trata, eso sí, de un acontecimiento del pasado, sino del presente, pues la hacemos vida en la entrega generosa de cada uno de nosotros a los demás, cuando ponemos en acto el mandamiento del Señor: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,12) y el Señor nos advierte a renglón seguido que “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. En los relatos comentados, hemos contemplado precisamente la performance histórica de este amor extremo del Señor (cf. Jn 13,1). De ahí que, al enseñar su mandato, Jesús enfatice que “ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando” (Jn 15,14). La misma performance tiene su actualización cotidiana en la Eucaristía, cuando Él, Señor, nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan (cf. Lc 24,32).
El cuarto evangelista insiste en la actualidad del Misterio Pascual en la Eucaristía, de la cual brota una forma de vida de servicio recíproco entre todos quienes son discípulos del “Maestro y Señor”: “Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13,14-15). Una entrega generosa a los demás que, en el gran teatro del mundo, adopta las mil y una formas de la caridad, tanto en palabras, actitudes, instituciones como en obras de misericordia.
Ciertamente, esta performance continúa hasta el presente y se proyecta al futuro por la acción del Espíritu Santo que hemos recibido del Señor resucitado según prometiera a sus discípulos precisamente en la Última Cena: “el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque Él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes” (Jn 14,17-20).
NOTAS
[1] Seguimos de cerca a Schnackenburg, R., El evangelio según san Juan, III (Barcelona 1980), 330-369; ; complementamos con Brown, R. E., El evangelio según san Juan, II (Madrid 1979), 673-690 y con López Rosas, R. – Richard Guzmán, P., Evangelio y Apocalipsis de san Juan (Biblioteca Bíblica Básica 17, México – Estella 2006), 175-182.
[2] Brown, R. E., San Juan, II, 1313.
[3] A continuación se usan los elementos del análisis narrativo desarrollado por Ska, J.-L., “Plot”, Our Fathers, 17-38; Íd., “Sincronia”, 153-158.
[4] Cf. Flavio Josefo, Ant. Jud., III, 161.
[5] Brown, R. E., San Juan, II, 1340.
[6] Schnackenburg,R., San Juan, III, 369. Schnackenburg,R., San Juan, III, 369.

 

 

IMAGEN: SEBASTIÁN CORREA E.

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