Edición 1.201 de La Revista Católica – ¿La historia de nunca acabar?

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Lejos de disminuir la presión y de encontrar una luz de solución, la crisis por los abusos sexuales de clérigos sigue golpeando a la Iglesia a nivel nacional y mundial. En el presente número de La Revista Católica seguimos profundizando en esta temática con una reflexión eclesiológica a partir del Encuentro para la Protección de los Menores, que reunió a los presidentes de conferencias episcopales de todo el mundo en la Santa Sede.
Por primera vez, también, entramos en el complejo mundo del abusador a través de una entrevista al experto en humanización de la salud, José Carlos Bermejo. Es una opción arriesgada, pero que permite tener una visión más compleja del drama de las víctimas y de las circunstancias que permitieron sus abusos.
Pero la esperanza siempre puede más, y eso nos lo recuerdan las palabras que Inés Ordóñez ofreció al Clero de Santiago en una meditación el año pasado, y que traemos a colación por su pertinencia. Estos y otros temas ofrecemos en la presente edición de La Revista Católica.

 

EDITORIAL

La historia de nunca acabar y la oportunidad de empatizar
Al escuchar los medios de comunicación, al sentarse a conversar con los amigos o al reunirse en comunidad eclesial, seguramente muchos tenemos por estos días la sensación de la historia de “nunca acabar”. Lejos de reducirse en intensidad con los años, los escándalos en la Iglesia parecieran recrudecer más y más a raíz de nuevas denuncias -casi cotidianas- de abusos sexuales por parte de clérigos y de negligencia por parte de la jerarquía para frenarlos y castigarlos oportunamente. Basta ver los sitios web de nuestras diócesis para darnos cuenta de que donde deberíamos estar anunciando la belleza del encuentro con Cristo Vivo, por el contrario, uno tras otro se suceden los comunicados de prensa acerca del inicio o fin de investigaciones previas.
Este panorama lánguido que desgasta la vida eclesial y personal no solo es producto de los abusos en sí mismos, sino del hecho que aun no conocemos toda la verdad, aquella que nos hará libres para ser testigos de Jesús en el mundo contemporáneo. Hasta ahora, y generalmente a través de servicios informativos extra eclesiales, somos golpeados con noticias que nos laceran y hasta nos hunden en la angustia. De aquello que deberíamos conocer de primera fuente, solemos enterarnos a través de rumores que, posteriormente, vemos refrendados por la prensa y, tardíamente, reconocidos a nivel institucional. Y este drama parece alargarse más y más, profundizando el desconcierto y la desconfianza ad intra y ad extra ecclesiae.
Sin embargo, esta dilación insoportable, estas heridas ya purulentas y esta ansia constante que sufrimos como Iglesia, no son más profundas que el padecer que miles de víctimas han arrastrado en silencio por tantos años y que, insólitamente, aun tienen que esforzarse sobremanera para conseguir un poco de justicia. Por eso nosotros, como Iglesia que recién comienza a reconocerse tantas veces carente de compasión y abundante en indolencia para con los sobrevivientes de los abusos, nos viene bien sufrir con los que sufren y llorar con los que lloran. Es una ocasión propicia para despertar el dormido músculo de la empatía y ejercitarlo para hacer de él una de nuestras fortalezas. Y ojalá que esas lágrimas que brotan de nuestros ojos y esa ira que sale de nuestros corazones, sea por las víctimas y no por la pérdida de estatus ni de credibilidad institucional ni, peor aún, de los privilegios asociados.
La recuperación de las confianzas y de la consiguiente legitimidad para anunciar el Evangelio no vendrá dada por estrategias de comunicación ni por iniciativas pastorales innovadoras. Por mucho ardor que pongamos en nuestros esfuerzos de evangelización, difícilmente encenderemos los corazones necesitados de Cristo si, en primer lugar, no comenzamos desde la verdad esencial: nuestra fragilidad radical como Iglesia, manifestada en nuestro pecado y nuestro delito. Solo así dejaremos a Dios ser Dios, para que sea él quien nos sane, nos salve y nos restaure al servicio de su Reino.
Pero esto debería haber comenzado hace rato, hace años. De hecho nunca debió haber ocurrido si hubiésemos buscado más el Reino de Dios y su justicia, y no a la Iglesia como fin y no como mediadora de la gracia que salva. Ahora, de rodillas ante Dios y ante el mundo, tenemos la oportunidad de recomenzar, pero por favor, hagámoslo de una vez por todas.
La Revista Católica

 

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About La Revista Católica

Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.