Entrevista a José Carlos Bermejo: El complejo acercamiento “humanizador” a los abusadores – por Milene Alhambra

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Artículo publicado en la edición Nº 1.201 (ENERO- MARZO 2019)
Autor: Milene Alhambra, periodista y abogada
Para citar: Alhambra, Milene; Entrevista a José Carlos Bermejo: El complejo acercamiento “humanizador” a los abusadores , en La Revista Católica, Nº1.201, enero-marzo 2019, pp. 67-77

 

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Twitter: @jcbermejoh

Entrevista a José Carlos Bermejo:
El complejo acercamiento “humanizador” a los abusadores
por Milene Alhambra, periodista y abogada

 

Me conecto con Madrid y cordialmente me saluda José Carlos Bermejo, Director del Centro Asistencial y de Humanización de la Salud San Camilo. Es un religioso camiliano español que se aventuró a dialogar cara a cara en la cárcel con cuatro abusadores sexuales de niños y jóvenes. Una experiencia límite que lo abrió a una nueva comprensión de las dinámicas perversas que posibilitan estos crímenes aberrantes, pero que también le reveló el sufrimiento de los propios perpetradores, así como el de las otras víctimas: sus propias familias y amigos.
Junto a la psicóloga Marta Villacieros, Bermejo documentó sus conclusiones en el libro Doble Drama. Humanizar los rostros de la pederastia, una obra que no tuvo ningún éxito editorial. “La gente no quiere saber de esto”, asegura el autor, pero hace hincapié en que para prevenir y sanar es imprescindible mirar todas las dimensiones de este fenómeno nefasto. Eso sí, insiste de principio a fin en su relato que jamás se puede “justificar ni quitar importancia al delito de pederastia. No. La pederastia es un delito condenable, rechazable y deleznable, es más, faltan palabras para describir los sentimientos que se generan ante esta realidad en el sentir de cualquier persona”.
El religioso ha realizado cientos de entrevistas, tal vez miles. Ha visitado cárceles en la búsqueda de nuevos testimonios para acoger y humanizar diversas realidades que se esconden tras las rejas. Pero ahora es él quien recibe y contesta nuestras preguntas para analizar desde otra perspectiva los casos de abusos sexuales contra niños, niñas y adolescentes. Un doble golpe a la inocencia y al alma que hoy remece a la Iglesia Católica en Chile y el mundo.
¿Qué lo motivó hace seis años a hacer este estudio sobre la pederastia y a encontrarse personalmente con los abusadores? ¿Cuál es su reflexión hoy?
Tenía, y tengo, pasión por comprender a las personas. Quería saber algo de lo que lleva a cometer este delito tan terrible. Deseaba conocer la versión de los perpetradores de este terrible mal. Sospechaba que también los abusadores tendrían su mundo de sufrimiento, además de las víctimas. Y así lo descubrí. El abusador también tiene familia, como padres, hermanos, pareja, hijos. A veces abuelos. Y ellos también son víctimas de este terrible mal. Estos familiares también sufren. Como sufren los mismos abusadores. Salvo rara excepción de rasgos psicópatas, las personas que han cometido estos delitos, han sufrido y sufren.
¿Por qué cree que este libro no tuvo el éxito de ventas esperado?
Habiendo escrito una cincuentena de libros, algunos con más de 15 ediciones, me pregunto por qué este libro no alcanzó la segunda edición. Lo que encuentro, desde mi experiencia, es que la gente no quiere saber de esto, más allá de la noticia que afecta a los demás, a las víctimas y culpables. Siento pena. Desearía que todos quisiéramos conocer y comprender más para poder luchar contra esta lacra y erradicarla totalmente. Necesitamos también conocimiento y diálogo con todos los afectados. Pero la prevención requiere no considerar el tema como tabú hasta que aparece una víctima. Por otro lado, está claro que en cualquier grupo, en cuanto se empieza a hablar de esto, lo normal es que entre los componentes del mismo haya alguna víctima y, en algún caso, algún victimario, lo cual puede dificultar un diálogo abierto sin expresiones que lo impidan. La aparente empatía que se cree construir cuando uno insulta a los victimarios, no construye un mundo de restauración.
La voz y el dolor de las víctimas primero
Pese a que la obra de Bermejo se centra y profundiza en la experiencia por parte de los abusadores, el impacto del mal causado solo se comprende a la luz del sufrimiento de las víctimas. Por eso el libro comienza con el testimonio de una sobreviviente, en cuyas palabras no solo se lee su desgarro vital, sino el grado de daño psicológico sufrido, la pérdida de su inocencia y la alteración profunda en su percepción de las relaciones afectivas. Era justo que las víctimas tuvieran la primera palabra, al menos para que el trauma se vuelva fecundo y así elevar desde su padecimiento un fuerte ¡Basta ya!
¿Por qué hay víctimas que guardan silencio y solo hablan después de varios años, incluso cuando muchos delitos están prescritos?
Creo que no hay una respuesta unívoca. Algunas personas denuncian cuando encuentran el coraje para hacerlo, otras cuando sienten que socialmente es menos vergonzoso, porque así contribuyen a construir un mundo más humano. Otras –no hay que esconderlo- intuyen en este camino, unas posibilidades de resarcimiento económico y no falta quien vehicula así animadversiones hacia colectivos concretos, no solo hacia la persona del abusador. En todo caso, detrás del silencio de muchas víctimas está el mismo dinamismo del abuso, que genera incluso sentimientos de culpa y como un deber de fidelidad al secreto.
La perversión del abuso alcanza dinamismos de fragilidad y sometimiento muy potentes. La víctima, si acusa, se puede estigmatizar y dar lugar a sospechas de complicidad o, en todo caso, tener que dar explicaciones de por qué no lo reveló antes. No falta quien teme no ser creído o hacer daño a los familiares (pareja, padres, hijos) al identificarse como acusador y ser objeto de atención por ello. Por tanto, el silencio del niño protege al abusador, a sí mismo y a las familias.
¿Hay una especie de “protección” por parte de la víctima (menor de edad o adolescente) a quien abusa de su confianza por el vínculo afectivo existente entre ellos?
Hay un mecanismo perverso que, en muy buena medida, es inoculado por el victimario. Es fácil que la víctima sienta una especie de necesidad de guardar el secreto, no solo por protegerse a sí mismo, sino también por proteger la fragilidad del victimario. Es perverso y en muy buena medida este dinamismo está inoculado por las amenazas y coacciones del propio abusador. El abusador sabe que lo que está haciendo es un delito y busca el secretismo e impone la ley del silencio. El abusado interioriza la idea de que sus vivencias son incomunicables. El abusador impone con la manipulación y el poder la carga sobre la víctima y la responsabilidad del secreto. Una dinámica de chantaje silenciador, de vampirización y de hechizo. Se da un proceso de inversión de roles con efectos demoledores, que lleva a la víctima a tener el poder de destruir o no a la familia.
En su libro usted cita a un abusador que se comprende a sí mismo como un “asesino del alma”. ¿Se puede revivir el alma después de un delito grave de carácter sexual?
Recuperarse y crecer después del drama y del daño, es posible. Necesitamos expertos en intervención psico-espiritual, además de expertos en justicia y reparación. De la experiencia de ser dañados, los seres humanos podemos sacar frutos de humanidad. No es una ecuación con una incógnita, ni una propuesta de carácter exhortatorio y mucho menos dolorista. Nada que pueda justificar el daño. Pero la esperanza es un dinamismo para todos, es una tarea, es una hipótesis con visos de realidad. La solidaridad y la profesionalidad de los acompañamientos han de mirar con mucha atención a no revictimizar, sino a salir de las tinieblas hacia la luz y caminar hacia cimas posibles de desarrollo personal, quizás insospechadas, también con ocasión del daño sufrido.
¿Cómo se puede olvidar y perdonar al abusador?
Entiendo que el objetivo de la sanación no es el olvido. Quizás no es posible tampoco. El objetivo del perdón es la sanación del propio corazón, que es distinto que la reconciliación. El perdón es unidireccional y es una decisión de no nutrir el rencor y el deseo de venganza. No es disculpar, es decir, minimizar o reducir la culpa del agresor. El perdón es un camino de salud y reconquista de la paz en el propio corazón. Es un proceso, no un sencillo ejercicio puntual voluntarista o un sencillo imperativo ético impuesto desde afuera o por uno mismo.
¿Cómo se evalúa el daño causado? ¿Es posible la reparación de todas las víctimas y de qué forma es conveniente?
Para mí, el daño es una experiencia subjetiva y colectiva inconmensurable. Siempre es demasiado. Para caminar hacia la reparación es necesario el deseo y el compromiso individual y colectivo por construir un mundo más humano, más justo, más compasivo. No más cómplice del mal, ni más rencoroso. Todos compartimos la tarea de humanizar. Un camino es reparar después del daño. Otro es perdonar. Quien sienta que no lo consigue, quizás está en proceso aún de conquistar cotas de salud pendientes. El encuentro compasivo y solidario generará itinerarios de ayuda entre todos.
En su libro se puede inferir que los abusadores entrevistados también son víctimas ¿Por qué lo ve así?
Una persona abusada no se convierte en abusadora sin más. Sobre las estadísticas se manejan diferentes datos. Pero, en efecto, una gran parte de los victimarios ha sido víctima. Cerca del 90% de los abusos se dan dentro del ámbito familiar, un 7% en el ámbito escolar o deportivo y un 3% en el ámbito de instituciones religiosas. Naturalmente, eso no justifica su conducta. Si así fuera, el número de victimarios sería el mismo que de víctimas y, afortunadamente no es así. Las estadísticas sobre la prevalencia de víctimas son terribles. Diferentes estudios muestran que el porcentaje de víctimas puede alcanzar un 20-25% de las niñas y un 10-15% de los niños.
Esto hace pensar que es una gran urgencia el trabajo no solo por la atención a las víctimas, sino también por la prevención. Y eso significa también una atención a los victimarios. Es necesario un trabajo de educación emocional y afectiva, empezando por la familia y la escuela, además de otros espacios formativos. Pero esto no se reduce a una educación sexual, sino una alfabetización emocional y ética que ayude a las personas a gestionar saludablemente los vínculos y, en particular, el ejercicio del poder en las diferentes relaciones.
Cara a cara con el mal, el dolor y una humanidad herida
Los relatos plasmados en el libro de Bermejo y Villacieros ofrecen una abanico de reacciones diversas por parte de los abusadores, desde aquellos que asumen con plena conciencia su delito hasta los que siguen negando o justificando el mal cometido. Son relatos que estremecen por su crudeza, que indignan a ratos por la indiferencia de algunos perpetradores, pero que llegan a estremecer cuando se comienza a descubrir el rostro humano detrás del “monstruo” encarcelado. Es ahí cuando pueden aparecer en el lector ciertos atisbos de compasión por una persona que, pese a que es políticamente incorrecto decirlo, también puede ser sujeto de rehabilitación y conversión. Y por parte de Dios, sin duda, sujeto de su perdón y misericordia.
¿Se nace o se hace un pederasta?
Es claro que cada individuo tiene su personalidad y sus predisposiciones, marcadas también por la biología. Pero no estamos determinados a convertirnos en abusadores. Si no lo consideráramos un delito, sino una enfermedad y esta solo bajo el influjo de la naturaleza, a los abusadores les tendríamos que enviar a la hospitalización psiquiátrica, en lugar de a la prisión. Entendemos que la persona, en el ejercicio de su libertad, ha podido evitar el abuso. Por eso lo consideramos delito, no solo por el daño que ha realizado. Ahora bien, el contexto en el que nos hemos formado familiar o grupalmente, el tipo de educación recibida, y la experiencia de ser víctima, no son aspectos irrelevantes. De ahí –insisto- la urgencia de acentuar las posibilidades preventivas. Quizás, más que tolerancia cero (sinónimo de intolerancia), podríamos insistir en prevención total.
Pero, ¿hay conciencia del mal en la mente de los depredadores sexuales?
Salvo rara excepción, el abusador sabe que está haciendo un gran mal y cometiendo un delito, aunque padezca un tipo de parafilia.
¿Algunos de los victimarios tenían formación valórica y lazos familiares normales, o solo evidenció vidas marcadas por vicios y carencias?
Entre los abusadores que he podido conocer, existen personas con cultura, con carrera, con buen perfil de apariencia social. También existen analfabetos emocionales y sociales, que no han recibido una mínima formación afectiva y emocional para desenvolverse con respeto en lo relacional y en el despliegue del poder. Se podría decir que hay problemas de fondo en el desarrollo evolutivo, pero no hay un único perfil. En ocasiones son personas aparentemente muy correctas y fieles a las normas y principios, que no aparentan la laxitud suficiente como para franquear semejantes límites éticos. La mayoría padece el trastorno de la pedofilia o efebofilia antes de convertir los abusos de pederastia o abusos de personas vulnerables. No todas estas personas tienen insatisfechas sus necesidades o impulsos sexuales; pueden tener su vida sexual satisfecha con su pareja o de otros modos. Sin embargo, tienen torpeza en la gestión de los vínculos de poder y autocontrol.
En el capítulo IV del libro comienza a sumergirse en las vivencias y la mente de un abusador. ¿Cómo evalúa esta experiencia con “Javier” y qué fue lo más duro de escuchar?
La experiencia con Javier (nombre ficticio) fue muy hermosa. Aunque él estaba en la cárcel, ya podía salir. Vino a mi despacho porque le llamé y pude preparar con él una “comparecencia” en público, en una sesión académica de nuestro Centro de Humanización de la Salud para ayudarnos a comprender este terrible problema escuchándole a él directamente. Tenía esposa y dos hijas, y algo más de cincuenta años. Había hecho terapia en la cárcel. Nos contó su experiencia como abusador, su pasado, sus delitos con varias niñas, la denuncia, la prisión, el tratamiento seguido, lo que le había ayudado y lo que no le ayudaba, su deseo de haber podido pedir perdón. Nos habló de sus esperanzas de reconstrucción de la vida a nivel personal y profesional. Durante la sesión académica los profesores y alumnos le preguntamos lo que quisimos, y alguien pidió subir al escenario a darle un abrazo. También alguien le esperaba afuera del salón para hablar con él y, finalmente, otro en la parada del autobús, para conversar y quizás entender mejor o encontrar paz en el corazón. Porque, naturalmente, en el salón donde él nos habló, había víctimas.
¿Un abusador sexual puede vivir con la culpa?
Claro, el sentimiento de culpa acecha a muchos abusadores. Pueden encontrar mecanismos de minimización o anestesia para hacerla soportable, mecanismos patológicos y perversos. Entre ellos, puede estar un falso modo de vivir la celebración del perdón. Si esta es accesible y no exige la debida reparación e y el hecho de no reiterar la conducta, puede convertirse en un modo superficial de borrar la conciencia de culpa, minimizando también la conciencia de daño.
¿Puede rehabilitarse un abusador, sentir real arrepentimiento y “transformarse en un nuevo ser”?
Creo en la hipótesis resiliente también en este contexto. Creo que las personas pueden crecer después de padecer y de generar traumas. No creo que estemos condenados definitivamente a la no rehabilitación. Existen caminos para la educación de los abusadores y la adquisición de actitudes y técnicas para vivir respetuosamente e interiorizar la necesaria empatía con las víctimas.
Usted considera el abuso sexual a menores como un “doble drama”. ¿Podría esto transformarse con el tiempo en un “multidrama” por las diversas víctimas que encierra un caso (familias, amigos, comunidades, etc.)?
Desafortunadamente, los rostros de la pederastia son múltiples y numerosos. El título de mi libro, Doble drama. Humanizar los rostros de la pederastia, y este trabajo concreto que he intentado hacer es desvelar que, detrás de la pederastia, no solo están las que personas que consideramos primeras víctimas. Desgraciadamente, además de este inmenso daño, hay más daño y más sufrimiento y, por tanto, más necesidad de prevención y de intervención. Y quizás en esta segunda parte, pensamos menos. Es el momento de no detenernos en la denuncia de primera generación. Es necesario trabajar por un mundo más humano, donde toda forma de sufrimiento sea considerada, no solo en clave compasiva, sino también preventiva.
¿La condena social es más fuerte en algunos casos que la judicial? ¿Es una condena eterna?
Realmente es difícil recuperarse del abuso, aunque no imposible. También lo es recuperar una imagen de una persona que ha cometido un abuso. Un camino oportuno es la solicitud de perdón del abusador. Sobre esto, considero que se está hablando poco. No solo las instituciones pueden expresar su solicitud de perdón, que termina siendo genérica, sino los mismos abusadores, en la medida de las posibilidades reales, tendrían este camino por recorrer.
¿Qué es lo que más rescata de sus entrevistas con los victimarios?
Me quedo con el arrepentimiento, con la búsqueda del bien y la esperanza, con el deseo de sanar y vivir. También me quedo con la conciencia de la complejidad de la condición humana, con la intensidad del sufrimiento, con el sufrimiento no desvelado aún (familias y amigos), con la urgencia de la necesidad de insistir más en la prevención, en la alfabetización emocional y ética. La mera denuncia es solo un paso. Si se centra solo en un grupo social, puede impedir que veamos el gran problema en otros escenarios necesitados de urgente humanización.
La revictimización: responsabilidad de las familias, la sociedad y la Iglesia
En el libro se habla en reiteradas ocasiones de la revictimización, aquel fenómeno que escapa tanto de la víctima como del victimario. Se refiere a las acciones y omisiones de los terceros actores que pudieron haber actuado de modo diferente tanto para prevenir los abusos, como para frenarlos o sancionarlos oportunamente, pero no lo hicieron. Es un hecho lacerante que remata el alma herida de las víctimas, que las sume en un dolor más profundo y, tal vez, más difícil de elaborar, porque quienes naturalmente debían defenderlas y resguardarlas, fallaron y no lo hicieron. Aquí entran los familiares que no protegieron; los parientes, amigos o cercanos que no creyeron a las víctimas. También aparecen las autoridades de instituciones que, o bien desacreditaron injustamente a las víctimas, o que prefirieron la defensa corporativa en desmedro de los más vulnerables. Entre ellas, la Iglesia, que pareciera recién estar despertando a su real conciencia de responsabilidad tras el Encuentro para la Protección de Menores realizado durante febrero pasado en la Santa Sede.
¿Por qué la sociedad y las autoridades tienden a encubrir los delitos sexuales?
El encubrimiento ha sido una dinámica que ha acompañado en la historia a muchas instituciones, desde la familia al mundo educativo, a la Iglesia y otros grupos. Vivimos como si el hecho de descubrir estos delitos produjese una erosión a la colectividad, y también por eso queremos esconderlos, además de otras dinámicas perversas. Tenemos el desafío de desvelar, pero también el de aprender y comprender la complejidad del fenómeno para atajarlo sin tapujos.
¿Por qué cree que la Iglesia no investigó antes los abusos de conciencia, poder y sexual?
Ni la Iglesia ni otras instituciones se han interesado suficientemente por la prevención, por la ayuda y por el acompañamiento psico-espiritual que se requiere. Estamos en un proceso de humanización en el que va aumentando la conciencia de que el sufrimiento evitable hay que evitarlo y el daño realizado hay que acompañarlo. Venimos de culturas que tenían también otras claves, entre las cuales el dolorismo, la relativización, la creencia que era suficiente con reparaciones simbólicas, quizás celebradas sacramentalmente. Hoy somos más sensibles a la urgencia de trabajar por el no ocultamiento de la injusticia y del mal. Tenemos mucho camino por recorrer y mucho que ponderar para que no sea visualizado como un itinerario parcial, sino global.
¿Por qué pareciera que el abuso de poder y sexual por parte de consagrados de la Iglesia resulta más devastador que otros casos?
No se puede justificar ningún tipo de abuso de menores, personas indefensas, personas vulnerables, y de nadie. El abuso, en particular el abuso sexual no es justificable nunca y es devastador siempre. Cuando el abusador ostenta roles simbólicos o mantiene vínculos significativos afectivamente o por razones religiosas, educativas, familiares, etc., el sufrimiento de la víctima primera y de las víctimas colaterales, puede ser mayor por la significación que adquieren tales conductas. Donde se esperaría un vínculo de afecto, cuidado, de protección, ejemplarizante, coherente con el discurso, se encuentra lo más opuesto y esto puede suponer un aumento del volumen de la experiencia del drama. Cuando, en el plano simbólico, hay una conexión del rol de algunas personas con el mundo de lo sagrado, la experiencia del abuso cobra tintes de especial dramaticidad. Profano y sagrado se mezclan en un cóctel terrible y con un potencial de daño insospechado. En este sentido, Iglesia y pederastia son dos viejas conocidas.
¿Falta una formación más humana en el ministerio sacerdotal, religioso y de laicos comprometidos?
Sin duda, la formación humana y humanizadora es imprescindible para quien camina hacia el ministerio presbiteral o hacia la vida consagrada. Tenemos pendiente afrontar algunas temáticas desde las ciencias humanas, previas a los planteamientos éticos o confesionales. Es necesario comprender y adiestrarse para un sano ejercicio del liderazgo, para un correcto uso del poder, para unas relaciones en equipo oportunas, para una gestión del mundo emocional y afectivo. Las virtudes no se interiorizan por el mero voluntarismo o el desempeño de un rol. El clericalismo al que asistimos es un desafío que reclama construir una Iglesia sana y sanante, hecha de seguidores de Jesús que asumen diferentes servicios en la comunidad.
¿Cree que algunos sacerdotes o religiosas reprimen tanto lo que sienten, que terminan por explotar de la peor forma humana?
Entiendo que la causa de los abusos no se encuentra tanto en la represión. Muchos abusadores viven una sexualidad activa y satisfactoria. Una de las claves fundamentales es el mal uso del poder en la relación y una inadecuada gestión de los vínculos, además de los valores.
¿La homosexualidad es un riesgo para quebrantar el celibato o caer en actos de pederastia?
Algunos estudios sugieren que el abuso sexual infantil puede predisponer a la homosexualidad y a confusiones en la identidad sexual. Sin embargo, hay que tener en cuenta que muchos homosexuales no han sido abusados sexualmente y que su condición sexual no les determina a convertirse en pedófilos. Es un error grave, y una injusticia, identificar pedofilia con homosexualidad. En cuanto al celibato, el debate sobre su opcionalidad debe ir separado del tema de la pederastia, como también el tema de la fidelidad. Es un error considerar que la abolición del celibato fuera una solución mágica contra los abusos.
¿Hay esperanza para superar la crisis en la Iglesia Católica o pasarán largos años para aquietar las aguas?
El futuro no puede agotarse en el empeño de desvelar y denunciar. Mucho menos en el de atacar a una u otra institución o persona. El futuro debe dibujarse en términos de justicia restaurativa y de prevención. Para la Iglesia Católica este puede ser un momento de purificación y de recuperación de lo esencial, que es el seguimiento de Jesús. Pero la sociedad no puede esconder la gravedad del problema desvelando solo una parte del mismo.
Esta crisis no ha sido, ni será una tarea fácil para el Papa Francisco. Ya pidió perdón a las víctimas, pero muchos piden más acciones y hechos concretos. ¿Qué espera de las nuevas medidas del Pontífice?
Espero que se tome en serio el desafío de prevenir, de humanizar la formación, de trabajar por una Iglesia más centrada en la comunidad que en el poder clerical. Espero que surjan programas de acompañamiento psico-espiritual competente, tanto a víctimas como a familias, como a abusadores y sus seres queridos. Espero que surjan programas de educación en valores y que los temas que realmente hacen daño a la humanidad, sean abordados explícitamente en contextos educativos, laicos y confesionales. Espero que de este drama (más que doble), saquemos energía para construir un mundo más humanizado.
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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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