Monseñor Angelelli: Un mártir con un oído en el pueblo y el otro en el Evangelio – Lorenzo González, pbro.

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Los cuatros beatos mártires de La Rioja

 

El sábado 27 de abril la Diócesis de La Rioja en Argentina junto a la Iglesia Universal se llenaron de alegría por la beatificación de cuatro cristianos mártires que ofrecieron sus vidas en 1976. Todos fueron víctimas del terrorismo de Estado que impulsó la dictadura militar argentina, y que apuntó contra ellos «debido a su diligente actividad de promoción de la justicia cristiana», como expresó el Cardenal Angelo Becciu en la misa de beatificación.
El primer crimen fue el de los sacerdotes Carlos de Dios Murias, franciscano de 31 años, y del diocesano de origen francés, Gabriel Longueville de 45 años. Ambos fueron detenidos por uniformados la noche del 18 de julio de 1976 mientras cenaban en la casa de una comunidad de religiosas en el sector de Chamical. Tras torturarlos durante algunas horas, los fusilaron y arrojaron sus cadáveres junto a unas vías ferroviarias, donde fueron encontrados.
Una semana después fue el turno de Wenceslao Pedernera. Era un catequista de 39 años que junto a su mujer se habían empeñado en una pastoral rural. En el sector de Sañogasta había fundado una cooperativa con campesinos, con los cuales, además, se juntaban semanalmente a compartir el evangelio. El 25 de julio de 1976 tres encapuchados lo acribillaron delante de su esposa y de sus tres hijas.
Enrique Ángel Angelelli nació en Córdoba en 1923, entró al seminario en 1938 y fue ordenado sacerdote en Roma en 1949. Fue nombrado obispo de La Rioja en 1968 y desde el inicio de la dictadura en Argentina, ejerció una activa y pública defensa de los derechos humanos, con una clara opción de promoción y protección de los más indefensos. La noche del 4 de agosto de 1976, regresaba a La Rioja tras haber asistido a una de las oraciones de la novena tras los funerales de los sacerdotes Murias y Longueville. Su auto fue embestido por otro vehículo en la ruta en el sector de “Punta Los Llanos”, donde fue encontrado su cadáver.
Sin mayores investigaciones ni insistencia de la Iglesia de la época, su caso fue rápidamente caratulado de accidente y archivado. No obstante, tras casi 40 años de perseverancia de algunos sectores eclesiales y de derechos humanos, junto con el apoyo del Papa Francisco que manifestó su interés por que fuera esclarecido este hecho, en 2014 la Justicia Argentina determinó que hubo una acción premeditada para hacer volcar su vehículo, y que tras el impacto Angelelli fue golpeado reiteradas veces en el cráneo mientras yacía en la carretera. Dos personas fueron condenadas a cadena perpetua por el crimen.
El cardenal Becciu manifestó que «los cuatro Beatos desarrollaban una acción pastoral abierta a los nuevos desafíos pastorales; atenta a la promoción de los estratos más débiles, a la defensa de su dignidad y a la formación de las conciencias, en el marco de la Doctrina Social de la Iglesia. Todo esto, para intentar ofrecer soluciones a los múltiples problemas sociales».
La siguiente reflexión es fruto del testimonio del padre Lorenzo González [1]  sobre el beato obispo que lo ordenó sacerdote en la diócesis de La Rioja en 1973.
1. Sus fuentes de inspiración
Angelelli poseyó sólidos conocimientos de Biblia, Teología, Filosofía, Derecho, Historia (en particular la Historia de la Iglesia), Psicología, Sociología, Doctrina Social de la Iglesia y el Concilio Vaticano II. Todo esto unido a un sincero amor por la gente, un notable espíritu de servicio, una gran capacidad de diálogo y consulta, le permitieron tener una visión muy acertada del plan salvador de Dios, de la vida humana, de toda la realidad en su integralidad y el sentido de la historia en general.
Poseía una fe profundamente arraigada en la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, modelo originario de todo amor, servicio y donación y, por eso, sostenía que la Iglesia debe asemejarse a la Trinidad.
Es el misterio de Dios, que conocemos por Jesucristo a quien seguimos y que “se hizo en todo semejante a nosotros menos en el pecado” (Hb 4,15); que se hizo “prójimo de todos los hombres y que se acercó al que estaba caído en el camino” (cf. Lc 10, 30-37); y que se identificó “con los pobres, hambrientos, sedientos, enfermos, presos” (cf. Mt 25, 31-46); y que, enviado por su Padre y lleno del Espíritu Santo se vino del cielo para anunciar el Evangelio a los pobres, la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos, y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 16-19).
Hemos de notar que todos estos textos del Evangelio eran citados y comentados con mucha frecuencia por Monseñor Angelelli, y que le marcaban el camino a seguir en la tarea pastoral. Solía decir que nunca hay que apagar la “mecha humeante” (Is 42,3), ni echarle agua a un poquito de “rescoldo” que puede quedar en un corazón y que sea un signo de esperanza.
2. Amor a la Iglesia
La identidad de la Iglesia fue estudiada y reflexionada magistralmente por el Concilio Vaticano II, del que Monseñor Angelelli fue padre conciliar. A esa Iglesia amó, a la que es Pueblo y Familia de Dios, Comunidad de salvación, que nace del corazón de Dios, que proviene del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, fundada por Jesucristo sobre el cimiento de los apóstoles con Pedro a la cabeza y constituida en “Sacramento universal de salvación”, que debe anunciar el Reino de Dios a todos los pueblos.
Angelelli tenía en alta estima el rol de los tres sectores de la Iglesia: sacerdotes, religiosos y religiosas, y laicos, valorando el aporte de cada sector al servicio de la evangelización y con amplitud de criterio.
Amó a la Iglesia y sintió preocupación por la misma. Era consciente de la verdad sobre la Iglesia, que es “santa y pecadora al mismo tiempo” (cf. LG 8). Angelelli tenía una fina sensibilidad para escuchar a Dios. Era un hombre de oración. En la meditación y oración frecuente fue profundizando en el misterio de la Iglesia con sus numerosos problemas. Le ayudaron mucho las dos Cartas de San Pablo a los Corintios, que reflejan los conflictos de esa comunidad joven venida del mundo griego y que ayudaron al Apóstol a tener una profunda comprensión del misterio de la Iglesia. Corinto era una comunidad muy conflictuada. Se sabe que el obispo Angelelli leía y rezaba con esas cartas en el camarín de la Catedral aprovechando la experiencia y sabiduría de san Pablo para lograr una mayor comprensión del misterio de la Iglesia, “santa” en su origen, y “pecadora” en sus miembros. Este era un fuerte y sólido alimento espiritual.
Al referirse al ministerio sacerdotal, Angelelli decía con frecuencia: “Llevamos un tesoro en vasos de barro” (1Co 4,7). El “tesoro” significa el don de Dios, su gracia y la riqueza de la Palabra de Dios de la que somos servidores. El “vaso de barro” es nuestra humana fragilidad y las debilidades de las que estamos rodeados, y el pecado que está al acecho y nos quiere contaminar. Así exhortaba a los presbíteros a valorar y a agradecer los dones recibidos en beneficio de la Iglesia, y animaba a responder con fidelidad a la gracia de Dios. En ese mismo sentido repetía incansablemente la frase de san Pablo: “No nos predicamos a nosotros mismos”, hablamos por mandato de Cristo y en su nombre.
A los catequistas les recordaba siempre un pensamiento común de toda la Iglesia, a saber: al transmitir el mensaje del Evangelio tenemos que ser “fieles a Dios y fieles al hombre”. Esto implicaba fidelidad al mensaje, a la Palabra de Dios, y fidelidad a los destinatarios del mensaje, sean niños, adolescentes, jóvenes o adultos, es decir, crear canales adecuados para el encuentro con Dios, y de los hombres entre sí, que han de integrar la comunidad eclesial.
3. Aprecio por la persona
Sentía sumo respeto, aprecio, veneración y honra por la vida de las personas. Tenía un pensamiento muy claro sobre el valor de la persona humana y su altísima dignidad de “imagen de Dios”. El hombre llamado a entrar en comunión con Dios en el tiempo y en la eternidad. Esto se notaba en su modo de atender y comunicarse con la gente, en su amor preferencial por los pobres, ancianos, enfermos y por todo lo humanamente débil.
A imitación de Jesucristo sentía “compasión” por el sufrimiento de la gente. Una vez por el año 1973, en una reunión de catequistas en Chilecito, señalando el mapa de La Rioja dijo: “veo que Jesucristo está crucificado en todo el territorio de la provincia”. Quería indicar la pobreza, la marginación, la exclusión, el abandono, la explotación y el sufrimiento de tanta gente.
Esto lo urgía a vivir la fe y el amor fraterno respondiendo a las necesidades de la gente, procurando la felicidad del pueblo según el espíritu de las Bienaventuranzas, trabajando por un desarrollo integral que promueva a todos los hombres y a todo el hombre. Así, mostraba que el anuncio del Evangelio debía señalar los caminos de Dios por medio del amor fraterno, corrigiendo las injusticias que ofenden a Dios porque ofenden a los hombres, como lo afirmó santo Tomás de Aquino: El pecado ofende a Dios porque ofende al hombre.
Angelelli enseñaba que desde todos los sectores sociales, gobernantes, evangelizadores, educadores, trabajadores de la salud, administradores de justicia, y dirigentes sociales, de todos los ámbitos, debíamos trabajar para elevar la dignidad de la persona, y ofrecer las condiciones necesarias para que “el hombre llegue a ser el artífice de su propio desarrollo”. También insistía en que hay que entregar los grandes valores que apuntalan la vida, y nunca olvidar que “la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios” (GS 19).
Esta visión del hombre es la que impulsó al Obispo Angelelli a predicar el Evangelio con todas sus energías y gastar su vida por sus hermanos.
4. Pastoral de Conjunto
Al llegar a la diócesis de La Rioja en 1968, monseñor Angelelli propuso la aplicación de los Documentos del Concilio Vaticano II, y de Medellín del Episcopado Latinoamericano. La herramienta utilizada fue la práctica de una pastoral de conjunto, que requería aunar esfuerzos y voluntades para un trabajo pastoral compartido y en común, con criterios que buscan una misma dirección.
Entonces, surgieron reuniones, conferencias, encuentros de estudios, asambleas, etc. Y así como el viejo Aristóteles supo decir que “el hombre es un animal racional”, Angelelli, en forma parecida, decía: “el hombre es un animal reunible”, “los curas somos animales reunibles”. Y es que la reunión es necesaria para “ver, pensar y actuar”, para hablar, discurrir juntos y ayudarnos mutuamente, para lograr acuerdos alumbrados por la Palabra de Dios, y hacer un camino juntos para acrecentar la unidad y la fraternidad, y aumentar la corresponsabilidad en el trabajo pastoral.
Hemos de notar que la palabra “corresponsabilidad” no se la usaba mucho hace unos 50 o 60 años, pero Angelelli le dio un fuerte impulso. Ahora ese término está llegando a ser un lugar común en el lenguaje y en los documentos de la Iglesia.
Angelelli acostumbraba a decir: “Hagamos criterio”, es decir, “pensemos, dialoguemos, busquemos soluciones, tomemos decisiones juntos, con el aporte y participación de todos”. Él personalmente dirigía las reuniones del Presbiterio, ordenaba el diálogo, daba la palabra, evitaba que alguien pudiera acaparar la conversación, y animaba la participación de todos. El resultado era un pensamiento común para poder caminar juntos.
Y las fuentes que inspiraban estas búsquedas son el Evangelio, las grandes Encíclicas sociales de los Papas, el Concilio Vaticano II, los documentos de Medellín (1968) y de San Miguel del Episcopado Argentino (1969).
El hombre no olvidaba que una pastoral de conjunto debe contar con la permanente consulta al pueblo de Dios y a todos los agentes pastorales. Se busca caminar “con el pueblo y desde el pueblo”. Y todo esto debía hacerse “Con un oído en el pueblo y el otro en el Evangelio”. En este dicho, Angelelli resumía su pensar y actuar en el servicio pastoral de la Iglesia. Y debe de ser que esto vale para el anuncio del Evangelio en todo tiempo y lugar, y sirve para captar con humildad y sabiduría los “signos de los tiempos”, y lo que Dios anda queriendo decir a cada generación humana.
5. La riqueza de la religiosidad popular
Aquí entra con fuerza el tema de la religiosidad popular, que son modos de relacionarse con Dios e interpretar toda la realidad según la cultura e idiosincrasia de cada pueblo. Son vivencias fuertes y muy arraigadas. Se trata de formas, estilos y experiencias propias de vivir y expresar la fe que tienen los pueblos. La Rioja abunda en esas expresiones arraigadas desde los orígenes, y en algunos aspectos hasta de los pueblos precolombinos.
Angelelli asumió sabiamente todas estas vivencias de fe. Pero se registran dos puntos centrales en esta acción pastoral. Angelelli fue un gran promotor del Tinkunaco- Encuentro del Niño Jesús vestido de Alcalde con la imagen de San Nicolás. “El Niño está en San Francisco y el Santo en la Catedral…”.
También promovió y enriqueció con la luz del Evangelio la devoción al Señor de la Peña, principalmente en Semana Santa. Lo mismo debe decirse de las diferentes advocaciones a la Virgen María, a san Nicolás y a los santos. Angelelli, hombre con “sentir de pueblo”, captó las intuiciones y la sabiduría de la religiosidad popular de nuestra gente y la enriqueció con la Palabra de Dios. Así orientó a muchos sacerdotes y evangelizadores en ese sentido.
A veces partía de las más simples realidades, por ejemplo, miraba la imagen de san Nicolás que lleva un libro en su mano, y decía: “El Santo nos está mostrando el Evangelio y nos invita a seguir a Jesucristo; miraba a Santa Rita con el Crucifijo en la mano y decía: “la Santa nos invita a compartir la pasión de Cristo”. Hay muchos ejemplos.
Una vez, por el año 1975, visitando los Llanos con la imagen de san Nicolás vio en una velada de oración a un hombre campesino que leía el Martín Fierro delante de la imagen, y le preguntó qué hacía, y el paisano respondió: “Padre Obispo, ahora comprendo lo que dice el Martín Fierro, cuando afirma: «Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera»”. Y el Obispo sintió una gran alegría al ver la fe de aquel hombre de campo y su deseo de buscar a Dios.
Angelelli ha sido un hombre profundamente creyente y al mismo tiempo un gran evangelizador. Conocía y quería a la gente, conocía y quería a Jesucristo. Y sabía muy bien cuál es la ley primera. (Mt 22, 34-40).
Otra vez, en 1975 en Villa Unión, iba con la imagen de san Nicolás. Advirtió que una viejita se acercaba con dificultad apoyándose en una silla para tomar gracia de la imagen. Angelelli la tomó en los brazos y la acercó a la imagen. Y después la mostró al pueblo y dijo: “aquí está Jesucristo”. Hubo aplausos, emociones, cantos y vivas al Santo. Y la peregrinación siguió hacia la Banda Florida. Andando un tiempo esa viejita que se llamaba: “Niña Elodia” donó al Obispado su caserón y su terreno y se levantó un hogar de ancianos que lleva el nombre: “Niña Elodia”.
Angelelli no tenía ningún complejo en prender una vela y rezar ante el crucifijo, una imagen de la Virgen o de los santos, como lo hace la gente humilde, sencilla y pobre. Aquí no valen los delirios de grandeza. Para valorar estas cosas hay que tener un corazón humilde y despojado de todo orgullo y vanidad.
Angelelli entendió y tomó muy en serio la cuestión de los pobres, de los humildes y abandonados porque Jesús dice “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres” (Lc 4,18ss).
En las décadas de 1960-1970, más o menos, hubo una tendencia bastante fuerte a mirar con algún desprecio la religiosidad popular como si fuera cosa de ignorantes. Sin embargo, ese fenómeno no se dio en la provincia de La Rioja.
Bajo ciertos aspectos esa tendencia estuvo influenciada por posturas filosóficas como el Racionalismo, el Iluminismo, el Liberalismo, cierto Positivismo, y el Secularismo que consideran a Dios como algo superfluo, y a veces como un estorbo para la libertad del hombre. Parte de esas ideas llegaron a entrar hasta en algunos seminarios; y el resultado fue que algunos curas se hacían pasar por “modernos”. Hubo algo de eso en la Iglesia argentina. Pienso que san Pablo les diría muy afectuosamente: muchachos, “no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes, no se crean sabios” (Rm 12,16).
Por su parte, Angelelli procuró corregir esa tendencia falsa, y ayudó mucho al Episcopado y a los curas a descubrir la riqueza de la religiosidad popular, a valorarla, iluminarla con la Palabra de Dios y asumirla como Dios y el sentido común mandan hacerlo. Así él entendió su misión evangelizadora. Es cuestión de fidelidad a Dios, y fidelidad al Pueblo. Así debe entender su misión la Iglesia y en particular los eclesiásticos, catequistas, misioneros, evangelizadores y agentes pastorales.
Todo esto va mostrando que Angelelli era un tipo profundamente creyente en Dios, que amó a la Iglesia y a las personas en concreto; un hombre muy inteligente y respetuoso de la gente, de sus costumbres y tradiciones. Ha sido un gran tipo.
Es muy seguro que este talante y estas cualidades NO las vamos a encontrar en un guerrillero y matón. Seamos inteligentes, no nos dejemos engañar. Como dice el Papa Francisco, “No nos dejemos robar la esperanza”.
6. Cualidades de Monseñor Angelelli
6.1 El don de la acogida
Su capacidad de acogida era evidente en su saludo, recepción y en la atención que prestaba. Alguna vez supo decir: “Dios nos ha regalado el don de la acogida”. Pienso que lo dijo en plural por modestia, y para invitarnos a entrar en esa dinámica.
Brindar lugar, hacer espacio a otros es lo propio del cristiano. Como Dios nos recibe a nosotros y nos da todo. Como Abraham recibió a tres personajes misteriosos que lo visitaron (Gn 18). Como la Virgen María recibió al Verbo de Dios en su Encarnación. Como san José recibió a María y al Niño que venía en camino. Como santa Isabel recibió la visita de María. Como Lázaro y sus hermanas alojaban a Jesús en Betania. Como Pedro hacía lugar al Maestro en Cafarnaúm. Como el centurión Cornelio recibió a Pedro en su casa, en Cesarea (Hch 10).
Debemos destacar que Angelelli tenía motivaciones hondamente espirituales en su actuar, rastreando las huellas de Dios.
6.2 Desprendimiento y pobreza
Angelelli no tenía nada. Solamente una Fiat multicarga para andar. También tenía una manta marrón, una boina y un abrigo de invierno que lo obtuvo en un ropero de Caritas. Y la mercadería y donaciones que traía de Córdoba las compartía en la Catedral, que de alguna manera, era la casa de todos.
Hacia 1976, en sus últimos meses de vida, nos dijo a los sacerdotes reunidos en Sañogasta: “Somos pobres y dependemos de todo: dependemos de Dios, de la Sede Apostólica, del Poder Ejecutivo Nacional (P.E.N.), del III Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba, y de nuestra gente que nos busca por tantas cosas y a cuyo servicio debemos estar disponibles”. Precisamente Jesús nos enseñó a decir: “danos hoy nuestro pan de cada día”, para que aprendamos a depender y a confiar en Dios, sin acaparar nada, y que no andemos buscando apoyarnos en falsas seguridades que arruinan la vida.
6.3 Amistad
Amigo sincero y fiel, se interesaba por los demás, preguntaba por las dificultades, cuidaba y defendía a los curas, los veía con frecuencia y los visitaba. Consideraba que no hay que renunciar a la amistad porque es algo sagrado. Mostraba cordialidad con toda persona, y de un modo muy particular con los pobres, a quienes escuchaba y tenía en cuenta. El hombre valoraba la persona y quería a la gente. Todos encontraban eco en su corazón. Era amigo en serio y no por conveniencia alguna.
6.4 Justicia y Paz
“Justicia y Paz” era el lema de su escudo episcopal. Justicia que deba asegurar el pan para todos, que pueda responder a las necesidades fundamentales de la vida y nos lleve a la convicción que los bienes de la tierra tienen un sentido universal, y que están al servicio “de todos los hombres y de todo el hombre”. Defendió con fortaleza la justicia en contra de la explotación y la opresión, para favorecer a los pobres, los carentes de recursos y que no tenían voz.
Y la Paz, que es signo y fruto de la sana convivencia entre los hombres, y que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Paz que es la suma de todos los bienes que Dios nos da, y hace posible que la gente sea feliz. “Hacer felices a los demás” era una frase que Angelelli repetía con mucha frecuencia.
6.5 Fiel a su pueblo, a su historia y a su identidad
Esto se hizo evidente en cuanto que asumió y alentó la religiosidad popular, las costumbres, tradiciones y modos de expresar la fe de la gente. El respeto por estas cosas es todo lo contrario de la imposición intolerante y de la invasión. No fue un invasor sino un servidor de la diócesis, “caminando con el pueblo y desde el pueblo”, desde “la óptica de los pobres”, es decir, según el modo de ver las cosas e interpretar la realidad que tienen los pobres. De este modo, Angelelli procuró imitar a Jesucristo que se identificó con los pobres, hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos, presos (Mt 25).
Esto no ha sido un verso, sino una gran realidad en la vida de Angelelli. Esto yo lo he visto y experimentado muy de cerca. Hay que conocer y entender estas cosas para estar en la verdad acerca de la persona en cuestión. Ahora bien, los que mintieron y lo difamaron ignoraban esta realidad o se “hacían los locos” y no lo querían reconocer. Tenemos que ser honestos, no hay que buscarle sombra al sol, ni cinco patas al gato.
6.6 Promotor del diálogo
Angelelli fue un maestro en esta cuestión del dialogo, porque creía que el diálogo siempre es fecundo y enriquecedor, y ayuda a buscar juntos la verdad, siendo una óptima herramienta para un buen discernimiento, a fin de “examinarlo todo, y retener solamente lo bueno”.
6.7 Sabiduría y sentido común
Angelelli era un tipo inteligente, con ideas precisas, claras y distintas, de un gran sentido común para pensar, discurrir, entender y darse cuenta de las cosas. Poseía una gran capacidad para escuchar a Dios y a la gente. La cuestión de “un oído al Evangelio y otro al Pueblo” es una expresión muy feliz y acertada para entender con sabiduría el designio del Creador, y entrar por los caminos de Dios. Así, la vida puede centrarse en el amor a Dios y el amor a los hermanos, y avanzar pacientemente, realizando el altísimo ideal cristiano: imitar a la Santísima Trinidad.
6.8 Generosidad
Angelelli no se reservaba nada para sí mismo, no guardaba ni mezquinaba cosa alguna. Su esfuerzo permanente fue para favorecer a los demás. Ya dijimos las pocas cosas que tenía, solamente lo necesario e indispensable. Su estilo de vida y sus opciones giraban en torno a la causa y al seguimiento de Cristo y a su generosidad. Al respecto, san Pablo dice: “Ya conocen la generosidad de Nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza” (2Co 8,9). Imitar y seguir a Cristo: esa es la cuestión, y el camino hacia la santidad.
6.9 Devociones personales
Profesaba un gran amor a la Santísima Virgen María, a san Nicolás y a los santos. Tenía un enorme aprecio por la Palabra de Dios y los sacramentos. Para conocer esto es preciso haber estado cerca y tomado parte. Se observaba una notable toma de conciencia para la celebración de la misa. Sentía una gran alegría cuando predicaba en las novenas y fiestas patronales de los pueblos. Las homilías eran fruto de mucha meditación. A veces las preparaba considerando algunos misterios cristianos con los curas que estaban cerca.
Recuerdo puntualmente que cuando fue el sepelio de los dos sacerdotes asesinados en Chamical (Longeville y Murias), en julio de 1976, conversó cerca de una hora con los sacerdotes que estábamos y pedía que tiremos ideas para armar la homilía del caso. Al hombre le gustaba compartir, escuchar a los demás y apreciaba el aporte de todos. Angelelli ayudaba y se dejaba ayudar.
7. Causas de su martirio
7.1 Signo de contradicción
Las décadas de 1960-1970 eran tiempos de revoluciones, naciones recién independizadas, las juventudes hacían muchos reclamos y barullos, el marxismo-comunismo pegaba fuerte, aparecieron muchos ideales revolucionarios, cambios de estructuras y sueños de libertad. En ese tiempo yo estaba en Córdoba y percibía una cierta ‘candidez’ en algunos sectores. Este ambiente fácilmente podía despertar algunas confusiones.
El Concilio Vaticano II (un milagro del Papa Juan XXIII), con las Encíclicas Sociales y el notable aporte de los teólogos suscitaron importantes cambios hacia adentro y fuera de la Iglesia. Se vino una mirada más consciente y exigente sobre la dignidad de la persona humana y sus múltiples necesidades, como la cuestión del hambre y los sufrimientos de los pobres en muchos países.
Era necesario revisar con franqueza las relaciones políticas, económicas y sociales, y el uso correcto y con justicia de los bienes de la tierra, que tienen un destino universal, para promover la paz y una sana convivencia.
En Argentina estábamos cruzando trágicos momentos de nuestra historia: subversión y represión indiscriminada, secuestros, detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones, muertes violentas.
Así las cosas y, motivados por la situación y las enseñanzas del Concilio Vaticano II, muchos predicadores del Evangelio, hablando desde el púlpito, denunciaron las injusticias y las faltas de caridad con los pobres y marginados de la sociedad y los atropellos contra la vida. El obispo Angelelli también levantó la voz en contra de la injusticia, la explotación y la postergación de mucha gente excluida de la sociedad.
En ese tiempo se hizo presente también la “denuncia profética”. Se recordó a los profetas del Antiguo Testamento. Por ejemplo, el profeta Amós habla de la corrupción de los dirigentes del pueblo y dice que están: “Apoltronados en sus divanes banqueteando y bebiendo vino en jarras” (cf. Am 6) y no se preocupan de los peligros que amenazan al pueblo.
Angelelli a veces toreaba fuerte, y es que el profeta no puede callarse, tiene obligación de obedecer a Dios. El profeta tiene que advertir sobre los males y llamar a la conversión para no romper la alianza con Dios, y no poner en peligro la salvación eterna. Esas cosas son muy serias y no pasan de moda. El profeta no puede callarse. Del mismo modo, el “cantor” tampoco puede callarse, de lo contrario, “calla la vida”, se apaga la esperanza y “los obreros del puerto se persignan”, como canta Horacio Guaraní.
Ciertamente que las cosas no fueron fáciles. Eran tiempos de mucha confusión. El que hablaba de los pobres, reclamaba el derecho y la justicia social era acusado de subversivo, guerrillero, revoltoso, comunista, matón.
El obispo Angelelli era perfectamente consciente de que al anunciar la verdad, y desenmascarar el engaño y la hipocresía, al poner en evidencia las actitudes de aquellos que “mantienen prisionera la verdad en la injusticia” (Rm 1,18), corría muchos riesgos. A pesar de todo, tuvo el valor de decir las verdades: “aunq’esas verdades amuestren bicheras, ande naide creiba que hubiera gusanos”, como cantaba Jorge Cafrune.
Así, Angelelli llegó a ser “signo de contradicción”. Muchos lo amaron y muchos lo odiaron. Bandera discutida, tendrá amigos y enemigos. Jesús fue signo de contradicción. Ya se lo dijo el anciano Simeón a la Virgen María en la presentación del Niño Jesús en el templo: “este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel, será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos” (Lc 2,24-25). Angelelli expresó muchas veces este pensamiento: “somos signos de contradicción”. La cuestión es que muchos rechazan a Cristo y a quienes lo anuncian porque se resisten al cambio de mentalidad y no quieren renunciar a sus posturas egoístas.
La predicación del obispo Angelelli fue enérgica contra la injusticia, la explotación y el atropello de las personas. Cuidó mucho del respeto por la vida y de la dignidad de las personas. También advirtió acerca del peligro de la avaricia, que “es la madre de todos los vicios” (1Tim 6,10). Lo hizo, igual que muchos otros, en nombre de Jesucristo, que se identificó con los pobres, hambrientos, sedientos, y que vino para “evangelizar a los pobres”.
7.2 Mentira y difamación
Muchos no entendieron este mensaje evangélico y lo rechazaron porque molestaba a sus intereses. Entonces acudieron a la mentira, la difamación, la calumnia. Se dijeron muchas barbaridades y calumnias. Al obispo se le acusó de guerrillero, subversivo… Hasta se lo llamó “Sataneli”, como si estuviera aliado con Satanás. Esto no nos debe extrañar porque a Jesús lo acusaron que hacía milagros por el poder de Belzebul, el jefe de los diablos (cf. Mt 9,34; Mc 3,22; Lc 11,15-22).
En ese tiempo en La Rioja salía el diario “El Sol”, que le tiraba tierra en forma permanente. Cuando hay intereses de por medio y el hombre no ordena su corazón y orienta bien sus deseos, lo atrapan la ambición y la codicia y se vuelve violento. Recordemos que “la codicia y la violencia andan siempre acollaradas”.
En lo que hacía al diario “El Sol” y a otros confabulados en contra del Obispo, daba la impresión de que se hubieran impuesto como lema: “mentir, mentir, mentir”, porque cuando hay mucha mentira, siempre queda algo.
Es una pena, pero muchos riojanos de la Capital y del interior conocieron al obispo a través de la difamación y la calumnia, y quedaron con una idea errónea y falsa. Pienso que nuestra gente no es culpable por esto. Los culpables son los que mintieron. Ellos tendrán que arreglar esa cuestión con su conciencia y con Dios. Nosotros creemos en el perdón de los pecados, y hemos de orar por los perseguidores, como manda el Evangelio.
De todos modos, de nada sirve estar en el error. ¿Qué hacer en este caso? Simplemente buscar una buena información en fuentes fidedignas y corregir el error. Seamos inteligentes, hagamos funcionar bien el sentido común, sintamos aprecio por la verdad y no nos dejemos engañar.
Y sucedió que la figura de monseñor Angelelli molestaba a muchos. La sola presencia del justo irrita a los que se andan portando mal. Los que obran mal no quieren que nadie los cuestione. Esto es fulero porque es señal que la conciencia puede estar adormecida por el hábito del pecado y la injusticia.
El profeta Jeremías, por ejemplo, experimentó la persecución de las clases dirigentes del pueblo. Es un caso típico. “Los malvados decían: ¡Vengan, tramemos un plan contra Jeremías. Inventemos algún cargo contra él, y no prestemos atención a sus palabras!” (Jr 18, 18). Es que la raza de Adán es pecadora. Cuando el hombre orienta mal su vida y su libertad, y se empeña en sus propósitos perversos, hasta puede “correr el riesgo de embarcarse en una lucha contra Dios”, como dijo Gamaliel al Sanedrín judío (cf. Hch 5,39).
Lamentablemente, los militares no estuvieron suficientemente evangelizados; faltó la enseñanza del Concilio Vaticano II y la Doctrina Social de la Iglesia; hubo mucha confusión en ideas y palabras, por ejemplo: los que hablaban de los “pobres”, de la “justicia”, de la “promoción de la dignidad de la persona humana”, de la necesidad de “compartir el pan” eran considerados comunistas y subversivos; el temor del comunismo caló hondo en la mente de muchos.
Por otra parte, la incitación de algunos sectores demasiado acomodados en sus ambiciones desmedidas y en sus intereses egoístas, contribuyó para que los militares se largaran a una represión descontrolada.
7.3 Dar la vida por Cristo y por los hermanos
Y llegó el momento de los asesinatos. El 18 de julio de 1976 fueron muertos dos sacerdotes en Chamical: Gabriel Longeville, de origen francés; y Carlos de Dios Murias, franciscano conventual. A los pocos días, el 25 de julio de 1976 mataron en Sañogasta a Wenceslao Pedernera, laico apostólico del movimiento rural católico, que deseaba formar una cooperativa de trabajo. Estos tres mártires estaban incorporados a la pastoral de la diócesis de La Rioja, con el obispo y el presbiterio.
Pasaron algunos días, y el 4 de agosto de 1976 mataron a monseñor Enrique Angelelli en Punta de Los Llanos… y mataron al pastor, que entregó la vida por las ovejas. El martirio es el testimonio supremo de la fe en Jesucristo, que en la Última Cena dijo: “la prueba más grande de amor que puede haber es dar la vida por los amigos” (Jn 15,13).
8. Martirio
Los cuatro mártires murieron por la misma causa: servir a Jesucristo en la persona de los pobres y excluidos. Ellos lucharon por la justicia. En el pasaje del Evangelio sobre el Juicio final (Mt 25), y en la parábola del buen samaritano (Lc 10,29-37) queda clarísimo que la salvación pasa por el hermano. El encuentro con Dios pasa por el hermano. Resulta que “es imposible amar a Dios a quien no vemos si no amamos al hermano a quien vemos” (1Jn 4,20). Por algo san Pablo dice: “El que ama al prójimo ha cumplido toda la ley” (Rm 13,8).
Los estudiosos de estos temas afirman: “El hombre es un lugar teológico”, vale decir, la persona humana es la clave para el encuentro con Dios. Jesucristo se identifica con los hambrientos, sedientos, enfermos, etc. Por ello las obras de misericordia tienen tanta importancia. Está en juego el encuentro con Dios y nuestra salvación.
Y, ¿qué hicieron monseñor Angelelli y sus compañeros mártires? Practicaron las obras de misericordia; procuraron imitar a Jesucristo que “vino a traer la Buena Noticia a los pobres y el consuelo a los afligidos”. Y sin excluir a nadie de su amor, trataron de practicar un “amor preferencial por los pobres”, y prestaron su voz a “los que no tienen voz”. Ellos guardaron fidelidad a Dios, lo escucharon y le prestaron obediencia. En ellos se cumplió el ideal que propone el profeta Miqueas: “Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y exige de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad, y caminar humildemente con tu Dios” (Miq 6,8).
Angelelli y sus compañeros son testigos cualificados de Jesucristo. Son mártires. Fueron asesinados por defender la justicia y la paz, la verdad y la fraternidad, por defender y servir a los pobres; mueren por amor a Dios y a sus hermanos, por defender y vivir los grandes valores que dignifican la existencia humana y cooperan a crear la felicidad de los hombres, y nos abren a Dios, el fin último del hombre.
Con sus vidas y su entrega marcaron el camino de la solidaridad y del amor fraterno y enseñaron que el pan debe ser compartido. “El pan en el horno florece para todos” (verso de Angelelli).
Dios quiere que todos los hombres podamos estar sentados a una misma mesa compartiendo los bienes de la creación. Y que, al salir de este mundo, habiendo vivido en la verdad, en la justicia y el amor fraterno, podamos compartir la feliz mesa de la vida eterna. No olvidemos nunca que “se entra al cielo a través de la solidaridad con el que sufre” (Mons. Osvaldo Santagada).
Angelelli y sus compañeros “han peleado hasta el fin el buen combate, concluyeron la carrera y conservaron la fe”. Y después de sufrir con Cristo “reciben la corona de Justicia de parte del Justo Juez” (2Tim 7,8). Nos alegra su glorificación. Ellos también se alegran. Y, “salvados en esperanza” (Rm 8,24), continuamos con nuestro camino siguiendo al Señor.
9. Valor del testimonio
Recibamos el testimonio de Angelelli y sus compañeros mártires como un eficaz aliciente para avanzar en el conocimiento y en el amor a Jesucristo, que “nos amó y se entregó por nosotros” y que “pasó haciendo el bien”. Iremos creciendo en la fe, la esperanza y la caridad, habremos cooperado en la formación del hombre nuevo venciendo el “fantasma del sin sentido”, y no nos dejaremos aturdir por la necedad del mundo presente que pretende vivir “como si Dios no existiera”.
Este valioso testimonio nos ayudará a entrar en los caminos de Dios, y a trabajar decididamente por la Justicia y la Paz, la Verdad, el Amor y la Libertad. Y la gracia del Espíritu Santo nos capacitará para prolongar la existencia, que apenas dura un soplo en este mundo, y proyectarla hacia la vida eterna junto a Dios.
10. Cuentas pendientes y consideraciones
La Justicia riojana hizo su trabajo, cumplió con su deber y lo hizo de modo excelente. Se destapó lo oculto, y la verdad triunfó en el juicio. A todos nos queda la obligación de “perdonar a los perseguidores y orar por ellos a fin de imitar al Padre Celestial” (cf. Mt 6, 44-45).
Pero siempre quedan cuentas pendientes. Dios es fiel y sigue ofreciendo el perdón y llama al cambio de vida, a la conversión. El hombre debe responder con libertad a la llamada de Dios, mientras tenga tiempo. La carta a los Hebreos dice: “Los hombres mueren una sola vez y después de esto viene el juicio” (Hb 9,27), vale decir, la justicia en forma plena en algún momento llega inexorablemente. El hombre es juzgado según sus obras. Entre los pecados más graves se cuentan las ofensas hechas a la vida y la muerte infringida a un hermano. El que mata a un hermano, en cierto modo, le usurpa el lugar a Dios, que es el Dueño absoluto de la vida.
Se hace urgente rectificar la conciencia y ordenar el corazón, y restablecer las relaciones rotas. Es necesario ponerse en paz con Dios con los hermanos y con uno mismo. Es muy razonable y de acuerdo con la verdad lo que dice Fiódor Dostoyevski: “yo no creo en ese cielo donde la víctima y el victimario pueden estar sentados compartiendo la misma mesa, como si nada hubiere pasado”.
La justicia es necesaria en este mundo y en el mundo del más allá. La justicia en este mundo a veces podría quedar fallida por engaño, mentiras, acomodos y soborno. Pero la justicia de Dios en el mundo futuro no podrá ser engañada ni burlada. No olvidemos que “nadie se burla de Dios” (Ga 6,7).
Después del primer crimen de la historia, cuando Caín mató a su hermano Abel, Dios llega y pregunta: “¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4,9). Esta pregunta se prolonga a lo largo de la historia. Y hay que decir que todos los crímenes quedan registrados en el Libro de Dios. De hecho, Dios sigue preguntando: “¿Dónde está tu hermano?”. Y nadie puede hacerse el loco y responder a Dios como Caín: “No lo sé, ¿soy yo, acaso guardián de mi hermano? (Gn 4,9). La realidad es que somos responsables unos de otros. “Todos somos inevitablemente guardianes de nuestros hermanos”, como dijo Martin Luther King.
Cuidemos las relaciones humanas con respeto, sabiduría y prudencia. Cuidemos y honremos la vida de nuestros semejantes. San Pablo nos educa diciendo: “Quien ama no hace mal al prójimo, por eso el amor es el cumplimiento pleno de la ley” (Rm 13,10). Por su parte el apóstol Santiago nos advierte: “Miren que el Juez ya está a la puerta” (St 5,9).
NOTAS
[1] Sacerdote de la Diócesis de La Rioja, ordenado por monseñor Enrique Angelelli en 1973.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.