Francisco y la diversidad de la Iglesia: lectura eclesiológico pastoral de la JMJ Panamá – Mons. Cristián Roncagliolo

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Artículo publicado en la edición Nº 1.201 (ENERO- MARZO 2019)
Autor: Cristián Roncagliolo P., obispo auxiliar de Santiago
Para citar: Roncagliolo, Cristián; Francisco y la diversidad de la Iglesia. Una lectura eclesiológico pastoral de la JMJ Panamá, en La Revista Católica, Nº1.201, enero-marzo 2019, pp. 78-90.

 

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Francisco y la diversidad de la Iglesia. Una lectura eclesiológico pastoral de la JMJ Panamá.
Mons. Cristián Roncagliolo P.
Obispo auxiliar de Santiago. Doctor en Teología.

Las jornadas mundiales de la juventud son acontecimientos de fe que renuevan la vida cristiana de toda la Iglesia. Panamá no fue la excepción. Fueron miles los jóvenes de todo el mundo que peregrinaron a este país para renovar su fe y manifestarse como una Iglesia joven, alegre y ‘en salida’. A esta Jornada también acudió Francisco quien, con una capacidad notable para actualizar el mensaje de Cristo en lenguaje simple, logró una sintonía fina con los asistentes.
A Francisco se le ve particularmente cómodo en estos encuentros por la masiva presencia de los jóvenes que con su alegría contagian; pero también al Papa se le ve cómodo porque en las JMJ se manifiesta la realidad de Iglesia que él busca evidenciar. En efecto, en Panamá vimos la gran paradoja de que la Iglesia está compuesta por una multiplicidad de culturas, de razas, de naciones, de movimientos, de espiritualidades, de colores, de signos, de liturgias, de lenguas y de cantos; y al mismo tiempo, esta pluralidad no implica fragmentación, sino que evidencia una sola realidad alegre y entusiasmante. En la JMJ queda en evidencia que para la Iglesia las diferencias legítimas no deben ser consideradas una amenaza a la unidad, sino una riqueza porque, como señaló Francisco “el amor verdadero no anula las legítimas diferencias, sino que las armoniza en una unidad superior”[1].
Esto sintoniza muy bien con lo que son los mismos jóvenes. Para ellos las diferencias no son una separación ni una amenaza, sino una natural atracción, porque quieren conocer a los otros, comprendidos como una riqueza por descubrir. En los jóvenes fluye naturalmente la acogida, el respeto al distinto y la iniciativa a hacer cosas en común.
Con este marco, en el presente artículo procuraremos profundizar en este novedoso concepto de comunión diversa que justamente comprende como un elemento esencial de esta unidad eclesial el reconocer y valorar las diferencias que la constituyen, las cuales están al servicio de la vitalidad del Pueblo de Dios y de su misión. También buscaremos acentuar algunas consecuencias pastorales de esta comprensión de Iglesia que ayudarán a darle concreción a este novedoso rostro eclesial.
1. Pueblo de Dios que camina en comunión y con diversidad[2].
Uno de los frutos más reconocidos del Concilio Vaticano II es el relevar que la Iglesia es una “comunidad de fe, esperanza y amor” (LG 8). Por tanto, cuando hablamos de que la Iglesia es comunión –o de la comunión de la Iglesia– no nos estamos refiriendo a una simple organización con reparto de funciones o de poderes, sino que en primer lugar de una realidad que hunde sus raíces en la comunión trinitaria[3], siendo una misteriosa extensión de ella en el tiempo (cf. LG 4). Ahí esta el fundamento teológico de su unidad y, al mismo tiempo, de su diferencia.
Consecuencialmente, la Iglesia comunión, en primer lugar, es una realidad mistérica que adquiere concreción en la comunidad viva de los discípulos, quienes no se agrupan por simples razones de afinidad, ni siquiera con vistas a una mayor eficacia apostólica ni funcional, sino porque han sido convocados por Cristo (cf. LG 8) para estar en comunión con Él y por eso es “signo e instrumento de la unión íntima con Dios” (LG 1). Él es su fundador, que crea la Iglesia para que sea el Nuevo Israel de Dios (cf. LG 9); y es su fundamento, siendo la cabeza que convoca a la unidad en un solo cuerpo (cf. Col 1,18) (cf. LG 9).
Esta comunión se expresa en varios niveles: entre los miembros (cf. LG 4, 13), entre quienes ejercitan diversas funciones (cf. LG 32), entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares (cf. LG 10) y, en un modo especial, entre el Sucesor de Pedro y el colegio episcopal (cf. LG 21, 22).[4] Consecuencialmente, la comunión adquiere una amplitud ilimitada. No se trata solamente de la comunión de los hombres con Dios, sino que también genera la comunión de los hombres entre sí. Por eso la Iglesia está llamada a ser signo e instrumento “de la unidad de todo el género humano” (LG 1).
Finalmente, por ser relacional, la comunión se convierte en misión: “Anunciar y establecer en todos los pueblos el Reino de Cristo y de Dios” (LG 5), abriéndose a un horizonte sin límites, por lo cual la Iglesia naturalmente no puede vivir replegada sobre sí misma, sino que debe atestiguar y comunicar (cf. 1Jn 1, 1-4) el Misterio que la constituye y le da la vida[5].
Pero esta comunón del Pueblo de Dios implica, al mismo tiempo, el reconocimiento y validación de la diversidad de dones, carismas, liturgias, formas, de modos, de intereses, de signos, etc. De ahí que Francisco sostenga con tanta fuerza que “la unidad católica es diversa, pero es una. ¡Es curioso! El mismo que hace la diversidad, es el mismo que después hace la unidad: el Espíritu Santo. Hace las dos cosas: unidad en la diversidad. La unidad no es uniformidad, no es hacer obligatoriamente todo junto, ni pensar del mismo modo, ni mucho menos perder la identidad. La unidad en la diversidad es precisamente lo contrario, es reconocer y aceptar con alegría los diferentes dones que el Espíritu Santo da a cada uno, y ponerlos al servicio de todos en la Iglesia”[6].
No parece aventurado afirmar que Francisco, el primer Papa ordenado sacerdote en el Post Concilio, nos ayuda a madurar la concepción de la Iglesia misterio de comunión, hasta ahora fuertemente centrada en un concepto de unidad asociado equívocamente a pretensiones pastorales de uniformidad, de centralismo o de una introversión eclesial que ‘contamina’ los proyectos pastorales y debilita la fuerza ‘en salida’ que ha de ser propia en una auténtica eclesiología de comunión.
2. Algunos aspectos pastorales de la comunión diversa
De lo anteriormente señalado se desprende que la Iglesia, al ser reconocida teológicamente como una comunión diversa, se auto realiza en el hoy de la historia en múltiples formas, y que estas no atentan contra la comunión, sino que la enriquecen.
Sin tener la pretensión de agotar este apasionante tema enunciaremos algunos aspectos que pueden ayudar a comprender la encarnación de este misterio de comunión.
La comunión no es uniformidad
Como ya hemos señalado, un aspecto relevante es comprender que la comunión, al mismo tiempo, implica diversidad. Como enseña Francisco, el Espíritu Santo “suscita una múltiple y diversa riqueza de dones y, al mismo tiempo, constituye una unidad que nunca es uniformidad sino multiforme armonía que atrae” (EG 117). De ahí que para el Papa el modelo de la Iglesia “no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad” (EG 236). La consecuencia natural es que el anuncio evangélico “se transmite de formas tan diversas, que sería imposible describirlas o catalogarlas, donde el Pueblo de Dios, con sus innumerables gestos y signos, es sujeto colectivo” (EG 129).
Siguiendo este dinamismo, se deduce que para vitalizar la evangelización parece necesario concentrarse en lo esencial y, al mismo tiempo, alentar la diversidad de carismas, dones, métodos, formas y expresiones, porque “esa variedad ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor los diversos aspectos de la inagotable riqueza del Evangelio” (EG 40).
Con este sustento teológico la diversidad en la Iglesia, tan evidente en una Jornada Mundial de la Juventud, lejos de ser una amenaza para la unidad es un don para la misma. El Espíritu Santo, quien es principio de unidad, paradojalmente suscita esas diferencias y puede convertirlas “en un dinamismo evangelizador que actúa por atracción […] Solo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad” (EG 131). En este derrotero se entiende lo señalado por Francisco en su discurso inaugural en Panamá: “encontrarse no significa mimetizarse, ni pensar todos lo mismo o vivir todos iguales haciendo y repitiendo las mismas cosas, eso lo hacen los loros y los papagayos. Encontrarse es un llamado e invitación a atreverse a mantener vivo un sueño en común(…)”[7].
Pareciera estar en el norte de este pontificado valorar y potenciar la multiplicidad de dones y carismas que enriquecen la comunión de la Iglesia con la conciencia que cuando estos crecen, se vigoriza la misión y se vitaliza la evangelización: es el mismo Espíritu quien enriquece a toda la Iglesia evangelizadora con distintos carismas para renovar y edificar la Iglesia (cf. EG 130).
La comunión no es centralismo
En no pocas ocasiones hemos sido testigos de que se tiende a ‘canonizar’ los planes pastorales dejándose entrever que quien no los sigue rigurosamente rompe la comunión con la Iglesia. Detrás de este pensamiento hay una confusión en el sentido y alcances de la comunión creyéndose que esta es sinónimo de uniformidad. El correlato práctico es la comprensión equívoca de que los planes, itinerarios o programas pastorales son la herramienta para lograr la unidad pastoral de la Iglesia.
Esa confusión entre comunión y uniformidad resulta equívoca porque segrega a los discípulos misioneros, poniendo en cuestión su vínculo de comunión, por el solo hecho de que su carisma o su modo de evangelizar no sintoniza uniformemente con el programa pastoral de una determinada realidad eclesial.
Buscando abrir horizontes, Francisco señala que “cuando somos nosotros quienes queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación. Esto no ayuda a la misión de la Iglesia” (EG 131). Con ello, provocadoramente se pone en discusión el enfoque que se le da a los planes o itinerarios pastorales tantas veces centralistas, monolíticos y uniformes, que tienen la pretensión de ser el ‘lugar’ donde se genera la comunión de la Iglesia.
La misma confusión señalada obstaculiza a la evangelización porque al perseguir el centralismo y la ya enunciada uniformidad, termina paralizando o debilitando la acción eclesial. A eso pareciera referir Francisco cuando afirma que “hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador” (EG 26). Por ello, se hace urgente “ser audaces y creativos en la tarea de repensar los objetivos de las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades” (EG 33).
No parece arriesgado afirmar que detrás de esta renovada comprensión de la comunión existe una desafiante actitud de reforma de las estructuras pastorales para que transiten hacia una lógica más ‘subsidiaria’, al servicio de la acción evangelizadora de la Iglesia –y no monopolizadoras de la misma–, ubicando a las vicarías y diversas estructuras al servicio de la multiplicidad de realidades particulares de una Iglesia determinada.
En esta renovada concepción eclesiológica las estructuras pastorales diocesanas, por ejemplo, más que ser sujetos de la acción han de ser instituciones de servicio de aquellas realidades pastorales que sí han de ser los sujetos vivos de la evangelización, como son las parroquias, las comunidades de base, los movimientos y las nuevas comunidades. Análogamente, la imagen de la ‘pirámide invertida’ usada por Francisco en relación al ejercicio de la autoridad resulta ser particularmente iluminadora para las estructuras pastorales: en la Iglesia “como en una pirámide invertida, la cima se encuentra por debajo de la base. Por eso, quienes ejercen la autoridad se llaman ministros: porque, según el significado originario de la palabra, son los más pequeños de todos”[8]. En la pastoral las vicarías y las demás estructuras están abajo en la ‘pirámide’ al servicio de la acción evangelizadora y de las realidades basales donde debe transcurrir la vida de la Iglesia.
La misión y el servicio como lugares donde se concreta la comunión
La propuesta de esta unidad diversa claramente no se entiende en una lógica de introversión eclesial sino, muy por el contrario, en el dinamismo de una Iglesia ‘en salida’, misionera y al servicio de los demás. Esta resulta ser una clave pastoral que debería iluminar los próximos decenios de nuestra evangelización, especialmente en el mundo juvenil.
Durante años hemos trabajado con la pretensión de establecer planes monocordes procurando generar una comunión que raramente ha sido lograda, dado que este modo de evangelización rígida y uniforme, centrado en la organización, no logra integrar la diversidad y menos aun es capaz de vitalizar la Iglesia.
La propuesta eclesiológico-pastoral que brota de lo precedente, sin rehuir la necesidad de tener orientaciones pastorales comunes, favorece la creatividad y la corresponsabilidad en la misión común de quienes son diversos, y localiza en la misión y en el servicio los lugares donde se produce el encuentro. Esta apuesta pastoral, a nuestro entender, resulta ser mas auténtica porque justamente es capaz de reunir a los distintos en aquello que, definitivamente los interpela y los mueve. Como señaló Francisco en Panamá, es el amor silencioso de la mano tendida en el servicio y la entrega el que gesta una vital comunión. En efecto, ese amor “no se pavonea, que no la juega de pavo real, que se da a los humildes… ese es el amor que nos une a nosotros”[9].
La dinámica de una pastoral ‘en salida’ provoca a la Iglesia a buscar su unidad fuera de sí, en la misión y en el servicio. Más que recluir a la comunidad de los discípulos en la repartición de cargos, en la organización de estructuras y en el devenir de una Iglesia encerrada en su organización, la empuja a la misión y al servicio, justamente porque en estos lugares de encuentro con Cristo se produce y vitaliza la auténtica comunión de la Iglesia.
Esta la lógica presentada hace posible transitar de una Iglesia organizacional y estructuralista a una comunidad más carismática, dúctil y misionera, que vive su fe ‘en salida’ poniendo su energía en la misión y en el servicio.
La sinodalidad al servicio de la comunión eclesial y de la renovación pastoral
La Comisión Teológica Internacional, en un reciente documento, indica que la sinodalidad es “la específica forma de vivir y obrar (modus vivendi et operandi) de la Iglesia Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora”[10].
Recordemos que sinodalidad refiere a la corresponsabilidad y a la participación de todo el Pueblo de Dios en la vida y la misión de la Iglesia. Esto implica que los miembros de la Iglesia comparten la misión de evangelizar y es tarea de todos hacerse parte de ella. Ungidos por el Espíritu Santo en el bautismo, laicos y consagrados, en comunión con sus pastores y bajo la guía de Pedro son corresponsables de edificar la Iglesia y de dar vida a la misión de la misma.
Para vivir esta sinodalidad, en la lógica de una unidad diversa, resulta esencial desarrollar la capacidad de escuchar, que es más que oír, porque refiere a la “escucha recíproca en la cual cada uno tiene algo que aprender. Pueblo fiel, colegio episcopal, Obispo de Roma: uno en escucha de los otros; y todos en escucha del Espíritu Santo, el ‘Espíritu de verdad’ (Jn 14,17), para conocer lo que él ‘dice a las Iglesias’ (Ap 2,7)”[11].
La sinodalidad se presenta como un camino privilegiado para que la Iglesia se manifieste en su naturaleza una y diversa, involucrando a todas sus realidades diferentes en una dinámica común. Por tanto, no parece acertado situar la sinodalidad simplemente como un modo de organización o de gobierno, o como una causa de generación de nuevas estructuras. A nuestro parecer la sinodalidad es una forma de comprender la Iglesia que acrecienta el protagonismo de los bautizados en la misión común, que integra a los diversos no solo participando en las decisiones que le competen a la Iglesia, sino también reconociendo que lo más esencial de la sinodalidad es la corresponsabilidad en la misión de ir por todo el mundo y proclamar la buena noticia a toda criatura (cf. Mc 16, 15).
Finalmente, resulta connatural a la sinodalidad comprender a la Iglesia en la lógica ‘en salida’, porque su ser sinodal mira fuera de sí misma, a la misión y al servicio. Por ello la sinodalidad exige, más que una adecuada organización estructural, la fuerza carismática suscitada por el Espíritu que vitaliza con sus dones a los cristianos para que sean piedras vivas, fermento en la masa y sujetos activos en la evangelización.
3. La renovación de la pastoral juvenil en lógica de la comunión diversa
A continuación presentaremos algunos puntos que pueden orientar, desde la Iglesia comunión, hacia una renovación pastoral en el ámbito juvenil, en atención a fortalecer la Nueva Evangelización. Estas propuestas buscan ser solo insinuaciones fundadas en la comprensión de una Iglesia ‘en salida’ que comprende que su ser es una comunión diversa que sinodalmente busca salir de sí para volcarse en la misión y en el servicio.
Una pastoral fundada en la oración
Un rasgo esencial para la comunión eclesial y su vitalidad pastoral es la oración cultivada en los retiros, liturgias, vigilias, etc. Esa vida espiritual permite fundir el corazón de los distintos en una unidad entrañable, así como facilita que las iniciativas que surgen de la misma comunidad sean camino de encuentro con Cristo y nuevas oportunidades para una auténtica recreación de la fe. Como señaló Francisco en Panamá, “las cosas rezadas se sienten y se viven con hondura. La oración le da espesura, le da vitalidad a todo lo que hacemos. Rezando descubrimos que somos parte de una familia más grande de lo que podemos ver e imaginar. Rezando le ‘abrimos la jugada’ a la Iglesia que nos sostiene y acompaña desde el cielo, a los santos y santas que nos han marcado el camino, pero sobre todo, rezando ‘le abrimos la jugada’ a Dios para que Él pueda actuar y pueda entrar y pueda vencer”[12].
En este camino de profundización espiritual un lugar central lo ocupa la eucaristía. Siendo fuente y culmen de la vida cristiana, también es camino, en cuanto a que es el alimento de los peregrinos, anticipo de los bienes eternos y lugar donde se fragua la comunión de los diversos. Por ello, la dimensión eucarística de toda pastoral juvenil, junto con incluir la celebración de la misa, ha de ir acompañada de un itinerario que permita comprender su entrañable vínculo con la misión y el servicio, de tal forma que la comunidad reunida en torno al Señor pueda crecer como Iglesia diversa ‘en salida’.
Una pastoral más carismática que organizacional
No podemos soslayar que el reconocimiento de la diversidad y su valor en el cuerpo eclesial nos pone ante el desafío de cómo enfrentar la evangelización desde un nuevo paradigma.
Para dar respuesta a esta nueva comprensión de la comunión parece urgente transitar de los modelos organizacionales actuales, tan centrados en estructuras que dan seguridad pero que no garantizan la vitalidad evangelizadora, a modelos pastorales más carismáticos, donde se favorece que los jóvenes, acompañados por sus pastores, puedan desarrollar proyectos pastorales con estructuras livianas y dúctiles. Esto se traduce, por ejemplo, en que en una parroquia puedan existir varias formas de organización juvenil –o adultas– que desarrollen su acción según la misión que los convoca. Así, el grupo misionero será distinto que el de los catequistas y diferente al del grupo solidario.
También una pastoral más carismática que organizacional requiere de estructuras que estén a su servicio de tal forma que sean los grupos y realidades basales los verdaderos protagonistas de la acción pastoral. En pocas palabras, en la pastoral juvenil resulta especialmente urgente transitar hacia un modelo de lo que más arriba se ha denominado ‘pirámide invertida’.
Una pastoral ‘en salida’
Resulta coherente con la concepción eclesiológica enunciada reforzar la dimensión ‘extrovertida’ de la Iglesia. El leit motiv de toda pastoral es la evangelización y no la organización. Muchos modelos pastorales se insertan en una suerte de circuito ‘narciso’, inundado de cargos y burocracia, lo que conlleva un debilitamiento de su acción apostólica. No es extraño encontrar diócesis, parroquias, movimientos u otras instituciones eclesiales ‘plagadas’ de organigramas que parecieran dar cuenta de una vitalidad apostólica, pero que no son más que estructuras ‘de papel’ que lejos de favorecer la evangelización la hacen lenta y poco eficaz. A esto se suma que muchas de esas comunidades, por la comprensión enunciada, centran sus fuerzas en proveer cargos organizacionales y enfrentar las dificultades propias de quienes disputan los cargos y puestos en toda institución.
Parece una urgencia pastoral ayudar a los jóvenes a volcar sus anhelos apostólicos en desafíos, ayudándolos a orientarse hacia una fe viva, volcada a la misión y al servicio, más que a la organización eclesial.
Una pastoral integradora
La unidad diversa a la que nos refiere el Papa tiene como eje articulador el amor de Dios, que brota del Espíritu y que hace nuevas todas las cosas. Esta realidad hace posible que la comunidad juvenil se convierta en un espacio de acogida para distintos tipos de jóvenes. Justamente la capacidad que tenga esa comunidad para ser acogedora y, al mismo tiempo, variada en sus propuestas la hará naturalmente más ‘amistosa’ para diversos tipos de jóvenes y será una verdadera puerta a la vida de la Iglesia.
El anhelo de integración debe agitar a la comunidad juvenil para crear espacios diferentes de tal forma que cualquier joven que quiera vivir y celebrar su fe encuentre en la Iglesia –en esa comunidad concreta– un hogar que lo acoge y que lo ayuda a crecer en la fe; un espacio para vivir el amor y la esperanza. Como afirmó Francisco en Panamá, “abrazar la vida se manifiesta también cuando damos la bienvenida a todo lo que no es perfecto, a todo lo que no es puro ni destilado, pero por eso no es menos digno de amor”[13].
Una pastoral con identidad
En las JMJ una clave distintiva es que los diferentes grupos, movimientos y naciones poseen sellos característicos que se expresan en cantos, oraciones, formas, expresiones corporales, banderas, colores, etc. Existiendo esa distinción alegre, resulta evidente un espesor religioso común que permite comprender que en esas realidades está presente el Señor, que constituye esa diversidad en una sola comunión.
Resulta esencial que, valorando esta diversidad, la pastoral juvenil pueda trabajar fortaleciendo elementos religiosos identitarios como oraciones, cantos, vigilias, símbolos, acciones comunes, que evidencien quiénes son. Al mismo tiempo, resulta esencial fortalecer la presencia viva de los lugares de encuentro con Cristo, enunciados tan luminosamente en Aparecida[14].
La identidad católica bien trabajada se convierte, en sí misma, en una provocación que interpela a aquellos que no pertenecen a ella y, al mismo tiempo, una atracción que se vuelve impulso misionero para quienes son parte de ella.
Conclusión
Este paradigma de unidad en la diversidad interpela a las Iglesias locales. Las intenciones de lograr la unidad sobre la base de la uniformidad están en retirada. Nadie puede pretender tener el monopolio del ser Iglesia ni un estilo oficial, porque la constitución natural de la Iglesia recoge y fomenta la diferencia.
Detrás de esta convicción está la certeza de que la unidad no la da ni la forma, ni el estilo, ni la organización ni los programas pastorales, sino que lo da la fe en Jesucristo vivida en el seno da la Iglesia y en comunión con los pastores; y que por sobretodo se verifica en la misión y en el servicio. Esto permite desarrollar una mirada más amplia sobre la comunión que no pone el acento en las carencias ni en las limitaciones de los demás, sino que en la misión común de los diversos, que no se reúnen por planes u organizaciones, sino por la fe en el único Señor y por la misión que los convoca.
Extrapolado a nuestras Iglesia particulares, este modelo nos interpela. Cuando valoramos la diferencia, somos capaces de integrar a los demás porque el distinto no es una amenaza, sino una oportunidad para crecer y avanzar. Nuestras Iglesias locales, compuestas por personas y contextos muy distintos, lejos de ver estas diferencias como un peligro para la unidad deben reconocerlas como un camino y una oportunidad. Justamente, uno de los grandes dolores que vive la Iglesia, y especialmente los jóvenes, es que se sienten heridos frente a cualquier discriminación.
La Iglesia en su particularidad, y la sociedad en su conjunto, hemos de avanzar en integrar, en respetar a los distintos y a buscar los elementos que nos ayuden a crecer en la unidad más que en vivir encapsulados en aquellos que nos separan. Como Iglesia y como sociedad debemos hacer todos los esfuerzos necesarios para seguir creciendo en la integración, en el respeto a la diversidad y en la conciencia que lo legítimamente distinto no es amenaza, sino un don.
Finalmente, esto nos desafía a desarrollar procesos pastorales más en sintonía con esta comprensión que, lejos de buscar propuestas monolíticas, sean dúctiles, abiertos e integradores, de tal forma que el Pueblo de Dios tenga múltiples formas de expresar y vivir su fe.
La liturgia de la Iglesia, en los diferentes lugares del orbe, pareciera darnos cuenta paradigmáticamente de la esencia de la Iglesia al señalarnos que existen multiplicidad de ritos y formas pero que, al mismo tiempo, se celebra un solo gran misterio.
NOTAS
[1] Francisco, Discurso en ceremonia de acogida y apertura JMJ Panamá, 24 de enero de 2019.
[2] Aspectos de este punto encuentran su referencia en Roncagliolo C., Iglesia ‘en salida’. Una aproximación teológico pastoral al concepto de Iglesia en Evangelii Gaudium, en Teología y vida, Vol. LV, 2014/2, 353 s. Sin embargo, hacemos presente que en este escrito hay una mayor desarrollo del concepto de comunión diversa.
[3] Cf. J. Rigal, Descubrir la Iglesia, Salamanca, Secretariado Trinitario, 2001, 72.
[4] Cf. S. Pié-Ninot, Eclesiología. La sacramentalidad de la comunidad cristiana, Salamanca, Sígueme, 2007, 168.
[5] Cf. J. Rigal, Descubrir la Iglesia, Salamanca, Secretariado Trinitario, 2001, 72.
[6] Francisco, Discurso a los miembros de la Fraternidad católica de las comunidades y asociaciones carismáticas de alianza, Vaticano, 31 de octubre de 2014.
[7] Francisco, Discurso en ceremonia de acogida y apertura JMJ Panamá, 24 de enero de 2019.
[8] Francisco, Discurso en la conmemoración del 50 aniversario de la institución del sínodo de los obispos, Vaticano, 17 de octubre de 2015.
[9] Francisco, Discurso en ceremonia de acogida y apertura JMJ Panamá, 24 de enero de 2019.
[10] Comisión Teológica Internacional, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, en www.vatican.va., 2 de marzo de 2018, n. 6.
[11] Francisco, Discurso del Santo Padre Francisco en la conmemoración del 50 aniversario de la institución del sínodo de los obispos, 17 octubre de 2015.
[12] Francisco, Discurso en los voluntarios en la JMJ Panamá, 27 de enero de 2019.
[13] Francisco, Discurso en la vigilia con los jóvenes en el campo San Juan Pablo II, JMJ Panamá, 25 de enero de 2019.
[14] Respecto al tema de los ‘lugares de encuentro con Cristo’, Aparecida proporciona una interesante óptica, entendiéndolo como una experiencia personal —y también comunitaria— con Dios, particularmente rica y no restringida a un concepto abstracto. ¿Dónde se puede encontrar privilegiadamente a Jesús?, o en otros términos ¿cuáles son los lugares, las personas, los dones que hablan de Jesús, que ponen en comunión con él y permiten ser discípulos y misioneros suyos? De una manera prevalente, aunque no excluyente, y siguiendo la senda trazada por Ecclesia in America, la V Conferencia privilegia una serie de ‘lugares’ de encuentro del Señor con sus discípulos, teniendo como marco básico para su realización la fe recibida, la mediación de la Iglesia, ‘casa’ de los discípulos (cf. DA 246), y la búsqueda de Cristo, que no se puede reducir a algo meramente abstracto (cf. EA 12) sino que debe ampliarse valorando la experiencia personal y lo vivencial, considerando los encuentros también en cuanto estos sean significativos para la persona (cf. DA 55). Con estos presupuestos, los lugares de encuentro concitados por Aparecida son: la fe recibida en la Iglesia (cf. DA 246), la Escritura (cf. DA 247), la Liturgia (cf. DA 250), la Eucaristía (cf. DA 251), el Sacramento de la Reconciliación (cf. DA 252), la oración personal y comunitaria (cf. DA 255), la comunidad (cf. DA 256), los pobres, afligidos y enfermos (cf. DA 257), la piedad popular (cf. DA 258), la Virgen María (cf. DA 270) y la devoción a los apóstoles y santos (cf. DA 273) (Cf. C. Roncagliolo, El discipulado en Aparecida. Estudio de un tema central en la V Conferencia, Credo-Ediciones, Saarbrücken, Alemania, 2013, p. 75s).

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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