La Teología de la Ternura hoy – Mons. Carlo Rocchetta

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La Teología de la Ternura hoy[1]

Mons. Carlo Rocchetta[2]

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Cada intervención en este volumen es como una piedra de un gran mosaico. Un dato fundamental resulta inmediatamente evidente: el término «ternura» -junto con el de misericordia- asume en el papa Bergoglio un significado holístico, total y totalizante, y puede convertirse -como un cambio de paradigma- en una clave de lectura del conjunto de su pensamiento para una forma renovada de proclamar el mensaje cristiano. Según la visión global de Francisco, la virtud de la ternura representa el “evangelio” de nuestro tiempo. La teología está llamada a dar forma a este “evangelio”. Así lo señaló desde el principio del discurso programático pronunciado el 13 de septiembre de 2018 con ocasión de la audiencia especial concedida al Centro Familiar “Casa de la Ternura”:
«Teología y ternura parecen dos palabras distantes: la primera parece recordar el contexto académico, la segunda las relaciones interpersonales. En realidad, nuestra fe las vincula inextricablemente. La teología, de hecho, no puede ser abstracta —si fuera abstracta sería ideología— porque surge de un conocimiento existencial, nacido del encuentro con el Verbo hecho carne. La teología está llamada, pues, a comunicar la concreción del Dios amor. Y la ternura es un buen “existencial concreto”, para traducir en nuestros tiempos el afecto que el Señor nutre por nosotros. Hoy, efectivamente, nos concentramos menos que en el pasado en el concepto o en la praxis y más en el “sentir”. Puede no gustar, pero es un hecho: se empieza de lo que sentimos. La teología ciertamente no puede reducirse al sentimiento, pero tampoco puede ignorar que, en muchas partes del mundo, el enfoque de cuestiones vitales ya no parte de las últimas cuestiones o de las demandas sociales, sino de lo que la persona advierte emocionalmente. La teología está llamada a acompañar esta búsqueda existencial, aportando la luz que proviene de la Palabra de Dios. Y una buena teología de la ternura puede enunciar la caridad divina en este sentido. Es posible, porque el amor de Dios no es un principio general abstracto, sino personal y concreto, que el Espíritu Santo comunica íntimamente. Él, en efecto, alcanza y transforma los sentimientos y pensamientos del hombre».[3]
Es evidente que el enfoque del Santo Padre es radicalmente existencial. La ruta es clara:
  • Comienza desde la ternura como “sentimiento” inscrito en nosotros y como exigencia fundamental para la Iglesia de hoy,
  • propone releer la ternura a la luz de la Palabra de Dios que se hizo carne en Jesús de Nazaret,
  • y llega a verla como una virtud de todo bautizado inhabitado por el don del Espíritu Santo.
Así, va del sentimiento natural de ternura a la virtud de la ternura, entendida como expresión de la caridad teologal infundida en nosotros. Es un camino que la teología debe ser capaz de retomar, estructurar en forma orgánica y presentarlo como evangelio de nuestro tiempo. Eso es lo que intentaremos hacer en seis pasos esenciales:
1. El fundamento antropológico de la teología de la ternura.
2. La teología de la ternura a la luz de la revelación bíblica.
3. Jesús de Nazaret: paradigma decisivo de la teología de la ternura.
4. La teología de la ternura, origen y forma modeladora de la Iglesia.
5. La familia, comunidad de la ternura de Dios en la historia.
6.  De la teología de la ternura a la praxis de la ternura.
1. Fundamento antropológico de la teología de la ternura
Detrás del uso de la categoría de «ternura» en el Papa Francisco hay una antropología opuesta a la hegemonía moderna de la razón, con la recuperación del papel decisivo que le corresponde al corazón. Durante siglos, la sensibilidad afectiva y, por lo tanto, la ternura, han sido exiliadas del palacio del conocimiento como un saber meramente subjetivo, emocional y a-científico. En esta cultura, el hombre no se entiende a sí mismo con la naturaleza y con los demás, sino por sobre la naturaleza y sobre los demás, en una posición de dominio indiscutible.
La encíclica Laudato si’, se opone a este tipo de cultura, ofreciéndose como un verdadero tratado de ecología con rostro humano o, mejor aún, como un tratado de eco-ternura[4]. Es, precisamente refiriéndose a san Francisco, que el Papa nos permite vislumbrar cómo no se trata solo de estudiar el medioambiente (eco-logía), sino de amarlo y cuidarlo (eco-ternura), sabiendo ver en cada realidad creada un hermano y una hermana, como san Francisco, hasta el punto de proporcionar una lectura cristocéntrica-sacramental de todo el cosmos.[5]
«Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros. El suelo, el agua, las montañas, todo es caricia de Dios. […] Dios ha escrito un libro precioso, “cuyas letras son la multitud de criaturas presentes en el universo” […] El conjunto del universo, con sus múltiples relaciones, muestra mejor la inagotable riqueza de Dios. […] Así lo enseña el Catecismo: “La interdependencia de las criaturas es querida por Dios. El sol y la luna, el cedro y la florecilla, el águila y el gorrión, las innumerables diversidades y desigualdades significan que ninguna criatura se basta a sí misma, que no existen sino en dependencia unas de otras, para complementarse y servirse mutuamente”».[6]
La clave de lectura de la teología de la ternura de Francisco invierte la lógica de la Ilustración, dominada por el triunfalismo de la racionalidad científico-técnica y burocrática, y abre opciones y estilos de vida bajo la bandera de la aceptación, el don y el compartir evangélico. Así pues, si el protagonismo de la razón ha terminado por llevar a un reconocimiento erróneo de quien está a mi lado y a considerarlo como un potencial enemigo, la primacía de la ternura lleva a acoger a todos los demás en mí como huéspedes a quienes amar y servir, pasando del hostis al hospes.
La razón no puede ser el único criterio; debe reconocer sus propios límites y dar espacio al sentimiento de la ternura; de lo contrario, la violencia en todas sus formas –físicas, psicológicas, sociales, morales– avanzará como una marea abrumadora, llegando incluso al punto de encontrar a quienes la justifiquen como un “mal necesario”. Si el cogito cartesiano terminaba reduciéndolo todo al principio del pensamiento (cogito, ergo sum), la teología bergogliana incluye un replanteamiento radical de ese principio; y esto al menos en cuatro niveles de desarrollo:
  • “sentir”,
  • “sentir” como “sentirse amado”,
  • “sentir” como “sentir que podemos amar”,
  • “sentir” como adoración.
1.1 “Sentir”
Desde su discurso del 13 de septiembre de 2018, Francisco insiste en la recuperación del “sentir” como punto de partida de la teología: «la belleza de sentirnos amados por Dios y la belleza de sentir que amamos en nombre de Dios»[7]. En este dato se encuentra el rasgo que caracteriza la noción de ternura con respecto a aquella de amor: la ternura es el páthos del amor, la sensibilidad afectiva, la atención amorosa. No es solo el logos la razón que hace plena la comprensión de la vida humana, sino el páthos, la capacidad de sentir y de dejarse involucrarse por el sentimiento de afecto. Obviamente no se trata de descuidar el papel de la razón o de oponer la razón y el corazón, sino de afirmar -con Pascal- que el corazón conoce, y conoce órdenes de la realidad a las que la razón sola no puede alcanzar[8]. Todo esto es particularmente cierto en el Absoluto de Dios: «Es el corazón quien siente a Dios, no la razón. Y esto es lo que es la fe: Dios sensible al corazón, no a la razón».[9]
El sentimiento de la ternura es con-sentir y, por lo tanto, un sentimiento en una dimensión de com-pasión y un entrar en co-munión con la alteridad; no es solo una experiencia vivida, sino también con-vivida.
1.2 “Sentir” como “sentirse amado”
El sentir no es un fin en sí mismo; se refiere a un amor recibido, a un «sentirse de amado».
«Sentirse amado. Es un mensaje que nos ha llegado más fuerte en los últimos tiempos: del Sagrado Corazón, del Jesús misericordioso, de la misericordia como propiedad esencial de la Trinidad y de la vida cristiana. […] La ternura nos revela, junto al rostro paterno, el rostro materno de Dios, de un Dios enamorado del hombre, que nos ama con un amor infinitamente más grande que el de una madre por su propio hijo (cf. Is 49,15)».[10]
El cogito, ergo sum se invierte en el diligor, ergo sum. Es cuando se es amado que uno se vuelve capaz de responder al amor con amor. Y aunque no tuviéramos el don o la alegría de sentirse amado o se experimentara la desilusión de la traición, el evangelio de la ternura nos anuncia que nunca estamos solos, que Dios es Padre y Madre, Esposo y Amante fiel, que su ternura se extiende a toda criatura y que todos somos amados por un Amor personal e indestructible: «Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me acogerá» (Sal 27,10). «El Señor es bueno con todas, su ternura se extiende a todas las criaturas» (Sal 145,9).
1.3 “Sentir” como “sentir que podemos amar”
El diligor sigue al diligo, ergo sum: soy amado y por eso amo[11]. Entonces, ¿qué es la ternura? Es la alegría de sentirse amado y de amar. Así, si el solipsismo cartesiano verifica al ser solo en el pensamiento, la concepción bergogliana fundamenta el ser en el amor, superando el principio epistémico que ha guiado gran parte de la filosofía occidental. El ser es inseparable del amor.
«Sentir que podemos amar. Cuando el hombre se siente verdaderamente amado, se siente inclinado a amar. Por otro lado, si Dios es ternura infinita, también el hombre, creado a su imagen, es capaz de ternura. La ternura, entonces, lejos de reducirse al sentimentalismo, es el primer paso para superar el replegarse en uno mismo, para salir del egocentrismo que desfigura la libertad humana. La ternura de Dios nos lleva a entender que el amor es el significado de la vida. Comprendemos, por lo tanto, que la raíz de nuestra libertad nunca es autorreferencial».[12]
El amor representa el acto de surgir de todo nacimiento, así como el acto de la realización personal y de construcción del mundo. Es una educación al amor que, en el Papa Francisco, presupone un camino concreto que va desde salir de sí mismo para ponerse a disposición de los demás y hacerse cargo de ellos, hasta entregarse gratuitamente a sí mismo. La ternura cristiana coincide con estos actos originarios: a una cultura sin corazón, contrapone una cultura del corazón, en la conciencia de que solo así el mundo se hace humano y se hace vivible. En una sociedad donde «todo está para ser comprado, poseído o consumido; también las personas. La ternura, en cambio, es una manifestación de este amor que se libera del deseo de la posesión egoísta. Nos lleva a vibrar ante una persona con un inmenso respeto y con un cierto temor de hacerle daño o de quitarle su libertad» (AL 127).
La ternura es «sentirse amado, por lo tanto, significa aprender a confiar en Dios, a decirle, como quiere: “Jesús, confío en ti”».[13]
1.4 “Sentir” como adoración
La ternura, por tanto, según el Santo Padre, es “un sentimiento afectivo” en una perspectiva vertical: sentirse amado por Dios y sentir que amamos a Dios. El creyente está llamado a darse cuenta de que su ternura es solo un reflejo imperfecto, aunque extraordinario, de la inmensa ternura de Dios y que se lo agradece. «Ternura es decir gracias con la vida: y agradecer es alegría, porque es humilde reconocimiento de ser amado»[14]. De este modo nace un camino consecuente que, del amor recibido y dado, conduce a la adoración y que recíprocamente desemboca en un intercambio de amor hacia los demás y hacia el Altísimo. El diligo, ergo sum, se traduce, en consecuencia, en la formulación querida por Gertrud von Le Fort: Adoro, ergo sum.
En un discurso pronunciado en la Basílica de San Pablo de Extramuros el 14 de abril de 2013, comentando el pasaje del Apocalipsis de 5,11-14, Francisco se preguntó: «¿Qué significa adorar a Dios?» Y respondió: «Significa aprender a estar con Él, […] sintiendo que su presencia es la más verdadera, la mejor, la más importante de todas». Se trata de redescubrir, en otras palabras, la suprema adoración de Dios. «Adorar al Señor quiere decir darle a él el lugar que le corresponde; adorar al Señor quiere decir afirmar, creer –pero no simplemente de palabra– que únicamente él guía verdaderamente nuestra vida; adorar al Señor quiere decir que estamos convencidos ante él de que es el único Dios, el Dios de nuestra vida, el Dios de nuestra historia».[15]
Y ese es el estupor transfigurador de la fe: una respuesta al «fulgor» de la gloria Dei revelada en el rostro de Jesucristo, aclamación llena de admiración por las «maravillas de Dios» que se despliegan en el hoy de la Iglesia. Que de esta adoración brote un nuevo sentimiento, el sentimiento de alegría que llega a transfigurar toda la vida, llenándola de afecto, semejante a la de un niño en brazos de su madre o a la del canto de los pájaros en el cielo.[16]
2. Teología de la ternura a la luz de la revelación bíblica
Los cuatro pasajes indicados suponen el redescubrimiento bíblico del rostro de Dios como infinita ternura amante. Desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento, la Escritura nos da testimonio de un Dios atento a la humanidad y “apasionado” por los suyos: es el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, el Dios de Moisés, el Dios de Jesucristo, no el Dios de los filósofos o de los sabios, como diría Pascal[17]. El Dios de la revelación judeocristiana no es un Dios apático o indiferente; es un Dios con nosotros (Yo Soy) presente activamente para su pueblo y con su pueblo. Ya la autodefinición enunciada en Horeb: «Yo soy el que soy» (ʼehyeh ʼašér ʼehyeh; Ex 3,14) da testimonio de este rostro de Dios. De hecho, la calificación no debe ser leída en un sentido ontológico (una perspectiva ajena a la mentalidad bíblica), sino como la manifestación de un estar del Señor, un Dios-que-está-para-su-pueblo. M. Buber traduce la expresión hebrea con la dicción: «Yo seré aquí aquel el que será aquí». A este rostro de Dios, de diferentes formas y con diferentes acentuaciones, se refiere continuamente Francisco, invitándonos a ver el rostro de Dios en su realidad aparentemente paradójica: el Señor es el Totalmente-Otro, el Inefable, no representable en ninguna figura terrena y no identificable con ningún ídolo[18] y, sin embargo, Él es el Misericordioso, el Dios-con-nosotros[19], que se hace presente y se interesa por el destino de su pueblo.[20]
«La ternura puede indicar precisamente nuestra forma de recibir hoy la misericordia divina. La ternura nos revela, junto al rostro paterno, el rostro materno de Dios, de un Dios enamorado del hombre, que nos ama con un amor infinitamente más grande que el de una madre por su propio hijo (cf. Is 49,15). Pase lo que pase, hagamos lo que hagamos, estamos seguros de que Dios está cerca, compasivo, listo para conmoverse por nosotros. La ternura es una palabra beneficiosa, es el antídoto contra el miedo con respecto a Dios».[21]
En este sentido van las metáforas bíblicas de la ternura: un Dios-Padre que abraza a sus hijos con afecto y los acerca a su mejilla; un Dios-Madre que siente que su hijo se mueve en su vientre y se conmueve por él; un Dios-Pastor que cuida del rebaño y de cada una de las ovejas; un Dios-Médico que cura y sana las heridas del pueblo. Esta referencia a la Sagrada Escritura es esencial para una correcta teología de la ternura como teología encarnada capaz de proponer el afecto de Dios por sus criaturas.
«La teología, de hecho, no puede ser abstracta —si fuera abstracta sería ideología— porque surge de un conocimiento existencial, nacido del encuentro con el Verbo hecho carne. La teología está llamada, pues, a comunicar la concreción del Dios amor. Y la ternura es un buen “existencial concreto”, para traducir en nuestros tiempos el afecto que el Señor nutre por nosotros».[22]
La ternura de Dios no se reduce a una idea, sino que constituye una realidad viva, el origen de una relación yo-tú, más viva que cualquier otra realidad. La Biblia es, de principio a fin, el testimonio de esta ternura. La raíz rḥm, con sus derivados, retorna al Antiguo Testamento 131 veces: 25 en los salmos, 17 en Isaías, 17 en Jeremías y en menor medida en otros libros. El Papa Francisco continuamente se refiere a textos bíblicos que proclaman la ternura de Dios, incluyendo: Salmo 103,13-14; 131,2; 27,10; Os 11,1.3-4; Is 49,14-16; 63,15-16; 66,12b-13. Estos son pasajes en los que la trascendencia de Dios se combina admirablemente con la inmanencia de su amor misericordioso[23] y con su ternura sin límites.[24]
El término correspondiente a rḥm en el Nuevo Testamento es splanchnízomai, un verbo que también es frecuente para designar la ternura de Jesús hacia los últimos. La com-pasión es el sentimiento que Jesús revela frente a todas las categorías de sufrientes[25]. El Papa Francisco se refiere repetidamente a la compasión de Jesús para indicar la ternura del Maestro, su cercanía a los marginados, a los indefensos y a todos aquellos que se encontraban en una situación de enfermedad, dificultad o necesidad. La suya es una ternura de com-pasión, de participación profunda, empática, respecto de las vivencias de sus interlocutores. No es en absoluto un relacionarse frío o distante.
Un icono ejemplar de esta actitud es la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37). Las diez acciones del samaritano resumen el sentido mismo de la ternura evangélica: «Lo vio». «Tuvo compasión por él». «Se le acercó». «Le vendó las heridas». «Les echó aceite y vino». «Lo cargó sobre su propia cabalgadura». «Lo llevó a una posada». «Cuidó de él». «Sacó dos denarios». «Te reembolsaré los gastos a mi regreso». Son acciones que expresan una participación viva y afectiva, un modo de amar completo que la Iglesia está llamada a hacer propia. Según el Papa, la Iglesia debe acercarse a cada herido con la misma actitud que el buen samaritano[26].
El Papa Francisco habla muchas veces de la mirada de Jesús, esperando poder ver la realidad tal como él la ve (AL 3): «Él miró a las mujeres y a los hombres con los que se encontró con amor y ternura» (AL 60); «Iluminada por la mirada de Jesucristo, mira con amor a quienes participan en su vida» (AL 291); «Jesús era un modelo porque, cuando alguien se acercaba a conversar con él, detenía su mirada, miraba con amor (cf. Mc 10,21)» (AL 323).
Al fin y al cabo, para el Papa Francisco, todos los actos de Jesucristo no deben ser entendidos solo o simplemente como anécdotas o buenos ejemplos, sino como las encarnaciones históricas de la ternura de Dios: una epifanía visible del corazón amante invisible de Dios-Trinidad de Amor.
3. Jesús de Nazaret: paradigma decisivo de la teología de la ternura
La teología de la ternura es al mismo tiempo una cristología de la ternura. De hecho, el contenido evangélico del amor tierno, más que moral es “teológico”: encuentra su origen en la singularidad del acontecimiento único del Crucificado resucitado y en el misterio fontal de la Trinidad, y se realiza completamente solo en estrecha relación con el don de la vida nueva entregada por el Padre en el Unigénito Encarnado y en la efusión de su Espíritu. Decir «teología de la ternura» significa, por tanto, considerar que la ternura, aunque arraigada como un sentimiento en nuestras facultades, está llamada a realizarse como un don de lo alto en correspondencia con el acontecimiento pascual y el mandamiento del amor; un don de lo alto que no solo no destruye, sino que supone, purifica y lleva a la plenitud la vocación a la ternura contenida en el corazón humano. En efecto, el Hijo de Dios, encarnándose, no destruye lo humano, sino que lo transfigura y lo eleva, orientándolo a las alturas más sublimes.
Según Francisco, hay dos fundamentos objetivos de la cristología de la ternura: la Encarnación y el Misterio Pascual de Jesús. Con el acontecimiento de Jesús de Nazaret se manifiesta el Deus absconditus y se nos enseña cómo el Todopoderoso se hace cercano a la humanidad, con una ternura absolutamente concreta, universal y personal, modelo y forma de toda ternura. La kénōsis del Logos que se hace carne y se cumple en la muerte de Jesús en la cruz expresa toda la paradoja de la ternura como «fuerza del amor humilde», fuerza que vence al mal con el bien. Y esta es la novedad del Dios de la fe: el Dios de las religiones -y en parte del judaísmo- es un Dios que se impone con el ímpetu visible de su «brazo poderoso y extendido», infundiendo «temor y temblor». El Dios de la revelación cristiana, por el contrario, se revela escondiéndose, en una forma tan humana que asume sobre sí mismo la “carne” del mundo y el abismo mismo de la muerte. Belén y Nazaret, Jerusalén y el Gólgota representan un acontecimiento de absoluta novedad en la historia de la auto-revelación de Dios a la humanidad; un acontecimiento de gracia cuya única razón es el amor de benevolencia, la ternura. La encarnación encuentra su culmen en el Crucificado, que extiende sus brazos en un gran gesto de acogida perdonante.
3.1 La ternura de Dios es una ternura encarnada
El Nuevo Testamento lleva a la plenitud la revelación bíblica del Dios-con-nosotros, hasta la condescendencia (kathabasis) de la encarnación. La Divina Ternura se revela como una ternura en-carnada, una ternura que se hace “carne” en la historia humana, asumiéndola y convirtiéndose en el principio de la transfiguración de todo el género humano. Una ternura concreta e histórica.
Ya este simple hecho muestra cómo la ternura de Dios no se nos presenta como un sentimentalismo vacío o más o menos edulcorado, sino como un modo de ser y de hacerse cargo de la condición humana para salvarla y hacerla partícipe de su propio ser de Dios-Trinidad-de-Amor. Las contundentes afirmaciones del Papa Francisco van en esta dirección: «El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura» (EG 88); «Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes» (EG 288).
La expresión “revolución de la ternura” está ligada a la venida de Dios en una naturaleza humana como la nuestra, principio de transfiguración de la humanidad y del mundo (EG 88; 288). Este fundamento es objetivo, sustrae a la ternura de toda arbitrariedad y dirige la historia humana hacia una “revolución” orientada a cambiar el mundo desde dentro. Tal es la ternura de Jesús: no se trata simplemente de un gesto aislado (ternura-como-tener), sino de un acontecimiento que condensa toda su experiencia (ternura-como-ser), y que se proyecta en la cruz como futuro de la ternura crucificada. La cruz revela que la ternura solo puede lograrse como una oblación existencial de sí mismo en respuesta al plan de Dios, entrega por amor no solo de lo que se tiene, sino de lo que se es. Jesús salva al mundo abriéndose al don total de sí mismo.
3.2 La cruz: revelación de la metafísica trinitaria
La muerte de Cristo en la cruz, «escándalo» y «locura»[27], es la expresión suprema de la ternura de Dios-Trinidad. La teología de la ternura se presenta, por tanto, como la teología del corazón amante de Dios y del corazón traspasado de Jesús en la cruz. Dios se revela en una dimensión diametralmente opuesta a la que se esperaría: se revela sumergiéndose en la condición humana, y no dominándola desde fuera; en una dimensión de humillación y muerte, y no en la majestad de su gloria y poder infinito. Ahora bien, la cruz es comprensible solo en la lógica del don y del abandono (abandono=dejar lo que se tiene que hacer don de lo que se es), como un acontecimiento de pietas y de dilección amante, de “debilidad” que se transforma en fuerza de salvación para todos. Como dijo el Santo Padre: «La Cruz es el sello de la ternura divina, que proviene de las llagas del Señor. Sus heridas visibles son las ventanas que abren su amor invisible».[28]
La cruz es como una ventana abierta que des-vela la “metafísica” misma del ser de Dios y de su eterna comunión trinitaria; ella proclama en la acción cómo existe en Dios-Trinidad una recíproca y eterna entrega, de don, acogida y compartir. La entrega del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, del Padre y del Hijo al Espíritu y del Espíritu al Padre y al Hijo es, de hecho, desde la eternidad y para la eternidad, una entrega de acogida, de don, de compartir. Tal entrega mutua es la que constituye a las personas divinas como distintas unas de otras en la identidad del único Dios. De este modo, la cruz revela la ternura dadora del Padre, la ternura acogedora del Hijo, la ternura que comparte del Espíritu Santo.
La cruz proclama que la última palabra de Dios no es una palabra de condena, sino de ternura misericordiosa y de amor gratuito; esta es la palabra que inaugura el tiempo de la Iglesia y dice su forma; de ella brota la ternura de los cristianos, que los hace -por la gracia- “memoria inquieta” y “profecía viva” de una nueva manera de concebir la vida, liberándolos de la lógica del poder y de la dominación y colocándolos en aquella de la gratuidad y del servicio. Es gracias a la theologia crucis que surge la theologia teneritiae y si conoce su contenido real. Con la cruz, el Hijo de Dios se sumerge personalmente en la muerte, lo que le permite redimirla y dar inicio a la nueva condición de hijos de Dios.
3.3 La ternura de Dios como un abrazo que nos revela a nosotros mismos
El Crucificado no solo revela a Dios-Trinidad al hombre, sino que también le revela el hombre al hombre y le manifiesta su más alta vocación (GS 22). «Si Dios es ternura infinita, también el hombre, creado a su imagen, es capaz de ternura. La ternura, entonces, lejos de reducirse al sentimentalismo, es el primer paso para superar el replegarse en uno mismo, para salir del egocentrismo que desfigura la libertad humana. La ternura de Dios nos lleva a entender que el amor es el sentido de la vida».[29]
La cruz proclama esta identidad de la criatura humana, dice que somos seres de relación, creados a imagen de Dios-Trinidad-de-Amor: venimos del abrazo eterno de Dios-Trinidad, vivimos de este abrazo y nos dirigimos al abrazo de Dios-Trinidad. Como tales, somos seres formados para abrazar y ser abrazados, hasta el punto de que solo así nos hacemos capaces de construir nuestra verdadera humanidad y de construir una familia humana respetuosa de nuestra identidad más elevada. La ternura es el don del abrazo de la cruz y la capacidad de abrazar a cada hermano y hermana. No es casualidad que el número 27 de Amoris laetitia se titule “La ternura del abrazo”, y Francisco habla continuamente del abrazo de Dios dirigido a todos nosotros. El gesto del abrazo es también habitual en él cuando cita los textos bíblicos:
«Mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre» (Sal 131,2).
«Cuando Israel era niño, yo lo amé […] le enseñé a caminar tomándolo por los brazos […] Con cuerdas de bondad los atraía, con lazos de amor, era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer» (Os 11, 1.3-4).
No es baladí notar cómo la figura física de la cruz alude a la forma física del cuerpo humano. Según un antiguo oráculo[30], Dios pudo recostarse en la cruz porque el Hijo de Dios asumió un cuerpo humano que, a diferencia del de los animales, es capaz de “estar de pie y extender sus manos”[31]. La figura de la cruz presupone ser levantado en lo alto, con la mirada dirigida al cielo, y requiere abrir los brazos, como signo de acogida. La muerte en la cruz del Hijo de Dios hecho hombre representa una de las novedades más significativas de la fe cristiana en comparación con cualquier otra religión. Buda es representado como los brazos sobre el vientre y con las piernas cruzadas, el rostro inmóvil. El Hatha yoga enseña a controlar el cuerpo, enfocando la atención en la pelvis y la columna vertebral, en una posición replegada sobre sí misma (asana). Mahoma murió después de los sesenta años, mientras planeaba guerras contra Persia y señalaba con el dedo a los infieles (la yihad, la guerra santa).
Jesús crucificado muere de pie, con los brazos abiertos para acoger a toda la humanidad y con la mirada hacia lo alto, en una auto-donación activa al Padre, perdonando a los verdugos y asegurando al ladrón arrepentido: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). A la luz de la cruz, la ternura de Dios dice que somos seres de ternura en una doble perspectiva: horizontal y vertical, correspondiente a la misma figura física de nuestra corporeidad. Nuestro cuerpo, en su forma, proclama una existencia de relacionalidad horizontal, expresada por los brazos y las manos, y de relacionalidad vertical significada por la figura erguida del cuerpo y el rostro. Y, si bien es cierto que la corporeidad constituye la razón de ser de la individualidad de cada persona, representa al mismo tiempo la razón de ser, el signo y el atractivo de una “existencia con” y una “existencia para”, en una dimensión de superación perenne de sí mismo hacia el Absoluto.
La cruz nos revela a nosotros mismos. La perspectiva horizontal, según el Papa Francisco, supone que la ternura se convierta en el paradigma de todo amor. La perspectiva vertical implica la conciencia de que la ternura viene de Dios-Ternura, que orienta hacia Él y se realiza como su don espléndido.
4. La teología de la ternura, forma modeladora de la Iglesia.
A la forma de la cruz, se asocia la revelación del misterio de Dios-Trinidad-de-Amor, así como de la cruz nace la Iglesia, comunidad unida en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu (LG 9). De ese corazón abierto brota la Iglesia, comunidad de ternura y semilla del Reino de Dios en la historia. Así, a la theologia crucis se une la ecclesia crucis: una Iglesia que, emanando de la cruz, se configura con ella y está atenta a renovarse en el Espíritu, humilde en el servicio y totalmente confiada a la gracia misericordiosa de su Señor.
Para la Iglesia, vivir su propia identidad significa dejarse moldear por el “Evangelio de la ternura” y crecer en su discernimiento amante. Según la denuncia del Papa, la Iglesia de la ternura rechaza toda forma de mundanidad espiritual oculta tras una aparente religiosidad o neo-fariseísmo. Ella se opone a dos visiones erróneas, profundamente vinculadas entre sí:
  • la visión neo-gnóstica de la fe, interesada solo en «razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos»;
  • la visión neo-pelagiana de la fe, que se basa únicamente en sus propias fuerzas y se basa en «una supuesta seguridad doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar» (EG 94).
La denuncia de Francisco se refiere al inmanentismo antropocéntrico, donde no se mira tanto el mensaje evangélico, sino a sí mismo. «En ambos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente. […] No es posible imaginar que de estas formas desvirtuadas de cristianismo pueda brotar un auténtico dinamismo evangelizador» (EG 94).
Y no son los únicos peligros. La tentación de una “Iglesia elitista, narcisista y autoritaria” permanece siempre.
«Hay que evitar [esta corrupción] poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el Evangelio!» (EG 97).
5. La familia, comunidad de la ternura de Dios en la historia
La misma familia, pequeña Iglesia en la gran Iglesia, se revela como la comunidad de ternura en la historia, icono de Dios-Trinidad-de-Amor. Según el Papa Francisco, la virtud de la ternura es el alma del amor conyugal y familiar: «En el horizonte del amor, central en la experiencia cristiana del matrimonio y de la familia, se destaca también otra virtud, algo ignorada en estos tiempos de relaciones frenéticas y superficiales: la ternura» (AL 28).
Amoris Laetitia cuida de conectar la comunidad familiar con el misterio de Dios-Trinidad-de- Amor: una comunidad creada a imagen de Dios (AL 10-12). Y tal es misión que manifiesta la revelación. «La Palabra de Dios confía en las manos del varón, de la mujer y de los hijos para que conformen una comunión de personas que sea imagen de la unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo» (AL 29). Añade más tarde:
«En la familia, “que se podría llamar iglesia doméstica”, madura la primera experiencia eclesial de la comunión entre personas, en la que se refleja, por gracia, el misterio de la Santa Trinidad». (AL 86)
«El matrimonio es la imagen del amor de Dios por nosotros. También Dios, en efecto, es comunión: las tres Personas del Padre, Hijo y Espíritu Santo viven desde siempre y para siempre en unidad perfecta». (AL 121)
Esta es una perspectiva que merece un estudio teológico específico y sobre la cual la Amoris Laetitia ofrece muchas ideas. El Dios en quien creemos no es un solitario, sino una Comunión de Tres-que-son-Uno.
Desde este punto de vista, el monoteísmo cristiano es radicalmente diferente del monoteísmo judío o islámico: el único Dios en el que creemos no es un Yo-Solo, sino un Yo-Nosotros, un Dios-comunión, desde la eternidad y para la eternidad. Tres personas, un único y mismo Dios-Amor (1Jn 4,8.16).
Los dos, hombre y mujer son creados a imagen y semejanza de la Uno-Trinidad de Dios. La familia es el reflejo vivo de este misterio. Fue un gran mérito de Juan Pablo II haber destacado esta analogía trinitaria, a pesar de la posición adversa de Agustín y Tomás[32]. «A la luz del Nuevo Testamento es posible descubrir que el modelo originario de la familia hay que buscarlo en Dios mismo, en el misterio trinitario de su vida. El “Nosotros” divino constituye el modelo eterno del “nosotros” humano; ante todo, de aquel “nosotros” que está formado por el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza divina»[33].
El “nosotros” humano, hombre y mujer, están llamados a abrirse al tercero entre ellos y representan, como tales, la manifestación más perfecta -en nuestra condición histórica- de la comunión trinitaria. El Papa Francisco lo explica, citando al mismo Juan Pablo II:
«La relación fecunda de la pareja se vuelve una imagen para descubrir y describir el misterio de Dios, fundamental en la visión cristiana de la Trinidad que contempla en Dios al Padre, al Hijo y al Espíritu de amor. El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente. Nos iluminan las palabras de san Juan Pablo II: “Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo”». (AL 11)
Ya en el plano creatural, la comunidad conyugal representa el máximo reflejo de la eterna comunión trinitaria: brota, como de la fuente, de Dios-Trinidad-de-Amor, está moldeada en Dios-Trinidad-de-Amor y se dirige hacia la bienaventuranza de Dios-Trinidad-de-Amor. En esto radica la grandeza absoluta de cada comunidad familiar.
El sacramento del matrimonio lleva a su plenitud esta imago Dei, haciendo a los esposos partícipes del ser mismo de Dios, con una participación nueva, que completa y perfecciona la imagen trinitaria ya impresa en ellos a nivel natural, y da a la comunión de los esposos una nueva efusión de gracia, convirtiéndola en morada viva de Dios-Trinidad, donde los padres son los primeros maestros de fe para sus hijos. En virtud del sacramento del matrimonio, de hecho, la familia cristiana no es solo un ícono exterior de la Trinidad, sino que la Trinidad habita en ella en una forma real y misteriosa que solo la fe permite captar. El modelo trinitario no se queda fuera de su imagen, sino que se hace presente dentro de ella. Esa es la familia, el ícono y la morada de Dios-Trinidad.
«El matrimonio es un signo precioso, porque cuando un hombre y una mujer celebran el sacramento del matrimonio, Dios, por decirlo así, se “refleja” en ellos, imprime en ellos los propios rasgos y el carácter indeleble de su amor. El matrimonio es la imagen del amor de Dios por nosotros. También Dios, en efecto, es comunión: las tres Personas del Padre, Hijo y Espíritu Santo viven desde siempre y para siempre en unidad perfecta. Y es precisamente este el misterio del matrimonio: Dios hace de los dos esposos una sola existencia». (AL 121)
El Espíritu Santo se da a los esposos para que puedan, junto con sus hijos, edificarse en relación según el modelo trinitario[34]. En efecto, el Espíritu es el Amor-comunión que, en el eterno intercambio entre el Padre y el Hijo, cierra el círculo de la unidad trinitaria: el Padre es el eterno-Amante, el Hijo es el eterno-Amado, el Espíritu el eterno-Amor común al Padre y al Hijo[35]. «El Espíritu Santo -explicaba ya el mismo Agustín- nos hace pensar en el Amor común con el que el Padre y el Hijo se aman»[36]. “Amor común”, el Espíritu Santo es la Persona-comunión que actúa la plenitud del Uno-Nosotros trinitario en la familia. El “soplo del Espíritu”, que anima permanentemente a la Iglesia, es capaz de orientar a la familia en esta dirección, pero requiere que los esposos estén abiertos a su acción y lo dejen obrar en sus corazones. «En la familia la ternura es el vínculo que une a los padres entre ellos y a estos con los hijos. Ternura quiere decir dar con alegría y suscitar en el otro el gozo de sentirse amado. Se expresa, en particular, al dirigirse con atención exquisita a los límites del otro […] La ternura en las relaciones familiares es la virtud cotidiana que ayuda a superar los conflictos interiores y de relaciones» (Relatio finalis 2015, 88; AL 323).
Este es, pues, el horizonte teológico-bíblico de Amoris Laetitia que funda la comunidad familiar como morada de Dios-Ternura y su propia espiritualidad. «Siempre hemos hablado de la inhabitación divina en el corazón de la persona que vive en gracia. Hoy podemos decir también que la Trinidad está presente en el templo de la comunión matrimonial» (AL 314).
En todo sentido, la familia aparece en Amoris Laetitia como la comunidad de la ternura de Dios-Trinidad-de-Amor en la historia, llamada a convertirse en signo vivo y lugar primario de la ternura para todo ser que viene a este mundo. Hablar de “comunidad de ternura” significa referirse a esta percepción y proclamar a la familia como un proyecto de ternura que hay que construir día a día, situado entre el “ya” y el “todavía no”: un proyecto ya dado por la gracia, pero que hay que buscar diariamente.
Una teología que supone la recuperación de la profunda analogía entre la familia de Nazaret y cada familia, «con su cotidianeidad hecha de cansancios y hasta de pesadillas, como cuando tuvo que sufrir la incomprensible violencia de Herodes, experiencia que se repite trágicamente todavía hoy en tantas familias de prófugos desechados e inermes» (AL 30).[37]
A partir de ahora, la pastoral familiar ya no podrá ignorar la teología trinitaria de la familia. La perspectiva debe convertirse en el contenido básico de toda evangelización, ya que dice la belleza absoluta de la comunidad nupcial y de su propia espiritualidad. La familia brota de la unidad del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo y se inspira en esa unidad, de la que reproduce los rasgos típicos: nupcialidad yo-tú/nosotros, generatividad, comunión. La Trinidad representa el principio y el paradigma del “nosotros” familiar. El Papa Francisco afirma: «Nos iluminan las palabras de san Juan Pablo II: “Nuestro Dios, en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia, puesto que lleva en sí mismo paternidad, filiación y la esencia de la familia que es el amor. Este amor, en la familia divina, es el Espíritu Santo”. La familia no es pues algo ajeno a la misma esencia divina» (AL 11).
La reflexión teológica sobre la acción del Espíritu Santo en la familia está solo en sus primeras etapas, pero no puede ser descuidada. El Espíritu Santo es principio constitutivo del “gran sacramento” de la Iglesia, «pueblo reunido por la unidad (de unitate) del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (LG 4). Al mismo tiempo es principio constitutivo de la comunidad que nace del acontecimiento sacramental del matrimonio. Él es el beso personal del Padre y del Hijo y el amor común (nexus amoris) que une a las dos primeras personas y las hace don el uno para el otro. La misma tarea la lleva a cabo el Espíritu en favor de los esposos: si el Padre es la fuente del amor nupcial y el Hijo es la co-fuente, el Espíritu Santo es el agua que brota en los corazones de los esposos, el don de lo Alto que transforma a la familia en el “sacramento” vivo de Dios-Trinidad.
6. De una teología de la ternura a la práctica de la ternura
El redescubrimiento de la teología de la ternura y sus fundamentos cristocéntricos, muestra la urgencia de pensar en una cultura de la vida y de la ética cristiana en términos de “revolución de la ternura”, haciendo de esta virtud el alma mundi. La teología de la Divina Ternura no puede dejarnos indiferentes; al contrario, nos orienta hacia «una ternura que nunca nos desilusiona» (EG 3) con el coraje de una «ternura combativa» (EG 85).
Mirar a Dios-Ternura implica percibir la Comunidad eclesial como el gran signo, “sacramento vivo”, de una ternura que se pone al servicio de los últimos. La fe en el Crucificado Resucitado exige una Iglesia “en salida”, que supere cualquier actitud de pasividad para convertirse en servidores y testigos activos de ese hospital de campaña que el Papa ha recordado desde el comienzo de su pontificado[38].
Creer en la ternura de Dios nos exige a pasar de un “corazón de piedra” a un “corazón de carne”, yendo a “las periferias existenciales” con el espíritu evangélico del Buen Samaritano y cuidando con amor a los últimos. La teología de la ternura se refiere, así, a la praxis de la ternura y pone en tela de juicio toda una manera superficial de llamarse cristianos o contentos con una fe mediocre, sin arrojo ni entusiasmo.
La teología de la ternura del Papa Francisco no se identifica en absoluto con una visión dulzona del mundo, ni implica un alejamiento de los cuestionamientos de nuestro tiempo; al contrario, exige una opción de vida fundamental y lleva a asumir una responsabilidad por la humanidad, especialmente por los marginados y los últimos (los descartados). La ternura de Dios es “memoria inquieta, pero memoria saludable”, frente a toda situación de injusticia, maldad o de “guerra a pedazos”. Los cristianos están comprometidos a hacer triunfar la ternura como “fuerza del amor humilde” en oposición a la “brutalidad de la fuerza”, haciéndose agentes de una civilización de la vida y del amor.
No se puede aceptar la ternura de Dios sin esforzarse por construir relaciones tiernas entre los hombres: la ternura de Dios incluye la necesidad de una opción fundamental de ternura por los pobres y con los pobres. Un amor de ternura que incluye, en el Magisterio del Santo Padre, una rica constelación de actitudes relacionadas con la relación de pareja:
  • belleza (AL 127-128),
  • deseo (AL 143) y educación del deseo (AL 275; 283-284);
  • érōs (AL 150-152);
  • fecundidad (AL 80): 165-171);
  • el cuidado (AL 88; 180) y una educación para habitar el mundo (AL 267);
  • el perdón (AL 41; 73; 86-88; 268);
  • la fidelidad (AL 73; 77; 89; 125; 162; 231);
  • el diálogo (21 veces AL) y la convivencia de pareja (AL 136-141);
  • la fragilidad (AL 122; 291).
Y esa es la tarea de la teología hoy, también según la directiva del Santo Padre:
«Una teología en camino: una teología que salga del cuello de botella en el que a veces se ha encerrado y con dinamismo se dirija a Dios, tomando al hombre de la mano; una teología no narcisista, sino encaminada al servicio de la comunidad; una teología que no se contente con repetir los paradigmas del pasado, sino que sea Palabra encarnada. Ciertamente, la Palabra de Dios no cambia (cf. Hb 1,1-2; 13,8), pero la carne que está llamada a asumir, esa sí, cambia en cada época. Hay tanto trabajo, pues, para la teología y su misión hoy: encarnar la Palabra de Dios para la Iglesia y para el hombre del Tercer Milenio. Hoy, más que nunca, hace falta una revolución de la ternura. Esto nos salvará».[39]
NOTAS
[1] Ponencia realizada en el Congreso La Teología de la Ternura en el Papa Francisco, Asís, 14 al 16 de septiembre de 2018.
[2] Monseñor Carlo Rocchetta, sacerdote de la diócesis de Prato, Italia, y doctor en teología. Socio fundador de la Sociedad Italiana de Investigación Teológica. Fundador y director del Centro Familiar Cassa della Tenerezza, Perugia. Ha publicado más de 20 libros sobre teología y es el precursor en la investigación y el desarrollo de la teología de la ternura.
[3] Francisco, Discurso.
[4] Francisco, Carta Encíclica Laudato si’, n. 25.
[5] Ídem, nn. 11.235-237
[6] Ibídem, nn. 84-86
[7] Las cursivas son del Papa.
[8] B. Pascal, Pensamientos, 277.282.
[9] B. Pascal, Pensamientos, 278.
[10] Francisco, Discurso.
[11] La posición de Francisco está indirectamente relacionada con aquella de E. Mounier, Il personalismo, Roma 61989.
[12] Francisco, Discurso.
[13] Ídem.
[14] B. Forte, Prefacio, en G. Martirani, La civiltà della tenerezza, Milano 1997, 9.
[15] Francisco, Homilía en el tercer Domingo de Pascua, Basílica de San Pablo de Extramuros, 14 de abril de 2013.
[16] Como se observa, el término “alegría” es recurrente en Francisco.
[17] B. Pascal, Pensamientos y otros escritos. [Trad. D’Ors, E.] 1° Ed. Ciudad de México, México: Porrúa. 1989. p. 361.
[18] Ex 20, 4; Sal 115,3-8.
[19] Ex 3,12; Is 7,14;8,10; Ez 37,23.27-28.
[20] Ex 3, 7-9.
[21] Francisco, Discurso.
[22] Ídem.
[23] Sal 23,6; 51,3.
[24] Sal 103,13; 145,9.
[25] Cf. Mt 20,34; Mc 1,41; Lc 7,13; Mt 9,36; 15,32.
[26] Francisco, Homilía, 9 de julio de 2016.
[27] Para un análisis de los textos bíblicos, cf. C. Rocchetta–R. Manes, La tenerezza grembo di Dio amore, Bologna 2016.
[28] Francisco, Discurso.
[29] Ídem.
[30] “¡Oh, feliz madera sobre la cual fue recostado Dios!” (Oracula Sibyllina, VII, 26-28; GCS 132).
[31] Justino, Apol., 1,55.
[32] Acerca de la analogía trinitaria a lo largo de la tradición cristiana, cf. C. Rocchetta, Teologia della famiglia, 127-165.
[33] Juan Pablo II, Carta a las Familias Gratisimam Sane, 2 de febrero de 1994, n. 6.
[34] Ídem.
[35] Agustín, De Trin., 8,10,14.
[36] Agustín, De Trin., 15,17,27.
[37] Para profundizar este tema, cf. C. Rocchetta, Teologia della famiglia, Bologna 2011,227-293.
[38] A. Spadaro, «Intervista a Papa Francesco», La Civiltà Cattolica 164/3 (2013): 461. Publicada en L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, Año XLV, n. 39 (2.333), viernes 27 de septiembre de 2013.
[39] Francisco, Discurso.
IMAGEN: Sebastián Correa E.

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