Metáforas bíblicas de la ternura de Dios en el Papa Francisco – Rosalba Manes

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“Los primeros pasos”, Vincent Van Gogh, 1890.

Metáforas bíblicas de la ternura de Dios en el Papa Francisco

Rosalba Manes[1]

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Consciente del impacto del trasfondo cultural y pastoral de la Teología del Pueblo en el Magisterio del Papa Francisco, esta contribución pretende estudiar su elección de “decir Dios” a través del lenguaje metafórico, y la centralidad que él concede, junto con la categoría bíblica de la misericordia, a la de la ternura, declinada a través de algunas metáforas bíblicas recurrentes como aquellas de los sujetos de la ternura (padre, madre, pastor, médico), de los destinatarios (hijos, niños, ovejas, enfermos) y de los medios (abrazo, aceite, óleo perfumado) que se refieren al campo de la proximidad, del cuidado y de la gratuidad. Esta elección comunicativa del Santo Padre refleja el dinamismo narrativo de la Escritura y la trama de la revelación, y da al acto de predicar una eficacia notable.
1. El espacio, la historia y la palabra: lugares de la epifanía divina
El Dios de las Escrituras hebreo-cristianas se presenta como un Dios que desea fuertemente darse a conocer y que quiere que sus criaturas se sientan conocidas y amadas por Él. Él es un Dios que ama la relación, que desea llamar a todos a la comunión consigo mismo y que enseña al ser humano que no es bueno estar «solo» (Gn 2,18). La vida humana emerge así, desde su inicio, como una densa red de relaciones, como un tejido de vínculos con el espacio, con el tiempo y con otros seres humanos. Por eso, el Dios de la Biblia habla siempre con la clave de la “Alianza”: Él se pone del lado de la criatura para sostenerla, acompañarla, protegerla, rodearla de amor y, para ello, se apasiona fuertemente por la historia, elige vivir en algunos espacios y ama hacer resonar su voz. De esta manera, se captan tres áreas privilegiadas de la epifanía divina: la historia, el espacio y la palabra. Así, la Biblia manifiesta
«la primacía de la revelación divina por sobre la búsqueda humana, de la gracia por sobre el mérito, del reino de Dios que crece por sí mismo como semilla en la tierra, tanto si el campesino duerme o permanece despierto (cf. Mc 4,26-29). Hay tres lugares para conocer esta teofanía. En primer lugar, la historia de la salvación, como lo atestigua el mismo Credo de Israel… y de la encarnación cristiana… Luego está el espacio que revela la presencia divina tanto en el templo cósmico (cf. Sal 19,104) como en el de Sion (cf. 1 Re 8)… Y, por último, está la palabra, que en su eficacia fecunda la tierra árida de la existencia humana, haciéndola vivir y germinar (cf. Is 55,10-11)».[2]
2. Un Dios involucrado en los asuntos humanos
Puesto que Dios se manifiesta en la historia concreta, en lugares concretos y con palabras concretas, las Escrituras tienen un fuerte interés en los acontecimientos históricos, en la geografía y en el efecto que la Palabra de Dios tiene en el corazón humano. También nos muestran cómo Dios mismo se interesa por el ser humano en su situación precisa, en todo lo que le concierne, revelándose plenamente implicado en una relación de amor «excesivo» y de fidelidad «intachable». A. J. Heschel describe bien este interés privilegiado por la humanidad y la historia por parte del Dios de Israel, contrastándolo con el desinterés y la indiferencia del Dios de los filósofos:
«El Dios de Israel… es un Dios que ama; un Dios conocido por el hombre y que se preocupa por el hombre. No solo gobierna el mundo con la majestad de su poder y sabiduría, sino que reacciona íntimamente a los acontecimientos de la historia. Él no juzga las acciones de los hombres con impasibilidad y desapego; su juicio está impregnado por la actitud de aquel que íntimamente ha querido dichas acciones. Dios no se queda fuera del alcance del sufrimiento y del dolor humano. Él está personalmente involucrado e incluso influenciado por la conducta y el destino del hombre».[3]
El Dios que se revela en las Escrituras a través de los dos atributos de justicia y gracia (que se expresan en su amor misericordioso y tierno) manifiesta una sensibilidad exquisita que lo empuja incluso a una reversibilidad divina, a un cambio sorprendente, a una especie de conversión que, cuando el hombre cambia por el camino de la conversión, lo lleva a pasar de un castigo anunciado a una efusión sorprendente de amor[4]. El Dios de la Biblia es un Dios involucrado y que involucra. Como aparece en Ex 3,7-8, el Dios que se presenta a Moisés a través de la Palabra es un Dios que ve, oye, conoce, desciende y libera a su pueblo para conducirlo a la tierra de la libertad, la tierra de los hijos. Es un Dios que toma una posición y se pone del lado del pueblo. Este Dios liberador también quiere involucrar a Moisés en su obra de liberación y lo hace llevando a cabo su propia liberación personal. Liberado de sus espinas personales y habiendo recibido su identidad de hombre ya no sin raíces ni pertenencia, gracias al Dios que lo marcó con la promesa de su eterno Yo-con-ustedes, Moisés puede vivir la sinergia con Dios para sacar a su pueblo de la casa de la esclavitud.
El involucramiento de Dios en los asuntos humanos alcanza posteriormente su culmen con la encarnación de su Hijo, que marca la entrada en los tiempos de la nueva alianza, cuando el Amado del Padre se hace cargo de la condición humana y la asume en primera persona. El Dios que viene se hace semejante a nosotros en todas las cosas, excepto en el pecado (cf. Hb 4,15), para convertirse en un sumo sacerdote misericordioso y digno de fe, con el fin de expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2,17), y asume la historia, el espacio y la palabra. Signo de un amor que llega hasta el extremo (cf. Jn 13,1) en duración e intensidad, de un amor pleno, total y visceral.
3. Eficacia de la ruta simbólica
Para ser conocido como Otro por la criatura humana, pero también muy cercano e involucrado, Dios elige el camino simbólico, instrumento privilegiado en los textos sagrados de todas las religiones para decir Dios. Por eso, la verdad de la Escritura es plenamente solidaria con su medio expresivo, porque «la fe bíblica y los modos de lenguaje concuerdan intrínsecamente»[5]. Para transmitir la fe, de hecho, es importante no solo ofrecer contenido, sino elegir la manera correcta de decir Dios. Por lo tanto, el modo en que el misterio de la revelación y de la encarnación se abre camino en el campo semántico es el símbolo que «consigue unir en sí mismo los extremos de la inmanencia y de la trascendencia divina, consigue producir un sentido que, desde la realidad histórica de la partida, va hacia el Otro y hacia el Más Allá».[6]
El símbolo se presenta como la forma permanente del conocimiento de Dios, como la manifestación de lo invisible en lo visible. Gracias al símbolo se puede decir: “Dios es como…” (afirmando la inmanencia), y también decir: “Dios no es…” (afirmando la trascendencia). Se puede decir, en efecto, que «en la encarnación, la totalidad del sentido reside en la contingencia, y es precisamente gracias a esta contingencia -los signos- que es posible nombrar y significar la totalidad del sentido».[7]
El símbolo se repite en todo el lenguaje evangélico, especialmente en las parábolas, y el símbolo de la parábola se convierte en «la forma estética dominante del kerigma»[8]. Por esta razón, el símbolo es importante no solo en la Escritura, sino también en la teología y en la predicación, donde es necesario que aquel Dios del que se habla también sea visto.[9]
4. La teología kerigmática y contextual del Papa Francisco
La enseñanza del Papa Francisco es rica en imágenes y se expresa a través de una pedagogía triádica y una teología kerigmática. Para entender todo esto, es necesario considerar su tradición histórica y cultural de habitante y pastor de una megápolis del hemisferio sur del mundo (Buenos Aires) marcada por la grandeza, la multiplicidad cultural (gauchos e inmigrantes, especialmente italianos) y la miseria. De aquí se perfila su teología del pueblo, basada en la escucha de la sabiduría popular y en la reconciliación que implica: la atención al contexto como una de las fuentes de la teología para que la fe pueda actuar dentro de su propia cultura (teología contextual), la predilección por el anuncio entendida como una actividad más que como un contenido (teología kerigmática), la sensibilidad por la pluralidad de las culturas, la disponibilidad de la Iglesia para encarnarse en cada cultura (modelo antropológico) para ser un «pueblo de mil rostros» (cf. EG 115-118), y la opción preferencial por los pobres a través de una acción transformadora dentro de cada sociedad (modelo de la praxis).
En su enseñanza, el Papa Francisco no parte nunca de la doctrina, sino de la situación concreta para responder, a través de las reglas de discernimiento de los espíritus previstas en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, a la pregunta: «¿Qué quiere el Señor de mí en esta situación concreta?». De este modo, él favorece un conocimiento existencial, es decir, el conocimiento de la voluntad concreta de Dios para cada persona, un conocimiento que implica la totalidad de la persona[10]. Este es el enfoque de la constitución pastoral Gaudium et spes: partir de los signos de los tiempos para interpretarlos a la luz del Evangelio.
Esto significa que el verdadero teólogo debe tener una mirada profética sobre la humanidad y que su acción teológica sea «un saber discernir, un saber comprender dónde actúa el Espíritu Santo en la humanidad y qué pasos pide la nueva vida para ser realizados en la historia»[11]. Por eso el Papa Francisco recurre a la teología kerigmática[12], que elige como lugar teológico decisivo el kerigma, es decir, el corazón de la predicación cristiana, el anuncio del Evangelio que es «trinitario» (EG 164), invitando a una mayor atención al texto bíblico para reconstruir el sentido del kerigma según la dinámica propia de los textos bíblicos que lo consideran no tanto o no solo como un contenido, sino como la actividad permanente de la comunidad cristiana, y que muestran que el acto de fe se hace posible dentro de este proceso comunicativo. El kerigma, además, «tiene un contenido social ineludible: en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los demás. El contenido del primer anuncio tiene una repercusión moral inmediata cuyo centro es la caridad» (EG 177).
5. El arte de comunicar a Dios y el lenguaje metafórico
Para comunicar la fe, el Papa Francisco elige un lenguaje sencillo, accesible a todos y original gracias a neologismos y términos recurrentes[13]. Él privilegia un lenguaje que alcanza el intelecto y los sentimientos y que no necesita la mediación de hermeneutas, advierte contra el nominalismo, y para decir Dios y el hombre elige el lenguaje metafórico capaz de interceptar e implicar fuertemente el sentimiento humano.
Escuchando las palabras del Papa se capta todo el alcance del lenguaje humano, de una palabra que no es simple flatus vocis, sino semilla que cae en el terreno de la historia, que afecta a los hábitos humanos para que se arraiguen en los corazones y den fruto. En la palabra se revela el instrumento más poderoso del que dispone la criatura humana[14], para ser usado con cuidado para interceptar la capacidad volitiva y decisional del otro y para formar conciencias. El lenguaje del Papa Francisco provoca a toda la Iglesia, presbíteros y laicos, a una renovación, a elegir un lenguaje eficaz en el anuncio, una palabra libre e incisiva capaz de liberar el corazón e iniciar procesos de humanización, de identificación, de proximidad, una palabra que refleja el estilo del hombre nuevo que verdaderamente ha realizado el encuentro con el Rostro de la Misericordia.
En el prefacio del libro de monseñor Galantino titulado Vivir las palabras, publicado por Piemme, el Papa escribe: «Las palabras no son neutrales, ni dejan las cosas como están […] más bien, dan voz a valores culturales y espirituales arraigados en la memoria colectiva de un pueblo, a los que devuelven un nuevo vigor. Su fecundidad está ligada a un compartir la vida; es proporcional a la voluntad con la que aceptamos ser cuestionados e involucrados por la realidad, las situaciones y las historias de las personas».[15]
Por eso, él no eligió un lenguaje doctrinal abstracto, sino sencillo, comunicativo, dialógico, capaz de cuestionar e involucrar para mostrar que la fe es una fuente fresca y refrescante (cf. EG 11). Eligió el lenguaje metafórico que permite transmitir el amor tierno y misericordioso de Dios, que no es un simple subtema de la justicia, como quisiera la teología escolar, sino lo propio de Dios y el principio hermenéutico para comprender la doctrina y los mandamientos. Para el Papa Francisco, de hecho,
«es característico del lenguaje y de las acciones de la Iglesia transmitir misericordia, para tocar el corazón de las personas y sostenerlas en el camino hacia la plenitud de la vida, que Jesucristo, enviado por el Padre, ha venido a traer a todos. Se trata de acoger en nosotros y de difundir a nuestro alrededor el calor de la Iglesia Madre, de modo que Jesús sea conocido y amado, ese calor que da contenido a las palabras de la fe y que enciende, en la predicación y en el testimonio, la «chispa» que los hace vivos»[16].
La manera privilegiada de difundir este calor es la metáfora que se convierte así en una categoría teológica y hermenéutica que expresa dos características de la experiencia de fe: la inmanencia y la trascendencia. Puesto que trasciende la capacidad expresiva del lenguaje, no puede ser traducida a un lenguaje argumentativo, sino que debe ser experimentada para poder comunicar una experiencia precisa de Dios.
En la Escritura se habla de Dios y de sus acciones en la historia usando un lenguaje que procede en imágenes y que se desenvuelve según la cadencia rítmica de la poesía hebrea[17]. El Dios de la revelación judeocristiana habla a través de imágenes que tocan las cuerdas profundas de la experiencia humana y cruzan el vasto microcosmos del sentimiento humano. El lenguaje de Jesús también era metafórico. Él hablaba un lenguaje familiar y concreto que tocaba a las personas en su existencia cotidiana: «Si la sal pierde su rasgo específico, ¿cómo recuperará su sabor?» (cf. Mc 9,50).
El Papa Francisco también privilegia la metáfora y el lenguaje sencillo y eficaz, e invita a los predicadores a «comunicar a los demás aquello que uno ha contemplado»[18] (EG 150); a comunicar la fe haciendo que el pueblo se sienta como en medio del abrazo bautismal y de aquel abrazo escatológico del Padre (cf. EG 144); a hablar en «dialecto materno» (EG 139); a hablar a través de imágenes[19] y a utilizar imágenes que expresen belleza.[20]
6. El tema bíblico de la ternura en el magisterio del Papa Bergoglio
Entre los temas queridos por el Papa Francisco encontramos la ternura, ya estudiada de manera pionera en teología[21], pero nueva en el Magisterio de un Pontífice, entendida como una síntesis del rostro amoroso de Dios involucrado visceralmente en la vida humana, pero también como una cualidad del amor humano, principio dinámico de transformación de la sociedad y de la Iglesia capaz de rediseñar la arquitectura de las relaciones interpersonales e incentivo a la comunión con los demás.
La ternura es un leitmotiv del magisterio de Francisco. Desde el comienzo de su pontificado esta «dimensión antropológica fundamental ha vuelto a la agenda de la pastoral eclesial»[22] para estimular fuertemente a los creyentes a vivirla como una actitud permanente del propio sentir, para que se convierta en un estilo, en la atmósfera relacional de la propia existencia.
Sin embargo, la palabra «ternura» asusta a nuestra sociedad. ¿Por qué? Porque «su energía vital ha terminado disolviéndose en sus entonaciones sentimentales, hasta el punto de arriesgarse a confundirse con la blandura de todas las articulaciones del alma»[23]. La ternura de hoy, en la era del capitalismo tardío virtual, se considera que es
«una debilidad imperdonable… Los niños son entrenados desde una edad temprana para hacerse valer, frenando el altruismo y la compasión. Donde la ternura bordea la vulnerabilidad y pone en peligro el ego, incluso representa un peligro… parece completamente desprovista de gloria e intensidad… inofensiva frente a las amenazas generalizadas de la época actual… inadecuada para el espíritu de la época… una versión del ser humano superada por los recursos de la economía y de la técnica».[24]
Por eso asistimos al crecimiento de «una especie de militancia de la desesperación, que no solo se burla de la ternura, sino que pretende borrarla desde la cuna». Sin embargo, hay una «voz -que desafía impetuosamente los desiertos metropolitanos y las periferias abandonadas del cosmo-capitalismo- decididamente convencida de que la ternura debe salvar a las criaturas de este mundo y de esta época… ahora… para ser simplemente más humanos»[25]. Es la voz del Papa Francisco, que dio nueva forma al paisaje simbólico del discurso cristiano invitando a todos a la «revolución de la ternura» (EG 88). Él propone así un estilo que reacciona a cada dureza y rigidez, un dinamismo interior de identificación y compasión que reconoce el precioso don de la alteridad y genera prácticas de proximidad, «un buen ‘existencial concreto’, para traducir a nuestros tiempos el afecto que el Señor tiene por nosotros».[26]
La ternura es señalada por el Pontífice como un camino de humanización para el tiempo presente y para el futuro, cuyo propósito es «la plenitud de la relación con Dios, con nosotros mismos y con los demás, evaluada y realizada “según la medida de Dios”, y no según la medida de nosotros mismos y de nuestras ideas»[27]. Por esta razón, a través de referencias implícitas o explícitas (cf. las metáforas de ternura entendida como cuidado y compasión propios de la paternidad, de la maternidad, del cuidado médico y del pastoreo), el Papa Francisco invita a la ternura[28] para vencer la «rigidez autodefensiva» (EG 45) de un «cristianismo monocultural y monocorde» (EG 117), para generar prácticas de proximidad e iniciar procesos de humanización que empujen al don de sí mismo sin la angustia de los resultados, sino aprendiendo a «descansar en la ternura de los brazos del Padre, en medio de la entrega creativa y generosa» (EG 279). Subraya que la ternura es «una palabra beneficiosa, es el antídoto contra el miedo con respecto a Dios»[29]; es una virtud fuerte[30]; es para todos[31]; es el password para acceder al corazón del otro[32]; es lo que asegura la irradiación del Evangelio[33]; es el criterio decisivo en el juicio final[34].
Enfatizando elementos presentes en las Escrituras desde el Antiguo Testamento, el Papa invita a activar la afectividad en la acción evangelizadora de la Iglesia para despertar la adhesión del corazón. Al misterio de la relación entre Dios y el creyente aplica, por tanto, a la manera de la Escritura, el lenguaje de las relaciones humanas. Para hablar de Dios recurre a la analogía antropomórfica[35] a través de metáforas parentales (padre y madre) o sociales (médico y pastor). Para decir Dios como la Biblia, Francisco utiliza la simbología teológica antropomórfica. La vida espiritual se expresa así como una realidad simbólica que vive a la manera del símbolo, como unidad de dos mundos unidos en la persona de Cristo: «El que me ha visto, ha visto al Padre» (Jn 14,9). El símbolo de algo más, «no es una referencia a algo más… sino a la implicación relacional en una presencia»[36].
7. Metáforas bíblicas en la enseñanza del Papa Francisco
La Biblia no nos presenta a Dios como una fórmula o como la explicación más o menos plausible de la existencia del cosmos, sino como el Dios «tierno (raûm) y misericordioso (annûn[37], como Aquel que pone el sello de su amor en cada página de la historia y canta un canto eterno de amor al ser humano: «Tú eres precioso para mí, tienes valor y yo te amo» (Is 43,4). Este Dios ama gratuitamente a su criatura, se identifica con ella, la cuida, fomenta sus dones y facultades, la orienta hacia la justicia y el amor, ayudándola a luchar contra esa negación del amor que es el pecado, y la impulsa hacia la madurez y la santidad. Para ayudar al pueblo creyente a hacer experiencia de este Dios, el Papa Francisco usa algunas metáforas de ternura tomadas de las Escrituras. Al decir «Dios es como…», se evita reducirlo a la realidad creada y se habla de Él con pudor, sin pretender decirlo todo.
Las metáforas bíblicas más recurrentes de la ternura son las del padre y de la madre, porque en los textos bíblicos «la unión entre el fiel y su Señor se expresa con rasgos del amor paterno o materno» (AL 28) y porque «el amor de los padres es instrumento del amor del Padre Dios que espera con ternura el nacimiento de todo niño, lo acepta sin condiciones y lo acoge gratuitamente» (AL 170). Para Francisco la ternura «nos revela, junto al rostro paterno, el rostro materno de Dios, de un Dios enamorado del hombre, que nos ama con un amor infinitamente más grande que el de una madre por su propio hijo (cf. Is 49,15)»[38]. Para el Santo Padre, además, «la familia es el lugar de la ternura» y la presencia de Jesús «se manifiesta a través de la ternura, las caricias, el abrazo de una madre, un padre, un hijo».[39]
7.1 Dios es como un padre
La imagen del padre representa un espejo de la ternura salvadora del Señor hacia su pueblo. La designación de Dios como padre está presente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. El pueblo de Israel siente a Dios como padre y Dios mismo se ofrece como padre de su pueblo: «Yo soy un padre (‘āb) para Israel» (Jer 31,9), mientras que la fe judía no se cansa de proclamar: «Tú eres nuestro padre (‘ābînû[40]. Sin embargo, esta designación aparece solo unas veinte veces en el Antiguo Testamento indicando un uso bastante mesurado y tardío. También aparece junto a otras denominaciones, como pastor, mujer/madre, rey, creador, roca, redentor. En los relatos evangélicos Jesús habla siempre de Dios como «el Padre [nuestro/mío/vuestro] que está en el cielo» o «mi Padre», y en sus cartas Pablo habla de Dios como «el Padre de nuestro Señor Jesucristo»[41] y «nuestro Padre».
A diferencia de las otras deidades del Antiguo Cercano Oriente y de la mitología clásica, el Dios bíblico no es varón y no tiene esposa porque es santo, diferente de la criatura humana, es totalmente Otro. En la revelación bíblica, la paternidad de Dios hacia los hombres, más que una paternidad de generación es, por lo tanto, una paternidad de adopción como se ve en la relectura de la historia de Israel en Dt 32, 9-10. La revelación de la filiación en la Biblia es como si precediera a la de la paternidad: «Así dijo el Señor: Israel es mi hijo primogénito» (Ex 4,22). Para el pueblo de Israel, su filiación divina no tiene nada de mitológico, sino que es la consecuencia de un acto salvífico de Dios. Es el mayor privilegio del cual beneficiarse. Israel no es hijo de Dios por descendencia natural, como en los relatos mitológicos, sino en virtud de un acontecimiento histórico: el éxodo. La elección de Israel y el acontecimiento del éxodo se interpretan como actos de la alianza paterna, pero a veces también como esponsales (cf. Jr 3,19-20).
En la Escritura, por tanto, hay un paso de la figura de Dios como cabeza a la de padre, que tiene lugar gracias a una interiorización gradual de la relación, que también está mediada por el vínculo del matrimonio, muy presente en Oseas. Es una paternidad que mira más hacia el futuro que hacia el pasado: «Él me invocará: Tú eres mi padre, Dios mío, la roca de mi salvación» (Sal 89,27). Dirigirse a Dios como “padre” es, por tanto, visto como una tensión hacia la realización, hacia la maduración plena de la identidad de cada ser humano.
De este padre que abre al futuro se celebra la ternura: «Como un padre es tierno con sus hijos, así el Señor es tierno con los que le temen» (Sal 103,13). El profeta Oseas vincula la ternura paterna de Dios con la liberación de Egipto y la describe con rasgos conmovedores: «Cuando Israel era niño lo amé, de Egipto llamé a mi hijo […]. Enseñé a Efraín caminar, tomándolo de la mano […]. Lo atraía con cuerdas de bondad, con lazos de amor; era para ellos como alguien que levanta a un niño hasta su mejilla, me inclinaba sobre él para darle de comer» (Os 11,1.3-4).[42]
La parábola de Lucas 15 pinta el retrato del tiernísimo padre que sabe esperar a quien se aleja de él y dilapida sus bienes. A esta imagen se refiere el Papa Francisco:
«Si quieres conocer la ternura de un padre, prueba a dirigirte a Dios. […] El evangelio de Lucas (15, 11-32) “nos dice que el padre vio al hijo desde lejos, porque lo esperaba y todos los días iba a la terraza para ver si volvía su hijo”. El padre, pues, esperaba el regreso de su hijo, y así, “cuando lo vio llegar, salió corriendo y se echó a su cuello”. El hijo, en el camino de retorno, había preparado incluso las palabras que iba a decir para presentarse de nuevo en casa: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero “el padre no lo dejó hablar”, y “con su abrazo le tapó la boca”. La parábola de Jesús nos permite comprender quién “es nuestro Padre: el Dios que nos espera siempre”».[43]
El padre es también la imagen del amor gratuito, que se convierte en un espacio para el aprendizaje del perdón: «Si aceptamos que el amor de Dios es incondicional, que el cariño del Padre no se debe comprar ni pagar, entonces podremos amar más allá de todo, perdonar a los demás aun cuando hayan sido injustos con nosotros» (AL 108). El arte pedagógico de extraer lo mejor de sus hijos y llevarlos a la madurez también pertenece al padre:
«nadie es más paciente que el Padre Dios, que nadie comprende y espera como Él. Invita siempre a dar un paso más, pero no exige una respuesta plena si todavía no hemos recorrido el camino que la hace posible. Simplemente quiere que miremos con sinceridad la propia existencia y la presentemos sin mentiras ante sus ojos, que estemos dispuestos a seguir creciendo, y que le pidamos a Él lo que todavía no podemos lograr» (EG 153).
Junto al padre también es importante la imagen de la casa paterna que se encuentra en Lc 15, una casa de la que se puede salir y a la que se puede volver, una «casa con las puertas siempre abiertas». Y es así como el Santo Padre califica a la Iglesia en EG 46-47, contrastándola efectivamente con la imagen de la «aduana» en EG 47. En efecto, la casa se refiere a la densa red de relaciones que hay en su interior: «Lo que predomina en el amor paterno de Dios revelado por Jesús no es […] el control de la correspondencia a ciertas exigencias, sino la solicitud de entrar en relación con la fuente de la vida: la casa paterna».[44]
7.2 Dios es como una madre
La imagen de Dios como padre en las Escrituras se conjuga con la de Dios como madre. No hay muchos pasajes bíblicos que hablen de la maternidad de Dios, pero son significativos. El Antiguo Testamento recurre a menudo al simbolismo de las “entrañas” (en hebreo el sustantivo es reem, raămîm y el verbo es ām) para hablar del amor de Dios. Las entrañas designan el útero, el lugar de gestación, o se refieren a un sentimiento visceral de afecto y solidaridad. Son la sede de las emociones más fuertes, como el pathos, la conmoción y la identificación. A pesar de las constantes rebeliones de Israel, la ternura visceral del Señor no se ha rendido y no ha cesado nunca porque es como una madre que no puede olvidar a sus hijos porque los tiene incesantemente ante sus ojos. Las entrañas maternas de Dios son, por lo tanto, capaces de conmoverse por su pueblo:
«Pero dice Sion: «El Señor me ha abandonado, el Señor me ha olvidado». ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque esas llegasen a olvidar, yo no te olvido. Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuado, tus muros están ante mí perpetuamente» (Is 49, 14-16).
El término “entrañas” también aparece en el Nuevo Testamento (en griego el sustantivo es splanchna y el verbo splanchnízomai) para hablar de la generación espiritual de los creyentes a través del evangelio (este es el caso de Pablo en Fil 12), para hablar del corazón humano consolado (Fil 7.20) o endurecido (1Jn 3,17), para celebrar, como en el Benedictus, la “bondad misericordiosa” de Dios (literalmente, las “entrañas de la misericordia”) hacia los hombres manifestada a través de la encarnación de su Hijo amado (Lc 1,78) y para dar a conocer su ternura y su amor compasivo hacia los hombres.[45]
En Is 66,10-13 el profeta se refiere entonces al “seno” (zîz) y al cuidado maternal para indicar la cercanía del Señor a su amado pueblo. El cuidado de su pueblo por Dios se asimila al gesto íntimo de amamantar, de llevar en brazos, de tener al propio hijo sobre las rodillas para acariciarlo: una manera extremadamente sugerente para evocar implícitamente la plenitud mesiánica como el tiempo de un nuevo abrazo de ternura:
«Alegraos Jerusalén, y regocijaos por ella todos los que la amáis, llenaos de alegría por ella todos los que por ella hacías duelo; de modo que maméis y os hartéis del seno de sus consuelos, de modo que chupéis y os deleitéis de los pechos de su gloria. Porque así dice el Señor: Mirad que yo tiendo hacia ella, como río la paz, y como raudal desbordante la gloria de las naciones, seréis alimentados, en brazos seréis llevados y sobre las rodillas seréis acariciados. Como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré, y por Jerusalén seréis consolados» (Is 66,10-13).
Así, también en la enseñanza del Santo Padre, junto a la imagen de Dios Padre, aparece la imagen de Dios-Madre[46]: «El Señor es padre y dice que será con nosotros como una madre con su hijo, con su ternura: no teman al consuelo del Señor»[47]. Comentando el pasaje de Is 66,10-13 habla de una «cascada de consuelo» y de una «ternura materna»[48] de Dios hacia su pueblo. El Papa también nos recuerda que Dios es para nosotros como la madre que canta tiernamente a su hijo la canción de cuna y no tiene miedo de parecer ridícula por lo mucho que lo ama; es como una madre que acaricia a su hijo para tranquilizarlo e invitarlo a no tener miedo[49]. Este reposo del creyente en los brazos de Dios Madre después de haber sido amamantado se menciona en Amoris laetitia donde, en la parte dedicada a la ternura del abrazo, aparece la referencia al Salmo 131 que relee la relación entre Dios y el orante precisamente a través de la relación madre-lactante.[50]
También la Iglesia se nos presenta siempre como una madre que sabe hablar a su hijo en su lengua materna (cf. EG 139) y como “una madre de corazón abierto” (título que introduce EG 46-49).
7.3 Dios es como un médico
En el Antiguo Testamento también se describe a Dios como aquel que sana a su pueblo[51], se acerca y alivia sus heridas[52]. La sanación física está íntimamente ligada a la sanación interior, que consiste en dar a su pueblo el perdón de sus pecados y la gracia, como se ve en el Salmo 103,3-4: «Él perdona todos tus pecados, sana todas tus enfermedades, salva tu vida del abismo, te rodea de misericordia y de ternura».[53]
En su ministerio público, Jesús también se dedicó no solo a evangelizar sino también a liberar de la opresión diabólica y a sanar los cuerpos. Conjuga palabras con gestos terapéuticos que confieren la salud. Él manifiesta una especial cercanía a los enfermos dándoles dignidad: incluso antes de curarlos, los escucha mirándolos con amor y dándoles tiempo. Provoca su fe invitándoles a colaborar con el poder divino para decir a cada uno: «Vete, tu fe te ha salvado». En el Evangelio de Mateo Jesús se identifica con un médico cuya tarea es cuidar de los enfermos, explicando que no vino por los sanos (justos), sino por los enfermos (pecadores) (cf. Mt 9,12.13). De esta manera él identifica el pecado como la verdadera enfermedad del hombre. Los pecadores son personas enfermas a quienes él vino a curar y sanar. Por eso opta por acercarse a ellos, por hacer comunión con ellos, como lo hace un verdadero médico con sus pacientes. Es la proximidad lo que posibilita cualquier tipo de terapia. La cercanía de Jesús a los enfermos fue tal que incluso se identificó con ellos: «Estuve enfermo y me visitaste” (Mt 25,36), y Mateo lo identificó con el siervo sufriente de Is 53, afirmando que «tomó nuestras debilidades y asumió el peso de las enfermedades» (Mt 8,17).
El Papa Francisco también usa la metáfora del médico. En la entrevista a La Civiltà Cattolica asimiló la Iglesia a un hospital de campaña, sugiriendo que Dios a través de la Iglesia ejerce su oficio médico:
«Veo claramente que lo que más necesita la Iglesia hoy es la capacidad de curar las heridas y calentar los corazones de los fieles, la cercanía, la proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña después de una batalla. ¡Es inútil preguntarle a una persona gravemente herida si tiene el colesterol y el azúcar en la sangre altos! Sus heridas necesitan ser sanadas. Entonces podemos hablar de todo lo demás. Tratar las heridas, tratar las heridas… Y hay que empezar por abajo».[54]
La tarea de cuidar de los demás y sanar sus heridas pertenece, en efecto, a todos los bautizados que deben «reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar» (EG 273) y que, ante un pobre o un enfermo, deben convertirse en «imitadores de Cristo» (cf. 1Co 11,1), es decir, sin temor a «mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, y de tocarlo y abrazarlo».[55]
El Santo Padre también invita a creer que Dios manifiesta su cercanía precisamente en nuestras heridas, llegando incluso a decir que nuestras llagas son «el lugar teológico de la ternura de Dios»[56], que la clave de acceso el corazón de un enfermo es la ternura y que la mejor cura son las caricias:
«No olviden la «medicina de las caricias»: ¡es muy importante! Una caricia, una sonrisa, está llena de significado para el enfermo. Es simple el gesto, pero lo lleva arriba, se siente acompañado, siente cercana la sanación, se siente persona, no un número. No lo olviden. […] Haciéndolo así, el contacto que se establece con los pacientes les da como una reverberación de la cercanía de Dios Padre, de su ternura por cada uno de sus hijos. Precisamente la ternura: la ternura es la «clave» para entender a los enfermos. Con la dureza no se entiende al enfermo. La ternura es la clave para entenderlos y también es una medicina preciosa para su curación. Y la ternura pasa del corazón a las manos, pasa por un «tocar» las heridas lleno de respeto y amor».[57]
7.4 Dios es como un pastor
En la Escritura aparece también la metáfora del pastor que hable del cuidado especial con que el Señor guía a su pueblo. YHWH es el que reúne al rebaño disperso y lo guía con gran cuidado[58], a pesar de las pérdidas o peligros encontrados[59]. Particularmente sugerente es el texto de Is 40,11: «Como un pastor, pastorea a su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva y trata con cuidado a las paridas».
La imagen del pastor atraviesa toda la Escritura, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Es una de las más queridas de la espiritualidad bíblica, rica en encanto y calidez. Los padres y madres de Israel eran pastores de pequeños bovinos (ovejas y cabras), vivían en tiendas y se movían según las necesidades del rebaño. Formados por su experiencia, comprendieron que Dios se comportaba con ellos como un buen pastor: vigilante, atento y solícito.
El pastor en la mentalidad semítica es mucho más que un simple guía que sabe señalar el oasis o el pasto o que sabe evitar rutas peligrosas donde hay riesgos mortales. Es sobre todo el compañero de viaje que comparte todo lo que vive su rebaño (cf. Sal 23). Se comprende entonces por qué el simbolismo pastoral en la Biblia es una expresión privilegiada para hablar de Dios, a menudo en disputa con reyes y políticos y con todos los líderes de los pueblos que en Oriente fueron llamados precisamente “pastores” (cf. Ez 34). A diferencia de los gobernantes terrenales, Dios es un pastor justo, atento a las ovejas débiles, un verdadero compañero de viaje de su pueblo y no un dictador impasible y explotador. Decir que «el Señor es mi pastor» (Sal 23,1) es una declaración fuerte, una confesión de fe, una expresión de parentesco cercano, de intimidad especial. El pastor sabe guiar a su rebaño y traer de vuelta a la oveja perdida para que no se pierda en el camino, sino que viva la itinerancia bajo la guía de quien desea su bien.
El Nuevo Testamento utiliza la metáfora aplicándola a Cristo, que en el cuarto evangelio se define a sí mismo como el “Buen Pastor” (Jn 10,11.14), que conoce íntimamente a sus ovejas, una por una, así como ellas lo conocen y lo siguen a él y está dispuesto a dar su vida por ellas. La parábola de la oveja perdida revela el rostro del Señor como el pastor que deja a las noventa y nueve ovejas para ir en busca de la única perdida y, una vez encontrada, la carga sobre sus hombros y la devuelve al redil con el corazón lleno de alegría (cf. Lc 15,4-7). Y esta es su misión: reunir a las ovejas en un solo rebaño[60] y salvar a cuantas estén perdidas (cf. Lc 19,10). La cruz elevada en el centro de la historia representa el pleno cumplimiento de esta promesa[61]. En los escritos de la Iglesia Apostólica, Jesús será definido como el “gran” pastor (Hb 13,20), el “pastor y protector de nuestras almas” (1P 2,25).
El Papa Francisco habla a menudo de la ternura del pastor[62]. En la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús en 2013, destacó como rasgos característicos del pastor la ternura y la cercanía que se manifiestan en el conocer a sus ovejas una por una y en el caminar con ellas[63]. En la solemnidad de Cristo Rey en 2014, habló de la cercanía y la ternura como estilo de la realeza de Jesús. Él ha realizado su Reino,
«con la cercanía y la ternura hacia nosotros. Él es el pastor, de quien habló el profeta Ezequiel en la primera lectura (cf. 34,11-12.15-17). Todo este pasaje está entrelazado por verbos que indican la premura y el amor del pastor hacia su rebaño: buscar, cuidar, reunir a los dispersos, conducir al apacentamiento, hacer descansar, buscar a la oveja perdida, recoger a la descarriada, vendar a la herida, fortalecer a la enferma, atender, apacentar. Todas estas actitudes se hicieron realidad en Jesucristo: Él es verdaderamente el «gran pastor de las ovejas y guardián de nuestras almas» (cf. Hb 13, 20; 1P 2, 25)».[64]
La excelencia del liderazgo del pastor divino emerge, según el Pontífice, también en la historia del profeta Jonás, reacio al mandato divino de ir a Nínive (ciudad enemiga); para reconquistarlo Dios despliega todo su cuidado pastoral, para que retome el camino correcto y logre el cumplimiento de su misión[65]. Dios, de hecho, es un pastor atento que quiere que sus ovejas recuperen la relación con él y la compasión respecto de los demás.
Hablando del pastor, el Santo Padre utiliza la imagen del crisma, el óleo con el que el sacerdote es ungido el día de su ordenación presbiteral y el obispo con ocasión de su ordenación episcopal, y habla de él como el “aceite de cercanía y ternura”: «El pastor es ungido con óleo el día de su ordenación: sacerdotal y episcopal. Pero el verdadero aceite, aquel interior, es el aceite de la cercanía y de la ternura. Al pastor que no sabe ser cercano, le falta algo: tal vez sea un patrón del campo, pero no es un pastor. Un pastor que carece de ternura será rígido, que apalea a las ovejas. Cercanía y ternura: lo vemos aquí. Así era Jesús»[66].
Para el Pontífice el aceite perfumado del crisma no sirve para perfumarse a sí mismo, ni puede volverse rancio, sino que debe llegar al corazón de los pobres, de los enfermos y de los presos. El aceite con el que un pastor es ungido «no se queda perfumando su persona, sino que se derrama y alcanza “las periferias”[67]». Por eso el verdadero pastor es aquel que ha sido ungido para servir y que tiene «el olor de las ovejas».[68]
8. ¿Me amas?
En la metáfora del pastor podríamos decir que convergen todas las demás: la ternura del pastor es maternal cuando lleva los corderos en el pecho, paternal cuando protege de los peligros e invita a seguir adelante con valentía, sanadora cuando faja a las ovejas enfermas[69]. Nos parece que esta abundancia de ternura en la figura del pastor se puede captar en un texto que pertenece a la tradición de las apariciones post-pascuales de Jesús, Jn 21,15-23, donde Cristo, Buen Pastor, cuida de Pedro, una oveja perdida durante los acontecimientos de la Pasión, para convertirlo en el pastor de su rebaño.
Todos los discípulos salieron a pescar, en una especie de regresión a la vida del pasado, antes del encuentro con Jesús. Todos ellos han abandonado al Maestro, excepto el discípulo amado. Incluso el discípulo designado para ser «la piedra» (cf. Jn 1,42) ha negado tres veces ser su discípulo (cf. Jn 18,17-25-27). Ahora el Resucitado se acerca, y no para enrostrarle su huida. Se hace cercano para alimentarlo, para curarle las heridas, para llevar a cabo una «rehabilitación»[70] y entregarle una misión. Se hace madre, pastor, padre, se convierte en ternura que ahora los discípulos pueden acoger entre sus propios sentimientos, concedidos por el Espíritu recibido la tarde de Pascua (cf. Jn 20,22), para conformarse plenamente con aquellos del Hijo (cf. Flp 2,5).
Es la Pascua la que manifiesta plenamente la ternura de Dios que amó tanto al mundo que entregó a su Hijo (cf. Jn 3,16). Esta ternura, manifestada a lo largo de todo el acontecimiento de Cristo, fue el estilo de su misión. En Mt 9,36 es precisamente el amor visceral y la capacidad de identificación (manifestada por el verbo splanchnízomai) que Jesús tiene hacia la multitud -que él asimila a un rebaño sin pastores capaces de conducirlo- lo que le lleva a involucrar a sus discípulos en su actividad misionera, invitándolos a orar al Padre y llamándolos consigo para liberar del mal y para sanar (Mt 9,37-10,1). Ahora, gracias a la efusión del Espíritu de Cristo, la ternura puede ser el estilo misionero de los discípulos del Resucitado.
La triple pregunta que Jesús dirige a Pedro: «¿Me amas?» (Jn 21,15.16.17) recuerda la triple negación de la noche de la captura, cuando emerge con fuerza «la incompatibilidad entre el camino cada vez más preciso de Jesús y el que Simón Pedro sigue soñando»[71]. Este nuevo llamado no es para humillar, sino para sanar el corazón del discípulo. La misión no es una cuestión de reglas a seguir, sino de ternura a acoger para dejarse calentar el corazón y vencer la scklerocardía (endurecimiento del corazón). El triple envío misionero “Apacienta mi rebaño” expresa toda la ternura de Jesús hacia un discípulo que estaba petrificado por el miedo. Así, la ternura desplegada por Cristo vence sus resistencias, lo lleva a una purificación que consiste en volver a tomar conciencia de que Jesús tiene un corazón («Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo», Jn 21,17) y lo invita a cultivar la ternura por las ovejas de su Pastor, a las que debe guiar y por las que, a imitación del Pastor Supremo, debe aprender a dar la vida.[72]
El Papa Francisco nos enseña así que la tarea pastoral de la Iglesia no consiste en la elaboración compleja de estrategias de ataque o de defensa, sino en la introducción de las semillas de Cristo en la historia. Un discípulo del Señor no es tanto el que hace o da cosas como el que derrama el buen perfume de Cristo, la fragancia de su ternura. Von Balthasar lo explica bien:
«¿Quién es el cristiano? Uno que compromete su vida por sus hermanos, porque él mismo es deudor de su vida al crucificado. Pero, ¿qué puede dar en serio a sus hermanos? No solo cosas visibles; su don -lo que se le ha dado a él mismo- se hunde en las cosas invisibles de Dios […] Hay cosas que él puede dar y mostrar; pero no se encuentran en el campo en el que se acostumbra a perfilar la iglesia visible: culto, fiestas, sacramentos, oficios sagrados. Más bien, son semillas de vida divina que, canalizadas a través de estos canales, deberían florecer en los cristianos. Es difícil expresarlas en conceptos, porque más que una realidad expresable, son un perfume que respira de Dios. «Somos el perfume de Cristo» (2Cor 2,15). Pablo describe con muchos nombres el jardín del amor que comienza a florecer en la tierra: «Ternura, bondad, humildad, mansedumbre, magnanimidad, paciencia mutua […], paz de Cristo […], sobre todo caridad» (Col 3,12-15)»[73].
La ternura es parte de las semillas de vida divina que los cristianos pueden hacer brotar en la historia, transformando su esfera de acción y relación en un jardín de amor. Que la ternura sea para nosotros la fragancia que perfuma nuestra vida y la semilla que esparcimos abundantemente cada día, con la certeza de que quien siembra con anchura y ternura prepara una cosecha abundante.[74]
NOTAS
[1] Virgen Consagrada, Doctora en Teología Bíblica y docente en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, con diversas investigaciones y publicaciones acerca de la Teología de la Ternura. Esta ponencia fue realizada en el Congreso La Teología de la Ternura en el Papa Francisco, Asís, 14 al 16 de septiembre de 2018.
[2] G. Ravasi, Spiritualità e Bibbia, GdT 404, Queriniana, Brescia 2018, 17.
[3] A. J. Heschel, Il messaggio dei profeti, Borla, Roma 1981, p. 9.
[4] Cf. J. P. Sonnet, «Giustizia e misericordia. Gli attributi di Dio nella dinamica narrativa del Pentateuco», La Civiltà Cattolica, 167/1 (2016), pp. 332-348.
[5] G. Ravasi, «Caratteristiche generali del linguaggio biblico», en R. Fabris e collaboratori (editor), Introduzione generale alla Bibbia, Corso di studi biblici Logos 1, 2ª edizione rinnovata, Elledici, Leumann (TO) 2006, p. 333.
[6] Ibid., p. 332.
[7] G. Grampa, «Dire Dio. Appunti sulla qualità simbolica del linguaggio religioso», Rivista del Clero Italiano 67 (1986), p. 202.
[8] G. Ravasi, «Caratteristiche generali del linguaggio biblico», p. 333.
[9] A propósito de la predicación, recomiendo el estudio de G. Piccolo – N. Steeves, E io ti dico: immagina! L’arte difficile della predicazione, Città Nuova, Roma 2017.
[10] Cf. K. Rahner, L’elemento dinamico nella Chiesa. Principi, imperativi concreti e carismi, Morcelliana, Brescia 1970.
[11] M. I. Rupnik, Secondo lo Spirito. La teologia spirituale in cammino con la Chiesa di papa Francesco, LEV, Città del Vaticano 2017, 31.
[12] W. Kasper, Papa Francesco. La rivoluzione della tenerezza e dell’amore. Radici teologiche e prospettive pastorali, GdT 378, Queriniana, Brescia 2015, p. 20.
[13] Solo por citar algunos ejemplos: «dejarse misericordiar», «oración memoriosa», «primerear» (es decir, «tomar la iniciativa»), «balconear» (en el sentido de «mirar por el balcón», «no involucrarse»), «martalismo» (en el sentido de «afanarse haciendo tantas cosas», como Marta, hermana de María, y perder la mejor parte), «sobrantes urbanos», «inequidad», «Iglesia en salida», «periferias existenciales», «cultura del encuentro», «fraternidad mística».
[14] Al comienzo del Sínodo sobre la Palabra de Dios, Benedicto XVI recordó que «humanamente hablando, la palabra, nuestra palabra humana, no es casi nada en la realidad, un aliento… Pero ya la palabra humana tiene una fuerza increíble. Son las palabras las que crean la historia, son las palabras las que dan forma a los pensamientos, los pensamientos de los que proviene la palabra. Es la palabra que forma la historia, la realidad» (Benedicto XVI, Meditación de la Primera Congregación General, XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 6 de octubre de 2008).
[15] N. GALANTINO, Vivere le parole. Per un vocabolario dell’esistenza, Casale Monferrato (Al), Piemme 2018, 5.
[16] Francisco, Mensaje para la 50ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales.
[17] Para hablar del poder de Dios, por ejemplo, en el Cántico de Ana se dice que «da la muerte y da la vida, hace descender al sheol y hace subir» (1 Sam 2,6). Para hablar de su obra de liberación, se dice que saca a su pueblo de la casa de la esclavitud «con mano poderosa y brazo extendido» (cf. Dt 5,15). Para hablar de su acción creadora se dice que pone los cimientos de la tierra y cierra el mar entre las compuertas (cf. Jb 38,4.8). Para hablar de su deseo de tener una relación con su pueblo infiel, hablamos del amante rechazado y traicionado (cf. Os 2) y del amor intachable de una madre (cf. Is 49,14-15).
[18] Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 188, art. 6.
[19] «Las imágenes […] ayudan a valorar y aceptar el mensaje que se quiere transmitir. Una imagen atractiva hace que el mensaje se sienta como algo familiar, cercano, posible, conectado con la propia vida. Una imagen bien lograda puede llevar a gustar el mensaje que se quiere transmitir, despierta un deseo y motiva a la voluntad en la dirección del Evangelio. Una buena homilía […] debe contener “una idea, un sentimiento, una imagen”» (EG 157).
[20] «La verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien […] toda palabra en la Escritura es primero don antes que exigencia» (EG 142).
[21] C. Rocchetta, Teologia della tenerezza. Un «vangelo» da riscoprire, EDB, Bologna 2000. Para una teología bíblica de la ternura cf. C. Rocchetta – R. Manes, La tenerezza grembo di Dio amore. Saggio di teologia biblica. Nuova edizione, EDB, Bologna 2016.
[22] G. Ravasi, «La “Tenerezza” è risorta», Il Sole 24 ore (4 ottobre 2015), p. 33.
[23] I. Guanzini, Tenerezza. La rivoluzione del potere gentile, Ponte alle grazie, Milano 2017, p. 10.
[24] I. Guanzini, Tenerezza, 11.12.
[25] I. Guanzini, Tenerezza, 15.16.
[26] Francisco, Discurso a los participantes en el Congreso Nacional promovido por el Centro de la Familia “Cassa della Tenerezza” sobre el tema “La teología de la ternura en el Papa Francisco”, 13 de septiembre de 2018.
[27] Además, esta plenitud de la relación con Dios, con nosotros mismos y con los demás, «brota de una tensión continua que obliga a las relaciones cristianas a una confrontación constante en la perspectiva de la verdad, evitando el riesgo de una acomodación cuyo resultado sería, a lo sumo, el de un buen consorcio humano. Así, Dios es el baricentro y el punto límite de todo sistema relacional construido sobre la ternura». (F. Marcacci, «Tenerezza nella verità per un pensiero umile», Italia francescana 88 (2013), pp. 21-22).
[28] Solo deteniéndonos en las Exhortaciones Apostólicas, el término ternura aparece 6 veces en Gaudete et exsultate (nn. 72.134.151.154.154.155.163); 11 veces en Evangelii gaudium (nn. 3.4 [ternura paterna] 85.88.270.274.279 [ternura paterna] .286[ternura materna] 288[x3]); 20 veces en Amoris laetitia (el título de los nn. 27-30 en el capítulo I La ternura del abrazo; 28.59.60.120 [ternura conyugal como amistad] .123 [ternura conyugal como amistad] .125 [ternura de los esposos] .127 [amor conyugal como amistad] .143.149.164 [ternura conyugal] .170 [amor de los padres como ternura de Dios Padre] .174 [ternura materna] .175 [ternura materna] .222 [ternura conyugal] .283 [ternura conyugal] .287 [ternura materna] .308.310.323).
[29] Francisco, Discurso a los participantes en el Congreso Nacional promovido por el Centro de la Familia “Cassa della Tenerezza” sobre el tema “La teología de la ternura en el Papa Francisco”, 13 de septiembre de 2018.
[30] «El preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura». (Francisco, Homilía, Santa Misa de Inicio del Ministerio Petrino, 19 de marzo de 2013).
[31] «Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida. Jesucristo dio su preciosa sangre en la cruz por esa persona. Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega» (EG 274).
[32] La ternura permite «entrar en contacto con la existencia concreta de los otros» (EG 270).
[33] «La gente de hoy ciertamente necesita palabras, pero sobre todo necesita que seamos testigos de la misericordia, de la ternura del Señor, que calienta el corazón» (Francisco, Homilía, Santa Misa con seminaristas, novicios y novicias, 7 de julio de 2013).
[34] El Evangelio nos dice qué nos pide el reino de Jesús a nosotros: nos recuerda que la cercanía y la ternura son la norma de vida también para nosotros, y a partir de esto seremos juzgados […] Al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor, en la proximidad y en la ternura hacia los hermanos. (Francisco, Homilía, Santa Misa para la canonización, 23 de noviembre de 2014).
[35] Ver La simbología teológica antropomórfica en G. Ravasi, Spiritualità e Bibbia, GdT 404, Queriniana, Brescia 2018, pp. 30-34.
[36] M.I. Rupnik, Secondo lo Spirito. La teologia spirituale in cammino con la Chiesa di papa Francesco, LEV, Città del Vaticano 2017, p. 186.
[37] Cf. Ex 34,6; Sal 86,15; 103,8.
[38] Francisco, Discurso a los participantes en el Congreso Nacional promovido por el Centro de la Familia “Cassa della Tenerezza” sobre el tema “La teología de la ternura en el Papa Francisco”, 13 de septiembre de 2018.
[39] Francisco, Discurso a los dirigentes y al personal de la Comisaría de Roma y de la Dirección Central de Salud del Departamento de Seguridad Pública, 25 de mayo de 2018.
[40] Is 63,16; 64,7.
[41] Rm 15,6; 2Cor 1,3; Col 1,3.
[42] Esta imagen tan tierna de la paternidad divina es utilizada por el Santo Padre en AL 28.
[43] Francisco, Meditación matutina, Santa Marta, 28 de marzo de 2014.
[44] M. Cruciani, «Lo stile familiare di una evangelizzazione gioiosa» en H.M. Yáñez (editores), Evangelii gaudium: il testo ci interroga. Chiavi di lettura, testimonianze e prospettive, GBPress, Roma 2014, p. 97.
[45] Mt 9,36; 14,14; Mc 6,34; Lc 7,13; 10,33; 15,20.
[46] «En las Escrituras Dios se muestra como padre, pero también como madre que cuida y se inclina en el gesto de amamantar y de dar de comer» (Francisco, Discurso a los dirigentes y al personal de la Comisaría de Roma y de la Dirección Central de Salud del Departamento de Seguridad Pública, 25 de mayo de 2018).
[47] Francisco, Homilía, Santa Misa con seminaristas, novicios y novicias, 7 de julio de 2013.
[48] «“Festejad… gozad… alegraos”, dice el Profeta (66,10). Es una gran invitación a la alegría. ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo de esta invitación a la alegría? Porque el Señor hará derivar hacia la santa Ciudad y sus habitantes un “torrente” de consolación, un torrente de consolación –así llenos de consolación-, un torrente de ternura materna: “Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán” (v. 12). Como la mamá pone al niño sobre sus rodillas y lo acaricia, así el Señor hará con nosotros y hace con nosotros. Este es el torrente de ternura que nos da tanta consolación. “Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (v. 13)». (Francisco, Homilía, Santa Misa con seminaristas, novicios y novicias, 7 de julio de 2013).
[49] Cf. Francisco, Meditación matutina, Santa Marta, 11 de diciembre de 2014.
[50] «Aquí aparece la delicada y tierna intimidad que existe entre la madre y su niño, un recién nacido que duerme en los brazos de su madre después de haber sido amamantado. Se trata —como lo expresa la palabra hebrea gamul— de un niño ya destetado, que se aferra conscientemente a la madre que lo lleva en su pecho. Es entonces una intimidad consciente y no meramente biológica. Por eso el salmista canta: «Tengo mi interior en paz y en silencio, como un niño destetado en el regazo de su madre (Sal 131,2)» (AL 28).
[51] Ex 15,26; Sal 147,3.
[52] Cf. Jr 3,22; 30,11.17; 33,6.
[53] La Conferencia Episcopal Italiana 2008 traduce como «bondad y misericordia», pero el Texto Masorético dice esed weraămîm, expresión che alude a la identidad divina de Ex 34,6, donde Dios se autodefine «tierno (raûm) y misericordioso (annûn)».
[54] A. Spadaro, «Intervista a Papa Francesco», La Civiltà Cattolica 164/3 (2013) 461. Publicada en L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, Año XLV, n. 39 (2.333), viernes 27 de septiembre de 2013.
[55] Francisco, Ángelus, 15 de febrero de 2015.
[56] Francisco, Meditación matutina, Santa Marta, 14 de diciembre de 2017.
[57] Francisco, Discurso del Santo Padre Francisco a los miembros de la Federación de Colegios Profesionales de Enfermeros, Asistentes Sanitarios, Cuidadoras de Niños (IPASVI), 3 de marzo de 2018.
[58] Sal 23,1-3; 80,2-3; Jr 23,3-4; Ez 34,11-15.
[59] Os 4,16; Mi 4,6-7.
[60] Mt 15,24; Jn 10,16.
[61] Jn 3,16-18; 19,28-30.
[62] En el texto de la Congregación para el Clero de marzo de 2015, titulado La espiritualidad presbiteral según el Papa Francisco, hay un párrafo entero dedicado a la ternura del pastor.
[63] Francisco, Meditación matutina, Santa Marta, 7 de junio de 2013.
[64] Francisco, Homilía, Santa Misa para la canonización, 23 de noviembre de 2014.
[65] «Como el profeta Jonás, siempre llevamos latente la tentación de huir a un lugar seguro que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas. Tal vez nos resistimos a salir de un territorio que nos era conocido y manejable. Sin embargo, las dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de Jonás, o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para él, pueden tener la función de hacernos volver a ese Dios que es ternura y que quiere llevarnos a una itinerancia constante y renovadora» (GE 134).
[66] Francisco, Meditación matutina, Santa Marta, 28 de enero de 2018.
[67] Francisco, Homilía, Misa Crismal, 28 de marzo de 2013.
[68] Francisco, Homilía, Misa Crismal, 28 de marzo de 2013.
[69] Cf. Is 40,11; Ez 34,11-16.
[70] R. E. Brown, Giovanni. Commento al Vangelo spirituale, Cittadella, Assisi 20056, 1406.
[71] A. Marchadour, I personaggi del Vangelo di Giovanni. Specchio per una cristologia narrativa, EDB, Bologna 2007, 51.
[72] «No se trata solo de mostrar que Jesús concedió el perdón a Pedro; la escena contiene otros dos hechos importantes sobre la historia de Pedro: el ministerio pastoral que le fue confiado y su muerte a imitación de Jesús. Por su libre bondad y autoridad, el Resucitado asigna una tarea eminente al discípulo, que humanamente ha faltado. Le confirma la profecía de su muerte (Jn 13,36), pero ahora la presenta como un signo de distinción: el discípulo, que ha depuesto el orgullo y la obstinación, puede y debe seguirlo. El Resucitado no solo “rehabilita” a Pedro, sino que lo hace otro hombre, constituido en el ministerio y en la imitación personal» (R. Schnackenburg, Il Vangelo di Giovanni, CTNT IV/3, Brescia 1981, 600).
[73] H.U. von Balthasar, Cordula ovverosia il caso serio, Queriniana, Brescia 2016, 135.
[74] Cf. Sal 126 (125),5; 2Cor 9,6.

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