Sinodalidad y Colegialidad “activas” en la lucha contra los abusos – José Ignacio Fernández, pbro.

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Artículo publicado en la edición Nº 1.201 (ENERO- MARZO 2019)
Autor: José Ignacio Fernández, pbro.
Para citar: Fernández, José Ignacio; Sinodalidad y Colegialidad “activas” en la lucha contra los abusos, en La Revista Católica, Nº1.201, enero-marzo 2019, pp. 11-20.

 

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Sinodalidad y Colegialidad “activas” en la lucha contra los abusos
José Ignacio Fernández, pbro. [1]
Diócesis de Talca

En el reciente encuentro de presidentes de conferencias episcopales “La Protección de los Menores en la Iglesia”, convocado por el Papa Francisco, se habló en reiteradas ocasiones de sinodalidad o colegialidad, como parte de la búsqueda de un camino que permita hacer frente a los abusos sexuales a menores y a adultos vulnerables por parte de clérigos. Evidentemente, la apelación a estos conceptos no pretendió diluir la centralidad que merecen los procesos penales, tanto canónicos como civiles. Al contrario, como veremos, su uso frecuente se orientó a reconocer la necesidad de un proceso cada vez más integral, ante un cáncer que ataca lo más profundo del cuerpo eclesial.
En esta perspectiva, el presente artículo ofrece, desde la eclesiología, algunas pistas interpretativas para acceder mejor a las intervenciones presentadas durante esta reunión. En efecto, este texto no pretende agregar nada ni repetir lo que ya se ha dicho, sino ser un instrumento para abordar estas ponencias y, a la vez, plantear algunas preguntas que hagan más fructuosa su lectura para nuestro futuro eclesial.
Propongo que lo hagamos volviendo nuestra mirada a otro importante encuentro, aquel con el que el Papa Juan XXIII convocó a todos los obispos del mundo: el Concilio Vaticano II. Durante su celebración, los obispos tuvieron la tarea, nada fácil, de pensar la Iglesia misma; se decía que la gran pregunta del Concilio era ¿Iglesia, qué dices de ti misma? ¿Quién eres?
Los Padres conciliares enfrentaron grandes debates en el proceso de elaboración de la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium (en adelante, LG), y dos de esas discusiones pueden darnos particular luz hoy a la hora de leer las presentaciones del encuentro para la protección de los menores. Estos son los debates sobre el Pueblo de Dios y sobre la colegialidad episcopal.
1. El debate sobre el Pueblo de Dios
Los organismos encargados de preparar el Concilio habían escrito un esquema acerca de la Iglesia previo al inicio del encuentro en 1962. Era un texto que proponían para la discusión, pero que esperaban que los obispos del mundo aprobarían con cierta facilidad. No obstante, la situación fue la contraria, pues el esquema preparado fue fuertemente criticado y hubo que asumir la desafiante tarea de elaborar un nuevo documento que pudiera ayudar a la autocomprensión eclesial en nuestro tiempo.
El nuevo esquema en que se comenzó a trabajar contenía cuatro capítulos: I. El misterio de la Iglesia; II. La jerarquía, especialmente el episcopado; III. El Pueblo de Dios, especialmente los laicos; y IV. La vocación a la santidad en la Iglesia. Estos capítulos estaban redactados en un modo más ecuménico y pastoral respecto al primer esquema, e integraban una argumentación de tono bíblico y patrístico.
Mientras se ajustaban los detalles de los capítulos para ser enviados a los obispos, surgió la inquietud de si acaso gran parte de aquello que se decía de los laicos, en el tercer capítulo, no correspondía también a los miembros de la jerarquía, es decir, a todos los bautizados. Se decidió, entonces, adjuntar una nota en la que se proponía a los Padres conciliares evaluar esta modificación: tomar estos elementos comunes a todo el Pueblo de Dios y crear con ellos un nuevo capítulo que fuera ubicado antes de aquel dedicado a la jerarquía.
El consenso respecto a esta idea creció rápidamente, y la reflexión provocada por el debate dio grandes frutos a nivel teológico y pastoral. El nuevo segundo capítulo de la constitución sobre la Iglesia, ubicado entre el capítulo de la Iglesia misterio y el de la jerarquía, se constituyó en un hecho y recibió el título de De Populo Dei, es decir, el Pueblo de Dios.
Este acontecimiento significó una revolución para la eclesiología. Yves Congar se refiere a esta iniciativa diciendo que le parece una de las decisiones más importantes del Concilio, y que el modo en que finalmente quedó redactado el capítulo De Populo Dei contiene una de las más grandes promesas para el quehacer teológico, pastoral y ecuménico de la Eclesiología[2]. ¿Qué significó este nuevo capítulo? ¿Qué contiene? ¿Qué promesas pastorales se encuentran ya contenidas en él?
En primer lugar, significa dejar atrás el modelo piramidal de la estructura orgánica del Iglesia, para dar paso al reconocimiento de la igualdad fundamental de los bautizados, previa a la distinción de funciones dentro del Pueblo de Dios.
También llevó a comprender la Iglesia no solo como la agregación institucional de individuos, sino como una comunión de personas, que por obra del Espíritu Santo se constituyen en un sujeto colectivo: el Pueblo de Dios. Y, haciéndose eco de las Sagrada Escrituras, el Concilio señala que este Pueblo nacido del bautismo es “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (1Pe 2,9).
En efecto, para caracterizar a este Pueblo, que es la Iglesia, el Concilio lo llama “pueblo mesiánico” (LG 9), “pueblo sacerdotal” (LG 10), y reconoce que el “pueblo santo de Dios participa también del carácter profético de Cristo” (LG 12). Dando contenido y buscando describir este carácter profético del Pueblo, se utilizó la expresión sensus fidei o sentido de la fe, que asegura que “la totalidad de los fieles que tienen la unción del Santo (cf. 1Jn 2,20.27) no puede equivocarse en la fe” (LG 12). Este sentido sobrenatural del Pueblo de Dios se manifiesta “cuando ‘desde los obispos hasta el último de los cristianos’ [San Agustín] muestran estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y moral” (LG 12).
En la renovación litúrgica post-conciliar hemos promovido en algo la dimensión sacerdotal de todo el Pueblo de Dios, cuando recordamos que es toda la asamblea la que celebra la Eucaristía, la que se ofrece a Dios, y no solo quien la preside. Si el Pueblo de Dios es un pueblo sacerdotal que participa del carácter profético de Cristo, ¿qué rol juega, entonces, el sacerdocio ministerial? Podemos decir que el sacerdocio ministerial se ordena, se encuentra al servicio, es-para, la realización de este sacerdocio común de los fieles (cf. LG 10).
Estos elementos de la constitución Lumen Gentium fundan y nos llevan a transitar naturalmente a aquella forma de existencia eclesial que la Iglesia antigua conocía como sínodo o sinodalidad. La palabra está compuesta de dos términos griegos σύν/syn (junto, con) y ὁδός/odós (camino), de modo que “sin-odo” expresa el caminar conjunto de todo Pueblo de Dios[3].
Entonces, en nuestro tiempo, frente a los abusos de menores por parte de clérigos, algunos de los expositores han manifestado la urgencia de la sinodalidad: ¿Cómo hacemos efectiva y operante la sinodalidad de la Iglesia? ¿Cómo caminamos juntos laicos y pastores?
La periodista mexicana Valentina Alazraki, en su intervención frente a los presidentes de conferencias episcopales, comenzó recordándoles algunos de estos elementos a los prelados: “Para una madre no hay hijos de primera o segunda división: hay hijos más fuertes e hijos más vulnerables. Tampoco para la Iglesia hay hijos de primera o segunda división. Sus hijos aparentemente más importantes como lo son ustedes, obispos y cardenales (no me atrevo a decir el Papa), no son más importantes que cualquier niño, niña o joven que haya vivido la tragedia de ser víctima de abuso por parte de un clérigo”[4]. ¡Con qué fuerza hizo resonar la igual dignidad de todos los bautizados dentro del Pueblo de Dios!
Así también, Linda Ghisoni, perteneciente al Dicasterio para los Laicos, la Familia y Vida, llamó a los obispos a sacar las consecuencias prácticas de esta comprensión de la Iglesia como Pueblo de Dios en camino, marcado por el sensus fidei: “Es vital para los Obispos valerse de la contribución, del consejo y del discernimiento de los que todos son capaces en su Iglesia, incluidos los laicos, no solamente para sí mismos y en lo referente a las elecciones personales, sino también como Iglesia y para el bien de la Iglesia en el hic et nunc en el que están llamados a vivir”[5].
En efecto, las mujeres estuvieron brillantes por la lucidez, profundidad y aplicabilidad de sus intervenciones. A partir de sus palabras, Linda Ghisoni nos ayuda a preguntarnos en el caso de los abusos por parte de clérigos. ¿Cuántos laicos trabajan hoy en la acogida de las víctimas, en la recepción de denuncias, en las investigaciones previas y en los demás procesos canónicos? ¿Cómo contribuyen los profesionales católicos en el camino de cómo y cuándo comunicar? ¿Qué espacios de discernimiento tenemos a nivel de nuestra Iglesia local chilena y en nuestras respectivas Iglesias particulares, donde la participación de los laicos sea efectiva en las medidas de prevención de abusos?
Podríamos seguir mostrando los frutos de aplicabilidad de este debate ocurrido durante el Concilio Vaticano II, reflejados en las intervenciones que abogaron por erradicar y prevenir el abuso por medio de la activación de la sinodalidad eclesial. Destaca entre dichos frutos el insoslayable “rechazo de la cultura clericalista que tan a menudo engendró tal abuso”[6]. Sin embargo, no es la finalidad de este artículo hacer un comentario acerca de las intervenciones, sino justamente ayudar a ir a ellas. En efecto, pasaremos mejor ahora a otro debate que ocupó la agenda del Vaticano II y que hoy tiene repercusiones en las exposiciones del encuentro de los presidentes de conferencias episcopales.
2. El debate sobre la colegialidad episcopal
Luego de que el Concilio Vaticano I en la segunda mitad del siglo XIX, definiese la suprema potestad del Romano Pontífice, quedó abierta la cuestión acerca de la identidad y función de los obispos en medio del Pueblo de Dios, y la relación entre ellos mismos.
El Concilio Vaticano II asumió el desafío de abordar esta cuestión, y pasó por el complejo debate. Algunos, especialmente afectados por el fantasma de las tesis conciliaristas, temían que las determinaciones que se tomaran fueran en detrimento de la autoridad del Papa. No obstante, como en todos estos casos, la agudeza del debate permitió que la reflexión teológica fuese más profunda.
El amplísimo consenso alcanzado por los Padres conciliares durante la discusión se manifestó en la votación por puntos realizada el 30 de octubre de 1963[7]. En ella se aprobaron cuatro cuestiones relacionadas con el episcopado y que se encuentran íntimamente vinculadas entre sí. Así, ellas pasaron a ser parte de la constitución sobre la Iglesia:
  • El Colegio de los obispos sucede al Colegio de los Apóstoles. Por fidelidad a la misión recibida del Señor y conscientes que ésta tiene que durar hasta el fin del mundo (Mt 28,20), los Apóstoles nombraron “a algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en su ministerio. […] a través de aquellos que los apóstoles nombraron obispos y de sus sucesores hasta nosotros, se manifiesta y conserva la tradición apostólica en todo el mundo” (LG 20). Es decir, nos aseguran la vinculación con el origen: los Apóstoles y la misión recibida desde el mismo Jesucristo.
  • “Por la consagración episcopal se recibe la plenitud del sacramento del orden” (LG 21). Para realizar su misión, los Apóstoles “se vieron enriquecidos con la venida especial del Espíritu Santo que descendió sobre ellos (cf. Hch 1, 8; 2, 4; Jn 20, 22-23). Ellos mismos comunicaron a sus colaboradores, mediante la imposición de manos (cf. 1Tim 4, 14; 2Tim 1, 6-7), el don espiritual que se ha transmitido hasta nosotros en la consagración de los obispos” (LG 21).
  • La potestad suprema y plena de este Colegio de los obispos, unido a su cabeza, es de derecho divino. “Por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico” (LG 22), de modo que “el orden de los obispos, que sucede al Colegio de los Apóstoles en el magisterio y en el gobierno como pastores, más aun, en el que incluso continúa sin cesar el cuerpo apostólico, es también sujeto de la potestad suprema y plena sobre toda la Iglesia solo junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y nunca sin esta Cabeza” (LG 22).
  • “Uno queda constituido miembro del Colegio episcopal en virtud de la consagración episcopal y por la comunión jerárquica con la Cabeza y con los miembros del Colegio” (LG 22).
Estos pocos puntos nos muestran la comprensión que la Iglesia tiene del ministerio de los obispos dentro Colegio episcopal, como un ministerio llamado a ser vivido en estrechos vínculos de comunión con los demás obispos y con su Cabeza, el sucesor de Pedro. Es así como esta unidad manifiesta y realiza la unidad la Iglesia. Cada obispo, siendo principio y fundamento de la unidad de su Iglesia particular, en el Colegio pasa a representarla en el ámbito de la Iglesia universal (cf. LG 23).
En efecto, sinodalidad y colegialidad se articulan para manifestar y hacer operante la misión y la comunión de todo el Pueblo de Dios tanto a nivel de cada Iglesia particular como a nivel de la Iglesia universal.
En esta perspectiva se ordenan las recientes ponencias, como aquella del cardenal Rubén Salazar, Arzobispo de Bogotá, quien expresó que en el tratamiento de la crisis por el abuso sexual de clérigos a menores de edad “y en el proceso de conversión que debe emprender para poder enfrentarla, el obispo no está solo. Su ministerio es un ministerio colegial. […] Más que nunca tenemos que sentirnos llamados a fortalecer nuestros vínculos fraternos, a entrar en un verdadero discernimiento comunitario”[8].
El cardenal Salazar se muestra consciente de que los enunciados teóricos ya los teníamos, y que lo que necesitamos es hacer operativa la colegialidad en la protección de los menores al interior de la Iglesia. Coherentemente con su propuesta de una colegialidad activa en este ámbito, propone la implementación de un código de conducta al interior del Colegio episcopal, el cual “vendrá a clarificar y a exigirnos la conducta que es la propia del obispo. Su obligatoriedad será una garantía de que todos actuemos al unísono y en la dirección correcta”[9].
El código de conducta para los obispos puede ayudar a que el Colegio episcopal haga efectiva una voluntad común, que como tal reconocemos propia de la Iglesia universal, y la haga operante en cada Iglesia particular. Pero principalmente, como afirma Linda Ghisoni, hará responsables a los obispos en el caminar juntos.
De hecho, Ghisoni, como perita en Derecho Canónico, propone un procedimiento de rendición de cuentas, por parte de los obispos y de los superiores generales, que permita saber si han actuado o no de acuerdo a lo establecido: “Decir que también el obispo debe siempre dar cuenta a alguien de su actuar no significa someterlo a un control o desconfiar de él a priori, sino insertarlo en la dinámica de la comunión eclesial, en la que todos los miembros actúan de modo coordinado, según sus propios carismas y ministerios”[10].
3. Articular sinodalidad-colegialidad-primado en la lucha contra el abuso
Es difícil pensar una realización plena de la colegialidad, si no hay detrás una vida sinodal a nivel de la Iglesia particular. Esta vida sinodal permitiría que el obispo hiciese coherente su representación del Pueblo de Dios que le ha sido confiado al interno del Colegio episcopal.
Comparto un fragmento de una carta pastoral que los Obispos chilenos dirigieron al Pueblo de Dios el año 1961, cuando se preparaban para participar en el Concilio Vaticano II. En ella manifestaron una lúcida vivencia de este dinamismo sinodalidad-colegialidad-primado:
“Un Concilio Ecuménico o General, solo puede ser convocado y presidido por el Papa porque sin él no tienen valor las decisiones ecuménicas. Al Concilio concurren, en cuanto es posible, todos los Obispos del mundo. Ellos llevan la representación de sus diócesis, es decir, de los cristianos que en ellas viven, cuyas necesidades y aspiraciones, los Prelados llevan en su corazón. Es la Iglesia entera que se congrega, representada por quienes ‘el Espíritu Santo puso para regir la Iglesia’. Sin duda, esta reunión es uno de los actos más importantes y propios de la vitalidad del Cuerpo Místico de Cristo”[11].
Articular sinodalidad-colegialidad-primado se nos presenta hoy como un desafío de conversión, y, por lo tanto, de humilde apertura a la gracia, para que no nos desviemos hacia el latente riesgo de un voluntarismo estratégico. La necesidad y dificultad de este camino fueron reconocidas por el Papa Francisco en su discurso con motivo del 50° aniversario del Sínodo de los Obispos: “el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio […] Caminar juntos —laicos, pastores, Obispo de Roma— es un concepto fácil de expresar con palabras, pero no es tan fácil ponerlo en práctica”[12].
La ineludible lucha contra los abusos sexuales, por fidelidad al Evangelio, puede llegar a ser una oportunidad para retomar con fuerza el proceso de recepción del Concilio Vaticano II. Tal como las “heridas del Señor Resucitado recordaron a los discípulos la traición, su propia traición y el abandono de Jesús cuando salvaron sus propias vidas por miedo”[13], como sostuvo con su profundidad acostumbrada el cardenal Antonio Tagle, a nosotros hoy las heridas de las víctimas de abusos sexuales por parte de clérigos nos recuerdan nuestra traición cuando promovemos una estructura eclesial clericalista. Esta es una forma de elitismo al interior del Pueblo de Dios que facilita el abuso de la autoridad dentro del cuerpo eclesial.
En el encuentro realizado para la protección de menores y adultos vulnerables, este es un gesto que nos habla de un modo de afrontar esta crisis. Así lo reconoce el cardenal Oswald Gracias, quien expresó que el Papa Francisco, “al invitar a los presidentes de las conferencias episcopales nacionales, está señalando cómo la Iglesia debe abordar esta crisis. Para él y para los que nos reunimos con él, será el camino de la colegialidad y de la sinodalidad”[14].
En coherencia con lo planteado, este cardenal proveniente de la India, sabe que no podemos quedarnos solo en declaraciones altisonantes. Por eso, señala una cuestión fundamental: “debemos aprender a practicar otras formas de gestión, y aprender cómo podemos llevar a cabo procesos sinodales”[15]. Esto es algo que necesitaremos cuestionarnos y hacernos cargo en cada Iglesia particular con humildad, antes que justificarnos y pensar que lo estamos haciendo bien.
Como miembros de este único Pueblo de Dios, todos estamos llamados a caminar juntos hasta el final de los tiempos, tal como Israel caminó en el desierto hacia la Tierra Prometida, tal como alegremente cantamos cuando nos reunimos en la Eucaristía: “Somos un Pueblo que camina” o “Iglesia peregrina de Dios”. Todos quienes hemos recibido un mismo Espíritu, somos todos co-partícipes en la escucha de lo que “el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2,7), y nosotros en particular, de aquello que nos dice a la Iglesia en Chile.
En cada diócesis, después de leer estas intervenciones, podremos preguntarnos: ¿Qué dice el Espíritu hoy a nuestra Iglesia particular? ¡Qué pregunta! Solamente formularla puede causarnos vértigo. Para lanzarnos a buscar respuestas tendremos que confiar en que el Pueblo de Dios ha sido ungido por el Espíritu de Dios y, como tal, está capacitado para ponerse a la escucha y en camino, todos: laicos, pastores y obispo de Roma.
NOTAS
[1] Sacerdote de la diócesis de Talca e ingeniero civil. Actualmente está cursando una Licencia en Teología Dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.
[2] Cf. Congar, Yves, «The people of God», en Vatican II. An Interfaith appraisal, ed. Miller, John (University of Notre Dame Press, 1966), 197. Además, en una nota de la misma conferencia indica que no es claro el modo en que se trabajó, ni la influencia –de carácter decisiva– que hubo, para que finalmente el esquema llegara al segundo período conciliar ya con la nueva estructura incorporada. Eso sí, destaca la influencia de los alemanes y que el texto incorpora muchas sugerencias venidas de Santiago de Chile. Cf. Congar, Yves, 206.
[3] Cf. Comisión Teológica Internacional, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, 2 de marzo de 2018, n.3.
[4] Alazraki, Valentina, Comunicación: para todas las personas. Intervención en el encuentro “La Protección de los Menores en la Iglesia”, Aula del Sínodo de la Santa Sede, Vaticano, 23 de febrero de 2019.
[5] Ghisoni, Linda, Communio: actuar juntos. Intervención en el encuentro “La Protección de los Menores en la Iglesia”, Aula del Sínodo de la Santa Sede, Vaticano, 22 de febrero de 2019.
[6] Cupich, Cardenal Blase J., Sinodalidad: Conjuntamente responsables. Intervención en el encuentro “La Protección de los Menores en la Iglesia”, Aula del Sínodo de la Santa Sede, Vaticano, 22 de febrero de 2019.
[7] Cabe mencionar que el cardenal arzobispo de Santiago, Raúl Silva Henríquez, en nombre de 77 Padres de América Latina, hizo llegar a quienes actuaban de moderadores a nombre del Papa en el aula conciliar, una carta el lunes 8 de octubre de 1962. En ella proponía que estos temas fueran sometidos a votación de los Padres conciliares de forma independiente del capítulo en general, tal como finalmente fue realizado. Esta solución permitió destrabar un difícil debate. Cf. Alberto Melloni, «El comienzo del segundo período. El gran debate sobre la Iglesia», en Historia del Concilio Vaticano II. El Concilio Maduro. El segundo período y la segunda intersesión, ed. Alberigo, Giuseppe, vol. III (Salamanca: Sígueme, s. f.), 76.
[8] Salazar, Cardenal Rubén, La Iglesia en un momento de crisis. Responsabilidad de los obispos. Enfrentar los conflictos y las tensiones, y actuar decididamente. Intervención en el encuentro “La Protección de los Menores en la Iglesia”, Aula del Sínodo de la Santa Sede, Vaticano, 21 de febrero de 2019.
[9] Ídem.
[10] Ghisoni, Linda, ídem.
[11] Obispos de la Conferencia Episcopal de Chile, Pastoral colectiva del Episcopado Chileno. S.S. Juan XXIII y el Concilio Ecuménico Vaticano II, 21 de junio de 1961.
[12] Francisco, Discurso con motivo del 50º aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, Aula Paulo VI, 17 de octubre de 2015, en Acta apostolicae sedis, vol. 107 (Vaticano, 2015), 1139.
[13] Tagle, Cardenal Luis Antonio, El olor a oveja: Conocer su dolor y curar sus heridas está en la esencia de la tarea del pastor. Intervención en el encuentro “La Protección de los Menores en la Iglesia”, Aula del Sínodo de la Santa Sede, Vaticano, 21 de febrero de 2019.
[14] Gracias, Cardenal Oswald, La obligación de rendir cuentas en una Iglesia colegial y sinodal. Intervención en el encuentro “La Protección de los Menores en la Iglesia”, Aula del Sínodo de la Santa Sede, Vaticano, 22 de febrero de 2019.
[15] Ídem.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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