Jornada Mundial de las Comunicaciones: Protagonistas de una comunidad verdaderamente humana – Ana María Gálmez Balmaceda

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Artículo publicado en la edición Nº 1.201 (ENERO- MARZO 2019)
Autor: Ana María Gálmez Balmaceda, periodista
Para citar: Gálmez, Ana María; Protagonistas de una comunidad verdaderamente humana. Comentario sobre la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2019, en La Revista Católica, Nº1.201, enero-marzo 2019, pp. 126-131.
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« “Somos miembros unos de otros” (Ef 4,25).
De las comunidades en las redes sociales a la comunidad humana »

Protagonistas de una comunidad verdaderamente humana. Comentario sobre la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2019
Ana María Gálmez Balmaceda [1]
Periodista

En un mundo donde a diario las personas dedican horas a interrelacionarse a través de las redes sociales, no llama la atención que el Papa Francisco centre por segundo año consecutivo su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales en el papel que internet ocupa en nuestras vidas y sus desafíos en el contexto comunicativo actual.
El año pasado abordó el fenómeno de las llamadas fake news o noticias falsas para ayudarnos a tomar conciencia sobre la responsabilidad que tenemos en el cuidado de la verdad, pero este 2019 el Papa ahonda en algo mucho más profundo. En un mundo donde la mayor pobreza es la soledad, Francisco quiere hacernos tomar conciencia del espejismo que supone pensar que las redes sociales satisfacen completamente el plano relacional.
En la óptica positiva, la red nos multiplica los momentos en los que entramos en contacto con nuestros seres queridos, amigos o colegas de trabajo. Gracias a las nuevas tecnologías, la frecuencia de la comunicación aumenta: es posible conversar en vivo y en directo con alguien que vive quizá a miles de kilómetros de distancia; seguir conferencias en línea o conocer, como católica, de primera fuente las conferencias y testimonios que se escucharon en la reciente cumbre sobre protección de menores en el Vaticano.
Pero estas mismas alternativas nos hacen plantearnos cómo lograr que esos gestos sean, más que un simple intercambio de información, un medio para establecer relaciones auténticas, con sentido cristiano. Porque la realidad que uno palpa cuando se mira alrededor es que hoy pasamos más tiempo comunicándonos con los que no están y no dándole tiempo y cercanía al prójimo más cercano. Muchas veces al final del día podemos comprobar que hemos gastado un par de horas a navegar por la red o reenviando mensajes, y no hemos tenido un par de minutos para dedicarle a ese padre mayor que está solo o a ese hijo o amigo que requiere nuestro tiempo y cariño.
“El ambiente mediático –dice el Papa- es hoy tan omnipresente que resulta muy difícil distinguirlo de la esfera de la vida cotidiana”.
Es un fenómeno que describió hace algunos años la destacada psicóloga estadounidense Sherry Turkle, en una charla TED que se viralizó mundialmente y cuyo título es ¿Conectados, pero solos? La experta aborda ideas desarrolladas en su libro, Juntos en soledad: Por qué esperamos más de la tecnología y menos los unos de los otros (2011), donde alerta sobre el peligro de buscar en la tecnología un sustituto a las relaciones sociales: “Las conexiones digitales y los robots sociales nos dan la sensación de estar en compañía sin las exigencias de la amistad”, asegura allí la investigadora de la facultad de Ciencias, Tecnología y Sociedad del MIT.
Ahora es Francisco quien advierte que este hecho afecta nuestra interioridad y agrieta la centralidad que tiene en la vida de un cristiano la relación personal con el otro. Por ello el Papa invita en este nuevo mensaje a reflexionar sobre la metáfora de la red y que “trasladada a la dimensión antropológica, nos recuerda otra figura llena de significados: la comunidad”.
Ermitaños sociales
La red, sostiene el Papa, “constituye una ocasión para favorecer el encuentro con los demás, pero puede también potenciar nuestro autoaislamiento, como una telaraña que atrapa”.
Francisco acuña el término “ermitaños sociales” como un posible peligro para los jóvenes, y me atrevo añadir también aplicable al mundo adulto, cuyo mayor riesgo es apartarse completamente de la sociedad. “Esta dramática dinámica pone de manifiesto un grave desgarro en el tejido relacional de la sociedad, una laceración que no podemos ignorar”, afirma.
Esta realidad, continúa el mensaje, “plantea diversas cuestiones de carácter ético, social, jurídico, político y económico; e interpela también a la Iglesia. Mientras los gobiernos buscan vías de reglamentación legal para salvar la visión original de una red libre, abierta y segura, todos tenemos la posibilidad y la responsabilidad de favorecer su uso positivo.”
En virtud de nuestro ser creados a imagen y semejanza de Dios, que es comunión y comunicación-de-sí, llevamos siempre en el corazón la nostalgia de vivir en comunión, de pertenecer a una comunidad y cita a san Basilio que aseguraba que “nada es tan específico de nuestra naturaleza como el entrar en relación unos con otros, el tener necesidad unos de otros”.
Esta preocupación tiene en vilo a creyentes y no creyentes. Byung-chul Han, un famoso profesor y filósofo coreano autor de La sociedad del cansancio denuncia en su reciente libro el Buen entretenimiento que “a la civilización actual le falta, sobretodo, vida contemplativa. Por eso desarrolla una hiperactividad, que le quita a la vida la capacidad de demorarse y recrearse”.
Esta idea toca un punto clave de otra pregunta que lanza el Papa sobre “¿cómo reencontrar la verdadera identidad comunitaria siendo conscientes de la responsabilidad que tenemos unos con otros también en la red?”. Siguiendo la línea del pensador coreano, podemos responder a dicha pregunta afirmando que sin vida contemplativa es muy difícil darse tiempo para los demás, ya que eso requiere trato y tiempo para descubrir y conocer al otro.
“Soy verdaderamente humano, verdaderamente personal, solamente si me relaciono con los demás. El término persona, de hecho, denota al ser humano como ‘rostro’ dirigido hacia el otro, que interactúa con los demás. Nuestra vida crece en humanidad al pasar del carácter individual al personal. El auténtico camino de humanización va desde el individuo que percibe al otro como rival, hasta la persona que lo reconoce como compañero de viaje”, precisa Francisco.
La ecología del silencio
Whasapps, tuits, alertas… son un ruido permanente e invasivo en nuestra vida diaria. No hay reunión familiar o profesional que no esté contaminada por las alertas de modernos aparatos que nos ofrecen el espejismo de estar al día de todo lo que pasa en nuestro entorno al instante y que distraen y contaminan la riqueza del encuentro personal.
El aumento de la información disponible impone a cada uno de nosotros la necesidad de cultivar una actitud reflexiva. Es decir, la capacidad de discernir los datos que son valiosos de los que no lo son. A veces es complicado, pues como ya lo decía el Papa Francisco en su mensaje de 2014: “La velocidad con la que se suceden las informaciones supera nuestra capacidad de reflexión y de juicio, y no permite una expresión mesurada y correcta de uno mismo”.
También lo denunciaba el Papa emérito, Benedicto XVI, en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2012. Entonces hacía ver la importancia de redescubrir y revalorar el silencio como parte del proceso comunicativo, al abrir momentos de reflexión que permitan asimilar lo que se percibe y dar una respuesta adecuada al otro: “Escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos”.
En este sentido, al reflexionar reiterativamente sobre el papel de internet en la cultura actual, el Papa Francisco nos invita a recuperar un cierto sentido de lentitud y de calma, a desarrollar la arquitectura de la escucha, a tener el genuino deseo de escuchar a los otros para aprender o reaprender a mirar el mundo con ojos distintos. El esfuerzo por formar una actitud personal de escucha y la promoción de espacios de silencio, nos abre a los demás, y de modo especial, a la acción de Dios en nuestras almas y en el mundo.
Es tanto el anhelo de silencio y de interioridad que tiene la sociedad actual, que poco a poco toma fuerza esta sed de calma que ya se ha traducido en una floreciente industria de “desintoxicación digital”. Esta corriente ofrece, entre otras opciones, campamentos de verano, retiros, turismo emocional, terapias, apps que te marcan tus límites de uso de internet, etc.
En la vida cristiana, el silencio juega un papel importantísimo, pues es condición para cultivar una interioridad que permite oír la voz del Espíritu Santo y secundar sus mociones. ¿Cómo conseguir entonces esta interioridad para construir comunidad, en un ambiente marcado por las nuevas tecnologías?
Una identidad fundada en la comunión y la alteridad
Francisco recurre a imágenes, un recurso siempre presente en sus mensajes, y toma la metáfora del cuerpo y los miembros que usa san Pablo para hablar de la relación de reciprocidad entre las personas, fundada en un organismo que las une.
“La metáfora del cuerpo y los miembros nos lleva a reflexionar sobre nuestra identidad, que está fundada en la comunión y la alteridad. Como cristianos, todos nos reconocemos miembros del único cuerpo del que Cristo es la cabeza. Esto nos ayuda a ver a las personas no como competidores potenciales, sino a considerar incluso a los enemigos como personas”, ilustra el Papa.
Esta afirmación del Santo Padre está en sintonía con lo que sostuvo monseñor Fernando Ocáriz, actual Prelado del Opus Dei, en una entrevista en el diario italiano Avvenire.
Ante una pregunta del periodista sobre ¿Qué significa hoy para un laico buscar la santidad en la sociedad digital?” responde:
“Entre otras cosas, significa sembrar de amistad el mundo digital, superando así el riesgo de la despersonalización. Pues las relaciones auténticas comienzan cuando se ven personas concretas en el centro de toda interacción, aunque a menudo, en las conversaciones digitales, no se las tenga delante”. También significa “compartir contenidos valiosos, sin sustituir la cultura por mera información. Y para eso hace falta estudiar, reflexionar, orar, escuchar. Además, los cristianos hemos de infundir serenidad en el rápido flujo digital”.
De la imagen metafórica, el Papa pasa al ejemplo práctico con el que intenta ayudar a buscar modos concretos de hacer vida este mensaje: “La imagen del cuerpo y de los miembros nos recuerda que el uso de las redes sociales es complementario al encuentro en carne y hueso, que se da a través del cuerpo, el corazón, los ojos, la mirada, la respiración del otro”.
Del diagnóstico al tratamiento
Erling Kagge, un famoso explorador noruego, en su libro El silencio en la era del ruido revela hasta 33 formas diferentes de responder a una pregunta básica: ¿Por qué el silencio ahora es más importante que nunca? En su opinión el silencio es una actitud mental. En una entrevista que dio en 2016 al portal ACEPRENSA afirma: “Comencé a buscar respuestas para mí mismo y mis hijas, mientras leía, hablaba y escribía sobre el silencio. Descubrí que cada uno tiene que encontrar su propio silencio, su propio Polo Sur en la vida diaria.”
Esta sabiduría milenaria a la que llegó este noruego explorando el Polo Sur, desconectándose de cualquier interferencia mediática, es la que quiere rescatar Francisco usando la imagen del cuerpo y de los miembros donde nos recuerda que “si la red me proporciona la ocasión para acercarme a historias y experiencias de belleza o de sufrimiento físicamente lejanas de mí, para rezar juntos y buscar juntos el bien en el redescubrimiento de lo que nos une, entonces es un recurso”.
Tal vez el primer propósito que surge al finalizar la lectura y meditación de este mensaje, es que al igual que todos los bienes materiales, internet se debe emplear con moderación.
Retomando la idea de cómo puede un laico santificarse en esta sociedad digital, hace recordar que el ideal de la santidad implica ir más allá de lo que es meramente lícito y preguntarse: ¿Esto me acercará más a Dios?
Para buscar este fin el Papa concluye su mensaje planteando un desafío eclesial que debemos tomar en serio: “La Iglesia misma es una red tejida por la comunión eucarística, en la que la unión no se funda sobre los like, sino sobre la verdad, sobre el amén con el que cada uno se adhiere al Cuerpo de Cristo acogiendo a los demás”.
Y qué mejor ejemplo de silencio e interioridad que la figura de la Virgen María con la que Francisco cerró la reciente Jornada Mundial de la Juventud en Panamá donde aseguró, en lenguaje mediático, que “María de Nazaret no salía en las ‘redes sociales’ de la época, no era una influencer, pero sin quererlo ni buscarlo se volvió la mujer que más influyó en la historia”. Esas palabras durante la vigilia de cierre pueden ser el mejor marco para leer y hacer vida este mensaje de la 53ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales donde se nos invita a ser protagonistas de la reconstrucción de una comunidad verdaderamente humana.
NOTA
[1] Periodista, directora del Departamento de Comunicaciones de la Prelatura del Opus Dei en Chile.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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