Una ética de la ternura hacia las periferias existenciales – Giuseppe Anzalone, pbro.

0 Comments

Una ética de la ternura hacia las periferias existenciales

Giuseppe Anzalone, pbro.[1]

DESCARGAR ARTÍCULO EN PDF
Para desarrollar mejor nuestro tema en tres etapas, nos guiaremos por la metáfora de Ezequiel 47 sobre la famosa visión del templo como el misterio trinitario de Dios, vientre de la ternura, del que brota el río bautismal que atraviesa los desiertos del alma, hasta rociar el Mar Muerto de las periferias existenciales extremas. Intentaré, por tanto, captar el mensaje de la ética de la ternura en el Papa Francisco a través de la filigrana de palabras y gestos, es más, de los gestos que preceden a las palabras; «encíclica de los gestos» como la define Raffaele Luise[2]. Mi intervención, dentro de los límites de la exposición, pretende ser una especie de “viaje dantesco” hacia atrás: de la montaña de Dios a los abismos existenciales.
1. El paradigma del Templo
«Los padres de la iglesia -según el biblista Albert Vanhoye, a propósito de Ez 47- reconocieron en este templo el verdadero templo, Jesús: es de la herida del lado derecho de su costado que saldrán sangre y agua»[3]. El templo-abierto-a la vida es también un icono femenino y una metáfora del vientre trinitario de Dios, fuente de la primera creación y de la nueva creación. En efecto, «Dios es Padre, pero aun más Madre», según la famosa visión de Juan Pablo I[4], y en virtud de este “vientre trinitario” la Iglesia y el mundo mismo reciben la impronta materna.
Según Cipriano, «De su vientre nacemos, de su leche nos nutrimos, de su Espíritu somos vivificados»[5]. La mística Adrienne Von Speyr afirma que «la relación entre las personas divinas es tan amplia que en ella hay lugar para todo el mundo»[6].  Los padres de la Iglesia llaman perijóresis trinitaria a la circularidad y compenetración entre las personas divinas, con tal plenitud que rebosan ad extra: «La ternura del Señor se extiende sobre todas las criaturas» (Sal 145,9).
Para comprender este misterio, pensemos en el maravilloso laboratorio químico de la “fotosíntesis”, según el cual «esta prodigiosa actividad está ligada a la energía radiante que el sol hace caer sobre la hoja; sin luz el laboratorio natural no funciona, con luz funciona a toda velocidad. Por esta razón, en los bosques vemos la carrera de las plantas hacia la luz, en un intento por adelantarse unas a otras para capturar la mayor cantidad de energía luminosa posible. En el mundo del espíritu se produce un fenómeno similar: el hombre, dotado de una capacidad increíble para hacer el bien, queda bloqueado si Cristo, el divino sol, no hace llegar sobre él sus rayos. Por lo tanto, con la luz de Cristo, el bien; sin la luz de Cristo, al menos reflejada, no hay verdadero bien. De ahí la búsqueda apasionada de los hombres por Él».[7]
En la vida espiritual, el hombre atravesado por la luz de Dios “da mucho fruto”, mientras que la rama que se poda a sí misma, como en la parábola evangélica de Juan 15, está destinada a morir de inanición. Esta visión que subyace y atraviesa la experiencia pastoral y magisterial del Papa Francisco tiene en cuenta la brecha radical entre la filosofía griega de un dios “motor inmóvil” (Aristóteles) y el dios del pathos de la Biblia[8], que marca el fin de la indiferencia y la imperturbabilidad (ataraxia) de Dios. Hay una categoría bíblica que expresa el cambio de perspectiva: el griego splanchna (vientre, útero), de donde proviene el verbo splanchnizomai; y la correspondiente forma judía rehem (vientre, útero) con el plural de intensidad rahamim (entrañas maternas, entrañas de ternura).
Como dice Gianfranco Ravasi: «El sustantivo hebreo rehem, en el plural rahamim, designa el vientre materno, las entrañas generativas femeninas y masculinas para quienes en la Biblia el corazón no es el órgano de la misericordia, como sucede con el italiano (miseri-cordia), sino el útero de la madre»[9].  En palabras de Francisco de Asís, “Dios es humildad”; y así como el agua -también humilde- que tiende siempre hacia abajo, así es la Ternura del Señor. Esta es, pues, la debilidad de Dios que se inclina (kenosis) sobre las criaturas heridas por el pecado original; y es la fuerza del hombre, capaz de bajar el puente levadizo del yo para abrirse al mundo y a Dios. Por eso, la ternura no es una opción, ni un adorno del alma, sino la esencia misma del cristianismo, o más bien, la expresión de la naturaleza paterna y materna de Dios.
Como resultado, la Iglesia, “vientre del vientre trinitario”, avanza hasta llevar la desolada fe de Occidente de vuelta a su centro neurálgico; libre -como dice el Papa Francisco- «de un encuentro con Cristo puramente nominalista» y a favor de la «persona del Cristo vivo».[10]
2. El paradigma del Desierto
Ezequiel en su obra literaria de la gran visión del capítulo 47 habla de un agua que fluye desde el lado derecho del templo; al principio un humilde riachuelo que se va transformando a lo largo del camino en un río exuberante que cruza el desierto de Judá, antes de desembocar en el Mar Muerto. Desierto, eremos, lugar geográfico y lugar teológico; área del éxodo donde se vivió la prueba y zona de intimidad y, al mismo tiempo, tierra de bandolerismo donde el hombre (homo quidam) -como en la parábola del Buen Samaritano de Lc 10,25-37- que bajaba de Jerusalén a Jericó, fue despojado por los ladrones y abandonado a una existencia pálida e incolora. Sin la divina “fotosíntesis clorofílica”.
Carlo Rocchetta y Rosalba Manes escriben en un denso ensayo de teología bíblica: “La ternura, vientre del Dios amor”:
«La ruta que conecta Jerusalén (750m) con Jericó (350m bajo el nivel del mar) cubre un desnivel de mil metros y atraviesa una zona desértica, llena de dunas y barrancos, un refugio ideal para los ladrones. Los “bandoleros” de los que habla Lucas podrían ser los zelotes que, viviendo en clandestinidad, se abastecían atacando a los viajeros, como en el caso del protagonista de la historia, dejado herido en el camino».[11]
Otro hombre (homo quidam) bajó de su caballo, tuvo entrañas de ternura (de splanchnizomai); se acercó a él, le vendó las heridas, les echó aceite y vino; luego lo cargó en su caballo, lo llevó a una posada y se encargó de cuidar de él. La parábola pone en evidencia toda la historia pastoral del Papa Francisco, empeñado en nuestros días en el trabajo incesante de la “Iglesia del delantal” (Tonino Bello).
En resumen, podemos decir que el hombre occidental ha contribuido a la desertificación geográfica y existencial de la tierra con el colonialismo, el neocolonialismo y la globalización. Es una “Tierra de bandolerismo” que ha despojado a la mayor parte de la humanidad y devastado el ecosistema. En esta «tierra desierta, tierra de aullidos solitarios» (Ex 19,4) fluye el río de Dios, un río bautismal; poca cosa al principio, haciéndose un torrente de gracia. Y la Iglesia, sobre la base del Buen Samaritano-Cristo el Señor, se hace cargo de esta humanidad sufriente, la de los desposeídos en barcazas y la de las periferias urbanas.
En la entrevista con el director de La Civiltà Cattolica, el Padre Antonio Spadaro, el Papa Francisco nos deja la deslumbrante imagen de una “Iglesia, hospital de campaña”:
«Veo con claridad —prosigue— que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar desde abajo, desde las condiciones en que viven las personas».[12]
En otras palabras, el Papa desea subrayar que el cristianismo es ante todo “la historia de la salvación” y de la sanación del hombre integral. No cabe duda de que la lectura de Francisco esconde la filigrana de la teología del Éxodo y la visión del Vaticano II, y todo a través de su historia personal en América Latina, dentro de la llamada “teología del pueblo” abierta a una Iglesia pobre y para los pobres. “Iglesia en salida”, como escribe en Evangelii Gaudium 20: «Salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio». Y de nuevo en Lampedusa, el 8 de julio de 2013, decidido tras un impulso de ir al encuentro de la “Puerta de Europa”, donde la gente desesperada llega en balsas, Francisco lanzó su grito de alarma hablando de la «globalización de la indiferencia [que] ha anestesiado el corazón, nos ha hecho incapaces de llorar». «Palabras aún más fuertes -como sostiene Luise- porque se pronunciaron en ese pobre altar al aire libre, construido con tablas recuperadas de las barcas de los migrantes que se estrellaron contra las rocas de la isla».[13]
Esta “carne sufriente”, según el Papa, debe ser tocada, acariciada, amada, sanada; esa “encíclica de los gestos” que toca la experiencia cotidiana de Francisco.
3. El paradigma del Mar Muerto
El agua bautismal que emana del Templo-como-vientre de Dios atraviesa, como en el relato de Ezequiel, los “desiertos del alma” (G. Ungaretti) y desemboca en la mayor depresión del globo terrestre: el Mar Muerto, a unos mil metros de desnivel respecto de Jerusalén. El agua está muerta y ningún pez se interpone. No hay forma de vida. Solo sal.
La esposa de Lot -como en el relato de Gn 19,26 sobre las ruinas de Sodoma y Gomorra- durante la huida de su familia de la ciudad en llamas, se detuvo a mirar hacia atrás «y se convirtió en una estatua de sal», como en las atmósferas surrealistas de Salvador Dalí. Es una metáfora de un cristianismo cristalizado, paralizado y autista. En este paraje geo-existencial emerge el Crucificado-Señor que desciende a los infiernos de las larvas humanas donde no se filtra la “gloria de Dios”; la luz del amanecer del Resucitado, desconocida en el mundo greco-romano, así como en el descenso al Hades de Ulises y Eneas incapaces de abrazar respectivamente a la madre y al padre.
Por otra parte, la luz del Espíritu de Dios llega hasta fondo del Sheol, tal como lo representa la teo-dramática plasmada en los frescos de la “Capilla de los Españoles” de Santa María Novella en Florencia, pintados por Andrea di Bonaiuto entre 1365 y 1367. En el muro del “Descenso a los Infiernos” el artista florentino describe al Resucitado que derriba la puerta de entrada y aplasta al príncipe de los demonios que tiene en sus manos las llaves del poder infernal; libera a los justos-que-buscan-la-luz, rompiendo la pared de la cueva y persiguiendo a los demonios, verdes de bilis.
En su extraordinaria visión mística, Adrienne Von Speyr, inspiradora del pensamiento teológico-espiritual de Hans Urs Von Balthasar, sigue los pasos de Cristo hacia los abismos en el descenso a los Infiernos; representación plástica del viaje paradigmático histórico-salvífico de una iglesia que tiende hacia la periferia de las periferias existenciales, donde se esconde el hedor del mal y de las “estructuras de pecado”. Es ese “hedor” del que hablaba Francesco durante su viaje a Nápoles, “tierra de fuego” y de camorra, donde crecen las “flores del mal” (Charles Baudelaire).
Una de las últimas regiones del “Mar Muerto existencial” es la “Sodoma-Gomorra” de las almas perdidas; el estanque social donde las mafias reclutan jóvenes para meterlos en el mercado del hampa. En mi estudio “Ética de la ternura”[14] identifico en la categoría teológico-existencial de la ternura aquella fuerza disruptiva, no violenta, capaz de romper ciertos sistemas titánicos como los de la mafia. Puesto que la lucha contra la mafia por sí sola no ha sido suficiente para contrarrestar el fenómeno, en el plano eclesial solo el Evangelio de la ternura parece capaz de cambiar el curso de las cosas. El icono franciscano del “Lobo de Gubbio” es emblemático. La ternura de Francisco de Asís, que “tiende” -desde el ad tendere– su mano al “hombre-lobo”, tiene el doble efecto de cambiar al mismo tiempo el corazón del “lobo” y de la “ciudad” que se apresura a asistir y alimentar a la “bestia”[15].
Esta tesis fue apoyada también en la “Carta de los Obispos de Sicilia” del 9 de mayo de 2018 a 25 años del llamamiento de Juan Pablo II en Agrigento del 9 de mayo de 1993. «Como nos enseñaron Juan Pablo II y Benedicto XVI y como Francisco sigue mostrándonos […] el discurso eclesial corre el riesgo de ser más descriptivo que profético». Y, por lo tanto, incapaz de abrir una brecha en los corazones. Se sugiere, por ende, que el Evangelio «se traduzca en un soplo pedagógico capaz de hacer crecer nuevas generaciones de creyentes».[16]
En su libro “La mujer y la salvación del mundo”, Pavel Evdokimov identifica en la “mujer envuelta en el sol”, es decir, en el “femenino espiritual”, aquel vientre de la ternura que da origen a la “civilización de la ternura”, la carga disruptiva capaz de socavar la actual «civilización de la muerte»[17]. Basta pensar cómo en el mundo de la “Cosa Nostra”, la mujer -a pesar de su importante función vicaria, cada vez más prominente debido al encarcelamiento de los principales jefes de la mafia- se mantiene a una distancia suficiente, porque es capaz de derribar el muro de silencio hermético. Para la mafia, de hecho, el mundo de los sentimientos y, en una palabra, el mundo de lo “espiritual femenino”, constituye el ataque más serio contra el hombre endurecido que huye de la ternura, de las lágrimas y de la emoción. El mafioso usa sexualmente a la mujer, pero es incapaz de enamorarse ni de amar.
Bajar el puente levadizo de la ternura para el capo, absolutamente encaramado en las turris eburnea de la ideología mafiosa, significaría la pérdida del control y la debilidad de abandonarse a las razones del corazón. Las lágrimas de conversión como don del Espíritu son el signo más elocuente de ello.
4. Conclusión
En una época de “sociedad líquida” y de “pensamiento líquido”, el Papa Francisco invita a los creyentes a “habitar la complejidad” en virtud de una “verdad polifónica” (Romano Guardini). En un tiempo de regurgitación del tradicionalismo y de nostalgia del pasado, la “revolución” de Francisco es aquella de «llevar la fe cristiana, tan cansada y desolada en Occidente, a su centro evangélico, a la radicalidad evangélica, aprovechando la frescura humana y espiritual de América Latina»[18].
Ciertas resistencias psicológicas y ciertas patologías que ensucian el rostro de la Iglesia en nuestro tiempo son, con toda probabilidad, el resultado del bloqueo del Espíritu de Dios como fuente de ternura y de relación. “En el cristianismo tridentino -escribe Leonard Boff- el santo cristiano es un perfecto controlador de todos sus instintos. Castiga y reprime la pasión que se opone a las virtudes. Es perfecto, pero es rígido, duro y a veces sin corazón. No hay ternura en muchos santos modernos»[19].
En su discurso a los obispos de Brasil durante su viaje del 22 al 29 de julio de 2013, el Papa Francisco se expresa de esta manera:
«Ante este panorama hace falta una Iglesia capaz de acompañar, de ir más allá del mero escuchar; una Iglesia que acompañe en el camino poniéndose en marcha con la gente. […] Se requiere, pues, una Iglesia capaz de redescubrir las entrañas maternas de la misericordia. Sin la misericordia, poco se puede hacer hoy para insertarse en un mundo de «heridos», que necesitan comprensión, perdón y amor».[20]
La ternura que desborda de la circulación del líquido amniótico trinitario no es una cosa dulzona, sino una ternura robusta. Podríamos decir “testimonia”, como aquella de Francisco de Asís, Lorenzo Milani, así como la de Rosario Livatino y Pino Puglisi. El pensamiento se dirige al icono del samaritano que, haciéndose cargo del herido, se manchó de sangre, llevándose impreso en él el estigma del mártir. Para decirlo con precisión con Von Balthasar: el distintivo de la vida cristiana es el martirio.[21]
Por eso, así como el eros en el origen brota cálido y en la tarde de la vida se vuelve silencioso, la ternura, como una cualidad del Ágape herido, nace humilde en la fuente y en la tarde de la vida se convierte en un río desbordante. Esto es lo único capaz de sanear los lagos de amargura de las periferias existenciales.
NOTAS
[1] Giuseppe Anzalone es sacerdote de la diócesis de Caltanissetta, Italia. Profesor del Instituto Teológico-Pastoral Mons. Guttadauro. Fundador y presidente de la asociación Nuova Civiltà para la prevención y la lucha contra la delincuencia juvenil y la toxicomanía. Este artículo corresponde a la ponencia realizada en el Congreso La Teología de la Ternura en el Papa Francisco, Asís, 14 al 16 de septiembre de 2018.
[2] R. Luise, Con le periferie nel cuore, S.Paolo, Cinisello, Balsamo 2014, p. 11.
[3] A. Vanhoye, Il pane quotidiano della Parola, Piemme, Casale Monferrato 2000, pp. 126.
[4] Juan Pablo I, Discurso durante el Ángelus en L’Osservatore Romano, 21 de noviembre de 1978, p. 5.
[5] Cipriano, Sobre la unidad de la Iglesia Católica 4,5: PL 4,518.
[6] Citado por K. Lehmann – W. Kasper, Hans Urs Von Balthasar, Piemme, Casale Monferrato 1991, p. 347.
[7] L. Profili, Il mistero di Cristo vissuto con S. Francesco, II, Ed. Porziuncola, Asís 1990, pp. 164-165.
[8] Cfr. A. J. Hescel, Il messaggio dei profeti, Borla, Città di Castello 1981.
[9] G. Ravasi, Il cuore tenero di Dio, en “Vita pastorale”, n. 1, enero de 2016, p. 39.
[10] Cfr. R. Luise, op. cit., 19.
[11] C. Rocchetta-R. Manes, La tenerezza grembo di Dio amore, Ed. Dehoniane, Bologna 2016, pp. 128-129.
[12] A. Spadaro, «Intervista a Papa Francesco», La Civiltà Cattolica 164/3 (2013). Publicada en L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, Año XLV, n. 39 (2.333), viernes 27 de septiembre de 2013.
[13] Cfr. R. Luise, op. cit., p. 31.
[14] G. Anzalone, Etica della tenerezza, Centro Studi Cammarata, San Cataldo (Caltanissetta) 1998.
[15] «Lo extraordinario del lobo de Gubbio no es que haya amansado, sino que los habitantes de Gubbio se hayan hecho mansos, y que hayan ido a su encuentro no con ganchos o hachas, sino con trozos de comida y polenta caliente» (C. Carretto, Io, Francesco, Cittadella, Asís, 1980, p. 143).
[16] ¡Conviértanse! Carta de los obispos de Sicilia a veinticinco años del llamamiento de San Juan Pablo II [Agrigento, 9 de mayo 1993- 9 de mayo de 2018], Il pozzo di Giacobbe, Trapani 2018, pp. 26-27.
[17] P. Evdokimov, La donna e la salvezza del mondo, Jaca Book, Milano, 1980, p. 190.
[18] Cfr. R. Luise, op. cit., p. 17.
[19] L. Boff, Francesco d’Assisi. Una alternativa umana e cristiana, Cittadella Editrice, Assisi 1989, p. 192.
[20] Francisco, Discurso del Santo padre al Episcopado Brasileño, Arzobispado de Río de Janeiro, 27 de julio de 2013.
[21] Cfr. H. U. Von Balthasar, Cordula ovverosia il caso serio, Queriniana, Brescia, 1993, p. 27.

Categories:

About La Revista Católica

Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *