Cuando un obispo predica – Mons. Patrick H. Daly

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Artículo publicado en la edición Nº 1.202 (ABRIL- JUNIO 2019)
Autor: Patrick H. Daly
Para citar: Daly, Patrick H.; Cuando un obispo predica, en La Revista Católica, Nº1.202, abril-junio 2019, pp. 201-209.

 

 

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Cuando un obispo predica
Mons. Patrick H. Daly [1]

Francisco de Sales (1567-1622), Obispo de Ginebra, era de la idea de que la consagración episcopal confería a los obispos una gracia especial que, al margen de cuán eruditos o elocuentes fueran ellos como sacerdotes, dotaba su predicación como obispos con un valor agregado o, para usar una imagen más moderna, promovía sus sermones a una liga superior. El sacerdocio pudo haber sido instituido durante la Última Cena, pero Francisco de Sales sostenía que los primeros obispos fueron consagrados el día de Pentecostés. Como resultado de que el Espíritu Santo tomase posesión de sus corazones, los obispos se inspiraban en la fuente misma, mientras que los demás lo hacían de forma subordinada. La predicación del obispo tenía una cualidad distintiva y específica, relativa y conferida por el orden episcopal.
Francisco de Sales, siendo él mismo nada mal predicador, encarnaba las virtudes episcopales puestas en relieve por el Concilio de Trento (1545-63), que insistía en que lo que definía al obispo católico era su predicación y su rol magisterial. Cuando el Concilio Vaticano II propuso una teología más enriquecida y contundente del episcopado con su triple identidad como sacerdote, profeta y rey, el obispo siguió siendo presentado por Lumen Gentium 25 primordialmente como predicador, maestro y doctor fidei. Había una clara indicación, y ese es el leitmotif del presente artículo, que lo que distingue la predicación del obispo es el sello magisterial que lleva. Y, en convicción del autor, hay más todavía.
Lo que es muy claro en Pastores Gregis, la exhortación apostólica publicada en 2003 por Juan Pablo II después del Sínodo dedicado a la vocación de los obispos, es la fusión espiritual de identidades entre el obispo que enseña y Cristo Maestro. El obispo habla a la Iglesia con vox sponsae, la voz de la esposa.
La predicación de los Padres de la Iglesia
Los padres de la Iglesia, tanto de Oriente como de Occidente, la mayoría de los cuales fueron obispos, todos vieron la predicación como algo central a su ministerio episcopal. Fue por medio de su predicación, más que en sus órdenes, que establecieron su vínculo con los Apóstoles. La reputación que ellos tuvieron en su propia época y póstumamente fue definida por su talento como predicadores, por la lucidez de su pensamiento y por la profundidad de su enseñanza.
Juan Crisóstomo, Arzobispo de Constantinopla (c.347-407), fue un predicador tan capaz, que se le conoció como “Boca de Oro”. Ambrosio de Milán (c.339-97) fue admirado por el joven Agustín, primero por el seductor encanto de su elocuencia antes de que lo convenciera la doctrina del Obispo de Milán. Más tarde, cuando él mismo devino obispo, Agustín (354-340) afinó las técnicas de la antigua oratoria romana con un efecto hipnótico al exponer la Palabra de Dios al clero y al pueblo de Hipona. El Arzobispo Bonifacio de Cartago manifestó que nunca escuchó predicar a su vecino Fulgencio, Obispo de Ruspe (c.463-527), sin terminar sumido en un mar de lágrimas.
Los obispos predicadores del periodo patrístico en sus propios días formaron mentes, conmovieron corazones y trajeron de regreso a la fe a aquellos que estaban en el error. Es más, los Padres dotaron a la Iglesia durante los siglos sucesivos con un legado doctrinal, articulado originalmente a través de homilías, de tal riqueza que el breviario romano reformado está lleno de extractos de sus escritos, y las constituciones dogmáticas del Concilio Vaticano II están repletas de referencias a las fuentes patrísticas.
El obispo santo
Una vez que en la Alta Edad Media se reconoció oficialmente la canonización de los santos por parte del Papa como un proceso legal, un gran número de obispos fueron elevados a los altares y honrados con fiestas en el calendario romano. La primera canonización papal “oficial” fue la de un obispo, Ulrico de Augsburgo (+973), canonizado por el Papa Juan XV el 993. Sucesivamente, muchos de aquellos cuya santidad fue reconocida de manera oficial fueron obispos. De la Inglaterra medieval ocho obispos fueron canonizados.
Uno de los topoi hagiográficos más frecuentemente citados en los registros de los procesos de canonización fue aquel acerca de la santa dedicación del obispo a la predicación. Un ejemplo basta. En el proceso de vita et moribus de Tomás de Cantalupo (Obispo de Hereford entre 1275-82, canonizado en 1320 por el Papa Juan XXII en Aviñón), su sucesor, Ricardo Swinfield, atestiguó cómo su predecesor rezaba, estudiaba metódicamente las Escrituras hasta altas horas de la noche, y así después se dedicaba a escribir los sermones de su propia mano. Ralph de Hengham, uno de los secretarios del difunto obispo, declaró que Cantalupo era un excelso predicador y un excelente teólogo, y que eso lo percibió en cómo la homilía era el punto destacado de sus visitas a las parroquias y comunidades religiosas en su diócesis rural. De muchos otros obispos medievales se afirmó la misma dedicación y capacidad en su predicación.
Santos obispos irlandeses y su predicación
Dos fueron los obispos irlandeses canonizados en el periodo medieval: Malaquías, Arzobispo de Armagh (canonizado en 1199 por el Papa Clemente III), y Lorenzo O’Toole, Arzobispo de Dublín (canonizado en 1225 por el Papa Honorio III). Ambos tuvieron una reputación no solo de elocuentes predicadores, sino que especialmente dedicados a la predicación. Es importante notar que uno de los más célebres predicadores de la Edad Media fue irlandés. Ricardo Fitzralph, Arzobispo de Armagh (1346-60), predicaba sermones que dejaron una profunda impresión en la corte papal de Aviñón, dada su erudición y la elegancia de su latín escolástico. En Irlanda, junto con predicar en contra de los frailes mendicantes, Fitzralph predicó en Dundalk, Drogheda, Dublín y en diversos lugares en Meath acerca de una variedad de problemas sociales. Reprendió al clero por su indolencia, y a los mercaderes por su extravagancia, su derroche y por el comercio clandestino. Fitzralph fue muy querido por los laicos que, según las fuentes, acogían con entusiasmo sus homilías. En torno a su tumba en la iglesia de San Nicolás en Dundalk se desarrolló un culto, aunque los intentos por canonizarlo no tuvieron éxito.
Los sermones del obispo en imprenta
El sermón del obispo continúa despertando interés incluso en nuestros días. Antologías de predicaciones de obispos tienen un alto nivel de lectoría, especialmente desde el Concilio Vaticano II. Las homilías impresas del desaparecido Cardenal Carlo Martini, Arzobispo de Milán, llegaron a una docena de tomos; los sermones del Arzobispo Vincenzo Paglia, padre espiritual de la Comunidad de San Egidio, abarcó todas las lecturas dominicales de los tres ciclos litúrgicos. Las prédicas del fallecido Cardenal Basil Hume fueron transcritas o reelaboradas en una serie de volúmenes, mientras que los libros de Joseph Casidy, Arzobispo de Tuam, que también cubrieron los domingos y fiestas de los años A, B y C, se transformaron en una referencia obligada de trabajo homilético para los esforzados sacerdotes seculares irlandeses durante muchos años.
Podría argumentarse que aquellos más reconocidos por su talento como predicadores fueron más fácilmente promovidos al episcopado. Ciertamente, este fue el caso del siglo XVII en Francia donde Bossuet, Fenélon, Fléchier y Massillon (los cuatro conmemorados juntos en un monumento impresionante en la Plaza de San Sulpicio en París) fueron todos hechos y puestos en diócesis precisamente por su elocuencia en el púlpito. Y así nos podemos plantear la pregunta acerca de si, una vez que devinieron obispos, ¿hay algo extra, alguna cualidad especial en la predicación ex ore episcopi que recomiende los sermones de los obispos a un público más amplio del que los escuchó originalmente, o que sugiera que ellos deben ser conservados para la posteridad? ¿Tienen más peso teológico las homilías episcopales, suponen un mayor respeto o exigen un mayor grado de reverencia porque fueron pronunciadas por obispos?
La unicidad del sermón episcopal
En una sociedad donde prevalece el rango social o una jerarquía de cualquier tipo, el impacto de la palabra escrita o pronunciada variará según la autoridad que se percibe de su autor. Este principio general se aplica a fortiori cuando se trata de la Iglesia. La reprimenda del director del colegio causa una impresión distinta en un alumno que las mismas palabras dichas como una corrección fraterna por parte de un amigo. Un consejo paternal, un suave reproche de nuestra madre, o el consejo de un hermano nos afectará de modo diverso. Así, por ejemplo, podríamos preguntarnos lo siguiente: si la homilía del Miércoles de Cenizas de nuestro párroco es deficiente, carece de ciertas cualidades, y si, por el contrario, esas cualidades sí se observan en el sermón del obispo en la catedral al inaugurar el tiempo de Cuaresma, entonces, ¿cuáles son dichas cualidades?
El pensamiento de la Iglesia acerca de las cualidades que distinguen la predicación de un obispo fueron elaboradas por aquellos textos del Concilio Vaticano II que decían relación con el episcopado. 35 años después, cuando Juan Pablo II condujo a sus hermanos obispos a través del umbral del nuevo milenio, se focalizó una vez más en esos rasgos característicos destacados por los padres conciliares, pero llamando la atención particularmente sobre un elemento original señalado por su primer predecesor (1Pe 3,15) y que se transformó en el selló de su propio ministerio como testigo: la esperanza.
El obispo habla acerca de las verdades de la fe católica con la autoridad de Cristo, profundiza en ellas y las explica con la mentalidad de la Iglesia. Él comparte sus reflexiones sobre la Palabra de Dios con su pueblo, consciente de que está en comunión fraterna con todos los demás obispos católicos que proclaman la misma fe y la comprenden del mismo modo; y en particular, predica de acuerdo con el Obispo de Roma. La verdad de lo que él predica, la ortodoxia de lo que transmite y la coherencia entre lo que propone y la vida que lleva son lo que confiere su singular autoridad a su predicación como obispo católico. El Papa Francisco siguió el ejemplo de su predecesor al insistir que los obispos al predicar inculcasen esperanza en su rebaño. La autoridad del obispo en el ejercicio de su rol magisterial y cuando predica, particularmente en su iglesia catedral y al pueblo encomendado a su cuidado pastoral, reside en su fidelidad al Magisterio Ordinario de la Iglesia.
Puede afirmarse, además, que un párroco o cualquier ministro ordenado que predica desde el ambón o desde el púlpito de una iglesia católica, también tiene la ortodoxia y el Magisterio como prueba de su autenticidad como ministro de la Palabra. De hecho, la teología del Concilio Vaticano II acerca del sacerdote ministro como colaborador del obispo diocesano en el ejercicio de su ministerio, ve que la autoridad del sacerdote es derivada de una autoridad poseída propia y plenamente por el obispo. Así,  la singular cualidad sacramental del obispo en cuanto maestro permanece intacta, por lo que su autoridad es compartida pero no disminuida.
También se puede preguntar, qué es lo que lo hace específicamente un doctor de la fe. No es su elocuencia como predicador, ni la consistencia de lo que él propone junto a la gran Tradición de la Iglesia y a su comunión con otros obispos católicos y el sucesor de Pedro en particular (ortodoxia). Tampoco es la tradición magisterial sobre la cual se sostiene su comprensión de la fe y la moral, aquello que constituye la particular autoridad del obispo como maestro o su voz como predicador. Es más bien el rol que él encarna como obispo, la identidad que tiene ex officio que lo hace un singular doctor fidei.
La consideración de aquel rol episcopal tradicional y el contexto eclesial en el cual este se ejerce, puede ayudarnos a comprender más claramente qué hace que el sermón del obispo sea diferente de aquel del párroco, del jesuita o del redemptorista predicando en una misión parroquial. Y la mejor forma de ilustrar esa diversidad de roles y la manera en que ellos impactan en el obispo en cuanto maestro-predicador, es analizar lo que ocurre durante la Misa Crismal.
La prédica del obispo en la Misa Crismal
En algunas diócesis más pequeñas la Misa Crismal continúa celebrándose cada año el Jueves Santo, pero incluso en diócesis más extensas donde se celebra en un momento más conveniente de la Semana Santa, el vínculo de esta liturgia extraordinaria con la Última Cena y con todo el misterio del Jueves Santo es esencial a su identidad.
La Misa Crismal merece una atención particular y revela mucho acerca del carácter singular de la predicación del obispo, porque la liturgia lo muestra en todos los roles esenciales de su oficio. Es la única celebración litúrgica del año en que la familia diocesana se congrega completa en la catedral, la iglesia local se reúne jerárquicamente, el rol eclesial de todos los participantes se pone en relieve celebrativo, y la tríada de identidades encarnadas por el obispo aparece de manera completa, formal y pública.
Al considerar el ministerio del obispo como doctor fidei y su predicación con motivo de la Misa Crismal, queda en evidencia su identidad como maestro y destaca por qué su condición de predicador es única, así como por qué sus enseñanzas sobre fe y costumbres requieren una particular atención.
El Ceremoniale Episcoporum es bastante específico en sus instrucciones para los obispos para la celebración de la Misa Crismal. Para su homilía, debe estar sentado en su sede, tener la mitra en su cabeza y su báculo en la mano. Debe hablar directamente a los sacerdotes, recordarles su vocación de servicio, e invitarlos a comprometerse una vez más a la vocación sacerdotal renovando las promesas hechas a su obispo y a la Iglesia el día de su ordenación. Así, el obispo predica ex cathedra, con la mitra indicando la plenitud del orden y con el báculo destacando su rol de pastor de todo el rebaño de bautizados, que incluye a los sacerdotes. Entremos en esta imagen icónica del obispo, que está llena de significado teológico y eclesial.
La sede
La Misa Crismal se celebra en la catedral, iglesia madre de la diócesis, iglesia que es hogar y lugar de reunión por igual de todos los miembros de la familia de la iglesia local. Es el centro de la vida diocesana, es el edificio eclesiástico en que se realiza la iglesia local, con todos sus componentes y miembros. El obispo está sentado en su sede: los dispensadores de conocimiento, justicia y educación habitualmente se sientan en una sede. En esta sede o cathedra, nadie más está autorizado a sentarse, ningún obispo visitante ni cardenal, siendo la única excepción el Obispo de Roma.
La sede está ubicada en el espacio más sagrado de la catedral, siendo el lugar apropiado para que el obispo imparta la enseñanza sagrada. Decimos de un profesor universitario que lo que ocupa es una “cátedra de filosofía/historia/lingüística”, y la cátedra del obispo juega un rol análogo, pues lo ubica, lo muestra y lo identifica como alguien que profesa la fe con el fin de enseñar a los fieles. Se puede decir más sobre el significado de la cathedra, pero queda clara su importancia en la Misa Crismal.
La Misa del Crisma, con todos los sacerdotes de la diócesis en el santuario reunidos en torno al obispo, da testimonio de una expresión corporativa de identidad sacerdotal y hace visible la relación entre los sacerdotes y su obispo. Cuando el obispo habla a sus presbíteros en este contexto, es el padre hablando a sus hijos, es el maestro que se dirige a sus discípulos, e incluso podemos decir que es un capitán animando a su equipo. Lo que hace tan especial y significativa la homilía del obispo en la Misa Crismal, única durante el año, es que él habla a sus sacerdotes plenamente consciente de que todos lo están escuchando. Les habla acerca de su ministerio, ejercido en su nombre, en medio del rebaño de bautizados que les ha sido encomendado a su cuidado en las diversas partes de la diócesis. La unidad del presbiterio y la relación de los presbíteros con su obispo es destacada en la homilía y, como ya dijimos, se expresa corporativamente en la consiguiente concelebración de la Eucaristía.
El báculo
El obispo, con el báculo recordándoselo, es el pastor y habla por medio de sus colaboradores, los sacerdotes, a aquellos para quienes se trabaja y se sirve, es decir, los fieles, el rebaño. Por supuesto, él puede utilizar la ocasión para hablar del Misterio Pascual que está por celebrarse durante el Triduo Santo, puede abordar otros temas de fe y costumbres, u otro hecho candente de interés cristiano respecto de la sociedad contemporánea, por ejemplo, la migración. Este tema podría desarrollarse más, pero basta con decir que el obispo, como buen pastor, está siempre atento a la voz de sus ovejas y él, a su vez, se dirige a ellas con una voz que ellas reconocen. El obispo, como pastor, se esfuerza en dirigirse a su rebaño respecto de las preocupaciones que tengan, en advertirles acerca del peligro y en protegerles del error. El corazón humano siempre se conmueve con palabras de amor y solicitud provenientes de una voz que les es familiar e inmediatamente reconocible. Ese es el efecto que el obispo celoso espera alcanzar.
Consideremos un aspecto final de la asamblea congregada en la Misa Crismal y su relación con el obispo diocesano que la preside, sobre todo porque también constituye la respuesta a las palabras evocadas por el obispo. Todos los bautizados en una familia diocesana tienen una relación eclesial con el obispo, del mismo modo en que los hijos en una familia tienen una relación con sus padres. El clero tiene promesas solemnes de obediencia con su obispo, mientras que a los fieles laicos -por ser el obispo su padre en Dios debidamente designado – se les pide escuchar las palabras del obispo, cuando él les habla en materias de fe o los aconseja en temas éticos o morales, y hacerlo con una sagrada deferencia y una sumisión de la voluntad acorde con la dinámica de una relación parental. Así, el sermón del obispo es escuchado y sus contenidos acogidos con una disposición dócil, basados en la convicción de que un padre siempre querrá lo mejor para sus hijos (Lc 11,11-13).
El contexto eclesial de la Misa Crismal en el que el obispo diocesano predica y enseña como doctor, pastor y padre, se revela en su mayor relieve y casi en perfecta simetría, por sobre cualquier otra celebración del año de la Iglesia. La singularidad del rol del obispo determina el carácter único del cual goza su predicación. La identidad cristológica de aquel que está dotado con la plenitud del orden, su posición exclusiva como pastor de la diócesis o iglesia local (que posee todas las características de la Iglesia Universal), y las relaciones que su ordenación episcopal engendra a lo largo de la Iglesia, se combinan para hacer que su predicación esté particularmente en sintonía con la articulación de su triple vocación episcopal como sacerdote, rey y, sobre todo, profeta. Puede ser que san Francisco de Sales no haya usado este lenguaje, pero su comprensión acerca de lo que la gracia del orden le confirió cuando se convirtió en obispo el 8 de diciembre de 1602, fue asombrosamente perceptiva.
A modo de conclusión
No se puede negar que no todos los obispos son excelsos predicadores, considerando que muchos de ellos lo son y lo han sido desde los tiempos patrísticos. Juan de Ávila, un sacerdote secular, ciertamente fue más efectivo en sus esfuerzos homiléticos que cualquiera de los obispos del siglo XVI de Andalucía. El desaparecido padre Leonard Shield sj, incansable misionero parroquial, fue sin duda más seguro de sí mismo y más elocuente en el púlpito que cualquier obispo de Irlanda de los años 50; o el padre C.C. Martindale sj y Monseñor Ronald Knox lo mismo respecto de los obispos católicos ingleses en el periodo entre guerras. Pero la predicación del obispo, cuando es el diocesano hablando en cuanto doctor fidei a su pueblo, cuando convergen los criterios destacados en esta reflexión sobre cómo su oficio condiciona el alcance de la transmisión y recepción de su mensaje; y cuando él como pastor actúa en la plenitud del orden, merece un respeto y una consideración tal que solo es debida a quienes han recibido el oficio episcopal.
NOTA
[1] Patrick H. Daly es un sacerdote de origen irlandés perteneciente al clero de la Diócesis de Birmingham, Inglaterra. Es Doctor en Historia Medieval y Licenciado en Teología. El presente artículo fue publicado originalmente en inglés en mayo de 2016 bajo el título “When a Bishop Preaches” en The Furrow, revista mensual sobre la Iglesia contemporánea editada por el Saint Patrick’s College de Dublín, Irlanda. La traducción es de La Revista Católica.

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