Edición 1.202 de La Revista Católica – ¿Dónde están los confines del mundo?

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El desarrollo tecnológico ya no es un fenómeno extrínseco a la sociedad, sino que es un hábitat en el que nos movemos cotidianamente, gozándonos de las bondades con que nos facilita la vida, pero también pagando las consecuencias de su condicionamiento respecto de muchos ámbitos de la existencia. Esa convivencia y convergencia cada vez mayor con la tecnología ha hecho que esta llegue a lo más profundo de las personas, haciendo factible en la actualidad potenciamientos humanos que ya están causando disrupción en nuestra dignidad. ¿Cuál es el límite ético de la aplicación tecnológica a nuestra naturaleza? Según el transhumanismo y el posthumanismo, no debería haber nada que impidiera un total avance de la tecnología sobre nosotros: brazos biónicos, inteligencia artificial, cyborgs (mezcla de humano y robot), entre otras realidades, exigen una reflexión urgente para no llegar nuevamente tarde y desde la condena con una luz evangelizadora. Por eso, a partir del presente número, iniciamos un itinerario formativo en esta línea.
Además, continuamos profundizando en una compresión humilde y seria del tema del abuso y el encubrimiento, esta vez desde el punto de vista canónico, a la luz de los últimos documentos del Santo Padre Francisco al respecto. Son contenidos dirigidos especialmente a los obispos del mundo, primeros responsables (pero no únicos) del cuidado de las personas en la Iglesia. Estos y otros temas ofrecemos en la presente edición de La Revista Católica.

 

EDITORIAL

¿Dónde están los confines del mundo?

La misión esencial de la Iglesia es el anuncio del Evangelio hasta los confines del mundo. Esos confines que desde los comienzos del cristianismo y hasta hace pocos siglos se comprendían como lejanía territorial, hoy más que nunca debemos entenderlos como lejanía existencial, como “periferias”, en lenguaje del Papa Francisco.
Los ejemplos de misioneros como san Francisco Javier, san Damián de Molokai o santa Francisca Cabrini, que dejando sus hogares para siempre se aventuraron en latitudes desconocidas del planeta, movidos por la pasión por comunicar a Jesucristo por todos los rincones de la Tierra, hoy ya no nos interpelan desde una perspectiva heroica geográfica, sino más bien cultural.
Hoy la tierra de misión, también como lo fue desde el comienzo, es el corazón de cada hombre y cada mujer, necesitados de Cristo para vivir en plenitud. Y así como los primeros misioneros cristianos, lo mismo que los del Medioevo y la Modernidad, enfrentaron las inclemencias climáticas y las enormes distancias geográficas, hoy nuestra misión evangelizadora se enfrenta a una creciente distancia cultural. Las inclemencias que dificultan nuestra misión contemporánea ya no son las tormentas en medio del mar, ni el calor asolador del desierto, sino las brechas de los lenguajes, la falta de empatía, la pérdida de credibilidad de nuestro anuncio y, sobre todo, la incapacidad de sintonizar con las personas que constituyen esos confines.
Y, lamentablemente, nos damos cuenta de que como Iglesia, especialmente importante parte de su jerarquía, no hacemos más que alejarnos de aquellos a quienes deberíamos estar sedientos de ir. La desconexión casi escandalosa que percibimos regularmente en el discurso público de conocidos pastores y laicos católicos habla de una incomprensión de la categoría de Iglesia en salida a la que el Santo Padre nos viene urgiendo desde el inicio de su pontificado.
Sería sano el ejercicio de preguntarnos habitualmente cómo nos paramos frente al mundo, cómo nos dirigimos a aquellos a quienes Dios nos ha llamado a comunicarles el amor que da la plenitud de la vida. ¿Los miramos como receptores ignotos y pasivos de una fe monolítica que transmitir, o los consideramos interlocutores válidos y activos de una fe que comunicar en un diálogo fecundo para todos? ¿Miramos la cultura contemporánea o, mejor dicho, la pluralidad de culturas, como una suerte de masa uniforme que requiere ser formateada en clave de cristiandad, o como una rica diversidad de personas en cuyas vidas debemos descubrir el misterio de la Encarnación de Nuestro Señor?
Muchos se urgen hoy porque creen que la Iglesia padece un problema comunicacional enorme, una carencia en sus habilidades de hablarle apropiadamente al mundo. Es cierto, eso es un problema importante, pero mucho antes hay que abordar una situación de grave disociación respecto de los signos de los tiempos que, eminentemente, se manifiestan ad extra ecclesiae y no ad intra ecclesiae. La autorreferencialidad nos está matando, tal como nos los ha advertido en reiteradas ocasiones el Papa Francisco.
Los tropiezos ya cotidianos de la vida eclesial en el escenario público nos revela cómo seguimos predicándonos a nosotros mismos, un club de creyentes que necesitan recordar una y otra vez sus leyes fundamentales para no contaminarse con la sociedad a la que hemos sido llamados a evangelizar. Así, los confines del mundo parecieran haber retrocedido y ser hoy, para parte de nuestra Iglesia, aquellos límites que aseguran la aglutinación de la colectividad uniforme, creyente, practicante y condescendiente. Son límites que parece ser mejor no traspasar entrando en diálogo con lo cotidiano. Esto, en consecuencia, lleva a traicionar aquel ideal de Iglesia en salida discernida por los obispos latinoamericanos y presentado por el Santo Padre como modelo pastoral para la actualidad… una actualidad que, al menos, todavía se escandaliza de nuestras incoherencias. Aun es tiempo de reconsiderar los confines de la tierra, antes de que la indignación de la sociedad, católica y no católica, dé paso a una absoluta indiferencia respecto del anuncio cristiano, aquel que constituye la esencia de nuestra misión.
La Revista Católica

 

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About La Revista Católica

Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.