Transhumanismo: Disrupción tecnológica y naturaleza humana – Albert Cortina

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Artículo publicado en la edición Nº 1.202 (ABRIL- JUNIO 2019)
Autor: Albert Cortina, Director del Estudio DTUM
Para citar: Cortina, Albert; Transhumanismo: Disrupción tecnológica y naturaleza humana, en La Revista Católica, Nº1.202, abril-junio 2019, pp. 147-156.

 

 

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Transhumanismo: Disrupción tecnológica y naturaleza humana
Albert Cortina [1]
Director del Estudio DTUM

 
Este es el primero de una serie artículo que el autor escribe especialmente para La Revista Católica, con el fin de conocer las corrientes transhumanista y posthumanista, identificar sus ideologías subyacentes y, a partir de una reflexión desde la fe, ofrecer una respuesta cristiana a este fenómeno que llegó para quedarse.
1. Futuro, persona y tecnologías exponenciales
¿Quién está visionando y construyendo hoy el futuro? ¿Desde qué principios, valores éticos y virtudes morales? ¿Qué tipo de globalización tecnológica se está implementando? ¿Cuál es el modelo de innovación más adecuado para el desarrollo integral de la persona humana? ¿Tenemos un deber moral de mejorar al ser humano biotecnológicamente? ¿Nos hibridaremos con las máquinas? ¿Seguiremos siendo humanos?
En múltiples ocasiones, en los debates científicos, académicos, políticos y económicos no se plantean con suficiente profundidad y visión crítica cuáles son los desafíos y las implicaciones éticas y sociales de la innovación tecnocientífica sobre la naturaleza y la condición humana. La mayoría de las veces no tenemos en cuenta que la convergencia entre las tecnologías emergentes lo está revolucionando absolutamente todo. Las denominadas NBIC – unas siglas que aglutinan la combinación e integración de la nanotecnología, las ciencias de la vida, las técnicas de la información y la comunicación, y las ciencias cognitivas – están cambiando para siempre nuestra forma de vida e incluso nuestra forma de ser humanos.
Tampoco es habitual que en el debate teológico se reflexione suficientemente sobre las implicaciones que va a tener la disrupción tecnológica y los postulados de las ideologías del transhumanismo y del posthumanismo en el conjunto de las tradiciones religiosas, y concretamente, en la espiritualidad cristiana y en nuestra fe católica.
Los ciudadanos muchas veces no pueden decidir sobre el modelo de innovación tecnológica que les conviene, teniendo en cuenta los intereses y necesidades colectivas y el bien común. Comprobamos con demasiada frecuencia cómo los ciudadanos únicamente pueden participar, y no siempre, en las etapas de información sobre la planificación (estrategias), programación (agenda) o implementación económica (innovación en productos y servicios). Sin embargo, al ciudadano muchas veces no se le permite participar de una forma plenamente democrática en la definición del modelo que configura determinada innovación científica o desarrollo tecnológico.
En nuestra opinión, la ciudadanía no está participando actualmente en la construcción del llamado Nuevo Orden Mundial (NOM), que en occidente – especialmente en Estados Unidos – se está consolidando a través de la globalización tecnoliberal y en oriente – especialmente en China – parece que se desarrolla a través de una globalización más tecnocomunitarista.
Por otro lado, asociamos frecuentemente la innovación con el bienestar, es decir, simplemente con la satisfacción de nuestras necesidades y aspiraciones materiales y de confort. También de nuestros deseos, muchas veces ilimitados. Sin embargo, las personas también queremos alcanzar mayores cotas de felicidad, pensamos en el sentido de nuestra vida, en lo que de verdad nos importa, en el control sobre las decisiones que afectan a nuestra existencia, y todo ello va incrementando la autoconciencia humana que nos permite un mayor entendimiento de la realidad. Los humanos estamos creados para ser felices.
Por eso somos capaces de plantearnos ciertas preguntas como, por ejemplo, si tenemos un derecho ilimitado a la innovación tecnocientífica. Y desde nuestro punto de vista, la respuesta es negativa. La Ley Natural infundida en el corazón del ser humano, nos ayuda a descubrir esos límites, las líneas rojas, los condicionantes éticos, los principios morales, de modo que nuestras acciones se correspondan a una responsabilidad personal y social que modula dicho derecho con el objeto de que no sea ilimitado.
La anterior reflexión resulta pertinente dado que en el presente siglo XXI va a ir configurándose un tipo de innovación específica sobre la persona a través del llamado “mejoramiento humano” (human enhancement). Este pretende acelerar biotecnológicamente la evolución humana alterando la condición y naturaleza de la persona y diseñando biotecnológicamente al “hombre nuevo”, que formaría parte de una “nueva humanidad” compuesta por seres posthumanos con capacidades físicas y cognitivas aumentadas.
Tenemos ante nosotros una serie de escenarios utópicos y también unos escenarios distópicos que debemos considerar. En ese sentido, la ciencia ficción actúa muchas veces como un oráculo que nos permite avistar nuestras opciones de futuro.
Por un lado, tenemos un escenario lleno de oportunidades para el progreso del ser humano, la evolución de la vida inteligente, el desarrollo armónico de la biósfera y de la noósfera, e incluso para empezar a habitar de alguna forma el cosmos cercano. No obstante, por otro lado, estamos a punto de cruzar dos líneas rojas: la manipulación genética de la línea germinal para alcanzar un proclamado mejoramiento humano según apuntan los transhumanistas, y la hibridación del cuerpo y la mente humana con la máquina y especialmente con la inteligencia artificial.
Cruzar dichas líneas rojas, es decir, modificar nuestra naturaleza humana para alcanzar primero la condición de seres transhumanos y posteriormente la de seres posthumanos, puede convertir nuestro futuro en una distopía. En este momento, las generaciones que habitamos el planeta Tierra, mediante el principio de precaución, debemos poner las bases éticas de esa relación con las biotecnologías exponenciales y disruptivas que se nos proponen. Ya que no todo lo que podemos hacer o lo que vamos a poder desarrollar en un futuro inmediato, nos conviene.
El desarrollo de la inteligencia artificial, la convergencia de las tecnologías NBIC anteriormente citadas, así como la robotización y la computación cuántica, entre otras realidades, tendrán un impacto directo sobre nuestra esencia como seres humanos que lo abarcará todo.
Estamos pues, en el momento más crucial de la historia humana, y lo que se está poniendo en juego no es lo que haremos o dejaremos de hacer con la innovación de servicios y productos, sino lo que seremos de ahora en adelante a partir de la innovación biotecnológica sobre el propio ser humano.
La auténtica clave de la cuarta revolución industrial o revolución biodigital y del nuevo orden mundial que se está dirimiendo en estos momentos, no radica únicamente en cómo se organizará económica y geopolíticamente la globalización tecnológica, sino en qué se convertirá la especie humana y qué efectos tendrá esa transformación sobre la conciencia de los individuos y del conjunto de la humanidad.
2. Transhumanismo y Posthumanismo
Según la World Transhumanist Association (Asociación Transhumanista Mundial), podemos entender el transhumanismo como una manera de pensar en el futuro basado en la premisa de que la especie humana en su forma actual no representa el final de nuestro desarrollo, sino más bien una etapa relativamente preliminar.
El filósofo Nick Bostrom ha definido formalmente el transhumanismo como “un movimiento cultural, intelectual y científico que afirma el deber moral de mejorar las capacidades físicas y cognitivas de la especie humana, y aplicar al hombre las nuevas tecnologías, a fin de que se puedan eliminar los aspectos no deseados y no necesarios de la condición humana: el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento e, incluso, la condición mortal”.
Con estas premisas, los transhumanistas no dudan en pensarse a sí mismos como una extensión del humanismo, ya que comparten su preocupación por los seres humanos en general y por los individuos en particular. Consideran que, aunque no se logre la perfección, si es posible mejorar las cosas promoviendo un pensamiento racional. Su énfasis está centrado en el potencial de “llegar a ser” del que disponemos. Por ello afirman que es necesario y deseable mejorar la condición humana, y emplear medios racionales para lograrlo. Esa mejora no queda restringida a lo externo y ambiental (la cultura, la educación, los métodos humanistas tradicionales), sino que también se aplica al organismo humano. Y esta aproximación permite pensar en ir más allá del humano actual.
En este sentido, el Manifiesto Posthumanista, en el que se exponen las principales tesis de esta ideología de signo tecnocéntrico, afirma por un lado que “todo progreso de la sociedad humana se articula hacia la transformación de la especie humana tal y como es entendida en estos momentos” y, por otro lado, se arguye que “los cuerpos humanos no tienen límites”. Ante esa cosmovisión se impone la necesidad de hacer un análisis crítico y un debate transversal sobre este relato de alcance global que nos presenta el transhumanismo y que supone una nueva concepción del futuro del ser humano.
La Singularity University es una institución académica de referencia de la ideología transhumanista, cuya misión es “reunir, educar e inspirar a un grupo de dirigentes que se esfuerzan por comprender y facilitar el desarrollo exponencial de las tecnologías y promover, aplicar, orientar y guiar estas herramientas para resolver los grandes desafíos de la humanidad”. Para esta organización, ciertamente el desarrollo humano resultará exponencial a partir de la convergencia de las tecnologías emergentes que supondrán cambios disruptivos en la evolución humana y en la biósfera.
Como podemos ver, el transhumanismo es actualmente una corriente influyente de opinión que interpreta y promueve temas de mejoramiento humano desde posiciones más o menos radicales. Así, el transhumanismo, a través de internet, los medios de comunicación, la publicidad, el cine, la literatura, la música, los juegos online, los mundos virtuales, los metaversos, las comunidades digitales en red, etc., está generando una nueva cultura de la mejora. En consecuencia, como sociedades democráticas y avanzadas, debemos centrar nuestra atención en esta cultura para que de forma crítica y responsable construyamos, a la vez, principios comunes basados en una ética universal que permitan transitar por esta sociedad biotecnológica que estamos construyendo en los inicios del siglo XXI.
Los principios rectores y valores de esa ética universal deberían ayudarnos a discernir entre diversos tipos de tecnologías disponibles. Por ejemplo, están aquellas tecnologías emergentes que permiten avanzar en un desarrollo humano integral, es decir, en el perfeccionamiento del proyecto humano y en la mejora de la humanidad en su conjunto. También existen las tecnologías que permiten disminuir o superar legítimamente algún tipo de discapacidad producida por una enfermedad o por un accidente; pero, además, hay otras tecnologías que pretenden aumentar exponencialmente las capacidades de la persona sana para incrementar su rendimiento físico o cognitivo individual. Finalmente, vemos aquellas otras tecnologías cuyos efectos se intuyen claramente como no deseados ni deseables para el ser humano y/o para el conjunto de la humanidad. Hay que distinguir bien estos tipos de tecnologías y su potencial alcance.
Es probable que en materia de mejoramiento humano no nos convenga todo lo que científica y tecnológicamente podamos hacer ya en estos momentos, o en un futuro más o menos lejano, más o menos cercano.
3. Singularidad tecnológica y mejoramiento humano
La Singularidad está cerca. Para el ingeniero de Google Ray Kurzweil, nuestra especie está a punto de evolucionar artificialmente y convertirse en algo diferente de lo que ha sido siempre. Según él, la singularidad tecnológica o simple Singularidad será un acontecimiento que sucederá dentro de unos años con el aumento espectacular del progreso tecnológico debido al desarrollo de la inteligencia artificial. Eso ocasionará cambios sociales inimaginables, imposibles de comprender o predecir por cualquier humano anterior al citado acontecimiento. En esa fase de la evolución se producirá la fusión entre tecnología e inteligencia humana. Finalmente, de acuerdo a este autor transhumanista, la tecnología dominará los métodos de la biología hasta llegar a una era en la que se impondrá la inteligencia no biológica de los posthumanos que se expandirá por el universo.
Kurzweil pronostica que el siglo XXI marcará la liberación de la humanidad de sus cadenas biológicas y la consagración de la inteligencia como el fenómeno más importante de nuestro universo. Los computadores tendrán una inteligencia que los hará indistinguibles de los humanos. De esta forma, la línea entre humanos y máquinas se difuminará como parte de la evolución tecnológica. Los implantes cibernéticos mejorarán a los seres humanos, dotándolos de nuevas habilidades físicas y cognitivas que les permitirán actuar integradamente con las máquinas. A su vez, estas irán evolucionando al irse produciendo una serie de mejoras que las irán convirtiendo en nuevos organismos tecnológicos, tal vez configuradores de una vida artificial sentiente.
Tal y como lo plantean Kurzweil y otros representantes del transhumanismo, parece como si estuviésemos en plena carrera evolutivo-tecnológica en la cual la inteligencia artificial tuviese muchas posibilidades de ganar a la inteligencia humana. Según esta concepción, la inteligencia artificial se desarrolla ya en estos momentos de modo muy rápido, prácticamente de manera exponencial, y va aprendiendo día a día, ganando progresivamente mayores cuotas de autonomía y adoptando todo tipo de decisiones de forma cada vez más eficaz. En cambio, afirman los transhumanistas, la inteligencia humana es más lenta e ineficaz debido a sus limitaciones biológicas y condicionamientos culturales.
La principal solución que se nos ofrece desde el transhumanismo para acompasarnos a esa tendencia irreversible es el mejoramiento humano tal y como ya hemos expuesto en el apartado anterior. La interacción e integración en nuestro cuerpo y mente de las tecnologías emergentes NBIC permitirá, según esta ideología, transformar radicalmente nuestra naturaleza humana, en un primer momento a un estadio transhumano, pero con el tiempo, se avanzará hacia un proceso de fusión irreversible entre ambas inteligencias – algunos piensan incluso en la confluencia entre la conciencia humana y una “conciencia artificial”  – produciéndose así la emergencia de una nueva especie o de unos nuevos organismos tecnológicos a los que denominamos posthumanos.
De este modo, un transhumano sería un ser humano en transformación, con algunas capacidades físicas y psíquicas superiores a las de un humano normal debido a la aplicación de “mejoras” tecnológicas y genéticas. Por otro lado, un posthumano podría ser un organismo tecnológico o un ser cuyas capacidades excediesen de forma excepcional al ser humano actual por lo que no se plantearía ambigüedad entre humano y posthumano.
4. Superinteligencia, Superlongevidad y Superbienestar
La ideología del transhumanismo se nos presenta habitualmente de forma sintética a través de tres superlativos: La superinteligencia, la superlongevidad y el superbienestar.
4.1 Superinteligencia
Según el transhumanista Marco Santini hay que tener en cuenta que en los próximos años habrá una red de computación profundamente integrada en el medio ambiente, en nuestros cuerpos y en nuestros cerebros. En última instancia, seremos capaces de escanear todos los detalles más destacados del interior de nuestro cerebro, utilizando miles de millones de nanobots (robots diminutos). A continuación, se podrán realizar copias de seguridad de la información. Utilizando la nanotecnología, podremos recrear el cerebro, o mejor aun, según aspiran los transhumanistas, reinstalarlo en un sustrato de computación más eficaz. Nuestros cerebros biológicos utilizan señales químicas que sirven para trasmitir información en solo unos pocos de cientos de metros por segundo. La electrónica es ya millones de veces más rápida. Una pulgada cúbica de circuitos de nanotubos sería alrededor de cien millones de veces más potentes que el cerebro humano. De este modo, vamos a disponer de medios más potentes que la velocidad extremadamente baja interneuronales de nuestra inteligencia.
El transhumanismo insiste en que toda esa explosión predictiva de la capacidad de computación con el tiempo alumbrará una inteligencia artificial que tal vez llegue a adquirir incluso una consciencia simulada en silicio. Si al final los humanos nos integrásemos a las tecnologías emergentes podríamos, según ellos, llegar a estar en contacto directo con esa inteligencia artificial siempre que lo eligiésemos. El resultado sería que nos fusionaríamos efectivamente con la inteligencia artificial y sus habilidades se convertirían en las nuestras. Eso impulsaría a la especie humana, en opinión de los transhumanistas, a un periodo de superinteligencia.
4.2 Superlongevidad
Aubrey de Grey, experto en la investigación sobre el envejecimiento sostiene, desde una visión transhumanista, que nuestras prioridades están fundamentalmente sesgadas y que tenemos que empezar a pensar en serio acerca de prevenir la enorme cantidad de muertes debido al envejecimiento, la mayor causa de enfermedades mortales en el mundo occidental.
Según este autor, hoy no se está tratando el envejecimiento como una prioridad mundial. ¿Estamos simplemente resignados a la muerte por envejecimiento? Hoy en día tenemos el conocimiento y los equipos técnicos para comenzar a desarrollar las tecnologías para combatir el envejecimiento. Desafortunadamente muchas veces, según él, carecemos de la voluntad y del apoyo financiero para hacerlo. La mayoría de nosotros, dice Aubrey de Grey, estamos acostumbrados a la idea de envejecer, a que el envejecimiento sea una consecuencia normal de la vida. No obstante, el envejecimiento según él es una enfermedad que puede curarse.
Siguiendo los argumentos del pensamiento transhumanista, si suponemos que la medicina moderna es para mantenernos vivos y sanos durante el mayor tiempo posible, entonces el movimiento anti-edad lleva a la medicina a su conclusión lógica “el mayor tiempo posible” significa “siempre y cuando queramos”.
Para ello, por ejemplo, se prevé la utilización de los “killer app” (nano robots destructores). Dichos robots, del tamaño de las células de la sangre, a criterio de los transhumanistas, podrán viajar por el torrente sanguíneo destruyendo patógenos, removiendo desechos, corrigiendo errores del ADN, y revirtiendo los procesos del envejecimiento.
Pero, ¿qué haría un mundo sin envejecimiento?, ¿sería sostenible?, ¿cómo podríamos manejar el enorme crecimiento de la población?, ¿cómo nos repartiríamos los recursos naturales?, ¿quién sería el propietario de las tecnologías que lo hicieran posible?, ¿sería la superlongevidad para toda la humanidad o solo para una élite?, y ¿cómo sería la supervivencia y la ancianidad para el resto de la población?
Un ejemplo concreto de la agenda transhumanista en relación a la superlongevidad para alcanzar una “nueva humanidad” es el Proyecto Avatar 2045, impulsado por el magnate ruso Dmitry Itskov, que promueve el desarrollo del primer ciborg de la historia, así como la inmortalidad cibernética.
¿Es todo esto ciencia ficción? Tal vez, pero eso no impide que los seguidores del transhumanismo se lo tomen muy en serio y tengan como elemento fundamental de su corriente de pensamiento, de sus proyectos y de sus programas de financiación, la superlongevidad, la tranferencia mental (mind  uploading, en terminología anglosajona) y la inmortalidad cibernética.
Muchas son las preguntas que nos podemos seguir haciendo: ¿qué relación tendrá en el futuro la superlongevidad con la calidad de vida de los seres humanos?, ¿hasta cuándo trabajaremos?, ¿subsistirán los derechos y los servicios sociales del actual Estado de Bienestar?, ¿no sería muy aburrido vivir tanto tiempo? ¿estaremos solos? y ¿Qué papel desempeñarían la ética y el derecho en todo esto?
4.3 Superbienestar
Una vez expuestos dos de los tres elementos clave de los postulados transhumanistas que hemos querido abordar en el presente apartado, cabría preguntarse: ¿en qué medida la superinteligencia y la superlongevidad nos harán más felices, plenos y dichosos, individual y colectivamente? La respuesta del transhumanismo sería la siguiente: en la medida en que nos conduzcan al superbienestar.
El filósofo David Pearce expone en sus trabajos que la línea transhumanista del superbienestar tiene como objetivo, en primer lugar, investigar y eliminar el sufrimiento.
Minimizar nuestro sufrimiento, y el sufrimiento de aquellos que nos importan, efectivamente es una parte fundamental de lo que nos impulsa y preocupa como seres humanos. Por lo tanto, los transhumanistas, que se consideran “abolicionistas”, argumentan que debemos empezar a utilizar las tecnologías modernas para hacer exactamente eso: minimizar y eventualmente abolir el sufrimiento marcando el comienzo de una era del llamado superbienestar.
La ideología transhumanista sostiene que si alguna vez esperamos aumentar el bienestar de nuestra especie, tendremos que editar nuestros genes. Hablan incluso del biomejoramiento moral. Para esa corriente de pensamiento, está claro que la selección natural no nos ha diseñado para ser felices, sino que nos ha diseñado para ser buenos para sobrevivir y para la transmisión de los genes. En la actualidad, según los transhumanistas, cada niño es una tirada de dados genéticos. De hecho, David Pearce sostiene que lo menos que podemos hacer es cargar los dados a favor nuestro, para crear seres humanos que vivan más saludables y felices.
NOTA 
[1] Abogado y urbanista. Director del Estudio DTUM. Coautor y coordinador de la trilogía de   libros ¿Humanos o posthumanos? Singularidad tecnológica y mejoramiento humano (2015), Humanidad infinita. Desafíos éticos de las tecnologías emergentes (2016) y Singulares. Ética de las tecnologías emergentes en personas con diversidad funcional (2016).  Autor del libro Humanismo avanzado para una sociedad biotecnológica (2017).

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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