Muchos recuerdan a san Lorenzo y casi nadie a Valeriano – José María Álvarez, diácono

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Homilía de la Fiesta de San Lorenzo

10 de agosto de 2019

Diácono José María Álvarez [1]

 

Celebramos hoy la fiesta de san Lorenzo, patrono de los diáconos. Conviene que nos detengamos algunos minutos en su figura: ¿Por qué es nuestro patrono? Y también preguntarnos cómo hoy puede iluminar nuestro camino diaconal.
Su historia nos llega por medio de la tradición recogida por algunos Padres, especialmente, san Agustín y san Ambrosio. Nos habla de uno de los siete diáconos de Roma, hombres de confianza en el gobierno de la Iglesia a cargo del Papa san Sixto II, siendo Lorenzo el encargado de administrar los bienes de la Iglesia y de la distribución de las ayudas a los pobres y necesitados.
Muere mártir en el año 258, junto al Papa y a sus seis compañeros diáconos, víctimas de las persecuciones del emperador romano Valeriano, quien con esta acción brutal estaba convencido de haber erradicado al cristianismo para siempre, vana pretensión que muchos han tenido a través de la historia, y que algunos también tienen hoy en día.
Sin duda, a Lorenzo le tocaron tiempos muy difíciles, donde la consecuencia con la fe en Jesucristo se pagaba ni más ni menos que con la vida. Hoy día también nos están tocando días muy difíciles.
Qué duda cabe, la Iglesia de Jesucristo hecha herida viva en el dolor de tantas víctimas inocentes, sufre hoy los embates de nuestros pecados, de nuestras traiciones y de nuestros olvidos y omisiones, y la realidad diaria parece superarnos una y otra vez.
Y surge la pregunta acuciante sobre qué podemos y debemos hacer en estos difíciles tiempos desde nuestro ministerio. No es fácil la respuesta. Si pudiéramos preguntarle a Lorenzo, posiblemente nos daría la misma respuesta que él le dio al Señor hace 18 siglos: Es necesario dar la vida por Él.
¿Qué significa dar la vida por nuestro Señor hoy día? Ciertamente hoy no nos vemos afectados por ninguna persecución que ponga en riesgo nuestras vidas, pero tal como se vivió en el siglo III, hoy parece igualmente imperioso dar la vida por Él.
¿Cómo podemos dar la vida por Jesús hoy? Con san Pablo podemos afirmar, muriendo al hombre viejo, muriendo a nosotros mismos, a nuestras prioridades, intereses y comodidades, a nuestro egoísmo, entregando nuestro quehacer diaconal fundado en el amor a Dios y en el amor a nuestros hermanos. Haciendo cada servicio que se nos encomiende, por humilde o importante que este sea, de la mejor manera posible, preguntándonos junto a san Alberto Hurtado, cómo lo haría Cristo en nuestro lugar.
Pero inevitablemente otra pregunta acudirá a nosotros. ¿Tiene sentido lo poco y nada que cada uno de nosotros puede hacer en la inmensidad de los dolores que hoy aquejan a nuestra Iglesia? ¿Qué sentido tiene nuestro obrar si somos solo ínfimas gotas de agua en la inmensidad del océano?
¿Pero, no fue san Lorenzo solo una pequeña gota de agua en medio del poder abrumador del emperador romano de su época? Y, sin embargo, hoy muchos recuerdan a Lorenzo y casi nadie recuerda al emperador Valeriano.
¿No ha sido la multitud de mártires y santos de nuestra Iglesia pequeñas gotas de agua en las distintas épocas que les tocaron vivir? ¿No fueron los doce apóstoles otras pequeñas gotas de agua en medio del vasto océano del mundo que querían evangelizar? Y más aún, ¿no fue nuestro mismísimo Señor Jesucristo una gota de agua, aparentemente insignificante y perdida en una región marginal del todopoderoso imperio romano de la época?
Y, no obstante, esa gota de agua cambió el mundo para siempre. Esa gota nos continúa iluminando, dándonos fuerzas y permitiendo que nuestro aparentemente insignificante aporte diario no solo no se pierda, sino que sumado al de muchos otros hermanos permitirá más temprano que tarde recuperar el rumbo perdido.
Hermanos, no estamos solos ni abandonados, la promesa de nuestro Señor Jesucristo para estar en medio de nosotros hasta el fin del mundo se sigue cumpliendo. Y junto con el profeta Isaías estamos seguros de que solo Él sigue cargando con nuestros pecados y con nuestras iniquidades. Y sabemos también, por sus propias palabras llenas de consuelo, que hoy y siempre, podemos ir a Él todos quienes estemos cansados y agobiados, porque solo en Él encontraremos el verdadero consuelo y alivio para nuestras vidas.
Pidamos a la Santísima Virgen María, auxilio y socorro de los cristianos, que en esta hora difícil acompañe nuestro caminar diaconal hacia su Hijo amado Jesucristo, a quien damos honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
NOTA
[1] Diácono de la Arquidiócesis de Santiago de Chile y esposo de Verónica Gaete, con quien tiene dos hijas y dos nietos. Es ingeniero civil y bachiller en Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Actualmente sirve pastoralmente en la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús de Providencia y como profesor en la Escuela del Diaconado.

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