Encíclica Laudato si’: Hacia una ecología integral de la defensa de la tierra – Fredy Parra

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Artículo publicado en la edición Nº 1.187 (JULIO- SEPTIEMBRE 2015)
Autor: Fredy Parra, Facultad de Teología UC
Para citar: Parra, Fredy; Encíclica Laudato si’: Hacia una ecología integral de la defensa de la tierra, en La Revista Católica, Nº1.187, julio-septiembre 2015, pp. 224-232.

 

 

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Encíclica Laudato si’: Hacia una ecología integral de la defensa de la tierra
Fredy Parra
Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile

Lo que está pasando a nuestra casa
Recogiendo los datos más relevantes de la investigación científica actual, el Papa constata, en la primera parte de su encíclica Laudato si’, los graves signos del deterioro ambiental que se observan en la contaminación atmosférica, en el calentamiento global, en la contaminación de los océanos, en la destrucción sin precedentes de ecosistemas y atentados a la biodiversidad, y en las graves inequidades en el acceso al agua potable que afectan especialmente a los más pobres[1]. Explica que la degradación ambiental en curso afecta directamente la calidad de la vida humana y degrada igualmente la vida social, la integración y la comunión de las personas[2]. Con todo, denuncia una extendida inequidad planetaria en todas las dimensiones de la convivencia social[3]. «Hoy no podemos dejar de reconocer que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres»[4]. Porque en estos graves maltratos «el gemido de la hermana tierra… se une al gemido de los abandonados del mundo»[5]. Reconoce que sobre la crisis ecológica hay diversidad de opiniones[6] y que ciertamente no hay una única vía de solución y que no corresponde a la Iglesia dar «una palabra definitiva»[7]. Pero -añade -, concluyendo el análisis de lo que está ocurriendo en el planeta, que «basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un gran de deterioro de nuestra casa común… parecen advertirse síntomas de un punto de quiebre, a causa de la gran velocidad de los cambios y de la degradación» que se advierte a nivel natural, social y financiero y que evidencian que el sistema global ha llegado a ser insostenible[8].
Contraste entre la visión judeocristiana del mundo y la visión tecnocrática predominante
Con todo hemos olvidado «que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,27). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura»[9]. Con el fin de superar este olvido, Francisco hace ver cómo la fe bíblica nos enseña que el mundo es criatura, el espacio y tiempo son criaturas y que Dios ha creado libremente y por amor este mundo, y al que estamos llamados a habitar y cuidar. Si somos criaturas, nuestra propia existencia tiene su razón de ser en un acto gratuito y amoroso de Dios. El mundo es y existe por gracia. La totalidad es don divino y solo cabe el asombro y el agradecimiento por esta vida regalada. Si somos creados, somos seres finitos y limitados, ciertamente «No somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada»[10], reitera el Papa. Y si no somos dueños de la tierra, estamos llamados a administrar un regalo que hemos recibido, que nos ha sido dado para habitar y compartir responsablemente con todas las criaturas.
A partir de estas convicciones, en medio del debate por las causas de la crisis, se hace cargo de una acusación que ha recibido el cristianismo como responsable cultural del grave deterioro padecido por la naturaleza[11]. Asumiendo esta crítica, el Papa reitera que en verdad la tradición bíblica nos invita a labrar y cuidar la tierra, lo que implica una relación de cuidado, de preservación y protección de la naturaleza creada[12]. Luego de analizar diversos pasajes bíblicos, incluyendo la referencia a la importante tradición sabática que propone que tanto el ser humano, como los animales e incluso la tierra tienen derecho al descanso[13], asevera que la Biblia «no da lugar a un antropocentrismo despótico que se desentienda de las demás criaturas»[14]. Subraya que Jesús «invitaba a reconocer la relación paterna que Dios tiene con todas las criaturas» donde «cada una de ellas es importante a sus ojos»[15]. En definitiva, «para la tradición judío-cristiana, decir “creación” es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado. La naturaleza suele entenderse como un sistema que se analiza, comprende y gestiona, pero la creación solo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal»[16]. La creación pertenece al orden del amor[17]. Con mucha razón y acierto, «Dante Alighieri hablaba del “amor que mueve el sol y las estrellas”»[18].
La visión recién reseñada se diferencia amplia y claramente de la mirada reductiva propia de la visión tecnocrática de la naturaleza vigente en nuestra cultura[19] en la cual se destaca la visión de un sujeto que «se despliega en el establecimiento del método científico con su experimentación, que ya es explícitamente técnica de posesión, dominio y transformación», auto convencido, además, de la idea de un crecimiento ilusoriamente infinito y que a la vez es incapaz de reconocer los límites de la misma naturaleza[20]. La tecnociencia se ha convertido en un paradigma tecnocrático que «se ha vuelto tan dominante que es muy difícil prescindir de sus recursos, y más difícil todavía es utilizarlos sin ser dominados por su lógica»[21] y es precisamente lo que ocurre en la actualidad con las esferas política y económica[22]. Este paradigma tiende a la fragmentación, pierde el sentido de la globalidad y no asume que todo está relacionado[23]. Es más, «la falta de preocupación por medir el daño a la naturaleza y el impacto ambiental de las decisiones es solo el reflejo muy visible de un desinterés por reconocer el mensaje que la naturaleza lleva inscrito en sus mismas estructuras. Cuando no se reconoce en la realidad misma el valor de un pobre, de un embrión humano, de una persona con discapacidad… difícilmente se escucharán los gritos de la misma naturaleza… No hay ecología sin una adecuada antropología… Un antropocentrismo desviado no necesariamente debe dar paso a un ‘biocentrismo’»[24]. En suma, no se puede negar el valor propio de las criaturas ni el valor peculiar y único de cada ser humano.
Hacia una ecología integral para defender la tierra
En el reciente discurso a los movimientos populares en Santa Cruz-Bolivia, del 9 de julio de 2015, Francisco propone tres tareas particularmente importantes en el momento histórico que se vive: «poner la economía al servicio de los pueblos», «unir nuestros pueblos en el camino de la paz y la justicia» y añade: «la tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la Madre Tierra». Para que esta defensa sea efectiva y plausible y dado que todo está conectado[25] y que la realidad presenta múltiples aspectos armoniosamente relacionados, Francisco ha propuesto en Laudato si’ una ecología integral que abarca todos los aspectos involucrados en la vida y en la crisis que se debate: el ambiental, el económico, el social, el cultural y la vida cotidiana. Subyace en esta mirada una epistemología que motiva un conocer más participativo y menos dominador en relación con la naturaleza, más apto para integrarse lúcidamente en la relacionalidad universal existente y volver a contemplar la naturaleza en sí misma asombrándonos por el hecho de existir.
«No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza»[26]. Finalmente, la ecología humana es inseparable del concepto y práctica consecuente del bien común[27] y de la justicia entre las generaciones. «Ya no puede hablarse de desarrollo sostenible sin una solidaridad intergeneracional»[28], advierte el Papa. El mundo que hemos recibido como don también pertenece a las generaciones del futuro cercano y lejano. «Además nuestra incapacidad para pensar seriamente en las futuras generaciones está ligada a nuestra incapacidad para ampliar los intereses actuales y pensar en quienes quedan excluidos de desarrollo. No imaginemos solamente a los pobres del futuro, basta que recordemos a los pobres de hoy, que tienen pocos años de vida en esta tierra y no pueden seguir esperando. Por eso, -citando a Benedicto XVI-, «además de la leal solidaridad intergeneracional, se ha de reiterar la urgente necesidad moral de una renovada solidaridad intrageneracional»[29].
En medio de la profunda crisis ecológica existente no solo es preciso corregir o, mejor, «cambiar el modelo de desarrollo global»[30], o de redefinir el progreso, sino de cambiar de verdad el rumbo, de «salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo»[31]. Más aun, no se trata solo de reformas, sino -dice el Papa citando la Carta de la Tierra -redactada el 2000- de buscar «un nuevo comienzo»[32]. Por una parte, es insoslayable transformar los sistemas productivos y tecnológicos a fin de que sean adecuados a un desarrollo sostenible tanto a nivel nacional como internacional[33]. Por otra parte, avanzar con decisión hacia una “ciudadanía ecológica” con la consiguiente normativa legal en los diversos niveles de la sociedad es urgente y necesario, pero considera que no es suficiente dada la envergadura del desafío, y por ello propone una auténtica conversión ecológica que hunde sus raíces más profundas en la espiritualidad judeocristiana.
Un giro en el pensamiento social de la Iglesia
Agregándose al magisterio social de la Iglesia, me parece que Laudato si’, con sus ejes transversales[34] y contenidos esenciales, manifiesta un giro en el pensamiento social de la Iglesia, al poner como eje central la problemática ecológica y la propuesta de una ecología integral, asumiendo desde esta nueva perspectiva (además interdisciplinar) lo social, lo político (a nivel internacional y nacional), lo económico y lo cultural. Ya no se trata solo del contrato social-político propio de la compleja sociedad industrial moderna, sino de una especie de “contrato” global con la naturaleza; no solo se habla de responsabilidad social, sino de responsabilidad con el conjunto de la naturaleza; no se trata solo de justicia (social-distributiva) intrageneracional, sino de justicia intergeneracional y de responsabilidad con el futuro de la especie y las generaciones del futuro.
Se apela a una preocupación esencial por la litosfera, la hidrosfera, la atmósfera y, con todo, por la biosfera, por el futuro, en fin, del planeta tierra. Lo ecológico deja de ser un apéndice de la cuestión social, una preocupación más junto a tantas otras, y se convierte en un eje central junto a la necesidad de transformar el paradigma global tecno-económico-político predominante (de dominio, progreso ilimitado y explotación insostenible del planeta). Se establece este giro desarrollando el método[35] del ver, discernimiento-juicio prudencial y propuestas de acción, incluyendo el desarrollo de una motivación y orientación fundamental (espiritualidad). Se trata del método, con algunos matices, propio del Magisterio social de la Iglesia y también utilizado por el magisterio regional latinoamericano desde Medellín. Como parte del método señalado se aprecia un ejercicio de colegialidad muy amplio[36], donde retoma las contribuciones de diversas conferencias episcopales y recoge los aportes al tema de los pontífices recientes[37]. Asimismo, destaca y acoge los aportes de pensadores, teólogos, filósofos y místicos[38]. Igualmente, es relevante el diálogo frecuente con Conferencias y convenios mundiales sobre medio ambiente[39]. Con todo, se establece una conversación fluida con la tradición teológica y espiritual, con la filosofía, con las ciencias sociales y con las ciencias de la naturaleza.
Propuesta de una espiritualidad ecológica: un desafío al pensar teológico.
En medio de la profunda crisis vivida se impone la necesidad de una nueva actitud ante la naturaleza en su conjunto y Francisco destaca la riqueza de la espiritualidad cristiana, aprendida y vivida durante siglos y la ofrece como camino a seguir. Desde el inicio de su carta ha señalado que propone como modelo la figura notable y visionaria de san Francisco de Asís, en quien «son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior»[40]. Más que de ideas, se trata de motivaciones profundas que brotan de nuestra espiritualidad. Esta verdadera conversión ecológica implica y requiere un conjunto de nuevas actitudes de suyo complementarias[41] y que tienen como horizonte fundamental restablecer la comunión de la creación. Base esencial de esta conversión es la responsabilidad fundada en la Gratitud por el don del mundo recibido y la conciencia de la comunión universal, es decir, «la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas»[42].
Todo enfoque individualista, desencarnado y de aislamiento del conjunto del cosmos queda descartado. A la vez, es necesario entender la superioridad humana como una capacidad diferente que impone al sujeto una grave responsabilidad con el mundo que se recibe y reconocer que los demás seres vivos tienen un valor propio ante Dios[43]. Consecuencia inevitable junto con la ética del cuidado es la exigencia de sobriedad y simplicidad en el modo de vivir. En esta última línea, recuerda, además, con énfasis que la espiritualidad cristiana propone modos alternativos de entender la calidad de vida y que hay una vieja enseñanza presente en diversas tradiciones religiosas y bíblicas: se trata de la convicción de que «menos es más»[44], se propone la sencillez, valorar lo pequeño en las plurales dimensiones de la vida personal, comunitaria y social[45].
En toda esta interesante propuesta de nuevos valores, de un nuevo paradigma ético y antropológico y de alcances políticos, se advierte igualmente un planteo teológico de fondo. Hay una idea, una visión, de Dios y de su relación con el mundo creado que fundamenta el nuevo modelo ético y de espiritualidad que se está proponiendo y que parece urgente y necesario para enfrentar creativa y activamente la crisis ecológica que se vive. Destacaré tres puntos que requieren seguir siendo pensados: a) El valor intrínseco de cada creatura, de cada ser y del conjunto de los seres; b) La inmanencia del Dios transcendente (uno y trino) en la creación; c) Dios ha creado para manifestar su amor y su gloria para que todo se encamine hacia la consumación de esa gloria y felicidad compartida.
a) El valor intrínseco de cada creatura, de cada ser y del conjunto de los seres
A lo largo de toda su encíclica en diversos párrafos ha destacado el valor intrínseco de cada creatura, de cada ser y del conjunto, y de los ecosistemas[46], cuestionando incluso una aproximación meramente antropocéntrica. A propósito de la extinción de múltiples especies como consecuencia de la degradación ambiental, señala con énfasis que «por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho»[47].
Francisco retoma así un rasgo central de la fe en la creación. Para la tradición teológica que surge de la Biblia, los seres comparten una cierta capacidad de responder al Dios que “ama a todos los seres y no aborrece nada” de lo que ha hecho[48]. Planteamientos teológicos destacan que «todas las criaturas sin excepción disfrutan de una específica ‘capacidad de respuesta’ al amor de Dios. Todas ellas, en efecto, adeudan su existencia desde el principio hasta el final a la Palabra creadora y llena de amor de Dios… Con su mero existir y ser lo que son dan fe de que ‘responden’ a la voluntad de Dios afirmativamente»[49]. Las criaturas, seres humanos, animales, astros, todos los seres, se vuelven hacia Dios alabándolo[50]. «La alabanza es la alegría de existir que se vuelve a Dios, y esta alegría de existir caracteriza a la Creación como un todo»[51]. El Papa Francisco subraya que «El fin último de las demás criaturas no somos nosotros. Pero todas avanzan, junto con nosotros, y a través de nosotros hacia el término común, que es Dios[52].
b) La inmanencia del Dios transcendente (uno y trino) en la creación
Es más, todos los seres creados manifiestan a su modo rasgos de la creación divina, por ello, todos son símbolos de una presencia misteriosa que se revela en el devenir del mundo.
Se trata de reconocer la presencia del Creador transcendente en su creación. Dios no solo ha creado el espacio y el tiempo, no solo conserva permanentemente el cosmos creado, sino que, por lo mismo, está presente, en las criaturas y sostiene la comunión universal. Al respecto, afirma Francisco, como fundamento del valor del cosmos y sus criaturas que «El universo se desarrolla en Dios, que lo llena todo. Entonces hay mística en una hoja, en un camino, en el rocío, en el rostro del pobre. El ideal no es solo pasar de lo exterior a lo interior para descubrir la acción de Dios en el alma, sino también llegar a encontrarlo en todas las cosas»[53]. Igualmente la vida sacramental[54] cristiana nos ayuda a vivir esta relación con la naturaleza. Ahora bien, esa interrelación de las criaturas encuentra finalmente su fundamento en la misma Trinidad. El creador es Uno y Trino: «Para los cristianos, creer en un solo Dios que es comunión trinitaria lleva a pensar que toda la realidad contiene en su seno una marca propiamente trinitaria»[55], lo que nos conduce a asombrarnos y valorar las múltiples relaciones existentes en el mundo creado y en el conjunto de las creaturas. «Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad», subraya el Papa Francisco[56]. Sin olvidar que tal solidaridad no puede desvincularse del bien común ni de la justicia y solidaridad intergeneracional, ni tampoco de la intrageneracional[57] al atender al clamor de la tierra y al clamor de los pobres, y a todos los que sufren con el maltrato al planeta en la generaciones del presente y también las del futuro que, sin duda, padecerán las graves consecuencias que ya están a la vista[58].
c) Dios ha creado para manifestar su amor y su gloria para que todo se encamine hacia la consumación de esa gloria y felicidad compartidas.
En fin, creer y asumir que el cosmos es creatura es afirmar que la realidad tiene indudablemente sentido, tiene sentido por su bondad original, porque es fruto de un acto de amor y de libertad; porque, en definitiva, Dios ha creado para manifestar su amor y su gloria para que todo se encamine hacia la consumación de esa gloria y felicidad compartidas. En medio de la crisis constatada no nos debe abandonar la esperanza, porque nos estamos inmersos en una irremediable y anónima fatalidad. Por ello, el Papa no solo llama constantemente a un cambio de vida, a un compromiso con el planeta y con cada ser humano, sino que reitera una profunda convicción cristiana: «el destino de toda la creación pasa por el misterio de Cristo, que está presente desde el origen de todas las cosas: “Todo fue creado por él y para él” (Col 1,16)»[59], el mundo, cada uno de nosotros, la creación entera, la humanidad se encaminan hacia una meta de consumación y realización, donde el amor, la alegría y Vida plenas nos esperan, donde Dios mismo nos espera. No solo hay origen común sino un destino común.
Hacia el final de su bella encíclica, Francisco nos anima citando a Basilio Magno: «si el mundo tiene un principio y ha sido creado, busca al que lo ha creado, busca al que le ha dado inicio, al que es su Creador», y añade: «Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza… En el corazón de este mundo sigue presente el Señor de la vida que nos ama tanto. Él no nos abandona, no nos deja solos, porque se ha unido definitivamente a nuestra tierra, y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos. Alabado sea”[60].
NOTAS
[1] LS 17-42.
[2] LS 43-47.
[3] LS 48-52.
[4] LS 49.
[5] LS 53.
[6] LS 60.
[7] LS 61.
[8] LS 61.
[9] LS 2.
[10] LS 67.
[11] Es conocida, por ejemplo, la crítica esbozada por el pensador e historiador americano White, JR., L. , The Historical Roots of Our Ecologic Crisis, Science, vol. 155, n°. 3767 (1967) 1203-1207.
[12] LS 67.
[13] LS 68, 71.
[14] LS 68.
[15] LS 96.
[16] LS 76.
[17] LS 77.
[18] Divina Comedia, Paraíso, Canto XXXIII, 145. Cf. LS 77.
[19] LS 101-136.
[20] LS 106.
[21] LS 108.
[22] LS 109.
[23] Cf. LS 110-111.
[24] LS 117-118.
[25] Cf. LS 117, 111, 120.
[26] LS 139.
[27] LS 156-158.
[28] LS 159.
[29] LS 162.
[30] LS 194.
[31] LS 163.
[32] LS 207.
[33] Cf. LS 164-181.
[34] Ejes que atraviesan toda la encíclica: “La íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida. Estos temas no se cierran ni abandonan, sino que son constantemente replanteados y enriquecidos” (LS 16).
[35] LS 15.
[36] Junto con recoger y dialogar con los Papas que le han precedido: Juan XXIII, Pablo VI, especialmente los más recientes Juan Pablo II y Benedicto XVI, a quienes se refiere con frecuencia. Valora y cita Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II, y el documento de Aparecida (CELAM), acoge y hace suyas citando las contribuciones de múltiples Conferencias Episcopales: de Sudáfrica, Filipinas, Bolivia, Alemania, Estados Unidos, Canadá, Japón, Brasil, República Dominicana, Paraguay, Nueva Zelanda, Federación de Conferencias Episcopales de Asia, Portugal, Australia y Obispos de la Región Patagonia-Comahue- Argentina. Y también Comisiones Episcopales: Comisión Episcopal-Pastoral Social de Argentina y la Comisión Episcopal-Pastoral Social de México.
[37] Recuerda que ya Pablo VI se refirió a la problemática ecológica y al riesgo de destruir la naturaleza y de que el mismo ser humano sea víctima de esa degradación (OA, 21). Que por su parte San Juan Pablo II había llamado a una conversión ecológica global y a cultivar una ecología humana (CA, 38) y que más recientemente Benedicto XVI renovó la invitación a “eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial y corregir los modelos de crecimiento que parecen incapaces de garantizar el respeto del medio ambiente” (CV, 51).
[38] Como Sto. Tomás de Aquino, San Buenaventura, San Francisco de Asís, San Justino, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Lisieux, Vicente de Lerins, Basilio Magno, Dante Alighieri, Teilhard de Chardin, Romano Guardini, Juan Carlos Scannone, del Patriarca Ecuménico de la Iglesia Ortodoxa, Bartolomé, del místico musulmán sufí Ali Al Khawwas, y del filósofo protestante Paul Ricoeur.
[39] Especialmente la Declaración de Río sobre el Medio ambiente y el Desarrollo, Río de Janeiro (14 de junio 1992). Otras: Declaración de Estocolmo (1972), Convenio de Basilea, Convención de Viena, Protocolo de Montreal, Río + 20 (2012); en fin, cita asimismo a La carta de la tierra (2000).
[40] LS 10; cf. LS 11, 12, 66, 87, 91.
[41] LS 220.
[42] LS 220. “La interdependencia de (todas) las criaturas es querida por Dios”, Catecismo de la Iglesia Católica, 340 (LS 86). Cf, igualmente LS 111, 117, 120, 240.
[43] “Hoy la Iglesia no dice simplemente que las demás criaturas están completamente subordinadas al bien del ser humano, como si no tuvieran un valor en sí mismas y nosotros pudiéramos disponer de ellas a voluntad” (LS 69).
[44] LS 222.
[45] Recuerdo entre otros aquel libro señero de E. F. Schumacher, Lo pequeño es hermoso, (Small is beatiful, New York, 1975) quien ya entonces nos ayudaba a entender que la necesidad de un radical cambio humano en relación a la naturaleza no sólo es una exigencia ética, psicológica y religiosa, sino una condición indispensable para la sobrevivencia de la especie humana.
[46] Cf. LS 82, 83, 84, 85, 140, 190.
[47] LS 33.
[48] Sb 11, 24, texto sapiencial recogido en LS 77.
[49] Kehl, M., Y después del fin, ¿qué? (Desclée de Brouwer, Bilbao 2003), 196-197.
[50] Cf. Sal 148.
[51] Kehl, o. c., 197. Cf. Westermann, C., Teologia do Antigo Testamento (Ed. Paulinas, Sao Paulo 1987), 79-80.
[52] LS 83. Ver también LS 92.
[53] … como enseñaba san Buenaventura: «La contemplación es tanto más eminente cuanto más siente en sí el hombre el efecto de la divina gracia o también cuanto mejor sabe encontrar a Dios en las criaturas exteriores» [In II Sent., 23, 2, 3]. (LS 233).
[54] LS 235-236.
[55] LS 239.
[56] LS 240.
[57] LS 159-160.
[58] LS 49, cf. 53.
[59] LS 99.
[60] LS 244-245.

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