La importancia de la oración en la encíclica Spe salvi – Hno. Rodrigo Álvarez G., OSB

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Artículo publicado en la edición Nº 1.174 (ABRIL- JUNIO 2012)
Autor: Hno. Rodrigo Álvarez, OSB, Monasterio Benedictino de Las Condes, Santiago de Chile
Para citar: Álvarez, Rodrigo; La importancia de la oración en la encíclica Spe salvi (32-34), en La Revista Católica, Nº1.174, abril-junio 2012, pp. 160-169.

 

 

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La importancia de la oración en la encíclica Spe salvi (32-34)
Hno. Rodrigo Álvarez G., OSB
Monasterio Benedictino de Las Condes

 

 

Preámbulo
El Papa Benedicto XVI dio a conocer el año 2007 su segunda encíclica. Su nombre: «Spe salvi». Ella está dedicada a profundizar en la experiencia cristiana de la virtud de la esperanza. El Pontífice trata el tema desde una perspectiva histórico-especulativa y desde su práctica concreta.
Ya en 1984 había pronunciado una conferencia titulada: “Sobre la esperanza[1], en la cual se tratan casi los mismos temas que aborda la encíclica. Es conocido su tratado sobre escatología[2], donde la virtud teologal queda inserta en una disciplina teológica. Finalmente, cabe recordar el texto publicado bajo el título: “El futuro del mundo pasa por la esperanza del ser humano[3], el cual constituye una explicación a la Constitución Pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, desde esta dimensión.
El tema pareciera ser un tópico recurrente no solo en la enseñanza teológica del Pontífice, sino en su magisterio ordinario. En la audiencia general del 13 de agosto de 2008, este afirma: “Quien ora no pierde nunca la esperanza, aun cuando se llegue a encontrar en situaciones difíciles e incluso humanamente desesperadas. Esto nos enseña la sagrada Escritura y de esto da testimonio la historia de la Iglesia. En efecto, ¡cuántos ejemplos podríamos citar de situaciones en las que precisamente la oración ha sido la que ha sostenido el camino de los santos y del pueblo cristiano!”. Este texto nos presenta una relación entre el ejercicio carismático de la oración y la esperanza. La vida interior de todo hombre requiere de ese diálogo asiduo con la divinidad, pues es un ser del deseo. Por ello, Benedicto XVI afirma: “El hombre lleva en sí mismo una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el Absoluto; el hombre lleva en sí mismo el deseo de Dios. Y el hombre sabe, de algún modo, que puede dirigirse a Dios, que puede rezarle[4]. Es así como la oración se inscribe en la dimensión más profunda del ser humano, diríamos que lo constituye como tal, ya que plantea el problema de la gratuidad del amor.
Durante su visita apostólica a Francia, (12 de septiembre 2008) nuevamente se refirió a este tema. Profundizando en la relación oración-trabajo; afirmó que el objetivo de la vida monástica es el: “quaerere Deum, buscar a Dios. En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es solo y verdaderamente importante y fiable. Se dice que su orientación era «escatológica». Que no hay que entenderlo en el sentido cronológico del término, como si mirasen al fin del mundo o a la propia muerte, sino existencialmente: detrás de lo provisional buscaban lo definitivo. Quaerere Deum: como eran cristianos, no se trataba de una expedición por un desierto sin caminos, una búsqueda hacia el vacío absoluto. Dios mismo había puesto señales de pista, incluso había allanado un camino, y de lo que se trataba era de encontrarlo y seguirlo”.
San Benito, en el cuarto capítulo de su Regla, señala un medio para lograr el progreso espiritual: Poner la propia esperanza en Dios. Además refuerza lo anterior con la siguiente máxima: Desear con todo anhelo espiritual la vida eterna[5]. Es así como la vida del monje se articula en dos experiencias que se funden en el desarrollo de la vida cenobítica. La primera busca el control de los pensamientos o pasiones por medio de la virtud de la apatheia[6]. De allí la importancia de poner la esperanza en Dios y dejar de lado todo aquello que nos aleja de Él. La segunda hace presente la realidad escatológica del Amado, en quien se deposita toda esperanza[7]. Sin esta segunda dimensión, el monje caería en un ascetismo sin sentido. Solo en el pleno conocimiento de Cristo como spes mea[8], se accede al misterio de su Pascua y de su Resurrección. En conclusión, el hombre intenta vivir la esperanza, desde su ser finito y creatural[9]. De allí la relevancia de la oración. El cristiano hace suyo el ser en el mundo: spe gaudentes. Así, pues, quienes se alegran en la esperanza son capaces de la eternidad[10].
La vida cristiana busca restituir en el hombre la imagen de Dios, de forma que fortalece la fe, dilata el amor y da sentido a la esperanza. Por ello, lo propio de cada hombre, en palabras de Guillermo de Saint Thierry, es saborear, conocer y gozar del mismo Dios[11]; sin embargo, todo aquello adquiere consistencia en la esperanza vivida cada día al modo del mismo Cristo.
Todas estas ideas se ven reflejadas en los apartados referidos a la oración en la encíclica de Benedicto XVI.
1. La esperanza y su vinculación con la oración en la encíclica Spe Salvi (nn. 32-34).
Estos números nos presentan el tema de la oración cristiana. El Santo Padre sin querer abordar qué es la oración o los distintos tipos de oración o su fin, nos ofrece pistas sobre el ejercicio de la misma, unida a la virtud teologal de la esperanza. En definitiva, ¿cómo la esperanza es configurada en la vida de oración? En otras palabras, el hombre que espera, ora, y la oración no se comprende sin el ejercicio de la esperanza.
Esta temática no es nueva en la enseñanza de Joseph Ratzinger. Este, como teólogo, al abordar el tema de la crisis de la escatología, señala que esta se debe, en gran parte, a una pérdida del sentido de “la esperanza confiada y comunitaria de la cercana salvación del mundo”[12]. Lo anterior se expresa en una tensión espiritual dentro de la vida de oración: “podemos decir que en la oración de la Iglesia (…) puede verse una tensión escatológica. Pero inmediatamente hay que añadir que esta esperanza escatológica tiene que ver con la tensión espiritual de la oración y con el poder comunitario de la fe dentro de la unidad de la Iglesia. Esa esperanza está unida también a la experiencia de la presencia de lo definitivo en la celebración de la eucaristía. Esto quiere decir, al mismo tiempo, que no se puede hablar de la esperanza cristiana como algo de mañana o de pasado (…) la esperanza está personalizada (…) en la relación con la persona de Jesucristo y el ardiente deseo de su presencia[13]. Es así como la esperanza juega un papel muy importante dentro de la vida de oración de todo cristiano, pues manifiesta la tensión por el Amado.
Los párrafos antes citados nos muestran un interés recurrente del teólogo y del pastor. Intentaremos esclarecer en estas líneas esa preocupación. Para ello, profundizaremos en el uso de las fuentes utilizadas por Benedicto XVI en la escritura de los mismos. Estas sostienen su argumentación y ofrecen claves de reflexión.
1.1. Oración y esperanza desde la vida cotidiana.
El Pontífice en el nº 32 de la encíclica afirma un principio: “Un lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza es la oración”. Inmediatamente, describe una situación vital que contextualiza lo anterior: “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar–, Él puede ayudarme”. La relación esperanza, vida y oración es entendida en la radicalidad de la existencia humana. Es la propia indigencia personal cuyo ejemplo más palpable es el sentimiento de abandono.
El principio transcrito nos remite al nº 2657 del Catecismo de la Iglesia Católica. Este afirma: “El Espíritu Santo nos enseña a celebrar la liturgia esperando el retorno de Cristo, nos educa para orar en la esperanza. Inversamente, la oración de la Iglesia y la oración personal alimentan en nosotros la esperanza”. Por un lado, la acción del Espíritu que enseña al cristiano a orar y, por otra parte, el ejercicio personal y comunitario de la oración nutren la esperanza en el creyente. Sin embargo, la comprobación no es meramente especulativa, sino concreta. Por lo cual, el Pontífice da un paso más. Ha formulado una máxima, le ha dado un sustento intelectual y ahora se abocará a presentar un fundamento existencial. Para ello recurrirá al ejemplo de un obispo para sustentar la radicalidad de lo afirmado. Este prelado es Francisco Javier Cardenal Van Thuan[14]. El Papa alude a las oraciones escritas por el obispo, pero tiene presente un antecedente literario.
El año 2000, el prelado vietnamita predicó al Papa y a la Curia Romana los ejercicios espirituales. Posteriormente, estos fueron publicados con el título: Testigos de esperanza.
El purpurado en la Meditación XIII de dicho retiro plantea que el verdadero camino de la oración es la vida. Allí, el cardenal Van Thuan narra una experiencia personal que ejemplifica esto: “Ha habido largos períodos de mi vida en los que he sufrido por no lograr rezar. He experimentado el abismo de mi debilidad física y mental. Más de una vez he gritado como Jesús en la cruz: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Pero Dios no me ha abandonado. En la cárcel, entre policías, algunos aprendieron latín para poder leer los documentos eclesiásticos. Un día uno de ellos me preguntó: ¿puede enseñarme un canto latino? Sí, pero hay muchos, a cuál más hermoso. Usted cante, yo escucho y elegiré. Canté el Ave maris stella, Salve Mater, Veni Creator… y él eligió el Veni Creator[15].
Nos encontramos ante una situación extrema, como la vida en una prisión; donde la esperanza desaparece por completo. Pero es la oración confiada la que sostiene e incrementa la esperanza. La oración está vinculada a la vida y no puede desprenderse de ella.
1.2. Oración y esperanza a luz del Deseo de Dios.
El año 416 san Agustín se encontraba comentando a su grey el Evangelio de San Juan, cuando interrumpió su comentario y comenzó la exposición de la I epístola de san Juan (In 1 Joannis 4, 6: PL 35) que expuso a sus fieles en diez sermones. El cuarto sermón desarrolla la idea de Cristo como justo y veraz, el cual nos hace a nosotros justos y veraces por medio del amor que nos profesa. Dentro de ese contexto desarrolla el tema del Desiderium Dei: “Toda la vida del hombre cristiano es un santo deseo. Lo que deseas aún no lo ves, pero deseando te harás capaz de verlo, para que, cuando venga lo que has de ver, seas saciado (…) así Dios, retardando extiende el deseo, haciendo desear dilata el ánimo, y ampliando le hace capaz (…) Esta es nuestra vida: que nos ejercitemos por el deseo. Pero en tanto nos ejercita el santo deseo en cuanto apartamos nuestros deseos del amor del siglo[16]. Siendo el tema del deseo de Dios un tópico recurrente en la obra de Agustín y su uso diverso, el Papa en el n. 33, lo utiliza para profundizar en el tema de la práctica de la oración a la luz de la esperanza: solo orando aprendemos a orar. La práctica ensancha la oración, dilata su profundidad y amplia su órbita. El deseo es relevante en la pedagogía del hombre que aprende a orar.
Benedicto XVI al recurrir a Agustín y a su definición de oración como un ejercicio del deseo, destaca tres elementos que van concatenados en el nº 33:
1. “El hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él”. Esta vocación requiere ser purificada. La oración es un modo de vivir la esperanza y de purificarla. Por ello, requiere de una preparación divina y de la vida de la gracia.
2. “El modo apropiado de orar es un proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los demás”. La oración es una búsqueda no solo individual de Dios, sino comunitaria. Por ello, el rezar implica un aprendizaje de ambas dimensiones. ¿Cuál es el fin de esto?
3. “El encuentro con Dios despierta mi conciencia para que esta ya no me ofrezca más una autojustificación ni sea un simple reflejo de mí mismo y de los contemporáneos que condicionan, sino que se transforme en capacidad para escuchar el Bien mismo”. La vida de oración presenta ciertos peligros. Uno de ellos es transformar la oración en un reflejo de nosotros mismos, de nuestras falsas esperanzas y de nuestros falsos amores.
El salmo 19 (18) utilizado por el Papa, refuerza el sentido purgativo de la oración: “También a mí me instruyen: observarlos es muy provechoso. Pero ¿quién advierte sus propios errores? Purifícame de las faltas ocultas. Presérvame, además, del orgullo, para que no me domine: entonces seré irreprochable y me veré libre de ese gran pecado[17]. El catecismo en su nº 2657 afirma: “Los salmos muy particularmente, con su lenguaje concreto y variado, nos enseñan a fijar nuestra esperanza en Dios: “En el Señor puse toda mi esperanza, él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor” (Sal 40, 2). “El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rm 15, 13).
La práctica de la oración descubre al hombre su verdad más íntima: su condición de hijo de Dios. Solo en la verdad de la filiación es posible dejar el hombre viejo y sus falsas esperanzas. La recitación continua de los salmos confronta al ser humano con su realidad más profunda y a la vez más trascendente.
1.3. Oración, esperanza y liturgia
El Papa en el nº34 retoma dos fuentes utilizada anteriormente: el catecismo en su n. 2657 y las obras del cardenal Van Thuan.
La fuerza purificadora de la oración no solo requiere del encuentro personal hombre-Dios para lograr su fin. Necesita también de la tradición orante de la Iglesia: “La oración interioriza y asimila la liturgia durante su celebración y después de la misma. Incluso cuando la oración se vive “en lo secreto” (Mt 6, 6), siempre es oración de la Iglesia, comunión con la Santísima Trinidad” (n. 2655). De allí el componente comunitario de la oración. Solo así llegamos a ser capaces de Dios y servidores de nuestros hermanos: “Así nos hacemos capaces de la gran esperanza y nos convertimos en ministros de la esperanza para los demás: la esperanza en sentido cristiano es siempre esperanza para los demás. Y es esperanza activa, con la cual luchamos para que las cosas no acaben en un «final perverso». Es también esperanza activa en el sentido de que mantenemos el mundo abierto a Dios. Solo así permanece también como esperanza verdaderamente humana[18]. Hasta ahora, la oración unida a la esperanza se abordaba desde el hombre individual, pero ¿qué sucede con la dimensión eclesial de la oración? La Iglesia vive del ser orante de cada hombre. Ella la vivifica, la plenifica y la fortalece en su camino a la Jerusalén celeste.
Benedicto XVI dedica los nn. 13, 14 y 15 a la siguiente interrogante: ¿Es individualista la esperanza cristiana? Y en el tema de la oración como ejercicio de la esperanza, desarrollará el mismo tópico (Spe Salvi 33). Una clave de esta dicotomía está en la siguiente frase que se refiere al juicio como lugar de aprendizaje y de ejercicio de la esperanza: “La parte central del gran Credo de la Iglesia, que trata del misterio de Cristo desde su nacimiento eterno del Padre y el nacimiento temporal de la Virgen María, para seguir con la Cruz y la resurrección y llega hasta su retorno, se concluye con las palabras: «de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos»” (Spe Salvi 41). Benedicto XVI dice: el Credo de la Iglesia. Cuando nos referimos al pensamiento de lo uno y de lo múltiple, de lo individual o de lo colectivo, del ser y del ente, tendemos a un pensamiento dual[19]. En cambio, Benedicto XVI articula su pensamiento eclesialmente, es decir, la oración hace posible pensar ambos términos. Son realidades inseparables y complementarias. De forma que no se oponen, sino se necesitan. Revisemos la estructura de los nn. 32, 33 y 34. Allí se explica esquemáticamente el alcance de estas ideas.
Componente individual:
  • El Pontífice en el nº32 de la encíclica describe una experiencia personal o individual: “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar–, Él puede ayudarme”.
Componente comunitario:
  • En el nº33, Benedicto XVI da un salto en la tónica del deseo de Dios: “El modo apropiado de orar es un proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los demás”. La oración es una búsqueda no solo individual de Dios, sino comunitaria[20].
Dimensión eclesial:
  • Finalmente en el nº34, ambas categorías se unen en una sola mirada: “Para que la oración produzca esta fuerza purificadora debe ser, por una parte, muy personal, una confrontación de mi yo con Dios, con el Dios vivo. Pero, por otra, ha de estar guiada e iluminada una y otra vez por las grandes oraciones de la Iglesia y de los santos, por la oración litúrgica, en la cual el Señor nos enseña constantemente a rezar correctamente”.
Solo en la paradoja eclesial es posible articular estos dos polos: lo individual y lo comunitario. Por ello, la encíclica está dirigida a todos los fieles laicos, a la jerarquía y a los religiosos. Cada uno desde su especificidad en la Iglesia, vive la esperanza como un don y un desafío. El desarrollo especulativo de la oración es un ejemplo de esta dinámica de complementariedad de Benedicto XVI.
Conclusión
Benedicto XVI, en su encíclica, la cual también es nuestra, nos enseña que la esperanza es posible de ser vivida por cada uno de nosotros. El hombre que vive una existencia teologal[21] es un hombre de fe, esperanza y caridad. El hombre espera encontrarse con Cristo, su esperanza. Somos criaturas limitadas, pero abiertas a la “Spes Vere”[22], como los santos; quienes lograron comprender y saborear la esperanza. El Papa, consciente de la falta de atractivo de la vida eterna, nos plantea la crisis de esta virtud. Un enfoque individualista de la esperanza nos ha conducido a una oferta de muchas esperanzas. La experiencia teologal de las virtudes se ha transformado en banalidad.
Así pues, al reflexionar teológicamente sobre la esperanza, no hacemos otra cosa que adentrarnos en un atisbo de respuesta. Ella se encuentra en Cristo, la verdadera esperanza.
Hemos estudiado la segunda parte de la encíclica, la cual describe “los lugares de aprendizaje y del ejercicio de la esperanza”. Se distinguen tres “lugares”:
I. La oración como escuela de la esperanza.
II. El actuar y el sufrir como lugares de aprendizaje de la esperanza.
III. El juicio como lugar de aprendizaje y ejercicio de la esperanza.
Por lo tanto, hemos pasado de lo teórico a lo práctico. La utilización de las fuentes por parte del Papa es indistinta. Todas se complementan. Así pues, cuan- do habla del valor de lo comunitario, no solo alude al Catecismo, sino a la experiencia del cardenal Van Thuan y desde san Agustín salta al servicio de los demás. Podríamos afirmar que cada una remite a la otra en un continuo diálogo. Su uso no es ingenuo. Se complementan la tradición con la existencia concreta. La oración no es un mero ejercicio intimista, sino una realidad fundante.
La vida cristiana se nos muestra en una de sus facetas más características: el diálogo del hombre con Dios. La oración es un camino por recorrer, es buena, es loable y necesaria. Pero Benedicto XVI se interesa por el hombre que ora y espera.
¿Qué sucede en esa tensión entre el hombre que desea y el objeto deseado, que es el mismo Dios? ¿Cómo se entiende la realidad temporal y la esperanza? ¿Qué papel juega el hombre en ello? Son interrogantes que quedan por responder. Juan Alfaro nos ofrece una luz en este tema: “El hombre vive, en cuanto aspira y proyecta, es decir, en cuanto espera; en lo más profundo de sí mismo está llamado a realizarse en el futuro. La esperanza está presente en todas las dimensiones fundamentales de la existencia humana, a saber: en la conciencia del hombre, en su libertad (…) En ella se revela el misterio del hombre como «espíritu finito» (espíritu encarnado)[23]. El hombre es un ser de la esperanza, ella constituye parte de la estructura fundamental del hombre. No se puede pensar a la humanidad sin ella. El Cardenal Ratzinger con motivo del 50 aniversario de la Facultad Antoniana pronunció una conferencia titulada: Sobre la esperanza. En ella, comentando Efesios y Tesalonicenses, afirma: “De estos dos pasajes puede concluirse que, según Pablo, la esperanza es el distintivo del cristiano y que, por el contrario, la desesperanza es lo que caracteriza a los ateos. Ser cristiano es esperar, entrar en la dinámica de la esperanza auténtica; según estos textos, la esperanza no es simplemente un artículo entre otros muchos, sino precisamente la definición de la existencia cristiana[24]. Todo hombre vive con esperanza o con muchas esperanzas, pero no todos viven en “la esperanza”. La existencia cristiana es teologal, no se comprende, sino desde la esperanza. Esa esperanza es Cristo. Desde esta perspectiva es posible entender “viven sin esperanza”. Ya que viven sin Cristo.
Pareciera ser que la esperanza es uno de los nexos que explican esa tensión. Solo cuando esa esperanza tiene nombre se resuelve el ejercicio de la misma, tiene coherencia y un fin. Jesucristo es esa esperanza.
NOTAS
[1] Ratzinger, Joseph; Sobre la esperanza; Revista internacional Communio, edición española; Julio-Agosto, año VI, Nº IV, Madrid, 1984, 325-336.
[2] Ratzinger, Joseph; Escatología, Curso de Teología Dogmática, Herder, Barcelona, 1984.
[3] Ratzinger, Joseph; Fe y futuro, Desclée de Brouwer, Bilbao, 2007.
[4] Benedicto XVI; Audiencia general, 11 de mayo de 2011.
[5] San Benito: La regla de los monjes; Introducción y comentarios por García M. Colombás y traducción y notas por Iñaki Aranguren; BAC, Madrid, MM, Pp. 83-84.
[6] Evagrio Póntico en su obra Las Bases de la vida monástica señala que la finalidad de la vida monástica es alcanzar la hesychía, o estado de perfecta tranquilidad en la que debe encontrarse el monje, libre de las preocupaciones del mundo, para dedicarse -con total disponibilidad- a la contemplación. Esta nos conduce a la apatheia o paz interior; en la cual la dinámica ascética se da contra los vicios o los logismoi. Ser monje es, pues, esencialmente: vivir en la hesychía.
[7] «Notre espérance d´une vie sans fin va au-delà de toute histoire. Elle plonge dans l´impossible et le divin. La joie de notre espérance este celle du Christ ressuscité, premier-né d´entre les morts, avec lequel nous serons pour toujours». Cf. De Vogüe, Adalbert; Désirer la vie éternelle : l´espérance hier et aujord’hui ; Vie monastique, N. 32, Abbaye de Bellefontaine, 1995, p. 15.
[8] Secuencia de Pascua: Victimae Paschali Laudes. Se canta durante la Octava de Pascua, des- pués del Aleluya.
[9] «Espérer, c´est aimer ce vouloir de Dieu, c´est désirer que s´accomplisse ce plan divin, dans lequel tous, mes frères, ces autres fils de Dieu son inséparablement inclus avec moi-même». Cf. De Vogüe, Adalbert, Loc. Cit.
[10] San Bernardo; In Cant, 80, 5.
[11] Guillermo De Saint-Thierry; Carta de Oro 2, 5.
[12] Ratzinger, Joseph; Escatología, Curso de Teología Dogmática, Herder, Barcelona, 1984, 22.
[13] Ídem.
[14] François-Xavier Nguyen van Thuan (Hue, Vietnam. 17 de abril de 1928 – 16 de septiembre de 2002). Ordenado sacerdote en 1953 y doctor en Derecho Canónico en 1959. Fue durante ocho años obispo de Nhatrang (1967-1975). En 1975 Pablo VI le nombró arzobispo coadjutor de Saigón, pero fue arrestado a los pocos meses con la llegada del régimen comunista al poder de Vietnam. Pasó 13 años en la cárcel, 9 de ellos en régimen de aislamiento. Juan Pablo II le nombró presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz y posteriormente le creó cardenal. Falleció el 16 de septiembre de 2002.
[15] Nguyen Van Thuan, François-Xavier; Testigos de esperanza; Ciudad Nueva, 2000, 135.
[16] San Agustín; Obras, Tomo XVIII: Exposición de las Epístolas a los Romanos y a los Gálatas. Exposición de la Epístola a los Partos, BAC, Madrid, MCMLIX, 254.
[17] Ps 19 (18), 13: “Errores quis intellegit? Ab occultis munda me”: Elogio de la Ley de Dios: El salmo presenta a Yahvé como sol de justicia. Se gloría en sus perfecciones y en sus obras. Una de ellas es la ley.
[18] Spe Salvi 34.
[19] El autor que estoy investigando en vista a una tesis de licencia, desarrolla este tema al referirse al tema del ser y del ente. Este señala: “Desgraciadamente, se trata aquí en una perspectiva que, en primer análisis, puede decirse dualista. Por »dualismo« no quiero aludir en este caso a un tipo de pensamiento que captaría la dualidad en lo real; efectivamente, lo real a lo que tenemos acceso es dual y cualquiera aprensión del mismo está normalmente marcada por ello. Existe el «dualismo» cuando los datos así obtenidos siguen siendo contradictorios o irreconciliables”. Cf. Lafont, Ghislain; Dios, el tiempo y el ser, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1991. 114-116.
[20] Cf. Guissani, Luigi; Moralidad: memoria y deseo; Ediciones Encuentro, Madrid, 1983, 31: “Una condición humana que la plegaria asume es la expresión comunitaria”.
[21] Cf. Del Cura Elena, Santiago; La esperanza hoy: performativa y teologal; Revista Burgense: Collectanea Científica, Facultad de Teología del Norte de España: sede Burgos, 48/2, 2008. 6-11.
[22] Cf. De Prada, Juan Manuel; Esperanza de la Parusía; L’Osservatore Romano: versión española, nº 25, 20 de junio 2008, 348 (8).
[23] Alfaro, Juan; Las esperanzas intramundanas y la esperanza cristiana; Concilium: Revista internacional de Teología, Nº59: La esperanza, Madrid, 1970, 352.
[24] Sobre la esperanza; p. 325. Es indudable que el parecido entre este documento y la encíclica hace pensar en un primer esbozo del tema, por parte del teólogo Ratzinger, quien en ella concentró varios documentos. Además se debe considerar que Hans Urs von Balthasar posee un artículo llamado “la esperanza entre la fe y la caridad” donde comenta los mismos textos de Ratzinger y en el mismo sentido. Cfr. Urs Von Balthasar, Hans: La esperanza entre la fe y la caridad. En: Communio, N. 3, Vol 3, 1996, Pp. 5-16.

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