El gozo de ser pueblo de Dios – Eduardo Pérez-Cotapos, SSCC

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Artículo publicado en la edición Nº 1.203 (JULIO- SEPTIEMBRE 2019)
Autor: Eduardo Pérez-Cotapos, SSCC
Para citar: Pérez-Cotapos, Eduardo, El gozo de ser pueblo de Dios, en La Revista Católica, Nº1.203, julio-septiembre 2019, pp.355-369.

 

 

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El gozo de ser pueblo de Dios
Eduardo Pérez-Cotapos, SSCC [1]

Ser parte del Pueblo de Dios es una experiencia gozosa y alegre; es un don, no un problema ni una dificultad. Por eso, como punto de partida, considero que necesitamos renovar la conciencia de que la Iglesia es un misterio, un espacio en el cual se manifiesta el estilo más propio del actuar de Dios. Un misterio no es algo incomprensible, sino un espacio en el cual se nos revela la acción de Dios. Si comprendiéramos plenamente el modo de actuar que tiene Dios, estaríamos haciéndonos dueños de su acción. En lugar de esto, el misterio nos va a dejar siempre sorprendidos y desbordados, y mientras más entremos en él, mejor entenderemos los caminos del Señor. Por eso mismo, para abordar este misterio es conveniente hablar por medio de imágenes más que con conceptos elaborados, que nos limitan demasiado.
Ser Pueblo de Dios
Comencemos con un texto de la Lumen Gentium:
«En todo tiempo y en todo pueblo es agradable a Dios quien le teme y practica la justicia (cf. Hch 10,35). Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose a Sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo, y santificándolo para Sí» (LG 9).
El Concilio comienza con una afirmación muy radical: En todo tiempo el que practica la justicia es agradable a Dios. Él elige a un pueblo al que se le manifiesta en su intimidad personal, “revelándose a sí mismo”. Dios no forma un pueblo dándole órdenes ni tareas concretas, no es un pueblo de esclavos al servicio de un proyecto divino. Por el contrario, Dios nos invita a todos a entrar en su intimidad. Así, viviendo y compartiendo con Él sabremos qué es lo que debemos hacer, cumplir, vivir, porque aprendemos un estilo de vida.
La primera consecuencia pastoral de esto es que Dios ama a toda persona que practica la justicia en el trato con sus hermanos, con la naturaleza y que respeta a Dios. Por lo mismo, la Iglesia no posee la exclusividad de la salvación, no somos los únicos que tenemos la salvación, no somos dueños de ella, sino que la salvación es de Dios, no de la Iglesia.  Necesitamos considerar como “compañeros de camino” a muchos no creyentes. En el camino de ser personas de bien hay muchos no creyentes que nos pueden ayudar, ya sea con su palabra, con su ejemplo o con su cuestionamiento.
Otra consecuencia pastoral es que Dios quiere salvarnos “como pueblo” y no aisladamente.  Y para eso hace una alianza con Israel. La alianza en el sentido bíblico no es un contrato, un compromiso mutuo, donde yo hago algo a cambio de que tú hagas algo en compensación. La alianza es la decisión que tiene Dios de hacernos su pueblo, de darnos la experiencia de vivir con Él y de aprender a ser pueblo con Él: «Ellos serán mi Pueblo y yo seré su Dios. Les daré un corazón íntegro y una conducta íntegra, a fin de que me respeten constantemente, para su propia felicidad y la de sus hijos después de ellos. Estableceré con ellos una alianza eterna, por la cual nunca dejaré de seguirlos para hacerles el bien, y pondré mi temor en sus corazones, para que nunca se aparten de mí» (Jr 32,38-40). Esta es la alianza: hemos sido elegidos por Dios y nos quiere de una manera definitiva, nos ama, nos cuida, nos hace crecer como personas, nos regala un corazón íntegro y una conducta íntegra, nos acompaña permanentemente para hacernos bien, para enseñarnos a respetar la voluntad de Dios. Es una experiencia muy intensa de la alianza, y eso fundamenta la experiencia de pueblo, que no ha sido elegido para cumplir una tarea, sino que ha sido elegido para ser, en primer lugar, Pueblo de Dios.
Una tercera consecuencia pastoral es que Dios forma y hace madurar a su Pueblo invitándolo a entrar en la intimidad con Él. La maduración humana es el regalo de vivir con Él: «Decidió Dios en su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad… por medio de esta revelación Dios invisible, a causa de la abundancia de su amor, les habla a los hombres en calidad de amigos y conversa con ellos a fin de invitarlos a una alianza con Él y a acogerlos en ella» (DV 2). Somos Pueblo de Dios porque somos invitados a ser amigos de Dios, a compartir su intimidad, como dice el texto del evangelio: «Ya no los llamo siervos, sino que los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre» (Jn 15,15).
Finalmente, una cuarta consecuencia pastoral es que el Pueblo de Dios no puede adueñarse de la salvación, pero sí tiene una misión fundamental frente a ella, tal como le señala Dios a Abraham: «El Señor dijo a Abram: ‘Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré… y por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra’» (Gn 12,1-3). Como dice el Papa Francisco, la Iglesia no es la que tiene la “llave de la salvación”, pero sí tenemos un rol fundamental en el camino de la salvación, porque estamos invitados a ser bendición para la humanidad entera. Esto es lo que también podemos escuchar del Concilio Vaticano II: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1). Así, comprendemos que somos un signo eficaz, un sacramento de la unión íntima con Dios, de conocerlo y de ser tratados como amigos por Él y, en segundo lugar, de la unidad del género humano. Por eso, la Iglesia tiene que ser semilla de unidad y de comunión para la humanidad.
Somos un pueblo nómade
Somos un pueblo, pero un pueblo nómade, que transita desde la esclavitud a la libertad. El camino que siguió el Pueblo de Israel fue difícil, montañoso. A veces nos imaginamos que el desierto es una planicie de arena, sin embargo, es más bien un camino complicado. El pueblo es numeroso, enorme, con rostros que no se pueden identificar fácilmente como los de mis amigos, porque es un pueblo más amplio.
El Pueblo de Dios es la imagen preferida del Concilio Vaticano II para describir el misterio de la Iglesia. Esta imagen hace referencia al pueblo de Israel que, después de haber sido maravillosamente liberado por Dios de la esclavitud en Egipto, peregrina por el desierto hacia la Tierra Prometida. Es un peregrinar en el cual Dios los conduce y cuida diariamente, y lo hace con una columna de nubes que los guía y los protege del sol en el día, y una columna luminosa y protectora durante la noche. Es decir, somos un pueblo de Dios peregrino, no un pueblo instalado, sedentario, acomodado, sino un pueblo caminante desde la esclavitud a la libertad.
De aquí podemos comprender que la condición de los creyentes es una condición de personas liberadas de la esclavitud del pecado y peregrinos hacia la patria definitiva prometida por Dios. Esta es la condición más maravillosa del Pueblo de Dios, porque venimos de una experiencia de ser liberados y de caminar hacia una patria prometida que es más grande que todo lo que estamos viviendo por el momento.
Características del Pueblo de Dios
«Este pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, ‘que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación’ (Rm 4,25), y teniendo ahora un nombre que está sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos. La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros (cf. Jn 13,34). Y tiene en último lugar, como fin, el dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que al final de los tiempos Él mismo también lo consume, cuando se manifieste Cristo, vida nuestra (cf. Col 3,4), y ‘la misma criatura sea libertada de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de los hijos de Dios’ (Rm 8,21)» (LG 9).
Este pasaje de la Lumen Gentium nos ofrece cuatro rasgos fundamentales que nos permiten comprender qué implica para nosotros ser Pueblo de Dios.
El hecho que este pueblo mesiánico tenga por cabeza a Cristo es un hecho crucial, porque si deja de estar encabezado por el mismo Jesús, el pueblo pierde su sentido y vitalidad.
Somos un pueblo digno y libre. No somos un pueblo sometido, de esclavos; discriminándonos unos a otros; con autoridades que tendrían derecho a tiranizar a aquellos que son sus súbditos. En este pueblo todos tenemos igual dignidad, todos hemos recibido el bautismo, y todos somos peregrinos hacia la patria prometida por Dios.
Nuestra única ley es amar, y haciéndolo como Cristo. Esto implica hacerse servidores, porque es el amor lo que lleva a Cristo a ser servidor y a entregarse en la cruz, haciéndose cargo de nuestras fragilidades. En consecuencia, amar como Cristo es aprender a ser servidores como Jesús.
La tarea del Pueblo de Dios es ampliar, dilatar más y más el Reino de Dios; nuestra misión es hacer presente ese Reino de Dios. Estamos al servicio del reinado de Dios, lo que implica que Dios sea todo para todos, es decir, que Dios esté en el corazón de cada persona humana y le dé sentido a la vida de cada una de esas personas.
El gozo de ser Pueblo de Dios que peregrina
La Iglesia perdería su sentido si se transforma en una comunidad sedentaria, instalada cómodamente en una realidad bien conocida. A todos nos encanta aquella casa que hemos conocido siempre y la cama propia, pero el Pueblo de Dios es un pueblo peregrino y, metafóricamente, podemos decir que cada semana tiene una cama distinta, un lugar distinto en el cual vivir. Eso nos va desajustando, pero al mismo tiempo es muy hermoso. Según los profetas bíblicos, el tiempo del noviazgo de Israel con Dios fue aquel tiempo transcurrido en el desierto. El lugar del noviazgo de Dios no es la Tierra Prometida, porque una vez llegados allí el Pueblo se instaló y se acomodó. De hecho, el Deuteronomio advierte constantemente: «No se olviden de que vienen de la esclavitud de Egipto y pasaron por el desierto» (cfr. Dt 8, 2-6), porque, de hecho, después se van a olvidar, se van a instalar y se van a acomodar. Recuperar la desinstalación es una tarea permanente de la Iglesia y del Pueblo de Dios.
Por lo tanto, necesitamos permanecer como pueblo nómade al modo del Pueblo de Israel; un pueblo que camina alejándose de la esclavitud de Egipto y acercándose a la libertad de la tierra nueva prometida y regalada por Dios. Caminando desde una situación de esclavitud, que todos nosotros en alguna medida conocemos, hacia la libertad que Dios nos promete y que todavía no conocemos en plenitud.
Pero en este caminar nadie puede ir solo, porque es un pueblo el que camina por el desierto, lugar en el cual si alguien se queda solo, se muere. Dejar a una persona abandonada en el desierto es matarla. Si nosotros caminamos solos como creyentes nos morimos. O estamos integrados en un pueblo en el que solidariamente nos vamos apoyando en el caminar, o estamos condenados a desaparecer.
Por lo mismo, es una Iglesia en permanente camino hacia lo desconocido, atenta a vencer la tentación de volver atrás, a lo ya conocido. Esta es una condición fundamental para enfrentar la novedad de los cambios culturales. Por el influjo de las películas se puede pensar que el Pueblo de Israel vivía un sufrimiento permanente en Egipto, y que salen felices hacia la libertad del desierto para llegar a la Tierra Prometida. Pero si leemos los textos bíblicos, sobre todo el libro de los Números, nos damos cuenta de que no es así. El pueblo siempre está pensando “en Egipto estábamos mejor”, “éramos esclavos, pero estábamos mejor”. Incluso, están a punto de entrar en la Tierra Prometida y le dicen a Moisés “para qué nos trajiste para acá, volvámonos, allá teníamos comida, estábamos seguros”. Y era verdad, estaban mandados, obligados, haciendo ladrillos, pero estaban seguros.
Y es que la novedad nos asusta mucho, y así ocurre en la comunidad eclesial. Y ya que estamos en tiempos que cambian, tenemos que imaginar ministerios nuevos, y eso nos asusta muchísimo, y la tentación de volver atrás está a la puerta, como estuvo a la puerta del camino de Israel en el desierto. Si Israel caminando en el desierto es imagen de la asamblea eclesial, no nos olvidemos de que esa asamblea del desierto siempre pensó que, aunque lo que vivían en Egipto era esclavitud, “no era tan mala al final de todo y lo pasábamos mejor”. Esa tentación nos acecha hasta el día de hoy, y nos ha acechado a lo largo de toda la historia.
El desierto es un lugar duro, de peligros y dificultades. Pero la experiencia del Éxodo es que vamos caminando a lo desconocido, pero cuidados por Dios, acompañados y dinamizados por el Espíritu. Son muy lindas las imágenes que usa el Éxodo. Por ejemplo, en el día el calor terrible del desierto es protegido por una nube que los cubre, para no padecer el calor intenso. Y esta columna, que va delante del pueblo, guiándolo, en la noche es luminosa para que no tengan miedo y los defienda de los enemigos. En el desierto también hay problemas con la comida y la bebida, porque no es nada fácil conseguirlas y, por eso, Dios cada día les regala el maná y hace surgir el agua de la roca. Se podría entender que surja el agua de una caverna o de un pequeño pantano, pero no de una roca. Así, de donde menos se podía esperar que surgiera la vida, de ahí surge. Y por eso el pueblo camina tranquilo, seguro, porque se sabe permanentemente cuidado por Dios.
En síntesis, es fundamental que como Iglesia recuperemos la condición de nómades, no nos asustemos de la novedad y sabernos siempre cuidados por Dios. Eso nos hará Pueblo de Dios mientras caminamos desde la esclavitud a la libertad.
Otras imágenes de la Iglesia
Junto a la imagen de Pueblo de Dios, hay otras que nos ayudan a comprender el misterio de la Iglesia.
  • Cuerpo de Cristo. La imagen de la Iglesia como Cuerpo de Cristo tiene dos vertientes, una sociológica y otra mística. En la aproximación sociológica del Cuerpo, todos somos Iglesia (1Co 12,12-30; Rm 12,3-8), y allí uno es mano, otro es pie, otro es ojo y otro es oído; y cada uno tiene una función, un ministerio para el bien común del Pueblo de Dios. La imagen mística (Col 1,17-18; 1,24; 2,19; Ef 1,22-23) comprende a la Iglesia como el cuerpo y Cristo es la cabeza; así, si el cuerpo se separa de la cabeza, se muere, porque esa cabeza no somos nosotros, sino que es Cristo. Por ende, nosotros como cuerpo tendremos vida si estamos unidos a la cabeza.
  • El redil y el Buen Pastor (Jn 10).
  • La Viña del Señor, labranza y campo de Dios, olivo santo (Is 5; Jn 15).
  • Edificación de Dios: piedras vivas que construimos el Templo de Dios con Cristo como cimiento y piedra angular (1Pe 2,4-10).
  • Jerusalén Celestial, o de arriba, o nuestra madre, esposa de Cristo (Ap 21).
  • Barca de la salvación, el arca de Noé, la Familia de Dios (Gn 6-9; Mt 8,23-27).
 
¿Cómo ser Pueblo de Dios hoy?
El desafío que tenemos por delante es aprender a ser Pueblo de Dios, caminante, peregrino, capaz de anunciar la misericordia de Dios. Y para fortalecer el gozo de ser Pueblo de Dios, quiero proponer tres características.
Primero, debemos asumir el desafío de la sinodalidad, es decir, aprender a caminar juntos, reconociendo la unción de todo el Santo Pueblo de Dios, la radical igualdad de todos los creyentes, como nos lo enseña la teología bautismal. Esto implica recuperar la condición de Pueblo de Dios en el cual caminamos todos integrados.
Segundo, hay que aprender el gusto espiritual de ser pueblo. Este es un aporte específico de la teología argentina, la que recoge el Papa Francisco y que se conoce como Teología del Pueblo de Dios. En Chile y en otros países de América Latina trabajamos más la Teología de la Liberación, con un enfoque más intenso en el tema de la libertad, mientras que en Argentina se trabajó más la idea de ser pueblo, pueblo solidario, pueblo que comparte, pueblo que se integra. Por eso el aporte del Papa recoge mucho su propia tradición eclesial. Esta aproximación es una advertencia en contra de los elitismos y mesianismos, en contra de sentirnos superiores a los demás. De hecho, creo que este es un pecado chileno, porque tendemos a sentirnos superiores a otros, y eso nos hace un daño horrible.
El elitismo, por ejemplo, nos lleva a experimentar que si no somos superiores a alguien de afuera, al menos, somos superiores a otro grupo: “mi parroquia es mucho mejor que la vecina”, “mi grupo, mi espiritualidad es la mejor de todas las que hay”, y así nos vamos poniendo elitistas. Respecto del mesianismo, hay uno de tipo activo que ocurre, por ejemplo, cuando un sacerdote piensa: “Ahora que llegué yo, la parroquia sí que va a funcionar bien”, “llegué yo y vamos a cambiar las cosas”, “los anteriores no lo hacían bien”. También está el mesianismo pasivo, que se da cuando una persona o comunidad se somete a alguien que le gusta mandar. En estas circunstancias se suele afirmar: “Tal sacerdote es un genio, por ende, hay que hacerle caso en todo lo que diga, hay que obedecerle”. Esto refleja que la persona o la comunidad no pasa su experiencia por un tamiz crítico. Sin embargo, el Señor nos quiere críticos, escuchándolo solo a Él y recibiendo las palabras de cualquier persona que nos parezca importante, pero discerniendo. “¿Será esto la voluntad de Dios o no? ¿Es o no apropiado lo que dice aquella persona?”. Y ese es el camino fundamental para evitar los mesianismos. En Chile, desgraciadamente, hemos tenido mesianismos de todos los colores y en todos los sectores, y eso nos ha hecho mucho daño, porque no hemos puesto a Cristo en el centro de la vida.
En tercer lugar, tomando expresiones del Papa Francisco, debemos reconocer las propias heridas que tenemos como Iglesia, y aprender que las heridas son un camino de aprendizaje de lo que verdaderamente significa la misericordia. Aprendemos misericordia cuando necesitamos misericordia. Aprendemos a cuidar a los demás, cuando hemos necesitado que nos cuiden a nosotros. Hoy estamos heridos, lo pasamos mal, todos sufrimos la situación que está viviendo la Iglesia en este momento. Pero la sufriremos bien si comprendemos que vivimos un proceso de renovación, porque estamos siendo sanados de una herida que está enrarecida, y que al ser escarbada produce un dolor enorme. Esto hay que asumirlo como un tiempo de aprendizaje de misericordia, un camino de purificación que es una gracia de Dios, y que nos va a enseñar una cosa hermosísima: ser más misericordiosos, menos mesiánicos, menos orgullosos, menos elitistas.
El desafío de aprender a caminar en común
La carta que el Papa Francisco dirigió al Pueblo de Dios que peregrina en Chile, el 31 de mayo de 2018, nos decía lo siguiente:
«El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo; por tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción. Cada vez que como Iglesia, como pastores, como consagrados, hemos olvidado esta certeza erramos el camino. Cada vez que intentamos suplantar, acallar, ningunear, ignorar o reducir a pequeñas elites al Pueblo de Dios en su totalidad y diferencias, construimos comunidades, planes pastorales, acentuaciones teológicas, espiritualidades, estructuras sin raíces, sin historia, sin rostros, sin memoria, sin cuerpo, en definitiva, sin vidas. Desenraizarnos de la vida del pueblo de Dios nos precipita a la desolación y perversión de la naturaleza eclesial».
Es crucial comprender que todo el Pueblo de Dios tiene la unción del Espíritu. Así, cuando queremos reflexionar, pensar, evaluar, discernir, tenemos que tener conciencia y mucha atención de esta Unción Santa del Pueblo de Dios. La Regla de san Benito manda que cuando el abad consulte a su monasterio, ha de escucharlos a todos, incluso al que viene llegando, porque de modo no infrecuente, Dios habla por medio del más pequeño de todos. Por eso, no debemos escuchar solo a las cabezas, que evidentemente hay que escucharlas, sino hasta el último de los hermanos, porque también en él puede estar la Palabra de Dios.
El Papa usa expresiones muy duras, pero también muy verdaderas, para hacernos ver que cada vez que anulamos las diferencias que hay en la Iglesia, destruimos su vida. La Iglesia somos todos, los de un lado y los del otro, los de un ángulo y los del otro. Se puede caer en la tentación de querer construir una Iglesia en la que todos estén en mi mismo lado y todos vean la realidad desde mi propio ángulo, pero si nuestra mirada de Iglesia no integra con la misma dignidad todos los ángulos, estamos corrompiendo la vida eclesial. Y todos tendemos a esta actitud, buscando que todos tengamos un pensamiento uniforme y queriendo llevar las aguas para nuestro propio molino. Actuar así no es riqueza, sino pobreza. Como decía san Pablo: «No puede el ojo decir a la mano: ‘¡No te necesito!’ Ni la cabeza a los pies: ‘¡No los necesito!’» (1Co 12,21). Si todos fuéramos oído, seríamos una oreja grande y no un ser humano; si todos fuéramos ojo, seríamos una pelota ridícula que solo mira; si todos fuéramos pie, no sabríamos para dónde caminar.
El Papa nos advierte acerca del peligro de «desenraizarnos de la vida del pueblo de Dios», es decir, desenraizarnos de la vida de toda la gente. Con todos tenemos que trabajar juntos y caminar integrados: desde el arzobispo y el Papa hasta el último recién bautizado; con el más simple, elemental y rudimentario, y con el más pecador; con el más de derecha y el más de izquierda; con el más espiritual y con el más materialista. Si no caminamos integrados, discerniremos mal, haremos mal las cosas. Si ninguneamos a alguien, destruimos el misterio de la Iglesia, porque Dios nos supera y sus ideas son más grandes que las nuestras, y eso a veces se nos ha olvidado.
Como lo hizo el año pasado con la Iglesia en Chile, recientemente el Papa dirigió una Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Alemania (29 junio de 2019), que contiene elementos relevantes para la presente reflexión, y que comentaremos a continuación.
«…se trata de un synodos bajo la guía del Espíritu Santo, es decir, caminar juntos y con toda la Iglesia bajo su luz, guía e irrupción para aprender a escuchar y discernir el horizonte siempre nuevo que nos quiere regalar. Porque la sinodalidad supone y requiere la irrupción del Espíritu Santo» (n.3).
El Espíritu Santo sopla donde quiere, no donde nos gusta, ni donde planificamos. Podemos tener lindas orientaciones pastorales, pero el Espíritu Santo va a soplar donde quiera… ojalá a través de las orientaciones, pero también puede soplar por otros lados, y eso nos desconcierta. De hecho, a los alemanes, que son muy ordenados, los exhorta a caminar siempre bajo la luz del Espíritu y no a caminar bajo los propios criterios y planificaciones. El Espíritu siempre trae novedad, a la cual debemos estar abiertos.
«La perspectiva sinodal no cancela los antagonismos o perplejidades, ni los conflictos quedan supeditados a resoluciones sincretistas de “buen consenso” o resultantes de la elaboración de censos o encuestas sobre tal o cual tema. Eso sería muy reductor» (n.11).
Ser fieles al Espíritu no nos va a hacer a todos hermanos, yuntas y amigables unos con otros. De hecho, en muchos lugares vamos a estar en antagonismo, y es ahí precisamente donde tenemos que ser fieles al Espíritu. Así, el desafío será, desde nuestro antagonismo, valorar lo que vemos de Dios en cada uno de nosotros. El hecho de evitar soluciones sincretistas implicaría arreglarnos entre nosotros con una especie de solución promedio que no moleste a nadie, pero que tampoco deja contento a nadie. Eso sería reducir y matar al Espíritu.
«Asumir y sufrir la situación actual no implica pasividad o resignación y menos negligencia, por el contrario supone una invitación a tomar contacto con aquello que en nosotros y en nuestras comunidades está necrosado y necesita ser evangelizado y visitado por el Señor. Y esto requiere coraje porque lo que necesitamos es mucho más que un cambio estructural, organizativo o funcional» (n.5).
Necesitamos aprender a servir de una manera nueva, a sacar de nosotros aquello que se ha muerto, aquello que a lo mejor tuvo sentido en algún momento, pero que hoy ya no lo tiene, y que queda como un lastre que nos aplasta. Entonces, asumir la situación no es pasividad ni resignación, como si dijésemos “hemos actuado mal, qué le vamos a hacer, tenemos que aguantarnos, no tenemos vuelta”. Por el contrario, esto implica buscar activamente el don del Espíritu.
«El Sensus Ecclesiae [sentido de la pertenencia eclesial] nos libera de particularismos y tendencias ideológicas para hacernos gustar de esa certeza del Concilio Vaticano II, cuando afirmaba que la Unción del Santo (1Jn 2, 20.27) pertenece a la totalidad de los fieles. La comunión con el santo Pueblo fiel de Dios, portador de la Unción, mantiene viva la esperanza y la certeza de saber que el Señor camina a nuestro a lado y es Él quién sostiene nuestros pasos. Un sano caminar juntos debe traslucir esta convicción buscando los mecanismos para que todas las voces, especialmente la de los más sencillos y humildes, tengan espacio y visibilidad» (n.9).
El hecho de que el Papa nos exhorte a que todas las voces, especialmente la de los sencillos y humildes, tengan espacio y visibilidad, nos tiene que llevar a un análisis de conciencia. Eso surge porque hay esperanza y certeza de que el Señor nos acompaña cuando somos capaces de escuchar todas las voces, porque a veces nuestra voz personal está gastada o en problemas. Puede ser que nuestra voz nos tenga desilusionados, o la de aquellos mesías que nos hemos hecho cada uno a nuestra medida. Tenemos que abrirnos a escuchar a todos.
«‘Hoy estamos llamados a gestionar el desequilibrio. Nosotros no podemos hacer algo bueno, evangélico si le tenemos miedo al desequilibrio’. No podemos olvidar que hay tensiones y desequilibrios que tienen sabor a Evangelio y que son imprescindibles mantener porque son anuncio de vida nueva» (n.5).
No pretendamos un equilibrio, aquel de la tranquilidad mortal del cementerio, porque eso mata la vida. Si queremos anunciar vida nueva, aquella del Evangelio, tenemos que gestionar el desequilibrio, gestionar que somos diversos y complicados, que tenemos horizontes distintos, sensibilidades dispares y que estamos en desacuerdo en algunos puntos. Sin embargo, somos hermanos en el caminar para buscar la fidelidad a Dios. Y si yo no soy capaz de valorar lo que opina mi hermano que piensa distinto de mí, y simplemente lo descalifico y lo ninguneo, estoy matando la Vida Nueva del Espíritu.
El gusto espiritual de ser pueblo
«Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene, pero allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo. Así redescubrimos que Él nos quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado. Nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin esta pertenencia» (EG 268).
Entre quienes tenemos un ministerio estable y ordenado hay una tentación muy fuerte de sentirnos superiores a los demás. Solemos pensar: “Yo era del común de la gente, pero ahora soy cura. Por favor, tráiganme un estrado sobre el cual pararme, porque el presbiterio está más alto, no estamos al nivel de la base de la gente”. Si soy diácono o catequista puedo hacer lo mismo y, así, nos separamos de la vida concreta del Pueblo de Dios, lo que termina matando la Unción Santa del Espíritu. Por ejemplo, el Papa Francisco, siendo arzobispo de Buenos Aires tenía la costumbre de trasladarse en transporte público, en bus o en metro, donde se conoce la realidad de la gente cotidiana. Si hubiese llegado en su auto arzobispal, muy bien protegido cada día, tal vez no hubiese conocido la realidad de la gente. La pregunta es cómo podemos hacer signos de comunión con la vida concreta del Pueblo de Dios.
Escapar de la mundanidad espiritual
«Quien ha caído en esta mundanidad [de sentirse superior al resto] mira de arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia. Ha replegado la referencia del corazón al horizonte cerrado de su inmanencia y sus intereses y, como consecuencia de esto, no aprende de sus pecados ni está auténticamente abierto al perdón. Es una tremenda corrupción con apariencia de bien. Hay que evitarla poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el Evangelio!» (Evangelii Gaudium 97).
Si yo juzgo todo desde arriba y desde lejos, y no escucho a mis hermanos, quiere decir que los estoy mirando en menos. Además, me repliego en mí mismo y no soy capaz de aprender de mis errores, porque nadie me los va a decir, y tampoco soy capaz de ser perdonado. Hay laicos que, en momentos complejos de nuestra Iglesia, me han dicho: “Padre, ustedes los sacerdotes han actuado mal como curas, pero la culpa la tenemos nosotros los laicos, porque nunca les dijimos lo mal que lo estaban haciendo”. Muchas veces las personas se quedan calladas por aprecio, reverencia, por atención, y omiten manifestarnos cómo los consagrados podríamos actuar de mejor modo. Esa actitud, que nace de una reverencia al sacerdote se termina transformando en una verdadera corrupción. Por eso, no debemos dejarnos robar la libertad y la novedad del Evangelio.
Que nuestras heridas nos enseñen misericordia
«Aceptar los aciertos, así como los límites personales y comunitarios, lejos de ser una noticia más se vuelve el puntapié inicial de todo auténtico proceso de conversión y transformación. Nunca nos olvidemos que Jesucristo resucitado se presenta a los suyos con sus llagas. Es más, precisamente desde sus llagas es donde Tomás puede confesar la fe. Estamos invitados a no disimular, esconder o encubrir nuestras llagas» (Carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios que peregrina en Chile).
Tras su encuentro con Jesús resucitado, el apóstol Tomás termina diciendo «Señor mío y Dios mío», y esto lo logra cuando es capaz de tocar las llagas del Resucitado. Jesús aparece resucitado, tiene la vida de Dios, es glorificado, pero no ha borrado sus heridas. A nosotros nos encanta borrarnos las heridas y presentarnos limpios. Quizás la herida es lo que nos hace creíbles.
«Una Iglesia llagada es capaz de comprender y conmoverse por las llagas del mundo de hoy, hacerlas suyas, sufrirlas, acompañarlas y moverse para buscar sanarlas. Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, no busca encubrir y disimular su mal, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas y tiene un nombre: Jesucristo». (Carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios que peregrina en Chile).
La Iglesia que vivimos en este momento, herida, frágil, medio avergonzada, es capaz de conmoverse de las llagas del mundo y de poner a Jesús como su centro. Por eso no hay que tratar de cubrir las heridas, los problemas por medio de acciones caritativas que quieren proyectar con urgencia una buena imagen eclesial. No se trata de eso. Cuando “no tenemos ni oro ni plata” -como dice Pedro en los Hechos de los Apóstoles (Hch 3,1-10)-, ni poder ninguno para actuar, es cuando tenemos que anunciar con más claridad a Jesucristo, y ciertamente Él nos salvará mejor que lo que podríamos haber hecho nosotros. La salvación que Dios le dio al hombre tullido por medio de la acción de Pedro es mucho mejor que la que nosotros le hubiésemos podido dar en un buen hospital. No significa esto que no debemos hacer obras de caridad, pero lo esencial es el acercamiento a Jesús. Las heridas que sufrimos actualmente nos pueden ayudar a tomar conciencia de esta realidad, y eso tiene un valor gigantesco.
Salir de las redes de la muerte
«[Jesús] Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!» (EG 3).
¡No nos declaremos muertos! La vida de Dios, pase lo que pase, nos lanza hacia adelante, y nada puede más que eso. Esta convicción de fe la aceptamos de verdad cuando nos sabemos heridos y un poco agónicos, porque cuando estamos en plena salud no le tomamos el peso a este hecho. Cuando nos sabemos débiles, somos capaces de experimentar esto en hondura. Por eso, la experiencia que estamos viviendo hoy puede ser un camino maravilloso de sanación espiritual para nuestra Iglesia.
Quiero terminar con una reflexión sobre la parábola del Buen Samaritano, no leída desde la tradición exegética actual, sino desde la tradición eclesial que estuvo tan vigente hasta mitad del siglo XIX. En ella el Buen Samaritano siempre fue Jesús, y el herido somos cada uno de nosotros, que somos sanados por Él. Nosotros nos hemos creído “los buenos samaritanos”, aquellos que tenían que ayudar a otros, pero ha llegado el momento de reconocer que los heridos somos nosotros mismos, que estamos botados al borde del camino. Por eso, malheridos como estamos, necesitamos ser sanados por Jesús y por la comunidad eclesial, y por un Jesús que es, aparentemente, el más alejado de nosotros: un samaritano.
NOTA
[1] Texto de la charla del 27 de julio, en la Semana Teológico Pastoral de la Arquidiócesis de Santiago. En la transcripción del texto se ha conservado el estilo oral.

 

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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