Newman: La semblanza de un santo, la figura de un genio – Miguel Luis González F., pbro

0 Comments

Artículo publicado en la edición Nº 1.203 (JULIO- SEPTIEMBRE 2019)
Autor: Miguel Luis González F., pbro., Facultad de Teología UC
Para citar: González, Miguel Luis; Newman: La semblanza de un santo, la figura de un genio, en La Revista Católica, Nº1.203, julio-septiembre 2019, pp.335-343.

 

 

DESCARGAR ARTÍCULO EN PDF

 

 

Newman: La semblanza de un santo, la figura de un genio
Miguel Luis González F., pbro. [1]
Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile

1. Introducción
El domingo 13 de octubre el Papa Francisco canonizará al cardenal John Henry Newman (1801-1890), acontecimiento esperado en diversos ámbitos del orbe católico. A través de estas líneas presentamos el recorrido teológico de su conversión y rasgos de su visión sobre la teología que tienen permanente novedad.
2. Newman y su conversión en clave teológica
Newman pertenece al siglo de la plena modernidad; ciencia, razón, industrialización y la expansión gradual pero constante del liberalismo en la sociedad europea. Fue el mayor de seis hermanos de una familia de convicciones anglicanas. En 1816 experimenta una conversión, un gran cambio interior a partir del cual comienza a vivir un cristianismo anglicano serio y decidido y, en donde, percibe vitalmente la centralidad del dogma en la vida cristiana: “cuando tenía quince años […] se produjo en mí un gran cambio interior […] recibí en mi intelecto la marca de lo que es un dogma, que gracias a Dios nunca se ha borrado ni obscurecido”[2]. Desde entonces, el dogma, empieza a ser un aspecto fundamental de la religión. Junto con esto, también fija un principio espiritual central; se trataba de un sostenerse vitalmente “en el pensamiento de dos y solo dos seres absoluta y luminosamente autoevidentes: yo y mi creador”[3]. Es una experiencia espiritual, cuyo punto de partida es la interioridad, donde ocurre un encuentro personal con Dios en la conciencia y el corazón. Así, dogma y experiencia espiritual, serán dos principios centrales que integrará en su vida y pensamiento.
En 1817 es admitido en el Trinity College de Oxford y en 1822 es elegido miembro del colegio Oriel de la misma Universidad. Oriel era el lugar donde se reunía lo más selecto de Oxford, así como lo más influyente del liberalismo religioso anglicano. Su consolidación y consistencia intelectual, así como su batalla de toda la vida contra el liberalismo religioso es impensable sin Oriel. Tratando de levantar la alicaída iglesia anglicana y luchando por alejarla del influjo liberal, forma el Movimiento Tractiano junto con John Keble y Edward Pusey. Nuestro autor elaborará una teología centrada en la Sagrada Escritura y en la Antigüedad para darle fuerza y consistencia a la renovación del anglicanismo.
La Antigüedad era la teología de los Padres de la Iglesia (que estudió y conoció en sus fuentes) y los primeros concilios de la Iglesia. A esta propuesta la llamó la Vía media; una teología con una fuerte impronta eclesiológica. Se trataba de un camino en donde el anglicanismo se hallaba en la verdad religiosa entre dos extremos y desviaciones: el protestantismo y el catolicismo romano. Por eso, para él, la iglesia de Atanasio y Agustín, era la Iglesia anglicana del siglo XIX. Junto con esto, la Vía media descansaba en el ya conocido principio dogmático y, también, en un fuerte antirromanismo. Newman anglicano reprochaba al catolicismo romano el haber hecho añadidos dogmáticos o doctrinales que no se encontraban en la Antigüedad: supremacía del Papa, el culto a los santos y a la Virgen, el purgatorio. Para él se trataba de corrupciones posteriores a la Iglesia de los primeros siglos.
Nuestro autor, a los 38 años, en 1839, estaba en su apogeo. Sin embargo, en 1845 se convierte al catolicismo romano ¿Qué ocurrió en ese lapso de seis años? Nos cuenta en su Apología, que será la misma Antigüedad la que le dará la espalda a su teoría de la Vía media. En 1839 estudiando la herejía monofisita y en 1841 la herejía arriana, descubre un patrón común: la intervención de la supremacía del Papa en favor de la auténtica doctrina frente a la herejía. Roma con el Papa era la Iglesia que sostenía la verdad de la fe en el siglo V. Una porción que él creía extrema sostenía la verdad del dogma cristológico. A su vez, los semiarrianos – la vía media entre Roma y los arrianos, que más encima recurrían a la Escritura y a la Antigüedad- era la iglesia anglicana del siglo XIX. Los arrianos eran los protestantes. Así, comprendió que la autoridad de la sede de Pedro había sido decisiva para afirmar las verdades de fe cristológica. No existía solo la sucesión apostólica en la Antigüedad; el Papa tenía una autoridad y prerrogativas en un sentido en la que no las tenían el resto de los obispos.
También, en 1841 queda perplejo con la afirmación agustiniana con la que sentenciaba la herejía de Donato: Securus judicat orbis terrarum, es decir, el juicio seguro del mundo católico entero no puede errar. Se trataba de un principio de la universalidad de la fe del pueblo de Dios que sentenciaba a una porción herética. Era la Antigüedad que no recurría a sí misma como criterio para establecer si una doctrina era verdadera o no, sino a la fe universal de la Iglesia (universalidad que los romanos se atribuían). Aquí, nos dirá nuestro autor, su famosa Vía media se viene al suelo. Finalmente, ese mismo año, publica su famoso tracto 90, en donde interpreta desde la catolicidad (que para él se hallaba en la doctrina de la Iglesia antigua) los 39 artículos anglicanos[4]. Buscaba – entre otras- un acercamiento a Roma. El impacto de la publicación suscitó, entre 1841-1842, el rechazo del mundo anglicano en general, incluyendo las cabezas de Oxford y los obispos anglicanos. Newman se retirará al pueblo campesino de Littlemore y en 1843 renunciará a la parroquia Santa María de Oxford.
Resultado de imagen de cardinal newman
En Littlemore llevará una vida de estudio, oración y penitencia donde resolverá el último obstáculo teológico que le impedía ir hacia Roma: los añadidos doctrinales posteriores hechos por el catolicismo romano. Planteará su teoría del desarrollo doctrinal, que expondrá en su obra Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana (1845). En esta obra – verdadera novedad teológica para su tiempo- nuestro santo inglés plantea y demuestra la existencia de un desarrollo de la Revelación y un desarrollo histórico del dogma. Desarrollo que implica cambio y crecimiento, progreso paulatino sin perder la identidad originaria. Desarrollo que es fruto de la mente que se aplica a reflexionar sobre el objeto de la fe que ha recibido como una realidad viva en ella (como realidad o hecho) y que, a la vez, ha anidado con amor en el corazón.
Para él la Revelación no era un conjunto de proposiciones, sino hechos realizados en la historia, como el misterio de la Encarnación, en donde las formulaciones dogmáticas son a posteriori de recibir los objetos vívidos de la fe en la mente y el corazón[5]. Señala, además, que la Revelación por sí misma no trae la certeza y seguridad que determine sus auténticos desarrollos y los distinga de las corrupciones. Plantea, entonces, la existencia de una auténtica autoridad infalible y suprema prevista por el mismo autor de la Revelación para custodiar y establecer con seguridad los auténticos desarrollos y señalar oficialmente las posibles corrupciones. Se trataba del sucesor de Pedro, el Papa.
Desde ahí se aboca a mostrar a partir del dato bíblico y de los Padres la existencia de esta autoridad suprema, prolongación de la infalibilidad de la Iglesia. Finalmente, plantea la necesidad de distinguir cuando un desarrollo verdaderamente lo es y cómo distinguirlo de una corrupción. Para eso establece sus famosas siete notas[6] que aplicadas a cualquier nueva doctrina pueden llevar a establecerla como desarrollo o corrupción. A medida que va aplicando estas notas, va recurriendo – siempre en clave histórica- a la Escritura y a los Padres para sostener como verdaderos desarrollos la doctrina del purgatorio, las obras meritorias, la vida monástica, el culto a los santos y la teología y culto de la Virgen María. Así, los añadidos que, aparentemente eran las corrupciones o desviaciones romanas, en realidad se mostraban como verdaderos desarrollos dogmáticos, expansión de la idea inicial de la Revelación. De este modo, tal despliegue del dogma y de la Revelación suponía un contacto y una continuidad entre la Iglesia de los primeros siglos y el catolicismo romano del siglo XIX.
A esta altura ya estaba en posesión de la certeza personal y racional sobre cuál era la verdadera Iglesia. Se removía el último obstáculo; la Iglesia de Atanasio y Agustín eran la Iglesia Católica romana del siglo XIX, Iglesia a la cual, desde ese momento, nuestro autor denominará “católica” sin más. Faltaba la decisión final; en 1845 deja su cargo en Oriel y el 8 de octubre de ese mismo año es recibido en la Iglesia Católica por el padre pasionista, el beato Domenico Barberi.
3. Newman como teólogo
Newman, pasado los 60 años, no se consideraba como un teólogo, más bien como un hombre de controversias. En 1869 escribía que realmente él no era un teólogo[7]; pensaba que lo eran aquellos que tenían el grado académico, que enseñaban y exponían sistemáticamente la fe de la Iglesia en los ámbitos universitarios. Sin embargo, escribió sobre la teología e hizo teología.
Nuestro cardenal distinguía entre teología natural y sobrenatural, las dos actividades de la razón formal que reflexiona sistemáticamente sobre el misterio de Dios. Considera a ambas teologías bajo el rango de ciencia, lo cual suponía la lógica formal del argumento y el sistema. Sin embargo, solo la segunda tiene como presupuesto la Revelación: la teología propiamente tal es la ciencia de Dios con que la razón creyente investiga, analiza y penetra en la Revelación. Como lo afirma en la Gramática del asentimiento (1870), la teología es la ciencia en la que la razón se aplica a los objetos revelados.
Escribió que la teología era uno de los principios definidos y permanentes del cristianismo, interior y necesario al desarrollo mismo de la Revelación[8]. No se trataba de una labor reservada a una élite intelectual y de la cual la Iglesia pudiera prescindir. Presupuestas la Revelación y la fe, contribuía a la expansión de ambas, al desarrollo del dogma, a la madurez de la Iglesia. Correspondía a la inteligibilidad intrínseca de la cual es portador el misterio cristiano, por eso escribe: “La razón siempre ha estado despierta y en ejercicio en la Iglesia después de Cristo desde el principio”[9] y “La Iglesia tiene […] un claro deber hacia la teología, que es una de las responsabilidades que le han sido encomendadas. Donde está la teología, allí debe estar la Iglesia”[10].
Resultado de imagen de cardinale newman
Para el santo inglés la teología estaba subordinada a la fe y, una vez acogida esta última, la teología se aplicaba a investigarla mediante la razón. Pero se trataba de una investigación hecha con devoción – con vida de piedad, diríamos hoy- y con una reflexión envuelta en el amor. Por eso Newman, más de una vez, va a poner a María en la Anunciación como modelo para hacerse entender en este plano: primero ella acoge con fe la Palabra de Dios, luego medita las cosas que guardaba en su corazón. Del mismo modo, el teólogo acoge con fe la Palabra de Dios, adhiere a ella en su interioridad, y luego procede a reflexionar por ella mediante la razón formal. La teología, así, era el ejercicio de la razón creyente, un despliegue intelectual que nace de una fe viva del teólogo que acoge interiormente y como realidades vivas los hechos salvíficos y las verdades de fe.  Él, a su vez, une y alimenta la actividad teológica con la vida de piedad (oración, sacramentos, Palabra de Dios). Esto libraba a la teología de un peligro presente en su tiempo: el racionalismo.
Sin embargo, junto con la grandeza de la teología, Newman señala sus límites, la que expresa en una breve fórmula: “ella no es directamente devocional”[11].  Esto significa que no tiene por objeto realidades, sino conceptos, que son propios del ámbito abstracto. Hacía la distinción entre lo nocional y lo real. Lo real es la realidad singular, el hecho, lo existente concreto, del cual se puede tener cierta experiencia. Lo real impacta a la persona entera y mueve sus afectos, su mente, corazón, conciencia, voluntad y apetitos. Lo nocional, por otra parte, es producto de la razón abstracta, no se refiere inmediatamente a lo real sino a lo conceptual, por lo mismo, mueve directamente solo a esa razón especulativa.
Del mismo modo, distingue entre el dogma asentido como una realidad (un hecho) y mediante el cual se puede entrar en comunión con Dios (propio de la religión que implica la devoción), y el dogma asentido como un concepto o noción, que lo investiga, relaciona y analiza mediante la razón formal (propio de la teología). Por eso, para Newman, la teología no engendra por sí misma creyentes, ni mueve a la persona entera por sí misma a Dios, más bien lo hace la devoción y la adhesión a Dios como un ser real a través del asentimiento a los dogmas como hechos concretos, como realidades que nos ponen en cierto contacto real con los objetos de la fe. Ella no tiene la capacidad de mover los afectos ni la estructura apetitiva de la persona. Por eso, puede haber creyentes genuinos que no tengan la menor comprensión del contenido de los libros de teología y, por otro lado, lectores de libros de alta teología con un corazón frío y una fe débil.
Esta visión del cardenal inglés implicaba que el teólogo primero y ante todo debía ser un creyente. Tenía que buscar un encuentro real y vivo con Dios a través de la comunión que se logra por el asentimiento real a los objetos de la fe, necesitaba cultivar mediante la devoción las impresiones de los hechos salvíficos, de la persona de Jesucristo y de la Trinidad anidadas en su corazón, para luego vivir de acuerdo a ellos. Luego correspondía sumergirse en los misterios de la fe y en la comprensión intelectual del dogma mediante la razón, alcanzando el asentimiento nocional a las verdades de la fe.
Con todo, el santo inglés no separa devoción y experiencia religiosa de la actividad teológica. Al contrario, afirma que la teología libra a la devoción de la superstición y de sus excesos, además de educar los afectos y ayudar a profundizar en el misterio de Dios. En ese sentido, entonces, es indirectamente devocional, ya que las nociones intelectuales que se adquieren con el estudio teológico, se hacen vívidas solo en el creyente poseedor de la piedad y experiencia religiosa, ayudándole a comprender más el misterio del Dios viviente como ser real y, en esa línea, cooperando a que la persona entera se dirija hacia Dios. Newman nos ha dejado páginas llenas de lucidez acerca de la relación entre teología y religión: “La teología podría quedar como una ciencia sustantiva sin la vida de la religión, pero la religión no podría mantenerse sin la teología… de esta forma toda devoción religiosa se apoya en el dogma”[12]. Con esto, nuestro cardenal buscaba integrar religión y teología, dogma y devoción, que tendían a separarse e incluso oponerse en su tiempo, cuando en el cristianismo reinaba un excesivo intelectualismo.
El cardenal inglés también nos introdujo en una teología dinámica e histórica. De los Padres alejandrinos nos expuso la idea de una dispensación paulatina de la salvación, la cual se despliega en etapas históricas: la dispensación pagana (donde es central la conciencia), la judía, y la cristiana, en donde Jesucristo se presenta como el culmen de toda la Revelación.
Comprendió que la Revelación y el dogma no solo tienen historia, sino que, en cierto sentido, son historia. La Revelación como tal tiene un progreso al interior de la misma Sagrada Escritura, el dogma también progresa en su comprensión y aplicación, y lo hace en el encuentro con las distintas sociedades y circunstancias históricas. El desarrollo teológico debe contar con una teología bíblica desde una clave interpretativa de la Sagrada Escritura, que para nuestro autor era el sentido místico de la misma y la que se realizaba al interior de la Tradición viva de la Iglesia.
Y en el plano del desarrollo del dogma, capital era la interpretación progresiva que los Padres de la Iglesia iban haciendo del misterio revelado. Más aun, nuestro autor afirma un verdadero progreso dogmático al interior de la Iglesia, donde central era el sentido de la fe de los fieles laicos[13]. Como testimonio viviente y garante de la tradición y universalidad de la fe, había que desentrañar, sacar a la luz esa fe como acto preliminar de alguna definición dogmática. El despliegue y explicitación de la Revelación era, entonces, labor de todo el pueblo de Dios. Con lo recién afirmado, podríamos sostener que Newman piensa en claves teológicas más cercanas al Concilio Vaticano II que a la teología de su tiempo, especialmente en el volver a las fuentes y en la dinámica relación verdad e historia.
Resultado de imagen de cardinale newman
Nuestro santo, situado en el contexto del liberalismo religioso, defendió y justificó la fe de los sencillos; la racionalidad de la fe del campesino o del trabajador de la mina de carbón. Para eso amplió la idea de razón (su inferencia informal y su razón instintiva son un ejemplo de ello) sacándola del circuito estrecho en que la había situado el liberalismo racionalista. Luego, describió la racionalidad del acto de fe.
En su Gramática del asentimiento explicó cómo se podía creer en aquello que no se podía comprender total y claramente (los dogmas en cuanto misterios de fe). Para esto formuló y desarrollo su teología de la imaginación, que despliega tan magistralmente en el capítulo 5 de esta magna y revolucionaria obra. A su vez nos señaló – contra el racionalismo que conducía al escepticismo- que se podía obtener certeza en el acto de fe y que se podía creer en aquello que no se podía demostrar de manera absoluta, al modo como lo exigía la razón filosófica o la evidencia propia de la física o geografía.
Nos describió el proceso racional del acto de fe, al que llamó el método de las probabilidades antecedentes, que presentaba como un modo natural y espontáneo de razonar de todo ser humano para cuestiones concretas de fe, moral y de la existencia diaria (ámbitos a donde el método de la razón abstracta no podía alcanzar) Se trataba de un camino probatorio al que se arribaba por una acumulación de argumentos muy personales que en su conjunto convergían y se integraban adquiriendo gran fuerza para el sujeto, camino al que no se llegaba ni por el silogismo o lógica formal ni por medio de ciencia experimental. Estos argumentos probatorios, a su vez, presuponían disposiciones interiores específicas formadas a partir de una fiel obediencia a la conciencia moral, para así abrir la razón al asentimiento de la verdad religiosa de un modo personal. Se trataba de un proceso racional que iba más allá de una mera lógica del razonamiento silogístico o de la conclusión impecable de una inferencia formal.
En la línea descubrió, además, el sentido ilativo (illative sense), sentido por el cual el ser humano adquiría la certeza al percibir la “ilación” y convergencia de los argumentos probatorios acumulados en las materias concretas de fe, dándole la fuerza suficiente para originar un asentimiento real con verdadera certeza. Así se producía un asentimiento propio del acto de fe de un modo personal y con base racional. De esta manera, Newman afirmaba que el camino racional utilizado por la futura esposa para adquirir certeza personal sobre la fidelidad de la que iba ser su esposo era, fundamentalmente, el mismo camino racional no formal ni abstracto que tenía el trabajador de la mina de carbón para adquirir certeza de que la Revelación cristiana era verdadera y tenía un origen divino. La segunda parte de su Gramática del asentimiento, especialmente el capítulo 10, lo dedicó a este cometido. Mostraba así que se podía creer racionalmente en aquello que no se podía demostrar por los caminos del método filosófico de la razón moderna o el método experimental de la ciencia. Newman hizo de este método natural un método de investigación teológica, y no solo lo aplicó en la Gramática, sino que también lo utilizó en Ensayo del desarrollo de la doctrina cristiana. Abrió así un vasto campo de estudio sobre las relaciones entre fe y razón, entre Revelación y razón, y allanó caminos para lo que sería la futura teología fundamental.
Newman se adelantó a su tiempo en muchas cuestiones teológicas, baste decir que también se le llama el “doctor de la conciencia”. Es de esperar que su canonización despierte el interés por profundizar más en su pensamiento, especialmente en Latinoamérica.
NOTAS
[1] Sacerdote de la Arquidiócesis de Santiago de Chile y Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Católica de Chile.
[2] J.H. NEWMAN, Apologia pro vita sua, historia de mis ideas religiosas (trd. V. García Ruiz y J. Morales) (Madrid: Encuentro, 1996) 31. He preferido tomar como referencia los textos traducidos a la lengua española. Me parece que puede servir de guía lectora al hispano parlante que quiera introducirse en la vida y pensamiento de Newman.
[3] J.H. NEWMAN, Apologia…p. 32.
[4] Los 39 artículos son unos de los pilares de la confesión anglicana. Son una toma de postura frente a cuestiones doctrinales que son puestas en dudas por la reforma, como por ejemplo, el número de los sacramentos. A mi entender, tienen una impronta que se acerca más a los reformadores que a la Iglesia Católica.
[5] Cfr. C.S. DESSAIN, Vida y pensamiento del cardenal Newman (Madrid, Paulinas 1990) p.119.
[6] Las notas son: conservación del tipo, continuidad de los principios, poder de asimilación, continuidad lógica, anticipación de su futuro, acción conservadora de su pasado, vigor permanente.
[7] Cfr. Carta a Miss M.R. Giberne, 2/10/1869 en J. H. NEWMAN,  A packet of letters, a selection of correspondence of John Henry Newman (ED. JOYCE SUGG) (Oxford: Clarendon press, 1983) 171.
[8] J.H. NEWMAN, Ensayo del desarrollo… p.346.
[9] J.H. NEWMAN, Ensayo del desarrollo… 347.
[10] J.H. NEWMAN, Discurso sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria (Trad. José Morales) (Pamplona: EUNSA 1996) p. 227.
[11] J. H. NEWMAN, Ensayo para contribuir… p.129.
[12] J.H. NEWMAN, Ensayo para contribuir… p.110.
[13] Cfr. J.H. NEWMAN, On Consulting the Faithful in Matters of Doctrine, 1859, nn. 1-2, en
 http://www.newmanreader.org/works/rambler/consulting.html

Categories:

About La Revista Católica

Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *