P. Luis A. Zamorano: “Una persona que se atreve a denunciar tiene mucho que perder” – Milene Alhambra

0 Comments

Artículo publicado en la edición Nº 1.203 (JULIO- SEPTIEMBRE 2019)
Autor: Milene Alhambra, periodista y abogada
Para citar: Alhambra, Milene, Padre Luis Alfonso Zamorano: “Una persona que se atreve a denunciar tiene mucho que perder y muy poco que ganar”, en La Revista Católica, Nº1.203, julio-septiembre 2019, pp.370-378.

 

 

DESCARGAR ARTÍCULO EN PDF

 

 

Padre Luis Alfonso Zamorano: “Una persona que se atreve a denunciar tiene mucho que perder y muy poco que ganar”
Milene Alhambra
Periodista y Abogada

  • El sacerdote y misionero español-chileno acaba de lanzar su libro “Ya no te llamarán «abandonada»”, un texto que recoge su experiencia como acompañante psico-espiritual de supervivientes de abuso sexual. El volumen, que revela cómo estos crímenes hipotecan cruelmente la vida de las víctimas, también ofrece herramientas para apoyarlas en el largo y tortuoso itinerario de sanación personal. En esta entrevista, además, cuenta cómo vive su sacerdocio en medio del cuestionamiento social.
Su experiencia no ha sido bella, sino dura y difícil de contar, porque Luis Alfonso Zamorano ha optado por estar junto a quienes han sufrido los deleznables delitos de abuso sexual. Su relato envuelve tanto que es casi imposible no sumergirse en este mundo paralelo de dolor y de una lucha por intentar sanarlo. Este misionero y sacerdote del Verbum Dei tiene 44 años, es palentino y nacionalizado chileno. Vive y trabaja en Madrid donde hace poco lanzó su libro Ya no te llamarán «abandonada», fruto de su tesis para obtener el Master en Psicología. A través de este documento, en forma clara y didáctica, revela detalles del duro proceso que implica el acompañamiento a víctimas, y lo hace con una mirada profunda para entender mejor el complejo escenario de la humanización del drama de los abusos sexuales. Se trata de una obra que puede ser muy útil para quienes trabajan en la prevención y protección de menores de edad en el mundo.
– Usted estuvo casi 20 años sirviendo en Chile. ¿Cómo fue su llegada al país y cuáles eran sus expectativas?
Llegué a Chile en octubre de 1996, con apenas 22 años. Junto con otros tres compañeros, fuimos destinados a iniciar la comunidad Verbum Dei en Chile, concretamente en Valparaíso, donde viví dos años maravillosos. Mis expectativas eran simplemente las de un joven misionero lleno de entusiasmo por entregarme a este pueblo chileno y ayudar a que la mayor cantidad de personas pudieran tener una experiencia del Amor de Dios, que les revolucionara la vida y les convirtiera en misioneros, allí donde Dios los necesitara.
– ¿Cuándo y cómo se enteró por primera vez de los abusos de miembros del clero de la Iglesia chilena?
Sin duda, el primer caso que marcó el inicio de nuestra pérdida de credibilidad como Iglesia fue el de José Andrés Aguirre, más conocido como el “Cura Tato”. Después, como la gran mayoría de los chilenos, me enteré de más casos y detalles a través de los programas Informe Especial y Tolerancia Cero.
– ¿En qué momento pasó a convertirse en acompañante de las víctimas? ¿Pensó alguna vez tener este rol?
Aun recuerdo perfectamente la expectación con la que vimos en comunidad aquellos programas. Un año antes yo había terminado un magister de la Universidad Alberto Hurtado, precisamente con una tesis sobre el acompañamiento a víctimas de abuso sexual infantil. Al terminar de escuchar el testimonio de Hamilton, Cruz y Murillo, no tuve ninguna duda. En ese mismo momento supe que sus testimonios eran absolutamente verídicos.
Aproximadamente desde el año 2002 acompañaba sobre todo a jóvenes que habían sido víctimas de abuso en el seno de sus familias. Me impactó, siendo un joven sacerdote constatar una y otra vez, con gran tristeza, la gran cantidad de víctimas anónimas y silentes. Las estadísticas nos dicen que aproximadamente una niña o adolescente de cada tres, y un niño menor de 18 años de cada cinco, han sufrido algún tipo de abuso sexual en el seno de sus familias. No crees esas estadísticas hasta que empiezas a constatarlo. En muchas ocasiones he sido la primera persona a la que las víctimas cuentan su experiencia de “supervivencia”.
Además, con el paso del tiempo, y después de acompañar a algunas personas durante años, me iba dando cuenta de que el abuso no era un trauma como otros. Es impresionante cómo lo vivido en la infancia en muchos casos “hipoteca cruelmente el futuro”. Esto me llevó a la necesidad de estudiar más a fondo este tema. Para ser acompañante no basta solo la buena intención, ni la capacidad de escucha y compasión, ni el cariño hacia las personas, ni que seas una persona de mucha fe y oración. Hace falta, además, una formación seria y especializada sobre este tema.
– ¿Qué es lo más complejo y difícil que ha tenido que escuchar de las víctimas?
Esta es una pregunta difícil. No hay ninguna historia igual a otra. Tal vez lo más doloroso es constatar su sufrimiento, su impotencia, su desesperación, sus deseos de desaparecer de este mundo, sobre todo cuando atraviesan por largos periodos de depresión y oscuridad en los que parece que nunca va a amanecer. Esos momentos me han conectado con mi propia impotencia, y me han enseñado que acompañar muchas veces es simplemente estar ahí, al pie de su cruz, alentando, asegurando el apoyo incondicional. También en muchos momentos tienes que estar dispuesto a recibir toda su rabia, todo su odio, hacia la persona que los dañó o a la institución que los revictimizó. No todas las víctimas sienten la necesidad de contar los terribles detalles del abuso, pero muchas sí lo hacen y ahí hay que lidiar con relatos a veces muy crudos y descarnados, que inevitablemente impactan sobre nosotros. Por lo mismo, también los acompañantes necesitamos supervisión.
-¿Por qué los llama “supervivientes? ¿Qué es lo que hace que las víctimas de este tipo de delitos tengan un grado de connotación tan fuerte, como si se tratara de una guerra?  
El abuso es un delito tan grave que es imposible predecir cómo cicatrizará el psiquismo ante semejante herida. Un porcentaje muy alto de víctimas atraviesan lo que se llama el síndrome de estrés post-traumático. Este síndrome, que el mundo de la psiquiatría usó por primera vez para los supervivientes de la guerra de Vietnam, es perfectamente aplicable a muchas víctimas de abuso. Ya de adultos es posible que experimenten pesadillas, imágenes y pensamientos intrusivos que reactualizan el trauma, acompañado en muchos momentos de crisis de manifestaciones somáticas: dificultad para respirar, sudoración extrema, palpitaciones. En muchos casos deriva en verdaderas crisis de pánico y ansiedad que se repiten otra y vez. A todo esto hay que sumarle la angustia de vivir en un estado de hipervigilancia y desconfianza radical. He conocido casos en el que los síntomas del estrés post-traumático se han manifestados siendo ya la persona bastante adulta: al escuchar un testimonio, o en el cumpleaños de una de sus hijas y recordar que a esa edad comenzó su infierno… En muchos casos el hecho de haber superado tantas veces la tentación del suicidio ya les hace supervivientes. Cuando veo cómo muchas víctimas han salido adelante, cómo han sacado su profesión y formado sus familias, etc., solo puedo sentir profunda admiración por todo lo que han logrado en la vida. Son verdaderos héroes de la vida.
-Usted afirma que el abuso sexual “es el Everest de todos los traumas”, citando al pianista James Rhodes, esto de acuerdo a la experiencia del artista en el daño causado. ¿Por qué hace esta comparación?
El abuso es un trauma diferente a los otros. Muchas experiencias traumáticas – como un accidente, un asalto, que maten a alguien delante de ti, perder repentina o trágicamente a un ser querido– aun siendo terribles, suelen ser eventos únicos. Sin embargo, generalmente el abuso es una experiencia que en muchos niños no es única y se extiende en algunos casos incluso por años. El trauma que aquí se produce es terrible, porque el daño, además, está provocado por alguien de confianza, alguien que supuestamente tendría que cuidar y proteger, y que, en el caso de la Iglesia, representa a Dios. Ante la ley del silencio que impone el abusador, con amenazas implícitas o explícitas, el niño se encuentra en una situación de cautividad extrema, de la que siente que no puede escapar. El único mecanismo que le queda para sobrevivir es “huir” a través de la disociación, es decir, irse con su mente a mundos maravillosos mientras su cuerpo es profanado. Esto puede dar lugar en el futuro a trastornos disociativos en la personalidad. También el abuso puede ocurrir en una sola ocasión; aun así, conozco casos que aun habiendo sufrido solo una única experiencia abusiva, les ha marcado la vida de forma muy dolorosa.
La revictimización y las cicatrices del dolor
 
–  ¿Cómo se enfrenta el dolor de la víctima? ¿Es posible la sanación y el olvido con el transcurso de los años y en medio de la revictimización?
Soy un convencido de que la sanación es posible, siempre y cuando entendamos bien a qué nos referimos con sanación y no la identifiquemos con olvido del pasado. A pesar de que haya cicatrices que puedan abrirse a lo largo de la vida, eso no significa que la curación no sea una realidad. De hecho, mi libro intenta ser un grito de esperanza. El abuso marca la vida, pero no la define ni determina. Eso sí, tiene que haber una opción por dejar de ser víctima.
– ¿Cómo afecta a las víctimas que no les crean sus relatos, que los cuestionen por el largo tiempo transcurrido antes de denunciar, o que los acusen de querer “lucrar con la Iglesia”?
El 95% de las denuncias que se hacen en la Iglesia son verídicas. No podemos tener una actitud de entrada de sospecha ante las víctimas. Todavía muchos católicos – y autoridades eclesiásticas – revictimizan a las personas con comentarios como «solo buscan dinero y dañar a la Iglesia» o «para qué venir a contar algo así después de tanto tiempo». Una persona que se atreve a denunciar tiene mucho que perder y muy poco que ganar. Piensa en lo desgastante y angustiante que es sumergirse en los recuerdos, tener que contarlos, escribirlos, además del riesgo que supone exponerse ante los amigos, hijos, familiares, y correr el riesgo de que te llamen de todo, que te hagan la vida imposible, etc. He conocido casos en los que incluso han llegado a ser echados de sus trabajos.
El difícil camino de acompañar al que sufre
 
– En el libro expone el caso de “Estrella”, una de las tantas víctimas de abusos en el mundo. ¿Por qué es tan crucial en estas historias de acompañamiento?
Estrella es un nombre ficticio. Es la principal protagonista del libro y muchas víctimas que lo han leído me han llegado a decir que les ha ayudado mucho sentirse reflejadas en la historia y el proceso que ella hace. Les ayuda a poner palabras a su propia experiencia.
 
– ¿En qué consiste este proceso de acompañamiento a las víctimas? ¿Es crucial la confidencialidad y confianza?
El acompañamiento pretende ser un espacio seguro de confidencialidad y confianza donde la persona sienta que no está sola a la hora de atravesar los diferentes desafíos que presenta el camino de la sanación. Entre estos desafíos se encuentra la reparación de la autoestima, la liberación de los sentimientos de culpabilidad, elaborar el duelo por esa infancia perdida, recuperar la capacidad de confiar en sí misma, en los demás, y también en Dios. Quiero dejar claro que en el caso de las víctimas de la Iglesia, el principal objetivo del acompañamiento será la sanación y el bienestar de la persona, y no tanto “reparar” sus sentimientos hacia Dios o hacia a la Iglesia. Esto puede darse como añadidura. Además, en algunos casos como acompañantes también nos implica el comprometernos en una búsqueda de verdad, justicia y reparación, por ejemplo, discernir si hacer o no la denuncia, cómo y cuándo.
– En el caso Karadima la Iglesia tuvo que indemnizar económicamente a las víctimas. ¿Marca esto un precedente para otros casos?
Ojalá marque un precedente. Soy un convencido de que la indemnización es parte fundamental del proceso de reparación. Mínimo, debiéramos hacernos cargo de todos los gastos de la terapia; de hecho conozco gente que lleva muchos años de psicólogos y psiquiatras. En otros casos, también puede ser de justicia el pagar un salario ético de por vida, sobre todo pensando en aquellos casos en los que el estrés post-traumático y la depresión impidió sacar adelante una carrera, tener una vida laboral normal, etc. Sea lo que sea, no dejará de ser un aporte simbólico y, como dije antes, nada de lo que se haga será suficiente para devolver una infancia robada y profanada. Junto con este aporte económico está el brindar el oportuno acompañamiento pastoral no solo a las víctimas directas, sino también a las víctimas secundarias, como lo son sus familias.
– ¿El perdón de la Iglesia y las medidas adoptadas como condenas eclesiásticas, quitar el estado clerical, son castigos suficientes?
Nada de lo que hagamos será nunca suficiente para reparar tanto daño. En cuanto a los castigos que la Iglesia impone a los sacerdotes abusadores, hay que ver caso por caso. No en todos los casos la expulsión del sacerdocio es lo más eficiente para prevenir nuevos abusos. Sea lo que sea, como Iglesia nos falta pedagogía para transmitir y explicar al pueblo de Dios por qué a unos se los envía a una vida de oración y penitencia (esto a mucha gente le suena irrisorio) y por qué a otros se les expulsa del sacerdocio.
– ¿Qué le parece que en Chile exista ahora una Ley de Imprescriptibilidad de delitos sexuales contra menores?
Aunque genera algunos problemas a los jueces y fiscales a la hora de demostrar la verosimilitud de la denuncia, – teniendo en cuenta sobre todo el tiempo pasado – y que podrían darse abusos y acusaciones injustas, me parece una medida justa y necesaria. Para muchísimas víctimas llegar a romper su silencio y atreverse a denunciar es una gran hazaña, y la experiencia nos muestra que muchas lo logran hacer después de bastantes años.
Ser sacerdote en el contexto actual
Ante el escenario que vivimos, ¿se puede creer en un sacerdote hoy? ¿cómo logran mantener ese ministerio?  
Es muy comprensible la gran crisis de confiabilidad que hoy en día sufre la Iglesia y nuestro ministerio. Con el caso de Karadima todavía había quienes decían que estas conductas abusivas eran típicas de una Iglesia más conservadora o tradicional, pero después del caso de Precht y sobre todo de Renato Poblete,  ¿cómo demostrar que tal o cual sacerdote no lleva una doble vida? ¿Estamos dispuestos a soportar esta cultura de la sospecha? Tengo amigos sacerdotes que no han soportado el hecho de ser calificados como pedófilos solo por ser sacerdotes. Otros, han querido dar un paso al lado (han dejado el ministerio) para no sentirse cómplices de una institución que en algunas partes y casos sigue privilegiando al abusador sobre las víctimas. Los entiendo y no los juzgo. Por mi parte, intento no olvidar que fue Dios quien me llamó y me metió en este bendito lío, y que hay que intentar cambiar las cosas desde adentro, aunque no sea nada fácil.
Por otro lado, no dejo de agradecer el hecho de que a pesar de todo, haya mucha gente que sigue confiando en nosotros y apoyándonos. Un sacerdote amigo me contaba entre lágrimas el asombro y estupor que le produjo el que un grupo de padres le llevaran a sus hijos para que los formara como monaguillos. Gracias a Dios hay personas que siguen confiando, y creo que si algo positivo puede sacarse después de tanto escándalo, es que la gente ha logrado desarrollar cierto olfato para percibir si está ante un verdadero pastor o ante un lobo con piel de pastor.
– ¿Cómo le ha afectado a usted personalmente el hecho de escuchar tantas historias y acompañar a las víctimas? ¿Eso impacta en la salud?
Si no te cuidas, obvio que afecta a la salud, sobre todo la “salud espiritual”: la propia fe es puesta a prueba una y otra vez; historias tan dolorosas afectan mucho al estado de ánimo. Hay que aprender a cuidarse, a descansar, a poner en manos de Dios cada rostro y cada historia, las propias impotencias, las rabias y angustias, no creyéndose salvador de nadie. Y, por supuesto, contar con un buen acompañamiento espiritual y una buena supervisión.
– ¿Qué le pasa a usted al saber y comprobarse que muchos abusadores son sus pares, sacerdotes con una doble vida?
Pues un primer momento experimento desconcierto, para pasar a la rabia e indignación. En un segundo momento, con más oración y elaboración, aprendes a no juzgar a nadie y a tener una mirada también de misericordia para el abusador. Esta mirada no significa minimizar el daño que han causado ni mucho menos justificarlo o defenderles. Significa que también para ellos tiene que haber una puerta abierta de misericordia. No sé qué historia han tenido para vivir algo así y hacer tanto daño. En este sentido hago mías las palabras de papa Benedicto cuando escribió a los católicos de Irlanda. Invitaba a los abusadores a «reconocer abiertamente sus delitos, entregarse a la exigencias de la justicia civil y canónica, y a no desesperar de la misericordia de Dios».
– ¿El celibato es el problema o es la falta de formación sacerdotal?
Tal vez en algún caso el celibato pueda haber potenciado la perversión y la conducta abusiva, pero es un error grande pensar que si se suprimiera el celibato se evitarían los abusos. De hecho, la gran mayoría de los abusos, sobre todo intrafamiliar, están cometidos por gente que lleva una vida sexual activa y que no han hecho ninguna promesa de castidad. Aunque no tengo ningún problema en que el celibato fuera optativo, en mi opinión, creo que es más necesario y urgente que nunca.
Las heridas del alma nunca prescriben
 
– En su libro habla de dos viejos conocidos: Iglesia y Pedofilia. ¿A qué atribuye el silencio al interior de la Iglesia y las víctimas?
El Papa Benedicto, y por supuesto también el Papa Francisco, han explicado muy bien los motivos de tanto encubrimiento: por un lado, ha habido ignorancia, es decir, obispos que ni siquiera conocían cómo proceder en estos casos desde el derecho canónico; otras veces, negligencia por la falta de prontitud y por querer evitar el escándalo, con una preocupación desmedida por el buen nombre de la Iglesia. Por otro lado, está el tema del clericalismo. Quiero decir aquí, que el problema de los abusos no es “un problema de algunos o muchos casos por aquí o por allí… pero al fin y al cabo casos aislados”. ¡No! Aquí hay un problema estructural y espero que esta crisis nos ayude a hacer una revisión muy profunda de nuestra eclesiología y de nuestras relaciones dentro de la Iglesia. Decir no al abuso es decir no a cualquier tipo de clericalismo. Es urgente desvincular el poder del sacramento del orden y desterrar el machismo que impera en tantos lugares. La gran cantidad de religiosas abusadas y manipuladas en su conciencia por sacerdotes es una realidad sangrante y clama al cielo.
– “Las heridas del alma nunca prescriben” sostuvo el Papa Francisco en su carta al Pueblo de Dios. ¿Lo puede ratificar a través de su experiencia?
Lo ratifico totalmente. Aunque insisto, eso no significa que la sanación no sea posible. Si tuviera que sintetizar en una frase el mensaje del libro sería aquella del profeta Jeremías: «El futuro está lleno de esperanza». Dios mismo promete no descansar ni bajar sus brazos hasta transformar la tierra devastada por el abuso y abandonada por el encubrimiento y la negligencia en su tierra desposada, en su favorita (Is 62,1-5). Nuestra misión es hacer que esta palabra-promesa de Dios se haga realidad en la vida de mucha gente.

Categories:

About La Revista Católica

Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

1 thought on “P. Luis A. Zamorano: “Una persona que se atreve a denunciar tiene mucho que perder” – Milene Alhambra”

  1. Alicia Veloso dijo:

    Excelente entrevistas, repuestas claras y sinceras. Dios bendga al Padre Luus Alfonso, lo proteja y acompañe siempre.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *