Sínodo Panamazónico y COP25: La escucha y el diálogo como método – Román Guridi, sj

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Artículo publicado en la edición Nº 1.203 (JULIO- SEPTIEMBRE 2019)
Autor: Román Guridi, sj, Facultad de Teología UC
Para citar: Guridi, Román, Sínodo Panamazónico y COP25: La escucha y el diálogo como método, en La Revista Católica, Nº1.203, julio-septiembre 2019, pp.308-316.

 

 

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Sínodo Panamazónico y COP25: La escucha y el diálogo como método
Román Guridi, sj [1]
Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile

El año 2019 será recordado como el año de la asamblea especial del Sínodo de los Obispos para la región Panamazónica, así como el de la realización en Chile de la Conferencia de las Partes de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2019, conocida como COP25. El sínodo busca visibilizar un territorio, sus habitantes y problemáticas específicas; la conferencia sigue la senda de comprometer a los países para disminuir la emisión de gases de efecto invernadero, y hacer frente colectivamente a los desafíos del cambio climático.
El Papa Francisco señaló en su reciente mensaje para la V Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, que ambos eventos son una gran oportunidad para responder al grito de los pobres y de la tierra[2]. Coincidentemente, al igual que en 2015 con la publicación de la encíclica Laudato si’ y las negociaciones en la ONU que sellaron el acuerdo de París, vuelven a reunirse en un mismo año dos instancias clave – una eclesial y otra civil – que quieren sensibilizarnos y movilizarnos ante la crisis ecológica.
Podemos preguntarnos, por lo tanto, ¿cuánto del mensaje sobre la ecología integral ha permeado nuestras prácticas cotidianas, nuestras formas de pensar, y nuestras dinámicas comunitarias? ¿Qué del acuerdo de París ha afectado nuestras interacciones sociales, los patrones de producción y consumo, y el manejo que tenemos de los desechos? ¿En qué sentido lo conversado en el Sínodo de la Amazonia toca nuestra realidad y la desafía? o ¿Por qué la COP25 podría tener algo que ver con el seguimiento de Jesucristo?
1. Salir de la extrañeza y de la sensación de algo ajeno
Para que estas preguntas resuenen verdaderamente en nosotros es necesario, en primer lugar, hacer frente a la sensación de extrañeza que estos temas pueden producirnos. El calentamiento global, la pérdida de biodiversidad, la acidificación de los océanos o la deforestación de la Amazonia pueden ser percibidos como temas ajenos, ya sea por su magnitud y envergadura, por la distancia geográfica, o por su desconexión con nuestros circuitos cotidianos. Podemos sentirnos ajenos también de las eventuales soluciones, abrumados ante la información que recibimos, inquietos frente a los pronósticos catastrofistas, impotentes sin saber muy bien qué hacer, y apelando solo a las decisiones de grandes organismos internacionales y gobiernos.
Por otra parte, la sensación de extrañeza puede deberse más bien a la dificultad que experimentamos para conectar los desafíos ecológicos con el corazón de la fe cristiana, y asimilar que el cuidado de la Casa común es inherente al llamado que Jesús nos hace. Podemos sentirnos ajenos porque nos parece que se trata de banderas enarboladas por grupos políticos específicos, con una agenda oculta no siempre reconocida, que puede terminar por desvirtuar elementos centrales de lo que consideramos propiamente cristiano. La sensación de extrañeza puede surgir de la sospecha que nos mantiene a distancia, inquisidores y dubitativos frente a los derroteros reales de las causas ambientales.
Es clave, por lo tanto, partir reconociendo que estamos inmersos en una crisis sistémica y multidimensional. Ya lo dijo con claridad en 1987 el informe Brundtland de la ONU, al señalar que «no se trata, en efecto, de crisis aisladas: una crisis del medioambiente, otra del desarrollo, otra energética. Son todas una sola crisis»[3]. La encíclica Laudato si’ también propone una comprensión sistémica de la crisis cuando afirma, por ejemplo, que «no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza» (LS 139). Lo que está en crisis son formas de vivir y de habitar el mundo que están afectando negativamente a las personas, las sociedades y también a la naturaleza. Son prácticas cotidianas, personales y sociales que revelan una dinámica de dominio, explotación y descarte. Es una crisis sistémica porque sus manifestaciones están íntimamente entrelazadas; y es multidimensional, porque está impactando a todas las esferas de nuestra vida personal, nuestra interacción social y nuestra relación con la naturaleza.
2. Una mirada integral de la ecología
Estamos requiriendo, por lo tanto, una conversión ecológica personal y comunitaria que apunte a la transformación de ciertas estructuras y a la configuración de un nuevo orden mundial. Este llamado aparece de muchas maneras en Laudato si’ al, por ejemplo, promover cambios en los sistemas de producción y de consumo (LS 23, 206), invitar a una nueva ética de las relaciones internacionales (LS 51), preguntar por cómo cambiar el modelo de desarrollo global y redefinir el progreso (LS 194), y promover acuerdos internacionales que se cumplan, y marcos regulatorios globales para los bienes comunes universales como los océanos (LS 173-4), el agua (LS 30), o el clima (LS 23). Frente a los desafíos ecológicos no será suficiente que modifiquemos nuestros hábitos personales, ni que emprendamos soluciones cosméticas que no asuman la raíz de los problemas. Hay que repensar la totalidad de los procesos, nos dice Laudato si’, porque no basta con incluir consideraciones ecológicas superficiales mientras no se cuestione la lógica subyacente en la cultura actual (LS 197).
A la base de este enfoque hay una comprensión global de la ecología que no la reduce a su acepción científica ni la equipara con la noción de naturaleza o medioambiente. El término ecología integral – utilizado desde hace décadas en la reflexión teológica – comunica justamente la interconexión de los desafíos que estamos enfrentando. Laudato si’ nos dice que la ecología integral hace patente que son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior (LS 10); también, que un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social que incorpora la justica en las discusiones sobre el ambiente para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres (LS 49, 53, 117). El hecho de adjetivar la ecología como integral permite insistir, contra las miradas parciales, en su carácter englobante y en la conexión profunda entre las esferas personal, social y ambiental propias de la ecología. Esta perspectiva se ve plasmada también en la definición de los 17 objetivos de desarrollo sostenible por parte de la ONU en 2015, donde se vinculan estrechamente aspectos sociales, personales y ambientales[4].
De este modo, al hablar de crisis ecológica queda claro que la crisis no está aconteciendo meramente en los ecosistemas, en el agua o en el clima. La crisis tiene que ver con la globalidad de nuestras relaciones, incluida nuestra interacción con la naturaleza. Benedicto XVI mostró bien este lazo al afirmar que los “desiertos exteriores se multiplican en el mundo porque se han extendido los desiertos interiores”[5]. Una comprensión integral de la ecología nos ayuda, por lo tanto, a identificar un abanico más amplio de desafíos ecológicos, a auscultar sus causas más profundas, y a proponer soluciones que no se restrinjan solo a los aspectos científicos y tecnológicos de los mismos, sino que incorporen otras variables, menos evidentes, pero igualmente cruciales si queremos llegar al fondo de lo que nos está pasando. La noción de ecología integral nos muestra que no debiéramos sentirnos ajenos o extraños frente a los desafíos ecológicos, ya que estos están íntimamente asociados a formas de pensar, vivir y sentir de las cuales somos parte.
3. Un compromiso inherente a la fe
Ahora, no parece evidente que todo esto tenga que ver con el seguimiento de Jesucristo y con las opciones religiosas. Pareciera, más bien, que estamos frente a problemáticas extremadamente complejas que deben ser enfrentadas solo con un conocimiento altamente especializado y aplicaciones tecnológicas de punta. Sin embargo, si aceptamos que la crisis ecológica también tiene que ver con formas de pensar, vivir y sentir, comprendemos por qué las religiones tienen un rol importante que jugar en su resolución. De hecho, pueden ser muy relevantes en esta toma de conciencia y transformación de las creencias y prácticas, ya que ellas poseen los arquetipos, los símbolos, los significados, los valores y los códigos morales alrededor de los cuales las personas nos agrupamos y definimos[6].
En el caso del catolicismo, los últimos papas, desde Pablo VI, han buscado mostrar por qué la cuestión ecológica está inherentemente relacionada con nuestras creencias. Hablando de la crisis ecológica, Juan Pablo II nos dice en 1990, por ejemplo, que «los cristianos, en particular, descubren que su cometido dentro de la creación, así como sus deberes con la naturaleza y el Creador forman parte de su fe»[7]. Laudato si’ señala también que «es un bien para la humanidad y para el mundo que los creyentes reconozcamos mejor los compromisos ecológicos que brotan de nuestras convicciones» (LS 64). La promoción de una ecología integral, por lo tanto, no es una opción más entre otras, facultativa y restringida solo para aquellos que poseen una sensibilidad especial hacia la naturaleza. Es una implicancia central de nuestra fe que debemos saber implementar.
No es que los católicos tengamos todas las respuestas y todos los elementos necesarios, a partir solo de nosotros mismos, para hacer frente a la crisis ecológica desde una perspectiva religiosa. Sería ingenuo pretender que el catolicismo se ha transformado por un chasquido de dedos en la religión más ecológica entre todas las existentes. Esa creencia nos eximiría erróneamente de revisar algunas de nuestras formas de hablar, valorar y vivir, que se ven cuestionadas en el contexto actual. Sin embargo, y ahora frente a la crítica que sindica a la matriz de pensamiento judeocristiana como parte del problema, es necesario visibilizar los recursos bíblicos, dogmáticos, magisteriales, e históricos – incluida la práctica – que la tradición cristiana nos proporciona como grandes motivaciones para el cultivo de una ecología integral.
4. La escucha y el diálogo como método
Sabemos que en esta tarea no estamos solos. Muy por el contrario, los cristianos somos conscientes de que en este ámbito se abre ante nuestros ojos un amplio campo de cooperación ecuménica e interreligiosa que debemos saber explorar[8]. Esto es justamente lo que el Sínodo para la región Panamazónica y la COP25 nos proponen: escuchar y dialogar para activar discernimientos colectivos que nos permitan hacer frente a los desafíos ecológicos de un modo adecuado[9]. Nos proponen la escucha y el diálogo como método.
¿Y qué es lo que debemos escuchar? Tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres (LS 49).
La COP25 es una instancia privilegiada para prestar oído a lo que le está pasando a nuestra casa común. Es el saber científico con su concreción en aplicaciones tecnológicas, el que nos permite entender con precisión qué es lo que está aconteciendo. Se trata, por definición, de un saber de pocos, pero que debe ser escuchado con atención. Hay que dejarse interpelar profundamente por la información científica actual, y así dar una base concreta para la reflexión ética y espiritual. Esto nos pone ante la pregunta de cuáles son mis fuentes de información, y cómo hago frente a las fake news o a las actitudes negacionistas que no terminan por asumir todo lo que ya sabemos. La ciencia nos habla, por ejemplo, de los límites planetarios y de los umbrales de ciertos procesos fundamentales, como la temperatura global o la concentración de gases de efecto invernadero, que no debiéramos sobrepasar si no queremos poner en peligro la habitabilidad del planeta. La información científica es el punto inicial y clave para dar sustento sólido a los acuerdos políticos y jurídicos que necesitamos para la gobernanza de los bienes comunes.
El sínodo de octubre, por su parte, nos ha propuesto escuchar la voz de la Amazonia, para conocer más profundamente la riqueza y problemáticas de este territorio y sus habitantes. Al igual que los desafíos ambientales, que son globales pero se expresan de un modo particular en cada contexto geográfico, en la Amazonia tomamos contacto con retos universales – ecológicos y eclesiales – pero que adquieren características específicas en este territorio. Ya lo decía el Instrumentum laboris al señalar que “la Amazonia representa un pars pro toto, un paradigma, una esperanza para el mundo” (n.37). Ante la extrañeza de algunos de por qué realizar un sínodo sobre un territorio determinado es importante tomar conciencia, por lo tanto, que miramos a la Amazonia para darnos cuenta de cómo ahí se concentran agudamente desafíos que están presentes en muchas otras partes.
¿Y cuáles son estas problemáticas? Son variadas y de distinto orden como, por ejemplo, a) el daño a la naturaleza por un modelo de desarrollo extractivista que supedita todo al interés económico; b) la apropiación y privatización de bienes de la naturaleza, como la misma agua; c) contaminación ocasionada por toda la industria extractiva que produce problemas y enfermedades, sobre todo a los niños y jóvenes; d) deforestación, incendios y cambios en el uso del suelo; e) mega-proyectos: hidroeléctricas, concesiones forestales, tala para producir monocultivos, carreteras y ferrovías, proyectos mineros y petroleros; f) el narcotráfico; y g) los consecuentes problemas sociales asociados a estas amenazas como alcoholismo, violencia contra la mujer, trabajo sexual, tráfico de personas, pérdida de la cultura originaria y de la identidad (idioma, prácticas espirituales y costumbres).
También están los desafíos de la inculturación y la interculturalidad en el encuentro del Evangelio de Jesucristo con tradiciones y cosmovisiones originarias de este territorio que reclaman reconocimiento y deben ser escuchadas. El Papa Francisco insistió, en su encuentro en Puerto Maldonado con los pueblos de la Amazonia en 2018, en la necesidad del reconocimiento y el diálogo como el mejor camino para transformar las históricas relaciones marcadas por la exclusión y la discriminación. Al mismo tiempo, nos recordó que cada cultura y cada cosmovisión que recibe el Evangelio enriquece a la Iglesia con la visión de una nueva faceta del rostro de Cristo.
5. Algunos puntos de atención y reflexión
Tanto en el Sínodo como en la COP25 son cruciales la actitud de escucha y la disposición al diálogo, que excluye todo veto a priori de temas a conversar o la manipulación antojadiza de la información. Estamos en un tiempo de discernimiento en el que los acuerdos no vendrán por la imposición a la fuerza de una determinada perspectiva, ni por la defensa unilateral de intereses particulares por sobre el bien común. En este espíritu de escucha, diálogo y discernimiento, es posible identificar algunos puntos a considerar con detención.
En primer lugar, es preciso evitar las narrativas o formas de hablar que desconocen las diferencias, invisibilizan lo específico y homogeneizan lo que es distinto. Esto puede acontecer cuando, por ejemplo, ponemos frente a frente, como si se tratara de oponentes, por una parte a los pueblos originarios, como un genérico carente de especificidades y, por otra, a la cultura occidental, como si esta tuviera una sola expresión monolítica y uniforme. En esta perspectiva, un tanto caricaturesca, son los pueblos originarios y sus cosmovisiones los portadores de todas las soluciones para la crisis ecológica actual, mientras que la cultura occidental es la fuente de todos los males. Al riesgo de idealización, le sigue el de constituir acríticamente como norma prescriptiva de vida a una cultura y cosmovisión específicas. Es necesario reconocer que no todas las formas de vida han colaborado de igual manera a la generación de los problemas ecológicos, y que hay ciertamente responsabilidades diferenciadas. Pero, al mismo tiempo, no deberíamos desconocer que todas las formas de vida deben y pueden preguntarse por cómo avanzar hacia un modo de habitar el mundo que sea ecológicamente más amigable. Es en este encuentro y diálogo sincero donde nociones como el Buen Vivir, concepto característico de las culturas de la Amazonia, tienen un lugar importante.
En segundo lugar, debemos poner atención a los discursos que reducen los desafíos ecológicos a problemas meramente científico-técnicos. Esta confianza excesiva en la ciencia y sus desarrollos tecnológicos, no solo dificulta que asumamos la gravedad de algunos problemas, sino que puede llevarnos a generar nuevas consecuencias dañinas. Es preciso tomar conciencia de que esta crisis no se resuelve solo con más ciencia y más técnica, sino que debemos preguntarnos por las ideas, valores, y expectativas que inspiran nuestra vida personal, organizan nuestra interacción social, y enmarcan nuestra relación con la naturaleza. Tal como han repetido insistentemente los últimos tres papas, la crisis ecológica es también un problema moral.
En tercer lugar, en la escucha, diálogo y discernimiento, debemos apuntar a la generación de hábitos concretos y cotidianos. Laudato si’, por ejemplo, nos anima a la generación de una ciudadanía ecológica (LS 211). Generar nuevos hábitos y prácticas no es fácil, y ciertamente involucra un proceso de desaprender, aprender y reaprender. Sin embargo, en nuestro horizonte debe estar la pregunta por nuevos modos de habitar el mundo. Un punto de encuentro interesante entre las distintas culturas y cosmovisiones es la noción de sabiduría, que es también un tema bíblico importante. El instrumentum laboris del Sínodo, por ejemplo, hace mención en distintos pasajes a la sabiduría propia de los pueblos originarios. Laudato si’ también afirma que «si de verdad queremos construir una ecología que nos permita sanar todo lo que hemos destruido, entonces ninguna rama de las ciencias y ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado, tampoco la religiosa con su propio lenguaje» (LS 63). Hay que intervenir no solo nuestras formas de pensar y sentir, sino que también nuestras prácticas y hábitos. La sabiduría apunta a una forma concreta de vida. Nuestro diálogo y discernimiento debieran apuntar hacia ella.
Por último, es necesario tener en cuenta que la búsqueda de nuevas formas de vida y de acuerdos globales se da un contexto de conflictividad. Así como no todos los países, culturas o individuos hemos colaborado de la misma manera a la generación de los desafíos ecológicos, no todos estamos comprometidos de la misma manera con las potenciales soluciones. Esto queda claro no solo por lo difícil y largas que han sido históricamente las negociaciones en el marco de la Conferencia de las Partes, sino que también en un sinnúmero de conflictos socioambientales locales, que han supuesto incluso la muerte violenta de Dian Fossey, Berta Cáceres, Dorothy Stang y muchos otros. La Amazonia abunda en estos conflictos. Así como nuestras narrativas no deben ocultar las diferencias ni homogeneizar las particularidades, tampoco sería bueno olvidar que el discernimiento de nuevas formas de vida se da en un escenario de conflicto donde es importante identificar todos los intereses involucrados, así como las inercias y fuerzas que prefieren el statu quo.
NOTAS
[1] Doctor en Teología, School of Theology and Ministry (STM), Boston College, EEUU. Magíster en Teología y Filosofía, Centre Sèvres, Paris.
[2] Mensaje emitido el 1 de septiembre de 2019. http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/pont-messages/2019/documents/papa-francesco_20190901_messaggio-giornata-cura-creato.html
[3] Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, Nuestro Futuro Común (Alianza, 1987), n.11.
[4] Ver https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/objetivos-de-desarrollo-sostenible/
[5] Benedicto XVI, Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino (24 abril 2005): AAS 97 (2005), 710.
[6] Ernst Conradie, «Towards an Agenda for Ecological Theology: An Intercontinental Dialogue», Journal for the Study of Religion, Nature and Culture 10, n.o 3 (24 de febrero de 2007): 286.
[7] Juan Pablo II, «Mensaje para la celebración de la XXIII jornada mundial de la paz. Paz con Dios creador, paz con toda la creación», 1990, n.o 15, https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/messages/peace/documents/hf_jp-ii_mes_19891208_xxiii-world-day-for-peace.html.
[8] Juan Pablo II, n.11.
[9] Esto mismo es acentuado en Laudato si’: […] esto debería provocar a las religiones a entrar en un diálogo entre ellas orientado al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de res­peto y de fraternidad. Es imperioso también un diálogo entre las ciencias mismas, porque cada una suele encerrarse en los límites de su propio lenguaje, y la especialización tiende a convertir­se en aislamiento y en absolutización del propio saber. […] La gravedad de la crisis ecológica nos exige a todos pensar en el bien común y avanzar en un camino de diálogo que requiere paciencia, ascesis y generosidad.
IMAGEN: VATICAN NEWS

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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