Humanismo avanzado: Persona, custodia de la creación y sociedad biotecnológica – Albert Cortina

0 Comments

Artículo publicado en la edición Nº 1.203 (JULIO- SEPTIEMBRE 2019)
Autor: Albert Cortina, abogado y urbanista
Para citar: Cortina, Albert, Humanismo avanzado: Persona, custodia de la creación y sociedad biotecnológica, en La Revista Católica, Nº1.203, julio-septiembre 2019, pp.325-334.

 

 

DESCARGAR ARTÍCULO EN PDF

 

 

Humanismo avanzado: Persona, custodia de la creación y sociedad biotecnológica
Albert Cortina
Abogado y urbanista. Director del Estudio DTUM

1. Humanismo avanzado: La defensa de la naturaleza humana
¿Qué es el hombre? De la respuesta que se dé a esta pregunta dependerá de forma relevante cuál vaya a ser nuestro futuro, tanto a nivel individual, como social. De la cosmovisión sobre el ser humano que tengamos entenderemos a la persona como singular, exclusiva y diversa o bien como un simple artefacto material, un cuerpo y una mente que pueden mejorarse con las biotecnologías exponenciales y diseñarse morfológicamente de forma libre y sin ningún tipo de límites.
De nuestra visión del mundo veremos a la humanidad como una familia generadora de vida, que ocupa el planeta Tierra, nuestra Casa común – tal y como la denomina el Papa Francisco en la encíclica Laudato si’- sostenida por un Dios creador, o bien, como una especie más entre las existentes, sin propósito ni sentido, lanzada por el azar a la inmensidad del universo.
La gran virtud de la especie humana es que su determinación en tanto que especie natural no es cerrada, sino que compete a su propio modo de ser ir más allá de su determinación biológica. El proyecto humano es abierto, tal y como señala el monje cisterciense del monasterio de Santa María de Poblet (Catalunya- España), Fra Lluc Torcal en su artículo “Cristo versus Prometeo: un debate renovado”[2]. Mucho peso tiene en nuestro ser aquello que no somos, pero que queremos ser. En definitiva, somos una esencia abierta. Aspiramos a lo largo de la historia al perfeccionamiento del proyecto humano.
Sin embargo, no podemos hacer cualquier cosa de nosotros, simples seres materiales a merced de las antropotécnicas. Tal y como señalan los filósofos Alfredo Marcos y Moisés Pérez en su libro Meditación de la naturaleza humana, no todo vale, no todo da igual en lo que tiene que ver con nosotros. No podemos hacer con nuestra especie lo que se nos antoje, por mucho que se nos quiera agradar con un futuro prometeico.
Ante las utopías-distopías del paradigma tecnocrático debemos reivindicar nuestro carácter vulnerable y dependiente, fieles a una tradición que trate de recuperar nuestra dimensión corpórea como una nota más de la unidad psicofísica que es nuestra personalidad. No se trata de demonizar todo aquello que vaya en beneficio de la persona y de nuestra especie, sino de reflexionar la oportunidad de aquello que nos lleva más allá de nosotros mismos.
De este modo, mi propuesta es transitar por esta sociedad biotecnológica que emerge en pleno siglo XXI desde un humanismo avanzado que conecte nuestra mente con nuestro corazón, que esté abierto a la trascendencia y que se sustente en nuestra inteligencia espiritual centrada en el amor a nuestros semejantes y a Dios.
2. Transhumanismo: La transformación biotecnológica de la naturaleza humana
Desde una perspectiva radicalmente distinta, entre otros pensadores contemporáneos, el filósofo alemán Peter Sloterdijk hace suyo el transhumanismo/posthumanismo, ideología que niega la naturaleza humana fija e inmutable y la considera politizable y maleable. Dicho autor centra en la antropotécnica, es decir, en las nuevas perspectivas de la ingeniería genética, la posibilidad de controlar la tendencia a la barbarie presente en la contemporaneidad.
Por su parte, el profesor Dalmacio Negro, en su obra La politización de la naturaleza humana, trata de forma extensa las consecuencias de la negación por parte de la postmodernidad de la existencia de la naturaleza humana. En su libro El mito del hombre nuevo Negro profundiza en los antecedentes, rasgos y tendencias de este transhumanismo/posthumanismo que, entiende, implica una autentica religión secular, basada en la fe en el poder del conocimiento. Esta fe no significa confianza en el hombre; al contrario, es una ideología que solo tiene en cuenta el poder. Según esta creencia científico-técnica únicamente la utilización del conocimiento puede salvar al hombre, impulsando la transformación radical de la naturaleza humana.
Para el autor, esta nueva religión secular, que no es una simple secularización de la religión cristiana, sustituye a la religión en sentido estricto. Cambia la relación de lo divino por la relación con el poder del conocimiento, al que sacraliza. Su ámbito es la temporalidad, rechaza la trascendencia, y su referente es el futuro terrenal, no la eternidad. Explica la realidad a través de la certeza racional y ofrece la salvación del hombre mediante la superación de lo natural. Según este filósofo, la idea fuerza de esta religión secular es el hombre nuevo.
Para dicho autor se da en la actualidad un paso decisivo de la política a la biopolítica, de las ideologías a las bioideologías: mientras las ideologías esperan cambiar al hombre indirectamente, transformando los mecanismos o estructuras sociales, las bioideologías aspiran a transformar directamente la naturaleza humana, y secundariamente las estructuras sociales. Lo que plantea la biopolítica, entiende Negro, no es tanto la consecución del poder político en sí mismo para transformar la sociedad globalmente, cuanto la construcción a la carta de la identidad humana. De ahí, quizás, su poder de penetración. El sujeto ha desaparecido. Para la biopolítica todo es objeto, también el hombre. La política se hace, por tanto, totalizante. Es la política orientada a la organización total de la vida, desde su origen hasta la muerte. Es el poder integral sobre la vida, es decir, la biopolítica. La naturaleza humana resulta, de este modo, politizada, objeto de una política totalizadora.
La transformación de la política en biopolítica, su ansia de colonizar ya no territorios, sino al hombre, la sustitución de la polis por lo personal, es clara. La actuación de nuestros gobernantes se refiere de manera principal al hombre, la vida o el sexo. A la vez y consecuentemente, la política actúa como moral o religión secular. En este sentido para Richard Stith, profesor de Derecho de la Universidad de Valparaiso en Indiana (EEUU),  los derechos humanos, cuya interpretación es orientada no pocas veces por la biopolítica, funcionan como religión mundial interpretada por los nuevos “sacerdotes” seculares: los jueces.
Efectivamente, los jueces se están convirtiendo en los nuevos sacerdotes de la sociedad civil, porque tienen que tomar decisiones muy grandes sobre asuntos controvertidos y de contenido y connotaciones morales sobre la persona. Esto ocurre sobre todo al tener que interpretar los principios generales del Derecho, como por ejemplo, el principio de precaución, ante aspectos como la modificación genética en la línea germinal y el diseño biotecnológico de la condición humana.
Se abre, pues, una brecha profunda entre el afán de mejorar al hombre según su naturaleza y la pretensión de transformarlo, negando dicha naturaleza humana, e incluso pretendiendo superarla. Se expande la cultura de la maleabilidad del hombre postmoderno. Sin embargo, cabe tener muy presente el alcance y la trascendencia de la actual abolición de la naturaleza humana y sus consecuencias para el conjunto de la humanidad.
3. Las identidades de género y la diversidad transespecie: La creación de una naturaleza posthumana
Los transhumanistas promueven la idea de que las tecnologías de mejoramiento humano (human enhancement technologies) deberían estar ampliamente disponibles; que los individuos deben tener amplia discreción sobre cuál de estas tecnologías se aplican a sí mismos (libertad morfológica), y que los padres normalmente deberían decidir a qué tecnologías reproductivas deben recurrir al tener niños (libertad reproductiva).
En este sentido, los transhumanistas creen que si bien existen riesgos que deben ser identificados y evitados, las tecnologías de mejoramiento humano ofrecen un enorme potencial para usos profundamente valiosos y beneficiosos para la humanidad. En última instancia, es posible que esos mejoramientos puedan hacernos a nosotros o a nuestros descendientes “posthumanos”, seres con una longevidad indefinida, facultades intelectuales mucho mayores que las de cualquier ser humano actual (y tal vez sensibilidades o modalidades completamente nuevas), así como la capacidad de controlar sus propias emociones. El más sabio enfoque frente a estas perspectivas, argumentan los transhumanistas, es “abrazar el progreso tecnológico, defender vigorosamente los derechos humanos y la elección individual” según el filósofo Nick Bostrom, profesor de la Universidad de Oxford y director del Future of Humanity Institute[3].
En la misma dirección, el filósofo futurista y transhumanista libertario Max More en 1995 explico que “los transhumanistas buscan la continuación y aceleración de la evolución de la vida inteligente más allá de su forma humana actual y sus limitaciones por medio de la ciencia y la tecnología, guiados por principios y valores de la promoción de la vida”[4].
Desde una visión de post-genero, la bióloga y filósofa estadounidense Donna Haraway en su ensayo El Manifiesto Ciborg, publicado en 1985 y revisado en 1991, propone erradicar el género buscando una alternativa al sistema patriarcal y al feminismo esencialista. Para ello, la idea del ciborg le resultó ad hoc al contexto que pretendía mostrar. Un ser fusionado-confundido entre hombre-máquina que no necesita distinciones. Y es que en el pensamiento de Haraway existe la creencia de que no hay diferencias entre vida natural y máquinas artificiales hechas por el hombre.
Siguiendo las propuestas pioneras de Haraway, actualmente algunos movimientos ideológicos pretenden acabar con la cosmovisión de la Ley Natural que establece que solo hay hombres y mujeres, introduciendo la idea de que también hay personas intergénero, transgénero, transexuales y, así, hasta 37 tipos distintos de género. Atrás quedó también, según estas corrientes ideológicas, el tener que elegir entre seguir una condición heterosexual, homosexual o bisexual. Ahora ya plantean el ser pansexual, demisexual o queer, entre otras muchas opciones que ofrecen.
Dentro del género trans, personas que se cambian de sexo, existen según esta ideología, varias categorías: transgénero, hombre trans, persona trans, mujer trans, female to male, male to female, transfemenino, transmasculino, transexual, mujer transexual, hombre transexual y persona transexual. Algunos pueden parecer lo mismo, pero se definen por este movimiento ideológico como distintos.
Pero la cosa no se queda ahí, también se puede ser andrógino (mezcla entre mujer y hombre), neutrosis (género neutro, ni hombre ni mujer), personas de sexo no ajustado (no quieren calificarse ni como hombres ni como mujeres) y berdache (personas que se visten con ropa asociada al sexo opuesto). Finalmente, para el movimiento ideológico descrito, existen otras identidades como no-binario, agénero, bigénero, género fluido, pangénero, poligénero o intergénero.
Sin embargo, la disolución de la naturaleza humana, su abolición para crear otra condición no humana, una nueva naturaleza posthumana, no se queda en las identidades de género yendo más allá, hasta concebir la noción de transespecie.
La Transpecies Society es una asociación con sede en Barcelona (España) que da voz a las identidades no humanas. Según sus impulsores, dicha comunidad “aumenta la conciencia sobre los retos a los que los transespecie se enfrentan, aboga por la libertad de autodiseño y ofrece el desarrollo de nuevos sentidos y órganos”[5].
Según Manel Muñoz, uno de los fundadores de la Transpecies Society, “el movimiento transespecie se inspira en una visión no jerárquica de la naturaleza y en la voluntad de percibirla de otra manera, lo que supone, por ende, modificar la propia identidad. He cambiado la conciencia que tengo de lo que me rodea, la manera en cómo entiendo el mundo. Y también he adquirido una conciencia más medioambiental, percibo el entorno como un ente vivo”[6].
Este joven barcelonés se define a sí mismo como transespecie, lleva un explante que le permite sentir la atmósfera: parecido a un implante coclear, el barómetro está conectado a sus orejas, dándole la oportunidad de asociar los cambios de presión con pequeñas vibraciones en sus lóbulos. “Siento que soy un poco la atmósfera, tengo una conexión con ella: cuando ella se mueve, mi cuerpo se mueve. Siento más que estamos en un mar de aire, ya no veo mi entorno como un vacío. Pero quiero ir más allá y estoy elaborando el siguiente prototipo. Serán unas orejas barométricas para notarlo con más precisión. Será el primer implante sensorial orgánico, y me encantaría que tuviera forma de aletas”[7].
Estamos, pues, ante la expansión de este movimiento con connotaciones transhumanistas/posthumanistas, y que empezaron los ciborgs Neil Harbisson y Moon Ribas, devenidos ahora transespecie. Según ellos, tú eliges qué y cómo quieres sentir y lo que quieres ser. Lo cual no solo permite dotarte de otra identidad, sino que también adquieres otro lenguaje, otro discurso[8].
Sin embargo, y para concluir, en nuestra opinión el derecho al propio cuerpo debemos entenderlo en el sentido en que ha sido establecido en ciertos textos jurídicos (por ejemplo, en la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos de la Unesco de 2005). De dichos textos se deduce que la identificación e interpretación de esos derechos no puede hacerse al margen de una teoría moral. Más en concreto, los derechos son algo más que posiciones normativas (expectativas positivas y negativas) en las que se sitúan ciertos sujetos; son también – sobre todo- los bienes y valores que trata de satisfacerse a través de esa articulación normativa.
En el caso de los derechos de la personalidad, se trata obviamente del valor que solemos designar como dignidad, de manera que para valorar ese derecho al mejoramiento humano desde las biotecnologías, necesitamos entrar necesariamente a analizar el concepto de persona y el de dignidad. En definitiva, tenemos que posicionarnos sobre nuestra cosmovisión sobre la naturaleza humana.
4. Ecosistemas naturales: La belleza de la Creación de Dios
Desde la cosmovisión del humanismo avanzado, el verdadero perfeccionamiento humano es integral, trascendente, solidario y se desarrolla custodiando los ecosistemas naturales y siguiendo la Revelación divina a través de la creación. A nuestro entender, el mejoramiento humano pretendido por la ideología del transhumanismo, en ecosistemas digitales, de vida sintética y con un dominio absoluto de la inteligencia artificial respecto a la persona humana puede llevarnos a una posthumanidad que no nos conviene.
En la intervención pronunciada por Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 9 de noviembre de 2005 dedicada a meditar sobre el Salmo 135, 1-9, “Himno Pascual”, el Papa emérito recordaba cómo el primer signo visible de la misericordia divina hay que buscarlo en la belleza de la Creación. La mirada, llena de admiración y maravilla, se detiene ante todo al contemplar la Creación: los cielos, la tierra, las aguas, el sol, la luna y las estrellas. Los ecosistemas naturales de nuestro planeta Tierra y el universo entero.
Incluso antes de descubrir a Dios que se revela en la historia de la humanidad, se da la revelación cósmica, abierta a todos, ofrecida a toda la humanidad por el único Creador, “Dios de los dioses” y “Señor de los señores” (Cf. Salmo 135, 2-3).
Como se recita en el Salmo 18, “el cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos”. Existe, por tanto, un mensaje divino grabado misteriosamente en la Creación, signo de la fidelidad amorosa de Dios que da a sus criaturas el ser y la vida, el agua y la comida, la luz y el tiempo.
Benedicto XVI en la citada meditación nos recuerda que es necesario tener ojos limpios para contemplar esta manifestación divina, tal y como expresa el Libro de la Sabiduría al recordar que “de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor” (Sb 13, 5; Cf. Rm 1,20).
De las obras creadas – de esos ecosistemas naturales de los que los seres humanos formamos parte y de los que somos custodios – se llega a la grandeza de Dios, a su amorosa misericordia. El hombre puede así descubrir el amor de Dios contemplando la belleza de la creación.
Es interesante ver cómo san Basilio Magno, uno de los padres de la Iglesia del siglo IV, en su primera homilía sobre el Hexamerón, en el que comenta la narración de la Creación según el primer capítulo del Génesis, se detiene a considerar la sabia acción de Dios, y acaba reconociendo en la bondad divina el centro propulsor de la creación. Tenemos grabado en nuestra alma el nombre de Dios, es decir, tenemos impresa en nuestro corazón esta Verdad: “En el principio creó Dios”.
No obstante, en la actualidad son muchos los que desde una cosmovisión meramente cientificista, racionalista, agnóstica, atea o simplemente con una actitud indiferente respecto a Dios y a su creación natural y sobrenatural, ven el universo, la biosfera, los ecosistemas naturales, e incluso al ser humano, carente de una guía y de un orden, sin propósito ni sentido, como si todo ello estuviera a la merced de la casualidad o del azar.
No obstante, desde la cosmovisión cristiana, entendemos que al inicio la Palabra creadora – esta Palabra que ha creado todo, que ha creado este proyecto inteligente, el Cosmos – puede definirse como el Dios-Amor. Cuando nuestra mente se despeja e ilumina por la gracia, percibimos el mensaje de la Creación, inscrito en nuestro corazón: el principio de todo es la Sabiduría creadora, y esta Sabiduría es amor y bondad: “es eterna su misericordia”. Y es entonces cuando la persona humana experimenta una plenitud y una felicidad que da sentido a su vida.
Partiendo de esta visión, se comprende mejor la encíclica Laudato si’ del Papa Francisco cuando nos invita a una conversión ecológica, a un cambio en nuestra filosofía y estilo de vida, a un desarrollo humano integral, a la custodia de la Creación desde una ecología integral para hacer frente al paradigma tecnocrático que puede hacernos infelices e incluso acabar con nuestra esencia humana.
Desde la contemplación de la belleza de la Creación estamos llamados a la conservación de los ecosistemas naturales y a la preservación de la naturaleza y condición humana tal y como Dios la ha proyectado desde el principio, esto es, a imagen y semejanza suya (imago Dei) para alcanzar, de este modo, nuestro pleno desarrollo integral como personas y el perfeccionamiento del proyecto humano.
5. Ecosistemas digitales: La incertidumbre de la globalización tecnológica
“Seréis como dioses” (Gn 3,5) fue el argumento decisivo que utilizó el demonio para que el primer hombre cayera en la tentación y en la ambición. No obstante, el error humano no consistió en querer ser igual a Dios. En sí mismo esto no está mal; es más, Jesucristo nos invita a imitar a Dios y a ser perfectos como Él (cf. Mt 5,48). El error fue en el concepto que el primer hombre tuvo del creador como dueño y gobernador de toda la Creación. En esa concepción reduccionista radicó su error. Los primeros humanos no reconocieron que Dios era en primer lugar y sobre todo Amor. No supieron descubrir que la creación no era solo un acto de poder y dominio inigualables, sino ante todo un acto de amor gratuito.
Muchos siglos después de este relato bíblico, el ser humano no ha cambiado mucho y seguimos tropezando con la misma piedra. Queremos ser como dioses, pero dioses poderosos, controladores de las leyes naturales y de la moral a merced de nuestra arbitrariedad y extravagancia. Queremos tener en nuestras manos la decisión sobre la vida y la muerte.
Nuestra ambición se reduce a suplantar a Aquel que, visto de modo erróneo, sería poseedor, dueño de todo, alguien que rige el mundo a su antojo, un ente totalitario y globalizador. No hemos entendido todavía que la actitud auténticamente humana es amar. Conectarnos a esa fuente del Creador. Ese es el camino trazado para ser felices como personas: “Amad y seréis como dioses, como Dios. Entonces seréis plenamente hijos suyos” (cf. Mt 5, 45-46).
No obstante, en pleno siglo XXI seguimos siendo tentados por nuestra ceguera y ambición como lo fuera la humanidad en tiempos bíblicos de la Torre de Babel. Ahora queremos construir un Nuevo Orden Mundial basado en un biopoder totalitario que ansía el control absoluto de la vida. Queremos una globalización tecnológica basada en los ecosistemas digitales y en los ciberpaisajes virtuales que estamos diseñando desde nuestra lógica de “co-creadores” humanos. Nuestra tecnología y pensamiento van tejiendo alrededor de la biosfera y de los ecosistemas naturales una tecnoesfera y una noosfera que pronto será controlada por la inteligencia artificial y la biología sintética.
Aspiramos incluso a ser posthumanos, es decir, a superar nuestra naturaleza y condición humana producto de la evolución biológica y cultural, para liberarnos así de las cadenas del sufrimiento, la enfermedad y la muerte.
Desde la ideología del transhumanismo y desde la nueva religión secular científico-racional, se nos promete el advenimiento de la Singularidad y de la inmortalidad cibernética. Sin embargo, desde el humanismo avanzado, con esperanza y sin miedo al futuro, proponemos una ética universal basada en la Ley Natural, un desarrollo integral de la persona abierto a la trascendencia, y una preservación de la naturaleza humana de acuerdo a la voluntad del Creador.
NOTAS
[1] Coautor y coordinador de la trilogía de libros ¿Humanos o posthumanos? Singularidad tecnológica y mejoramiento humano (2015), Humanidad infinita. Desafíos éticos de las tecnologías emergentes (2016) y Singulares. Ética de las tecnologías emergentes en personas con diversidad funcional (2016).  Autor del libro Humanismo avanzado para una sociedad biotecnológica (2017).
[2] Revista Temes d’Avui, “Grandes retos de la humanidad: inteligencia artificial y transhumanismo. Número 56 (2017).
[3] Bostrom, N. “Transhumanist Values”. Review of Contemporary Philosophy. Vol. 4, mayo de 2005.
[4] https://web.archive.org/web/20051029125153/http://www.maxmore.com/transhum.htm
[5] https://www.transpeciessociety.com/
[6] http://barcelones.com/talento/activismo-transespecie/2018/02/
[7] Ídem
[8] Ibídem

Categories:

About La Revista Católica

Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *