Sexualidad integrada – Wenceslao Vial, pbro.

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Artículo publicado en la edición Nº 1.203 (JULIO- SEPTIEMBRE 2019)
Autor: Wenceslao Vial, pbro.
Para citar: Vial, Wenceslao, Sexualidad integrada, en La Revista Católica, Nº1.202, julio-septiembre 2019, pp.386-401.

 

 

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Armonía de la vida cotidiana
Wenceslao Vial, pbro. [1]
Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios» (Mt 5, 8)
Es clara la enseñanza del Señor en la sexta bienaventuranza: solo los limpios de corazón verán a Dios. Si falta esa limpieza del centro más profundo de nuestro ser, de los afectos y deseos, no se consigue ver al creador. Esta limpieza no se refiere solo ni principalmente a temas de sexualidad. Más importante y necesario es sacudir la soberbia y despejar el yo del polvo de sí mismo. Es conocida, sin embargo, la relación entre ambos tipos de suciedad, que ha cuajado en un lema de origen agustiniano: «Lujuria oculta, soberbia manifiesta». La impureza de algún modo enturbia la vista y hace incapaces de preguntarse por el sentido último de las cosas, por la belleza del mundo, por las reglas del universo. Se cierra una puerta a la trascendencia. Los psicólogos, los profesores, los médicos, los padres…, y también los sacerdotes en su campo, confirman cómo se empequeñece la persona que centra su vida en la satisfacción del placer sexual. Muchos que podrían volar, permanecen pegados a la tierra, pues se «cortan las alas del espíritu» [2].
Cosimo Roselli, cuando pinta el fresco de las bienaventuranzas en la capilla Sixtina, incluye la curación de un leproso. El Señor es quien limpia, quien abre los ojos. Al afrontar este tema, es preciso hacer mención de la esperanza, recordando que las fuerzas fundamentales para crecer y vencer vienen de Dios. Él es quien nos cura. Él está interesado en que le veamos, en que podamos volar. La sexualidad vivida en modo humano abarca la dimensión espiritual y corporal, armónicamente.
La sexualidad se integra en toda la persona, también en los llamados al celibato. No es algo que pueda subsistir reprimido o aplastado. La visión positiva que tiene la Iglesia de esta dimensión queda bien reflejada en el Catecismo: «La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro» [3].
Además, esta sexta bienaventuranza va en paralelo con la primera: bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos. Esto también significa la palabra “integrada”. No cabe una limpieza de corazón, sin vivir bien la pobreza. Buscar los últimos modelos de autos, de teléfonos o gastar innecesariamente en lo propio, empaña el corazón. Lo mismo podría decirse de no ser pacífico, justo o misericordioso… De no vivir, en definitiva, las otras bienaventuranzas. Esas bienaventuranzas que fueron blanco de la crítica de Nietzsche, como vimos.
Dios ha creado al ser humano con cuerpo y dotado de sexualidad, que va más allá del acto y de la capacidad de reproducirse. Estos elementos se ven unidos por un complejo mecanismo hormonal a un placer sensitivo elevado, al bienestar, a la relajación psíquica y física. Los flujos químicos que se derivan fomentarían incluso mirar el futuro con más optimismo y con menos agobio. Por esto, algunos han pensado que el uso de la sexualidad es una necesidad irrenunciable, y que el sacerdote se enferma o comete crímenes al no emplearlos. Esta observación contradice la evidencia. Aparte de que la actividad sexual no es la única ni la principal fuente de relajación, la mayoría de los crímenes en la materia los cometen personas que no ponen límites, y no los que dejan de usarla. Quien solo busca el bienestar cae fácilmente en abusos, también dentro del matrimonio. Los actos y el placer que lo acompañan son necesarios para la subsistencia de la especie, pero cabe individualmente renunciar, por un amor más alto.
El sacerdote maduro tiene en cuenta su ser corporal, conoce sus instintos y, con la gracia de Dios, cuida que su voluntad los sostenga de un modo ordenado. Al preguntar a un grupo de mujeres, cómo esperaban que las tratara el sacerdote, una de ellas nos contestó: «No con mucha familiaridad… y con respeto al mismo tiempo». Es de algún modo lo que se espera de Cristo.
Qué importante es cuidar el corazón. Dice el Papa de la sexta bienaventuranza: «Se refiere a quienes tienen un corazón sencillo, puro, sin suciedad, porque un corazón que sabe amar no deja entrar en su vida algo que atente contra ese amor, algo que lo debilite o lo ponga en riesgo» [4]. Este es el método para integrar la sexualidad. El sacerdote, como todo cristiano, sabe que ha sido comprado a gran precio, y hace suyo el consejo de san Pablo: «Glorificad, por tanto a Dios, en vuestro cuerpo» (1 Co 6, 20).
1. Del amor humano al amor divino
La castidad, virtud que designa la sexualidad bien integrada, es necesaria para una vida lograda, sea en el matrimonio como en el celibato. La castidad permite una navegación serena y llegar a buen puerto. Pablo VI dijo de ella: «No es un yugo, es una liberación. No es un complejo de inferioridad, es una elegancia, gallardía del espíritu; no es una fuente de ansiedad y de escrúpulos, es una madurez de criterio y de dominio de sí; no es ignorar la realidad de la vida, es un conocimiento desinfectado de todo posible contagio, más lúcido y penetrante que aquella opacidad propia de la experiencia pasional y animal» [5].
Mantener el amor requiere un empeño de la inteligencia y la voluntad, que se manifiesta en multitud de detalles. Para actuar humanamente no cabe fijarse solo en la reacción emotiva, poco controlable, poco libre y fugaz del me gusta o no me gusta, lo siento o no lo siento, propias de la fascinación inicial, de un deseo pasional seductor y ciego que arrastra o deja de arrastrar: es preciso distinguir psicológicamente el amor del enamoramiento [6].
El amor verdadero considera al otro en su dignidad única e irrepetible. Por esto, es capaz de esperar el momento justo para las manifestaciones justas de afecto; y respeta el lenguaje del cuerpo. Así se consigue la sana tensión de la que hemos hablado. Quien solo estuviera atento a buscar el placer, termina por agotar el mismo placer y usar del otro como un objeto. Es la paradoja del hedonismo: mientras más se ansía lo placentero, más parece huir, pues no es un fin sino un medio para la felicidad. Este camino hedonista es el del egocentrismo y ese otro concepto tan íntimamente relacionado: el egoísmo. Los que lo emprenden solo quieren un equilibrio autorreferencial, que resulta peligroso.
Es importante la coherencia y los testimonios. Recuerdo a María Luce Gamboni, una chica italiana de 18 años, elegida como protagonista de un famoso musical, que se presentaría en Roma: Romeo y Julieta. Cuando faltaba poco para el estreno, le dijeron que necesitaban una escena en que ella aparecería medio desnuda. Intentó explicar que eso no estaba en el contrato, pero ante la insistencia de los productores, y su deseo de no ser usada, no tuvo más remedio que renunciar al papel. Escribió después a sus compañeros de escuela:
«Me sentí un objeto en las manos de quienes querían utilizarme a mí y a mi feminidad para su propio éxito. He perdido, porque no conseguí lo que quería, pero gané mucho más, también ante mí misma, porque al dinero y a un gran sueño, antepuse y preferí mi intimidad».
Se refleja un hecho bien documentado en psicología: la estrecha relación entre la identidad y la intimidad. Cuando se desprecia o se pierde una, se pierde la otra. Una falta de pudor muestra el interior desgarrado de la persona.
La sexualidad mal entendida produce daño en el amor humano y en el amor a Dios. «No podemos tratar los vínculos de la carne con ligereza, sin abrir alguna herida duradera en el espíritu» [7]. La psicología demuestra, por ejemplo, que una relación sexual deja una huella imborrable en los participantes; y que el inicio precoz de la actividad sexual puede llevar a la esterilidad del amor, y a extinguir incluso el placer que se buscaba, como se dijo.
Por esto, es necesario educar la entera esfera de la afectividad. No se trata de estar siempre pendientes de afectos o sentimientos que se deben cortar, sino de conseguir sentir del modo adecuado. El lugar más apropiado para esta educación es la familia, como han dicho muchos psicólogos. La psicología del desarrollo recuerda que «la satisfacción de la sexualidad sin amor, implica una grave carencia» [8]. Y son numerosos los profesionales de la salud que confirman cómo el uso precoz de la sexualidad fuera del matrimonio es capaz de causar malestar psicológico serio.
Ciertas se demuestran las palabras de Gustave Thibon: «El amor coloreado en el comienzo por una perfección ilusoria, debida al deseo y a la imaginación, no podrá durar sin la voluntad» [9]. Ese amor no auténtico lleva a la ruina de unos y otros: «se vuelve muy riesgoso que la sexualidad sea poseída por el espíritu venenoso del usa y tira» [10].
Cuando se comprende el amor, se entiende que un amor exclusivo no es perder libertad, sino usarla bien. Muchas veces, el vicio consigue esclavizar a las personas no solo en su cuerpo, sino también en su psique y en su espíritu. Hace algún tiempo, me contó un sacerdote de un país donde los cristianos son minoría, que vino un joven interesado en la religión. Comenzaron a hablar y el hombre le mencionó de pasada que tenía tres novias. El sacerdote intentó hacerle notar que era una situación al menos compleja, no muy buena. Con delicadeza le preguntó si ellas lo sabían… Y aquel chico dijo que no. «Y, ¿si tienes un accidente, por ejemplo, y van las tres a verte al hospital? ¿Qué les dirás?» Fue la siguiente pregunta. A la que siguió un largo silencio de un hombre dudoso y cabizbajo, interrumpido al fin con una exclamación: «¡Es que ser católico es muy difícil!». Y se retiró enfadado. Ya vimos en el primer artículo cómo la incoherencia descarrila el tren del pensamiento, en creyentes o no creyentes.
Es útil hacerse de vez en cuando preguntas. Ver si somos coherentes, qué buscamos con aquella relación, a qué tipo de amistad aspiramos. Del amor verdadero nace la castidad, que se traduce en fidelidad. Y, en el caso del sacerdote, el centro de la relación es Cristo. Hay que también distinguir entre amor y deseo, que son, como aparece en boca del Quijote, dos cosas bien diferentes, pues «no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama».
2. Obstáculos sicológicos
La buena integración de la sexualidad encuentra múltiples obstáculos psicológicos, que muchas veces están relacionados con la incoherencia. La falta de control voluntario puede llevar a ser esclavos de las fuerzas instintivas y a la falta de libertad. La patología psíquica se caracteriza precisamente por una enfermedad de la libertad, que puede no estar exenta de responsabilidad personal, por no haber querido poner freno o cortar las cadenas cuando eran aun finas. El instinto sexual dejado a su antojo es capaz de despertarse con muchos objetos impropios: una manguera, un animal, un niño. Hechos lamentables y crímenes como la pedofilia o el abuso de adultos vulnerables tienen raíces similares.
Las heridas y recuerdos del pasado hacen daño. En particular los abusos sexuales, y también de otro tipo, tienen consecuencias graves, especialmente cuando suceden en la infancia. Llevan a confundir los afectos: no se sabe qué es amor, de quién confiar o a quién acudir, y se despiertan sentimientos de culpa patológicos. Los actos impuros también van marcando la personalidad. También por esto, hay que conocer el pasado de los aspirantes al sacerdocio: las experiencias negativas hacen más difícil la integración de las tendencias.
Otras causas de problemas son la falta de virtud, sea porque no se aprecie, o porque se afronta el tema de un modo voluntarista, sin humildad; y la inmadurez, tal vez por una etapa del desarrollo no superada, en particular la adolescencia. No es cierto, sin embargo, que en la adolescencia no se pueda vivir la castidad. En esos años se aprende a amar y a adquirir autocontrol, que es clave incluso desde el punto de vista humano. Caben también alteraciones más importantes de la personalidad, y fijaciones patológicas en algunas etapas.
Las excesivas preocupaciones por estos asuntos tampoco son recomendables, pues generan obsesión y más dificultades. Pueden ir unidas a una visión negativa de toda la esfera sexual, a la ignorancia, o a una curiosidad malsana. El nerviosismo o ansiedad es también capaz de desencadenar reacciones emotivas en la esfera sexual. Puede ser algo normal, o ir seguido de una fuerza irresistible a actuar de determinada manera, o compulsión. La tristeza, finalmente, es también una aliada de la lujuria. Puede estar relacionada a un temperamento o modo de ser, o estar unida a la tibieza.
«A los siete años un compañero me puso un vídeo pornográfico», me contaba un seminarista de dieciocho años preocupado por sus deseos homosexuales. «Sí, a los quince años comencé a mirar imágenes», me refería en la consulta otro hombre en sus treinta, que se sentía y era esclavo. «Al principio era pornografía normal, de la que ve todo el mundo en YouTube, ahora veo la más violenta entre varones», me comentaba aquel que pasaba los cincuenta y llevaba años sufriendo. Una mención especial en el tema que estamos tratando merece la pornografía, que conduce por una desgraciada pendiente a importantes carencias de identidad.
Los riesgos del consumo de pornografía son conocidos: facilita una adicción patológica al sexo, lleva a disfunciones o patologías médicas en el uso de la capacidad generativa, altera instintivamente el deseo, siendo frecuente desencadenante de atracción sexual por el mismo sexo, está en estrecha relación con la criminalidad y la explotación de hombres, mujeres y niños. Es, además, una negación de la capacidad de responder a la sociedad o a un trascendente: una fuente de falta de responsabilidad. Crea conflictos importantes en los niños, actuando en ellos como un verdadero abuso sexual.
Con bastante fundamento médico, se la ha llamado la nueva droga. Actúa liberando sustancias a nivel cerebral (especialmente a nivel de la amígdala cerebral), relacionadas con el placer y la recompensa. En concreto dopamina. Estas sustancias o neurotransmisores van dejando una huella en la estructura anatómica del cerebro. Al final, como las drogas, se produce una alteración que esclaviza. Es ilustrativo el dicho acerca de la pornografía y otras drogas: «se consuman con los sentidos y se guardan en el cerebro».
Todas las adicciones tienen en común el deseo de unos paraísos artificiales o falsos. La persona vacía busca llenarse de lo primero que encuentra a mano. La tóxico-dependencia a cualquier droga, el alcoholismo y las dependencias sexuales tienen mecanismos similares. Se persigue una disminución de la ansiedad y un aumento de la euforia. A veces se intenta cortar una ansiedad patológica, y se obtiene algo que va más allá de la alegría o paz: un estado de excitación peligroso, exagerado, que puede llevar a una impulsividad perjudicial, a malas acciones de todo tipo, con gran perjuicio para la salud global.
El mecanismo que encadena a la sustancia o a la actividad nociva es el mismo: un no querer dar respuesta (no querer ser responsable) al inicio, y un no poder hacerlo, en la medida en que se instaura la dependencia. En la adicción a internet, la persona cede y satisface tendencias que en el mundo real no aceptaría. Un caso emblemático es el de la pornografía.
Tres factores hacen que internet sea hoy el principal escenario de este tipo de dificultades: lo fácil que es acceder a ella y sus contenidos, que esté al alcance de cualquier persona en cuanto al dinero, y que se trate de una actividad anónima. Son las tres “A” descritas por Cooper [11].
Quien quiere de verdad salir de una alergia pone todos los medios: consulta al alergólogo, busca qué substancias provocan la reacción…, qué medicamentos o vacunas aplicar… Quien desea superar la adicción, identifica el problema, se aleja de él, usa lo que está a su alcance para no seguir haciéndose daño a sí mismo y a su entorno. Si uno sabe que internet le perjudica, se cuida más. Un consejo eficaz es no acceder a internet al estar cansado, pues son momentos de defensas más bajas; y terminar el día dirigiéndose a un Tú real, a Dios y a quien queremos, y no a la masa anónima de las redes. Es también recomendable no tener los accesos a las plataformas sociales en el teléfono móvil.
Muchos rasgos de personalidad pueden favorecer conductas alteradas. Como caldo de cultivo suele estar presente el egocentrismo, unido a un concepto semejante, el egoísmo, del que santo Tomás escribió: «Es evidente que el amor de sí mismo es la causa de todo pecado» [12].
Tenemos una tendencia en esa dirección, a causa del pecado original. Aparece ya en la infancia, y psicológicamente se puede acentuar por cierto tipo de educación en la que el niño se pone en el centro de todo y de todos. No es irreparable y cabe reorientarlo. Genera personas excesivamente centradas en sí mismas, incapaces de descubrir nada bueno en los demás o en el mundo; que se ponen nerviosas por muchas circunstancias y por modos de ser –“no me gusta cómo viste o cómo habla o come”–; juzgan con irritabilidad –“por qué hace esto así”, que en el fondo quiere decir: “por qué no hace esto como yo”–; ven todo en modo autorreferencial y pesimista.
Como sucede frecuentemente, los defectos arraigados son como una caricatura de la persona. Una señora escribió una vez al director de una revista, describiendo sus síntomas: «cuando mi marido se afeita con máquina, no puedo soportar el ruido; cuando llegan mis amigas con sus perfumes, tengo que ventilar; cuando alguien ve la televisión y no me gusta, me siento obligada a cambiar de canal… He ido al médico y me ha dicho que tengo hiperestesia nerviosa, quisiera saber qué es». Responde el director de la revista: «Señora, lo que usted tiene es un carácter que da pena».
Cualquier rasgo o característica del modo de ser que sea demasiado estridente o exagerado, por exceso o por defecto, constituye un riesgo. Solo mencionaremos algunos, a partir del perfeccionismo. A estas personas les viene bien aceptar la imperfección, alegrándose al descubrir sus errores, fomentando una contrición alegre. Se les puede proponer “ejercicios” para atenuar las características perjudiciales. A quien se agobie porque debe corregir inmediatamente, cabe aconsejarle que espere unos días antes de comentar nada. A quien no termina un trabajo porque no lo considera perfecto, se le puede recordar que lo mejor es enemigo de lo bueno, o sugerir que haga a propósito algo menos bien. A quien cree que no tiene nunca tiempo para divertirse o descansar, que incluya en su horario actividades recreativas. A quien piense que solo él tiene razón o hace las cosas bien, que deje obrar a los demás; que aprenda a buscar ayuda y consejo. Si tiene tendencia a los juicios negativos, que haga el esfuerzo diario por decir y pensar bien, sin rápidas y muchas veces equivocadas apreciaciones: dar gracias por la gente que le rodea, querer aprender.
Otro rasgo peligroso del carácter es la tendencia al pesimismo y a la tristeza. Se da en personas que tienden a complicarse, que son introvertidas, con autoestima baja. Habitualmente son inseguras. El estado de ánimo bajo y la falta de autoestima pueden llevar a la agresividad o la ira o a la lujuria. Para mejorar, se les puede inculcar el esfuerzo por ser optimistas, invitándolas a esforzarse por sonreír: «No me olvides que a veces hace falta tener al lado caras sonrientes» [13]. Se sabe que algo exterior como la sonrisa puede elevar el estado de ánimo de los otros, pero también el propio. La gente lo nota y muchas veces corresponde con otra sonrisa. Significa, aunque pueda ser algo inconsciente: tú me haces feliz, te quiero, estoy contento de verte…, que es algo que a cualquier persona le gusta sentir.
La inseguridad puede aumentar con los años, al constatar los propios límites. Los traumas o limitaciones físicas o intelectuales la favorecen. Lleva al aislamiento, por miedo de quedar mal o equivocarse. Paradójicamente, las personas inseguras pueden ser testarudas y rígidas en sus propias opiniones, y dejarse llevar por cosas que les dan seguridad, como la ropa de marca, el aspecto exterior o la competitividad. Pueden sufrir escrúpulos. A ellas cabe hacerles entender que un hijo de Dios decide en cada momento, sabiendo que puede equivocarse.
Cuanto antes se descubran los rasgos peligrosos del carácter, mejor, porque la personalidad es más moldeable. Siempre con delicadeza, se ha de definir el problema, dar esperanza y apoyar estrategias de cambio. Muchas veces lo primero es ayudar a aceptar que vivimos en un mundo imperfecto, rodeado de personas imperfectas. Con visión sobrenatural es posible no dejarse arrastrar por un conflicto continuo entre la realidad y lo que “me gustaría”, que desgasta y produce tensiones ‒primero, interiores‒ e incluso alteraciones.
La normalidad de la personalidad, del modo de ser, no es un punto claro, sino una dimensión. Hay una anomalía más evidente cuando nos hacemos esclavos del sentimiento y falta el dominio voluntario en las reacciones emotivas o en el llevar las riendas de la vida. Kurt Schneider, un psiquiatra alemán, en los años treinta definió la patología de la personalidad, de personas que llamó psicopáticas, como aquellas que «sufren y hace sufrir».
Existe un lema útil para afrontar los desafíos de la personalidad propia o ajena: «Aceptar es comenzar a cambiar/cambiar es comenzar a aceptar». Muestra que la actitud fundamental es reconocer, ser consciente del problema para buscar el remedio. Otro, de un psicólogo francés, nos habla de llegar al fondo de lo que ocurre, sin quedarse en las apariencias superficiales: Tout comprendre c’est tout corriger (“Entender todo es corregir todo”).
Es clave comprender, para ayudar. Por esto, y especialmente en el tema de la dimensión sexual, hay que tener en cuenta los datos científicos. Por ejemplo, que ser hombre o mujer viene dado por la biología, por los cromosomas y las hormonas sexuales. En cuanto a la orientación, se sabe que no se nace con un deseo sexual fijo o innato basado solo en la biología: depende también de la educación. No hay ningún gen que determine forzadamente la modalidad o género, aunque, como en muchas otras situaciones, lo heredado pueda influir. Es claro y demostrado que existe una variación del tipo de deseos a lo largo del desarrollo individual. Hay estudios que muestran que el 80% de los chicos, que en la adolescencia experimentan atracción sexual por personas del mismo sexo, ya no la tienen cuando son adultos [14].
Es además conocido que este fenómeno de atracción por el mismo sexo, modernamente llamado homosexualidad, aumenta cuando no hay personas del sexo contrario, como en las cárceles, o antiguamente en viajes largos en barco. En los animales se ven actitudes sexuales con ejemplares del mismo sexo en situaciones aisladas o circunstanciales, desde una tortuga hembra que actúa como el macho, cuando está por poner los huevos, a un perro joven que no encuentra una compañera. En circunstancias ambientales normales, sin embargo, los animales dirigen el instinto hacia individuos del sexo contrario.
Volviendo al ser humano, en ocasiones, en los varones que experimentan deseo sexual por personas del mismo sexo, la figura paterna ha estado poco presente[15]. A veces coincide que la madre, que ha llevado al hijo nueve meses en su seno, no ha sabido separarse del niño varón y orientarle en la búsqueda del modelo masculino. Existen también los trastornos de identidad de género infantiles, que pueden comenzar precozmente y en muchos casos se superan con una reafirmación de los roles femeninos o masculinos, por parte de padres o familiares y puede requerir el apoyo psicológico de expertos. En la adolescencia, no es raro que se observe el fenómeno como algo transitorio, porque el instinto está despertando. En los últimos años ha aumentado el número de jóvenes que dudan de su identidad, porque se les da información parcial o errónea, afirmando que no tienen otras opciones, que están obligados a seguir sus deseos, y que cualquier tipo de deseo o práctica sexual es buena y gratificante. Este tipo de incrementos se vio ya en los años treinta en Europa, al difundirse ideas similares sobre la sexualidad, del médico alemán Magnus Hirschfeld.
Las manifestaciones de la homosexualidad son muy distintas en hombres y mujeres. Los primeros son más llevados a la acción, a la búsqueda del placer en modo más agresivo e instintivo, lo que supone una razón más para que –también por su bien–, se les desanime a emprender un camino como el del sacerdocio[16]. Las mujeres se dejan llevar más por elementos distintivos de su carácter, como la ternura y muestras de afectos positivos. En teoría, podría existir un amor homosexual que no dependiera únicamente de la esfera sexual. En la práctica es difícil, al menos en los varones. Algunos sin duda intentan ese tipo de “amor”, o deseo de una amistad intensa; pero, al mezclarla con los aspectos propios de la complementariedad hombre – mujer, desvirtúan la relación y pierden de ese modo la amistad y el amor que persiguen.
El deseo sexual por personas del mismo sexo es entre cinco y once veces más frecuente en hombres que en mujeres. Diversos estudios demuestran que un porcentaje variable de estas personas lo consigue modificar. Depende especialmente de la edad que tengan, pues a los jóvenes les resulta más fácil, de la motivación y de las consecuencias prácticas o conductas que hayan mantenido hasta entonces. También cabe, y la experiencia es amplia, la abstinencia sexual aun experimentando este tipo de atracciones. Para hacerlo, es imprescindible ser consciente de las propias emociones y querer vivir en un determinado modo, poniendo las medidas apropiadas. Si se inician las prácticas homosexuales, es más fácil que intervengan los mecanismos del acostumbramiento, arraiguen unos modos de actuar y se encienda el instinto.
Para vivir libremente ante las propias inclinaciones, son de gran utilidad la gracia y las virtudes. Entre ellas la castidad, que se demuestra necesaria incluso para la estabilidad psicológica, como explicaba Vallejo-Nágera: «Nos ha ayudado muchísimo a superar los problemas unidos a la edad. En cambio, la presunta libertad sexual que hoy se predica, ciertamente llena las salas de espera de los psiquiatras» [17]. Pero «¿quién habla hoy de estas cosas? –se pregunta el Papa Francisco– ¿Quién es capaz de tomarse en serio a los jóvenes? ¿Quién les ayuda a prepararse en serio para un amor grande y generoso? Se toma demasiado a la ligera la educación sexual» [18].
El sacerdote, por su ministerio, muchas veces escucha relatos o sucesos que pueden avivar su emotividad en el terreno de la sexualidad. También por esto ha de estar más unido a Cristo y pedir la gracia. Como sus tareas son sobrenaturales, el recurso a la oración es lo primero. La Iglesia pone a su disposición una antigua plegaria para después de oír confesiones, que transcribo:
Señor Jesucristo, dulce santificador de las almas, te ruego que limpies mi corazón, por la infusión del Espíritu Santo, de todo afecto y pensamiento perverso. Lo que en mi ministerio te haya ofendido, por negligencia o por ignorancia, lo supla tu infinita piedad y misericordia. Encomiendo en tus amorosísimas llagas a todas las almas que has atraído a la penitencia y que purificaste con tu preciosísima sangre. Te ruego que las libres de todo pecado, las conserves en tu temor y en tu amor, las hagas avanzar y crecer en la virtud hasta alcanzar la vida eterna. Tú, que con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Le ayudará además, querer vivir bien, ser limpio, rezador, mortificado, custodiar la vista y la imaginación, cultivando intereses variados. Los remedios eficaces se mueven en tres dimensiones: la fisiológica, con el cuidado del sueño y del descanso; la psicológica, con la comprensión del problema y la reducción de la ansiedad, la obsesión o el estado de ánimo alterado; y la espiritual, con la oración y la adoración. Procurara tener una actitud abierta al cambio personal y ambiental que sea preciso.
Como vimos, el instinto no controlado produce dependencias que esclavizan. Para romper con las adicciones en la sexualidad o de otro tipo, si se dieran, lo más importante es la motivación. Junto a lo que hemos dicho de la complicidad en crímenes, los abusos y la pérdida de otros intereses, está el deseo de no ser esclavos. En el alcoholismo, por ejemplo, la enfermedad más difundida y perjudicial, la técnica que da mejores resultados médicos sigue siendo la de los doce pasos de Alcohólicos anónimos, de 1935. Estos pasos se emplean también en otras adicciones, cambiando los conceptos. Enuncian unas propuestas de contenido moral que comienzan así: «Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol…». Más adelante, añaden: «sin miedo hicimos un minucioso inventario moral de nosotros mismos»; «Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos, y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros defectos»; para terminar animando a llevar este mensaje a otros, «habiendo obtenido un despertar espiritual».
Dejar de lado el caldo de cultivo egocéntrico da más libertad y capacidad de juzgar acertadamente las situaciones y a las personas. Despierta la dimensión más profunda. «A veces, precisamente porque está liberado del egocentrismo, alguien puede atreverse a discutir amablemente, a reclamar justicia o a defender a los débiles ante los poderosos, aunque eso le traiga consecuencias negativas para su imagen» [19].
3. Paternidad espiritual y custodia de un carisma
En este proceso de salir de uno mismo, una persona puede sentir la llamada a darse a Dios en el celibato. No pierde con ello nada de lo humano. Las notas esenciales de masculinidad o feminidad brillan de un modo nuevo. El varón célibe desea una fecundidad espiritual, que llena su aspiración a la paternidad [20], que no significa tener numerosos seguidores.
Las características de la paternidad espiritual en el sacerdote se descubren en Jesús. Están radicadas en su oficio del buen pastor que toma a las ovejas descarriadas, perdidas, pequeñas,  y llega incluso a dar su vida por ellas. Tiene otras muchas manifestaciones, como el interés por las multitudes, su deseo de remediar las necesidades materiales, de dar alimentos para el alma y para el cuerpo. Significa cercanía y afirmar el valor del otro, que es clave para el desarrollo psicológico sano. Es también el servicio del maestro que lava los pies a sus discípulos y les dona a su propia madre; y el del Señor resucitado que prepara unos peces en la orilla del lago, para que coman los apóstoles. De esta paternidad, que sabe incluir características maternas como la ternura o el consuelo, participa todo sacerdote, desde el recién ordenado hasta el Papa que, con Gregorio Magno, se comenzó a llamar siervo de los siervos de Dios.
La mujer célibe también realiza su deseo de maternidad espiritual. Así se expresaba san Josemaría: «Hay mujeres solteras que difunden a su alrededor alegría, paz, eficacia: que saben entregarse noblemente al servicio de los demás, y ser madres, en profundidad espiritual, con más realidad que muchas que son madres solo fisiológicamente» [21].
El celibato se entiende como un don, que permite ser padre y madre de muchos, renunciando a unos hijos en sentido material. Proteger este don no consiste solo ni principalmente en cerrar puertas, bloquear o decir que no a impulsos y sentimientos. Hay que aprender a sentir y desear lo que es bueno y está de acuerdo con un ideal de vida y de amor. Aquí hay una prueba más de coherencia, que permitirá vivir felices, volcado hacia los demás. Los sacerdotes han de ser especialmente cuidadosos para proteger la maravilla del celibato, que tan útil se ha demostrado en la historia y les identifica con Cristo de un modo particular. Han de estar atentos a las medidas de prudencia, como el uso de confesionarios, que no solo tienen esta función, sino que también ayudan al penitente a comprender que se encuentran en presencia de Dios, a solas con Él. En las mujeres procurarán ver hermanas, y sabrán mantener la necesaria distancia no solo física, sino también afectiva.
Es bueno para todos, casados y solteros, conocer algunas pautas de comportamiento, los límites que no se deben sobrepasar en las relaciones interpersonales. Son, podríamos decir, como las banderas rojas, red flags, que indican peligro. En el cine, parecería que estas red flags no existen, y que todo vale desde el primer encuentro. Sin embargo, un tipo de mirada, una caricia, un beso, los modos de vestir, no son indiferentes y pueden disparar una reacción emocional poco controlable, más instintiva. Hay que estar atentos también a las banderas amarillas, cuando las olas y remolinos comienzan a notarse, cuando la sensualidad se despierta.
Al comenzar la profesión médica recibí el consejo –en una universidad laica del estado– de esmerar la delicadeza con las pacientes mujeres, y que hubiese alguna enfermera u otra persona presente en la mayoría de las visitas clínicas. Después de algunos años, he visto a colegas con dificultades incluso legales, por no haberlo puesto en práctica. Es una orientación acertada que en modo análogo se aplica a los sacerdotes. Es recomendable que no se queden solos con una mujer, que las reciban en salas de paso o con puertas de cristal; y que se hablen de temas espirituales o de vida interior preferentemente solo en el confesionario. No es miedo o desconfianza, sino conocimiento de la naturaleza humana, que conviene adquirir ya en el seminario. Señoras y señoritas, por su peculiar afectividad, pueden, sin buscarlo o buscándolo, formar lazos al modo de una tela de araña: un hilo y otro hilo. Su motivación puede ser buena, querer más seguridad, ideas claras, apoyo, fortaleza… o menos buena.
El sacerdote permanecerá libre y seguirá siendo Cristo, si está atento a las banderas rojas y amarillas, sin excusarse en una supuesta naturalidad, disfrazada tal vez de motivos apostólicos, de compasión y deseos de ayudar. De este modo, no será arrastrado por olas y corrientes escondidas. «Si hubiese sabido esto antes…, si hubiese cortado el primer hilo…», me decía entre lágrimas un sacerdote joven.
Para defender de modo adecuado el don del celibato, se requiere una antropología correcta que permita comprender y valorar la sexualidad: integrarla, como dijimos. Esto, en el ser humano implica una educación apropiada, que lleve a aumentar la capacidad de amar y el valor del sacrificio. Tiene una serie de manifestaciones prácticas, como huir de las ocasiones que se presentan para no ser fieles, para malvender un tesoro. En una perspectiva positiva, sin inquietudes o miedos amenazadores, es más fácil y eficaz este esfuerzo; se logra la distancia adecuada, el buen humor o el heroísmo para cortar con lo que hace daño y renovar las disposiciones de donación. Por supuesto que no es solo una autodefensa egoísta. El sacerdote que cuida las medidas de prudencia en el trato con otras personas, protege también a esa otra persona de falsas expectativas, especialmente a la mujer. De este modo, no transmite ni siquiera inconscientemente, señales del tipo: «estoy sin compromiso y disponible».
Es clave que el sacerdote quiera ser lo que es. Es decir, un sacerdote al 100%, no un animador social, un político o un psicólogo. Solo con su identidad clara, que lo une de un modo especial a Jesucristo, sabrá valorar el celibato. Este don requiere una elección convencida y una correspondencia total, para conseguir una vida llena de sentido. El sacerdote célibe no se casa, porque tiene un amor más grande que lo llena por completo.
La tibieza, ese «escaso y lento amor por el verdadero bien», como la llama Dante, es un poderoso enemigo. Fácilmente lleva por la pendiente resbaladiza de las compensaciones y las dobles vidas, hasta la incoherencia y la ruina psíquica. Las fuerzas del Yo se ven empujadas hacia la ruptura. Estas dobles vidas pueden ser en parte inconscientes, pero muchas veces se descubren los motivos de fondo y se conocen en el plano consciente. En ocasiones corresponden a una elección: la de alguien que no desea de verdad comprometerse y mantiene dos velas encendidas, o quiere servir a dos señores. Puede darse también que las dobles vidas se originen o al menos estén influenciadas por trastornos psicológicos. El remedio es intentar hacer consciente aquello que motiva conductas o deseos inadecuados. Después, decidirse a cambiar por amor a Dios; y todo con sinceridad, mirando a Jesús en cualquier tarea.
Concluimos pidiendo para todos los sacerdotes la castidad que conviene a aquel que ha de tocar a diario, con sus manos, la Eucaristía. Así se dirigía Benedicto XVI a los sacerdotes, tomando como modelo al santo Cura de Ars: «También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que “la castidad brillaba en su mirada”, y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado» [22]. Cuidar el don del celibato está relacionado con tener la mirada en la Eucaristía. El sacerdote que procura dormirse pensando en la Misa del día siguiente, y se levanta preparándose para ese encuentro con el Señor, tiene mucho terreno ganado.
NOTAS
[1] Sacerdote y médico, Doctor en Filosofía y profesor de Psicología y Vida Espiritual en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma. Este texto corresponde al segundo artículo de un total de cuatro, y se desprenden de las ponencias del curso “Hacia la madurez psicológica y espiritual”, realizado entre el 7 y 8 de mayo de 2019, y organizado por la Vicaría para el Clero de la Arquidiócesis de Santiago junto al Centro de Encuentros Sacerdotales.
[2] HEINS REMPLEIN, Tratado de psicología evolutiva. El niño, el joven y el adolescente, Barcelona: Labor, 1971, 564.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2332.
[4] Gaudete et exsultate, n. 83.
[5] PABLO VI, Audiencia general, 31 de marzo 1971.
[6] Cfr. MAURO LEONARDI, Como Jesús. La amistad y el don del celibato apostólico, Palabra, Madrid 2015, 36-63.
[7] FRANCISCO, Audiencia, 27 de mayo 2015.
[8] CHARLOTTE BÜHLER, Psicologia e vita quotidiana, Garzanti, Milano 1970, p. 191.
[9] GUSTAVE THIBON, Entre el amor y la muerte. Conversaciones con Christian Chabanis, Rialp, Madrid 1977, p. 59.
[10] Amoris Laetitia, n. 153.
[11] En inglés: Access, Affordability, Anonymity; cfr. A. COOPER, Sexuality and the Internet: Surfing into the new millennium, en Cyber Psychology and Behavior, 1, 1998, pp. 181–187.
[12] TOMÁS DE AQUINO, Summa Theol., I-II, q. 77, a 4.
[13] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Surco, n. 57.
[14] Para este y otros datos, ver el estudio de revisión científica: LAWRENCE MAYER, PAUL MCHUGE, Sexuality and Gender. Findings from the Biological, Psychological, and Social Sciences, en «The New Atlantis», Nº 50, agosto 2016.
[15] Cfr. JOSEPH NICOLOSI, Como prevenir la homosexualidad: los hijos y la confusión de género, Palabra, Madrid 2009.
[16] Diversos informes técnicos mencionan que hasta el 80 o 90 % de los abusos sexuales atribuidos a clérigos, en varios países, han sido actos homosexuales.
[17] JOSÉ LUIS OLAIZOLA y J.A. VALLEJO- NÁGERA, La puerta de la esperanza, Barcelona: Planeta, 1992, 64.
[18] Amoris Laetitia, n. 284.
[19] Gaudete et exsultate, n. 119.
[20] Sobre este tema: WENCESLAO VIAL, Psicología y celibato, en «Scripta Theologica» 50 (2018) 139-166.
[21] JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 21 ed., Madrid: Rialp, 2003, n. 106.
[22] BENEDICTO XVI, Carta para la convocación de un año sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del dies natalis del santo Cura de Ars, 16 de junio 2009.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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