La sexta petición del Padre Nuestro: «Ne nos inducas in tentationem» – Mons. Felipe Bacarreza R.

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La sexta petición del Padre Nuestro: «Ne nos inducas in tentationem»
Monseñor Felipe Bacarreza Rodríguez [1]
Obispo de Santa María de los Ángeles, Chile

El 6 de junio pasado los medios de comunicación difundieron la noticia de que el Papa Francisco había cambiado el Padre Nuestro en su sexta petición, que actualmente dice: «No nos dejes caer en la tentación» y que habría sugerido decir, más bien: «No nos dejemos caer en la tentación». De esta manera, se produjo desinformación en los fieles, como suele ocurrir en estos temas. En este espacio trataremos de explicar lo que verdaderamente aprobó el Papa Francisco y lo que nos enseña Jesús que pidamos a Dios realmente en esa sexta petición del Padre Nuestro.
1. La nueva versión italiana del Padre Nuestro
En su 72ª Asamblea Plenaria (12-15 noviembre 2018), la Conferencia Episcopal Italiana aprobó una nueva edición del Misal Romano. En esa edición se incluye una modificación en la sexta petición del Padre Nuestro. Hasta entonces, la versión italiana de esa petición al Padre era la traducción literal del latín y decía así: «Non ci indurre in tentazione» (No nos induzcas a la tentación). En esa Asamblea fue aprobada la versión: «Non abbandonarci alla tentazione» (No nos abandones a la tentación). Esa versión fue aprobada por el Papa Francisco y entró en vigor, junto con el nuevo Misal Romano en italiano, durante la última Asamblea Plenaria de los Obispos italianos, el 22 de mayo de este año 2019. Esta es la noticia que los medios difundieron con titulares como este: «Un hecho histórico: El Papa Francisco modificó el Padre Nuestro». Es la habitual desinformación de los medios de comunicación cuando transmiten noticias relacionadas con la Iglesia Católica.
Ya antes, el 3 de diciembre de 2017, la Conferencia Episcopal francesa había modificado esa petición del Padre Nuestro. La versión anterior decía: «Ne nous soumets pas à la tentation» (No nos sometas a la tentación); y ahora se recita: «Ne nous laisse pas entrer en tentation» (No nos dejes entrar en tentación).
Un medio de nuestro país comentó el cambio aprobado por el Papa Francisco para el Misal Romano italiano diciendo: «El líder católico cambió la frase: “No nos dejes caer en la tentación”, por: “No nos dejemos caer en la tentación”». Y agrega que el Papa lo explicó a las emisoras italianas diciendo: «Soy yo el que cae; no es Dios el que me está empujando a la tentación para ver cómo caí… Un Padre no hace eso, un Padre te ayuda a levantarte inmediatamente. Es Satanás quien nos lleva a la tentación; ese es su departamento». Otro medio escribe: «Se informó que el Sumo Pontífice aprobó reemplazar la frase: “No nos dejes caer en la tentación” por: “No nos dejemos caer en la tentación”». Y esto lo han seguido repitiendo otros medios, sin ninguna verificación, más allá del vago: «Se informó». No hay ninguna constancia de que el Papa Francisco haya propuesto ese cambio en la versión española. La traducción: «No nos dejemos caer en la tentación» es obviamente imposible, porque en el Padre Nuestro nos dirigimos a Dios y no a nosotros mismos.
2. La versión española de la sexta petición
En todo caso, la versión española de esa sexta petición del Padre Nuestro sigue sin ninguna modificación: «No nos dejes caer en la tentación».
¿Qué es lo que pedimos a Dios con esas palabras? Le pedimos que, sometidos a la tentación –ciertamente, por Satanás o por cualquier otro que nos induzca a pecar–, Dios no deje que nosotros caigamos, sino que nos dé la fuerza para resistir y rechazar esa tentación. Es decir, le pedimos que, siendo tentados a cometer el mal, no deje que nosotros cedamos. Entendida así, es una petición muy oportuna y digna de incluirse entre las otras peticiones del Padre Nuestro, como de hecho se hace desde hace mucho tiempo en su versión española.
Hay, sin embargo, un problema: ¡Eso no es lo que Jesús nos enseña que oremos al Padre en esa sexta petición!
3. La oración que Jesús nos enseñó
En el Evangelio tenemos dos versiones del Padre Nuestro, la de Mateo y la de Lucas. Copiamos a continuación ambas tomadas de la Biblia de Jerusalén:
Mt 6, 9-13: «Ustedes oren así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánoslo hoy; perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal».
Lc 11, 2-4: «Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación».
Ambas versiones de la oración que Jesús nos enseñó difieren. La versión que nos transmite Lucas no podría llamarse: «Padre Nuestro», porque comienza llamando a Dios simplemente: «Padre». Pero la petición que nos ocupa, que en Mateo es la sexta, en ambos Evangelios es idéntica. Y es un texto que no tiene variación textual, es decir, en este punto no hay diferencias entre los manuscritos antiguos que contienen esos textos del Evangelio.
4. ¿Cuál es la traducción del texto original griego?
El texto original griego, que, como dijimos, no tiene variación, suena así: «me eis-enénkes hemás eis peirasmón». No hay ninguna otra traducción literal posible que la siguiente: «No nos induzcas hacia tentación». En el texto griego se repite dos veces el prefijo «eis» que expresa «movimiento hacia». Jesús nos enseña entonces que, al orar, entre otras cosas, pidamos a Dios que no nos lleve a «tentación».
Como hemos visto, la traducción española «no nos dejes caer en la tentación» es una buena petición; pero no es lo que Jesús nos enseña a orar. ¿Cuál es la traducción que la Iglesia respalda con su autoridad? Pensemos que se trata de la Palabra de Dios y en un texto emblemático ‒el Padre Nuestro‒, tal vez el más repetido de todo el Evangelio. Interesa, entonces, saber cuál es la interpretación que la Iglesia hace suya. Esa interpretación es la que propone la versión así llamada «Neo Vulgata», promulgada por el Papa san Juan Pablo II como versión típica y oficial. Dada la importancia del asunto, reproducimos las palabras normativas de la Constitución Apostólica Scripturarum thesaurus de fecha 25 abril de 1979, con la que el Sumo Pontífice promulga esa versión de la Biblia:
«Nosotros, con la fuerza de esta Carta, declaramos y promulgamos la Neo Vulgata de los Libros Sagrados, como edición “típica”, sobre todo, para ser usada en la sagrada Liturgia; pero también, como dijimos, acomodada a los otros ámbitos [se refiere a los estudios bíblicos, de los cuales habla más arriba].
Queremos, por último, que esta Constitución Nuestra sea siempre firme y eficaz y que sea religiosamente observada, por todos aquellos a quienes corresponde, sin que nada obste en contrario» (Constitución Apostólica Scripturarum thesaurus)
 ¿Cuál es la versión del Padre Nuestro que leemos en la Neo Vulgata y que, por tanto, la Iglesia hace suya como norma para las traducciones? La trascribimos en la versión de Mateo 6, 9-13:
Pater noster, qui es in caelis,
  • sanctificetur nomen tuum,
  • adveniat regnum tuum,
  • fiat voluntas tua, sicut in caelo, et in terra.
  • Panem nostrum supersubstantialem da nobis hodie;
  • et dimitte nobis debita nostra, sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
  • et ne inducas nos in tentationem,
  • sed libera nos a Malo.
La sexta petición en esa versión oficial es esta: «Ne inducas nos in tentationem».
Como verificación transcribimos también la versión de Lucas en la Neo Vulgata:
Pater,
  • sanctificetur nomen tuum,
  • adveniat regnum tuum;
  • panem nostrum cotidianum da nobis cotidie,
  • et dimitte nobis peccata nostra, si quidem et ipsi dimittimus omni debenti nobis,
  • et ne nos inducas in tentationem.
En Mateo y Lucas la petición, traducida literalmente del latín, es: «No nos induzcas hacia tentación». ¿Cómo puede enseñarnos Jesús que pidamos eso a Dios, como si fuera Él quien nos lleva a la tentación y nosotros tuviéramos que pedirle que no lo haga? Tiene razón el Papa Francisco cuando dice: «Un Padre no hace eso».
Pero no podemos cambiar una frase del Evangelio, que es igualmente clara en su versión original griega (repetida en Mateo y Lucas) y en su versión oficial latina. El problema se resuelve si se da a esa frase su correcta interpretación. Y, para esto, debemos estudiar el significado de la palabra griega que se traduce por «tentación».
5. El significado del término griego «peirasmós» (tentación)
Si consultamos un diccionario griego, encontramos para el término «peirasmós», que es hacia donde Dios nos induciría, los siguientes significados en este mismo orden:
  • Prueba, ensayo, experiencia
  • Tentación
La traducción «tentación» no es la primera acepción de ese término griego. La primera acepción es la prueba o verificación de alguna cosa o la prueba de la fidelidad de una persona. De ese término griego procede nuestra palabra «ex‒periencia».
Asimismo, el verbo griego correspondiente: «peiradso» tiene las siguientes acepciones, en este orden:
  • Hacer la prueba o la experiencia de
  • (negativo) Tentar, tratar de seducir o corromper
Entonces, lo que pedimos a Dios es que Él no nos ponga a prueba. Jesús incluye esta petición en el Padre Nuestro, para que todos los cristianos la dirijamos a Dios, como un hijo a su Padre, porque esta petición distingue la oración cristiana de la oración que dirigía a Dios un fiel del Antiguo Testamento.
¿Por qué pedimos a Dios que no nos pruebe? Porque tenemos conciencia de ser pecadores y, por tanto, tememos no pasar bien la prueba, tememos no responder como Dios espera. Esa petición es un reconocimiento de nuestra debilidad e insuficiencia.
Jesús no quiere que nosotros seamos ante Dios como Pedro, cuando le dijo: «Señor, aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré» (Mt 26,33). Era como decirle a Dios: «Ponme a prueba y verificarás mi fidelidad». Sabemos que Dios lo puso a prueba y esa noche, antes de que cantara el gallo, terminó negando a Jesús –incluso conocerlo– tres veces. Estamos seguros de que Pedro se acordó siempre de esa noche, cada vez que, en adelante, oraba: «Padre nuestro, no nos sometas a prueba, sino líbranos del mal». Es como un alumno que pide al profesor que no lo examine, porque tiene conciencia de que puede pasar mal esa prueba.
La novedad esencial de la oración que Jesús nos enseñó en relación con la oración del Antiguo Testamento, es que ha mediado la Encarnación del Hijo de Dios y ahora quien ora es un hijo de Dios. La novedad esencial de la oración que Jesús nos enseñó consiste en llamar a Dios «Padre». En esto difiere la oración cristiana de la oración que dirigía a Dios un fiel del Antiguo Testamento. Pero no es solo algo nominal, sino que corresponde a una realidad, que hace posible el Espíritu Santo. Es el Espíritu del Hijo, que Dios ha enviado a nuestro corazón, quien clama en nosotros: «Abbá, Padre» (cf. Gal 4,6; Rm 8,15). Movidos por el Espíritu, oramos como lo hacía el Hijo de Dios (cf. Mc 14,36). Para que entendamos la novedad y la inmensidad de este modo de llamar a Dios, consideremos que ese fue el motivo por el cual los judíos pedían a Pilato la condena a muerte de Jesús: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios» (Jn 19,7).
6. La oración del fiel en el Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento el judío fiel pide a Dios que lo pruebe, porque está seguro de su justicia, gracias a su fiel cumplimiento de la Ley. Antes de examinar la oración del justo en el Antiguo Testamento, veremos algunos relatos de la historia de Israel en los cuales se usa el concepto de «poner a prueba». En todos los textos del Antiguo Testamento que veremos revisaremos la versión griega de los LXX, porque esta es la que usaron los evangelistas. Ellos escribieron en griego y cuando citan el Antiguo Testamento recurren generalmente a esa versión.
Génesis 22,1-2
«Después de estas cosas sucedió que Dios tentó a Abraham y le dijo: “¡Abraham, Abraham!”. Él respondió: “Heme aquí”. Le dijo: “Toma a tu hijo, el amado, al que amas, a Isaac, vete a la tierra elevada y ofrécelo allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga”».
El verbo que se ha traducido por «tentar» es el verbo griego «peiradso». En este caso, el sujeto es Dios. Pero Él no está induciendo a Abraham a pecar, que es lo que nosotros entendemos por «tentar». Por eso, la traducción correcta al español es: «Dios puso a prueba a Abraham». La obediencia de Abraham fue total y, en el momento en que iba a inmolar a su hijo, Dios mandó a su ángel a detenerlo: «No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú temes a Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu amado» (Gn 22,12).
Este hecho es uno de los más dramáticos de la historia sagrada y mereció a Abraham la promesa y el título de «padre en la fe (fidelidad)». Muchos años más tarde, el Sirácide lo comenta así: «Abraham, padre insigne de una multitud de naciones… En su carne grabó la alianza, y en la tentación (peirasmós) fue hallado fiel. Por eso Dios le prometió con juramento bendecir por su linaje a las naciones…» (Sir 44,19.20.21). Dado que quien prueba a Abraham es Dios, también aquí el término griego «peirasmós» debe ser traducido por «prueba»: «En la prueba fue hallado fiel».
Ya en el Nuevo Testamento, la Epístola a los Hebreos comenta el hecho así: «Por la fe, Abraham, sometido a la prueba (lit. habiendo sido tentado, verbo peiradso), presentó a Isaac como ofrenda, y el que había recibido las promesas, ofrecía a su unigénito, respecto del cual se le había dicho: “Por Isaac tendrás descendencia”. Pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos. Por eso lo recobró para que Isaac fuera también figura» (Hb 11,17-19). En este caso la Biblia de Jerusalén traduce correctamente el verbo griego «peiradso» por «someter a prueba». Y explica la fidelidad de Abraham como fe en el poder de Dios que, si hubiera sido necesario, habría resucitado a Isaac.
En todos los textos en que el sujeto del verbo «peiradso» es Dios, debe traducirse a nuestras lenguas modernas por «poner a prueba»; y el sustantivo «peirasmós» por «prueba». No podemos traducir ese verbo por «tentar», porque en nuestras lenguas este verbo ha adoptado el significado de «inducir a pecar por engaño o seducción» y esto está excluido, cuando el sujeto es Dios.
Éxodo 15,25-26
En su camino por el desierto, después de su salida de Egipto, el pueblo pasó tres días sin encontrar agua para beber. Llegaron a un lugar donde el agua era amarga. El pueblo murmuró contra Moisés y él invocó al Señor. El Señor mostró a Moisés un madero que él echó en el agua y se volvió dulce. El texto del Éxodo agrega: «Allí el Señor dio a Israel decretos y normas, y allí lo puso a prueba (lit: lo tentó, verbo peiradso). Y dijo: “Si de veras escuchas la voz del Señor, tu Dios, y haces lo que es recto a sus ojos, dando oídos a sus mandatos y guardando todos sus preceptos, no traeré sobre ti ninguna de las plagas que envié sobre los egipcios; porque yo soy el Señor, el que te sana”» (Ex 15,25-26). En la versión griega de los LXX se usa el verbo griego: «peiradso». El sujeto de este verbo es Dios: ¡Dios pone a prueba al pueblo! Dios lo somete a la «peirasmós», a la prueba.
Éxodo 16,4
Más adelante, nuevamente el pueblo murmura contra Moisés y Aarón en el desierto por falta de pan y añoran las ollas de carne que comían hasta hartarse en Egipto. Entonces: «El Señor dijo a Moisés: “Mira, yo haré llover sobre ustedes pan del cielo; el pueblo saldrá a recoger cada día la porción diaria; así lo pondré a prueba (verbo peiradso: lo tentaré) para ver si anda o no según mi ley”» (Ex 16,4). Es Dios quien somete a prueba al pueblo, prueba su fidelidad.
Éxodo 20,20
Cuando Dios le dio a su pueblo el Decálogo, el pueblo se mantenía a distancia por los truenos, relámpagos y sonido de la trompeta y por el monte humeante y dicen a Moisés que no sea Dios quien les hable, sino él. Moisés respondió: «No teman, pues Dios ha venido para ponerlos a prueba (lit. tentarlos, verbo peiradso), para que su temor esté ante los ojos de ustedes, y no pequen» (Ex 20,20).
Deuteronomio 8,2
Se podrían proponer otros textos semejantes, pero citaremos el resumen que hace Moisés de esos cuarenta años que el pueblo pasó en el desierto antes de entrar en la tierra prometida: «Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, ponerte a prueba (lit. tentarte, verbo ek-peiradso) y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos» (Dt 8,2).
El pueblo pasó mal la prueba y ese tiempo en el desierto fue una sucesión de infidelidad y murmuración contra Dios y contra Moisés, hasta el punto de que Dios juró que ninguno de los que habían salido de Egipto vería la tierra prometida, la tierra del descanso de Dios, «que mana leche y miel», como lo resume el Salmo 95: «Durante cuarenta años aquella generación me repugnó y dije: “Son un pueblo de corazón torcido, que no conoce mis caminos. Por eso en mi cólera juré: ¡No entrarán en mi descanso!”» (Sal 95,10-11).
Veamos ahora cómo ora un fiel del Antiguo Testamento que cumple fielmente todos los preceptos de la ley.
Salmo 17,3-5 (LXX, 16,3-5)
«Has sondeado mi corazón, de noche me has visitado;
me has examinado al fuego y no has encontrado en mí injusticia;
mi boca no habla las obras de los hombres.
He guardado las sendas trazadas
por las palabras de tus labios.
He ajustado mis pasos a tus veredas
y mis pasos no vacilan».
Aunque no se usa el verbo «peiradso», se usa el concepto de probar con el fuego. El orante se dirige a Dios y le presenta su justicia intachable. Dios no ha encontrado en él injusticia.
Sal 26,2-6 (LXX, 25,2-6)
«Escrútame, Señor, ponme a prueba (péirason me: tiéntame),
pasa al crisol mi conciencia y mi corazón;
está tu misericordia delante de mis ojos,
y en tu verdad camino.
No voy a sentarme con los falsos,
no ando con hipócritas;
odio la asamblea de malhechores,
y al lado de los impíos no me siento.
Mis manos lavo en la inocencia
y rodeo tu altar, Señor».
El que así ora pide a Dios «que lo ponga a prueba», que lo tiente, porque está seguro de su justicia e inocencia y de que Dios no encontrará en él algo que reprochar. Un cristiano, en cambio, como hemos visto, pide a Dios, su Padre: «No nos conduzcas a peirasmós». Considerando el uso del verbo «peiradso» en el Antiguo Testamento, cuando tiene a Dios como sujeto, que es lo que tienen en mente los evangelistas, deberíamos expresar esa petición a Dios diciendo: «No nos pongas a prueba». Con esta petición tomamos distancia de la mentalidad que basa su justicia en el cumplimiento fiel de la Ley. Para el cristiano «el hombre no se justifica por las obras de la ley, sino solo por la fidelidad de Jesucristo» (Gal 2,16).
Sabiduría 3,1.5b-6
«Las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno… Dios los sometió a prueba (lit. los tentó) y los halló dignos de sí; como oro en el crisol los examinó y como holocausto los aceptó». (Sb 3,1.5b-6)
Estos textos en que el justo se declara inocente ante Dios, hasta el punto de pedir a Dios que lo someta a la prueba, parecen contradecir otros en que se declara la culpa de todo hombre, como lo hace el Salmo 130: «Si tienes en cuenta las culpas, Señor, Señor, ¿quién podrá resistir?» (Sal 130,3), o como afirma el orante en el Salmo 143: «Señor, no sometas a juicio a tu siervo, pues ningún viviente es justo ante ti» (Sal 143,2). ¿Cómo se explica que en un Salmo el orante declare su justicia, en tanto que en otro se declara que ningún hombre es justo ante Dios? Podemos decir que esos salmos y textos bíblicos en que se declara la justicia de un hombre, se refieren al único hombre en que esto es verdad, el único que puede pedir a Dios que lo someta a la prueba en la certeza de que resultará justo y Dios se complacerá en su justicia. Esos textos están dichos en forma de profecía como anuncio de un hombre que había de venir, sobre quien, después de la prueba a que fue sometido, un testigo, declaró: «Verdaderamente, este hombre era justo» (Lc 23,47). Jesucristo es el que hace verdad aquellos textos en que el orante pide a Dios que lo someta a la prueba, porque verificará su total fidelidad y justicia. Todos los demás seres humanos hacemos verdad los textos en que se declara que ningún ser humano es justo ante Dios. De esa manera, no hay contradicción entre esos textos bíblicos que son Palabra de Dios: se refieren a sujetos distintos.
7. San Pablo: «En cuanto a la justicia de la Ley, intachable»
Ciertamente, el que mejor puede entender esa sexta petición del Padre Nuestro, que Jesús pone en nuestra boca al orar, es san Pablo. En efecto, antes de conocer a Jesús, él se presenta como irreprochable en el cumplimiento de la Ley y, por tanto, justificado ante Dios. El expone su curriculum diciendo: «Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la Ley, intachable» (Fil 3,5-6). La justicia que se obtiene por el cumplimiento de la ley es la única que conoce un judío fiel, como era san Pablo. Según su convicción mientras estaba en el judaísmo, si Dios lo sometía a la prueba, iba a resultar irreprochable y, por tanto, justificado. Esta es la opinión que tiene de sí mismo también el fariseo, en una parábola sobre la oración que expone Jesús. Erguido ante Dios, él oraba así: «¡Oh, Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias…» (Lc 18,11-12). Era intachable en cuanto a la ley. Pero no pasó la prueba, como declara Jesús: «Les digo que este no bajo a su casa justificado». En cambio, el publicano suplicaba a Dios que no lo pusiera a prueba; le decía: «¡Oh, Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!». Este bajó a su casa justificado. ¿Justificado por quién? Justificado no por sus obras, que eran malas, sino por la fidelidad de Otro, que, sometido a la prueba, fue hallado fiel.
Cuando san Pablo se convirtió al cristianismo, le fue concedido comprender, por revelación, que el ser humano no se justifica por su propio cumplimiento de una ley, aunque sea intachable, sino por un don de la gracia, que se recibe por la fe en Cristo. Y así lo declara: «Conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino solo por la fe en Jesucristo, también nosotros (san Pedro y él mismo) hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado» (Gal 2,16).
La traducción: «La fe en Cristo» es ya una opción nuestra (de la mayoría de las Biblias). Pero es una opción que ‒nos atrevemos a afirmarlo‒ san Pablo no habría aprobado. La expresión griega dice: «Pistis Xristou». Literalmente: «La pistis de Cristo». Pero el sustantivo «pistis» tiene una doble acepción: «fidelidad» y «fe» y, al traducir al español, hay que optar por una. La acepción «fidelidad» se puede aplicar a Cristo en modo genitivo, como en el original griego (y también la traducción latina: fides Christi): «La fidelidad de Cristo». En cambio, la acepción «fe» no se puede aplicar en modo genitivo a Cristo, porque no leemos que Él tenga fe. Si se opta por la acepción «fe», entonces hay que traducir: «La fe en Cristo» y designa el acto nuestro de «creer», aunque siempre es un don de Dios. Por tanto, estando ambas cosas presentes en la expresión «pistis Xristou», a saber, «la fidelidad de Cristo» y «la fe en Cristo», podemos afirmar que la justificación acontece por el encuentro de dos cosas simultáneas, que están contenidas en la misma expresión griega «pistis Xristou» (se dice que es una expresión «preñada»): la fidelidad de Cristo (literal), que ofrece un apoyo seguro, que no defrauda; y la fe en Cristo, que lo toma a Él como la roca en que fundar la vida en la certeza de no quedar defraudado. Este es el concepto bíblico de fe, que se expresa por la palabra hebrea «amén» (es fundamento firme, que no defrauda) y se representa por una roca (Sal 19,15; 28,1; 62,6-8; 73,26; 89,27; Is 26,4; 44,8 y passim). Es seguro que san Pablo, debiendo optar por una traducción en español, habría elegido: «El ser humano es justificado solo por la fidelidad de Jesucristo». Como medio de justificación, en lugar de la Ley, san Pablo pone una Persona, Cristo.
Tenemos en el Evangelio de Mateo una imagen plástica de todo esto, cuando Pedro camina sobre el agua (Mt 14,25-32). La Palabra de Jesús, que le dijo: «Ven», es firme y ofrece un apoyo seguro; puede hacer que el agua sustente a Pedro. Mientras Pedro creyó, el agua, de hecho, era firme bajo sus pies; pero, cuando su fe decayó, el agua ya no lo sustentaba. El reproche de Jesús fue: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?». Para que Pedro caminara sobre el agua tenían que encontrarse la fidelidad de la Palabra de Jesús, que la hace digna de ser creída, y la fe de Pedro, que de hecho cree en esa Palabra. La caída se produce siempre por nuestra falta de fe, nunca porque la Palabra de Dios falle, ¡impensable! Jesús asegura: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica es como el hombre prudente, que edificó su casa sobre la piedra» (Mt 7,24).
Jesús es el único que es llevado por Dios a la prueba, a la tentación, durante cuarenta días en el desierto, y permanece fiel, dando plena satisfacción a su Padre y, de esa manera, reparando los cuarenta años de murmuración e infidelidad de su pueblo, cuando fue sometido a la prueba durante cuarenta años en el desierto. Así entendemos que Jesús sea llevado por el Espíritu Santo al desierto para enfrentar esa prueba, como leemos en el Evangelio: «Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, tentado por el diablo, durante cuarenta días» (Lc 4,1-2). El resultado de esta prueba lo expresa Lucas diciendo: «Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno» (Lc 4,13). Jesús sufrió toda tentación (peirasmós) y permaneció fiel. La prueba suprema será su muerte en la cruz y también allí se reveló como el Justo. Nosotros somos justificados por su justicia, por su fidelidad. Es un puro don.
Esto es lo que san Pablo llama: «Mi Evangelio». Él se aparta del judaísmo al escribir: «Ya demostramos que tanto judíos como griegos están bajo el pecado, como dice la Escritura: “No hay quien sea justo, ni siquiera uno”. No hay un sensato, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se corrompieron; no hay quien obre el bien, no hay siquiera uno» (Rm 3,11-12). ¿Cómo son justificados, entonces? Escuchemos lo que él responde: «Ahora, independientemente de la Ley, la justicia de Dios se ha manifestado, –atestiguada por la Ley y los Profetas–, justicia de Dios por la fidelidad de Jesucristo (fe en Jesucristo), para todos los que creen –pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios– y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe… ¿Dónde está, entonces, el derecho a gloriarse (la káuchesis)? ¡Queda eliminado!» (Rm 3,21-25.27).
Antes, san Pablo se presentaba ante Dios diciéndole: «Ponme a prueba (tiéntame) y no encontrarás injusticia en mí, porque cumplo la ley de modo intachable». Como dijimos, es la actitud del fariseo, que Jesús reprueba. Eso es «gloriarse». Eso quedó eliminado y ahora san Pablo ora diciendo: «Señor no me sometas a prueba», pues ningún viviente es justo ante ti y «bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne» (Rm 7,18).
Este es el sentido de la sexta petición del Padre Nuestro: «No nos pongas a prueba, sino líbranos del mal». Jesús nos enseña a orar como el publicano que quedó justificado: «No nos pongas a prueba, sino ten misericordia de nosotros que somos pecadores».
Para corroborar el sentido que hemos dado al sustantivo griego «peirasmós» en la sexta petición del Padre Nuestro, vemos en el Evangelio que, no solo el Padre es sujeto del verbo «peiradso», sino también Jesús.
Juan 6, 5-6
«Alzando Jesús los ojos y viendo que una gran multitud venía hacia Él, dice a Felipe: “¿Dónde compraremos panes para que coman estos?”. Esto lo decía probándolo (peirádson auton), porque Él sabía lo que iba a hacer».
El evangelista explica que, si Jesús hace esa pregunta a Felipe, no es porque ignore algo, sino para ponerlo a prueba (tentarlo). Felipe no salió aprobado: «Le respondió Felipe: “Panes por el valor de doscientos denarios no bastan para que cada uno reciba un pedazo”» (Jn 6,7). Podemos suponer que, viendo la multiplicación de los panes, consciente de su falta de fe y de su debilidad, Felipe en adelante orará así: «Señor, no me pongas a prueba, sino líbrame de mi incredulidad».
Se puede decir que, también a Pedro, Jesús lo puso a prueba, como se lo advirtió: «Me negarás tres veces». Luego, lo examinó otras tres veces: «¿Me amas?» (Jn 21,15-17). Si Pedro hubiera estado consciente de su debilidad, le habría pedido: «Señor, créeme que mi deseo es ir hasta la muerte contigo; pero no me pongas a prueba».
Por último, también se repite el verbo «peiradso» en el sentido de poner a prueba, cada vez que son los hombres el sujeto, con relación a Jesús: «Se levantó un legista y tentándolo (ek-peiradson auton) le dijo: Maestro, ¿qué tengo que hacer…?» (Lc 10,25). No lo está induciendo al mal, sino verificando la enseñanza de Jesús, para ver si es conforme a la Ley o no.
Así lo usa también Jesús en el caso del tributo al César: «Conociendo Jesús la malicia de ellos, dijo: “Hipócritas, ¿por qué me tientan (peiradsete me)?”» (Mt 22,18). En este caso, se trata de una trampa que le ponen, para «sorprenderlo en alguna palabra» (Mt 22,15).
8. Propuesta de solución
La dificultad en la comprensión de la sexta petición del Padre Nuestro se origina por la traducción del término «peirasmós». En nuestras lenguas modernas –español, italiano, francés, inglés– ese término griego ha sido traducido por: «tentación». Pero esta palabra en nuestras lenguas tiene un solo significado: «inducción al pecado por medio de seducción o engaño». Así entendido, es una acción que se reserva a Satanás que es el «padre de la mentira» (Jn 8,44) o a otro agente suyo. La tentación es, como bien dice el Papa Francisco, «el departamento de Satanás». En este sentido no puede ser, de ninguna manera, una acción de Dios.
Pero en la Escritura la acción que designa el término griego «peirasmós» tiene como sujeto, generalmente, a Dios mismo, como hemos visto en los textos del Antiguo Testamento que hemos analizado. Pero también es una acción del hombre, más aun, en relación con Dios, como leemos en el Salmo 95: «No endurezcan su corazón, como en la exasperación (Meribah), según el día de la prueba (gr. peirasmós, hebr. Massah) en el desierto, donde me pusieron a prueba (verbo: peiradso) los padres de ustedes; me examinaron, aunque habían visto mis obras» (Sal 95,8-9, traducido de la LXX, 94,8-9).
Obrando de esa manera, violan un mandamiento de la ley: «No tentarás (verbo ek-peiradso) al Señor tu Dios, como lo tentaste en la Tentación (sust. peirasmós)» (Dt 6,16 LXX). En este texto la palabra de la LXX «peirasmós» traduce el hebreo «massah», que da el nombre a ese lugar: Massah. Hay que traducir: «No pondrás a prueba al Señor tu Dios, como lo pusiste a prueba en Massah».
Cuando el sujeto es Satanás, en el Antiguo Testamento su acción no se expresa con el verbo «peiradso», ni con el sustantivo «peirasmós». Vemos a Satanás hacer caer a Eva. Pero allí su acción es descrita por Eva con el verbo «engañar»: «La serpiente me engañó y comí» (Gn 3,13). Ya en el Nuevo Testamento, cuando san Pablo recuerda esa caída en su segunda carta a los Corintios, lo hace en estos términos: «Temo que, al igual que la serpiente engañó a Eva con su astucia, se perviertan las mentes de ustedes apartándose de la sinceridad con Cristo» (2Cor 11,3).
Volviendo al Antiguo Testamento, es notable la acción de Satán en el libro de Job. Pero allí nunca se usa el verbo «peiradso» ni el sustantivo «peirasmós», y quien autoriza a Satán para que golpee a Job es Dios mismo: «Dijo el Señor a Satán: “Ahí tienes todos sus bienes en tus manos; cuida solo de no poner tu mano sobre él”» (Jb 1,12). A pesar de haber perdido todos sus bienes, Job permanece fiel, de manera que Dios reprocha a Satán diciendole: «Job aun persevera en su entereza, y tú sin razón me has incitado contra él para perderlo» (Jb 2,3). Por segunda vez dice Dios a Satán, esta vez permitiéndole herir a Job en su carne: «Y dijo el Señor a Satán: “Ahí lo tienes en tus manos; pero respeta su vida”» (Jb 2,6). En el extremo de la prueba, Job entiende que esto es algo que proviene de Dios y reprocha a su mujer que lo induce a maldecir a Dios, diciéndole: «“Hablas como una estúpida. Si aceptamos de Dios el bien, ¿no hemos de aceptar el mal?”. En todo esto no pecó Job con sus labios» (Jb 2,10). Job, en realidad, fue probado por Dios. Aunque la acción de Satán no se expresa con el verbo «tentar», tiene, sin embargo, como finalidad hacer que Job reniegue de Dios. No lo logra, porque Job se mantiene fiel.
En el libro del Apocalipsis se identifica Satanás con la serpiente antigua y con el diablo, pero es llamado «seductor» y «acusador» y no se le atribuye la acción de «tentar»: «Fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él. Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: “Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios”» (Ap 12,9-10).
¿De dónde proviene, entonces, que la acción de Satanás la llamemos nosotros «tentación» y que esta acción se reserve a él? Proviene del Evangelio y del episodio en que el Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo, es llevado a la prueba. El agente de esta prueba es Satanás y su acción se describe como «peirasmós»: «El Espíritu impulsa a Jesús al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado (verbo: peiradso) por Satanás» (Mc 1,12-13). La acción de Satanás tiene como objeto hacer que Jesús sea infiel a su condición de verdadero hombre, induciéndolo a usar de su poder divino para satisfacer sus necesidades humanas. Aquí está el origen de que esa acción, que aquí se llama «tentación», se atribuya a Satanás y se reserve a él. Mateo y Lucas agregan el detalle de esas insidias de Satanás. Lucas las llama «tentaciones»: «Acabada toda tentación, el diablo se alejó» (Lc 4,13); y Mateo llama a su agente «el tentador»: «Acercándose el tentador (ho peirádson), le dijo: “Si eres Hijo de Dios…”» (Mt 4,3). Pero notemos que en esos mismos relatos la acción de tentar no se reserva a Satanás; se dice también del hombre en relación con Dios en el texto bíblico con que Jesús rechaza una de las incitaciones de Satanás: «Está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”» (Mt 4,7; Lc 4,12. La cita es de Dt 6,16, en un texto visto más arriba). Dado que se usa el mismo verbo «tentar» de la acción de Satanás, esa respuesta de Jesús suele entenderse mal, como si estuviera diciendo a Satanás: «No me tentarás a mí, que soy el Señor tu Dios». El verdadero sentido se deduce de la tentación: «El diablo lo llevó consigo a la Ciudad Santa, lo puso sobre el alero del Templo, y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, lánzate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna”». Lanzarse abajo habría sido «poner a prueba» a Dios, es decir, obligarlo a cumplir su palabra de enviar a sus ángeles para que lo reciban en sus manos. Jesús no lo hace en obediencia a lo escrito: «No pondrás a prueba al Señor tu Dios».
Observemos que Mateo llama al diablo «ho peirádson» (Mt 4,3), es decir, lo llama con el participio activo del verbo «peiradso» (el que tienta). Pero Juan usa idéntica palabra para referirse a Jesús cuando pone a prueba a Felipe: lo dijo «peirádson auton» (Jn 6,6). Demuestra que idéntico verbo, según el contexto, debe traducirse en un caso por «el tentador» y en el otro caso «poniéndolo a prueba».
Debemos decir que el sujeto principal y más frecuente en la Biblia del verbo «peiradso» es Dios. Pero, cuando Él es el sujeto de ese verbo, no podemos traducirlo en nuestras lenguas por «tentar», porque en nuestras lenguas ese verbo se reserva a la acción de incitar a pecar y su sujeto es el diablo u otro agente suyo. Por tanto, la «tentación» no puede atribuirse a Dios. Cuando Dios es el sujeto, el mismo verbo se traduce siempre por «poner a prueba». Y así debemos hacerlo con el sustantivo que se deriva de esa acción en la traducción española de la sexta petición del Padre Nuestro. Esa petición adquiere su verdadero sentido cuando se traduce: «No nos pongas a prueba». No podemos presumir de responder como Abraham o como Job y ciertamente no lo haremos como Jesucristo, nuestro Señor.
9. Verificación
En nuestra versión española las dos últimas peticiones del Padre Nuestro están unidas por la conjunción «y», es decir, están puestas una junto a la otra sin ninguna relación entre ellas: «No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal». En la versión griega original, en cambio, es clara la conjunción adversativa «allá», que une ambas peticiones, estableciendo entre ellas una relación de oposición: «No esto… sino esto otro». Esa relación se mantiene correctamente en la versión latina: «Ne nos inducas in tentationem, sed libera nos a malo». En la traducción española actual la conjunción adversativa se perdió, porque esa traducción no lo permite. Una buena traducción debe mantener esa relación entre ambas peticiones, que se mantiene con la traducción propuesta: «No nos pongas a prueba, sino líbranos del mal». Es como decir: «Si nos pones a prueba no podrás complacerte en nosotros como te complaces en tu Hijo, porque encontrarás en nosotros algo de mal; no lo hagas, sino más bien líbranos de ese mal, que habrías encontrado en nosotros». Somos hijos de Dios. Por eso Jesús nos enseña que llamemos a Dios «Padre». Pero no podemos presumir de estar a la altura de «el Hijo».
Pedimos al Padre que no nos ponga a prueba, «porque nada bueno habita en nosotros» (cf. Rm 7,18), sino que nos libre del mal. Exclamamos con san Pablo: «¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» (Rm 7,24). Esa liberación es lo que pedimos a nuestro Padre, en lugar de que nos ponga a prueba. Y, como confiamos en que Él nos escucha, respondemos con san Pablo: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rm 7,25). Esto se ve confirmado por la afirmación de san Juan: «Si decimos: “No tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros» (1Jn 1,8). Sin ir más lejos, en la misma oración que Jesús nos enseñó, según Lucas, pedimos: «Perdónanos nuestros pecados» (Lc 11,4. Mateo dice: «nuestras deudas»). La petición: «No nos pongas a prueba» es una confesión humilde de nuestro pecado y debilidad y un reconocimiento de que basta con que Dios haya encontrado plena complacencia en su Hijo para que nosotros gocemos de la filiación divina en Él y podamos llamar a Dios «Padre» con plena verdad.
Una última verificación: es muy raro que en una oración que Jesús nos dice que dirijamos a Nuestro Padre Dios, no haya ninguna petición de misericordia. Esta sexta petición –«No nos pongas a prueba»– es un reconocimiento de nuestro pecado y, por tanto, una petición de su misericordia con nosotros que somos pecadores. Es como la oración del publicano que Jesús tanto recomienda en la «parábola del fariseo y el publicano», que subieron al templo «a orar». Así oraba el publicano, que fue agradable a Dios: «¡Oh, Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!» (Lc 18,13-14). Ese publicano habría entendido bien la sexta petición del Padre Nuestro. Nosotros lo pedimos miles de veces a la Madre de Dios en el Ave María: «Ruega por nosotros, pecadores».
En la traducción de la sexta petición (y séptima) que se ha propuesto se mantienen dos cosas: 1) Fidelidad el texto original del Evangelio, que no tiene crítica textual y que se dirige a Dios, llamándolo «Padre», y 2) Visto que cada vez que Dios es sujeto del verbo «peiradso» se traduce por «poner a prueba», hace eso también en el Padre Nuestro.
Es cierto que la traducción propuesta requiere una catequesis bíblica más profunda. Pero no podemos prescindir de hacerlo, porque así mantendremos la fidelidad a lo que Jesús nos enseñó.
Expreso, por tanto, el ferviente deseo que algún día no lejano podamos orar verdaderamente como Jesús nos enseñó: «No nos pongas a prueba, sino líbranos del mal».
NOTA
[1] Licenciado en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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