Edición 1.204 de La Revista Católica – ¿Quién te ha dado esa autoridad?

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El estallido social que ha afectado la vida de Chile los últimos tres meses se da a la par de la preparación de la celebración del centenario de la pascua de Santa Teresa de Los Andes. Se trata de dos realidades que parecen contrapuestas, pero que miradas a la luz de la fe encuentran un eco en el corazón de la Iglesia: así como nos regocijamos por el testimonio juvenil de una mujer que amó locamente a Cristo, también nos cuestionamos por las heridas sociales que han llevado a una nación que se creía exenta de problemas a un profundo terremoto institucional. En esa dinámica, la vida de la Iglesia también sufre sus convulsiones, propias y ajenas, y está desafiada a responder a los signos de los tiempos desde su misión de hacer presente el Reino de Dios en medio del acontecer histórico.
Estos dos temas, entre otros, se abordan profundamente en la edición 1.204 de La Revista Católica, última en estar dirigida desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago, y que ahora pasa a prepararse desde la Vicaría para el Clero.
¡Al comenzar este 2020 les deseamos un año lleno del Amor y la Misericordia de Dios, seguros de que si nos dejamos empapar por su gracia, podermos encontrar renovados caminos para ser Iglesia servidora para un Chile nuevo!

EDITORIAL

¿Quién te ha dado esa autoridad?

Han pasado casi tres meses desde el estallido social que cambió el rumbo de Chile. Las manifestaciones ciudadanas masivas de los primeros días, que evidenciaron un malestar transversal en la población y el justo deseo de una mayor dignidad de vida para todos, dieron paso a olas de violencia que se tomaron tanto las calles del país como su debate público. La incontrolable irracionalidad que se verificó en cientos de acciones de frenesí destructivo también se instaló en amplios ámbitos de la discusión política.
Tan escandalosa como la inequidad y tan vergonzosa como la delincuencia desatada, resultaron (y siguen haciéndolo) las batallas verbales que ocuparon las cámaras del Congreso, los medios de comunicación y las redes sociales. Así, nos hemos visto expuestos al desfile permanente de una pléyade de figuras, muchas de ellas sin más autoridad que la de una opinión de origen gutural, carentes de empatía y asertividad, que han configurado un escenario de diálogo cívico más parecido a un ring de box que a un areópago donde resuenen las ideas constructivas y no los gritos demoledores.
Como sociedad y como individuos, pasivos o activos, nos hemos ido intoxicando en un ambiente humano repleto de actores políticos y sociales sin temperancia ni prudencia, que a fuerza de descalificaciones cruzadas y/o de fake news, han tratado de arrogarse la representatividad de “la calle” o “el pueblo” y, de paso, sacar una tajada de beneficio político. Esta irracionalidad ostensible ha sido también un saqueo a nuestra convivencia social y a nuestra frágil amistad cívica.
Sería injusto desconocer los muchísimos aportes que, pese al escenario caótico, se abren un espacio y, al menos, logran ser escuchados y validados. Provienen sobre todo de representantes de diversas organizaciones de la sociedad civil que heroicamente se han aventurado a entrar en la arena pública con propuestas lúcidas, con deseos de avanzar hacia una Patria fraterna, caracterizada por la justicia y la dignidad… y sin intereses alternativos, sin miedo a perder capital político de ningún tipo. Ellos son bienaventurados, porque tienen hambre y sed de justicia y porque son artesanos de paz.
Y en medio de este tráfago, muchos critican que la voz de la Iglesia Católica no se ha sentido. Y es cierto, no se ha escuchado, pero no porque no se haya pronunciado, sino por la evidente pérdida de legitimidad social en que nos encontramos como testigos de Cristo. Hoy la voz de la jerarquía no tiene eco en los medios masivos y pocos han dado el paso de buscar vías alternativas para difundir sus posturas. Las declaraciones emanadas de la Conferencia Episcopal y aquellas que cada obispo y comunidades religiosas han realizado hasta ahora, lamentablemente, no pasan de ser una voz más en medio de la jauría. Quienes las han respondido por medio de las redes sociales, sin considerar el fondo evangélico y propositivo de ellas, han refutado la calidad moral de la Iglesia para proponer cualquier tipo de salida a una crisis de la cual también es responsable. En el fondo, como se lo preguntaron alguna vez a Jesús en el templo, hoy lo hacen con nosotros como discípulos suyos: ¿Quién te ha dado esa autoridad? (Mt 21,23).
¿Qué hacer? Perseverar, seguros de la vocación que hemos recibido de proclamar la Palabra a tiempo y a destiempo (cfr. 2Tm 4,2). Y esto nos exigirá vivir nuestra identidad cristiana profundamente, no dejándonos llevar por las pasiones del debate público que obnubilan cualquier razón. Y aun eso no basta.
De cara a este escenario en que nos percibimos desde la impotencia de nuestra poca relevancia social, se debe renovar el compromiso por ser una Iglesia servidora, que colabora en la reconstrucción del tejido social, primordialmente, desde su vivencia testimonial y coherente de la radicalidad evangélica. Esto ha de traducirse en un compromiso firme con la promoción humana, que busca la dignificación de cada persona y el respeto inalienable de sus derechos fundamentales.
Pero junto a ese empeño que ha de ser efectivo y concreto, es necesario ver y juzgar la realidad desde la razón y con mirada sobrenatural. La aproximación racional permitirá una ponderación de los abundantes hechos y opiniones que se sobreponen vertiginosamente, a veces, precarizando la calidad del discernimiento personal y comunitario. Es necesario no caer en las soluciones fáciles, los análisis simplistas y, por sobre todo, no responder desde las ideologías de ningún color político. Ojo que la Iglesia también corre el riesgo del populismo. Pero junto a esto, que es una línea de base para un actuar cívico constructivo, como cristianos debemos siempre integrar la mirada sobrenatural que nos da nuestra fe en Jesucristo, tanto en el escrutinio de los signos de los tiempos como en la respuesta evangélica que estamos llamados a dar. Eso sí, sin ceder a la tentación efectista de querer resultados inmediatos, porque no los habrá.
Hoy es tiempo de sembrar nuevas semillas del Reino de Dios, ciertos de que su plenitud solo nos aguarda en un futuro escatológico, pero no menos ciertos de que ese Reino puede y debe adelantarse, y de que es nuestra misión entregar la vida para que eso suceda hoy. La legitimidad de la voz de la Iglesia será entonces, no un activo político que custodiar a cualquier precio, sino la consecuencia natural de una fe vivida con radicalidad, y que podrá ser fermento en una masa que necesita crecer para el bien de la humanidad.

 

La Revista Católica
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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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