¿Falta de curas o estructura inadecuada? – José Ignacio Fernández S., pbro

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Artículo publicado en la edición Nº 1.204 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2019)
Autor: José Ignacio Fernández S., pbro.
Para citar: Fernández, José Ignacio, ¿Falta de curas o estructura inadecuada?, en La Revista Católica, Nº1.204, octubre-diciembre 2019, pp.492-496.

 

 

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¿Falta de curas o estructura inadecuada?
José Ignacio Fernández S., pbro. [1]

Me ha parecido oportuno mirar, desde la reflexión eclesiológica, la cada vez más frecuente inquietud acerca de la escasez de presbíteros, al menos, en las iglesias particulares de vieja y mediana edad, producto de la disminución de personas en los seminarios y el consecuente menor número de ordenaciones. Las afirmaciones al respecto suelen expresarse bajo forma de quejas por aquello que se hace (o no se hace) en la pastoral vocacional-presbiteral, o por los “pocos frutos” de una diócesis en particular. Estas son manifestaciones que se acompañan habitualmente de un lamento doloroso ante la evidente disminución de ministros ordenados que, lejos de detenerse, avanza.
Ahora bien, aparejada a esta mengua de sacerdotes, se genera también un aumento de la carga pastoral de cada uno de ellos. En matemática simple, si se mantiene la misma estructura organizacional de la Iglesia, donde los presbíteros siguen desempeñando el mismo tipo y cantidad de tareas, es natural que a cada sacerdote le corresponda un número mayor de actividades que realizar. Es decir, a la misma persona, se le asignan progresivamente más labores y más responsabilidades, y se debe gestionar su presencia en distintos lugares y ambientes eclesiales, exigiendo una capacidad de respuesta y adaptación cada vez mayor. Algunos consideran que este esfuerzo de mantener las mismas estructuras con menos presbíteros es verdaderamente «hacer ingeniería».
A su vez, se presenta la tentación de circunscribir el ejercicio del ministerio sacerdotal a la mera presidencia de la Eucaristía y a la administración de los demás sacramentos. Esto implica una comprensión reduccionista del ministerio al munus sanctificandi, en desmedro de los munus docendi y munus regendi. Esta reducción –considerada como forzosa por las circunstancias–, desprovee el contexto integral en el cual el Concilio Vaticano II sitúa el ministerio ordenado, que reconoce que los presbíteros «quedan consagrados como verdaderos sacerdotes de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (cf. Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para anunciar el Evangelio a los fieles, para dirigirlos y para celebrar el culto divino». (Constitución dogmática Lumen Gentium 28).
De cara a esta realidad, los presbíteros experimentan un detrimento en su capacidad de servicio de conducción-cuidado de la comunidad y de anuncio de la Palabra, junto con una percepción de aumento del estrés y riesgo de burnout en ellos mismos. De hecho, la opción de mantener la actual estructura de funcionamiento pastoral con cada vez menos sacerdotes, lleva inevitablemente a la desazón por parte de la comunidad cristiana y a un ejercicio menos gozoso del ministerio por parte de los presbíteros.
1. ¿Pocos presbíteros?
Detrás de las circunstancias que han generado este escenario actual, parece revelarse la tesis de que la estructura organizacional ordinaria actual, tal y como funcionan nuestras parroquias y diócesis, no pudiera ser modificada. Aceptando esta tesis, evidentemente los sacerdotes son pocos. Pero también podemos abrirnos a la pregunta, si acaso la estructura organizacional no será la inadecuada para el número de sacerdotes actuales.
El primer camino asume la estructura pastoral como algo rígido, para la cual los ministros son pocos, y se lamenta por la realidad y sus consecuencias. De modo diferente, un segundo camino podría asumir la realidad –incluso acogerla– para abrirse a buscar nuevos modelos estructurales de organización. ¿Cuál de estas actitudes dispondrá mejor a cada iglesia particular a atender a las mociones que el Espíritu le suscita hoy?
Cuando hablamos de cambios estructurales en la organización, nos referimos a aquellas formas que no se pueden modificar sin generar impactos profundos en los demás elementos del ensamblaje organizacional. Por el contrario, al referirnos a formas no-estructurales, aludimos a aquellas que pueden ser reformadas sin que afecten esencialmente los demás elementos de la estructura. Cuando intentamos que los presbíteros re-ordenen sus tareas, sin afectar al resto de los elementos de la organización, permanecemos en las formas no-estructurales. Al contrario, cuando pensamos en nuevas formas, que implican una modificación de otros elementos de la vida eclesial e implican las relaciones con los demás miembros, estamos hablando de cambios estructurales de nuestra organización eclesial.
Cuando intentamos hacer cambios no-estructurales, al momento que la realidad exige otra cosa, bien nos podríamos aplicar la parábola del vestido viejo que se parcha con el recorte de uno nuevo, de modo que «lo añadido tira del vestido, y se produce un desgarrón peor» (Mt 9,16). Seguir solo lamentándonos, puede llevarnos a la tristeza y a la desolación, que ya se perciben en algunos círculos. Recordemos que el Papa Francisco nos animó en Chile a «no rumiar la desolación»[2], porque sabemos que eso no es del Espíritu. En cambio, acoger nuestra realidad como un don, antes que vivir lamentándonos o acrecentando nostalgias del pasado, puede ayudarnos a abrirnos a la voz del Espíritu que nos habla y por medio del cual el Señor hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).
2. Discernimiento sinodal
¿Sería, entonces, posible responder a los desafíos de los tiempos por medio de una reforma de las estructuras pastorales, con el objetivo que estas se adapten a la realidad del número de presbíteros en cada iglesia particular? Un camino así podría adentrarnos en la escucha del Espíritu, y hacer de la «falta de sacerdotes» una oportunidad. En el contexto de la reforma sinodal que avanza en la Iglesia, el modo cómo se busquen las respuestas no es indiferente. Necesitamos todos juntos ponernos a la escucha de lo que «el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap 2,11), activando la sinodalidad desde las estructuras más pequeñas, pero no menos significativas, de nuestra comunidad. La habilitación de espacios de discernimiento acerca de elementos estructurales de nuestra vida eclesial, y no solo de elementos organizacionales secundarios, puede jugar una función crucial en nuestra disponibilidad a la acción del Espíritu.
El proceso sinodal permanente de escucha y discernimiento, en los consejos pastorales parroquiales y diocesanos, así como en aquellos de las pastorales ambientales, se encuentra ante la posibilidad de volverse altamente significativo en este aspecto concreto de una estructura no adecuada al número de presbíteros de cada iglesia particular. La participación activa de los diversos miembros de la comunidad, por medio de representantes válidos, puede ayudarnos a evitar que una revisión de la estructura organizacional quede sujeta al discernimiento de pequeños grupos o elites dentro del Pueblo de Dios.
En el discernimiento tendremos que ser cautelosos para no caer en la tentación de la queja nostálgica por la falta de presbíteros, que puede deteriorar nuestra respuesta y encerrarnos sobre nosotros mismos. Hacer camino juntos, «uno en escucha de los otros; y todos en escucha del Espíritu Santo»[3] no consiste solo en «hacer ingeniería», propiciando innovaciones para que cada presbítero pueda responder a más tareas. Recordando que la Iglesia como sujeto colectivo es la responsable de la misión, a menos presbíteros habrá que preguntarse acerca de un modo nuevo de ser «comunidad evangelizadora» (Exhortación apostólica Evangelii Gaudium 24), y será objetivamente necesario pensar una estructura pastoral de todo el Pueblo de Dios que reduzca el número de actividades que ellos hoy realizan.
3. Posibles puntos de partida
No se pretende aquí ofrecer soluciones, pero sí presentar algunos nudos, que pueden servir de ejemplo o punto de partida para la pensar de forma situada y sinodalmente el futuro ejercicio del ministerio presbiteral.
El clericalismo. Sin lugar a dudas la comprensión piramidal de la comunidad parroquial y de las pastorales ambientales, junto con dañar la vida del Pueblo de Dios, es causa de un desgaste innecesario de los ministros ordenados, que multiplican sus tareas para ocupar todos los espacios. La apertura a que otros asuman responsabilidades en algunos servicios, como consejos pastorales donde realmente se comparta la responsabilidad misionera en el ejercicio del sacerdocio común –al servicio del cual está el sacerdocio ministerial[4] (Lumen Gentium 10)– podrían ayudar en esta necesaria des-clericalización.
En esta misma línea se puede plantear una mayor profundización en la comprensión de la función del diaconado permanente, cuyo proceso de restitución iniciado por el Concilio Vaticano II sigue en progreso. En efecto, si se asume plenamente la consideración de que los presbíteros están destinados ad-sacerdotium y los diáconos ad-ministerium al interior de cada iglesia particular[5], ¿no podremos revisar el hecho que sea un diácono y no un presbítero quien represente al obispo en los ámbitos directivos de las instituciones de caridad o educacionales diocesanas?
La organización pastoral en las ciudades en rápido crecimiento. Existen ciudades en las cuales su centro antiguo (centro comercial, “casco viejo”) cada vez está menos habitado, pero se mantienen estructuras parroquiales o de santuarios que requieren un alto número de presbíteros y misas dominicales. Paradójicamente, esas mismas ciudades ven crecer la densidad poblacional de sus barrios periféricos, pero no así la disponibilidad de misas dominicales, que resulta considerablemente menor respecto de las áreas menos habitadas. ¿Qué decisiones respecto a la estructura pastoral de estas ciudades se podrían tomar en función de la misión, antes que de la mantención? Seguro que el consejo pastoral de una diócesis que enfrente una realidad así será capaz de ayudar en un maduro discernimiento al respecto, en un proceso en el que puedan participar activamente las parroquias involucradas.
La organización pastoral de las parroquias con gran extensión rural. Fue común en Chile que, parroquias con un amplio territorio rural y ante las posibilidades de un número mucho mayor al actual de presbíteros, consideraran oportuno una estructura pastoral que multiplicaba las capillas en diversas localidades para la celebración de la Eucaristía. En ese entonces, ante los dificultosos caminos y las menores posibilidades de movilización de las personas, se trató de una bella y eficiente respuesta el hecho que los sacerdotes se desplazasen hacia estas pequeñas comunidades para ofrecerles la Eucaristía.
Sin embargo, hoy en día, en muchos lugares los caminos y los medios de movilización han mejorado sustancialmente, de modo que los miembros de varias de estas comunidades rurales acceden ordinariamente durante la semana al pueblo donde se encuentra la sede parroquial, o se pueden mover en cuestión de minutos de una a otra capilla. Ante esto, y la creciente migración hacia los núcleos urbanos, ¿no será oportuno revisar esa estructura pastoral, con un delicado discernimiento entre una y otra comunidad, cuando hoy hay un presbítero, donde antes había dos y hasta tres?
Ya al inicio de los años 70 del siglo pasado Karl Rhaner, mirando la realidad alemana, advertía que los tiempos para hacernos cargo de los cambios no son indiferentes:
«La planificación del futuro ha de hacerse a tiempo. Si se sabe, por ejemplo, que dentro de diez años quizá solo la mitad de las actuales parroquias estarán ocupadas por un sacerdote propio, entonces hay que tomar ya hoy medidas realmente perentorias para poder afrontar esta situación próxima. La planificación a tiempo es precisa, porque ahora se dan todavía posibilidades y condiciones para lo que después será necesario, las cuales desaparecerán si se sigue sin más como hasta ahora, porque nunca habrán sido probadas y experimentadas en la práctica»[6].
Estos y otros tantos nudos de la estructura organizacional se van haciendo progresivamente más evidentes en las iglesias particulares, un fenómeno que nos desafía a acoger la realidad como lugar teológico donde escuchar el soplo del Espíritu. En efecto, la llamada «falta de sacerdotes» puede transformarse en una oportunidad para la vida de la Iglesia, especialmente en el proceso de conversión sinodal y de transformación misionera de la pastoral, abandonando los implícitos criterios de mantención. Asumir la realidad, situadamente, como punto de partida en nuestro discernimiento, nos puede ayudar a salir de las lamentaciones, para no vivir parchando, sino buscando utilizar el vestido nuevo.
La vía que asume la inadecuación de la estructura pastoral de una parroquia o diócesis no niega el legítimo deseo de las iglesias particulares a tener más presbíteros, pero nos ayuda a no absolutizar este deseo, al contraponerlo con la posibilidad de discernir cambios estructurales en nuestra organización, que se adecuen a la realidad tal y como es hoy. Avanzar en esta vía, también puede conducirnos como Pueblo de Dios, incluidos los obispos, a vivir de modo agradecido por los presbíteros que hemos recibido y, por otro lado, a preservar el gozo de quienes participamos en la misión desde el ministerio presbiteral.
NOTAS
[1] Sacerdote de la Diócesis de Talca, Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Responsable Diocesano de Pastoral Vocacional.
[2] Francisco, Discurso con motivo del encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristas, Catedral de Santiago de Chile, 16 de enero de 2018.
[3] Francisco, Discurso en la conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, 17 de octubre de 2015, en Acta apostolicae sedis, CVII, Vaticano 2015, 1138-1144.
[4] Cf. Vitali, D., «Sacerdozio comune e sacerdozio ministeriale o gerarchico: rilettura di una questione controversa», Rassegna di Teologia 52 (2011) 39-60.
[5] Cf. Vitali, D., Diaconi. Che fare?, Milano 2019, 156-157.
[6] Rahner, K., Cambio estructural de la Iglesia, Madrid 2014, 73.

 

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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