Siete claves para leer la Carta apostólica Aperuit illis – Andrés Ferrada M., pbro.

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Artículo publicado en la edición Nº 1.204 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2019)
Autor: Andrés Ferrada M., pbro.
Para citar: Ferrada, Andrés, Siete claves para leer la Carta apostólica Aperuit illis, en La Revista Católica, Nº1.204, octubre-diciembre 2019, pp.469-474.

 

 

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Siete claves para leer la Carta apostólica Aperuit illis
Andrés Ferrada M., pbro. [1]

El lunes 30 de septiembre, memoria litúrgica de san Jerónimo, el Santo Padre Francisco ofreció una nueva Carta Apostólica bajo forma motu proprio. Este documento, titulado Aperuit illis, instituyó el Domingo de la Palabra de Dios, que se celebrará universalmente en la Iglesia Católica el tercer domingo del tiempo litúrgico ordinario.
1. El nombre: Aperuit illis
Aperuit illis (AI) corresponde a las primeras palabras del texto de la carta apostólica, que arranca con una cita en latín del tercer evangelio: «Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,45).
Este título dice relación con uno de los últimos gestos de Cristo Resucitado antes de su Ascensión, el cual posibilita que sus discípulos puedan acceder al sentido de la Sagrada Escritura, comprendiendo que «es necesario que se cumpliera todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos» (Lc 24,44), sobre todo que «el Mesías debía padecer para entrar en su gloria» (Lc 24,26). Esto es, llegar a entender profundamente el centro neurálgico de la existencia humana y de la misión del Maestro, así como de la historia de la salvación; que hasta ese momento no les había sido posible.
La Biblia, por tanto, en cuanto Sagrada Escritura, habla de Cristo y lo anuncia como el que debe soportar los sufrimientos para entrar en la gloria (cf. v. 26). No solo una parte, sino toda la Escritura habla de Él. Su muerte y resurrección son indescifrables sin ella… Es profundo el vínculo entre la Sagrada Escritura y la fe de los creyentes. Porque la fe proviene de la escucha y la escucha está centrada en la palabra de Cristo (cf. Rm 10,17), la invitación que surge es la urgencia y la importancia que los creyentes tienen que dar a la escucha de la Palabra del Señor tanto en la acción litúrgica como en la oración y la reflexión personal (AI 7).
El gesto del Resucitado de abrir el entendimiento a sus discípulos se prolonga en la historia hasta nuestros días. Por eso, el título escogido resume también la idea de fondo que impulsa al Santo Padre a brindar un nuevo documento pontificio: la Palabra de Dios está destinada a todo el Pueblo de Dios y, por lo mismo, es patrimonio común de todos los bautizados y, en sentido más amplio, de toda la humanidad, llamada ser iluminada con su resplandor. Esta es la senda abierta por Dei Verbum y continuada por el magisterio postconciliar, especialmente por Verbum Domini, escritos a los que explícitamente hace referencia, cita y actualiza:
La Biblia no puede ser solo patrimonio de algunos, y mucho menos una colección de libros para unos pocos privilegiados. Pertenece, en primer lugar, al pueblo convocado para escucharla y reconocerse en esa Palabra… La Biblia es el libro del pueblo del Señor que al escucharlo pasa de la dispersión y la división a la unidad. La Palabra de Dios une a los creyentes y los convierte en un solo pueblo (AI 4; cf. Ne 8).
Por tanto, es bueno que nunca falte en la vida de nuestro pueblo esta relación decisiva con la Palabra viva que el Señor nunca se cansa de dirigir a su Esposa, para que pueda crecer en el amor y en el testimonio de fe (AI 2).
2. El propósito de la carta:
La finalidad de la misiva es explícita en los números 2 y 3:
Dedicar concretamente un domingo del Año litúrgico a la Palabra de Dios nos permite, sobre todo, hacer que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable… Por tanto, con esta Carta tengo la intención de responder a las numerosas peticiones que me han llegado del pueblo de Dios, para que en toda la Iglesia se pueda celebrar con un mismo propósito el Domingo de la Palabra de Dios (AI 2).
Así pues, establezco que el III Domingo del Tiempo Ordinario esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios… Domingo de la Palabra de Dios (AI 3).
Por eso no se debe entender este domingo como un evento que se suma a una serie de otras efemérides o recuerdos anuales, si no que debe ayudar a que durante todo el año se vivencie una cercanía vital y renovadora con la Palabra de Dios:
El día dedicado a la Biblia no ha de ser “una vez al año”, sino una vez para todo el año, porque nos urge la necesidad de tener familiaridad e intimidad con la Sagrada Escritura y con el Resucitado, que no cesa de partir la Palabra y el Pan en la comunidad de los creyentes (AI 8).
En fin, este propósito es antiguo, contemporáneo a los textos bíblicos mismos:
Que el domingo dedicado a la Palabra haga crecer en el pueblo de Dios la familiaridad religiosa y asidua con la Sagrada Escritura, como el autor sagrado lo enseñaba ya en tiempos antiguos: esta Palabra «está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que la cumplas» (Dt 30,14) (AI 15).
3. Espíritu de unidad
El III Domingo del Tiempo Ordinario, si no coincide, siempre es cercano a la semana de oración por la unidad de los cristianos, que en casi todo el mundo se celebra del 18 al 25 de enero. Se trata de la iniciativa gestada por el entonces pastor episcopal Paul Watson que, en 1908, propuso un «octavario de oración» para impulsar el ecumenismo en torno a la fiesta de la iluminación de san Pablo, que en el encuentro con Jesucristo Resucitado alcanzó la plenitud de la fe.
La experiencia de Pablo, que esa fiesta conmemora, no solo dice relación con la unidad de todos los cristianos, sino también con nuestros hermanos mayores, los judíos, y, en realidad, también con todos los creyentes y quienes buscan a Dios con sinceridad, aun sin saberlo. De ahí el valor dialogal del Domingo instituido por el Papa, ecuménico e interreligioso:
El Domingo de la Palabra de Dios esté dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de Dios. Este se colocará en un momento oportuno de ese periodo del año, en el que estamos invitados a fortalecer los lazos con los judíos y a rezar por la unidad de los cristianos. No se trata de una mera coincidencia temporal: celebrar el Domingo de la Palabra de Dios expresa un valor ecuménico, porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una auténtica y sólida unidad (AI 3).
4. Medios
La celebración del Domingo de la Palabra de Dios supone la realización de algunas actividades para que el Pueblo de Dios pueda revivir el gesto de Cristo Resucitado que abre a los creyentes el entendimiento profundo de las Escrituras. El Papa propone varias:
…que en la celebración eucarística se entronice el texto sagrado, a fin de hacer evidente a la asamblea el valor normativo que tiene la Palabra de Dios… destacar su proclamación y adaptar la homilía para poner de relieve el servicio que se hace a la Palabra del Señor… celebrar el rito del Lectorado o confiar un ministerio similar para recordar la importancia de la proclamación de la Palabra de Dios en la liturgia… encontrar el modo de entregar la Biblia, o uno de sus libros, a toda la asamblea, para resaltar la importancia de seguir en la vida diaria la lectura… con una particular consideración a la lectio divina (AI 3).
Entre todas ellas, ciertamente, la predicación y actualización cobra especial valor, sobre todo porque los pastores «deben sentir con fuerza la necesidad de hacerla accesible a su comunidad» (AI 4), especialmente en la homilía, dado que «de hecho, para muchos de nuestros fieles esta es la única oportunidad que tienen para captar la belleza de la Palabra de Dios y verla relacionada con su vida cotidiana» (AI 4).
Esta realidad conlleva una serie de consecuencias pastorales ineludibles respecto de la homilía (AI 5):
– Dedicar el tiempo apropiado para prepararla.
– Evitar la improvisación.
– Esfuerzo de no alargarla desmedidamente.
– Que provenga de la oración y meditación personal.
– Que alcance los corazones de las personas que escuchan.
Respecto del ministerio eclesial de los catequistas se puede decir algo semejante, sobre todo que tengan «familiaridad» y «estudien» las Sagradas Escrituras, «para favorecer un verdadero diálogo entre quienes los escuchan y la Palabra de Dios» (AI 5).
5. Palabra de Dios y Eucaristía
En el Concilio Vaticano II se reflexionó con profundidad la relación y presencia de la Palabra de Dios en la liturgia, particularmente en la Eucaristía. En efecto, ha puesto de manifiesto las dos facetas del Pan de vida (cf. Jn 6) que la Iglesia ofrece en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (cf. Dei Verbum, 21; Sacrosanctum Concilium, 56).
Como a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24), el Señor en la Eucaristía nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan. Así enciende nuestros corazones del ardor de su presencia y del sentido de su pasión; así como nos dispone a la misión, poniéndonos de camino para ir a alentar a los hermanos y hermanas que están desorientados y/o desalentados. Por eso mismo, la Palabra de Dios celebrada en la liturgia nos lleva a una vivencia profunda de la comunión entre los miembros del Santo Pueblo de Dios:
El contacto frecuente con la Sagrada Escritura y la celebración de la Eucaristía hace posible el reconocimiento entre las personas que se pertenecen… Para esto necesitamos entablar un constante trato de familiaridad con la Sagrada Escritura, si no el corazón queda frío y los ojos permanecen cerrados, afectados como estamos por innumerables formas de ceguera… La Sagrada Escritura y los Sacramentos no se pueden separar (AI 8).
6. Acción del Espíritu Santo
La celebración de un domingo dedicado a la Palabra de Dios dice relación con la finalidad de la Iglesia misma. «Ella existe para evangelizar» (Pablo VI, Evangelii Nuntiandi 14) y, por lo mismo, portar la salvación de Dios a todos las mujeres y los hombres, precisamente en la comunicación íntima con el Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. El Señor Resucitado, Palabra viva de Dios, actúa por medio de su Espíritu y comunica la salvación. Este dinamismo se aprecia en las Sagradas Escrituras, que inspiradas por el Espíritu Santo, comunican y enseñan la verdad para nuestra salvación» (cf. 2Tm 3,15; Dei Verbum, 11) y, por lo mismo, deben ser leídas bajo el influjo del Espíritu Divino (Dei Verbum, 12):
La acción del Espíritu Santo no se refiere solo a la formación de la Sagrada Escritura, sino que actúa también en aquellos que se ponen a la escucha de la Palabra de Dios… «se ha de leer e interpretar con el mismo Espíritu con que fue escrita» (Const. dogm. Dei Verbum, 12). Con Jesucristo la revelación de Dios alcanza su culminación y su plenitud; aun así, el Espíritu Santo continúa su acción… Por tanto, es necesario tener fe en la acción del Espíritu Santo que sigue realizando una peculiar forma de inspiración cuando la Iglesia enseña la Sagrada Escritura, cuando el Magisterio la interpreta auténticamente (cf. ibíd., 10) y cuando cada creyente hace de ella su propia norma espiritual (AI 10).
Cuando la Sagrada Escritura se lee con el mismo Espíritu que fue escrita, permanece siempre nueva. El Antiguo Testamento no es nunca viejo en cuanto que es parte del Nuevo, porque todo es transformado por el único Espíritu que lo inspira. Todo el texto sagrado tiene una función profética: no se refiere al futuro, sino al presente de aquellos que se nutren de esta Palabra. Jesús mismo lo afirma claramente al comienzo de su ministerio: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21). Quien se alimenta de la Palabra de Dios todos los días se convierte, como Jesús, en contemporáneo de las personas que encuentra; no tiene tentación de caer en nostalgias estériles por el pasado, ni en utopías desencarnadas hacia el futuro (AI 12).
7. Caridad
La Sagrada Escritura en cuanto Palabra de Dios, por la acción del Espíritu Santo que la anima, conduce a quien la escucha y la acoge a producir frutos de amor y caridad, especialmente de reconciliación y misericordia. En efecto, quien acoge de verdad la Palabra que da vida en su existencia, entra necesariamente en una dinámica personal y comunitaria de comunicación de los dones que ha recibido de Dios con todos los hermanos y hermanas, sin distinción y sin condiciones de ningún tipo; portando la paz, el perdón y la ternura en las distintas dimensiones de la vida humana, la familia, la sociedad y el medio ambiente:
Otra interpelación que procede de la Sagrada Escritura se refiere a la caridad. La Palabra de Dios nos señala constantemente el amor misericordioso del Padre que pide a sus hijos que vivan en la caridad… Escuchar la Sagrada Escritura para practicar la misericordia: este es un gran desafío para nuestras vidas. La Palabra de Dios es capaz de abrir nuestros ojos para permitirnos salir del individualismo que conduce a la asfixia y la esterilidad, a la vez que nos manifiesta el camino del compartir y de la solidaridad (AI 13).
La Virgen María es la más fiel y auténtica oyente de la Palabra y, por lo mismo, ícono de quien está a su servicio, anunciándola profética y principalmente a través de una vida totalmente iluminada por ella. Por eso, ella es la bienaventurada por excelencia:
En el camino de escucha de la Palabra de Dios, nos acompaña la Madre del Señor, reconocida como bienaventurada porque creyó en el cumplimiento de lo que el Señor le había dicho (cf. Lc 1,45). La bienaventuranza de María precede a todas las bienaventuranzas pronunciadas por Jesús para los pobres, los afligidos, los mansos, los pacificadores y los perseguidos, porque es la condición necesaria para cualquier otra bienaventuranza. Ningún pobre es bienaventurado porque es pobre; lo será si, como María, cree en el cumplimiento de la Palabra de Dios (AI 15).
NOTAS
[1] Sacerdote de la Arquidiócesis de Santiago de Chile. Oficial de la Congregación para el Clero de la Santa Sede.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

1 thought on “Siete claves para leer la Carta apostólica Aperuit illis – Andrés Ferrada M., pbro.”

  1. Diácono Permanente Manuel Chávez dijo:

    Excelente. Muchos fieles no están familiarizados con la Sagrada Escritura. Es una muy
    buena ocasión para que lo hagan. Es muy importante que sea un hecho permanente y no de un día como dice el Santo Padre

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