OPINIÓN. ¿Chile despertó? – Manuel Reyes D., pbro.

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Artículo publicado en la edición Nº 1.204 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2019)
Autor: Manuel Reyes D.
Para citar: Reyes, Manuel, ¿Chile despertó?, en La Revista Católica, Nº1.204, octubre-diciembre 2019, pp.427-428.

 

 

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¿Chile despertó?
Manuel Reyes D., pbro.[1]

¡Oh, Chile despertó, despertó, despertó, Chile despertó! Este ha sido uno de los cánticos más coreados en todo nuestro país desde que comenzó este “estallido social” hace ya más de dos meses. Ante este cántico, resulta interesante preguntarse, ¿de qué despertó Chile?, ¿cuánto tiempo llevaba dormido? ¿alguien lo adormeció o se produjo naturalmente? Son muchas las preguntas que nos surgen hoy y son pocas las respuestas que se pueden dar, ya que al parecer durante muchos años Chile vivió una paradoja propia de situaciones oníricas, por una parte, solicitando demandas justas y, por otra, viviendo con privilegios propios de un país de primer mundo.
Un posible diagnóstico de este despertar es reconocer que la sociedad chilena ha vivido por más de 30 años con demandas sociales, que una y otra vez no han sido resueltas, y por tanto, el pueblo de Chile se cansó de que siempre los dejaran al final, y que nuevamente, como en toda la historia, los privilegiados, que acá es sinónimo de adinerados, siempre tengan la preferencia en todo, especialmente en salud, educación y vivienda. Es decir, Chile se cansó de que las villas o poblaciones sociales se construyan sobre un basural o que la gente se muera esperando ser atendida en un hospital o que existan profesionales de primera y segunda categoría. ¡Que Chile haya despertado significa también que la desigualdad y los privilegios para algunos ya no van más!
Pero cómo se entiende esta desigualdad tan radical si hasta el 17 de octubre Chile vivía en un progreso económico sin igual en Latinoamérica, donde las metas de desarrollo económico cada vez eran más auspiciosas, donde la gente se daba lujos y viajaba recurrentemente al extranjero. En este punto me parece clave volver a preguntarse, como lo hizo el Papa Benedicto XVI, ¿qué es el desarrollo y el progreso? y cambiar la pregunta de san Alberto Hurtado: ¿Es Chile un país desarrollado?
Ante esto es clave reconocer que el desarrollo no es igual al crecimiento, ya que el primero apunta a los aspectos cualitativos del crecimiento, donde serían sostenibles y tienden a “enriquecer” a las personas y los pueblos, en cambio el crecimiento apuntaría a los valores cuantitativos que podría llevar a un individualismo consumista. Por lo tanto, Chile ha tenido un gran crecimiento, pero muy bajo desarrollo. Entonces ¿qué falto? o ¿qué falló?
De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su vida “(Mt 16,26) Creo que estas palabras del Señor, logran explicitar de buena forma lo que nos pasó y lo que nos está pasando como sociedad chilena. Todo crecimiento y toda reforma económica han sido insuficientes, ya que no se ha puesto a la persona humana en el centro. Al pensar las reformas se tiene que considerar al hombre y a la mujer en su integralidad y dignidad, donde puedan tener apertura a la trascendencia y a la inmanencia de los hermanos. Esto implica considerar que la justa distribución de los bienes y recursos no se asegura solo con el progreso técnico y con meras relaciones de conveniencia, sino que se ha de priorizar el valor de la solidaridad que está cimentada en el destino universal de los bienes a toda la creación. Es por eso que necesitamos la fuerza del amor que vence al mal con el bien y abre la conciencia del ser humano a relaciones recíprocas de libertad y de responsabilidad. Es decir, no basta con cambiar estructuras económicas de un país, también hay que cambiar el corazón humano.
Y es en este punto donde como Iglesia tenemos un desafío maravilloso, ya que nosotros y todas las instituciones donde exista espacio para formar y acompañar a los hombres y mujeres de hoy, tenemos que ser capaces de comprometernos en la formación de valores que ayuden a mirar a nuestro alrededor y ver que hay hermanos y hermanas que no solo necesitan de bienes materiales, que son fundamentales, sino también que los vean como personas que merecen respeto y dignidad.
Es por eso que sueño con una Iglesia que coopere y dialogue en el tejido social de nuestro país, que no “balconee” la historia, sino que se involucre en el quehacer de nuestra nación, inyectando la adrenalina de la solidaridad, del bien común y del amor al prójimo, y así ayudar a “despertar” verdaderamente de lo que nos tenía adormecidos: el consumo excesivo, el materialismo y el individualismo. Si no lo hacemos, continuaremos, viviendo aletargados y obnubilados, privilegiando lo económico por sobre la persona humana.
NOTA
[1] Sacerdote de la Arquidiócesis de Santiago de Chile.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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