La huella de Teresa de los Andes: Devoción popular en el Santuario de Auco – Alexandrine de la Taille

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Artículo publicado en la edición Nº 1.204 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2019)
Autor: Alexandrine de la Taille-Trétinville
Para citar: de la Taille, Alexandrine, La huella de Santa Teresa de los Andes a cien años de su muerte: Presencia y devoción popular en el Santuario de Auco, en La Revista Católica, Nº1.204, octubre-diciembre 2019, pp.456-468.

 

 

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La huella de Santa Teresa de los Andes a cien años de su muerte: Presencia y devoción popular en el Santuario de Auco
Alexandrine de la Taille-Trétinville U. [1]
Instituto de Historia – Universidad de los Andes

La pregunta por la presencia y devoción popular en torno al santuario de Auco en honor a Teresa de Los Andes (1900-1920) cobra especial relevancia a cien años de su muerte. El fervor transversal que ha generado la primera santa del país y su propio camino a los altares, junto con la construcción del santuario en la Quinta Región, dedicado especialmente a ella luego de su beatificación en 1987; permite estudiar empíricamente el concepto de la religiosidad popular durante las últimas décadas del siglo XX en Chile. Para comprender dicho fenómeno en el caso chileno desde una perspectiva histórica, este artículo se basa, tanto en la interpretación de las aproximaciones teóricas a la religiosidad popular, así como en las propias manifestaciones de una audiencia pía en múltiples niveles que se conservan en dicho santuario.
Desde su elección en 2013, el Papa Francisco ha dado especial importancia a la religiosidad popular, planteándola como un tema clave en sus escritos. Así lo expresa en la exhortación apostólica Evangelii gaudium. Sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual:
Las formas propias de la religiosidad popular son encarnadas, porque han brotado de la encarnación de la fe cristiana en una cultura popular. Por eso mismo incluyen una relación personal, no con energías armonizadoras sino con Dios, Jesucristo, María, un santo. Tienen carne, tienen rostros, son aptas para alimentar potencialidades relacionales y no tanto fugas individualistas (90)[2].
La religiosidad popular, a partir del Concilio Vaticano II, en los años que le siguen del siglo XX y en el mundo contemporáneo, ha cobrado una vigencia evidente en múltiples niveles. Se trata de una materia que ha sido abordada desde los más diversos puntos de vista, como también desde una interpretación multidisciplinaria[3]. En este artículo consideramos específicamente los aportes al respecto por parte del Magisterio de la Iglesia Católica, la teología y las ciencias sociales.
La aproximación histórica al caso del Santuario chileno de Auco en la Quinta Región, dedicado a la primera santa del país, la carmelita descalza Teresa de los Andes, inaugurado en 1988 con motivo de su beatificación por el Papa Juan Pablo II el año anterior; permite comprender empíricamente la presencia de la religiosidad popular en Chile. Este es el propósito del artículo que presentamos.
Aspectos teóricos: Teología y ciencias sociales[4]
La Constitución dogmática Lumen Gentium (n. 9), ha enfatizado que en la Iglesia no hay cristianos de categorías inferiores y no podemos calificar peyorativamente, ni juzgar la forma en que ejercen el culto unos u otros[5]. Este es el fundamento que valida la religiosidad popular, a pesar de la desconfianza que provocó en los años anteriores al Concilio, especialmente por las distorsiones que sufriría el rito en ese contexto[6].
Es por esto que distintos Papas del siglo XX han llamado a rescatar y valorar especialmente las manifestaciones de la religiosidad popular. Claro es el llamado del pontífice Pablo VI en Evangelii nuntiandi al señalar:
La religiosidad popular […], tiene ciertamente sus límites. […]. Pero cuando está bien orientada, […] refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer. Hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe. Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad. […] Teniendo en cuenta esos aspectos, la llamamos gustosamente ‘piedad popular’, es decir, religión del pueblo, más bien que religiosidad (48)[7].
Las palabras de Pablo VI son retomadas y actualizadas por el Papa Francisco en su ya aludida exhortación apostólica: “Mas cerca de nuestros días, Benedicto XVI, en América Latina, señaló que se trata de un ‘precioso tesoro de la Iglesia católica’ y que en ella ‘aparece el alma de los pueblos latinoamericanos’”[8].
Esta urgencia por rescatar y poner en valor la religiosidad popular ha impulsado también a la sociología a abordar el tema, como es el caso de Pedro Morandé, quien sostiene que la figura de la Virgen María y la devoción suscitada por ella, han sido centrales no solo en la historia de América sino también en su cultura actual. Es entonces, en clave mariana que comprende e interpreta la religiosidad popular latinoamericana, ejemplificando con su culto una “experiencia de catolicidad que recoge tanto la tradición indígena como la española, interrelacionando a ambas”[9].
Desde la perspectiva histórica, la religiosidad popular es una pregunta ineludible para quien se dedique a Historia de la Iglesia y de la religión, y esta se vincula estrechamente a la devoción a María y los santos, asociada generalmente a la fiesta. En el caso particular de Chile, la celebración de este tipo más antigua es la de san Santiago Apóstol que data de 1556, según consta en las Actas del Cabildo[10]. Dado el fervor y aparato que suscita esta fiesta como otras, es necesario regularlas con el concurso de la autoridad civil. Esta situación se volverá una constante en la Colonia. El atractivo de celebrar a los santos mediante grandes fiestas que involucran a toda la sociedad se hace propio entonces de la historia de la religiosidad popular chilena. En palabras de la historiadora del Arte Isabel Cruz: “En sus orígenes la fiesta fue sagrada. Así lo señalan la historia de las religiones y la antropología. Porque ha sido la dimensión trascendente del hombre la que se ha expresado en la fiesta a lo largo de los siglos, insertándose como una ruptura y a la vez como un enaltecimiento de lo cotidiano”[11].
A partir de la Independencia, las fiestas de los santos, como el conjunto de las celebraciones religiosas, experimentan restricciones por parte de la autoridad, pero no hay antecedentes que permitan suponer un abandono de las prácticas festivas de los santos por parte del pueblo. Por el contrario, los testimonios de los viajeros y sobre todo, la pervivencia del folclor, las costumbres y la religiosidad popular muestran la vigencia de la devoción a los santos hasta nuestros días.
En las zonas rurales se mantiene con especial fuerza el culto a los santos como “patronos”, siendo objeto de mandas, peregrinaciones, como es el caso de san Sebastián, santa Rosa, san Pedro, a pesar de las normativas de la Iglesia. Bernardo O’Higgins, en su intento de incorporar nuevos hábitos republicanos cuando comienza el siglo XIX, al ejercer sus funciones como Director Supremo de la naciente nación (1817-1823), lucha contra esta tradición y prohíbe construir ramadas en las festividades de los patronos de los pueblos[12].
Durante el siglo XIX, al desarrollarse un cambio en la espiritualidad, más interiorizada, más sensible, carente de las manifestaciones propias del Barroco; en Chile se siguen celebrando y venerando a los santos de acuerdo a los nuevos tiempos[13].
Este cambio de siglo y mentalidad permite entonces abrirse a la devoción de otros santos y así, algunas más propias del periodo anterior como la del Apóstol Santiago, van perdiendo fuerza al tomar un carácter más simbólico que religioso.
El siglo XX concita otro tipo de adhesión de parte de los fieles, sintiéndose coterráneos del santo. Con las figuras de santa Teresa de Jesús de Los Andes canonizada en 1993 y de san Alberto Hurtado declarado santo el año 2005, los chilenos han podido experimentar una devoción diferente, más propia, más cercana y también más fervorosa.
Teresa de Los Andes: fervor, milagros y santuario
En 1920 a los 19 años moría en el Carmelo de Los Andes Teresa de Jesús, en el mundo Juanita Fernández Solar, una joven chilena perteneciente a una familia de élite que había tenido una vida absolutamente normal. Sorpresivamente la noticia de su muerte –en un monasterio de absoluta clausura− se propaga rápidamente entre sus familiares, amigos y, lo más notable entre muchos desconocidos, incluso publicándose en los periódicos necrologías sobre esta joven carmelita[14].
Recién fallecida, una cronología publicada en el Diario Ilustrado la compara incluso con Teresa de Lisieux, ad portas de ser canonizada:
“No envidiemos a la Francia que en el Carmen de Lisieux canta al mundo su gloria de ser cuna de Thérèse de l’enfant Jésus. Teresa de Jesús se llamó a Juanita Fernández seis días antes de expirar… quienes duden de sus heroísmos y santidad… oigan a sus padres… e interroguen a las religiosas del Convento de Los Andes”[15].
Una realidad tan cotidiana como la muerte de una mujer abre un importante capítulo en la historia de Chile y específicamente en la historia de la Iglesia y de la devoción popular.
La veneración de los santos es una pieza fundamental en la religiosidad popular y enraizado en ella se encuentra otro fenómeno: el milagro. También estudiado ampliamente por el magisterio de la Iglesia, la teología y las ciencias sociales, el poder taumatúrgico de los santos ha sido desde el siglo XVI (1588) decisivo para señalar quiénes merecen llegar a los altares de los múltiples candidatos a la santidad.
Es relevante que en el caso chileno sea una mujer, carmelita, mística, de élite, que muere con tan solo 20 años sin haber realizado ningún hecho extraordinario, la primera en recibir el título de santa. Si bien su proceso se inicia en 1947, se conservan en el Monasterio carmelita del Espíritu Santo de Los Andes −hoy emplazado en el santuario de Auco− convincentes testimonios de distintas personas que han recibido gracias especiales de la Teresa chilena, ya apodada Teresita, desde el momento de su muerte.
El milagro, que como señala la experta historiadora italiana Sofia Boesch Gajano, se encuentra en la frontera de la experiencia individual, de los sentimientos religiosos colectivos, de las prácticas rituales, del control institucional, como asimismo en la compleja relación entre fe, razón y ciencia; ha pasado a ser parte de las necesidades materiales y espirituales de la sociedad y afirma que aun hoy se puede constatar cómo en comparación a los pocos milagros “comprobados” por la Iglesia, es decir, para los cuales no se ha logrado encontrar una explicación científica; se pueden contrastar  infinitos otros acontecimientos percibidos por cada uno de los fieles y comunidades enteras, como fruto indudable de una intervención divina[16].
La gran devoción que ha despertado Teresa de Los Andes desde su muerte hasta nuestros días, en gran parte se debe a los múltiples hechos milagrosos que los fieles atribuyen a su intercesión. Siguiendo la línea de Sofía Boesch, si bien solo dos han sido reconocidos por la jerarquía eclesiástica, valiéndole uno la beatificación y el otro la canonización, son miles las personas de todo Chile y del extranjero que están seguros de la intervención de la llamada familiarmente Teresita en múltiples gracias y favores concedidos.
Como señalábamos, en la década de 1920, ya se deja constancia en el Monasterio de los Andes de estas situaciones sobrenaturales. Desde Rebeca Fernández, hermana de Juanita, hasta personas que no sabían de su existencia, conmueven con sus testimonios y por lo mismo mueven a otros a pedir y por ende a creer.
Algunos ejemplos: su hermana Rebeca, dice haber sido curada de un “debilitamiento nervioso”. Al morir Juanita, estaba muy mal física y espiritualmente, sin embargo, su partida le habría devuelto la paz y la salud en todo sentido. Tan clara vio su intercesión, que ingresó al Carmelo para tomar su lugar […]”[17].
Diferente es el caso de una mujer, cuyo nombre no se revela, quien el 25 de diciembre de 1921 escribe a la comunidad carmelita su testimonio personal, señalando que no puede especificar la cantidad de gracias que le ha conferido la mediación de Teresa de Los Andes, apuntando todas al bien del alma[18]. Años después, en marzo de 1927 otra devota constata que, habiendo sufrido su marido en julio de 1925 “un fuerte ataque al cerebro”, ella se encomendó a sor Teresa, agradeciéndole su pronta muerte: “Cierto que para mí era triste su pérdida, pero de consuelo al fin […]. Ahora doy por escrito esta gracia para que las personas piadosas y creyentes se encomienden a la angelical criatura, Sor Teresa de Jesús, pues ella les alcanzará lo que pidan”[19].
En la segunda edición de Un lirio del Carmelo (1931), primera biografía de la santa (1926)[20], en 1931, se apunta: “Desde que apareció la primera edición de este libro, la fe en la eficacia y poder de la intercesión de Sor Teresa de Jesús ha ido en aumento. Constantemente vienen a nuestro Monasterio a dar gracias por los favores que se le atribuyen”[21]. Se relatan varios favores concedidos a personas de todo Chile y también del extranjero.
Así siguen multiplicándose los favores y los devotos hasta que en 1947 se inicia oficialmente el proceso diocesano conducente a su beatificación que comprende varias etapas[22]. En 1978 se clausura la llamada “cognitionis” remitiéndose las actas a Roma. Pablo VI, un mes antes de morir, dispone que se abra el proceso de sor Teresa de Los Andes. Mientras este transcurre en el Vaticano, la prensa nacional en las décadas de 1970 y 1980 da a conocer la vida de Juanita Fernández. Por ejemplo, Las Últimas Noticias publica en 1974 una serie de 29 artículos sobre su vida[23]. Asimismo, los periódicos demuestran la ansiedad nacional por lograr su beatificación. En abril de 1980 aparecía en el Diario Austral de Temuco el titular: “Sor Teresa de Los Andes: Diecinueve años bastan para vivir en santidad”[24] y en El Mercurio de Santiago por su parte: “Sor Teresa de Los Andes próxima a ser beatificada”[25]; en julio de ese año dice La Estrella de Valparaíso: “La Santa de Los Andes a la espera de un altar”[26].
El 3 de diciembre de 1985 se pronuncian favorables a la heroicidad de las virtudes de Juanita nueve teólogos que estudian el caso en El Vaticano. Al día siguiente ocurre un incendio en Santiago que permitirá la beatificación de Teresa, pues se atribuye la curación milagrosa por su intercesión del bombero Héctor Uribe Carrasco, luego de recibir una descarga eléctrica y ser diagnosticada su “muerte cerebral”[27]. En el mes de marzo, el Papa Juan Pablo II firma el decreto de reconocimiento y aprobación de la heroicidad de sus virtudes y Teresa pasa a ser “venerable”. Casi un año después, en febrero de 1987, son exhumados sus restos en presencia del Obispo de San Felipe Manuel Camilo Vial y el milagro del bombero es aprobado para conceder la beatificación, cerrándose el proceso el 1 de marzo de 1987[28].
La visita papal y el nuevo santuario
En abril de 1987 por primera vez visita nuestro país el Obispo de Roma. Es en ese contexto que Juan Pablo II beatifica a Teresa de Los Andes. La ceremonia se lleva a cabo el 3 de abril en el Parque O’Higgins durante una misa a la que asisten más de 500.000 personas[29].
Dada la relevancia de este hecho y la devoción de los fieles que crece con los años, surge la necesidad de construir un santuario dedicado a la nueva beata. El Monasterio del Espíritu Santo ubicado en Los Andes no poseía las condiciones necesarias para acoger a los miles de peregrinos de todo el país que acuden a ella desde su muerte.
Siendo los santuarios “una muestra de que la Iglesia es un acontecimiento público, de que la fe es una experiencia de encuentro, abierta a los distintos pueblos y a las distintas personas”, como afirma Pedro Morandé, era imperante buscar el lugar más idóneo para erigirlo, pues se esperaba que muchos se sintieran acogidos allí; no solo los creyentes, sino que todos quienes se sintieran llamados a visitarlo[30].
El santuario de Auco tenía una doble finalidad, estar consagrado a la Virgen del Carmen y custodiar los restos de Teresa de Los Andes.
El cuerpo de Juanita había sido sepultado tras su muerte en el huerto del monasterio para ser trasladado al interior del coro conventual en 1940. Al igual que en los primeros tiempos de la Iglesia[31], los fieles chilenos quisieron venerar sus restos y de ahí las innumerables visitas al Carmelo de Los Andes. El santuario dedicado a ella ya se preveía necesario a comienzos de la década de 1980[32] y solo fue una realidad luego de la beatificación.
El lugar elegido fue un sector llamado “la cuesta”, en la comuna de Rinconada de Los Andes, en la confluencia de los caminos de Los Andes a Santiago y a San Felipe. Se escoge este sitio, según señala el arquitecto Raúl Irarrázaval, autor del proyecto, a El Mercurio, porque se privilegió “un lugar cercano al camino internacional a Mendoza”, “ubicado en una especie de ramal de la carretera a Argentina. Luego se pensó en un santuario a ‘media altura’ [… que] debiera dar el ejemplo yéndose a las alturas’. […] Se buscó también un lugar alejado de las ciudades porque las carmelitas ya no podían realizar con tranquilidad su vida contemplativa en la ciudad de Los Andes”[33]. En palabras de las carmelitas: “Auco es el lugar concreto elegido para este fin: valle silencioso, rodeado de cerros, con la majestuosa cordillera de los Andes al frente y a escasos kilómetros de la misma ciudad de Los Andes. Sabemos que es un terreno límite de la hacienda Chacabuco, perteneciente a don Eulogio Solar Quiroga, abuelo materno de Teresa”[34].
En octubre de 1987 se trasladan las carmelitas al nuevo monasterio, llevando con ellas la urna que contiene las reliquias de la beata. Entre aclamaciones son acompañadas por miles de fieles. En la inauguración señaló Monseñor Angelo Sodano, Nuncio de Su Santidad, proféticas palabras: “Este santuario está llamado a ser la capital espiritual de Chile”[35].
El 11 de diciembre de 1988, luego de una Eucaristía presidida por el entonces cardenal Arzobispo de Santiago Juan Francisco Fresno y concelebrada por varios obispos y sacerdotes, con una concurrencia de al menos 50.000 peregrinos según anotan las religiosas[36], los restos de Teresa de los Andes –bajo la inscripción “Hija predilecta de la Iglesia”− fueron depositados definitivamente en la cripta bajo el templo recientemente construido en honor a Nuestra Señora del Carmen. La urna fue llevada simbólicamente por un carro de bomberos que recorrió lentamente todo el santuario[37].
Al día siguiente, en la fiesta de la Virgen de Guadalupe, es consagrado el templo a Nuestra Señora del Carmen, siendo representada la Iglesia chilena con la presencia de 32 obispos, los dos cardenales (Raúl Silva y Juan Francisco Fresno) y el Nuncio Apostólico. En la homilía señaló Monseñor Manuel Camilo Vial: “Todo santuario tiene su historia y en su origen siempre hay un acontecimiento extraordinario de la gracia. En este santuario es la beata Teresa de Los Andes… esa joven, esa religiosa carmelita modelo de virtud”[38].
Desde ese momento la masiva afluencia de fieles al santuario ha sido una constante, especialmente incrementada gracias la peregrinación “De Chacabuco al Carmelo” de los jóvenes en el mes de octubre, iniciada en 1990 y que se mantiene hasta hoy como una tradición. Esta caminata de 27 kilómetros fue organizada por la Pastoral del Arzobispado de Santiago, incluyendo durante los tres primeros años también una vigilia de sábado a domingo en la explanada del santuario. Notable resulta la inmediata acogida por la juventud de todo el país. Al comienzo eran aproximadamente 35.000 los peregrinos[39], cifra que aumenta con el tiempo hasta llegar a 100.000 jóvenes en 2004, número que no ha descendido según consta en los registros del santuario[40].
La muestra de fervor, de fe y de entusiasmo de estos chilenos va de la mano con la importancia atribuida por la Iglesia a este tipo de manifestaciones de la religiosidad popular. Dicen los obispos en Aparecida en 2007: “El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador”[41].
Evidentemente la canonización de Teresa el 21 de marzo de 1993 atrae aun a más devotos al santuario, se trata de la primera santa chilena y la primera carmelita americana en llegar a los altares.
Este hito final del proceso se debió al milagro concedido a Marcela Antúnez, una niña de 11 años, quien sufrió asfixia por inmersión al caer a una piscina en un paseo escolar en Santiago. Dice el periódico La Estrella que ya en el hospital, “la dejaron en una sala para conducirla a la morgue. Grande fue la sorpresa de una enfermera cuando a los pocos minutos entró a la salita y observó que la niña respiraba lentamente”[42]. La niña se recupera completamente sin existir explicación médica de por medio. Este caso tan especial es reconocido por la Santa Sede en 1992 y el 11 de diciembre de ese año el Papa Juan Pablo II firma el decreto de canonización, anunciando que la ceremonia se llevará a cabo en marzo del año siguiente en Roma[43].
La canonización suscita también a los fieles a peregrinar, más de cinco mil chilenos acuden a Roma para la ocasión[44] y al santuario de Auco 160.000[45]. Chile, fiel a su tradición barroca y a su historia, se viste de fiesta para agradecer el reconocimiento de la primera santa de nuestra tierra.  La provincia de Los Andes se abandera por tres días “como una manera de honrar la canonización de Sor Teresa”[46]. En la explanada de Auco, animados con cantos y bailes religiosos, 40.000 madrugadores devotos, entre los que se cuentan también extranjeros demostrando que la devoción traspasa las fronteras, se reúnen en una vigilia a las 4:30 horas esperando el momento de la canonización, que debía ser avisado por los bomberos con el “ulular de sus sirenas”, junto con el repicar de las campanas de todas las parroquias y capillas[47]. Muchos templos y capillas de Santiago, Valparaíso y Viña del Mar están abiertos a los devotos para las vigilias; asimismo la tecnología permite múltiples instalaciones de pantallas gigantes a fin de que todos los chilenos puedan estar presentes en El Vaticano[48]. Por su parte, el intendente de la Región Metropolitana ante la consulta de los ciudadanos, autoriza para ese día el izamiento voluntario del emblema patrio tanto en los domicilios particulares como en los edificios públicos[49]
La misa solemne del domingo en Auco cuenta excepcionalmente con la presencia de las religiosas de los monasterios de Los Andes y Viña del Mar; una santa carmelita permite una excepción a la clausura teresiana[50].
En Roma es bendecida por el Papa la imagen policromada de la santa que luego viaja a Chile en comitiva oficial para presidir la cripta, siendo recibida a su llegada por “millares de personas, incluidas delegaciones con trajes típicos”[51]. La fiesta continúa, pues visita varias parroquias hasta llegar a la Catedral Metropolitana donde se celebra una Eucaristía de acción de gracias. Jaime Ravinet, alcalde de Santiago la declara “Hija ilustre” y “Protectora de la ciudad”. Antes de partir a Los Andes, la imagen de la santa pasa por lugares emblemáticos como el Monasterio del Carmen de San José, primero de la Orden en Chile; el Colegio del Sagrado Corazón de Apoquindo, en el que se había educado Juanita en la Alameda con Maestranza; el Colegio Clara Estrella de la Cisterna, a cargo de las religiosas del Sagrado Corazón; como también por las comunas de Vitacura  y Lo Barnechea; finalmente se detiene en el Templo Votivo de Maipú, dedicado a Nuestra Señora del Carmen, inspiradora de la Orden Carmelita hasta detenerse en Los Andes el 11 de abril[52].
Aunque el santuario comienza otro capítulo de su historia pues cuenta con una santa, los fieles lo han sentido así desde antes del pronunciamiento de la Santa Sede. Ellos, desde la inauguración de Auco en 1987 han acudido incesantemente con objetivos muy claros: rezar, agradecer y pedir. Esta audiencia pía ha dejado plasmados los testimonios desde 1920, demostrando una fe y una cercanía a la santa, conmovedores en medio de una sociedad secularizada como la de hoy.
El archivo del Monasterio además de custodiar los escritos originales de Teresa, hoy reliquias, conserva miles de otros documentos (sesenta volúmenes) que constituyen ricas fuentes históricas para constatar la devoción suscitada en la población hacia Teresa de Los Andes. En su mayoría se trata de manuscritos o textos dactilografiados en los que los fieles han dejado voluntariamente constancia de sus peticiones, mandas y sobre todo favores concedidos[53].
A pesar de los datos sobre la disminución del número de católicos en Chile que entregan las estadísticas -según consta en la Conferencia Episcopal[54] y en las publicaciones del INE[55] el número de bautizados en relación al número de habitantes habría bajado en un 13% entre 1970 y 2000-, una atenta lectura de estos testimonios y una interpretación del número de peregrinos al santuario de Auco, permite sostener desde una mirada cualitativa y también cuantitativa, que la religiosidad popular se mantiene viva en Chile[56].
Algo parecido ha ocurrido en Lourdes, Francia, uno de los centros religiosos más concurridos del mundo. Al iniciarse el siglo XX el país vive la separación de la Iglesia y el Estado (1905) que demuestra el laicismo imperante. Sin embargo, las procesiones organizadas en 1908 a los santuarios de Lourdes que conmemoran los 50 años de las apariciones de la Virgen a la humilde Bernadette Soubirous, según la estudiosa del tema Chantal Touvet, toman proporciones “nunca antes vistas”, ascendiendo el número de peregrinos que llegan vía ferrocarril a 2.300.000; los trenes de peregrinación se elevan a 602 para el año del cincuentenario en comparación a los 244 del año anterior[57].
Así como en Francia y otros santuarios religiosos, los fieles en Auco tienden a sentirse siempre beneficiados. Como ya apuntáramos, es común en el caso de la intercesión de Teresa de Los Andes esta sensación. Al tomar una muestra aleatoria de 205 casos de manifestaciones de los fieles de los años 1987 y 1988[58] es relevante comprobar que el 75% de ellas corresponde a agradecimientos, es decir, se trata de personas que se sienten beneficiadas “milagrosamente” según sus propias necesidades. El resto de las manifestaciones se refiere en un 17% a peticiones, un 4% a una combinación del agradecimiento y el favor y solo 3,5 % a testimonios y un 0,5 % a exculpaciones (0,5%). Por lo tanto, un 92% cree en el poder taumatúrgico de la santa al agradecer o pedir, indistintamente.
Conclusión
La pervivencia de la figura de Teresa de Los Andes, primera santa chilena, en una sociedad secularizada como la actual, se vincula estrechamente con la devoción popular. Esta última ha sido reconocida y valorada, tanto por las ciencias sociales en cuanto objeto de estudio, como por la Teología en tanto camino válido de aproximación a lo divino, especialmente desde la década de 1960 hasta hoy. Por lo mismo, la aproximación a la historia efectual del proceso de santidad de Teresa, requiere la comprensión de dicho fenómeno a través de las fuentes directas e indirectas que rodean su camino a los altares. La puesta en valor, relectura y clasificación de los manuscritos que custodia el Monasterio del Espíritu Santo en Auco, la aproximación multidisciplinaria al concepto de la devoción popular, el estudio histórico del personaje y de la santidad; nos permite concluir que, paradójicamente, la devoción transversal a la santa por parte de los chilenos, no se ha visto afectada ante la disminución de los católicos en el país. Justamente la dimensión popular de dicha devoción permite afirmar desde una mirada cuantitativa y cualitativa, que la audiencia pía se mantiene cercana a la santa y a su santuario a través de múltiples manifestaciones que atestiguan su creencia en el milagro y la santidad.
NOTAS
[1] Este artículo es una versión resumida de otro que publicamos con anterioridad: “Teresa de Los Andes y la devoción popular en el santuario de Auco. Aproximación histórica 1987-1993”, Intus Legere- Historia, ISSN 0718-5456, EISSN 0719-8949, año 2017, vol. 11, Nº1, pp. 99-119.
[2] Francisco, Papa 2013,  Evangelium Gaudium. Exhortación apostólica. vatican.va.
[3]  Johansson Friedemann, Cristián. Religiosidad popular entre Medellín y Puebla: antecedentes y desarrollo. Santiago: Pontificia Universidad Católica de Chile, 1990.
[4] Existen muchas publicaciones sobre el tema. Destacamos: Santaló, Carlos et al. La religiosidad popular. Barcelona: 2003; Un estudio de casos ilustrativo es Piñuel y Raigada, José Luis, “Un análisis de contenido de devociones populares”, Revista española de Investigaciones sociológicas, N°3, (Julio-septiembre, 1978): 135-164.
[5] Congar, Yves. Le Concile de Vatican II. Son Église. Peuple de Dieu et corps du Christ. París: Beauchesne, 1984, 13 y ss.
[6] Ver: Cristián Johansson Friedmann, Religiosidad popular entre Medellín y Puebla: antecedentes y desarrollo, Pontificia Universidad Católica, Santiago, 1990. Señala el autor: “El descubrimiento de lo que en Latinoamérica se ha dado en llamar religiosidad popular es un proceso cuyo inicio es posible ubicar con una cierta precisión en la década de 1960”, 33.
[7] Pablo VI, Papa. Evangelii nuntiandi. Exhortación apostólica. Roma, 1975.
[8] Francisco, Papa. Evangelium Gaudium, 100.
[9] Morandé, Pedro. “Rol de la Religiosidad Popular Mariana en la Nueva Evangelización”, en Iglesia y Cultura en América Latina. Lima, 1989, 85-86.
[10] Cruz, I. La Fiesta. Metamorfosis de lo cotidiano. Santiago: Ediciones Universidad Católica de Chile, 1995, 158.
[11]  Ibid., 21.
[12] Ibid., 233.
[13] Ver: estudio preliminar, Serrano, Sol (ed.). Vírgenes viajeras. Diarios de religiosas francesas en su ruta a Chile 1837.1874. Santiago: Ediciones UC, 2000. La autora retrata con claros ejemplos cómo las religiosas francesas intentan cambiar la piedad de tipo barroca por una más interiorizada.
[14] Carmelitas Descalzas. Lirio del Carmelo. 1931, 423.
[15] Ibid., 419.
[16] Boesch Gajano, Sofia. La santità. Roma: Laterza, 1999, 24 y ss.
[17] Carmelitas Descalzas. Lirio del Carmelo. 1931, 448.
[18] Ibid., 452.
[19] Carmelitas Descalzas, 1931, 460-461.
[20] La primera edición de Un Lirio del Carmelo es de 1926 y la segunda, corregida, de 1931.
[21] Carmelitas Descalzas, 1931, 466.
[22] Las etapas son: siervo de Dios, venerable, beato y santo. Luego de la beatificación es permitido el culto público, de ahí la expresión “llegada a los altares”.
[23] Muñoz, Anamaría. “Presencia de Santa Teresa de Los Andes en la prensa chilena 1972-2010. El Mercurio de Santiago y La Estrella de Valparaíso” Tesis para obtener el título de Licenciada de Historia, Universidad de los Andes. Santiago: Inédita, 2013.
[24] Diario Austral, Temuco, Suplemento, 6 de abril de 1980, 8-9.
[25] El Mercurio, Santiago, 15 de abril de 1980, p.s/n.
[26] La Estrella, Valparaíso, 21 de julio de 1980, 5.
[27] Risopatrón, Ana María. Teresa de Los Andes. Teresa de Chile. Santiago: Paula, 1988. Sanctorum, Congregatio Pro Causis. Sancti Philippi Canonizationis Servae Dei Teresiae a Iesu (“de los Andes”). Positio Supervirtutibus. Roma, 1985.
[28] Risopatrón, Ana María. Teresa de Los Andes. Teresa de Chile, 214.
[29] El Mercurio, Santiago, 4 de abril de 1987, p. A1, foto y pie de foto: “Medio millón de personas en el Parque O’Higgins”; “casi un millón de personas”, en La Estrella, Valparaíso, 4 de abril de 1987, 2 y 3.
[30] Morandé, Pedro. “Rol de la Religiosidad Popular Mariana en la Nueva Evangelización”, 90-91.
[31] Bouchard, Francois. Les reliques des saints. Une source des miracles. París: Salvator, 2013, 17.
[32] La Segunda, La Gaceta, 4 de abril de1983, p. 6-7. Se señala en esta fuente que ya se recaudan fondos para este fin.
[33] El Mercurio, Santiago, 21 de marzo de 1993; Muñoz, Anamaría, “Presencia de Santa Teresa de Los Andes en la prensa chilena 1972-2010”, 2013, 61.
[34] Orden del Carmelo Descalzo. Santa Teresa de Los Andes. Revista Paula, Taller Uno y Cochrane, S.A. ^sin año registrado, pero la publicación es de 1993], 171.
[35] Ibid., 169.
[36] Ibid., 171.
[37] Ibid., 169.
[38] Ibid., 171.
[39] El Mercurio, Santiago, 24 de octubre de 2004, C12: “Santuario de Auco: 100.000 jóvenes inician hoy su peregrinación”.
[40] Registros del Santuario de Auco a cargo de Nancy Oyaneder.
[41] Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Documento conclusivo. Aparecida, 2007.
[42] La Estrella, Valparaíso, 20 de marzo de 1993, 28
[43] El Mercurio, Santiago, 21 de marzo de 1993, E28.
[44] El Mercurio, Santiago, 20 de marzo de 1993, A1,A23,C3; Revista Santuario Teresa de Los Andes, nº 73/2, 2010, 18-19.
[45] La Estrella, Valparaíso, 22 de marzo de 199, portada.
[46] El Mercurio, 20 de marzo de 1993, Santiago, A1 y A23.
[47] Ibid.
[48] El Mercurio, Santiago, 17 de marzo de 1993, C6.
[49] “En Santiago: autorizan izar la bandera chilena”, El Mercurio, Santiago, 21 de marzo de 1993, A5.
[50] El Mercurio, Santiago, 22 de marzo de 1993, C3.
[51] El Mercurio, Santiago, 22 de marzo de 1993, A1 y A11.
[52] El Mercurio, Santiago, 21 de marzo de 1993, A12, E16 y E17; 23 de marzo de 1993, C3.
[53] Estos documentos se encuentran en proceso de catalogación y digitalización gracias al Proyecto proyecto FAI: “Un archivo en riesgo: el legado de Santa Teresa de Los Andes” (2013-2015), financiado por el Fondo de Ayuda a la investigación de la Universidad de los Andes.
[54]  Statical Yearbook of The Church, 1995.
[55] Chile: proyecciones y estimaciones de población 1990-2020. País y regiones. Santiago: CEPAL, sin fecha.
[56] Dado que el Censo de la República de 1982 no proporciona la información referente a la religión (INE), hemos recurrido a los datos de la Conferencia Episcopal para aproximarnos al número de católicos. Debido a que no podemos medir las prácticas de piedad en general, hemos optado por confrontar el número de chilenos con las cifras de los bautizados en diferentes fechas, a fin de lograr acercarnos al número de católicos.
[57] Touvet, Chantal. Histoire des sanctuaires de Lourdes 1870-1908. La vocation de la France. Lourdes: NDL Éditions, 2005, 650-651.
[58] Archivo del Monasterio del Espíritu Santo, Auco.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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