Los fenómenos místicos en la vida de Santa Teresa de los Andes – Alain-Marie de Lassus, csj

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Artículo publicado en la edición Nº 1.204 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2019)
Autor: Alain-Marie de Lassus, csj
Para citar: De Lassus, Alain, Los fenómenos místicos en la vida de Santa Teresa de los Andes, en La Revista Católica, Nº1.204, octubre-diciembre 2019, pp.449-455.

 

 

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Los fenómenos místicos en la vida de Santa Teresa de los Andes
Alain-Marie de Lassus, csj

El centenario de la muerte de santa Teresa de Los Andes es una oportunidad para profundizar su vida mística. Sin embargo, la expresión “vida mística” puede ser interpretada de dos maneras. En primer lugar, de modo muy común la vida de un cristiano es llamada “mística” cuando incluye fenómenos extraordinarios y más o menos espectaculares, como la levitación, la bilocación, los milagros, la ciencia infusa, los estigmas, etc. En segundo lugar, podemos considerar la “vida mística” como la simple vida de la gracia bajo la moción del Espíritu Santo, sin que ello implique fenómenos extraordinarios. De hecho, cada cristiano en estado de gracia tiene los siete dones del Espíritu Santo que le permiten ser conducido por él para vivir plenamente su vida de hijo de Dios, según lo que san Pablo escribe a los Romanos: «todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rm 8,14). Cierto, el ejercicio de los dones, a diferencia de las virtudes teologales, cabe enteramente al Espíritu Santo, pero se considera algo “ordinario”, aunque pueda llegar a una intensidad muy grande, como sucede en la vida de los santos[1].
Ya que hicimos dos estudios sobre la vida de la gracia en el alma de Teresa, una sobre la acción del Espíritu Santo y otro sobre la gracia del 27 de enero de 1919[2], quisiéramos estudiar aquí los fenómenos místicos extraordinarios en la vida de Teresa. De hecho, podemos observar en ella tres fenómenos de este tipo que son conocidos en la historia de la Iglesia: las locuciones interiores, las visiones y la levitación. Los dos primeros son mencionados por Teresa en sus escritos y el tercero es referido por testigos. Los veremos a continuación, empezando por los más frecuentes.
Las locuciones interiores
A partir de su primera comunión (10 de septiembre de 1910), Teresa fue gratificada con locuciones interiores por parte de Cristo, o sea, ella oía claramente la voz de Cristo en su corazón:
«No es para describir lo que pasó por mi alma con Jesús. Le pedí mil veces que me llevara, y sentía su voz querida por primera vez»[3].
Al inicio, ella creía que era algo normal y pensaba que les sucedía a todos, pero cuando refirió un día una palabra de Cristo a su madre, entendió que no era el caso. Su madre le dijo que hablara sobre eso con el padre Artemio Colom, pero Teresa tenía vergüenza de hacerlo[4]. Teresa tuvo también locuciones de la Virgen, aunque sea delicado especificar cuándo empezaron por razón de los testimonios divergentes del Diario (§7) y de las Cartas (carta 87) al respecto.
Las locuciones interiores son una gracia extraordinaria que tiene sus peligros[5]. Lo vemos varias veces en la vida de Teresa. Veamos cómo ella cuenta haber oído un día una voz bastante rara:
«Muy bien distinguía la voz de mi Madre Sma. y la de mi buen Jesús. Una vez tenía una duda; se la pregunté a la Sma. Virgen, pero oí otra voz muy diferente a las que oía, que siempre me ha quedado grabada. Esta voz no me aconsejó bien y me dejó muy turbada. Entonces invoqué con toda mi alma a la Sma. Virgen y Ella me contestó que el demonio me había respondido y que, en adelante, siempre le preguntara si era Ella la que me hablaba. Pero nunca más sucedió lo dicho»[6].
En el Carmelo de Los Andes tuvo una prueba combinando visión y locuciones:
«Al día siguiente se me presentó N. Señor no ya en agonía, sino con el rostro muy triste. Le pregunté qué tenía, pero no me contestó, dándome a entender que estaba enojado conmigo. Pero después, como yo insistiera en preguntarle, me dijo que no quería hablar conmigo, y que era una pecadora, y me dijo en un momento todos los pecados de mi vida y siguió muy triste. Quedé con una pena negra y confusa con mis pecados. Pero no podía creer que estuviera tan enojado, pues Él me ha dicho que me ha perdonado. Y además, Él es todo Bondad y Misericordia»[7].
En ambos casos, el demonio intentó engañar a Teresa, tratando de presentarse como si fuera María o Cristo. Sin embargo, Teresa tuvo el reflejo justo de comparar el contenido de las palabras oídas con su fe y entendió que había una incoherencia: María y Jesús no podían hablar así, en absoluto; entonces, no debían ser ellos.
Otro peligro es la curiosidad. Cristo corrigió a Teresa al respecto:
«N. Señor me habla, pero mucho menos. Y ahora nunca me dice nada que no sea solo para mi alma, pues una vez le principié a preguntar muchas cosas, que no se relacionaban con mi alma. Entonces me dijo que nunca le preguntara, sino que me contentara con lo que Él me decía»[8].
En la carta 139, escrita a una destinataria que, según parece, tenía locuciones interiores, Teresa se refiere a Subida del Monte Carmelo de san Juan de la Cruz para advertirla con relación al peligro de la ilusión:
«Casualmen­te he leído en Ntro. Padre San Juan de la Cruz este modo de oración, pero no me atrevo a decirte nada. Lo único que te aconsejo: que te humilles mucho; que no creas que porque eres buena Dios te hace este favor, pues puede ser porque te ve muy imperfecta y te quiere traer a mayor unión con Él. No hagas nin­gún caso de esas palabras, pues no sabes si eres tú misma o Dios. Dile al padre lo que oyes y qué efecto es el que producen en tu alma. Fíjate si después quedas acordándote de Dios; si tienes dolor por haberlo ofendido; si tienes más fuerzas para vencerte; si te humillas, en una palabra, si notas tú que esas palabras te hacen mejor, y esto le dirás al padre sin ocultarle nada».
Las locuciones interiores perduraron hasta el fin de la vida de Teresa.
Las visiones
Teresa tuvo visiones varias veces. Por ejemplo, ella cuenta la visión que tuvo en la capilla del Colegio del Sagrado Corazón en Santiago en noviembre de 1917:
«El año pasado N. Señor se me representó con su rostro lleno de tristeza y en una actitud de oración y los ojos levantados al cielo y con la mano sobre su Cora­zón. Me dijo que rogaba incesantemente a su Padre por los peca­dores y se ofrecía como víctima por ellos allí en el altar, y me dijo hiciera yo otro tanto, y me aseguró que en adelante viviría más unida a Él. Que me había escogido con más predilección que a otras almas, pues quería que viviera sufriendo y consolándolo toda mi vida. Que mi vida sería un verdadero martirio, pero que Él estaría a mi lado. Su imagen quedó ocho días en mi alma. Lo veía con una viveza tal que pasé constantemente unida a Él en su oración. A los ocho días no la vi más, y aunque después quise re­presentármela tal como era, no pude»[9].
Algunos días después de su entrada en el Carmelo, tuvo otra visión:
«26 de mayo 1919. Hace tres días que estoy sumida en la agonía de N. Señor. Se me representa a cada instante moribundo. Con el rostro en el suelo. Con los cabellos rojos de sangre. Con los ojos amoratados. Sin facciones. Pálido. Demacrado. Tiene la túnica hasta la mitad del cuerpo. Las espaldas están cubiertas de una multitud de lancetas, que entiendo son los pecados. En las paletas, tiene dos llagas que permiten verle los huesos blancos, y enclavados en los huecos de estas heridas, lancetas que llegan hasta penetrar en los huesos. En la espina dorsal tiene lancetas que le duelen horriblemente. Por ambos lados corre la sangre a torrentes e inunda todo el suelo. La Sma. Virgen está a su lado de pie, llorando y pidiendo al Padre misericordia. Esta imagen la veo con una viveza tal que me produce una especie de agonía»[10].
Refiriéndonos a la clasificación de las visiones hecha por san Juan de la Cruz[11], podemos considerar estas visiones como visiones imaginarias. Sin embargo, podemos observar una experiencia mística que parece ser una visión intelectual:
«Una vez sentía un deseo horrible de morirme por ver a N. Señor y, siendo hora de dormirme, no podría hacerlo porque llo­raba sin poderme contener, cuando de repente sentí a N. Señor a mi lado, llenándome de suavidad y de paz, e inmediatamente me sentí consolada. Estuve un rato con Él, y después como que se fue y dejé de sentir esa suavidad»[12].
La levitación
Observamos también en la vida de Teresa de Los Andes el fenómeno excepcional de la levitación que consiste en la elevación del cuerpo de una persona encima del suelo sin ninguna fuerza física conocida que pueda explicarla. La levitación es atestada en la vida de varios santos del Carmelo, como santa Teresa de Ávila, san Juan de la Cruz y santa María de Jesús Crucificado. En el caso de Teresa de Los Andes, tenemos el testimonio del padre Henle:
«Eso pasaba poco tiempo antes de su entrada al Carmelo de Los Andes. […] Era en el fundo de Huape de Cunaco, cerca de la estación de Cunaco. Érase en noviembre de 1918. […] Ahora bien he aquí el hecho. Un día, después de medio día, hacia las dos, cuando todo el mundo hacía la siesta, entré silenciosamente al oratorio sin sospechar que ella estaba allí. Pero ¿qué veo? La señorita Juana elevada en el aire, más o menos treinta centímetros, sin que ni sus rodillas ni sus brazos se apoyaran en el reclinatorio, las manos juntas, adorando al Santísimo. El rostro estaba todo encendido, los ojos fijos en el Sagrario. Habitualmente era más bien de cara pálida. Era siempre muy alegre en la mesa; pasaba largos ratos en el oratorio. […] ¿Cuánto tiempo duró eso? No lo sabría decir; pues, al momento me retiré en silencio, con la emoción que Ud. puede imaginarse»[13].
No existe otro caso de levitación de Teresa atestado en un testimonio escrito, pero hemos recogido en Chacabuco en 2013 una tradición oral diciendo que una persona empleada de la hacienda vio a Teresa en levitación en la capilla de Chacabuco.
Tal vez sea bueno recordar que este tipo de gracia es destinado no para la persona que la recibe (en general, ella no se da cuenta, ya que se encuentra en éxtasis), sino para el testigo, para atestar una presencia particularmente fuerte del Señor en la persona en levitación.
¿Otros fenómenos?
No se nota otros fenómenos místicos extraordinarios en la vida de Teresa de Los Andes. En particular, ella no hizo milagros durante su vida. Una historia un poco rara fue contada por sor Isabel de la Trinidad, que fue su compañera de noviciado:
«Recuerda la testigo que en cierta ocasión que arreglaba el altar de Sta. María Niña, en la novena preparatoria a su fiesta el 8 de septiem­bre, por un gesto poco afortunado se le cayó de las manos la ima­gen de la Virgen y se quebró, la testigo le hizo señas a sor Teresa que como santa, hiciera la señal de la cruz para que se pegaran los pedazos rotos; la Sierva de Dios, apenada, no le agradó que la consi­deraran como santa y hacedora de milagros»[14].
Aunque Teresa hubiera rechazado hacer este milagro, la sugerencia de su compañera era bastante elocuente con relación a su fama de santidad.
Algunos testigos hablaron de profecías, en el sentido común de anuncios de acontecimientos futuros:
«Añade en lo que respecta a profecías que se despidió de mí, el día anterior del viaje definitivo al Carmelo, diciéndome: que no nos veríamos hasta el cielo. Al día siguiente me aprestaba para ir a la estación, para acompañarla en el viaje, me fue imposible por una terrible tormenta y no me dieron permiso para salir. Tenía proyectado ir a la toma de hábito, cuando ya se vistiera de carmelita, tampoco pude ir. Fue, sin duda, una inspiración profética de Juanita, cuando me dijo: “Hasta el cielo”, como lo espero en la misericordia de Dios»[15].
Sin embargo, este conocimiento venía sin duda de lo que Cristo decía a Teresa en las locuciones interiores. Es probablemente de este modo que debemos interpretar el anuncio por Teresa de su próximo fallecimiento un mes antes de que sucediera, cuando nada parecía indicar una muerte tan rápida.
Conclusión
Los fenómenos extraordinarios que hemos observado en la vida de Teresa (locuciones, visiones, levitación) no son por ellos mismos una garantía absoluta de santidad. La santidad es juzgada directamente según la heroicidad de las virtudes teologales y de las virtudes morales. Teresa misma lo entendía:
«También [Jesús] me dio a entender que no en ese recogimiento sensible estaba la unión divina, sino en la perfección de mi alma; en imitarlo y en sufrir con Él. No en las locuciones, pues de estas no debía hacer caso, sino en ser verdaderamente santa, teniendo sus perfecciones»[16].
De modo general, Teresa se apoyó mucho más sobre las orientaciones de los sacerdotes a los que abría su alma que sobre las locuciones que oía[17], mostrando al mismo tiempo su prudencia y su humildad.
Es interesante notar la diversidad que encontramos entre las santas del Carmelo. Algunas, como Teresa de Ávila y María de Jesús Crucificado, experimentaron muchos fenómenos místicos extraordinarios. En otras, como Teresa de Lisieux, Isabel de la Trinidad e Edith Stein, casi no vemos fenómenos semejantes. La razón es, probablemente, la diversidad muy grande entre los miembros del cuerpo místico de Cristo, incluso dentro de la misma Orden (el Carmen) y la misión particular de cada miembro[18]. El Señor nos presenta un camino de santidad único para cada uno de nosotros, pero debemos acordarnos siempre de la advertencia de san Pablo a los Corintios (1Co 13): lo más grande en la vida cristiana es la caridad. Es probable que nunca experimentaremos durante nuestra vida los fenómenos místicos extraordinarios que Teresa tuvo en su vida, pero estos fenómenos no son la parte esencial de la vida cristiana; son solo medios excepcionales. Lo más importante es que todos nosotros somos llamados a la santidad[19].
NOTAS
[1] Sobre las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo, ver nuestro libro: de Lassus, Alain-Marie, Las virtudes teologales, Editorial Palabra, Madrid, 2015.
[2] Cf. Dieu est joie infinie. Études sur sainte Thérèse des Andes, Éditions du Carmel, Toulouse, 2014, capítulo 7 : « “Me laisser guider entièrement par l’Esprit Saint”. Thérèse des Andes et l’Esprit Saint » ; capítulo 3 : « “Je me sentais en Dieu.” Avec Moïse et Jean de la Croix sur le mont Sinaï ». Una edición española está en preparación.
[3] Diario §6.
[4]  Cf. carta 87 al P. Falgueras.
[5] Cf. las advertencias de San Juan de la Cruz en Subida del Monte Carmelo, II, 19.
[6] Carta 87.
[7] Diario §56.
[8] Carta 87.
[9] Carta 87.
[10] Diario §55.
[11] Visiones sensibles, visiones imaginarias, visiones intelectuales (cf. San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, II, 10). Juan de la Cruz subraya (II, 16) que el demonio puede suscitar visiones imaginarias. Ver también : María-Eugenio del Niño Jesús, Quiero ver a Dios, Quinta parte, capítulo II (los favores extraordinarios).
[12] Carta 145.
[13] Carta del P. Félix Henle al P. Rafael Housse, 28 de julio de 1951 (conservada en el archivo del Carmelo de Auco).
[14] Testimonio de S. Isabel de la Trinidad, Positio super virtutibus, Rome, 1985, p.151.
[15] Testimonio de Carmen de Castro Ortúzar, Positio super virtutibus, p.146.
[16] Diario §52.
[17] “Le consulté [se trata del P. Julio Cea, encontrado durante una misión] acerca de mi oración y me dice que no haga ningún caso de las locuciones interiores sino de los efectos que hacían estas en mi alma. Que dijera todo al confesor lo que N. Señor me decía” (Diario §50). Teresa menciona varias veces que siguió este consejo (cf. cartas 116 y 139).
[18] En el caso de Teresa de Lisieux es fácil entender la razón: no era conveniente que la vida del líder del camino de la infancia espiritual incluyese fenómenos extraordinarios; de otro modo muchas almas hubieran sido asustadas. En la vida de Teresa de Lisieux, todo debía parecer sencillo e imitable.
[19] “Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios” (Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 41).

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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