¿Quién es Jesucristo para Teresa de los Andes? – Juan Manuel Varas, pbro.

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Artículo publicado en la edición Nº 1.204 (OCTUBRE- DICIEMBRE 2019)
Autor: Juan Manuel Varas, pbro.
Para citar: Varas, Juan Manuel, ¿Quién es Jesucristo para Teresa de los Andes?, en La Revista Católica, Nº1.204, octubre-diciembre 2019, pp.429-448.

 

 

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¿Quién es Jesucristo para Teresa de los Andes?
Juan Manuel Varas, pbro.

Introducción
¿Cómo una mujer de 19 años pudo llegar a la santidad? ¿Cómo esta misma joven logró calar tan profundamente en la vida de todo un país, Chile? ¿Cómo llegó Teresa de los Andes a ser la santa que todos conocemos hoy? La respuesta la encontramos, sin lugar a dudas, en Jesús: Teresa de los Andes fue una enamorada del Señor y eso le llevó a entregarse a Dios; a vivir intensamente sus once meses en el convento y a entregar su vida tan joven.
En las siguientes páginas trataré de explicar quién es Jesús para esta santa chilena, para concluir con algunas consideraciones pastorales que nos pueden ayudar al seguimiento de Cristo, con la intercesión de santa Teresa de los Andes.
Desarrollo
El pensamiento y sentir de santa Teresa de los Andes nos llega a través de dos fuentes: su Diario (D, en las notas al pie) y las cartas (C, en las notas al pie) que escribió a su familia y amigas, antes y después de entrar al Carmelo.
Nuestra santa escribió mucho sobre Jesucristo. Podemos afirmar que todos los temas que tocó en sus escritos estuvieron, de alguna manera, referidos a la figura de Jesús: lo central de su diario y cartas gira en torno a la Persona y obra de Jesucristo. Su doctrina —porque creemos que sí se puede hablar de doctrina— está ungida de Cristo y su experiencia espiritual fue fundamentalmente experiencia de Cristo.
Trataremos de exponer a continuación cómo brota de la espiritualidad de Teresa de los Andes una visión particular del Señor; cómo vio ella, desde su experiencia, las grandes afirmaciones cristológicas. Sirva de premisa para este desarrollo una verdad innegable: nuestra santa intentó presentar la figura de Jesucristo de tal manera que —nos referimos, en este caso, a sus cartas— el lector de sus escritos se decidiera a una verdadera conversión, a una entrega a Dios sin condiciones, a una amistad verdadera con Él. Por tanto, su cristología —si es que se puede utilizar este término— es más existencial que ontológica, más praxis que pensamiento.
Cabe notar que el lugar más citado por Teresa de los Andes en sus escritos fue el Calvario. Y, coherentemente, los fragmentos más meditados fueron los de la Pasión del Señor. Así las cosas, podemos afirmar que la Pasión fue una de las bases de la visión cristológica de nuestra santa. De la comprensión de ese misterio —entre otros— nació en Teresa la devoción a la Humanidad Santísima del Señor y en ella intuyó que el Padre se revela en Cristo Hombre y en Él se da el punto de convergencia entre Dios y los hombres.
Nuestra santa captó el alcance de los acontecimientos de la vida de Jesús: su nacimiento, infancia, vida pública, etc. Desde esa misma perspectiva captó —y utilizó— el significado de los diversos títulos de Cristo: Señor, Maestro, Esposo, Rey, etc. La dimensión de Cristo como Dios la percibió juntamente con la dimensión humana.
Hemos afirmado que la doctrina de santa Teresa respecto a Cristo  es una realidad más bien vivida que pensada. Por tanto, es lógico que en ella tenga especial relevancia las distintas presencias de Cristo: en la Iglesia, en las personas — los fieles corrientes, en cuya alma en gracia habita Dios[1]—, en los sacramentos, etc. Dentro de estos últimos, resaltó de manera especial la presencia de Cristo en la Eucaristía, tema al que dedicaremos un estudio más profundo posteriormente. En sus escritos se echa en falta un elemento: la figura de Cristo resucitado. Solo en una oportunidad[2] lo cita explícitamente.
Jesús Hombre
Considerando lo que hemos afirmado anteriormente —la cristología teresiana fue más praxis que pensamiento— nos parece lógico comenzar el estudio de la figura de Cristo por aquello que Teresa contempló y consideró más frecuentemente: la Humanidad Santísima del Señor[3].
Después de constatar que la experiencia espiritual de nuestra santa se basó —y se corrobora— en distintos pasajes bíblicos, podemos afirmar que para ella la Humanidad de Cristo es el lugar donde se realiza el encuentro con Dios[4]. En su faceta humana, Cristo es su objeto de contemplación y el medio a través del cual llega a Dios[5].
Para entender de manera cabal la importancia que nuestra santa dio a la Humanidad del Señor es necesario tener presente que a ella le pareció evidente la necesidad de la presencia de Cristo —Dios y hombre en todas sus manifestaciones— para tener vida espiritual. Si es imprescindible Cristo, y la Humanidad es una parte constitutiva en el Ser del Señor, entonces la Humanidad Santísima es indispensable para el proceso espiritual de toda persona.
Creemos que son tres los ámbitos en los cuales Teresa de los Andes tuvo especiales intuiciones cristológicas: en la consideración de la Pasión del Señor; en la contemplación de la Encarnación de Jesús y, por último, en una serie de títulos que dio a Jesucristo. A continuación desarrollaremos cada uno de estos puntos.
a) La Pasión del Señor [6]
Ya hemos afirmado que la Pasión y muerte del Señor es el pasaje de la Escritura que más meditó Teresa de los Andes. Es significativo que esta meditación no solo se circunscribió al comienzo de la vida espiritual de la santa, sino que continuó a lo largo de los años —pocos— de desarrollo que tuvo. Así, con el paso del tiempo, pudo afirmar sin ninguna duda: “la Pasión de Jesucristo es lo que mejor me hace para mi alma”[7].
1º Significado
“Sacrificio aquí en el destierro, gloria sin fin en la patria. Y ¿qué es el sacrificio, qué es la cruz sino cielo cuando en ella está Jesucristo? (…) Vivamos en la cruz. La cruz es la abnegación de nuestra voluntad. En la cruz está el cielo, porque allí está Jesús”[8]. Estas palabras de nuestra santa nos pueden servir para percatarnos del significado que tuvo la Pasión y la Cruz del Señor en la vida de Teresa de los Andes.
Nuestra autora consideró que la Pasión fue la expresión más elocuente del amor de Dios por sus criaturas. A través del sufrimiento de Jesús, el amor de Dios se revela al hombre de una manera totalmente inteligible. Y como siempre trató de llevar a la práctica lo que consideraba en su interior, los sufrimientos de Jesús tuvieron algunos significados concretos en la vida de Teresa:
Negarse activamente: Murió a sí misma y a todo lo que constituía un obstáculo para que Dios ocupase en su vida el lugar que le correspondía. Citamos algunos pasajes de sus cartas para corroborar lo anterior: “respecto a las mortificaciones, siempre sigo sus consejos y he tomado la resolución de negarme en todo”[9]; “pero ya le he prometido a N. Señor volver con todo ahínco a negarme en todo y a vivir solo para El”[10]; “trato, pues, de negarme en todo para llegar a poseer al Todo (…) Siempre quiero negarme y renunciarme en todo, para así unirme más a Dios”[11].
Aceptar gustosamente todo aquello que representaba dolor, sufrimiento, contradicción. Y lo hizo por amor a Dios, con el fin de unirse a la Pasión[12]. Basta pensar en su frágil salud y la serie de enfermedades que le sucedieron durante su vida, para darse cuenta de cuánto sufrió y cuánto ofreció al Señor. Todo lo anterior, sin considerar aquellos sufrimientos internos —no por eso menos profundos— al percatarse que parte de su familia vivía alejada de Dios.
Pero no se ha de pensar que esta aceptación fue una cuestión meramente pasiva, sino que nuestra santa también buscó activamente la unión con la Pasión del Señor. A este respecto, algunas expresiones que usó Teresa de los Andes reflejan de manera acertada lo que hemos dicho anteriormente: “portadores de la cruz de Jesús”; “acostados en la cruz de Jesús”[13]. Sabía que en el Calvario había soledad y la buscó, aunque supiera que allí encontraría el abandono más absoluto[14]. Por último, tuvo siempre muy presente que todo aquello obedecía a una razón sobrenatural: ofreció todo por los pecados[15].
2º Efectos
Teresa de los Andes fue consciente de que la Redención se llevó a cabo por la muerte del Señor[16] y que, por tanto, el primer gran fruto de la Pasión del Señor fue la Redención. Y como carmelita, se sentía verdadera corredentora. Lo anterior le llevó a una consecuencia lógica: sufrir y ofrecer ese sufrimiento por las almas[17].
No se quedó en una consideración meramente teórica, sino que trató de sacar propósitos concretos para su vida. El primero, su continuo afán por convertirse interiormente. En este aspecto, es significativo darse cuenta de la estrecha relación que tuvo en su vida la meditación de la Pasión y su ánimo por realizar en su vida una constante conversión[18].
De la meditación de la Pasión proviene también su visión respecto al pecado y el dolor que siente al percatarse de los pecados propios y ajenos. Para Teresa de los Andes el hombre debe responder a la llamada que Cristo le hace desde la Cruz. Si la respuesta es negativa —una interrupción voluntaria en el diálogo que debe haber entre Jesucristo y el hombre—, entonces hay pecado.
Y al constatar la realidad de la negativa a Dios, brotó otro efecto lógico: su dolor por los pecados y su afán reparador. Es este último efecto el que más le caracterizó, también porque uno de los fines de las carmelitas es pedir por la conversión de los pecadores (junto con la santificación de los sacerdotes).
La meditación de la Pasión avivó ese dolor[19]. Al mismo tiempo, al darse cuenta de los pecados propios y ajenos, ese sufrimiento se acrecentó[20]. Con todo, no desesperó ni desanimó; antes bien, procuró realizar un amplio apostolado con el fin de que sus amigas se unieran a ese dolor y a esa reparación[21].
Todo lo anterior lo podemos resumir afirmando que nuestra santa fue consciente —fruto de su cercanía al Señor en la Pasión— de la maldad del pecado[22]; sufrió por esto, pero trató de poner todo de su parte para reparar esas faltas e impulsó este desagraviar entre mucha gente. Las citas que confirman nuestra afirmación son numerosas[23].
Para concluir este apartado respecto a los efectos que la meditación de la Pasión del Señor tuvo en nuestra santa, queremos referirnos a un aspecto paradójico: el amor sacrificado de Teresa de los Andes —fruto de la consideración del sufrimiento de Cristo— tuvo la señal de identidad de la alegría.
Alegría en medio del dolor y del sufrimiento: Teresa de los Andes supo encarnar en su propia vida esta realidad. Porque, frente a su frágil salud, los problemas familiares que la rodeaban, las dudas que la embargaban para tomar su decisión de entrega, nuestra santa siempre tuvo la misma respuesta: serenidad y alegría.
Ya a los quince años escribió en su diario: «Jesús me dijo que quería que sufriese con alegría. Esto cuesta tanto, pero basta que Él lo pida para que yo procure hacerlo (…) Me dijo que Él había subido al Calvario y se había acostado en la Cruz con alegría por la salvación de los hombres. “¿Acaso no eres tú la que me buscas y la que quieres parecerte a Mí? Luego ven conmigo y toma la Cruz con amor y alegría”»[24].
Conforme pasaron los años, nuestra santa hizo aun más suyas estas ideas: su amor por Cristo crucificado fue creciendo, y ella amó el sufrimiento pues sabía que en él encontraba a Jesús. Así lo afirmó en una de sus cartas: “mas el sufrimiento no me es desconocido. En él encuentro mi alegría, pues en la cruz se encuentra a Jesús y El es amor. Y ¿qué importa sufrir cuando se ama?”[25].
Teresa de los Andes conoció desde muy pequeña el dolor: físico —pues no gozó de buena salud, antes bien, tuvo que soportar constantes enfermedades desde sus primeros años de vida—; espiritual, al ver que parte de su familia —su padre y sus hermanos— se alejaba de Dios; y de contrición, por sus pecados y los de otra gente. Supo ofrecer todo eso con alegría[26].
¿Cuál es la razón que explica la alegría de nuestra santa en medio del dolor y del sufrimiento? La respuesta es la misma que expresa el sentido de la existencia de Teresa de los Andes: el amor. Ella comprendió —y así lo vivió— que un sufrimiento no producía alegría directamente, sino que debía pasar por la purificación de la caridad. Así, ese dolor —entendido y asumido por amor, amor a Dios— produjo alegría en su vida.
No podemos afirmar con certeza de quién aprendió nuestra santa a vivir este binomio —humanamente inexplicable— dolor-alegría, pues no consta explícitamente en sus escritos. Sin embargo, sí sabemos que san Juan de la Cruz trató este tema en sus obras. Considerando que en la Suma espiritual que Teresa leyó[27] pocos meses antes de entrar al Carmelo se trata el tema de los grados de amor, de los que el místico carmelita escribió en “Noche oscura”, podemos aseverar que nuestra santa maduró el tema a la luz de los escritos del maestro de Fontiveros.
3º Conocimiento de Cristo a través de la Pasión
Fue en la reflexión y contemplación de la Pasión donde el rostro de Jesús se mostró a Teresa de los Andes de forma más diáfana. Esto le ayudó, sin lugar a dudas, a hacerse una visión concreta de la persona y del misterio de Jesucristo.
Junto a lo anterior, la meditación constante de la Pasión hizo que nuestra santa la reviviese de una manera especial. No fue solo una consideración de algo lejano, sino que verdaderamente trató de hacerlo como si ella estuviese presente en la escena.
En una carta dirigida a una amiga, sin fecha, nuestra santa nos dejó algunas descripciones —tomadas de un texto de santa Teresa de Ávila— respecto a la forma en que debe proceder una persona en ciertos momentos de la vida espiritual, y anotó los sentimientos de su alma al acercarse a este misterio de la vida de Cristo: “Contemplémosle —dice santa Teresa— alegre como en el Tabor, si estamos alegres; triste como en el Huerto si estamos tris­tes; y así en todo. Contemplémosle en las criaturas. Así nos será más fácil tener caridad. Si somos humilladas, lo somos por Él. Si somos alabadas, lo somos por Él. Si servimos, servimos a Él; y así en todo”[28].
Contempló a Jesús en los distintos pasos de su Pasión: en la oración en el huerto[29]; en la flagelación[30]; en la subida al Calvario[31]; en la crucifixión y muerte[32], y en la espera de su Resurrección[33].
En ocasiones, esta contemplación la llevó a cabo de manera tan viva, que sorprende la viveza del relato que nos dejó por escrito: “Hace tres días que estoy sumida en la agonía de N. Señor. Se me representa a cada instante moribundo. Con el rostro en el suelo. Con los cabellos rojos de sangre. Con los ojos amorata­dos. Sin facciones. Pálido. Demacrado. Tiene la túni­ca hasta la mitad del cuerpo. Las espaldas están cubiertas de una multitud de lancetas, que entiendo son los pecados. En las pale­tas, tiene dos llagas que permiten verle los huesos blancos, y en­clavados en los huecos de estas heridas, lancetas que llegan hasta penetrar en los huesos. En la espina dorsal tiene lancetas que le duelen horrible­mente. Por ambos lados corre la sangre a torrentes e inunda todo el suelo. La Sma. Virgen está a su lado de pie, llo­rando y pidiendo al Padre misericordia. Esta imagen la veo con una viveza tal que me produce una especie de agonía”[34].
Para culminar este apartado, podemos afirmar que la Pasión del Señor fue el soporte donde se apoyó toda la ascética de nuestra santa. Cristo en la Cruz le dejó diversas enseñanzas y fue el fundamento de una serie de virtudes y actos concretos de su vida[35].
b) La Encarnación
La espiritualidad de Teresa de los Andes se centra en el misterio de la Encarnación. Dios se ha encarnado, se ha hecho hombre, y ha convivido con la humanidad. Y la historia que nace del hecho que Dios esté presente entre los hombres fue fundamental para nuestra santa y su experiencia espiritual.
La meditación de este misterio, por parte de nuestra santa, fue un elemento recurrente en su oración. Fueron muchos los ratos que dedicó a este tema[36]. En numerosas ocasiones se sirvió de la ayuda del Evangelio[37] y de él sacó consecuencias concretas para su vida interior[38].
A partir de la consideración de este misterio, Teresa se sintió tan cerca de Jesús, que se dirigió a Él con términos semejantes a los que una persona emplea para tratar a sus iguales: Jesús mío, Esposo, rey, amigo, amor, prisionero, etc. Junto a lo anterior, tiene especial relevancia el trato que le da a Cristo: como “Hijo de la Virgen” —muchas veces, dirigiéndose a la Virgen se refirió a Cristo como “tu Hijo”—, pues con ello resalta la Humanidad de Jesús.
En la Encarnación nuestra santa detectó no solo el abajamiento de Cristo, al hacerse uno más entre los hombres, sino también el amor de Dios Padre para con nosotros, que nos entregó lo que Él más amaba: su propio Hijo.
La contemplación del Dios-Hombre tuvo un siguiente paso en la vida de Teresa de los Andes: la infancia de Jesús. Aunque en sus escritos no hizo especiales referencias a los primeros años de vida del Señor, no quiere decir que no le haya dado importancia, sino que lo vio como un eslabón más en la cadena de acontecimientos que expresan la Humanidad de Jesús.
Podemos afirmar que nuestra santa consideró siempre la niñez de Jesús en vinculación estrecha con la Pasión. Al mismo tiempo, contempló esa infancia desde la perspectiva del asombro: Dios no solo se hizo hombre, sino que asumió lo más débil de este: la infancia[39].
El seguimiento de la vida de Jesús continuó con los años de oscuridad de Nazaret —a los que ya nos hemos referido anteriormente—; su vida pública —que hemos tratado al estudiar los personajes y lugares del Nuevo Testamento más citados  por Teresa—, y su Pasión, muerte y Resurrección.
c) Los títulos de Jesucristo
Siguiendo lo que hicieron los autores del Nuevo Testamento, nuestra santa aplicó a Jesús una serie de títulos a través de los cuales expresó su pensamiento sobre su misterio. Recogeremos aquí los que, de acuerdo a nuestro criterio, consideramos más importantes y significativos para su espiritualidad.
Dos características fundamentales pueden hallarse en estos títulos que Teresa de los Andes dio a Jesús. Por una parte, aplicó al Señor los títulos desde la revelación, pues estaba convencida de que eran —y son— reales: reflejan alguna de las cualidades de Jesucristo y expresan los contenidos de su ser. Por otra parte, confirió esos títulos —por decirlo de alguna manera— desde el corazón, pues antes de pronunciarlos o escribirlos ya habían pasado por el tamiz de su existencia: los había vivido y por eso los plasmó en sus escritos.
El Hijo
Tal como la dejó trazada en sus escritos, la palabra “Hijo” en Teresa de los Andes y dirigida a Jesucristo encierra diversos significados. Dentro de ellos, hay uno que es primordial: significa, por una parte, el amor —encarnado y accesible— de Dios al hombre y, por otra, el gozo del “Hijo” al cumplir ese designio de amor, pues es Él el enviado del Padre para llevar a término la obra de la salvación.
Cada vez que escribe la palabra Hijo, nuestra santa la vincula estrechamente al Padre, aunque en otras ocasiones lo haga refiriéndose a la Virgen[40]. Insiste así en que este Hijo de Dios no fue una idea, sino una Persona concreta, que fue enviada para darnos a conocer al Padre y sus designios.
Es interesante constatar que la experiencia espiritual de Teresa de los Andes llegó al misterio trinitario. No solo supo diferenciar las divinas Personas[41], sino que profundizó especialmente en el misterio filial de Cristo: captó que Cristo es el Hijo natural de Dios, que se manifestó en el tiempo, como enviado del Padre[42].
Muy unidas a la palabra “Hijo”, nuestra santa resaltó algunas virtudes de Jesús. La primera, la obediencia: vio claramente que Jesús es modelo de obediencia al Padre, pues cumplió el designio de salvación que le fue encomendado[43]. Y —muy unida a la obediencia— la humildad, especialmente en lo que respecta a Cristo como modelo de sumisión a la voluntad del Padre[44].
“Hijo”, por tanto, tuvo distintos significados para nuestra santa: desde la consideración de Jesucristo como Hijo de Dios en la eternidad hasta el hecho de considerar a Jesús como el Hijo de una determinada persona, que ejerce esa función en favor nuestro. Podría parecer que la forma concreta de revelarse como Hijo contradice su ser de Hijo natural de Dios, pues a Él le corresponde toda la gloria y la alabanza y, en cambio, vive sin ninguna gloria humana y se viste totalmente de ignominia.
Con todo lo anterior, podemos concluir que para Teresa de los Andes el término Hijo supuso una bipolaridad esencial en Jesús: fue Dios, pero siendo Hombre; y fue Señor, haciéndose Siervo de todos.
El Maestro
Maestro fue, para nuestra santa, uno de los títulos que mejor definen a Jesús. Ella consideró que Jesucristo es por antonomasia quien enseña a los hombres el camino que conduce a Dios.
Jesús fue para nuestra santa el verdadero maestro de su oración, pues solo pudo tener una verdadera oración cuando le fue enseñada por Él. Jesucristo se la comunicó a Teresa; Él le enseñó; Él fue el objeto y el término de esa enseñanza. Todo lo anterior es fundamental para comprender qué significó el término Maestro en la vida de Teresa de los Andes.
Hemos de partir de la base que, para Teresa, Jesús es Dios. Por eso, lo denominó frecuentemente “Divino Maestro”[45]. Esto puede tener una doble lectura: maestro en cuanto que, como Dios, es la fuente del ser; y maestro en cuanto que se nos hace accesible en la naturaleza humana, pues su magisterio llega a nosotros mediante su Humanidad.
Uno de los vocablos más frecuentemente usados por nuestra santa para caracterizar a la Divinidad es la de la sabiduría: Teresa lo entendió, bien como atributo de la Divinidad, bien como don sobrenatural comunicado por esa Divinidad al hombre[46].
Jesucristo es, como persona divina, la misma sabiduría. En este aspecto nuestra santa no insistió mucho. Se puede decir que lo dio por supuesto. Lo que sí remarcó fue que esa sabiduría increada se hace sabiduría en el tiempo, al hacerse hombre. Por tanto, Jesús se mostró como sabiduría no solo cuando hablaba o predicaba, sino que lo era radicalmente en todo su ser hombre.
En este último aspecto, Teresa pensó que Jesús era el Maestro de la sabiduría, entendiendo este último como un atributo divino que se nos manifiesta para revelarnos los designios de Dios. Al considerar a Cristo como Maestro, nuestra santa parte del presupuesto básico que Él es, como Dios, la misma sabiduría.
Junto a lo anterior, Teresa de los Andes se dio cuenta que esa sabiduría se nos hacía accesible en el tiempo, en cuanto que Cristo también era hombre. La Humanidad del Señor fue para nuestra santa el medio por el que la sabiduría llegaba a los hombres. Por tanto, Jesús-Hombre fue maestro en todo lo que un hombre puede aprender de otro. Fue un verdadero maestro de humanidad[47].
El Esposo
Hemos de aclarar, en primer lugar, qué significado tiene el amor esponsal en la teología espiritual: el sentido más utilizado tiene que ver con la virginidad consagrada. Es decir, una entrega total a Jesucristo por amor, y que es utilizado especialmente por las órdenes religiosas femeninas de clausura; otra acepción se refiere al celibato; también aparece al referirse a los últimos grados de la mística y, por último, se utiliza para describir la relación de cualquier alma con Dios[48].
Conforme a lo que hemos afirmado anteriormente, es claro que nuestra santa utilizó la palabra esposo para designar a Jesús como consecuencia de su entrega total por amor. En efecto, se sintió esposa de Él y utilizó esa palabra aplicada a Jesucristo en variadas ocasiones, especialmente en las invocaciones y exclamaciones.
¿De dónde aprendió nuestra santa este título? Lo más probable es que lo haya leído en los escritos de santa Teresa de Jesús[49], quien lo meditó frecuentemente —baste pensar en su comentario al Cantar de los cantares— y que lo dejó como legado para sus Carmelos.
Si bien es cierto que el vocablo que estamos analizando tiene un contenido teológico muy profundo, Teresa de los Andes lo redujo casi exclusivamente a su voto de virginidad, que ella consideró como un verdadero desposorio con Cristo. El primer voto solemne, aunque privado, lo hizo nuestra santa cuando tenía 15 años, el 8 de diciembre de 1915: «Es mañana el día más grande de mi vida. Voy a ser esposa de Jesús. ¿Quién soy yo y quién es Él? [El] todopoderoso, inmenso, la Sabiduría, Bondad y Pureza misma se va a unir a una pobre pecadora. ¡Oh Jesús, mi amor, mi vida, mi consuelo y alegría, mi todo! ¡Mañana seré tuya! ¡Oh, Jesús, amor mío! Madre mía, mañana [8.12.1915] seré doblemente tu Hija. Voy a ser Esposa de Jesús. Él va a poner en mi dedo el anillo nupcial. Oh, soy feliz, pues puedo decir con verdad que el único amor de mi corazón ha sido Él. Mi confesor me dio permiso para hacer voto de castidad por nueve días y después me seguirá indicando las fechas. Soy feliz. Tengo mi fórmula escrita: “Hoy, ocho de diciembre de 1915, de edad de quince años, hago el voto delante de la Sma. Trinidad y en presencia de la Virgen María y de todos los santos del Cielo de no admitir otro Esposo sino a mi Señor Jesucristo, a quien amo de todo corazón y a quien quiero servir hasta el último momento de mi vida. Hecho por la novena de la Inmaculada para ser renovado con el permiso de mi confesor”»[50].
Este primer voto privado lo fue renovando por temporadas, hasta su muerte, de acuerdo con sus directores espirituales. Lo que comenzó como una decisión en un momento determinado, dio paso a un sentimiento y un modo de vivir que caló profundamente la vida de Teresa.
Obviamente, un paso de gran importancia en este aspecto lo constituyó su ida al Carmelo. Años antes de su entrada al convento, ya soñaba con ese momento: “Por Él lo dejaré todo para irme a ocultar tras las rejas del Carmen, si es Su Voluntad, y vivir solo para Él. ¡Qué dicha, qué placer! Es el Cielo en la tierra. Pero entre tanto, qué siglos son los años que se esperan pa­ra darle el dulcísimo nombre de Esposo”[51]. Y con el transcurso de los años, creció el sentimiento de saberse escogida por Dios para ser su esposa.
Todo lo anterior tuvo consecuencias prácticas en la vida de Teresa de los Andes: en primer lugar, la decisión firme de cumplir siempre y en todo la Voluntad de su esposo[52]; después, el propósito decidido de seguir a Jesús en una mayor unión[53];  la intención de estar con Él en todos lados, también en el momento de la prueba, de la Cruz[54]; la determinación de amarle más y de asemejarse más a Él[55]; la finalidad de tener un único querer[56] y de pertenecer completamente a su Esposo[57].
El Rey
Teniendo presente que el título Rey explica perfectamente la dignidad de Jesucristo, podemos analizar el uso que le dio nuestra santa a este término: en primer lugar, afirmar que Teresa de los Andes utilizó esta palabra —Rey— como un verdadero título cristológico. Pero no solo eso, sino que supo conjugar de manera admirable las ideas de gloria y soberanía —propias de un Rey— con las de cercanía y proximidad[58].
Aunque no escribió nada al respecto, la influencia de la santa reformadora del Carmelo —también en este aspecto— es innegable. Baste pensar en lo que la santa de Ávila escribió en su comentario al Cantar de los cantares[59], para darnos cuenta de que Teresa de los Andes aprendió de ella el uso del término que estamos analizando.
Nuestra santa dio a Jesús el nombre de Rey, teniendo presentes dos conceptos fundamentales: el de creación y el de redención. Jesús, Rey de la creación, tiene soberanía sobre todo lo creado. Al postular lo anterior, Teresa no hizo sino afirmar y confirmar la divinidad de Jesucristo.
Junto a lo anterior, insistió en la realeza de Cristo como redentor y salvador de los hombres. En este sentido, consideró a Jesucristo como Rey de su propia alma y del alma de todos los hombres; quien da unidad al ser del hombre, quien atrae hacia Sí todas las potencias humanas.
Esa cercanía se tradujo, en la vida de Teresa de los Andes, en una amistad tan íntima, que le exigió una entrega incondicionada y una unión total con su Rey[60]. Al mismo tiempo, fue consciente de su indignidad para ser objeto de ese amor de predilección[61]; se sintió elevada por ese amor[62] e hizo todos los esfuerzos para propagar el Reino de ese Rey, sin descuidar el estar muy cerca de Él[63].
El Juez
Este título es el que nuestra santa utilizó, para referirse a Jesús, en menos ocasiones a lo largo de sus escritos. Al igual que al utilizar el título de Rey, Teresa dio un doble significado al término Juez: junto a la lejanía que podría darse en él, destacó la proximidad que conlleva.
Lo anterior se explica teniendo presente la amistad existente entre Dios y el hombre y, junto a ello, el hecho de que al final de los tiempos Él exigirá una respuesta[64] a esa condescendencia divina: Cristo Juez, que juzgará al final de los tiempos, pero que también lo hace cada vez que un alma acude al sacramento de la confesión. Esta realidad también la tuvo presente nuestra santa, especialmente al momento de hacer apostolado[65].
Las repercusiones que este título cristológico tuvo en la vida interior de Teresa de los Andes fueron variadas, pero ante todo, le produjo un temor de amistad —por llamarlo de alguna manera—: de no agradar al amigo, de ver su rostro airado. Nada más lejos de la espiritualidad de nuestra santa que la de caer en un temor servil[66], pues ella consideró a Cristo como un Juez de amor.
Al concluir esta exposición sobre los diversos títulos que Teresa dio a Jesucristo, queremos hacer notar la peculiar perspectiva que utilizó para estos términos: captó la hondura del misterio de Cristo no solo desde una base teórica, sino también desde la experiencia de su propia alma. Se acercó a Él para encontrar una respuesta a su vida.
Conclusión
Desde la primera catequesis, se nos ha enseñado que Dios es Amor. Y que la primera y más importante de las virtudes que hemos de vivir es el amor: a Dios y, por Dios, a todas las criaturas. Esto fue Jesús para Teresa de los Andes: puro Amor. Y sobre esta base, lo trató y amó hasta el punto de dar su vida por Él.
A ese Jesús lo conoció en los evangelios y lo trató en la oración y en la Eucaristía. Muchas horas frente al Tabernáculo de su parroquia y, después, en el convento. Ratos de oración contemplando a Jesús en su vida, pasión, muerte y resurrección. Y tan enamorada estaba, que vivió una corta pero intensa vida interesada en que los que la rodeaban también participaran de ese amor.
¿Qué nos enseña todo esto? Pienso que nos ayuda a vivir la vida mirando a Jesús, sin tener miedo de lo que nos pueda pasar: alegres siempre, también cuando el dolor y el sufrimiento puedan ser compañeros de camino; creyendo firmemente que –pese a las dificultades- Jesús sigue siendo el mismo Dios que lo puede todo; y que hemos de ser cristianos esperanzados, porque el mismo Jesús al que amamos y en el que creemos nos sostiene.
NOTAS
[1] Cfr. D 58, anotación del 21 de noviembre de 1919: “Considerar que (…) mis hermanitas son hostias donde Jesús mora escondido” y C 108, del 12 de junio de 1919, dirigida a su hermana Rebeca: “Fíjate, se ha rebajado más aun que el hombre, ha tomado forma de cosa, de pan, porque encuentra sus delicias en habitar con los hijos de los hombres”.
[2] Cfr. C 137, del 4 de octubre de 1919, dirigida a Graciela Montes y Clara Urzúa.
[3] En este sentido, no podemos olvidar que hay manuales contemporáneos de cristología que dedican capítulos completos a este tema. Cfr. AMATO, ANGELO, Jesús, el Señor, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2002, pp. 113-158.
[4] La influencia de santa Teresa de Jesús en este aspecto es patente: basta considerar una cita de la santa reformadora del Carmelo para percatarse de esta realidad. Cfr. Santa Teresa de Jesús, VIDA 22, 6: “Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita”.
[5] Cfr. D 53, anotación del 4 de abril de 1919: “vivir constantemente contemplando a Dios, sobre todo a Jesucristo, pues la Humanidad es la puerta que hay que franquear para entrar en la Divinidad”.
[6] Una aparente contradicción se da en este aspecto de la vida interior de nuestra santa: cómo conjugó de manera admirable la contemplación de la Pasión del Señor, el sufrimiento, con el no perder jamás la alegría. Al respecto se puede confrontar ALAIN MARIE DE LASSUS, Dieu est joie infinie, Joie de Dieu et joie du chrétien chez Sainte Thérèse des Andes, en “Carmel” 119 (2006), 35-43.
[7] C 143, sin fecha, dirigida a su madre.
[8] C 40, sin fecha, dirigida a Elena Salas González.
[9] C 29, del 18 de junio de 1918, dirigida al Padre José Blanch, C.M.F.
[10] C 72, del 15 de marzo de 1919, dirigida al Padre Julián Cea, C.M.F.
[11] C 116, del 20 de julio de 1919, dirigida al Padre Artemio Colom, S.J.
[12] Sorprende lo que escribió en D 16, correspondiente a la carta que escribe a su hermana Rebeca el 15 de abril de 1916. «Él viene con una Cruz, y sobre ella está escrita una sola palabra que conmueve mi corazón hasta sus más íntimas fibras: “Amor” ¡Oh, qué bello se ve con su túnica de sangre! Esa sangre vale para mí más que las joyas y los diamantes de toda la tierra».
[13] Cfr D 15, anotación sin fecha: «Me dijo que El había subido al Calvario y se había acostado en la Cruz con alegría por la salvación de los hombres. “¿Acaso no eres tú la que me buscas y la que quieres parecerte a Mí? Luego, ven conmigo y toma la Cruz con amor y alegría”».
[14] Cfr. D 34, anotación del 5 de octubre de 1917. “Hoy he tenido más fervor. Yo creo que mi poca devoción proviene de que estoy muy apegada a todo lo terreno, a las vanidades. Quiero renunciar a todo lo terreno. Quiero vivir en la cruz. Allí hay abandono, soledad”.
[15] D 23, anotación del 19 de junio de 1917: “Me he ofrecido a Él por la conversión de esas personas. Cuánto sufro al pensar que dentro de esas almas está el diablo y no Dios”; D 31: anotación del 20 de agosto de 1917: “Jesús mío, te lo ofrezco por mis pecados y por los pecadores”; C 66, del 27 de febrero de 1919, dirigida al Padre Julián Cea, C.M.F.: “Ofrézcame como víctima de reparación y acción de gracias en la Sta. Misa”, y C 162, del 18 de febrero de 1920, dirigida a su madre: “Con la Sma. Virgen he arreglado que sea mi sacerdote, que me ofrezca en cada momento por los pecadores…”.
[16] C 137, del 4 de octubre de 1919, dirigida a Graciela Montes y Clara Urzúa: “nuestro Redentor que ha derramado hasta la última gota de la sangre de su corazón”.
[17] C 135, del 30 de septiembre de 1919, dirigida a su madre: “somos, por lo tanto, corredentoras del mundo. Y la redención de las almas no se efectúa sin cruz. Animémonos, hermanita, para sufrir todo lo que Dios quiera”.
[18] A modo de ejemplo, citamos una parte de los apuntes que realizó en su último retiro —D 56, anotación sin fecha: “La cruz ha sido bien pesada. Primero tuve que acompañar a N. Señor en la agonía”; D 57, anotación sin fecha: “Debo tratar de (…) fijar mi atención en el amor que me demuestra en la Cruz…”, y D 58, anotación sin fecha, correspondiente a las resoluciones de su vida de carmelita: “La carmelita sube al Calvario, allí se inmola por las almas. El amor la crucifica, muere para sí misma y para el mundo”— para que puedan ser comparados con lo que escribió pocos días después de terminar ese retiro: C 134, del 29 de septiembre de 1919, dirigida a Herminia Valdés Ossa: “Estuve en retiro 10 días. ¿Qué te parece? Se me pasaron volando (…) Me he propuesto convertirme”.
[19] D 51, anotación del 21 de febrero de 1919: “En la tarde. Medité en la Oración del Huerto. N. Señor me acercó a Él. Vi su rostro moribundo. Lo sentí helado (…) Sentí fervor y dolor de ofenderlo”
[20] C 96, del 12 de mayo de 1919, dirigida a su hermano Luis: “siento el más vivo dolor al ver cómo Dios, en su majestad y grandeza, se preocupa del hombre, desciende al tabernáculo y se constituye nuestro amigo íntimo, nuestro médico amoroso, nuestro Todo adorado y, sin embargo, permanece allí cautivo sin que los hombres piensen siquiera en Él; antes, al contrario, solo piensan en pecar. ¡Qué ingratitud más execrable!”.
[21] C 139, sin fecha, dirigida a una amiga: “Fíjate si después quedas acordándote de Dios; si tienes dolor por haberlo ofendido; si tienes más fuerzas para vencerte; si te humillas, en una palabra, si notas tú que esas palabras te hacen mejor, y esto le dirás al padre sin ocultarle nada”.
[22] D 17, sin fecha, correspondiente a las anotaciones del retiro de 1916: “El pecado es un monstruo. Los dos primeros pecados. Luzbel en el cielo, por un solo pecado de pensamiento, es convertido en demonio. Y yo ¿cuántos pecados he cometido en mi vida? Y Dios no me ha castigado; antes por el contrario, me ha colmado de gracias. ¡Cuántas veces me ha perdonado! Y arrojó por una sola desobediencia a nuestros primeros padres. ¿Con qué te pagaré, Dios mío? Apártate, oh pecado, de mí. Te aborrezco con terrible odio. Quiero ser de Dios. Quiero morir antes que cometerte. Perdón, Dios mío, perdón, bondad y misericordia infinita. Antes prefiero morir que ofenderte, aun con la más ligera falta. Te amo y el pecado me aparta de Ti”.
[23] D 32, anotación del 27 de agosto de 1917: “pues sufro y sufro con Jesús para consolarlo y para reparar mis pecados y los de los hombres”; D 34, anotación del 17 de octubre de 1917. “Quiero pasar mi vida sufriendo para reparar mis pecados y los de los pecadores”; D 53, anotación del 4 de abril de 1919: “Le pedí perdón por mis pecados. Me sentí tan pecadora que me eché a sus pies y le pedí curara mis llagas”; C 12, sin fecha, dirigida a Graciela Montes Larraín: “hagámosle compañía ofreciéndole nuestro amor, consolándolo y reparando nuestros pecados y los del prójimo”; C 46, del 1º de enero de 1919, dirigida a la Madre Angélica Teresa: “quiere que viva unida a El, para reparar los pecados del mundo”, y C 162, del 18 de febrero de 1920, dirigida a su madre: “Podemos hacer tan poco para reparar tanto pecado (…) Sin embargo, no me desconsuelo, pues he encontrado un tesoro y es el ofrecer la santa Misa, es decir, la santa Hostia, para reparar”.
[24] D 15: la anotación no tiene fecha, pero la datamos en 1915 pues la anotación anterior es del 24 de septiembre de 1915, y la siguiente es del 7 de diciembre de 1915.
[25] C 14, del 5 de septiembre de 1917, dirigida a la Madre Angélica Teresa.
[26] Cfr. D 21, anotación sin fecha: “Sufro. Esta palabra expresa todo para mí. ¡Felicidad! Cuando sufro estoy en la Cruz de mi Jesús. ¡Qué felicidad más grande…”, y D 15: anotación sin fecha: “Hoy desde que me levanté estoy muy triste. Parece que de repente se me parte el corazón (…). Sufro, pero estoy feliz sufriendo. He quitado la Cruz a mi Jesús. El descansa. ¿Qué mayor felicidad para mí?”.
[27] Libro con textos de San Juan de la Cruz.
[28] C 65, sin fecha, dirigida a una amiga.
[29] Cfr. D 13, anotación del 12 de septiembre de 1915: “porque así puedo unirme mejor a mi Jesús en el Huerto y consolarlo un poco”; D 18, anotación del 2 de enero de 1917: «Jesús mío, quiero acompañarte en el huerto en tu agonía. Quiero consolarte y decir contigo: “Señor, si es posible, que pase de mi este cáliz amargo, mas no se haga mi voluntad sino la tuya”», y D 51, anotación del 21 de febrero de 1919: “Medité en la Oración del Huerto. N. Señor me acercó a El. Vi su rostro moribundo. Lo sentí helado…”.
[30] Cfr. C 146, sin fecha, dirigida a una amiga: «Jesús azotado en la columna. Entonces figúrate que lo tienes allí en tu alma y que estás muy cerca de El para recibir su sangre. Tú eres el verdugo con tus pecados. Mira cómo sus miradas se fijan en ti para decirte: “¿Cómo quieres que te demuestre más mi amor? Ven. Cúbreme con tus lágrimas, pídeme perdón y prométeme que nunca más lo harás. Consuélame tú al menos que vas a ser mi esposa”. Arrójate entonces a sus pies y prométele en qué le vas a demostrar tu amor aquel día. Dile que ya no lo quieres ofender; que te perdone. Abrázalo para que su sangre divina te purifique».
[31] Cfr. D 17, anotación sin fecha: “Jesús querido, te miraré en tu subida al Calvario y ayudada por Ti me levantaré”, y D 33, anotación del 11 de septiembre de 1917: “Jesús quería que fuera su Cireneo”.
[32] Cfr. C 132, del 28 de septiembre de 1919, dirigida a su padre: «…encontrar el consuelo junto a la Cruz. A su sombra, todas las amarguras desaparecen. Nadie sufrió tanto como Jesús y desde ella nos enseña a soportar todos los dolores en silencio y con resignación. El desde la Cruz convida a sus criaturas con los brazos extendidos, diciéndoles: “Venid a Mí los que estáis cargados por el peso de los dolores, que yo os aliviaré”», y D 31, anotación del 20 de agosto de 1917: “¿Dios mío, por qué me habéis abandonado? (…) Jesús mío (…) Me uno a tu abandono en el Calvario”.
[33] Cfr. C 86, del 20 de abril de 1919, dirigida a la Madre Angélica Teresa: “Después de presenciar la escena horrible del Calvario el viernes, con cuántas ansias espera el alma que ama presenciar el domingo la escena del triunfo más completo de N. Señor sobre la muerte y sobre el pecado”.
[34] D 55, anotación del 26 de mayo de 1919.
[35] Cfr. D 35, anotación del 30 de octubre de 1917: «La carmelita ha de mortificar su carne a ejemplo de Jesús agonizante. 2° Mortificar su voluntad, negándose todos los gustos y sometiendo su voluntad a Dios y al prójimo. 3° El sufrimiento del espíritu, del abandono de nuestro Jesús en la oración, en las luchas del alma, etc. Como Jesús que dijo en la cruz: “Dios mío, ¿por qué me habéis abandonado?”. La vida de la carmelita no es otra cosa: amar, llegar a la unión más perfecta con Dios, e inmolarse y sacrificarse en todo, ya que el sacrificio es la oblación del amor».
[36] Cfr. C 45, del 13 de diciembre de 1918, dirigida al Padre José Blanch, C.M.F.: “Este tiempo de Adviento lo tengo dedicado a la oración. Trato de tener una hora de meditación por la mañana, en la que medito el gran misterio de la Encarnación, por el cual siento notable devoción”, y C 56, del 29 de enero de 1919, dirigida al Padre Artemio Colom, S.J.: “He tenido a veces en la oración mucho recogimiento, y he estado completamente absorta contemplando las perfecciones infinitas de Dios; sobre todo aquellas que se manifiestan en el misterio de la Encarnación. El otro día me pasó algo que nunca había experimentado. N. Señor me dio a entender una noche su grandeza y al propio tiempo mi nada”.
[37] C 136, del 2 de octubre de 1919, dirigida a una amiga: “Las [palabras] del Evangelio (…) Allí ve en magníficos cuadros representado al Salvador, el Verbo Encarnado. Ella ve a su Dios soportando las miserias humanas: sintiendo el frío allá en la cuna, sufriendo el destierro en Egipto, obedeciendo a sus criaturas Él que es todopoderoso. Ve llorar a ese Niño en los brazos de su pobre Madre; y ese llanto son los gemidos del que es la Alegría infinita”.
[38] D 42, anotación del 7 de agosto de 1918: «Entro al retiro: “Hablad, Señor, que vuestra sierva escucha”. Quiero decir con la Sma. Virgen: “Fiat mihi secundum Verbum tuum”».
[39] Cfr. C 149, sin fecha, dirigida a Elisa Valdés Ossa: «Mi Dios eterno, infinito, espíritu puro, naciendo niño en un pobre portal. ¡Qué misterio de amor, qué éxtasis sería el de la S. Virgen y de nuestro Padre S. José! ¡Qué pureza, qué belleza se reflejaría en la frente de Jesús! Algo más que angélico, algo divino… Amemos y adoremos y escuchemos al Verbo… que dice de humildad, de silencio, de pobreza. Escuchemos: “Ecce venio”: “Vengo, oh Padre, a hacer tu voluntad”», y C 156, del 8 de enero de 1920, dirigida a Herminia Valdés: “Al verlo en la cuna en pobres pajas, calentado por animales, desechado por los hombres, llorando de frío, ¿podré tomar en cuenta todos los sacrificios del mundo?”.
[40] Cfr. D 15, anotación sin fecha: “Ven Tú [la Virgen] con tu Hijo y mi felicidad será completa”; D 19, anotación del 12 de febrero de 1917: “Si es afligido, Tú [la Virgen], con tus miradas lagrimosas, le muestras la Cruz y en ella a tu divino Hijo”, y C 79, del 26 de marzo de 1919, dirigida a la Madre Angélica Teresa: “mi Madre Santísima a quien jamás he invocado en vano y que ha sido mi guía verdadero toda mi vida, desde muy chica, y mi Padre San José —a quien he cobrado gran devoción—, que lo puede todo cerca de su Divino Hijo”.
[41] Cfr. D 20, anotación sin fecha: “Vivir en unidad de pensamientos, en unidad de sentimientos, de acciones, y así, al mirarme el Padre, encontrará la imagen de su Hijo. Y el Espíritu Santo, al ver residir al Padre y al Hijo, me hará su esposa y las Tres Personas vendrán a morar en mí”.
[42] Cfr. C 121, del agosto de 1919, dirigida a Inés Salas Pereira: “Amemos al Amor eterno, al Amor infinito, inmutable. Amemos locamente a Dios, ya que Él en su eternidad nos amó. Sin necesidad de nosotros nos creó. Toda la obra de su poder fue dirigida para el hombre. Todo lo puso a disposición de nosotros. Continuamente nos sostiene y alimenta. Y para no separarse de nosotros en la eternidad, nos dio su Unigénito Hijo. Dios se hizo criatura. Padeció y murió por nosotros. Dios se hizo alimento de sus criaturas. ¿Has profundizado alguna vez esta locura infinita de amor?”.
[43] Cfr. C 13, sin fecha, dirigida a Graciela Montes Larraín: «Por medio de la obediencia, imitando a Jesusito que se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz. El hizo la voluntad de su Padre todos los momentos de su vida. “Heme aquí, Oh Padre, para hacer tu voluntad”»; C 65, sin fecha, dirigida a una amiga: “del Crucificado, del Obediente hasta la muerte…”; C 82, sin fecha, dirigida a Elena Salas: “…obedece inmediatamente, sin examinar si son inferiores o superiores, si tienen razón o no, sino como obedecía Jesús: porque era la voluntad de Dios”, y C 141, de octubre de 1919, dirigida a Amelia Montt: “Mira a Jesús en los oprobios, y aprenderás a humillarte. Míralo obediente hasta la muerte y aprenderás a obedecer”.
[44] Cfr. D 17, anotación sin fecha: “Estar dispuestas a seguir a Jesús donde Él quiera. Él elige la pobreza, las humillaciones, la Cruz y exige para mí todos estos dones”; D 24, anotación del 22 de junio de 1917: “Quiero ser humilde con Cristo crucificado; D 45, anotación del 25 de agosto de 1918: “Hoy, N. Señor, en la meditación, me hizo ver su gran amor: cómo se humilló y rebajó hasta parecer loco, pecador, blasfemo, impuro, ladrón”, y un trozo de la ya citada C 149, sin fecha, dirigida a Elisa Valdés Ossa: «Mi Dios eterno, infinito (…) Amemos y adoremos y escuchemos al Verbo… que dice de humildad, de silencio, de pobreza. Escuchemos: “Ecce venio”: “Vengo, oh Padre, a hacer tu voluntad”».
[45] Cfr. D 16, correspondiente a la carta del 15 de abril de 1916, dirigida a su hermana Rebeca: «El Divino Maestro se ha compadecido de mí. Acercándose, me ha dicho muy por lo bajo: “Deja a tu padre y madre y todo cuanto tienes y sígueme”»; C 90, del 28 de abril de 1919, dirigida al Padre José Blanch, C.M.F.: “Verán la bondad del Divino Maestro que tanto me ha amado siendo yo tan ingrata y pecadora”; C 101, del 14 de mayo de 1919, dirigida a Elisa Valdés Ossa: «ya que nuestro divino Maestro se lo dijo a Magdalena: “Has escogido la mejor parte”», y C 111, del 23 de junio de 1919, dirigida a su tía Juana Solar: “pero en el Carmen no hay tiempo, si no es para estar como Magdalena a los pies de Jesús. Cuando estoy a los pies de mi Divino Maestro, no la olvido jamás”.
[46] Cfr., por ejemplo, D 49, anotación del 27 de enero de 1917: “Las perfecciones de Dios se me presentaron una a una: la Bondad, la Sabiduría, la Inmensidad, la Misericordia, la Santidad, la Justicia…”; D 15, anotación sin fecha: “¿Quién soy yo y quién es El? [El] todopoderoso, inmenso, la Sabiduría, Bondad y Pureza misma se va a unir a una pobre pecadora”; D 29, anotación del 8 de agosto de 1917: “ese Ser que es la misma Sabiduría, el mismo Poder y que es la misma Bondad (…) Tú, Jesús la Sabiduría Infinita”; C 109, del 13 de junio de 1919, dirigida a Elisa Valdés Ossa: “¿Quién sabrá decirle algo al Verbo, a la Palabra eterna, a la Sabiduría divina e increada?”, C 136, del 2 de octubre de 1919, dirigida a una amiga: “¿Cómo no amar a ese Jesús con toda nuestra alma? Él, que es la Belleza increada; Él, la Sabiduría eterna”, y C 138, sin fecha, dirigida a una amiga: “Mas dime, ¿hay algo bueno, bello, verdadero que podamos concebir que en Jesús no esté, no ya en un grado superior, sino infinito? Sabiduría, para la cual no hay nada secreto…”.
[47] Jesús fue para nuestra santa maestro de vida: cfr, por ejemplo, C 16, del 8 de noviembre de 1917, dirigida a la Madre Angélica Teresa: “Pues sé que hasta que no modele mi amor y gusto con los del Corazón de mi Maestro, no podré llegar, a la unión con Dios dentro de mi alma”; fue, además, quien le enseñó a vivir el sufrimiento: cfr. C 14, del 5 de septiembre de 1917, dirigida a la Madre Angélica Teresa “Rda. Madre, mi Jesús me ha enseñado desde chica estas tres cosas. ¡Cuánto debo agradecer a mi Divino Maestro las lecciones que da a una miserable como yo!”; C 143, sin fecha, dirigida a su madre: “Me excita en la confianza de ese mi Maestro adorado, que sufrió tanto por amarme”, y C 135, del 30 de septiembre de 1919, dirigida a su madre: “y es para aceptar con alegría y santa conformidad las cruces que nuestro Divino Maestro se digne enviarnos”.
[48] Los libros más utilizados para ejemplificar de manera adecuada este tipo de amor han sido los salmos y, de manera especial, el Cantar de los Cantares.
[49] Cfr. C 109, del 13 de junio de 1919, dirigida a Elisa Valdés Ossa: “N. Santa Madre recomienda esta mirada amorosa al Esposo de nuestra alma”.
[50] D 15, anotación del 7 de diciembre de 1915.
[51] D 11, anotación sin fecha.
[52] Cfr, por ejemplo, D 18, anotación del 25 de enero de 1918: “Hoy he prometido a mi Jesús el cumplir su Divina Voluntad, aceptando con alegría lo que Él mande. La esposa ha de unir su voluntad a la del esposo y someterse a Él”, y D 23, anotación del 19 de junio de 1917: “Jesús mío, Esposo de mi alma, me ofrezco a Ti. Haz de mí lo que quieras”.
[53] Cfr. D 28, anotación del 15 de julio de 1917: “Amando con un amor puro a Dios. Entregándome a Él sin reserva. Viviendo en una comunión íntima con el Esposo de mi alma”; C 138, sin fecha, dirigida a una amiga: “¿Cuál es lo esencial en la vida religiosa? La unión, o sea, la semejanza con Jesús, el esposo del alma”, y C 141, de octubre de 1919, dirigida a Amelia Montt: “solo te recomiendo una cosa, y es que consideres que, si vas a ser monja, vas a ser esposa de Jesucristo, y que el Esposo con la esposa deben ser tan unidos que solo formen un solo corazón”.
[54] Cfr. D 21, anotación sin fecha: “¡Qué felicidad más grande es decirle: Jesús, Esposo mío, acuérdate que soy tu esposa, dame tu cruz!”, y C 90, del 28 de abril de 1919, dirigida al Padre José Blanch, C.M.F.: “yo quiero beber hasta las heces el cáliz que mi Divino Esposo me presenta (…) Quito mi mirada y se me presenta Jesucristo, mi Esposo adorado con su cruz”.
[55] Cfr. . D 22, anotación sin fecha: “Jesús mío, Esposo de mi alma, te amo. Soy toda tuya. Sé Tú todo mío”; D 29, anotación del 8 de agosto de 1917: “Madre mía, enséñame a imitar a mi Divino Esposo”, y C 87, del 24 de abril de 1919, dirigida al Padre Antonio Falgueras, S.J.: “pues quiero conocer a mi Divino Esposo, a fin de amarle cada día más”.
[56] Cfr. D 18, anotación del Enero 25 de 1917:”Hoy he prometido a mi Jesús el cumplir su Divina Voluntad, aceptando con alegría lo que Él mande. La esposa ha de unir su voluntad a la del esposo y someterse a Él”; D 29, anotación del 8 de agosto de 1917: “Tú, Jesús la Sabiduría Infinita, despreciaste todo esto. Luego tu esposa ingrata quiere con tu ayuda despreciarlo”.
[57] Cfr. D 34, anotación del 2 de octubre de 1917: «Quiero que mis acciones, mis deseos, mis pensamientos, lleven este sello: “Soy de Jesús”»; D 29, anotación del 8 de agosto de 1917: “Desde hoy quiero que mi inteligencia no conozca sino a Él; que mi voluntad no se incline sino a Él; que mi corazón y todo mi ser no pertenezca sino a Él”.
[58] Refiriéndose a la Eucaristía, Teresa de los Andes escribió respecto a esta intimidad. Cfr. C 114, del 12 de julio de 1919, dirigida a su hermana Rebeca: “Y es que contiene a Jesús como víctima inmolada, como Rey del mundo, como alimento del alma”, y C 117, sin fecha, dirigida a Elisa Valdés Ossa: “Cuando comulgues reflexiona sobre lo que vas a hacer (…) Entre tantas personas que existen en el mundo eres honrada tú con la visita de ese gran Rey”.
[59] Cfr. Santa Teresa de Jesús, CONCEPTOS DEL AMOR DE DIOS 6, 2: “Dice la Esposa: Metióme el Rey. Y ¡qué bien hinche este nombre, Rey poderoso, que no tiene superior, ni acabará su reinar para sin fin! El alma que está así a buen seguro que no le falta fe para conocer mucho de la grandeza de este Rey, que todo lo que es, es imposible en esta vida mortal”.
[60] Cfr. C 146, sin fecha, dirigida a una amiga: «El Rey de los reyes te llama para unirse contigo, para que imites sus divinas perfecciones (…) Él nos llama para sacarnos del mundo, para ponernos en un lugar donde se le ame, donde no se le ofenda, donde están aquellas personas por quienes ruega Cristo para librarnos de la tiranía del demonio y para hacernos sus esposas. “Ven, ven, esposa mía, ven del Líbano, amiga mía, porque el Rey se ha prendado de tu hermosura”. Qué bueno es nuestro Dios. ¿Cómo no llorar, cómo no morir ante tanto amor?»
[61] Cfr. D 10, anotación del 13 de julio de 1915. “¿Qué he hecho yo para agradar a ese Rey omnipotente? (…) ¡Oh! cuánto amo a este Rey Poderoso”.
[62] Cfr. C 73, del 25 de marzo de 1919, dirigida a su padre: “Fíjese a qué dignidad me eleva: a ser esposa del Rey del cielo y tierra, del Señor de los señores”.
[63] Cfr. C 141, de octubre de 1919, dirigida a Amelia Montt: “pues mientras otras almas sirven al Rey en el apostolado de la acción, yo -como reina- me estoy a su lado escuchándolo, contemplándolo, rogando junto con Él”.
[64] Cfr. D 29, anotación el 8 de agosto de 1917: «¡Madre mía, “Spes única”, cuando comparezca ante mi Juez, dile que soy tu hijita!»
[65] Cfr. C 137, del 4 de octubre de 1919, dirigida a Graciela Montes y Clara Urzúa: “Viene a ti Jesús (…) tu Juez, que viene para perdonar tus pecados”.
[66] Cfr. C 45, del 13 de diciembre de 1918, dirigida al P. José Blanch, C.M.F.: “Pero lo que me atemoriza, Rdo. Padre, es que no me mantenga unida a Dios, tratando mucho con las criaturas. Pues lo he experimentado: que tratando un poco más con ellas, yo me enfrío más en el amor de Dios”; C 104, de mayo de 1919, dirigida a su madre: “es sed insaciable la que siento porque las almas busquen a Dios. Pero que le busquen no por el temor, sino por la confianza ilimitada en su Divino Amor”, y C 116, del 20 de julio de 1919, dirigida al Padre Artemio Colom, S.J.: “Siento ansias de morirme por poseerlo sin temor de perderlo por el pecado”.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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