Superar el grave déficit de confianza – Cristián Parker Gumucio

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Las redes de confianza, fundadas en la amistad constituyen capital social, elemento fundamental en la construcción de la sociedad civil.

Superar el grave décifit de confianza
Cristián Parker Gumucio
Doctor en Sociología. Universidad de Santiago

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CONFIANZA EN CRISIS
El 18 de octubre del año pasado hubo un estallido social en Chile. Un hecho inesperado que ha marcado la vida de los chilenos desde entonces. Se ha dicho que una de sus principales causas han sido las desigualdades sociales; que la gente se cansó de tanto abuso y busca recuperar su dignidad; que las pensiones son un grave problema que aqueja a las familias chilenas; que las demandas por una salud y educación dignas han quedado sin soluciones satisfactorias… En fin, se han señalado varias otras causas. Lo cierto es que los problemas mencionados forman parte de una verdad indiscutible.
Sin embargo, se ha insistido menos en una causa de fondo: ¡la grave crisis de confianza en las instituciones! En una encuesta nacional del Consejo para la Transparencia de fines de 2019, cuyos resultados se publicaron a comienzos de febrero de 2020, un 84% de los ciudadanos considera al Estado “distante”; un 76% considera que “tiene un mal trato” y un 71% dice que “discrimina”. Solo dos de cada diez personas confían en el Estado. La encuesta CEP de noviembre de 2019 reveló un bajísimo porcentaje de ciudadanos que aprueban a la Presidencia de la República y al Congreso, y muy bajos niveles de confianza en las autoridades.
Con todo, estos son los niveles de confianza posteriores al estallido social de octubre 2019. ¡La pérdida de confianza era muy anterior! Una mirada a los datos de las encuestas previas revela que los niveles de confianza en las instituciones habían descendido ya de manera alarmante durante las últimas décadas. La encuesta que realiza la Universidad Católica de Chile en conjunto con Adimark, de fines de 2015, indicaba que la confianza en las Fuerzas Armadas (FFAA) había descendido de 37% en 2006 a 26% en 2015; en las empresas de 16% en 2013 a 8% en 2015; en los partidos políticos de 6% en 2006 a 2% en 2015; en los parlamentarios de 5% en 2006 a 1% en 2015.
La encuesta CEP, a su vez, nos mostraba a fines de 2019 que la confianza en Carabineros, la institución en la que la gente más confiaba en 2015 con un 57% de confianza, había descendido a 37% en 2017; que la confianza en la Policía de Investigaciones (PDI) había descendido desde 51% en 2015 a 37% en 2017, y en las Fuerzas Armadas desde 50% en 2015 a 40% en 2017. Los Tribunales de Justicia y el Ministerio Público habían ascendido levemente entre 2015 y 2017 desde 7% a 12% y 11% a 14%. Las empresas privadas se habían mantenido, pero bajas en confianza: 12% en 2015 y 13% en 2017; y el Gobierno había descendido de 15% a 11%; el Congreso se había mantenido bajo en 6% y los partidos políticos habían ascendido levemente de 3% a 6%. Es de notar que, en todos los casos referidos a instituciones del Estado, como poder judicial, ejecutivo o legislativo, el piso inicial era ya muy bajo.
Con el estallido social todos estos niveles de confianza se han ido a los suelos: en diciembre de 2019 la gente confiaba en Carabineros solo un 17%; en la PDI, 25%; FFAA, un 24%; Tribunales de Justicia, 8%; Ministerio Público, 6%; empresas privadas, 7%; Gobierno, 5%; Congreso, 3% y partidos políticos, solo 2%.
Por otro lado, la crisis ha mostrado también un rostro negativo de la protesta inspirada en una rabia incontenida: la violencia destructiva por una parte, la violación a derechos de las personas, por otra; la destrucción de bienes públicos, los saqueos, en fin, la intolerancia y la polarización. Grupos exaltados y fuerzas del orden han sobrepasado los límites de una sana expresión de descontento o de restablecimiento del orden. No solo el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), sino que también organismos internacionales han denunciado violación de los derechos humanos. En la encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP) un 64% de los encuestados indicó que Carabineros “violaron los derechos humanos durante la crisis frecuentemente” y un 24% adicional señaló que esto ocurrió “a veces”.
AMISTAD Y RELACIONES AFECTIVAS
Antes del estallido la convivencia social, en general, se había deteriorado mucho. La encuesta PUC-Adimark señala que la gente en Chile había perdido la confianza en su entorno inmediato y que incluso se habían debilitado los lazos de amistad entre las personas. La gente declaraba tener un promedio de 4,3 amigos cercanos en 2006; 3,6 en 2013 y 2,5 en 2015. En 2006 la gente conocía por su nombre a 10,7 vecinos cercanos, en 2013 solo a 7,9. En 2015 un 68% declaraba vivir en un vecindario donde cada uno desarrolla su vida independientemente y “nunca hacen cosas juntos”. En 2015, un 23% de las personas creía que “se puede confiar en la mayoría de las personas” (encuesta PUC-Adimark) y, según encuesta Latinobarómetro, un 15,4% creía lo mismo en 2018.
Demás está decir lo relevante que resultan las relaciones afectivas para el desarrollo personal y social. La amistad y el afecto son centrales en la vida de las personas. Las redes de confianza, solidaridad e intercambio constituyen capital social, elemento fundamental de construcción de la sociedad civil. Es decir, ya mucho antes del estallido social, se había evidenciado un déficit de amistad, de relaciones comunitarias y de confianza interpersonal y en las instituciones. Era un signo que como sociedad estábamos funcionando mal.
Se insiste que “Chile despertó”, lo que evidencia un hecho real: el estallido social ha posibilitado sacar a luz demandas y quejas que estaban escondidas; para muchos ha significado tomar consciencia de realidades que estaban ocultas y, para todos, una nueva consciencia social que marca un país distinto hacia el futuro. Por otra parte, las manifestaciones y protestas han revitalizado a las organizaciones sociales y han posibilitado, además, una movilización de energías comunitarias antes dormidas. En todas las localidades, hasta en las más apartadas ha habido movilizaciones, los cabildos se han generalizado y las organizaciones vecinales se han mostrado activas. Un nuevo sentido de solidaridad colectiva se ha despertado entre los ciudadanos. Todo parece indicar que el capital social se comienza a reconstruir. Con todo, se asoman nuevas tormentas que con cierta seguridad se nos vienen, porque los problemas de fondo no han sido resueltos.
Si hay signos negativos en estos tiempos, los hay también positivos. Uno de los más significativos fue la amplia participación voluntaria en la Consulta Ciudadana organizada por la Asociación de Municipalidades en diciembre de 2019. Esta consulta se efectuó en más de 225 municipios del país y votaron más de 2 millones 425 mil electores, en algunas comunas hubo incluso más votantes que en las últimas elecciones municipales. El resultado general mostró que una inmensa mayoría de chilenos consultados aprueba la idea de que se redacte una nueva Constitución (más del 92%), que el voto sea obligatorio (más del 85%) y que el mejor mecanismo para la labor constituyente es una Convención con delegados elegidos para tal efecto (72%). Asimismo, en cuanto a las demandas sociales, plantearon mayoritariamente el siguiente orden de prioridades: a) pensiones dignas, b) salud pública y c) educación pública.
IGLESIA, CONFIANZA Y AMISTAD
Frente a esta situación la Iglesia y los cristianos no podemos permanecer indiferentes. Siguiendo una larga tradición de compromiso social desde los valores evangélicos, los cristianos y la Iglesia deben asumir un rol protagónico en buscar la paz que es fruto de la justicia. Nos referimos a la Iglesia en su acepción sociológica (no eclesiológica), es decir, agentes pastorales (consagrados o no) y laicado activo en comunidades, pastorales, movimientos y parroquias. La Iglesia no puede ni debe asumir roles que no le corresponden, como suplir funciones propias del Estado relativas al orden público o al orden político constitucional, pero sí debe ejercer su función y misión social en cuanto a la promoción y práctica de los valores evangélicos y de los derechos humanos en la convivencia social chilena.
La Iglesia es una de las instituciones más relevantes en la conformación de la sociedad civil y ella debe ejercer un rol consecuente. En una sociedad donde la comunidad y la solidaridad están amenazadas y existe una grave crisis de confianza es imperioso promover las semillas de la amistad y las virtudes de la confianza y la solidaridad a varios niveles.
A nivel interpersonal se trata de promover relaciones amistosas en la familia, entre parejas, hermanos y parientes, y adicionalmente, revitalizando los compadrazgos. Se debe buscar restablecer la confianza entre personas promoviendo las amistades cercanas, las relaciones amables entre vecinos y compañeros de trabajo. A nivel social, estimular las comunidades, la participación en organizaciones y los lazos de solidaridad en la lucha por la justicia. A nivel sociopolítico, promover relaciones de respeto en la diversidad a través de la amistad cívica: aquella que se basa en el mutuo reconocimiento conciudadano. A nivel cosmológico, promover la amistad y el cuidado con la naturaleza y con los seres vivos, la amistad con el planeta y con el cosmos, es decir, la amistad ecológica. A nivel trascendente, promover la amistad con Dios, con Jesús, la Virgen, los santos, así como con los seres difuntos. Hablo de un gran plan de restablecimiento de confianzas sobre la base de la amistad en todos los ámbitos de la vida personal, social y existencial.
La Iglesia, pues, podría asumir un rol activo en la reconstrucción de la sociedad civil. El orden político democrático dañado y su grave crisis de confianza no son tarea directa de ella, pero sí puede contribuir proponiendo valores para reconstruir la cultura cívica. La denuncia de la violencia de la a-narco-delincuencia debiera ir de la mano de la denuncia de la cultura del abuso y de la corrupción. La lucha por la justicia y la paz pasan ahora, en los signos de los tiempos que vive Chile, por la denuncia de las desigualdades, el mal trato y la falta de respeto por los derechos humanos.
En una época en que la sociedad se predispone a resolver cuestiones fundamentales para su destino en un plebiscito, la Iglesia puede proponer al país valores sobre los cuales basar la futura institucionalidad democrática: la cultura de la convivencia, del respeto, de la justicia y equidad, de la solidaridad y de la probidad. Es tarea de los cristianos laicos insertos en las diversas ocupaciones y espacios de la política preocuparse de que esos valores se plasmen en la futura Constitución y en las leyes, para que los fundamentos del nuevo Chile estén inspirados en el evangelio.
Es una propuesta paradojal, pues también la Iglesia ha sido una de las instituciones cuya alta confianza histórica se ha desplomado. Es sabido que esta crisis se origina principalmente en los abusos y crímenes sexuales del clero, pero también en la falta de transparencia, el encubrimiento y la despreocupación por las víctimas. El Papa Francisco y las nuevas directivas eclesiales están tomando medidas para reformar la Iglesia en este aspecto. Por lo mismo, la actual crisis que se vive en Chile podría tomarse como una oportunidad para resituar a la Iglesia toda, al clero y los fieles, poniendo al centro a Jesús. La gente se da cuenta que los responsables de la corrupción sexual son unos cuantos y no todo el clero, ni toda la jerarquía. Por ello, todos en la Iglesia misionera, pastores, agentes y laicado, debieran mostrar que, más allá de esta mácula, la Iglesia permanece firmemente asociada a los valores evangélicos y a su doctrina social en la búsqueda de un nuevo Chile, más justo, más democrático e igualitario, ese que esperamos que surja en estos tiempos.

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Publicación teológico-pastoral de la Arquidiócesis de Santiago, fundada en 1843. Se edita desde el Seminario Pontificio Mayor de Santiago y su periodicidad es trimestral.

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